familia monoparental y adopción

Resiliencia

Últimamente oigo a mucha gente hablar de la resiliencia como si viniera de serie, como si fuera la solución mágica a los traumas de la infancia, como si no importara que sucedieran tragedias en la infancia porque ya vendrá la resiliencia a poner  las cosas en su sitio. Parece que olvidamos que cuando Cyrulnik describió la resiliencia, trataba de encontrar el factor clave entre las personas que eran capaces de sobreponerse a la adversidad de una experiencia traumática y las que quedaban indeleblemente marcadas por esta vivencia. Que son mayoría. ¿Dónde reside esta diferencia? Aquí van algunos fragmentos de su libro “Los patitos feos”:

  1. El primero de los factores de la resiliencia es el encuentro con una persona significativa. A veces con una sola es suficiente: una maestra que con una frase devuelve la esperanza a un niño, un monitor deportivo que le hace comprender que las relaciones humanas pueden ser fáciles, un cura que transfigura el sufrimiento en transcendencia, un jardinero, un actor, un escritor, cualquier persona que convierta en realidad la idea «Se puede superar». Todo lo que establece de nuevo el vínculo social modifica la imagen que el herido se hace de si mismo. La idea de «sentirse mal y ser el malo» se transforma gracias al encuentro con un compañero afectuoso que le hace nacer el deseo de superación.
  2. «Salí adelante». Se sorprenden, los resilientes, de que después de una herida hayan aprendido de nuevo a vivir. Este paso de la sombra a la luz, la huida del subterráneo o la salida de la tumba exige aprender de nuevo a vivir otra vida.
  3. El final del maltrato no es el final del problema. Encontrar una familia de acogida cuando se ha perdido la propia no es más que el principio de la cuestión: «¿Y ahora qué haré?». No porque el patito feo haya encontrado una familia de cisnes se ha acabado todo. La herida está escrita en su historia, está gravada en su memoria. […] Se debe golpear dos veces para que se produzca una herida. El primer golpe, el que se recibe en la realidad, provoca el dolor de la herida o el desgarro de la carencia. Y el segundo, que es la representación de la realidad, provoca el sufrimiento de haber estado humillado, abandonado. «¿Qué haré ahora? ¿Quejarme cada día e intentar vengarme o aprender a vivir otra vida, la de los cisnes?»
  4. Para curar el primer golpe, es necesario que mi cuerpo y mi memoria consigan hacer un proceso lento de cicatrización. Y para atenuar el sufrimiento del segundo, debo cambiar la idea que tengo de lo que me ha pasado, he de conseguir modificar la representación de mi desgracia y de su puesta en escena, frente a vuestros ojos.
  5. Cuando los jueces condenan la víctima, cuando los oyentes son burlones o incrédulos, cuando los parientes más próximos están hundidos o se dedican a hacer sermones, la resiliencia es imposible. Pero si el herido puede compartir su mundo o incluso transformarlo en militancia, en intelectualización o en obra de arte, entonces el niño traumatizado se convertirá en un adulto rehabilitado.
  6. Cuando un niño empieza a hablar, su mundo se transforma. A partir de este momento la emoción se alimenta de dos fuentes: la sensación provocada por el golpe recibido y el sentimiento provocado por la representación del golpe. Esto equivale a decir que el mundo cambia desde el momento en el que uno habla, y que se puede cambiar el mundo hablando. […] Los niños aprenden muy pronto que el simple hecho de hablar les invita a escoger las palabras para describir el trago. […] A partir del momento en el que un niño puede elaborar el relato de su desgracia, sus interacciones cambian de estilo y el sentimiento que experimenta hace metamorfosis.
  7. Otro factor de resiliencia para poder triunfar es la representación del hecho traumatitzante a través del dibujo, el relato, el juego o el teatro. […] La eficacia resiliente es mayor porque el niño consigue controlar la forma que desea dar a la expresión de su desgracia. […] Esta urgencia creadora explica el coraje extraordinario de los niños y su intensa necesidad de belleza.
  8. Lo que el patito tardará mucho en comprender es que la cicatriz nunca es segura. Es una grieta en el desarrollo de su personalidad, un punto débil que, en cualquier momento, por un golpe del azar, puede abrirse. Esta grieta le obliga a trabajar sin parar en su inacabable metamorfosis. Solo entonces podrá llevar una vida de cisne, bonita y frágil, porque nunca podrá olvidar su pasado de patito feo. Aún así, una vez convertido en cisne, podrá pensar en aquel pasado de una manera soportable. Esto quiere decir que la resiliencia, el hecho de superar una situación y, a pesar de ello, llegar a ser bonito, no tiene nada que ver con la invulnerabilidad ni con el éxito social.
  9. –La negación: «No creéis que he sufrido»;

–El aislamiento: «Recuerdo un hecho sin nada de afectividad»;

–la huida hacia adelante: «Lucha constantemente para evitar que vuelva la angustia »;

–la intelectualización: «Como más intento comprenderlo, más domino la emoción insoportable»;

–Y sobre todo la creatividad: «Expreso lo innombrable gracias al recurso de la obra de arte».

Todos estos recursos psicológicos permiten regresar al mundo cuando alguien ha estado expulsado de la humanidad.

  1. Des de los bombardeos de Londres de 1942, sabemos que las reacciones psicológicas de los niños dependen del estado de los adultos que les rodean. […] Si al producirse los bombardeos los niños estaban rodeados de adultos ansiosos, o si la inestabilidad del grupo, las evacuaciones, las huidas, las heridas o las muertes impedían la creación de guías de resiliencia, muchos de aquellos niños presentaban trastornos a veces duraderos. Pero si estaban rodeados de familias serenas –cosa no siempre fácil–, no presentaban ningún trastorno psíquico. Incluso los niños que estaban solos, lejos de sus padres, superaban mejor estas situaciones disfrutando del maravilloso espectáculo de las explosiones, de los incendios y de los desmoronamientos de los edificios, que contemplaban subidos a los tejados. […] La manera como las figuras de apego traducen la catástrofe es lo que calma o trastorna al niño.
  2. A estos niños, adultos prematuros, les gusta convertirse en padres de sus padres. Se sienten un poco mejor viendo de esta manera, que les priva de una etapa de su desarrollo pero les revalora i les socializa. No les felicitéis por esta conducta, porque aburren todo lo que hacen. Os expondríais a sabotear este frágil vínculo. Os parecen graciosos y conmovedores porque son niños. Pero el aparente aplomo oculta malestar. Cuando uno es desgraciado, el placer inspira temor. No sólo no se desea el placer, sino que hasta da vergüenza la idea de obtenerlo. El niño demasiado adulto descubre una forma de compromiso: se ocupará de los otros.
  3. Sentirse responsable de la desgracia que nos ha pasado es un sufrimiento añadido, es un tormento que nace de la representación. Se añade el horror de la agresión real, y esta combinación es la que provoca el trauma. […] Este sentimiento de responsabilidad, agraviado por el trauma, explica la madurez precoz de los niños heridos y nos enseña que los niños demasiado protegidos, a los que les faltan responsabilidades, difícilmente desarrollan un sentimiento ético.
  4. Lo que protege a un niño y le ayuda a recuperarse en caso de agresión es la estabilidad familiar y la claridad en los roles parentales que organizan la burbuja afectiva. […] La respuesta emocional de la familia constituye el indicador más fiable de la resiliencia del niño y de la duración del su sufrimiento. Las familias trastornadas por la agresión no ayudan al niño a recuperarse. Las familias rígidas impiden cualquier posibilidad de resiliencia si le llenan de sermones. En cambio, los niños agredidos que se han recuperado sin secuelas han contado con el apoyo afectivo y verbal que hace posible la resiliencia.
  5. Si una tragedia define a un niño, no será posible la resiliencia. Pero si el entorno permite que la parte sana de su personalidad se exprese y retome su desarrollo, la herida se reducirá, para convertirse más tarde, tomando distancia, en una mancha oscura en la memoria, una motivación íntima para aceptar muchos compromisos, una filosofía de la existencia. […] Un mismo hecho traumatitzante puede conducir a un secreto, parecido a una especie de cuerpo extraño incrustado en el fondo del alma, a una compensación combativa que nunca confesará el motivo de su lucha, o a una reflexión enriquecedora sobre el sentido de la vida.
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