familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Archivo para abril, 2018

Los niños negros y la policía

Hemos devorado, robándole horas al sueño, la serie «7 seconds». Arranca con un policía blanco que atropella, accidentalmente, a un adolescente negro. Sus compañeros le convencen de que, para evitar conflictos raciales, se marche del lugar sin reconocer la culpa. A partir de ahí arranca una intensa y tensa investigación policial, llevada a término por una fiscal negra adicta a la ginebra y al karaoke, y un policía que afronta un divorcio difícil, que luchan contra viento y marea (y contra sus propios compañeros y jefes) para que la verdad salga a la luz. Una verdad que confrontará a los protagonistas de la serie con el prejuicio, el racismo y el distinto valor que damos a las vidas humanas según qué color tengan en la piel.

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Las madres y padres blancos que criamos a niños racializados no siempre somos conscientes del riesgo que la policía representará para ellos cuando crezcan. Mientras son pequeños, les hablamos de la policía con respeto, les devolvemos que están para ayudarnos y protegernos, les decimos que pueden pedirles ayuda si se pierden o tienen algún problema. Y muchas veces, nos olvidamos de educarlos para que sepan que cuando sean mayores, hay muchas probabilidades de que los policías no sean amables con ellos, simplemente por su color; no solo esto, sino que acercarse a la policía tal y como les hemos enseñado, o les hemos permitido, o nos han visto hacer puede ponerles en serio riesgo. Que las actitudes que pueden parecerles adorables en niños incluso racializados (sobretodo si son pequeños y más si su familia es blanca) les pueden parecer amenazadoras cuando este niño sea un adolescente.

Como le sucedió a Alex Landau, y a su madre blanca:

De repente, tu bebé precioso y encantador al que nunca le habría hecho daño ningún policía, por racista que sea, se ha  convertido en un adolescente negro frente al que hay señoras que agarran fuerte el bolso. Y el cambio de discurso, el paso del “qué simpático es el señor a policía” a “protégete porque tienes todas las papeletas de que golpeen primero y pregunten después” es muy difícil de dar. Y está cargado de contradicciones. 

Hace pocas semanas, cuando hubo las movilizaciones de manteros en Lavapies, pudimos ver un vídeo en el que unos policías se acercan a un hombre negro que está tranquilamente apoyado en una farola liándose un cigarrillo, ajeno a los acontecimientos, y le empiezan a pegar. Lo tiran al suelo, y le siguen pegando. Porque es negro.

Esto les puede pasar a nuestros hijos. Cuando vayan por la calle, en el metro. Especialmente si, como Alex Landau, pretenden hacer valer los derechos que les hemos enseñado que tienen.

Pero hay policías que no son racistas, nos dicen, como si el racismo fuera una opción individual y no una construcción social, algo sistémico. Y sí, podemos aceptar que #NotAllCops como #NotAllMen, pero esto no quita que tengamos que enseñar a nuestros hijos negros a protegerse de la violencia policial racista, como tendremos que enseñar a nuestras hijas a protegerse de la violencia de las manadas.

Negociar sexo con vida

Al hilo de lo que pasó ayer y que tanto estamos comentando, he recordado un artículo del blog Antropóloga en la luna sobre lo que parece y lo que es realmente una violación.

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«En general, en una violación sexual pasa poco y nada de lo que se imagina vulgarmente. Son muy pocas las ocasiones en las que un desconocido sale de las sombras en un callejón sombrío y ataca a una mujer, cuchillo en mano, sin prolegómeno alguno, su brutalidad haciendo prescindible toda palabra o acción de la víctima. Igualmente inusuales son las violaciones en las que la mujer atacada ofrece la resistencia heroica que, hasta hace poco tiempo, solían demandarle los códigos penales. Tan inusuales como aquellas en que la víctima queda reducida a una cosa inerte, ya sea por el miedo o por una supuesta condición pasiva forjada en siglos de sometimiento a la dictadura patriarcal. ¿Qué diferencia, entonces, una violación sexual de cualquier otra relación sexual?» se preguntó Inés Hercovich, socióloga y psicóloga social que desde hace décadas se ocupa de investigar temas relacionados con las diferentes formas de discriminación de la mujer. Es pionera en el estudio de la violencia sexual contra las mujeres y en 1990 fundó el primer servicio de asistencia a víctimas de agresiones sexuales.

Esta es la transcripción del vídeo de una de sus charlas:

«Hoy, en este lugar, somos aproximadamente 5000 mujeres. 1250 de nosotras sufrió o va a sufrir en algún momento de su vida un ataque sexual. 1 de cada 4. Solo el 10 % va a hacer la denuncia. El 90% restante se refugia en el silencio. Una mitad, porque el hecho ocurre en el seno mismo de la familia o con alguien conocido, y eso lo hace mucho más difícil de vivir y de contar. La otra mitad no habla porque temen que no les crean. Y tienen razón, porque no les creemos.

Hoy quiero contarles por qué pienso yo que no les creemos. No les creemos porque cuando una mujer cuenta lo que le pasó, dice cosas que no imaginamos, que nos perturban, que no esperamos escuchar, que nos asombran. Nosotros esperamos escuchar historias como esta. «Joven violada en las vías del Ferrocarril Mitre. Ocurrió en la medianoche cuando volvía a su casa. La joven contó que un sujeto la asaltó por la espalda, le dijo que no gritara, que tenía un arma, que se quedara quieta. La violó y luego huyó». Cuando escuchamos o leemos una noticia así, inmediatamente se nos representa una imagen: el violador, un depravado de clase baja; la víctima, una mujer joven, atractiva. La imagen no dura más de 10 o 20 segundos y es oscura, es plana; no hay movimientos, no hay sonidos, es como si no hubiera personas. Pero cuando una mujer cuenta lo que le pasó, su historia no cabe en 10 o 20 segundos. El siguiente es el testimonio de una mujer a la que vamos a llamar Ana. Una de las 85 mujeres que yo entrevisté en el transcurso de una investigación que hice sobre la violación sexual.

Dice Ana:

«Habíamos ido con las chicas de la oficina al mismo pub que vamos siempre. Conocimos unos pibes y yo me enganché con un flaco re piola. Hablamos un montón… A eso de las 4 les dije a mis amigas que nos fuéramos; ellas quisieron quedarse. Entonces, el flaco me preguntó dónde vivía y me dijo que si me parecía bien, él me acercaba. Acepté y nos fuimos. En un semáforo me dijo que yo le gustaba y me tocó la pierna. A mí no me gusta que un tipo avance así, pero había sido amoroso toda la noche. Pensé: «No puedo ser tan paranoica, por ahí le digo algo y el tipo nada que ver y lo ofendo». Cuando tenía que doblar, siguió de largo. Pensé que se había equivocado y le dije, ‘¡Te pasaste!’, pero algo feo sentí. Ahora pienso, ¿por qué no presté atención a lo que sentí? Cuando paró el auto cerca de la autopista, ahí sí tuve miedo. Pero me dijo que me quedara tranquila, que yo le gustaba, que no iba a pasar nada si yo no quería; me hablaba bien. Yo no le decía nada porque me daba miedo que se enojara y todo fuera peor. Pensé que podía tener un arma en la guantera. De repente se me tiró encima y me quiso besar. Le dije: ‘¡No!’; quería empujarlo, pero me tenía los brazos. Cuando me solté traté de abrir la puerta, pero estaba trabada. Igual, si salía del auto, ¿a dónde iba? Le dije que él no era la clase de tipo que necesita hacer eso para estar con una mina; que él también me gustaba, pero no de esa manera. Trataba de calmarlo, le decía cosas lindas de él. Le hablaba como si yo fuera su hermana mayor. De repente me tapó la boca con una mano y con la otra se desabrochó el cinturón. En ese momento pensé que me podía matar, ahorcar, ¿sabés? Nunca me sentí tan sola, como secuestrada. Le pedí que acabara rápido y me llevara a mi casa».

¿Qué les pasó escuchando esta historia? Seguramente, les aparecieron varias preguntas. Por ejemplo, ¿por qué no bajó la ventanilla y pidió auxilio? ¿Por qué no se bajó del auto cuando presintió que algo feo podría pasar? ¿Cómo pudo pedirle que la lleve a la casa? Ahora, cuando no estamos frente a una noticia en los medios, frente a una historia que alguien como yo les cuenta desde un escenario como este; cuando estamos frente a alguien que conocemos y que nos eligió para confiarnos su historia, lo que le pasó, vamos a tener que escucharla. Y vamos a escuchar cosas que no vamos a poder entender, ni aceptar. Entonces nos van a aparecer dudas, preguntas, sospechas, y eso nos va a hacer sentir muy mal, culpables. Entonces para defendernos de esa incomodidad, tenemos un recurso. Le subimos el volumen  a todas esas cosas de la historia que esperábamos escuchar: el revólver en la guantera, las puertas trabadas, el aislamiento del lugar. Y le bajamos el volumen a todas esas cosas  que no esperábamos escuchar y que no queremos escuchar: como por ejemplo cuando ella le dice que él también le gustaba, o cuando nos cuenta que le hablaba como si fuera la hermana mayor, o que le pidió que la llevara a la casa.

¿Para qué sirve hacer esto? Para creerle, para poder confiar en que realmente ella fue una víctima. Yo llamo a esto victimización de las víctimas. Victimización porque para creer que es inocente y que es una víctima, necesitamos pensarlas inermes, paralizadas, mudas. Pero hay otro camino para deshacernos de la incomodidad, y que es exactamente el inverso: le subimos el volumen a las cosas que no esperábamos escuchar, como: «Yo le hablé bien», «Le pedí que me lleve a mi casa», «Le pedí que acabara rápido», y se lo bajamos a las cosas que sí esperábamos escuchar, el revólver en la guantera, el aislamiento.

¿Esto para qué sirve? Sirve para que podamos agarrarnos de las dudas, y sentirnos más cómodos con las dudas. Entonces aparecen nuevas preguntas, por ejemplo: ¿Quién la manda a ir a esos boliches? ¿Viste cómo se viste ella y las amigas, las minis, los escotes? ¿Qué esperás? Preguntas que, no son ciertamente preguntas, son más bien juicios y juicios que terminan en una sentencia: ella se la buscó. La sentencia se vería corroborada por el hecho de que ella después no cuenta que haya peleado para evitar la violación. Entonces quiere decir que no resistió, quiere decir que consintió. Si se la buscó y consintió, ¿de qué violación me hablan? Llamo a esto culpabilización de las víctimas.

Tanto los argumentos que nos sirven para culpabilizar como para victimizar, los tenemos todos, todos en la cabeza, muy a mano, incluidos víctimas y victimarios. Tanto es así que cuando Ana llegó a mí, me dijo que no sabía si el testimonio de ella me iba a servir, porque no estaba segura de que lo que le había pasado hubiera sido una violación. Ana, al igual que la mayoría de nosotros, también creía que una violación se parece más a un robo a mano armada, un trámite violento que dura 4 o 5 minutos, y no al chamuyo de un joven agradable que dura toda una noche y que termina en un secuestro. Cuando sintió miedo a que la maten, sintió miedo a que le dejen marcas, y tuvo que entregar su cuerpo para evitarlo, ahí supo que la violación era otra cosa.

Ana no había hablado de esto nunca con nadie. Podría haber recurrido a la familia, pero no lo hizo. No lo hizo porque tuvo miedo. Tuvo miedo de que a la persona que ella hubiera elegido para contarle, le pasara lo mismo que nos pasa a todos, y que es que surgen dudas y sospechas, esas preguntas, cada vez que se habla de un tema como este. Y si eso hubiera pasado, hubiera sido tal vez, peor que la violación misma. Podría haber hablado con a una amiga, con una hermana, muy difícilmente con la pareja: el menor atisbo de duda en su rostro o en su voz  hubiera sido devastador para ella, y probablemente el final de la relación.

Ana se mantiene en silencio porque íntimamente sabe que nadie, ni todos nosotros, ni su familia, ni los terapeutas, mucho menos la policía o los magistrados, estamos dispuestos a escuchar lo que Ana SÍ hizo en ese momento. Primero y principal, Ana dijo «no». Cuando vio que su no era inútil, le habló bien, trató de no exacerbar su violencia, de no darle ideas. Le habló como si todo lo que estaba pasando en ese momento fuera normal, para no despertar en él el miedo a que ella después lo pudiera denunciar. Ahora, yo me pregunto y les pregunto: ¿todo eso que hizo ella no es resistir? No, no lo es para todos o casi todos nosotros, probablemente, porque no lo es para la ley.

En la mayoría de los países, los códigos siguen pidiendo que la víctima, para probar su inocencia, digo bien, la víctima para probar su inocencia, presente marcas en el cuerpo que atestigüen que ella sostuvo una lucha «tenaz y constante» con su agresor. Yo les puedo asegurar que en la mayoría de los casos judiciales, no hay marcas que alcancen.

Yo escuché a muchas mujeres. Y no escuché a ninguna hablar de sí misma como que hubiera quedado reducida a una cosa, sometida totalmente a la voluntad del otro.  Más bien, las escuché como asombradas y hasta un poco orgullosas de reconocer lo lúcidas que habían estado en ese momento, lo atentas a cada detalle, como si eso les permitiera tener algún control sobre lo que estaba pasando. Entonces yo pensé: «Claro, lo que las mujeres hacen en estas situaciones es negociar». Negocian sexo por vida. Le piden al agresor que termine rápido, para que todo termine lo antes posible y con el menor costo. Se someten a la penetración, porque aunque no puedan creerlo, la penetración es lo que más lejos las mantiene de una escena sexual o afectiva. Se someten a la penetración, porque la penetración duele menos que los besos, las caricias, las palabras suaves. Ahora, si vamos a seguir esperando que las violaciones sean lo que muy rara vez son: un violador que es un depravado de clase baja, y no un joven universitario o un empresario que salen de levante un viernes o un sábado; si vamos a seguir esperando que las víctimas sean mujeres modositas, recatadas, que se desmayan en la escena, y no mujeres seguras de sí mismas, vamos a seguir sin poder escuchar.

Las mujeres van a seguir sin poder hablar,

y vamos a seguir siendo todos responsables de ese silencio y de su soledad.

Es la guerra

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No salgas de casa. Vigila como te vistes. No hables con desconocidos. Resístete aunque te maten. No denuncies.

Desoriental / Madre de leche y miel

Hoy es Sant Jordi, patrón de Catalunya y Etiopía y patria de todos los lectores y lectoras del mundo, también de los que nos sentimos, en día como hoy, expatriados.

Uno de los pequeños placeres de que los niños se vayan haciendo mayores es que, poco a poco (muuuuy poco a poco) va habiendo resquicios para otras cosas. Una de ellas es un club de lectura feminista en el que participo en una librería del barrio, en el que me sorprendió encontrar un listado razonablemente variado de literatura de todos los continentes y coloridos.

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El último libro que leímos es «Desoriental», escrito por la franco-iraní Négar Djavadi. Kimiá cuenta la historia de su familia y su infancia en un Irán entre revoluciones y su adolescencia en el exilio parisino, mientras espera en la sala de espera del médico a que la sometan a un tratamiento de Reproducción Asistida.

Una historia con un pie en Europa y otro en Irán, que nos habla de persecución y lucha, padres comprometidos, relaciones familiares, lo que supone vivir a medio camino entre dos culturas, y sobre lo que conforma la identidad de los que viven entre dos mundos, sin pertenecer del todo a ninguno de ellos.

Y cómo la música, el punk, se acaba convirtiendo en su única patria.

Y, como me sucedió con «Leer Lolita en Teherán» o con «A la sombra del árbol violeta», me hizo sentir a la vez tan lejos, tan cerca.

De propina, no pude resistir llevarme otra lectura: «Madre de leche y miel», de Najat el Hachmi.

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Un libro que es como la cara B de «La hija extranjera«. Si aquella era la historia de una hija que crecía entre dos mundos, sin sentirse exactamente de ninguno y presionada por ambos lados para que se decantara hacia uno de ellos, esta es la historia de la madre, la madre analfabeta que la convirtió en escritora, la adolescente que dejó la casa del padre para ir a la casa del marido, la mujer a la que no se ha permitido tomar ninguna decisión y que toma la de atravesar el mar y empezar en un mundo extraño. Y se encuentra en un país distinto, con gente que no conoce, un idioma que no comprende, durmiendo en un cuchitril y trabajando de sol a sol… pero descubre que el cuchitril es por primera vez, su propia casa y que trabaja tanto como en Marruecos, pero, por primera vez, le pagan por ello y esto le permite tomar, por primera vez, sus propias decisiones. Ser ella misma.

No dejen de leerlo.

 

Yo quisiera

Sin duda lo más interesante de este blog son los testimonios, impagables, de los adoptados adultos que generosamente comparten sus vivencias y sus emociones y que nos permiten abrir una ventanita sobre lo que nuestros hijos pueden sentir y quizás no saben expresar – o quizás no quieran compartir con nosotros. Como este texto, precioso, de M. Gracias por permitirme publicarlo aquí.

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Yo quisiera explicaros mis sentimientos, hoy, que estoy en casa de mi madre, con mis hijos, invadida de recuerdos.

Yo quisiera explicaros por qué a veces no concuerdo con muchos de los relatos o experiencias de otros adoptados, que sin embargo leo con respeto, aprendiendo, siempre aprendiendo.

Yo quisiera explicaros que cuando mi padre murió, estuve como un año oliendo su silla de trabajo, que en la parte donde él posaba la cabeza, olía a él, una mezcla de colonia y su olor personal: olor a mi padre.

Yo quisiera explicaros que entro simplemente en el cuarto de baño de casa de mi madre a lavarme los dientes, y me invade la nostalgia pensando en esas mañanas cuando me sentaba a hacer el primer pipí del día, con la inmensa pereza de las 8 de la mañana, antes de ir al colegio, y mi padre, lavándose la cara, me salpicaba en broma, y cómo yo lo sabía y lo esperaba, y gritaba como si fuera sorpresa.

Yo quisiera explicaros tantas cosas de mi infancia pero temo no ser comprendida… quisiera que supierais que el día que mi madre muera, hoy que es viuda desde hace 16 años, morirá la última persona que representa mi infancia y adolescencia, mi único anclaje a esa etapa de mi vida.

Yo quisiera hablaros también de abuelos, de yayos, de tortugas curadas en brazos de mi yayo, de gestos de mi abuelo comiendo membrillo, de caricias de mi abuela y platos especiales cuando mis padres salían de vez en cuando y ella me hacía la cena…

Yo quisiera explicaros que todo ese amor, esos recuerdos, esos veranos (no empiezo con los recuerdos de los veranos, porque no podría acabar), no son un desprecio a mi familia biológica. Quisiera que supierais que el día de mi cumpleaños es SÓLO de mi madre biológica, que ese día le pertenece a ella y a nadie más. Que ese día me ancla a ella de manera poderosa y que sé que estamos conectadas.

Quisiera que entendierais que ni siquiera en mis embarazos pensaba de manera especial en mi madre biológica, sino en la inmensa pena de que mi padre nunca pudiera conocer a mis hijos, ni saber que me había casado, nada. Aún miro a mi hijo mayor, serio, circunspecto y pienso en cómo le querría mi padre. Miro a mi hijo pequeño, travieso, y pienso cómo divertiría a mi padre.

Pero aún mi madre biológica está en mi corazón, en un trozo que le pertenece, que es solo SUYO.

Quisiera que entendierais. Quisiera explicaros todas estas cosas y más… Y que por ello a veces me encuentro lejana a muchos de vosotros y sin embargo estoy aquí, compañera de vosotros del mismo barco.

Así nos comemos los rumores

¿Por qué somos menos exigentes y selectivos con los rumores que con los alimentos? No os perdáis la campaña de la Xarxa Antirumors de Barcelona.

 

Tiempo con los hijos

En otras ocasiones hemos hablado del gurú de la crianza natural, o crianza con apego, Carlos González (como si la crianza pudiera ser 100% natural en alguna sociedad humana, como si se pudiera criar sin apego). Un señor cuyos argumentos se acogen con devoción (o con rechazo) por parte de madres ansiosas de criar «bien» a sus cachorros. Que vende su modelo de crianza como algo radicalmente moderno… aunque es curiosamente parecido a los argumentos que se impusieron en los años 50, lo enriquecedora que es la familia y lo imprescindibles que somos las madres (y sola y exclusivamente las madres) para los niños. ¿Es casualidad que este tipo de discursos nazcan en momentos de empoderamiento de las mujeres y lucha por la igualdad de derechos?

Regularmente leo titulares de Carlos González, pero acaba de llegarme uno que me ha golpeado como una patada en la espinilla:

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«Es la generación en toda la historia de la humanidad que menos han estado con sus padres».

Yo niego la mayor. ¿Todos los niños, en todos los tiempos, se han criado con sus padres? Esto es privilegio de clase. Las mujeres humildes han trabajado muchísimas horas y en condiciones deplorables durante siglos. Han muerto jóvenes, si no en el parto. Han tenido hijos sin padre presente o con padres que morían en la guerra o que trabajaban chorrocientas horas, y que no les molestaran los churumbeles. Teniendo muchísimos más hijos que ahora y con tareas domésticas mucho más difíciles de atender. Los niños se han criado con abuelas, tías, hermanos y hermanas, otros niños en la calle, trabajando en fábricas o en el campo o en el servicio doméstico a partir de los 6 años. Siendo maltratados y negligidos y «cuando seas padre comerás huevos».

Y los niños de clase alta, con nodrizas, nannys y creciendo en las cocinas y las zonas de servicio de las casas, educados por institutrices o en internados, hasta que fueron lo bastante mayores para ser considerados personas.

Y haciendo esto que parece un invento moderno: clases de piano y de idiomas, equitación y tenis, cosas que les distinguieran de las personas de clases más bajas.

Incluso en nuestra infancia, este paréntesis en el que muchas madres de clase media dejaron el trabajo al casarse y se pasaban el día en casa con los hijos (no fue mi caso), muchos de nosotros recordamos que su presencia era muy poco activa. Fines de semana y  vacaciones con los abuelos, tardes en la calle con niños y niñas del barrio, o en casa, entreteniéndonos con nuestros hermanos o por nuestra cuenta. Íbamos y regresábamos solos del colegio a edades en los que ahora aún les llevamos de la mano, y nuestras familias solo pisaban las escuelas en contadas ocasiones. Las madres, porque muchos padres, ni esto. Llegaban a casa tarde, no molestes a papá, que está cansado, y «cuando seas padre comerás huevos».

Y mis padres, cuyas madres dejaron de trabajar al casarse, menos aún. Mi abuela materna cuidaba de una casa enorme, una madre inválida, un tío soltero, un marido y dos hijos… que pasaban más horas con la chica de servicio que con ella. Era a la chica a la que llamaban cuando se despertaban asustados por la noche (para indignación de mi abuela). Mi abuela paterna tuvo cuatro hijos jovencísima y las criaturas y la casa le sobrepasaban y agobiaban, así que los niños pasaban muchísimas horas al otro lado de la calle, en casa de sus abuelos, que a su vez tenía hijos no mucho mayores que sus nietos; y cuando tuvieron edad para salir a la calle, con los tíos, hermanos y primos arriba y abajo todo el día.

Y luego en el colegio, muchas más horas que hoy.

Yo paso mucho más tiempo con mis hijos que mis padres conmigo y con mi hermana, y nosotras pasamos mucho más tiempo con ellos que el que mis abuelos pasaron con mis padres. En cantidad y en calidad. Y es lo que percibo en mi entorno. 

Los datos lo avalan: ninguna generación ha pasado tanto tiempo con los hijos, les ha dedicado tanto tiempo y atención, como nosotros con nuestros niños.

Muchas de nosotras sentimos que pasamos muy poco tiempo con nuestros hijos, que les hacemos falta, que no estamos todo el rato que querríamos ni tan presentes como nos gustaría…  pero esto no quita la realidad sea que los niños y niñas nunca han pasado más tiempo y de más calidad con sus padres y madres en ningún otro momento de la Historia, al contrario de esta imagen de Arcadia Feliz que muchos quieren vendernos.  Así que ya está bien de culpabilizarnos y flagelarnos.

P.S. Es curioso como este discurso culpabilizador conviven con el contrario,… igualmente culpabilizador. El que nos considera nocivos (¿nocivas?) no por exceso, sino por defecto, y nos cuelga las etiquetas de «padres helicóptero» o «Hiperpadres«.

 

La tormenta perfecta

Ya les he contado muchas veces lo mucho que me gusta el blog Cuaderno de Retazos. Sus ilustraciones, su sensibilidad. Y cómo me resuena cada vez que su autora habla de la escuela. El gran caballo de batalla de los que tenemos niños y niñas que se salen de las normas y de las hormas.

Sí, nosotros también hemos vivido no pocas tormentas perfectas:

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Cuando menos lo esperas algo surge, algo pasa en el colegio y se desata una tormenta perfecta.

Cómo madre, no sé cuál es la mejor forma de conducirse ante estas tormentas que arrasan todo lo que hay y que dejan  huella (en el mejor de los casos dejan una  huella liviana que desaparece pronto).

Que todos no somos iguales ya lo sabemos. Que cada uno tiene sus fortalezas y debilidades también lo sabemos. Aun así, cuando algo pasa, cuando surge un conflicto, solemos esperar y querer que el otro, los otros actúen tal cual sean nuestros esquemas, nuestra forma de sentir o, muchas veces, actuar tal y cómo es conveniente y socialmente adecuado actuar .

Sin embargo… Cada situación necesita una forma de proceder, estas tormentas te pillan por sorpresa y generalmente no hay una manera adecuada de comportarse y si la hay la descubro luego… tiempo después.

En mi caso, cuando recibo una llamada del colegio entro casi en pánico. Así que lo primero que hago es respirar hondo, descolgar, escuchar y decir ahora mismo voy.

Y voy lo más rápido que en ese momento pueda.

Por el camino repaso mi esquema de “forma de actuar ante crisis en el colegio».  Me recito el “Nada te turbe – Nada te espante -Todo se pasa» y me recuerdo que  tenga o no tenga razón yo estoy de parte de mi hija, lo que supone que cuando llegue actuaré con una tranquilidad exagerada y seré afectuosa con ella para que sienta mi apoyo incondicional. (Nada de miradas suspicaces y recriminadoras, de decepción, de enfado, suspiros, frases hechas, mirar por encima de su cabeza, etc.).

Lo siguiente es más fácil: escuchar, solo escuchar que ha sucedido de forma asertiva. Silencio absoluto, que solo puedo romper para preguntar algo que no he entendido o que quiero saber. Escuchar todo lo que se diga y lo que no se diga y esté en el ambiente.

A continuación  intento pedir tiempo. Se agradece la información y no se decide nada, no se actúa. La tormenta perfecta sigue encima de nuestras cabezas… hay que dejar que acabe de desactivarse… que vuelvan los rayos y truenos, que vuelva el viento huracanado y la lluvia torrencial… pero mejor en casa… en la intimidad… Lejos del colegio y de otras miradas.

Una vez que todos nos hemos desahogado y expresado se empieza a ver que ha sucedido. Vuelvo al observar, al no hacer y al silencio cálido o a las palabras de empatía porque esto sí que ayuda a que llegue la calma. Y según que haya sido lo que ha pasado, pensamos qué hacer, lo decidimos y actuamos. A veces es más o menos sencillo, otras… no tanto. Por supuesto sólo hablamos con el tutor o profesor,  descarto  padres, madres y demás colectivos escolares.

Cuando ya casi hemos olvidado la crisis, como por casualidad saco el tema y, si se puede, miramos de frente que pasó, por qué, qué hubiera sido mejor, qué hemos aprendido… y todo lo que venga al caso.

Las tormentas perfectas son maravillosas, si sobrevives (y siempre lo hacemos… sobrevivir). Y lo son porque nos muestran nuestro interior, nos hablan de nuestros sentires e ideas profundas, de esas debilidades y fortalezas de las que hablábamos.

Claro está que el día de la tempestad pierdo el apetito, el sueño y me tiembla el alma.

 

Homoparentalidad

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He leído estos días este reportaje sobre familias homoparentales. Seis jóvenes cuentan sus vivencias como hijos de parejas de gays o lesbianas (o de un solo padre o madre gay). Hablan de normalidad, ausencia de conflictos, aceptación, solidaridad.

Estos reportajes siempre me despiertan contradicciones. Entiendo que sirven para normalizar y desestigmatizar, pero creo que, a veces, normalizan demasiado

¿De verdad es todo tan bonito? ¿No hay problemas, ni discriminaciones?

Entonces, ¿por qué nos preocupamos / quejamos las familias homoparentales? ¿Qué reclamamos? ¿Qué reivindicamos?

¿Por qué buscamos referentes e iguales?

Mi experiencia personal es que en los colegios se invisibiliza nuestro modelo de familia, desde los impresos a los libros de texto, pasando por los discursos; y eso, cuando no se la ridiculiza, de forma abierta o velada; nuestros hijos reciben preguntas, miradas y comentarios incómodos, en ocasiones incluso algún insulto; y la homosexualidad sigue siendo un tema a medio camino entre el tabú y el chiste.  

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