familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Archivo para marzo, 2019

Nostalgia de los parques

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Hubo una época en la que el parque de la vuelta de la esquina era nuestros cuarteles de invierno. Íbamos por las tardes al volver de la escuela y todos los fines de semana: por la mañana, por la tarde, hasta el punto de que aprendí cuales eran las mejores horas en cada época del año, cuándo hacía sol en invierno y a qué horas había sombra y corría el aire en verano. Primero hicimos nuestra la zona de pequeños, con sus columpios con cestito, en los que primero B. y luego A. se resarcieron de lo que no les habían mecido en la primera infancia, y con su tobogan chiquito al que se llegaba por una pasarela de madera protegida con cuerdas, y, claro, el arenero en el que aprendieron a hacer flanes y túneles y a no arrojar arena a los ojos de las otras criaturas. Y la puerta con pestillo que todos sabían abrir desde la más tierna edad. Y luego colonizamos la zona de mayores, con el columpio que giraba hasta el mareo y el tobogán amarillo en espiral, y el rincón donde si no había muchos niños se podían improvisar partidos de fútbol.

En ese parque aprendió B. a ir en bici, A. se echó siestas en el carrito, ambos hicieron guerras de globos de agua en verano, pintaron con tizas el suelo, se untaron de helado de chocolate y se rebozaron en arena. Se metieron en los charcos hasta media pierna y se llevaron a casa hojas de otoño, piedras y palos. En él perdimos una bicicleta y recuperamos otra y tanto B. como A. hicieron infinitos recorridos en patinete y en moto feber.

En los bancos de ese parque leí a trompicones retazos de novelas y titulares de prensa y whatsapps atrasados y debates en Facebook. Repartí fruta guardada en tuppers a todas las criaturas que se acercaban, cambié pañales y puse tiritas, e hice sentar a B. y  a A. si habían hecho alguna trastada que mereciera reflexión. En los columpios aprendieron a respetar el turno y en los toboganes, las muchas maneras que hay de subirlos y bajarlos. En el arenero, a compartir sus juguetes y pedir correctamente los de otros, y a aceptar que hay niños que no quieren compartir y otros que no aceptan el no por respuesta.

Hicimos amigos en aquel parque: N., cuyos padres se separaron y se reconciliaron en aquellas tardes de parque; G. y R., con sus ideas siempre disparatadas; E., que tuvo primero una hermana y luego finalmente el hermano varón por el que su padre tanto suspiraba, y que dejaron de venir al parque; O. y N., tan distintos y tan hermanos, cuya madre descubrió que un señor que parecía un abuelo cariñoso era un pederasta sin nietos fichado por la policía; y sobretodo G., al que conocimos cuando buscábamos escuela y que sigue estando ahora que van al instituto, como siguen estando sus padres, convertidos en esa familia que escogemos. Hicimos red e hicimos barrio y nos fuimos arraigando como los árboles que le daban sombra.

Y al volver parábamos en todas las tiendas: en la de Delicatessen, cuyo dueño, J., siempre decía que tenía 7 nietos, y B. era el octavo; en el videoclub donde N. nos recomendaba películas y que durante unos años fue uno de los centros neurálgicos del barrio, donde nos encontrábamos todos antes de regresar a casa; en la óptica donde J. nos regalaba lacasitos. Esta es la única tienda que queda, porque J., el señor de la tienda de Delicatessen, murió de un cáncer y su mujer cerró la tienda; y el videoclub, aunque resistió, acabó sucumbiendo a la piratería y el Netflix.

Nos mudamos de ciudad cuando a B. se le empezaba a quedar pequeño el parque, pero aún volvimos algunas veces, en nuestros viajes, con A. y P. La última vez que pasamos por delante, vi que el tobogán en espiral había desaparecido.

“Ya no tiene tobogán mágico”, dijo P.

Aún vamos al parque a veces. Otros parques, otros barrios.

Me acordé de todo esto cuando leí este texto de Moli en su blog Cosas (que me pasan).

 

Día del padre (again)

Hemos reflexionado tanto sobre el Día del Padre que casi podríamos llamarle El Día de la Marmota. Todos los años me sorprende la cantidad de gente de mi entorno que sigue celebrando esta fecha. Todos los años las mismas discusiones sobre inclusión y privilegio. Todos los años me prometo a mi misma que no caeré…. que no volveré a hacer entrada en el blog. Pero en la página de Facebook de la Asociación de MSPE, una de las participantes, P., ha escrito un texto que me ha gustado tanto que he decidido compartirlo.

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Yo no soy padre, ni lo soy, ni lo pretendo. Yo soy madre monomarental, la adulta de una familia que no se corresponde con el modelo tradicional que nunca ha sido el único real. Yo tomé la decisión meditada y responsable de ser madre sin una pareja, hombre o mujer, que compartiera las tareas de crianza y cuidado de mi hijo, pero por fortuna no estoy sola, hay más adultos que nos quieren y nos ayudan tanto a mi hijo como a mi, con y sin vínculos de sangre. Desde el momento en que decidí que mi hijo vendría al mundo asumí que no éramos una “familia parcial”, yo no tendría que ocupar el papel de alguien ausente, porque no nos faltaba nada, éramos, somos, así. Tampoco sé que es hacer de padre, más allá de lo que dicta la biología (concebir,gestar, parir, amamantar…), no creo en los roles masculinos y femeninos, ni en progenitor1 ni progenitor2, ni como lo quieran llamar los que pretenden ir de modernos sin tenernos en cuenta,por supuesto, la biología tampoco es la base de todas las familias, ni siquiera el ingrediente más importante de las que sí comparten genes. Mi hijo necesita más referentes adultos de los que yo le proporciono, claro, pero no vivimos aislados en una montaña, vivimos en una sociedad plagada de referentes, buenos que reforzar, y malos que contrarrestar, con todos los grises que median entre unos y otros. Yo soy MADRE, y exigirme, aunque sea en rollo adulador, que sea algo más me parece machista e injusto, un parche para que nos adaptemos a lo convencional, me produce la misma sensación que cuando me felicitan el día de la Mujer llamándome heroína, la obra más bella de la creación y mil ideales inalcanzables más.

Pero nada decía la prensa de hoy

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1.

El más valiente de tres hermanos se encontraba con una desconocida en un camino; la desconocida resultaba ser una bruja y a cambio de perdonarle la vida, le pedía su primogénito, que puntualmente iba a buscar cuando el muchacho se había casado y olvidado del episodio.

La literatura popular está llena de abandonos de criaturas, criaturas encontradas en los lugares más insospechados o fabricadas exprofeso, criaturas robadas o intercambiadas o entregadas a cambio de oscuros tratos.

Es una constante, en todas las épocas y en todos los lugares: Buscar “caladeros” en los que robar criaturas para entregarlas a las “familias de bien”.

Deshumanizar a las mujeres pobres, racializadas, prostitutas, solteras, de izquierdas, de mal vivir. Robarles los hijos y entregarlos como mercancía a familias ricas, blancas, estables, casadas, cristianas, de orden.

Sucedió en España a lo largo de todo el siglo XX, en el cono sur de América durante las dictaduras de los 70 y los 80, en las comunidades aborígenes de todos los lugares, en los países emisores de Adopción Internacional en los últimos 50 años.

Ayer conocimos la noticia de que el PP propone una nueva vuelta de tuerca a esta costumbre tan antigua de robar criaturas a las mujeres de segunda.  En su propuesta de ley de apoyo a la maternidad han incluido que las inmigrantes sin papeles embarazadas que decidan dar a su hijo en adopción no sean expulsadas del país durante el periodo de gestación. Es decir, les ofrecen esperanza a cambio de entregar a sus criaturas.

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Como dice Raúl Solís en este artículo, “la propuesta responde a la línea sucesoria de esta derecha extrema que procesiona bajo palio pero a la que le queda muy lejos el cristianismo. Pablo Casado no es más que el hijo y el nieto político de aquella España inmunda que robaba bebés o que le preguntó a mi madre si quería dar a su hijo. “Yo te lo tapo en una toalla en cuanto nazca y tú ni lo ves, Lola”, le dijo aquella matrona sádica a mi madre, quien me rememoraba el pasaje con la mirada perdida e indefensa”.

“La característica principal del fascismo es la deshumanización del grupo social que se considera inferior. El PP, con su propuesta de darle papeles a las mujeres migrantes que den a sus hijos en adopción, ha cruzado todas las líneas y ha abrazado sin complejos el fascismo. No es que a Pablo Casado se le haya ocurrido por generación espontánea esta propuesta inhumana y llena de crueldad, es que forma parte de su herencia ideológica”.

2.

Ha corrido menos, pero es tanto o más alarmante la noticia, las noticias, de varios ataques a centros donde residían lo que se conoce como Menas, es decir, menores de edad no acompañados, es decir, niños. Niños extranjeros, racializados, sin familia, solos.

Unos 25 individuos encapuchados entraron a la fuerza en el centro, rompieron parte del mobiliario y lanzaron piedras contra los menores y los educadores, que se vieron obligados a encerrarse para no resultar heridos.

No sé si duele más imaginarse el miedo de los chavales y los educadores que cuidaban de ellos ante la llegada de un puñado de encapuchados violentos o lo que significa que 25 personas se pongan de acuerdo para hacer algo así. Que lo piensen, lo hablen, queden, busquen las prendas con las que se van a tapar la cara, busquen las armas que van a utilizar, se lleguen hasta el centro y lo hagan. Sintiendo que tienen derecho, que están impartiendo alguna clase perversa de justicia, que pueden resultar impunes de ello.

Que luego volvieron a aparecer en la manifestación de repulsa por el ataque y se enfrentaron a gritos con las personas que protestaban. Que valientes las niñas que siguieron leyendo el comunicado frente a estos energúmenos fascistas, aún con las lágrimas rodándoles por las mejillas.

Otra vez la deshumanización, la división del mundo entre ellos y nosotros, la banalización del mal. Otra vez el fascismo.

11M

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Llegué a la redacción a las 9 de la mañana y me sorprendió el silencio, los monitores encendidos de todos los televisores, las caras de estupor. ¿Qué ha pasado?, pregunté, Un atentado, me dijeron, ¿Hay muchos muertos?, nadie respondió.

A lo largo de la mañana fuimos descubriendo la magnitud de la tragedia, las imágenes del horror cada vez más insoportables, los cuerpos desmembrados, las mantas, los hierros retorcidos, los móviles sonando en el vacío.

Y el contador de muertes subiendo.

Trabajando contrareloj como siempre en esa época de atentados que nos cambiaban la agenda y el estado de ánimo, buscando invitados que vinieran a explicar las razones de lo que pasaba, montando vídeos que nos dejaban el alma rota para varios días, escribiendo cada novedad al minuto.

Oí por primera vez los nombres de los lugares donde pasó, Santa Eugenia, el Pozo del Tío Raimundo.

Barrios obreros, dijo un compañero que vivía en un barrio obrero; gente que iba a trabajar en tren, dijo una compañera que iba cada día a trabajar en tren. ¿Cómo no empatizar?

Y las declaraciones de Otegi, que cuando las oímos nos parecieron el colmo del cinismo.

Pero entonces, un compañero dijo que estaba al habla con un Teniente Coronel de la Guardia Civil que estaba dispuesto a venir al programa a desvelar que el Gobierno estaba mintiendo porque hacía horas que sabían que ETA no tenía nada que ver.

El directo del programa en el que por primera vez se dijo que el atentado era de una célula Yihadista, en el que se acusó al Gobierno de estar mintiendo para sacar rédito electoral de los muertos, los gritos de los jefes del canal mesándose los cabellos, ¿Estáis locos? ¿Cómo se os ocurre poner esto en antena?

Y luego todo se disparó, los corresponsales extranjeros explicando que el Gobierno les había instado a mentir, Hay dos líneas de investigación, los SMS, pásalo, las manifestaciones delante de las sedes del PP, la indignación bullendo.

Las elecciones y el cambio de gobierno.

Quince años han pasado. Santa Eugenia y el Pozo del Tío Raimundo son zonas familiares para mí, que vivo a medio camino entre ambas. Y cada año en estas fechas escucho a las madres y los padres en la puerta del colegio recordar ese día que a ellos les tocó tan cerca.

8 de marzo

El feminismo es la idea radical de que las mujeres somos personas.

Angela Davis

 

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Carnaval, carnaval

¿Tú no te has disfrazado? Sí, lo que pasa es que voy de psicópata asesina, que por fuera parecen personas normales.

Hace años decidí hacer mía esta frase de Miércoles Adams cada vez que llega el Carnaval.

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Detesto disfrazarme.

La culpa la tiene mi escuela progre, moderna y do-it-yourself, donde cada año nos obligaban a disfrazarnos (“el que hace el ridículo este día es el que no se disfraza”) y además, no obligaban a llevar un disfraz hecho por nosotros mismos. La mayoría de niñas y niños tenían abuelas y madres mañosas con la costura, que en un pis pas les hacían el traje de princesa o pirata preceptivo, o eran mañosos ellos mismos, como el compañero que un año se hizo un traje de robot con cajas de embalaje y luces que se encendían y apagaban de verdad.

Y luego estaba mi madre, que me daba un par de rollos de papel pinocho y ahí te apañes.

Y yo, claro, que era un desastre.

De hecho, lo sigo siendo. Afortunadamente, N. es una crack, que siempre tiene ideas y se le ocurre cómo llevarlas a la práctica, y gracias a esto, nuestras cuatro criaturas siempre han afrontado el Carnaval con dignidad.

Excepto este año, que no sé por qué, me encontré el día antes de los disfraces con dos niños histéricos porque tenían que inventar algo.

“Reciclaje”, era la consigna.

No valía aprovechar nada que tuviéramos en casa, tirar del baúl de los disfraces o bajar al  bazar a comprar: había que fabricar algo con lo que tuviéramos en casa.

“Y justo acabamos de hacer limpieza y no tenemos nada”, dijo A.

Finalmente, él fue de Robot, con un telefonillo, un móvil y unas pilas pegadas con cola a una camiseta vieja.

Y P. se hizo con cartones – pinturas, pegamento, cinta adhesiva – un remedo del disfraz de Kylo Ren que tiene en el baúl de los disfraces.

Si esto es sostenible, que baje la Virgen y lo vea.

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