familia monoparental y adopción

En este blog hemos hablado muchas veces de donantes, lazos genéticos y búsqueda de los ancestros. Pero nunca hemos hablado de que la relación con los donantes va, en algunos sentidos, más allá de los propios donantes. Por esto me ha parecido fascinante este texto sobre la madre del donante y el vínculo que hay con ella.

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Como hija de madres lesbianas, siempre supe que tenía un donante de esperma, y que podría conocerle cuando tuviera 18 años. Quería a mis madres; quería a mi familia queer. Aún así, siempre me había preguntado qué parte de mí había sido cortada de una tela distinta.

En mi 18º aniversario, escribí a mi donante una carta sincera. Era feliz, le decía. No necesitaba nada de él, y entendería que no quisiera conocerme, pero tenía curiosidad, y quizás él también.

Conocerle fue surrealista. En la cafetería de una ciudad universitaria, desgranamos para el otro las historias de nuestras vidas, y cada pieza nueva de información parecía una parte de mi historia encajando en su lugar.

Se llamaba Jonathan. Nuestras historias tenían superposiciones enervantes; había una similitud incómoda en nuestros comportamientos. Había conseguido su Master en la Universidad que estaba justo al final de mi calle en Massachusetts; los tiempos no coincidían, pero ¿y si nos habíamos visto a distancia en algún fin de semana de alumnos? Su hijo había sido adoptado en el mismo lugar de Etiopía que mi primo; mi donante conocía a mi tío de círculos de adopción compartidos. Los dos éramos tímidos, nerviosos y sonrientes, ambos buscando algún tipo de conexión pero quizás algo asustados de encontrarla.

La similitud más sorprendente eran nuestros dedos. Teníamos los mismos nudillos, las mismas uñas abultadas. Escondí mis manos debajo de la mesa.

Cuando le dije que había pasado mi último año de instituto aprendiendo griego antiguo y que hablaba alemán y algo de francés, su cuerpo entero pareció iluminarse. Su madre hablaba cinco idiomas, dijo. Debía haberlo sacado de ella.

Tardó dos horas en llegar a esto. Su madre, Toby, había llegado a Estados Unidos después del Holocausto. Algo le había sucedido allí en Polonia, algo que Jonathan mismo no sabía o de lo que no quería hablar. Mi donante tenía un hijo adoptado, pero yo era la única nieta biológica de Toby, y ella estaba haciéndose mayor, y ¿querría yo conocerla?

Pensé que se estaba sobrepasando – ¿no se basaba toda nuestra relación en la idea de que no necesitábamos nada el uno del otro? Pero tenía curiosidad, así que dije que sí.

Así que, algunos meses más tarde, mi donante y yo nos detuvimos en frente del bungalow de una sola planta de Toby en una calle tranquila de las afueras de Albany, Nueva York. Dudé en la autopista, acordándome de mi propia abuela, la que había sido anfitriona de todas nuestras comidas de Pascua y pijamadas de primos, la que me había enseñado a amar a los libros y a odiar tocar el piano. No me gustaban los idiomas debido a una tendencia biológica heredada de la madre de Jonathan, pensé: me gustaban debido a la madre de mi madre. Educación y no genética. Educación.

Entramos.

Toby era mayor que mi abuela, más frágil, más olvidadiza. Tenía una casa de anciana que nunca había evolucionado más allá de la paleta de color del 1970: platos del color de la sopa de guisantes, muebles de color avellana, antigüedades en tonos mostaza. Mi abuela era mucho más moderna.

Alrededor de una comida que la abuela con la que había crecido nunca habría hecho, estuve cada vez más segura de que había cometido un error colosal. ¿Y qué si tenía las uñas igual que mi padre biológico, los mismos pómulos, la misma sonrisa? ¿Y qué si su madre era escritora como yo? Esta gente eran extraños. Yo ya tenía una familia. Además, la mecánica indecorosa de la donación de esperma pendía sobre cada interacción, y yo tenía que esforzarme para no sonrojarme. Era sencillo.

Aunque no le era, porque compartíamos sangre. Y aunque fuéramos desconocidos, la sangre implicaba algo.

Jonathan se fue después de comer para darme algún tiempo a solas con Toby. Escruté a mi nueva abuela buscando señales de extrañeza, pero también señales de trauma. ¿Qué había sucedido en Polonia? Más allá de un ligero acento, cualquier rastro de su pasado se había borrado con el tiempo.

Aún así, sin Jonathan presente, Toby se sintió libre de dejar de actuar, de permitirse ser algo más que “la mamá de Jonathan”. Pudo ser una inmigrante, una refugiada. Puso ser una mujer que pensaba que su genealogía terminaba con su hijo, para descubrir que se había alargado un poco más allá.

Me enseñó su casa, señalando no las fotos de Jonathan y su hermano sino el arte en sus pareces que venía de su país natal. No hablamos de su vida. Hablamos de literatura del Este de Europa y arte ruso.

“Acompáñame abajo”, dijo y la seguí a un sótano rancio pero cómodo cuyas pareces estaban cubiertas de estanterías. Me quedé plantada mientras la abuela se atareaba entre los estantes. Sus dedos – que, como los de Jonathan, se parecían extrañamente a los míos – danzaban entre los tomos.

Sacó un libro de tapa dura del estante y me lo entregó. Cuentos de hadas rusos. “Te gustará”, dijo. Otro libro, más delgado, más nuevo: un análisis de Chekhov, rojo soviético, su nombre en la cubierta. Un tercer libro, un cuarto. Al principio me resistí, pero entonces caí en la cuenta: cada texto era una pieza de su historia. No podía contarme qué le sucedió en Polonia, pero podía darme un diccionario  polaco-inglés. Éramos gente de libros, ella y yo. Si nuestra conexión genética tenia que significar algo, tendría que ir mano a mano con un vínculo literario.

Le dejé leer algunos de mis escritos, mordiéndome las uñas mientras sus ojos recorrían la pequeña pantalla de mi teléfono. “Me alegro de que seas escritora como yo”, dijo. “No lo haces mal. Muchos escritores empiezan como perdistas, ya sabes”.

Amontonamos a Dostoyevsky, Chekhov, mi nuevo diccionario polaco-inglés y cerca de 20 libros más en una caja de cartón y Toby me hizo sentar en su sofá del color de la sopa de guisantes. Dijo: “Nos hice hacer esto”. Obrió un elegante joyero para mostrarme dos brazaletes de cobre idénticos.

Eran bastos, como si algún escolar hubiera decidido hacer una clase de metal para conseguir algunos créditos fácilmente. Quizás la propia Toby se había aficionado a trabajar el metal como hobby de jubilada, aunque no parecía probable debido a su fragilidad. En cualquier caso, su regalo fue una delgada banda de metal, sin pretensiones, pero tan simbólica como un anillo de compromiso. Se puso la suya fácilmente, mientras me miraba con expectación.

La mía no encajaba. Apreté y empujé, intentando forzarla sobre mis nudillos. “No pasa nada, entrará”, le aseguré, mordiéndome los labios cuando el metal me arrancó un pedacito de piel.

Quería ser la descendiente que Toby esperaba, incluso si debía derramar sangre.

Conduje hora y media de vuelta a casa de mis madres en silencio absoluto. Sin radio, sin podcasts. Me quité los zapatos en el cómodo y destartalado vestíbulo. Nuestro carro de laboratorio; nuestro gato negro aposentado en la mesa del comedor; la bandera arcoiris que aleteaba en la ventana del comedor. Ahí es donde pertenecía.

Vi a Jonathan, mi donante, algunas veces más, pero enseguida descubrimos que aunque nuestro ADN compartido era dolorosamente obvio, éramos una estudiante de instituto y un hombre de mediana edad padre de un niño pequeño, y no teníamos demasiado en común en el fondo. De tanto en tanto, nos enviamos un correo electrónico que siempre contenía el mismo mensaje: Pienso en ti. Conocerte fue importante. Espero que estés bien.

Toby, sin embargo, es una carga psíquica más grande. No he leído el libro que escribió; no rompí el diccionario de polaco. Guardé el brazalete escondido en cajones con trastos o joyeros durante las mudanzas de mi juventud. Como si llevara alguna carga. Incluso tocarlo me llena de culpa, de un sentido de obligación que he tenido desde que nos conocimos.

¿Quién habría sido si hubiera crecido conociéndola, conociendo su historia? ¿Tiene importancia que yo no sea ni judía ni polaca, pero que exista debido a esta genealogía? No pensamos mucho en los lazos de sangre en nuestra época, o al menos yo no lo hago. Pero me parece increíblemente trágico que si no tengo hijos, una parte de su historia terminará en mi. ¿Es presuntuoso asumir que tengo conexión con esta historia, cuando realmente su hijo se masturbó en un bote? No sé si me gusta leer gracias a que una de mis abuelas me sentó en sus rodillas y me contó cuentos, o porque la otra, una desconocida, me transmitió esta afición a través de su ADN. No saberlo me mata. No saberlo es la razón por la que decidió escribir a mi donante de esperma.

En el proceso de escribir este texto, rescaté mi brazalete de cobre de mi caja de “trastos sentimentales”, la examiné buscando algo de claridad, la empujé contra mis nudillos para ver si esta vez sí encajaba. No tendré hijos. La genealogía de Toby muere conmigo. Pero estoy sacándome un máster en Periodismo, y somos ambas gente de libros. De alguna manera, quizás la que más importa, llevo su legado tal y como está en nuestro ADN.  

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