familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Archivo para octubre, 2019

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Feliz Halloween

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El camino no está lleno de rosas

Para aquellos que quieren Chile Nuevo / es difícil y hay que darse generosa / respondiendo día y noche a los apremios.

Si el camino es largo / yo lo voy a andar / porque estoy segura / que voy a llegar.

Enemigos de la Patria son aquellos / que amenazan con guerra a nuestro suelo / y proponen un camino ensangrentado / tengo España en el recuerdo emocionado.

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Chile formó una parte importante de mi infancia y mi adolescencia. Aunque nunca viajé a Chile, ni tengo familia allá, ni siquiera amigos. Su revolución, y el fracaso de la misma, impregnaron las conversaciones de los adultos, la literatura, los relatos, las canciones.

Todas estas canciones que regresan estos días con las noticias de Chile.

Madres

Se deja ver, pero tampoco es una obra maestra. Ya sabes, esa clase de película que gustaría a tu madre.

Conozco un crítico de cine que, cuando una película es entretenida, pero facilona y cursi, la califica de “película para madres”. Siempre pienso que ya le gustaría a él haber visto todo el cine que ha visto mi madre, que iba a ver películas de Bergman en versión original en salas de Arte y Ensayo antes de que él naciera.

Y esto me lleva siempre a reflexionar sobre el lugar que ocupamos “las madres” en el imaginario colectivo. Somos señoras ignorantes, abnegadas, controladoras, anticuadas, obsesionadas con la limpieza, que repetimos tópicos, poco atractivas, asexuadas, poco interesantes, sin conversación, con gustos manidos, encerradas en el espacio doméstico, que abrigamos a las criaturas en exceso y las cebamos de comida casera. Incondicionales de nuestros hijos e hijas hasta la ceguera, y a la vez, castradoras de sus sueños y posibilidades.

Entre invisibles e inofensivas.

Mujeres sin otra identidad que ocuparnos de nuestras criaturas, satélites de estas, tengan la edad que tengan.

Como si la identidad de madres fagocitara todas las otras cosas que somos.

Pero lo cierto es que, incluso bajo nuestra identidad de madres, hacemos mucho más que preparar caldos, coser calcetines y repetir refranes.

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La brutalidad policial que se ha vivido estos días en Catalunya ha hecho que, además de otros colectivos, surjan las Madres y Abuelas por la República, un colectivo que defiende a los jóvenes de la represión y la violencia de las fuerzas del orden. Madres, abuelas y tías con un pañuelo rojo en el cuello que se ponen en primera línea de las concentraciones, haciendo un cordón que separa a la policía de los jóvenes.

Si tocáis a nuestros hijos, dicen, no habrá marcha atrás.

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Como las Madres de la Plaza de Mayo, el movimiento que visibilizó para todo el mundo la represión, la violencia y los desaparecidos de la dictadura argentina (y después, el robo de sus hijos e hijas). O las madres de la droga en Galicia, que fueron las únicas que se atrevieron a alzar la voz ante la Ley del Silencio que imperaba en la época álgida del narcotráfico. O las madres mexicanas que se alzaron contra la impunidad de los feminicidios en su país. O las madres por el clima, que apoyan a los chavales que se han sumado a Los viernes por el clima de Greta Thünberg. O las mujeres que siguieron a Lisístrata en la primera huelga de sexo conocida de la Historia, en la antigua Grecia, para evitar que sus hijos murieran en la guerra.

Convirtiendo su aparente invisibilidad e inocuidad en armas letales.

La neutralidad

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Si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor.

Desmond Tutu

La libertad

Es la razón de nuestra vida,

dijimos, estudiantes soñadores.

La razón de los viejos, matizamos ahora,

su única y escéptica esperanza.

La libertad es un extraño viaje.

Son las plazas de toros con las sillas

sobre la arena en las primeras elecciones.

Es el peligro que, de madrugada,

nos acecha en el metro,

son los periódicos al fin de la jornada.

La libertad es hacer el amor en los parques.

Es el alba de un día de huelga general.

Es morir libre. Son las guerras médicas.

Las palabras República y Civil.

Un rey saliendo en tren hacia el exilio.

La libertad es una librería.

Ir indocumentado.

Las canciones prohibidas.

Una forma de amor, la libertad.

Joan Margarit.

Otoño

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El mismo día que las temperaturas en la ciudad bajaron 10 grados, tornando finalmente el verano en otoño, se conoció la sentencia del juicio a los presos políticos catalanes, no por esperada menos dolorosa.

Más años de cárcel que muchos asesinos, que muchos violadores, que personas que nos han robado y estafado y destruido lo público, lo que es de todos.

Por manifestarse. Pacíficamente.

Y otra vez las emociones de hace dos años: la indignación, por supuesto, pero también la tristeza, el desamparo de saber que el mundo no va a ser mejor, o no lo va a ser fácilmente; volver a mirar a mi entorno para separar el grano de la paja, no entre los que piensan unas cosas u otras sino entre los que miran, escuchan, reflexionan, sienten, y los que solo se regocijan con el mal ajeno, los que celebran la venganza como si hubieran librado una guerra.

Quizás es lo que están librando.

Otra vez sentir que hay tanta gente que no se da cuenta de que la guerra no es contra catalanes, o contra independentistas, sino contra todos los que pensamos distinto, contra los disidentes, contra los manifestantes, contra los que nos oponemos, contra los que levantamos la voz, contra los que no nos conformamos.

Otra vez Bertolt Brecht, si es que fue Brecht.

Otra vez las imágenes por la tele, por las redes. Las consignas. Telegram. La esperanza y los golpes. La marea de gente. La policía. Las pelotas de goma. Los ojos.

Otra vez los Whatsapps con A. y con R. y con N., buscando un poco de calor humano entre tanta tormenta.

Otra vez darse cuenta de qué poco importan otras injusticias, las que todos los días afectan a las personas racializadas, a las migrantes, a las que están encerradas en los CIES, a las que mueren intentando llegar a nuestra costa, a las que pretenden evitar que se ahoguen.

Y otra vez la distancia, sentir que estoy tan lejos de casa, de mi gente, de mi lugar en el mundo, que es allí donde debería estar, que son aquellos mis vecinos, que es en mi ciudad donde podría sentirme realmente yo, aunque probablemente habría hecho lo mismo, el día a día, los niños, ver las manifestaciones por la tele, indignarme por las redes, escribir en este blog.

Otra vez octubre.

P.D. Y otra vez el aniversario del blog, 9 años ya. Y resistiendo.

#SuspensoAlRacismo (2)

De entre los testimonios compartidos por la campaña #SuspensoAlRacismo, hay dos que me han impactado especialmente, y he decidido compartirlos aquí. El primero es el de Yousra El Mansouri, activista antiracista originaria del Magreb, que se presenta así: Feminista. De raíces africanas. Pensamiento nómada. Identidad líquida. En permanente reconstrucción.

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El racismo es poder. Y este, impactó contra mi durante la etapa escolar. Es una energía destructora que convierte en desigualdad la diferencia. Y yo Yousra, mora y musulmana, me sabía diferente y me situaban como desigual.

Fueron muchos años de sentirme un ser hibrido, de confusión, violencia, silencio. Ser diana, así me describió una maestra. “Hay tres dianas aquí”. Dejé de sentirme sujeto, no era más que la diana del grupo clase.

La agresión es compleja, está allí para recordarte que eres menos. Para decirte que tu nombre no merece la pena ser bien dicho, a pesar de haber compartido clase de los tres a los dieciséis años. Ser quién se sienta alejada en los patios. Ser la persona que nadie quiere en los trabajos en grupo. Ser la última elegida en los equipos en la asignatura de educación física. Ser la que ve cuestionada su documentación. Quién recibe bromas sobre su religión. Quién es recipiente de insultos. Quién llega a avergonzarse de su madre, de su familia, de sus raíces. Quién quiere despegarse de su identidad. Y luego el odio se expande, como un virus.

Y llega a otros colegios. Y el acoso extiende sus tentáculos. Y te empujan, porque eres cuerpo inerte. Y te persiguen, porque eres juguete y pasatiempo. Porque consiguen que dejemos de sentirnos persona. Logran que individualicemos el malestar. Que nos sintamos responsables. Y nos convertimos en enemigas de nosotras mismas. Y eso marca. Y a pesar de cicatrizar, sigue allí.

Lo que para algunas es juego, para otras es sentencia. Lo que para unos es pasatiempo, para otros es estaca. Lo que para algunes es aire, para otres, sepultura. Camila, que se haga justicia. Por todas, todos, todes.

#yoloveo #suspensoalRACISMO Suspenso al Racismo

#SuspensoAlRacismo

Panorama racismo en las aulas Entrevistas Álvaro Madre hija

Es posible que hayan visto en estos días la campaña #SuspensoAlRacismo. La ha puesto en marcha Petra Ferreyro, la madre de Camila, una niña afrodescendiente que sufrió bullying racista en su escuela: la acorralaban en el patio, le daban balonazos en la barriga, la aislaron socialmente, se metían con su pelo afro, le decían que era inmigrante y que no podía jugar, que olía mal… La niña dejó de estudiar, repitió curso, empezó a comer compulsivamente, estaba triste permanentemente… cuando sus padres pidieron ayuda al centro escolar, su directora les dijo que la niña tenía que acostumbrarse y sacar carácter.

Como suele pasar, las escuelas, sus responsables, las personas en las que depositamos la seguridad física y emocional de nuestras criaturas, se lavan las manos. “Son cosas de niños”, “algo habrá hecho ella también”, “lo que tiene que hacer es imponerse”, “son casos aislados”.

Como también suele pasar, a Camila la cambiaron de escuela, que viene a ser la solución para los casos de bullying: en vez de actuar sobre los agresores, se castiga a la víctima.

Pero aunque la niña esté mejor, su familia no ha querido dejarlo pasar, así que, junto a un grupo de madres de afrodescendientes que llevaban ya un año trabajando sobre el racismo en la escuela, han lanzado la campaña #SuspensoAlRACISMO, donde se recopilan y hacen públicos testimonios de abusos en la escuela sufridos por criaturas racializadas, de estos que siempre son descartados como “cosas de niños”.

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Además, el caso de Camila ha acabado en un juzgado de lo contencioso-administrativo: la familia ha denunciado a la Comunidad de Madrid por no atender su responsabilidad in vigilando. Su trabajo no es solo enseñar a nuestras criaturas, sino mantenerlas seguras mientras están bajo su cuidado.

El siguiente paso es asumir que el bullying racista es solo la punta del iceberg, la parte más visible – y por tanto, más fácil de identificar y de combatir – del racismo estructural, que hace que en las escuelas las criaturas racializadas reciban un trato distinto (y peor) por parte del sistema y del profesorado. La que hace que cuando un niño negro participa en una pelea se asuma que la ha empezado él; que se crea que las niñas de familias musulmanas sufren machismo por musulmanas y no por niñas; que no se deje subir a clase a buscar algo que se ha dejado al chaval latino mientras no se le pone pegas al rubio; que en caso de sufrir algún daño, se avise con mucha más celeridad a la familia de la niña blanca que a la del niño de piel oscura; que a las criaturas gitanas se las ponga a colorear para que no molesten en clase; que, en general, las expectativas sobre las criaturas racializadas sean siempre bajísimas.

 

Tejido

Pocas cosas he tenido tan claras en la vida como que quería ser madre, que iba a ser madre. No sabía cómo, ni cuándo, ni de quien. Pero mi proyecto de vida resultaría incompleto si no llegaban los hijos.

Quizás por esto me tocó tan de cerca este texto que escribió hace unos día C., madre de un adolescente etíope, con quien he ido coincidiendo virtualmente a lo largo de los años.

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Desde que tengo uso de razón mi sueño siempre fue ser madre. Podría culpar al heteropatriarcado de reducir mis sueños en uno solo… pero siempre he pensado que podría renunciar a todo menos a la maternidad.

Con 25 años tras un embarazo ectópico muy muy complicado, terminé sin trompa, sin ovario, sin marido… y con una sentencia de esterilidad.

Tuve que pasar un duelo, la imposibilidad de ser madre… mi cuerpo incompleto… con lo pequeños que son una trompa y un ovario y su pérdida me hacia sentir Tan incompleta…. y la pérdida de mi pequeño angelito a los cuatro meses de gestación… ese duelo aún lo vivo a pesar del tiempo.

Cuando me recuperé, adopté porque recordé que en mi sueño no había nada biológico sino emocional. 

Ahora pasados ya los 40 creo que aún voy a seguir menguando mi aparato reproductor después de una conizacion fallida… y es curioso cómo cambia la perspectiva. Ahora quiero que me quiten todo lo que pueda amenazar la posibilidad de estar un segundo menos con mi hijo. 

Ahora solo es tejido….

Lo poco que importa todo cuando se han cumplido los sueños. 

Ahora como entonces

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