familia monoparental y adopción

Archivo para marzo, 2018

Primero…

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…fueron a por los titiriteros, pero a mí no me importó porque nunca me han gustado las marionetas.

Después fueron a por los independentistas, pero como yo no soy independentista me dio igual.

Después fueron a por los murcianos, pero a quién le importa lo que pasa en esta esquina del mundo.

Después encarcelaron a los de Alsasua, pero oye, no haberse metido con la autoridad.

Después les tocó a los raperos, pero yo soy más de jazz progresivo.

Después fue el turno de los manteros, pero estos negros qué más quieren, haberse quedado en su país.

Cuando han llegado a por mí, no quedaba nadie.

 

 

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Estiu 1993

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Por fin pudimos ver (una de las pérdidas más grandes que ha supuesto la maternidad es la de las salas de cine) “Estiu 1993”. Una película autobiográfica narrada desde la mirada de la niña de 6 años que un día pierde a su madre y tiene que mudarse a casa de sus tíos y ajustarse a un nuevo hogar, familia, forma de hacer las cosas.

Y al duelo, claro.

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Una de las cosas más bonitas de la película es el retrato de la aflicción, esta emoción sutil que muchas veces no se manifiesta como esperamos y que nos hace pensar que la otra persona ni siente ni padece. Y que sale en forma de llamadas de atención, rebeliones silenciosas, celos. La aflicción que no se desborda hasta que la niña se siente segura, hasta que encuentra espacio para sacarla.

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También es muy interesante (y más para las personas adoptantes) el papel de esa “madre” que de repente se ve obligada a acoger a una niña ajena, a lidiar con su dolor y su carácter y el terremoto que su llegada imprime en su vida. Y con las emociones que todo esto le provoca a ella, que seguro que muchas veces no son las que esperaba ni en las que le gusta reconocerse.

Y las conversaciones de los adultos, y el miedo al SIDA, que en esa época llevaba este estigma (recuerdo que las familias retiraban a sus hijos de los colegios donde había niños con VIH), y la historia que no nos acaban de contar, y su manera de jugar y representar la vida que ha perdido.

Así, tan simplemente.

Feliz Día de la Tribu

Todos los años me prometo no volver a escribir sobre el Día del Padre. Pero ha caído en mis manos este texto de Roy Galán, y no me he podido resistir. 

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Para mí el Día del padre fue siempre un día de exclusión y engaño.

Un día en el que me sentía raro.

No porque tuviera algún tipo de carencia o de anhelo o de curiosidad al no tener un padre sino dos madres.

Lo era porque nadie atendía a mi sentimiento y se daba por sentado que mi familia tenía que ser de una forma concreta.

Y eso hacía que yo me preguntara si había algo malo en no tener padre cuando nunca lo había pensado.

Yo no necesitaba un padre pero el mensaje que me mandaba el resto del mundo era que tenía que necesitarlo.

Así, llegaba el Día del Padre, y en el colegio teníamos que hacer manualidades para nuestros padres.

“Tú hazlo y luego se lo regalas a quien quieras”.

Pero allí teníamos que escribir la palabra papá.

Yo cerraba los ojos intentando inventarme un padre físicamente pero solo me venía a la mente la cara del cartero.

Pero sé que no era el único.

Había una niña se le había muerto su padre en un accidente de moto y todo el mundo lo sabía pero nadie decía nada.

A otra la cuidaba su abuela porque su padre y su madre eran heroinomanos.

La madre de otro niño estaba separada y no habían vuelto a saber nada más del padre y había tenido que ir a juicio para reclamar que se hiciera cargo económicamente de su hijo y entonces ella hacía de madre y de padre.

Y allí estábamos todos haciendo un cenicero que ponía: Te quiero papá.

Si de verdad nos importan los niños y las niñas.

Si tantísimo valor de la damos a la infancia.

Deberíamos dejar de obviar sus realidades.

Deberíamos dejar de suponer cómo son nuestras familias.

Porque somos tantos y tantas los que no tenemos padres o madres que dar por sentado que los hemos tenido fue una forma más de violencia institucional.

Porque yo no tengo un libro de familia, tengo un libro de filiación.

Y cuando eres niño la filiación te suena a enfermedad mortal.

Porque en mi DNI dice que soy hijo de un tal José porque era el padre de Jesucristo y había que poner a un padre a efectos de notificaciones aunque fuera mentira.

Por eso, feliz día de la tribu.

Y no es un ataque a la familia tradicional, es todo lo contrario.

Es que en la tribu cabemos todos y todas.

Incluida esa familia que nos han venido como única.

Y en en el día de la tribu puedes felicitar a tu padre, o a tu madre, o a tus padres o tus madres, o a tu abuela, o a tu abuelo, o a tus tías, o a los amigos que te adoptaron cuando tu familia te rechazó, o a tus mascotas, o a un lugar concreto del planeta Tierra.

Porque tribu es todo lo que es familia para ti.

Todo lo que te proporciona el cuidado suficiente para no morir.

Porque si no visibilizamos las diferentes formas de vida.

Estas no existen para el resto.

Hagamos tribu para mostrar que nuestros afectos son nuestros.

Nos pertenecen.

Y se los entregamos a aquellos que nos quieren.

Que nadie pueda decirnos que nos falta algo que nunca hemos tenido.

Que nadie pueda cuestionar nuestros hogares e intimidades si no se rigen por lo común.

Quitemosles el poder de la normalidad a aquellos que tratan de herirnos e imponernos un único modelo.

Apropiemonos de los días señalados.

Y reivindiquemos nuestros hermosos lugares en el mundo.

Porque solo de esta manera.

Podremos mandar al futuro un mensaje de consideración a los niños y niñas que todavía no están.

Para que sientan que sin padre.

Esta vida.

Es posible.

Roy Galán

Odio, condena, miedo

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Mucho se ha hablado en estos días del asesinato de Gabriel Cruz a manos (presuntamente) de la pareja de su padre. Una mujer racializada, negra, migrante. Estos elementos han estado en el epicentro de muchos debates, y de muchos despropósitos, y han hecho aflorar la parte más turbia de nuestra sociedad. La que grita el racismo, la que condena a las mujeres porque si no son puras, solo pueden ser putas, la que manda a la gente a su país a la primera de cambio. La que nos conecta con el paradigma de la madrastra. La que clama por la cadena perpetua, por la pena de muerte, por el linchamiento público. Esa paradoja de pedir el asesinato, la crueldad y el sadismo para combatir el asesinato, la crueldad y el sadismo.

Esa paradoja de gente que se siente virtuosa pidiendo lapidaciones en plazas públicas.

La caza del monstruo despertando monstruos.

Esta punta del iceberg que solo aflora a veces y que da tanto miedo.

Y es bueno, que dé miedo. Es bueno porque las cosas peligrosas tienen que dar miedo.

Es bueno que se caigan las caretas, aunque duela, aunque parezca que hace más difícil de transitar la calle o el Facebook o el bar de la esquina.

 

Crónica de un día de huelga

El despertador sonó a las 7, como todos los días, porque B., cuyos profesores son hombres, iba a ir a la escuela. Se preparó, desayunó, y se fue.

Luego nos fuimos levantando los demás. Los pequeños no fueron al colegio para apoyar a las maestras, monitoras y cocineras que quisieran seguir la huelga. Hoy hemos sabido que, en la clase de A., solo dos niños fueron.

C. es lo estuvo pensando mucho porque, coincidencia o mala leche, le habían puesto este día dos exámenes finales, y de los difíciles. Comprendíamos el dilema y ofrecimos soluciones para conciliar: ir solo a los exámenes, justificar la ausencia… al final nos dijo: He decidido hacer huelga, porque quiero hacerla, y porque entiendo que una huelga implica sacrificar algo. A vosotras os descuentan dinero, yo me juego las notas de esas asignaturas.

No podría estar más orgullosa de ella.

A media mañana bajamos al Paseo, donde nos reunimos cientos de mujeres con niños y niñas y bastantes hombres también, todos con alguna prenda lila; incluso algún perro. Parlamentos, música, sonrisas, reconocimiento, ilusión, expectativa, emoción…

Luego nos acercamos al centro cultural donde los vecinos (vecinos con o) se habían organizado para hacer turnos de cuidado de los niños y niñas que lo necesitaran; desde las 7:30 de la mañana estuvieron haciéndose cargo de las criaturas cuyas madres estaban movilizándose, sirvieron desayuno e hicieron una paella para comer. Cuando volvíamos a casa, vimos a los abuelos del barrio leyendo proclamas feministas colgadas en la pared:

Cuando recogí a P. de casa del amigo que le había cuidado durante un buen rato, me abrió el portal una vecina. Me sonrió y me dijo: “¡Nos vemos en la mani!”

Aunque a la mani fueron N. y C. Ni la hora, ni el gentío hacían fácil acercarse con los pequeños de la casa, así que me quedé en casa, escuchando la radio, recibiendo fotos de las distintas manifestaciones, mensajes contando cómo no avanzaban en la calle, y sintiendo que nunca estoy donde debería estar.

Y plegando ropa, porque una de las cosas que ha hecho este 8 de Marzo es sacar a la luz múltiples contradicciones. ¿Cómo dejamos de cuidar las que no podemos delegar en personas que no sean mujeres? ¿Es compatible la huelga de consumo y la de cuidados? Si no cocino ni puedo entrar en un bar, ¿cómo doy de comer a los que dependen de mí? ¿La huelga de cuidados tiene sentido fuera de la familia heteropatriarcal? ¿Las horas de las manifestaciones son compatibles con las de la infancia? ¿Por qué se escucha tan poco las voces de las mujeres racializadas, que tanto si se han movilizado como si no lo han hecho, hacen una reflexión cuasi unánime sobre el privilegio que representa poder hacer un día de huelga?

Casi todas las que trabajamos en medios de comunicación paramos ayer. ¿Es una paradoja callarnos precisamente en un día como este? ¿Es una paradoja que después de tanto quejarnos del mansplaining, el papel protagonista que asumen los hombres incluso en la lucha feminista, el #NotAllMen, sean ellos los que se alcen con el mensaje feminista?

No sé qué cosas cambiarán después de un día como este, pero sé que algo está cambiando. Que está cambiando porque ayer nos lanzamos a la calle millones de mujeres e interpelamos a millones de hombres, que tuvieron que decidir si se sumaban o si despotricaban; pero que no pudieron seguir haciendo ver que esto es “cosa de las chicas”. Que cada pequeña piedra que hemos ido poniendo ha contado. Desde que siendo pequeñas reclamábamos que hablaran de “ser humano” y no de “hombre”, cuando siendo adolescentes nos negamos a que nos llamaran “putas” por disfrutar de nuestra sexualidad, cuando acompañé a mi madre a las manifestaciones contra la primera ley del aborto, con 14 años, y grité y lloré frente a la cárcel donde habían encarcelado a algunas de las manifestantes; cuando reclamamos el derecho a no renunciar a nada y cuando nos hemos partido la cara para que no nos nombren en masculino.

Sí, queda mucho por hacer. Pero estamos a años luz de donde estábamos.

Muchas cosas están cambiando, incluso aunque muchas no pudieran hacer huelga ayer, aunque muchas no fuéramos a las manifestaciones. Alguien decía que son las jóvenes y las mayores las que se lanzaron a la calle, y quizás están más implicadas; pero quizás, también, las de 40 son las que no pudieron permitirse dejar de cuidar o dejar de trabajar.

Y las que no quisieron hacerlo, las que decidieron trabajar con normalidad como si no pasara nada, estaban en su derecho de hacerlo. Pero es importante no olvidar que este, como muchos otros derechos, se los deben a la lucha de las feministas.

A la huelga compañeras

 

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¿Por qué buscamos los padres adoptivos?

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En otras entradas hemos discutido si los padres adoptivos tenemos derecho a empezar la búsqueda de los orígenes – de las primeras familias – de nuestros hijos o si esta búsqueda les corresponde solo a ellos. No es mi intención volver a hacerlo aquí. Pero alguien me preguntó hace poco por qué buscamos los padres adoptivos… y esta es mi respuesta:

La mayoría de personas que conozco que han buscado a la familia biológica de sus hijos adoptados lo han hecho por una de estas dos razones: porque tenían dudas de la certeza de los datos que les daban (y en algunos casos se han confirmado, pero en otros han salido a la luz historias muy distintas) o bien porque tenían dudas de que si dejaban de buscar ahora se pudieran conservar estos datos en el futuro.

Si se tiene sospechas de que hay mentiras, irregularidades, información manipulada… antes de la adopción es inadmisible no hacer lo que sea (parar el proceso, denunciar, renunciar, etc) en ese momento, aunque lo cierto es que mucha gente no lo hace y usa todo tipo de coartadas morales. Pero también es cierto que muchas veces estas sospechas – o informaciones – llegan después. Yo he conocido muchos casos en los que han sido los propios adoptados, que no eran bebés sino niños de cierta edad, los que han proporcionado esta información, y los padres, si tienen consciencia y respeto por sus hijos, se ven en la obligación de contrastar y comprobar lo que estos les dicen (aunque algunos hacen todo lo contrario y les cuentan a sus hijos la historia que les han contado, como si la versión oficial tuviera más peso que las vivencias y recuerdos de sus hijos).

Y esto me lleva a una tercera razón para buscar que me he encontrado en los años que llevo buceando en el mundo adoptivo: la demanda de los hijos, que muchas veces quieren saber, y otras, recuperar lo que no deberían haber perdido.

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