familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Archivo para mayo, 2019

Transitando

Estaba viendo el anuncio de Gillette sobre el chico trans a quien el padre le enseña a afeitarse, y pensaba que es maravilloso que esa empresa no se haya arredrado por las muchas críticas que recibieron de muchos de sus potenciales clientes en aquel primer anuncio en el que combatían la masculinidad tóxica.

Como dice el chico, “Todos estamos transitando”.

Y que cuando estas cosas llegan a la publicidad, ya no hay vuelta atrás.

 

Reflexiones post 26-M

Llevo toda la mañana intentando ordenar mis pensamientos, pensando qué quiero decir. Y en estas, me he encontrado este texto de la cantautora Alicia Ramos, una de mis cantantes favoritas. Y he pensado que no le sobra ni le falta ni una sola coma:

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No se cuestiona prácticamente la legitimidad de las alianzas que se perfilan con la extrema derecha, se asumen como de recibo, como casi naturales. Y esto no es así. La democracia es antifascista por definición. O debería serlo. O ese era el consenso que a mí, que nací en 1969, me inculcaron. Si no estoy equivocada, la lucha contra el fascismo es un extra de legitimidad que se suma a la que ya emana de la defensa de los intereses de quienes más tienen que perder en un marco de políticas neoliberales, irrespetuosas con el medio y depredadoras. Pero esto ha pasado. Ya ocurrió. Van a construir mayorías que les permitirán revertir lo poco bueno que se pudo fraguar y continuar con el saqueo allí donde ya estaban. Y es un desastre. Quizá no tanto por lo que se ha perdido como por lo que se pudo haber ganado. Y hay que llorarlo. Todo bien.

Pero yo veo grandes oportunidades por delante. Si aprendemos de los errores, si somos capaces de convocar una vez más a la ilusión que se nos defraudó tantas veces, y si hacemos valer la legitimidad (insisto en ese concepto porque adivino que es el que más van a intentar socavar desde el poder municipal y autonómico) que nos confiere la defensa de la convivencia y la construcción de sociedades plurales que dicta la conciencia antifascista de toda persona que de verdad crea en la democracia, podemos revitalizar un tejido social activo que frustre sus expectativas. Es nuestro deber. Es nuestro deber combatir al fascismo en todas sus formas. También es el deber de los que pactan con ellos, pero o no se han enterado, o se han olvidado, o el poder tira tanto como para traicionar los principios que les han hecho elegibles. Hay que empezar a trabajar desde que se sequen las últimas lágrimas (que tampoco sé cómo de merecidas son) y ponerse a disposición de la resistencia, de la calle, del abajo, y fajarse en la construcción de algo que esta vez no puedan destruir. Hemos acumulado experiencia y sabiduría en estos procesos, pongámoslas al servicio del futuro. No tenemos nada mejor que hacer con nuestras vidas. Nada mejor.

Felices

Una de las pocas cosas que tenía clara cuando decidí tener hijos es que los hijos no llegaban para completarnos la vida o hacerla feliz: era necesario tener una vida feliz, completa, interesante, con sentido, para compartirla con las criaturas que llegaran a ella. Igualmente con la pareja: son dos situaciones a las que, si se llega, hay que llegar feliz.

Que bien lo explica la autora de esta página de Facebook en la que va retratando su día a día como madre por adopción.

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“Te completan la vida… te llenan los días… la felicidad empieza cuando ellos llegan” …Son muchas de las cosas que te dice la gente, que escribe mucha gente sobre la parentalidad.

Y a mi no hay nada que me parezca más hipócrita que esas palabras.

Porque habrá que ser una persona y una familia muy feliz para recibir un otre, diferente, único… irrepetible. Sin mandato de ser como el papá, la mamá o el abuelo…

Un otre que es todo deseo, que en el caso de los nuestros vienen con una historia de dolor y abandono.

Hay que conocer muy bien la felicidad, porque hay muchísimos días donde no estás contenta, no te gustan los gestos del otre, ni los juegos del otre, ni las demandas del otre.

Sólo un profundo registro de lo que es ser feliz, puede ser el sostén de muchos días donde criar no es para nada placentero.

Es más, muchas veces se parece a una tortura. Elegida, consentida, buscada… pero a veces criar duele; y mucho.

Resiliencia

Últimamente oigo a mucha gente hablar de la resiliencia como si viniera de serie, como si fuera la solución mágica a los traumas de la infancia, como si no importara que sucedieran tragedias en la infancia porque ya vendrá la resiliencia a poner  las cosas en su sitio. Parece que olvidamos que cuando Cyrulnik describió la resiliencia, trataba de encontrar el factor clave entre las personas que eran capaces de sobreponerse a la adversidad de una experiencia traumática y las que quedaban indeleblemente marcadas por esta vivencia. Que son mayoría. ¿Dónde reside esta diferencia? Aquí van algunos fragmentos de su libro “Los patitos feos”:

  1. El primero de los factores de la resiliencia es el encuentro con una persona significativa. A veces con una sola es suficiente: una maestra que con una frase devuelve la esperanza a un niño, un monitor deportivo que le hace comprender que las relaciones humanas pueden ser fáciles, un cura que transfigura el sufrimiento en transcendencia, un jardinero, un actor, un escritor, cualquier persona que convierta en realidad la idea «Se puede superar». Todo lo que establece de nuevo el vínculo social modifica la imagen que el herido se hace de si mismo. La idea de «sentirse mal y ser el malo» se transforma gracias al encuentro con un compañero afectuoso que le hace nacer el deseo de superación.
  2. «Salí adelante». Se sorprenden, los resilientes, de que después de una herida hayan aprendido de nuevo a vivir. Este paso de la sombra a la luz, la huida del subterráneo o la salida de la tumba exige aprender de nuevo a vivir otra vida.
  3. El final del maltrato no es el final del problema. Encontrar una familia de acogida cuando se ha perdido la propia no es más que el principio de la cuestión: «¿Y ahora qué haré?». No porque el patito feo haya encontrado una familia de cisnes se ha acabado todo. La herida está escrita en su historia, está gravada en su memoria. […] Se debe golpear dos veces para que se produzca una herida. El primer golpe, el que se recibe en la realidad, provoca el dolor de la herida o el desgarro de la carencia. Y el segundo, que es la representación de la realidad, provoca el sufrimiento de haber estado humillado, abandonado. «¿Qué haré ahora? ¿Quejarme cada día e intentar vengarme o aprender a vivir otra vida, la de los cisnes?»
  4. Para curar el primer golpe, es necesario que mi cuerpo y mi memoria consigan hacer un proceso lento de cicatrización. Y para atenuar el sufrimiento del segundo, debo cambiar la idea que tengo de lo que me ha pasado, he de conseguir modificar la representación de mi desgracia y de su puesta en escena, frente a vuestros ojos.
  5. Cuando los jueces condenan la víctima, cuando los oyentes son burlones o incrédulos, cuando los parientes más próximos están hundidos o se dedican a hacer sermones, la resiliencia es imposible. Pero si el herido puede compartir su mundo o incluso transformarlo en militancia, en intelectualización o en obra de arte, entonces el niño traumatizado se convertirá en un adulto rehabilitado.
  6. Cuando un niño empieza a hablar, su mundo se transforma. A partir de este momento la emoción se alimenta de dos fuentes: la sensación provocada por el golpe recibido y el sentimiento provocado por la representación del golpe. Esto equivale a decir que el mundo cambia desde el momento en el que uno habla, y que se puede cambiar el mundo hablando. […] Los niños aprenden muy pronto que el simple hecho de hablar les invita a escoger las palabras para describir el trago. […] A partir del momento en el que un niño puede elaborar el relato de su desgracia, sus interacciones cambian de estilo y el sentimiento que experimenta hace metamorfosis.
  7. Otro factor de resiliencia para poder triunfar es la representación del hecho traumatitzante a través del dibujo, el relato, el juego o el teatro. […] La eficacia resiliente es mayor porque el niño consigue controlar la forma que desea dar a la expresión de su desgracia. […] Esta urgencia creadora explica el coraje extraordinario de los niños y su intensa necesidad de belleza.
  8. Lo que el patito tardará mucho en comprender es que la cicatriz nunca es segura. Es una grieta en el desarrollo de su personalidad, un punto débil que, en cualquier momento, por un golpe del azar, puede abrirse. Esta grieta le obliga a trabajar sin parar en su inacabable metamorfosis. Solo entonces podrá llevar una vida de cisne, bonita y frágil, porque nunca podrá olvidar su pasado de patito feo. Aún así, una vez convertido en cisne, podrá pensar en aquel pasado de una manera soportable. Esto quiere decir que la resiliencia, el hecho de superar una situación y, a pesar de ello, llegar a ser bonito, no tiene nada que ver con la invulnerabilidad ni con el éxito social.
  9. –La negación: «No creéis que he sufrido»;

–El aislamiento: «Recuerdo un hecho sin nada de afectividad»;

–la huida hacia adelante: «Lucha constantemente para evitar que vuelva la angustia »;

–la intelectualización: «Como más intento comprenderlo, más domino la emoción insoportable»;

–Y sobre todo la creatividad: «Expreso lo innombrable gracias al recurso de la obra de arte».

Todos estos recursos psicológicos permiten regresar al mundo cuando alguien ha estado expulsado de la humanidad.

  1. Des de los bombardeos de Londres de 1942, sabemos que las reacciones psicológicas de los niños dependen del estado de los adultos que les rodean. […] Si al producirse los bombardeos los niños estaban rodeados de adultos ansiosos, o si la inestabilidad del grupo, las evacuaciones, las huidas, las heridas o las muertes impedían la creación de guías de resiliencia, muchos de aquellos niños presentaban trastornos a veces duraderos. Pero si estaban rodeados de familias serenas –cosa no siempre fácil–, no presentaban ningún trastorno psíquico. Incluso los niños que estaban solos, lejos de sus padres, superaban mejor estas situaciones disfrutando del maravilloso espectáculo de las explosiones, de los incendios y de los desmoronamientos de los edificios, que contemplaban subidos a los tejados. […] La manera como las figuras de apego traducen la catástrofe es lo que calma o trastorna al niño.
  2. A estos niños, adultos prematuros, les gusta convertirse en padres de sus padres. Se sienten un poco mejor viendo de esta manera, que les priva de una etapa de su desarrollo pero les revalora i les socializa. No les felicitéis por esta conducta, porque aburren todo lo que hacen. Os expondríais a sabotear este frágil vínculo. Os parecen graciosos y conmovedores porque son niños. Pero el aparente aplomo oculta malestar. Cuando uno es desgraciado, el placer inspira temor. No sólo no se desea el placer, sino que hasta da vergüenza la idea de obtenerlo. El niño demasiado adulto descubre una forma de compromiso: se ocupará de los otros.
  3. Sentirse responsable de la desgracia que nos ha pasado es un sufrimiento añadido, es un tormento que nace de la representación. Se añade el horror de la agresión real, y esta combinación es la que provoca el trauma. […] Este sentimiento de responsabilidad, agraviado por el trauma, explica la madurez precoz de los niños heridos y nos enseña que los niños demasiado protegidos, a los que les faltan responsabilidades, difícilmente desarrollan un sentimiento ético.
  4. Lo que protege a un niño y le ayuda a recuperarse en caso de agresión es la estabilidad familiar y la claridad en los roles parentales que organizan la burbuja afectiva. […] La respuesta emocional de la familia constituye el indicador más fiable de la resiliencia del niño y de la duración del su sufrimiento. Las familias trastornadas por la agresión no ayudan al niño a recuperarse. Las familias rígidas impiden cualquier posibilidad de resiliencia si le llenan de sermones. En cambio, los niños agredidos que se han recuperado sin secuelas han contado con el apoyo afectivo y verbal que hace posible la resiliencia.
  5. Si una tragedia define a un niño, no será posible la resiliencia. Pero si el entorno permite que la parte sana de su personalidad se exprese y retome su desarrollo, la herida se reducirá, para convertirse más tarde, tomando distancia, en una mancha oscura en la memoria, una motivación íntima para aceptar muchos compromisos, una filosofía de la existencia. […] Un mismo hecho traumatitzante puede conducir a un secreto, parecido a una especie de cuerpo extraño incrustado en el fondo del alma, a una compensación combativa que nunca confesará el motivo de su lucha, o a una reflexión enriquecedora sobre el sentido de la vida.
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Apegos evitativos

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En el burger

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A., mi hijo mediano, 11 años, origen marroquí, estaba en un cumple en un Burger. En un momento dado, una de las niñas vino a buscarnos porque “había problemas” en la zona de bolas. Fuimos y nos encontramos con varias personas adultas (creo que todas mujeres) encarándose a los niños. Nos los llevamos, hablamos con ellos y nos contaron que los hijos de esta gente empezaron a meterse con ellos, y cuando ellos respondieron fueron las madres y empezaron a encararse con ellos, amenazarlos, echarles de la zona de bolas e insultarles. Lo que más les había indignado es que llamaron a A. “Vendedor de kebabs”, y “eso es ¡muy racista!”.

Y sí, es muy racista, y sí, nuestros hijos tenían razón, pero, ¿se puede discutir con alguien que se encara con críos de 10 y 11 años y les avasalla?

Así que lo que les dijimos a los niños fue más o menos esto, en voz alta: “Tenéis razón, pero con gente con estos argumentos y que se encara así con niños como vosotros, no se puede discutir. No son capaces de dialogar ni de aprender nada. No os pongáis a su altura”.

Era el final de la fiesta y tal cual pasó esto, la otra gente se marchó

Y les dijimos que habían hecho bien de avisarnos, que estas cosas no les tocaba (aún) resolverlas solos

Tuve la sensación de que era justo lo que buscaban, pelearse con alguien. Me pareció una salida más digna decir esto y darme la vuelta que encararme a mi vez con ellos, empezar a discutir, hacer una escena.

Pero no fue solo esto: desde hace algunos años, me cuido mucho de lo que transmito a los niños. Porque si yo reacciono encarándome, es difícil que me pase nada: a mí me protege mi privilegio blanco / de señora de mediana edad. Pero mis hijos son adolescentes, varones, racializados, y si reaccionan igual que yo pueden  acabar muy mal parados: les pueden partir la cara, les pueden encerrar en el calabozo… o cosas peores.

Hace unos años fui consciente de que ellos repetían mis comportamientos, y me empezó a preocupar que lo que para mí representa un sofocón, en su caso pueda significar, literalmente, jugarse la vida.

Esto que tan bien explica este actor, que se atrevió a denunciar un abuso sexual por parte de un productor… y que explica también tan bien porque antes de denunciar calló.

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