familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Archivo para noviembre, 2019

Monoparentalidad, familias, privilegios

Hace unos días hubo un Pleno en la Comunidad de Madrid sobre la posibilidad de que las familias monoparentales tuvieran acceso a ciertas ayudas dado su nivel de vulnerabilidad. Muy reveladora la intervención de Ana Camins, portavoz del PP: 

Me parece muy llamativo cómo, una persona que pertenece a un partido y a una corriente ideológica que tradicionalmente se ha negado a admitir como familia a todas las familias que no responden a su concepto de la misma, que ha atacado, perseguido, prohibido, estigmatizado, a todas las familias diversas, considera un ataque se cuestionen sus privilegios.

Es la misma manera en la que los machistas ven el feminismo, en la que los racistas ven la lucha antirracista, en la que los homófobos ven las reivindicaciones de los colectivos LGTBIQ, en las que las personas sin divergencias ni discapacidades ven la presencia de personas con discapacidad o neurodivergentes.

Esto tan agotador de lo que hablaba Audre Lorde:

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La estructura y los síntomas

Cuando leí «¿Todo niño viene con un pan bajo el brazo?», de José Luis Gonzalo Marrodán, me iluminó la metáfora que hace sobre las criaturas y las casas: Un niño, nos dice, es como una casa: los cimientos se ponen los primeros años. Si los cimientos no están bien puestos, fácilmente saldrán grietas en los pisos superiores… o se hundirán. A no ser que tengan otras casas a su alrededor que le ayuden a sostenerse. Y este es el papel de los que rodeamos a los niños cuyos cimientos no fueron puestos en su día: actuar como sostén, como contención externa, para que los pisos, y las ventanas, y el tejado, puedan cumplir su labor.

Me acordé de esta metáfora cuando hace nos días, A. hacía esta comparación entre su trabajo de arquitecta y la estructura de nuestrxs hijxs, e, igual de importante, la nuestra propia:

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Cada vez que leo un informe de algún psicólogx pienso lo mismo: no están escritos pensando en quien lo tiene que leer, una  familia sin conocimientos de psicología. Es como si yo le mando a mi abuela un informe donde sólo salen cálculos. Y se explican los síntomas, cómo si los síntomas no los sufriéramos cada día y no los conociéramos.

Pocas veces llegan a la patología de origen…. Básicamente se exponen más síntomas y se explican de una forma de manual. 

Los trastornos de apego son un síntoma.

Es como cuando se inspeccionan edificios: grietas, humedades, etc .. sí, pero eso son solo síntomas, no son el problema. El problema es una mala cimentación, la presencia de termitas, una estructura mal dimensionada.

Y nosotros nos encontramos con una cimentación de mierda, tanto en nuestros hijxs como en nosotrxs.

Yo personalmente soy una estructura mal dimensionada y estoy al límite del colapso. Siempre. 

Independientemente de las criaturas.

Lo estaba antes. Pensaba que era algo puntual por problemas sentimentales, porque en el trabajo no me estaban valorando…. Pero no, soy yo.

Y todos tenemos nuestras cosas.

Los síntomas se reparan, sabemos cómo hacerlo, el albañil del pueblo sabe cómo hacerlo.

Pero lo que hay detrás seguirá generando más síntomas.

Y la reparación nunca es fácil, nunca es barata y siempre implica técnicos especializados.

Tanto para detectarla cómo para arreglarla.

Y además puede que no funcione al 100%.

Si yo no puedo emitir un informe estructural con un 100% de seguridad, ¿cómo pueden emitirlo ellos de estas formas tan categóricas cuando los humanos somos mil veces más complicados que un edificio?

A.K.A / American son

En las últimas semanas, hemos visto una obra de teatro y una película que tienen muchos puntos en común (además del hecho de que la película nazca de una obra de teatro de las de dos personas en una habitación). Son dos historias que muestran el desconcierto de las familias blancas cuando sus hijos, racializados, se enfrentan al mundo real.

OJO: Spoilers.

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American son es la historia de una noche en una comisaría. Sus protagonistas son la madre, negra, y el padre, blanco y policía, de un adolescente biracial que no ha vuelto a casa. A lo largo de las horas en las que esperan noticias del chico, se muestran los prejuicios, la diferencia de trato que recibe la madre negra y el padre blanco, los desencuentros que han hecho que esa pareja mixta no haya sobrevivido, y cómo el padre acaba por descubrir que el hecho de tener un padre blanco y una educación exquisita en colegios de élite no ha servido para protegerle del racismo.

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A.K.A. (Also Known As) es la historia de un adolescente de 15 años, adoptado, de origen árabe, que es acusado de violación por una familiar de su novia por racismo y por islamofobia.

Me impresionó mucho, y me impresionó especialmente ir con C., que tiene 15 años y tiende a encerrarse en la habitación como el protagonista de la obra, y con A. que es adoptado, de origen árabe (y cuyo «amor» se llama como la novia del chico en la obra). Aunque él me dijo que no le había removido, a mí sí me removió.

C. salió muy contenta, aunque no le gustó que se usara el argumento de la denuncia falsa de violación. Y la entiendo, a mí me pasa lo mismo. Pero pienso que solo hay alguien a quién se crea menos que a las mujeres: a las personas migrantes, a las personas racializadas.

Los que votan a VOX nunca se creerán que una mujer haya sido violada… a no ser que lo haya hecho un magrebí.

 

Nombre propio

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Cuando decidí adoptar a mis hijos, tenía claro que les mantendría su nombre (siempre y cuando no fuera inasumible; que no lo fue). Era suyo, parte de su identidad, de lo que eran. El nombre con el que alguien se había tomado la molestia de nombrarles y por el que se reconocían.

Alguna gente me cuestionó si no era mejor cambiárselo, sin nombrarlo no era una forma de «ahijarlos». Si no se sentirían más cómodos con un «nombre de aquí».

O al menos sumarles un «segundo nombre» (que casi siempre, en mi experiencia, se convierte en el primero).

En algún momento, mis hijos me han preguntado por qué no les cambié el nombre, por qué no les puse uno más fácil. Les he explicado mis razones, supongo que las han comprendido. Que era su nombre; que era parte de lo que eran. Que yo les aceptaba y les quería como eran, con todo lo que llevaban, incluido el nombre.

El otro día, hablando de un compañero de clase de mi hijo mayor que es chino y tiene un nombre muy español, discutíamos si debía ser adoptado o no. Yo comenté que quizás no, que he conocido a familias chinas que han cambiado el nombre a sus hijos al llegar aquí, para «integrarse».

Mi hijo mayor saltó indignado: «¿Cómo se le puede cambiar el nombre a una persona? Es SUYO».

Y me sentí muy bien con mi decisión.

No le conté a mi hijo que es adoptado

Hace algún tiempo publicamos en este blog la historia de un adoptado que descubrió que lo era a los 40 años, con todo lo que esto implica de maremoto en la propia historia y en las propias certezas. Hace poco, esta historia recibió una respuesta con una historia parecida, pero narrada desde el otro lado: el de la madre que nunca ha encontrado el momento para contarle a su hijo que es adoptado. Le pedí permiso para publicarla y creo que es un acto de valentía haber aceptado.

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Tu historia es mi historia, pero a la inversa: yo soy la madre; mi hijo tiene 32 años y nunca le he dicho que es adoptado. En estos últimos años estoy con esa idea en mi cabeza pero nunca veo que el momento es bueno para decirle. Cuando él era pequeño todo fue tan normal para mi que no venía nunca a mi cabeza el tema de su procedencia, su origen. La vida transcurría con normalidad, era “tan mío” ese niño, era tanta nuestra conexión que, juro que tal vez me olvide de que era adoptado y algunas veces muy puntuales, cuando me preocupaba ese tema , lo dejaba estar… porque tenía temores … Lo mismo me paso en su adolescencia, que tampoco vi el momento porque, es una edad muy complicada; yo me decía a mi misma que no quería hacerle daño, yo no sabía cual iba a ser su reacción. Alguna que otra vez alguien le dijo cosas. La gente a veces lo hace por imprudencia, otras veces lo hacen con la intención de hacer daño y no sé si es que él quiere olvidar algo que le hace daño, me refiero a lo que alguien alguna vez soltó, porque la verdad es que nunca hace alusión a eso, no rememora eso para nada; y ya él estaba grande cuando eso sucedió. Lo cierto es, cuando cumplió los 18 años me lo traje a España (yo había venido a España tres años antes y deje a mis hijos con mi madre y mi hermana (después de él, tuve dos hijos más).

Él, ahora es padre de tres niños maravillosos. Su niña la mayor tiene 6 años y desde que ella tenía dos años empezó a inspirarme para escribir. Veía a mi hijo en ella, veía a mi hijo de nuevo en su infancia que se plantaba allí frente a mi; se plantaba frente a una madre que es una cobarde y no ha podido hablarle de sus orígenes. Además a medida que pasa el tiempo, tengo más miedo de enfrentarme a esa realidad. Antes de hacer daño a mi hijo prefiero estar muerta no quiero que sufra por mi actitud desacertada del pasado. Estoy escribiendo un libro con todos mis sentimientos desde el momento mismo en que aquella mujer que lo tuvo en su vientre me lo ofreció, ese momento en que mi corazón dio un vuelco grande que se quiso salir de pecho; ese momento en que sentí que ese niño era y sería mi hijo por siempre y para siempre, al cual esperé con ternura y con infinito anhelo durante cinco meses hasta que fin nació y pude ver su carita gordita preciosa.

No sé cuándo será el día que mi hijo y yo nos sentemos y pueda yo hablarle de esta tema. Él tiene todo el derecho del mundo de saber la verdad con detalles, si quiere detalles. Creo que voy a buscar ayuda psicológica para esto. Es cierto que estoy escribiendo un libro pero él no se va a enterar por el libro; debe enterarse por mi, es lo más normal. Sabe Dios cómo está mi cabeza en estos momentos. Gracias porque me has dado aliento con la actitud que has tenido de decir y reconocer que tus nexos son los que has tenido siempre y que tu vida es tu esperanza, tus ilusiones, tus recuerdos que tienes con tus viejos; que tu vida es tu mujer y tus hijos. Me has dado aliento aunque no sé cómo reaccionará mi hijo. 

 

Hay gente

Cuando B. llegó, toda esa gente de mi trabajo para la que yo había recogido dinero y comprado canastillas cuando nacieron sus hijos, consideró que no tenían que hacerle ningún regalo. Hubo amigos que jamás llamaron para venir a conocerle, y pasaron los años, y dejaron de ser amigos.

Se me había olvidado, pero me acordé de golpe cuando leí este post de Alicia Murillo, que tiene un hijo biológico y una hija acogida.

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Hay gente que, cuando me ve, me pregunta cómo está mi hijo y nunca me pregunta como está mi hija.

Hay gente que hace regalos de cumpleaños a mi hijo y nunca a mi hija.

Hay gente que cuando viene a casa pregunta si está mi hijo para saludarlo y nunca saluda a mi hija.

Hay gente que le pregunta a mi hija que si se adapta bien a España a pesar de que sabe que lleva casi desde que nació aquí y que la escucha hablar con acento andaluz.

Hay gente que me pregunta si voy a arreglar el tema de la herencia no sea que mi hija «trinque» y que aparezca la madre biológica y «también quiera trincar» el día de mañana.

Hay gente que aún no sabe pronunciar bien en nombre de mi hija aunque la conoce desde hace 5 años.

Hay gente que piensa que mi hija ha llegado a mi familia a arruinarnos la vida.

Hay gente que nos dice «con lo bien que podíais estar».

Hay gente que cree que no hemos pensado en el bienestar de mi hijo biológico al haber acogido a mi hija.

Hay gente gilipollas.

Regreso a Etiopía

Hace algunos días, en Addif organizaron una tertulia sobre la búsqueda de orígenes con Beza Oliver y Mulu Tort, dos jóvenes adoptadas en Etiopía que el verano pasado regresaron a su país de origen en un viaje de amigos. Me habría encantado ir, pero me quedaba lejos, así que me he tenido que conformar con leer algunas de sus intervenciones:

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  • Viajamos a Etiopía este verano tres adoptados y algunos amigos. Unos teníamos la intención de visitar a la familia de origen (años atrás ya habíamos viajado con nuestros padres adoptivos y habíamos estado con ellos), y otros de encontrarla. Penábamos hacer «entre familia y familia», un poco de turismo, pero no podíamos dejar de hablar de lo que habíamos vivido o de pensar en la siguiente familia que iríamos a encontrar… Poder hablar entre todos nosotros de cómo nos sentíamos, poder compartir nuestras vivencias, fue muy bonito y  nos ayudó mucho. 
  • Nos encontramos, y nos sorprendió, el gran contraste que podía haber entre una familia y otra, unos viviendo en una ciudad con una forma de vida parecida a la nuestra, y otros viviendo en pueblos muy pequeños y muy alejados y con muy pocos recursos materiales, aunque muy, muy felices, risueños, contentos. 
  • A mí, mi familia, mis tíos, me veían llorar y me decía: ¿Pero por qué lloras? Si tienes una vida mejor que la nuestra… yo fui adoptada con 9 años y recuerdo a mi hermano pequeños, yo le hacía de madre y murió, como mis padres, y allá volvía a revivirlo todo, todos los recuerdos de mi primera vida. La verdad es que me angustié mucho, sentía una gran ansiedad, una carga emocional muy fuerte. Llamé a mi madre y hablando con ella, escuchándola, me fui tranquilizando. 
  • Si te han adoptado de mayor, tienes muchos recuerdos de allí. Así que cuando vuelves a tu país de origen, lo vuelves a revivir todo y es como un gran vértigo, y lo pasas mal. Mi hermano, que lo adoptaron de más pequeño (3 años) y no tiene recuerdos, decidió, años atrás, que no quiere volver. Cuando fuimos con mis padres la primera vez, él se sentía extraño, el sentimiento que tenía era «esta gente que me da besos, que se emociona, dice que es mi familia pero yo no los conozco de nada, no les siento mi familia…» y le sabía mal por ellos y se sentía muy incómodo. 
  • Reencontrarte con tu familia biológica, sin tus padres adoptivos, es muy duro. Cuando fui con ellos, anteriormente, era como si tuviera algo estable, seguro, a lo que poder agarrarme. Pero sola, no hay nada estable cerca de ti. Es una montaña rusa de emociones y cuesta gestionarla. Yo me preparé un poco, antes de ir, con una psicóloga, y esto me ayudó. Aunque hasta que no te encuentras allí no sabes cómo reaccionarás. Es muy duro el día del encuentro y también cuando te despides. Mi padre cogió un billete de avión y vino los últimos cinco días del viaje. Esto me ayudó mucho con la despedida de mi familia. Todos llorando. 
  • Yo sí que tengo el sentimiento de que son mi familia. Tengo muchos recuerdos, quizás idealizados, pero para mí la separación de mis hermanas fue muy dura. Así que el reencuentro con ellas ha sido muy importante para mí. Es como si, de alguna manera, hubiera podido recuperar mi infancia con mi familia. Como si nunca se hubiera roto la relación estrecha que tuve con mis hermanas. Ellas están aprendiendo inglés para poderse comunicar mejor conmigo, y yo miro películas etíopes. Siento que he recuperado el vínculo. 
  • También tienes el sentimiento de que hay una gran distancia entre tú y tu familia de origen, porque a menudo no hay demasiado que nos conecte, sientes una gran distancia entre tú y ellos, y esto también es duro de aceptar.  Intento, por esto, no ir con expectativas, teniendo muy claro que mis juicios y mis parámetros de vida son occidentales.
  • Yo les considero como unos amigos o como unos conocidos, pero no como familia, para mí la familia no es la sangre.
  • Me ha gustado volver, pero ahora tengo como un sentimiento de «deber» hacia ellos que me angustia muchos. Siento que debería ayudarles, porque son pobres. Me llaman y me preguntan si puedo enviarles dinero… y todo esto me hace sentir como responsable de sus vidas, de lo que les pueda pasar. En casa lo hablamos y me dicen que no soy en absoluto responsable, que tengo que sentirme libre de decirlos si puedo o no puedo ayudarles… pero me angustia mucho la situación.
  • Yo considero que tengo dos vidas, y sentir el contraste entre una y la otra me provoca muchas emociones. Ver a mi familia biológica ha sido positivo, y mantener el contacto también, aunque también me encuentro con que yo no tengo tanta necesidad de contactar como ellos y me siento presionada (Por qué no nos llamas – por qué no nos envías…). Poder ayudarles, en un momento dado me hace sentir bien. 
  • El viaje a Etiopía y el reencuentro con las familia biológicas, fue toda una montaña rusa emocional. Fue enriquecedor, pero requiere de un buen apoyo a nivel emocional. 
  • El encuentro con mi familia biológica para mí ha estado positivo, muy emotivo, aunque también me genera conflictos internos. Me ha ayudado a acercarme a mis orígenes, a volver a conectar con mi país y cultura de origen, con el idioma.
  • Yo aún estoy procesando, intentando encajar las dos realidades, las dos vidas que tengo. 
  • Esta es la primeva vez que regreso sin la sensación de tener alguna obligación, algún deber, con mi familia biológica. Y puedo separar lo que es su vida y la mía. Sabiendo que mi vida está aquí, que nos podemos ir cruzando y viendo, pero que cada uno tiene su vida.
  • Hablando con mi familia biológica, he podido obtener respuestas sobre mi vida allí y mi adopción, mucho más complejas de lo que me esperaba. La conclusión es que no vale la pena, no sirve de nada, estar enfadada por lo que sucedió. 
  • Allí todo el mundo considera que tenemos una vida mejor que las suyas. Una persona relacionada con el mundo de la adopción me dijo: nos explican que habláis muchos de vuestros sentimientos… Les sorprende, no lo acaban de entender, no se hacen cargo de que nuestro proceso emocional puede haber sido muy duro. 
  • ¿Por qué decidimos ir? No lo sé, llega un momento en el que sientes que necesitas ir. Y después de haberlo hecho, te sientes mejor. Aunque depende de cada persona, claro. 

La infancia de mis hijos

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La infancia de mis hijos han sido tardes de parque y años sin cine. Papeles pegajosos en el fondo de los bolsillos  y arena en los zapatos. Columpios, bicicletas, tiritas, pañuelos con mocos. Gritos para que no cruzaran la calle sin mirar y paseos de la mano. Mañanas en el mercado, actuaciones de fin de curso, castañadas y carnavales. Tardes pensando disfraces, manualidades, cenas con pizza, olor a palomitas. Una mochila grande con galletas y manzanas y botellas de agua. Carreras hasta la fuente más próxima, noches sin dormir, dalsy, madrugones. Mochilas con bocadillo, agendas escolares, caminos a la escuela, encuentros con amigos. Tardes de judo y futbol, títeres en locales sociales del barrio, música en el Paseo. Peleas de hermanos, montones interminables de ropa por lavar, terapias, abrazos, consuelos. Conversaciones en voz baja en la cama, las canciones de mi infancia, dibujos animados, parches en la rodilla de los pantalones. Loción para piojos y liendrera. Olor a jabón y a aceite de almendras. Esa cuna en la que apenas durmieron, el carro del que colgábamos mochilas y abrigos, patinetes que nos abrieron las distancias de las ciudades. Anoraks que dejamos olvidados en bancos de la calle, películas sacadas del videoclub cuando todavía había videoclub, tenderos que se convirtieron en amigos, vecinos que se convirtieron en familia. Llamadas de la escuela, visitas a Urgencias, amistades forjadas en la puerta del colegio. Días de agotamiento, noches en las que pensé que no podría más, amigos que me ayudaron a seguir adelante, días de sol, zumos de naranja. Juegos de mesa, trenes, vacaciones en el Delta, abuelos, siestas, sándwich de nocillas, canguros, silencios, cosquillas, playas. Grupos de Whatsapp, fotos colgadas en las redes sociales, broncas, juguetes sin recoger, pintura de cara en las paredes, muebles desvencijados a saltos, platos sin lavar, comidas de domingo en un balcón soleado, ropa tendida en la azotea, el perro del abuelo por el que tanto lloramos, calles del barrio, dudas, conflictos, expectativas, afectos. Normas negociadas en reuniones familiares, rabietas, besos, plátanos, excursiones, veranos, hojas en los charcos, palos que se convertían en lanzas, tirolinas, cuentos, cromos.

Esas pequeñas cosas que nunca pensé que echaría de menos mientras eran nuestro día a día.

Llaman a la puerta

Hace unos días, la autora del maravilloso blog Cuaderno de Retazos publicó una entrada después de mucho tiempo de silencio. En ella retrata una situación inesperada que sucede más veces de lo que pensamos, y más que sucederá: la familia biológica llama a la puerta.

Y con la puerta, se abren un montón de preguntas.

La principal, para mí, la pregunta que siempre me hago ante estas situaciones: ¿Qué pensará nuestrx hijx de la decisión que tomamos al respecto del contacto con esa familia biológica el día que se entere de que llamaron, de qué les respondimos? Es la pregunta cuya respuesta las responde a todas (o debería)

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Una familia conocida recibe, una tarde,  una llamada de teléfono.

La familia está formada por la madre  y dos hijos. La llamada era para la niña que tiene catorce años.

Al otro lado del teléfono un voz clara, cercana y joven hablando en inglés preguntaba por la hija…

  • Si soy yo, ¿quien eres?
  • ¡Tu hermano¡¡

El hermano tan pronto cumplió dieciocho años empezó la búsqueda de su hermana dada en adopción.

Junto al  hilo rojo que une a personas destinadas a encontrarse  y que nos unen a nuestros hijos (síííí, lo sé,  suena cursi ), la adopción tiene otros hilos que tiran de nuestros hijos y que nos son ajenos.

Y ahora uno de esos hilos empieza a tirar. Son familias que dieron niños en adopción,  que los abandonaron porque las circunstancias eran las que eran. Los abandonaron en unos casos de cualquier manera buscando incluso su muerte, otros buscaron donde pudieran ser recogidos.. A veces, las familias fueron engañadas… sea como fuera … Ahora la situación es otra.

En Etiopía, en China, en los países del Este, parece ser que hay hermanos que buscan a sus hermanos abandonados y dados en adopción. Y me refiero a adopciones legales.

Este  hermano del que hablo buceó en internet, supo tirar de la lengua a algún funcionario… logró llegar hasta su hermana 12 años después de que fuera dada en adopción por su abuela.  Fue él quien la cuidó desde que nació… su madre murió en el parto. El la sacó adelante. Y no la ha olvidado… no puede olvidar.

Algunos padres en China lanzan mensajes a la red. No se sabe cómo, pero saben en que país acabaron sus hijas abandonadas por ellos. Ponen fotos, datos y piden ayuda para localizarlas… ¿qué quieren? ¿Información, saber si están bien… recuperarlas… el perdón… ? no lo sé.

Parece que la adopción era solo cosa nuestra (adoptantes y administración)  Ahora las cosas parece que pueden ser de otra manera.

¿Es “ético” que esos padres, hermanos busquen a nuestros hijos adoptados? ¿Que entren en su vida a saco? ¿Qué hagan pública su historia en internet?

¿Y si ese bebé de la foto colgada por algún familiar biológico , fuera mi hija?

Como madre, ¿qué haría? ¿Contestaría a esos desconocidos? ¿Qué les diría? ¿Que desaparezcan que perdieron todos sus derechos hace ya más de diez años, de quince años…? ¿Se lo diría a mi hija?…  Quizás ayudaría a que se encontraran con mi hija. O les diría que su hija está bien y que desaparezcan de su vida que bastante daño y mal le hicieron. ¿Guardaría la información para cuando mi hija sea mayor de edad?  ¿Buscaría ayuda, mediación para mi hija y su familia biológica? … Puede que pediría protección y alejamiento por si las cosas se complican, ya que  la adopción es nacional y algún miembro de la familia biológica aborda o puede abordar a mi hija (hay casos así)…

Algunos padres  dudamos… otros lo tienen más claro…

Sea como sea es hablar por hablar.

Tras el sobresalto inicial , La vida de esta familia conocida  sigue siendo la misma, y al mismo tiempo no lo es. Para la niña todo está mejor. Y toda la familia viajará a Etiopía un verano de estos.

#SuspensoAlRacismo (3)

Hace algunos días hablamos de la campaña #SuspensoAlRacismo, que pusieron en marcha los padres de una niña que sufrió acoso racista en su escuela. Supongo que muchos de vosotros ya sabréis cómo acabó el juicio de Camila: la jueza les dio la razón y condenó a la Comunidad de Madrid por no haberla protegido. Es una buena noticia, una ventana abierta a un futuro en el que niños y niñas no sufran lo que sufrió ella, u otras criaturas como Ngoy Ramadhani Ngoma, que compartió estas vivencias:

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Condeno a todxs aquellxs profesorxs que ignoraron mis gritos cuando sufría discriminación racial en el Colegio. A veces incluso les hacía gracia…

Condeno a todxs aquellxs maestros que hicieron que mis castigos fueran el doble de pesados, el doble de horas, el doble de páginas que el de mis compañerxs…

Condeno a todxs aquellxs niñxs (hoy adultos) que me animaron a odiar mi color de la «caca» mi pelo de «estropajo», mi idioma de «primitivo».

Condeno a todxs aquellxs orientadores que me recomendaron hacer estudios manuales y a quitarme los sueños locos de ir a la Universidad.

Condeno el día del Domun, porque solo aparecían africanxs negritxs llenos de moscas…

Acuso todxs esos documentales sobre África en el que tan solo aparecían animales.

Condenó las pruebas físicas de Gimnasia porque me hicieron creer que sin entrenar podría ser el mejor.

Condenó el Sistema Educativo cuando no reconoce el racismo en las aulas a escribir 100 veces «existe el racismo en las aulas…»

Y por todo ello le doy un #suspensoalracismo

#racismoenlasaulas

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