familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Archivo para julio, 2020

Diario del año de la peste, entrega 125

Que raro volver a coger el metro después de tanto tiempo. Que raro que se haga raro algo antes tan cotidiano: buscar la tarjeta, pasarla por el torniquete – ahora circundado por vallas y carteles en los que pone «control de admisión, aunque hasta dónde vi nadie controla nada. Que raro bajar las mismas escaleras y esperar en el mismo andén, ahora salpicado de pegatinas en las que indica que guardes distancia. Que raro esperar tantos minutos, cualquiera diría que para reducir cercanías se deberían incrementarlas frecuencias de paso. Que raro que no se les haya ocurrido abrir las puertas automáticamente para que no tengas que tocar las palancas de abrir. Que raro sentarse tan cerca de la gente. Que raros todos con mascarillas. Que difícil leer con la mascarilla interfiriendo en el campo visual.

Llegó el último día de vacaciones, este año sin la tradicional cuenta atrás que compartía con mi compañera T. Sin la tradicional copa en la coctelería del barrio, sin abrazos ni besos ni viajes en perspectiva.

Finalmente se van perfilando los planes de vacaciones. Aún sin acabar de perfilar, decidiendo sobre la marcha, tomando precauciones, la idea es compartir tiempo con la familia y las amistades a las que hace tiempo que no vemos, pisar la naturaleza, ver el mar, empaparnos de esos horizontes que luego nos faltarán durante el curso.

El día de hoy ha empezado a las 7:45, con una pareja gritando en la calle. No sé por qué tantas parejas han decidido venir a discutir a la puerta de nuestra casa, a todas horas: por la noche, de madrugada, también durante el día, aunque molesta menos, claro. N. les ha pegado un grito desde la ventana, pero ya no  me he vuelto a dormir: me desvelan todos los preparativos que tenemos que hacer antes de dejar la casa cerrada: maletas y organizar el cuidado del gato y los riegos de la plantas, acabar la comida de la nevera, poner a punto el coche, preparar viandas para el viaje, asegurarnos de no dejarnos nada importante, lavadoras y demás vicisitudes domésticas.

Diario del año de la peste, entrega 124

3 de la tarde. Exterior. Verano.

Me siento en un banco a la sombra a esperar a N. Tengo media hora por delante, así que saco mi libro. No hay mucha gente en la calle a esta hora, hace calor, aunque pasa un airecillo agradable y en la sombra no se está mal, sobretodo si no te mueves.

Empiezo a leer.

Aparecen dos tipos, con bolsas grandes de tela, que dejan muy cerca del banco donde estoy sentada. Merodean un poco.

Se acercan y se sientan.

¿Podemos sentarnos, no?

-NO, les digo. Estamos en plena pandemia, la plaza esta llena de bancos vacíos. Pero no se preocupen, que ya me voy yo a otro.

Encuentro otra sombra, debajo de un árbol. Sigo con mi lectura.

Sale N. y vemos a los dos tipos, con sus mascarillas puestas, charlando, sentados cada uno a un extremo del banco. Mi banco.

6 de la tarde. Exterior. Aún verano.

Me siento en un banco a la sombra a esperar a A. Tengo algo más de una hora por delante, vuelvo a sacar mi libro. Estoy en una especie de plazoleta entre edificios, en las que otras veces he visto a criaturas jugando. Hoy hace mucho calor – aquí no corre aire – y no ha bajado nadie: estoy sola.

Pienso en lo absurdo de la norma que, en muchas comunidades, obliga a llevar mascarilla todo el tiempo cuando estás en el exterior. Aunque estés sola como yo ahora mismo. Sin gente alrededor, no a 2 metros, sino a 20.

En como nos tratan como a menores de edad incapaces de pensar. Y nos convierten en menores de edad incapaces de pensar.

 

Diario del año de la peste, entrega 123

Me alucina la cantidad de gente que cuenta que ha trabajado estando en ERTE. Cobraban del Estado, pero seguían produciendo para la empresa privada. Como siempre, los gastos se socializan, pero los beneficios son particulares. Y sin duda, Estos empresarios que en vez de pagar a sus trabajadores, hacen que los paguemos todos con nuestros impuestos, son los que luego hablan de «paguitas» y «subvencionados»

Y las empresas que pretenden que el personal que está de baja sigan trabajando porque, total, no tienen que ir a la oficina… se ve que el teletrabajo no es trabajo.

Y las escuelas que aún no sabemos cómo empezarán, si empezarán. Sí sabemos que no se está contratando profesorado, no se están habilitando espacios para hacerlos más seguros. Sospecho que aprovecharán la coyuntura para colarnos una escuela peor: menos conciliadora, menos igualitaria, menos humana.

No puedo quitarme la impresión de que, en todos los campos, todo lo que pueda empeorar, empeorará.

Por casualidad llego a mis manos la novela «Cadáver exquisito», escrita por Agustina Bazterrica. Es una de las novelas más inquietantes que he leído en años, y muy acorde al tiempo que vivimos: un virus que afecta a los animales pone en riesgo la vida de las personas, y estas deciden dejar de consumir carne animal… y empezar a consumir carne humana. No la llaman así, claro: utilizan todo tipo de eufemismos para despersonalizar y distanciarse de estos humanos a los que no consideran personas, sino animales, que crían y procesan de la manera más deshumanizada imaginable. No hemos llegado al extremo del canibalismo, pero tantas cosas resuenan familiares: el virus, el miedo, la deshumanización del otro, la neolengua, el aislamiento, las teorías de la conspiración, el egoísmo, las excusas para cruzar todas las fronteras morales, la soledad de los que no siguen por el carril.

Diario del año de la peste, entrega 122

Ayer volví a ir a la oficina, y aproveché para recoger las cosas de los cajones, como hago todos los años a final de temporada; más en este caso, que probablemente en septiembre no volveré porque trabajaré desde casa. Además de libros y algún material de oficina, encontré los tickets de las últimas 4 comidas que hice en el comedor de la empresa. Y pensé que quizás eran los últimos en sentido estricto: no sé si el comedor – este lugar infame que siempre huele a aceite recocido y ajo, donde aunque tengan una oferta amplia de platos solo puedes escoger entre los dos, o uno, o ninguno decente que haya ese día – volverá a abrir, cuándo, en qué condiciones.

Igual que no he vuelto a pisar el transporte público y he procurado que las criaturas lo usen poco; en septiembre, cuando A. empiece el instituto, quizás este avance en su autonomía que consiste en gestionar una tarjeta de transporte y coger autobuses y metros, tendrá que esperar y les llevaremos en coche.

La pandemia ha llenado nuestra vida de contradicciones: no podemos hacer planes, pero debemos planificarlo todo: hay que sacar entradas para los sitios con tiempo porque los aforos son reducidos. La falta de información nos estresa, pero el exceso de información también. Y la dificultad de discernir entre lo verdadero y lo falso, lo importante y lo adicional.

También hay un agotamiento después del primer confinamiento, una sensación de que no podemos parar la vida del todo, todo el tiempo. Como cuando hay un baby boom después de las guerras, la vida tratando de abrirse camino como sea. Al principio fue como si todo quedara en stand by: ahora que vemos que quizás la cosa ha llegado para quedarse, todo es intenso y urgente.

Diario del año de la peste, entrega 121

Quedan cuatro días para empezar las vacaciones, y seguimos con la incertidumbre de qué será de nuestras vidas. ¿Será posible moverse? ¿Qué tipo de alojamientos ofrece garantías suficientes? ¿Qué riesgos tiene quedarse y qué riesgos viajar? ¿Tiene sentido ir a Barcelona si no vamos a poder vernos con nadie, si no vamos a poder ver nada?

La información cambia día tras día y está cargada de contradicciones. ¿Por qué piden que no se salga de casa ni se viaje a las segundas residencias mientras dan la bienvenida al turismo? ¿Están abiertas las playas, los museos, pero no los espectáculos al aire libre?

Nos piden a la ciudadanía responsabilidad, mascarillas, lavado de manos, confinamiento; culpan de la extensión dela pandemia a nuestra incapacidad de seguir las normas y reprimir nuestros instintos de encontrarnos, de abrazarnos. ¿No sería más lógico que los poderes públicos en vez de darnos tantas instrucciones cargadas de contradicciones, en vez de acusarnos y multarnos, se ocuparan de invertir en Sanidad y tener preparados los recursos para atender a las personas enfermas y hacer seguimiento de sus contactos?

A mi alrededor, la gente se va de vacaciones. Adelantan la salida a las segundas residencias, por si acaso; cruzan los dedos para que el paso de los días no les impida volar a sus destinos, no les haga encontrarse los hoteles cerrados. Van a casas alquiladas, a cámpings, a ver familiares y amigos. No sin dudas, remordimientos, carga de culpabilidad; pero lo hacen igual.

Me pregunto si no es en realidad la reacción lógica ante el fin del mundo: apurar hasta el fondo todas las posibilidades que nos da estar vivo.

Diario del año de la peste, entrega 120

El viernes vuelvo a la redacción por primera vez desde principios de marzo. Me han advertido que hay que entrar por atrás, pero no de todo el protocolo que hay que seguir: meter el bolso en una bolsa de plástico, pasarlo por la máquina de rayos X, tirar la bolsa a la basura (que desperdicio). Llevar mascarilla todo el tiempo, aunque hay quien no la lleva; otros, en cambio, no se la quitan en las 8 horas de turno. Hay gel hidroalcohólico en las mesas, en dispensadores colgados por las paredes.

Me siento junto a J. y nos ponemos al día: él también ha estado enfermo. Aunque ha tenido febrícula durante un montón de semanas, y su madre estuvo ingresada en un hotel medicalizado por covid, todas las pruebas han dado negativas. Se encuentra bien, pero vive con la incertidumbre de si ha pasado la enfermedad o no, de si ha generado algún tipo de inmunidad; de si podrá saberlo.

Cuando termina el trabajo, desando el camino y espero en la puerta de atrás a N. y a las criaturas que se han ido al Museo de la Ciencia a pasar la tarde. Me cuentan que estaban prácticamente solos, que no se podían tocar las cosas pero que tenían monitores en exclusiva para ellos, explicándoles cada mecanismo, cada principio científico.

Subimos a la Sierra, donde L. nos ha dejado su casa. Ella, con M. y V., van a estar fuera todo el fin de semana y nos instalamos para pasar dos días de naturaleza y tranquilidad. El frescor del patio por la tarde-noche, los paseos por el monte, la siesta en la penumbra del mediodía, el trino de los pájaros, el zumbido de los insectos, la autonomía de los pequeños, que salen a dar vueltas por el pueblo, el queso local, el cielo estrellado, el huerto de R. e I. que es como un rincón recortado del paraíso, con sus tomateras y sus calabazas y el olor fresco de la albahaca, los amigos.

Desconectamos de todo y de todos, mientras seguimos sin tomar decisiones respecto a las vacaciones.

Ha muerto Juan Marsé, uno de los escritores que más de cerca me han tocado en lo personal y emocional. Todas esas novelas en las que los protagonistas eran niños que transitaban los mismos escenarios de la infancia de mis padres y mis tíos: El Guinardó, con sus torres con jardín, el Carmelo, Gracia, con la plaza Rovira, los cines, can Comulada, los lugares que conocí y los que ya no existían, pero de los que mis mayores hablaban. Aunque era casi de una generación anterior, siempre imaginé sus personajes tan parecidos a las fotos de infancia de mi padre y mis tíos, esos niños de postguerra en blanco y negro con la ropa del domingo y el gesto grave.

«Un escritor no es nada sin imaginación, pero tampoco sin memoria, sea ésta personal o colectiva. No hay literatura sin memoria.»

Diario del año de la peste, entrega 119

He soñado que me iba al médico porque me dolía la garganta, me hacían una PCR y salía positiva. Yo les decía que no podía ser, que había dado positiva en la serología, que era inmune… y a la vez, pensaba que acababa de ver a mis abuelos, tan mayores, y que quizás les habría contagiado. Vivían en una casa grande y oscura como una tumba.

No era consciente de ello, pero puede que vuelva a estar angustiada por las cifras que se disparan, los brotes, la opacidad de la información, las nuevas listas de síntomas y secuelas que se van publicando, el miedo a volver a la casilla de salida.

Nos queda una semana para empezar las vacaciones, pero no tenemos nada planificado: siento que me es imposible pensar a una semana vista. ¿Se podrá ir de cámping, conviene buscar una casa rural, qué zona es menos riesgosa, es prudente visitar a los mayores de la familia? Muchas incógnitas sin respuesta.

Ayer hicimos la última reunión de trabajo de esta temporada, para preparar la siguiente. A partir de septiembre quizás volveremos al trabajo presencial… o no. La última noticia es que no quieren más del 70% del personal dentro del edificio, así que a mí me tocará seguir teletrabajando. A veces echo de menos la vida social que implica el trabajo: verme con mis compañeras, la charla intrascendente, seguir el día a día de nuestras vidas, pero quitando esto – que no es poco – no me parece una mala opción. Me evitará desplazamientos (tiempo, gasolina, contaminación) y me permitirá cubrir las necesidades de conciliación si la escuela presencial no arranca del todo. Y si arranca, comer con C. y A. a la vuelta del instituto.

Por otra parte, ¡que lejos me parece septiembre en el horizonte de nuestra vida reducida de la pandemia!

Diario del año de la peste, entrega 118

Cuando nos mudamos de ciudad, una de las cosas que indignaban a A., que es muy folklorista, es la ausencia de fiestas populares. Aquí no hay gigantes y cabezudos, no hay correfocs con sus demonios y su olor a pólvora, no hay castellers, ni fiestas mayores con sus verbenas y sus calles decoradas. No se celebra Sant Joan con las hogueras y los petardos ni Sant Medir con su lluvia de caramelos, ni Sant Jordi con sus libros y sus rosas, ni els Foguerons de Sant Antoni con sus fogatas y sus parrilladas. NI las fiestas de la Mercè, ni las de Gràcia, que transforman y encienden la ciudad durante varios días seguidos y donde siempre hay música, fiesta, pasacalles, gigantes, demonios.

Llegaba alguna fecha señalada y preguntaba: Pero esto, ¿tampoco lo celebran?

Hasta que llegó el día del Carmen y descubrimos una celebración digna de nuestro gusto por el folklore y la ocupación de la calle: La Batalla Naval de Vallekas. Calles llenas de gente, chorros de agua desde ventanas, pistolas de agua y bidones.

Este año no ha habido Batalla Naval. Como no hubo Fallas en Valencia, ni día de Sant Jordi, ni luego Sanfermines. Como no pudimos organizar la Muestra de Arte de Calle de todos los inicios de verano, ni se podrán celebrar las Fiestas en septiembre. La pandemia nos ha robado también el uso colectivo y popular de las calles. Y cómo tantas cosas, a saber si volverá, cuándo volverá, cómo.

Ayer, in extremis, recibimos permiso para matricular a A. en el instituto de C. Fotos, fotocopias, impresos que nos habían entregado en la escuela, el pago del seguro escolar… todo lo hicimos a la carrera para hacerles llegar la documentación antes de que terminara el plazo.

La etapa escolar se ha cerrado en falso, sin despedidas ni viaje de final de curso, sin reencuentro con los compañeros, fiesta de graduación ni lágrimas, pero esto no impide que otra etapa, una etapa de mayor, se abra delante nuestro.

Tocará empezar a andarla.

Diario del año de la peste, entrega 117

El de los 16 fue un verano pródigo, que arrancó con un concierto del hermano de M. en el sótano de un bar y terminó a primeros de septiembre con la fiesta que acabó con todas las fiestas. En medio, varias semanas en Menorca con mis amigas P. C. y C., decididas a comernos el mundo. Nos desplazamos en bicicleta y en autoestop, dormimos en la playa, apuramos las fiestas mayores de varios pueblos. A los 16 descubrí el sexo, y el amor, y el desamor: todo era intenso, feroz, definitivo. Tenía una pandilla de amigas que me hacían pensar que daba lo mismo que en el exterior se hundiera el mundo: yo estaba protegida, siempre tenía una casa a la que volver. Empecé a salir de noche y a mentir a mis padres; bajaron mis notas por primera vez. Vestía de negro casi siempre, como los existencialistas franceses, y escuchaba rock and roll. Mi vida giraba alrededor de los fines de semana, las noches, los amigos, las posibilidades infinitas que se abrían cuando abríamos la puerta del bar. Empecé a ganar algo de dinero: hacía de canguro, trabajaba una tarde de semana en una editorial diminuta que editaba libros feministas. Decidí / descubrí que quería ser periodista, ante la sorpresa de mi madre, que me imaginaba en un trabajo más académico. Aún no sabía si cambiaría de idea respecto a lo que quería estudiar. Me sentía gorda, aunque quien pillara ahora el peso y el cuerpo de los 16. Fui a la feria de teatro de Tárrega, estuve 3 días sin dormir. Empecé a tomar café, lo que me hacía sentir muy mayor. También empecé a tomar alcohol. Pedí para los Reyes mi primer tocadiscos, me compraba discos en las tiendas del barrio gótico, grababa cintas, me grababan cintas. Compraba revistas musicales intentando arañar cada migaja de información sobre grupos y estilos. Amaba a los Beatles sobre todas las cosas. Mi madre me exigió una vez que pagara la factura del teléfono. Pasé el curso sentada al lado de I., a la que no conocía al empezar el curso y que se convirtió en la persona a quien más cosas íntimas he contado. Nos sentábamos en la última fila, junto a la ventana, pegadas al radiador, y nos escribíamos todo el tiempo las cosas que nos pasaban por la cabeza en los márgenes de los apuntes. Leí Rayuela y descubría a Cortázar, justo a la edad en la que toca descubrirlo. También leí incansablemente a Heinrich Böll. Vivía encerrada en mi habitación, mi cama era el centro de mi reino. Hice pellas por primera vez, y por segunda, y tercera, y hasta el infinito. Mi hermana pequeña me admiraba, al menos a ratos; no lo sabía, pero yo le estaba abriendo caminos para que su adolescencia fuera un poco más fácil. Me dejé crecer el pelo y ya nunca lo volví a llevar corto. Estaba perdidamente enamorada de M., como todas mis amigas, y como a todas mis amigas, no me hizo ni caso. Esto no resintió ni una miaja nuestra amistad, que era a prueba de bombardeos.

Nos imaginaba 20, 30, 50 años después, sentadas en un banco del barrio, contándonos aventuras.

Tenía 16 años y el mundo se desplegaba ante mí, como un territorio inexplorado para conquistar. Todo era posible y todo estaba por hacer.

Ayer C. cumplió 16 años. Acepta su cuerpo y su pelo mucho mejor de lo que yo jamás acepté el mío. Tiene granos. Odia madrugar pero lo hace sin dudar si tiene que ir a la piscina. Es buena estudiante, y hasta dónde sabemos, nunca ha faltado a clase injustificadamente. Tiene un grupo de amigas en el instituto, otra pandilla nacida en su escuela de primaria y cultivada en veranos de cámping, y a su inseparable L., con la que nunca ha ido a clase pero con la que comparte tantas cosas. Queda a veces por las tardes, pero no sale de noche, ni siquiera lo reclama aún. Vive pegada al móvil, como todas las personas de su edad, y reclama poderse hacer un perfil en algunas redes sociales. No miente, o lo hace tan bien que aún no la hemos pillado. Le interesan la política y la economía, es sensible a las injusticias y más peleona de lo que aparenta en su timidez. Da gusto charlar con ella, aunque muchas veces hay que obligarla a socializarse fuera de su habitación. Le gusta el cine y lee, pero nunca acepta mis recomendaciones literarias. Ama Star Wars, Harry Potter, Friends, y los utiliza para tejer complicidades casi adultas con nosotras. Nunca encuentra el momento de irse a la cama.

Ha cumplido los 16 en este verano raro del confinamiento, después de meses de separación de su grupo de iguales, con la imposición de la distancia física y las mascarillas. Estudiando sola en su cuarto. Aguantando con estoicismo un puñado de hermanos pequeños que la admiran y la chinchan a partes iguales. No sé si la enfermedad ha hecho mella en la conciencia de inmortalidad que se tiene a esas edades.

Se me antoja mucho más inocente de lo que yo era a esa edad, aunque será fascinante descubrir qué nos depara este año que empieza.

Diario del año de la peste, entrega 116

En los largos veranos de la infancia, el huerto ocupaba una parte central. Durante el otoño, el invierno y la primavera, del huerto se ocupaba el vecino de la calle de atrás, que entraba desde una escalera de mano puesta en su patio. Tenía conejeras en uno de los laterales, donde criaba conejitos blancos que luego vendía. También se quedaba todo lo que producía, excepto la mitad de las patatas, que nos guardaba en grandes sacos que al final del verano cargábamos en el coche al volver a casa.

En verano seguía cuidando del huerto y cosechando lo que producía, pero también nosotros cogíamos lo que necesitábamos: higos dulcísimos de la higuera, judías verdes, tomates, calabacines, alcaparras de la planta que cubría toda la fachada interior de la casa, hasta el segundo piso.

Mi madre conseguía botes de cristal para hacer conservas de judías, de tomate; en algún lugar había leído, o había preguntado, cómo se hacían, y hervía, lavaba, embotaba, ponía a baño maría. Me siento como Dios haciendo milagros, decía.

Luego terminaba el verano y volvíamos a casa hasta el año siguiente, pero las filas de botes de hortalizas del huerto nos acompañaban hasta bien entrado el invierno. Entonces no me gustaban las alcaparras, pero ahora me devuelven a mi infancia.

También me devuelve a mi infancia el huerto. En un piso no se puede tener, claro, pero cuando nos mudamos a la primera casa con patio, los amigos hortelanos nos regalaron dos jardineras enormes y un libro de cómo cultivar un huerto en casa. Hemos hecho plantones, trasplantado, regado… y raramente cosechado nada: ni los calabacines, ni las judías, ni los guisantes, ni los ajos, ni las cebollas, ni el naranjo, han dado fruta aunque hubo grandes flores amarillas y blancas y que nos dieron esperanza.

La mayoría de las aromáticas mueren al cabo de un tiempo, solo sobreviven el romero y la hierbabuena.

Y los aloes, que no paran de multiplicarse.

Pero no pierdo la fe, y año tras año, lo vuelvo a intentar, a veces a destiempo, pero siempre con tesón.

Esta primavera volvieron a ser tomates: planté las semillas de unos tomates de untar pan que traje de un viaje a Barcelona. Crecieron una decena de matas, que repartí por jardineras y macetas. Se fueron haciendo grandes, salieron las primeras flores amarillas, Aparecieron los tomates, brillantes bolitas verdes del tamaño de una canica, que fueron creciendo. Les puse tutores para que crecieran hacia arriba. Los tomates se hicieron más grandes. Mudaron el color a un verde pálido, casi blanco, luego amarillearon; ahora hay algunos de color naranja, casi rojo.

Pronto podremos cosechar.

Plantar hortalizas tiene algo de detener el tiempo, de cultivar la paciencia y también la fe. No puedes hacer más que cuidar y esperar, y si hay suerte, un día untarás con estos tomates el pan del desayuno.

Un pequeño milagro.

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