familia monoparental y adopción

El despertador sonó a las 7, como todos los días, porque B., cuyos profesores son hombres, iba a ir a la escuela. Se preparó, desayunó, y se fue.

Luego nos fuimos levantando los demás. Los pequeños no fueron al colegio para apoyar a las maestras, monitoras y cocineras que quisieran seguir la huelga. Hoy hemos sabido que, en la clase de A., solo dos niños fueron.

C. es lo estuvo pensando mucho porque, coincidencia o mala leche, le habían puesto este día dos exámenes finales, y de los difíciles. Comprendíamos el dilema y ofrecimos soluciones para conciliar: ir solo a los exámenes, justificar la ausencia… al final nos dijo: He decidido hacer huelga, porque quiero hacerla, y porque entiendo que una huelga implica sacrificar algo. A vosotras os descuentan dinero, yo me juego las notas de esas asignaturas.

No podría estar más orgullosa de ella.

A media mañana bajamos al Paseo, donde nos reunimos cientos de mujeres con niños y niñas y bastantes hombres también, todos con alguna prenda lila; incluso algún perro. Parlamentos, música, sonrisas, reconocimiento, ilusión, expectativa, emoción…

Luego nos acercamos al centro cultural donde los vecinos (vecinos con o) se habían organizado para hacer turnos de cuidado de los niños y niñas que lo necesitaran; desde las 7:30 de la mañana estuvieron haciéndose cargo de las criaturas cuyas madres estaban movilizándose, sirvieron desayuno e hicieron una paella para comer. Cuando volvíamos a casa, vimos a los abuelos del barrio leyendo proclamas feministas colgadas en la pared:

Cuando recogí a P. de casa del amigo que le había cuidado durante un buen rato, me abrió el portal una vecina. Me sonrió y me dijo: “¡Nos vemos en la mani!”

Aunque a la mani fueron N. y C. Ni la hora, ni el gentío hacían fácil acercarse con los pequeños de la casa, así que me quedé en casa, escuchando la radio, recibiendo fotos de las distintas manifestaciones, mensajes contando cómo no avanzaban en la calle, y sintiendo que nunca estoy donde debería estar.

Y plegando ropa, porque una de las cosas que ha hecho este 8 de Marzo es sacar a la luz múltiples contradicciones. ¿Cómo dejamos de cuidar las que no podemos delegar en personas que no sean mujeres? ¿Es compatible la huelga de consumo y la de cuidados? Si no cocino ni puedo entrar en un bar, ¿cómo doy de comer a los que dependen de mí? ¿La huelga de cuidados tiene sentido fuera de la familia heteropatriarcal? ¿Las horas de las manifestaciones son compatibles con las de la infancia? ¿Por qué se escucha tan poco las voces de las mujeres racializadas, que tanto si se han movilizado como si no lo han hecho, hacen una reflexión cuasi unánime sobre el privilegio que representa poder hacer un día de huelga?

Casi todas las que trabajamos en medios de comunicación paramos ayer. ¿Es una paradoja callarnos precisamente en un día como este? ¿Es una paradoja que después de tanto quejarnos del mansplaining, el papel protagonista que asumen los hombres incluso en la lucha feminista, el #NotAllMen, sean ellos los que se alcen con el mensaje feminista?

No sé qué cosas cambiarán después de un día como este, pero sé que algo está cambiando. Que está cambiando porque ayer nos lanzamos a la calle millones de mujeres e interpelamos a millones de hombres, que tuvieron que decidir si se sumaban o si despotricaban; pero que no pudieron seguir haciendo ver que esto es “cosa de las chicas”. Que cada pequeña piedra que hemos ido poniendo ha contado. Desde que siendo pequeñas reclamábamos que hablaran de “ser humano” y no de “hombre”, cuando siendo adolescentes nos negamos a que nos llamaran “putas” por disfrutar de nuestra sexualidad, cuando acompañé a mi madre a las manifestaciones contra la primera ley del aborto, con 14 años, y grité y lloré frente a la cárcel donde habían encarcelado a algunas de las manifestantes; cuando reclamamos el derecho a no renunciar a nada y cuando nos hemos partido la cara para que no nos nombren en masculino.

Sí, queda mucho por hacer. Pero estamos a años luz de donde estábamos.

Muchas cosas están cambiando, incluso aunque muchas no pudieran hacer huelga ayer, aunque muchas no fuéramos a las manifestaciones. Alguien decía que son las jóvenes y las mayores las que se lanzaron a la calle, y quizás están más implicadas; pero quizás, también, las de 40 son las que no pudieron permitirse dejar de cuidar o dejar de trabajar.

Y las que no quisieron hacerlo, las que decidieron trabajar con normalidad como si no pasara nada, estaban en su derecho de hacerlo. Pero es importante no olvidar que este, como muchos otros derechos, se los deben a la lucha de las feministas.

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