familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Archivo para agosto, 2020

Diario del año de la peste, entrega 134

Me siento a trabajar en la galería de mi madre, a más de 600 kilómetros de mi mesa de trabajo habitual: ventajas del teletrabajo. Solo necesitas llevarte el portátil y acceso al wi-fi. Madrugo para aprovechar las primeras horas, cuando las criaturas todavía no se han levantado y no hemos empezado con las rutinas de desayunos-qué hacemos hoy-¿podemos la tablet?

Se ha hablado mucho de la gripe española en estos últimos 6 meses, la última gran pandemia que asoló Europa, hace exactamente un siglo. De repente, no paramos de ver esas fotos en blanco y negro de personas enmascarilladas intenando hace una vida lo más normal posible. Sin embargo, esta pandemia y todos sus muertos han estado extrañamente ausentes de la ficción del siglo pasado: pocas películas, poco libros la tienen como argumento, y ni siquiera como escenario, a pesar de que debió de ser impactante, angustiosa y transformadora.

Cualquier otro día (NOVELA POLICÍACA): Amazon.es: Lehane, Dennis, MILLA  SOLER, CARLOS, FERRER MARRADES, ISABEL: LibrosUna y otra vez (Narrativa): Amazon.es: Atkinson, Kate, Patricia Antón de Vez  Ayala-Duarte;: Libros

Solo recuerdo “Cualquier otro día”, de Dennis Lehane, en la que los policías con trabajos precarios y mal pagados en una época convulsa (el regreso de la Guerra, las huelgas, el racismo, la lucha obrera) a su labor en medio de una ciudad devastada por la enfermedad y el miedo. Y “Una y otra vez”, de Kate Atkinson, una extraña novela que vuelve sobre las mismas historias, donde en varios de los capítulos algunos de los personajes se contagian y mueren tras una celebración en Londres por el final de la Guerra.

El director general de la OMS, el etíope Tedros Adhanom Ghebreyesus, hizo una referencia comparativa entre la pandemia de ahora y la de hace 100 años: “Tenemos la desventaja de la globalización, la cercanía y la conectividad, pero la ventaja de una mejor tecnología”. Y aseguró que la cosa va a durar dos años.

¿Solo dos años? ¿Todavía dos años?

Lo comentamos con B. y C. mientras vemos un programa en televisión sobre la accidentada vuelta a las escuelas.

¿Dos años?, gritan ellos. ¡Oh, no!

 

 

Diario del año de la peste, entrega 133

De pequeña me fascinaba la historia de Rip Van Winkle, un hombre que caía en un sueño de cien años, y cuando se despertaba, no reconocía el mundo: nada estaba en el mismo lugar, las costumbres habían cambiado, la gente que le rodeaba había desaparecido; pensé en esta historia el otro día, cuando leí una entrevista con alguien que había pasado varias semanas en la UCI y decía que cuando salió, el mundo ya no era cómo lo recordaba: que había sido como despertar en una realidad post-apocalíptica.

Yo no he estado dormida pero tengo la impresión de que las cosas también han cambiado mientras no miraba, o mientras estaba ensimismada mirando hacia adentro, hacia mi misma, mi familia, mi casa y mi patio.

Lo primero que nos dijeron cuando cogimos los billetes de AVE es que ya no reparten auriculares, por razones de higiene. ¿Qué higiene, si los auriculares no se devuelven, no se comparten? Y si había quien los dejaba y los reaprovechaban, quiero pensar que ya antes los sometían a un proceso de higienización. Es una de esas pequeñas cosas que con la excusa de la pandemia han liquidado.

Llegamos con tiempo a  una estación fantasmal: tiendas cerradas, apenas gente en la zona de espera. En las sillas, cintas que precintan algunas para mantener a los usuarios separados unos de otros; llama la atención en contraste con el metro en el que hemos llegado hasta aquí, y que incluso en esa hora punta, iba abarrotado.

Pasamos por la puerta de acceso, N. presenta los billetes y le dice al señor de la puerta: Necesitará el carnet de familia numerosa, no?

“Ante la evidencia no hacen falta pruebas”, responde él, y nos sonreímos porque no es tan habitual que nuestra familia sea reconocida como tal de un vistazo.

Entramos al vagón, buscamos nuestros sitios, los niños van alborotados con la inminencia del viaje.

En el asiento de al lado, una pareja de mediana edad rezonga algo sobre lo maravillosos que son los trenes sin niños, se levantan y se trasladan varias filas más adelante.

Vuelvo a pensar en lo fácil y lo impune que es quejarse de las criaturas. Que la gente se queja en voz alta de la presencia de criaturas y exigen espacios sin ellas como nunca se atreverían a hacerlo de personas adultas más ruidosas y molestas, como las que hablan a gritos por el móvil, que también las hay en el vagón. Especialmente si van acompañadas de mujeres, de madres.

Pasada la excitación de la salida, las criaturas se concentran en sus dispositivos electrónicos, en la película (“La llamada de lo salvaje”, inspirada en la novela de Jack London que me fascinó en la adolescencia), y guardan silencio hasta el final.

La pareja de mediana edad no regresa y no podemos evitar pensar qué bien se viaja sin personas impertinentes en los asientos contiguos.

Diario del año de la peste, entrada 132

Vuelvo a sentarme frente al escritorio de trabajo, en el ordenador de casa. Recomienza la temporada laboral, con más incertidumbres que nunca.

Probablemente este curso – o hasta que haya una vacuna, o un tratamiento, lo que llegue antes – me va a tocar teletrabajar, lo que no es una mala opción: me ahorro desplazamientos, gasolina, contaminación, y si nuestras criaturas tienen que volver a la tele-escuela, podré estar pendiente de ellas; incluso si pueden volver a la escuela, al instituto, estaré cuando lleguen a la hora de comer.

N. también teletrabaja algunos días. Nos hemos cambiado los puestos: ella se ha quedado con el estudio ante cuya ventana me senté yo los últimos 6 meses y yo me he trasladado al salón. Desde mi silla veo ls misma pared de ladrillo con ventanas de persianas verdes, pero tamizadas por la yerbabuena, los kalanchoes y los rosales del balcón.

Hemos puesto a punto dos ordenadores que teníamos casi desahuciados y hemos comprado otro más; y varias sillas de estudio. Lo que llegue, esta vez, nos pillará preparadas.

No sabemos nada de las escuelas: que arrancan más tarde (el último ciclo de primaria, la secundaria y la FP se pondrán en marcha en la segunda mitad de septiembre, que posiblemente C. tenga un regimen semipresencial.

O quizás nada de esto será así y volveremos a encontrarnos con todos en casa intentando gestionar lo escolar lo mejor posible.

No me sorprende, pero sí me desanima, que no se haya aprovechado esta situación para replantear tantas cosas. Leí un reportaje sobre cómo la tuberculosis transformó el urbanismo en general y el diseño de las escuelas en particular: se hicieron más ventiladas, más abiertas al exterior, más amplias, más fáciles de limpiar. Es una pena que el coronavirus no haya generado una transformación parecida, tanto en las casas como en los centros educativos.

Leo a la gente de mi entorno y vasculan entre lo apocalíptico que les lleva a encerrarse hasta que todo pase y el convencimiento de que todo pasará, mágicamente, porque de repente aparecerá una vacuna efectiva o un tratamiento infalible. Y que volveremos a ser los de antes, sin haber aprendido nada.

Y yo me siento como Manolito: desde marzo hasta ahora, no he entendido nada.

Diario del año de la peste, entrega 131

Esta mañana he llevado el coche al taller. Ya me habían advertido de que van a higienizar el vehículo y que por tanto, debíamos sacar todas las cosas personales. Las he metido en una caja azul que compramos el fin de semana en el Ikea para este fin.

A del C me habría llevado a alguno de los chicos a ese recado, para dejar trabajar a N. con cierta tranquilidad, y para tener un rato en exclusiva con uno de ellos; pero es poco prudente meter a más personas de las necesarias en un local comercial, y aunque podría haberse quedado en la calle esperando, también es poco prudente meterles de forma innecesaria en el metro.

Igual que cuando fuimos a comprar la caja azul al Ikea, y nos fuimos dejando en casa a todas las criaturas, porque, ¿para qué meterlos en un centro comercial si no es imprescindible? ¿Para qué vivir el estrés de controlar que no se pongan mal la mascarilla y no toquen nada indebido y se laven las manos con hidrogel antes, durante y después?

Es una de esas pequeñas cosas que la pandemia nos ha quitado.

Como pasear sabiendo que en cualquier momento te puedes meter en un baño, sea el de un bar, un centro comercial, un centro de salud, un polideportivo.

O acercarse a alguien a darle un beso, un abrazo. Tocar superficies y objetos sin aprensión. Salir de casa sin tener que acordarte de la mascarilla. Hacer planes.

Cuando todo esto empezó, leí a alguien enfadada por esta idea tan repetida de que “esta experiencia nos hará mejores”. ¿Mejores que qué, que quién, que cuándo? Yo – decía esa persona – ya era todo lo mejor que podía ser.

No sé si ha ‘pasado el tiempo suficiente para saber si somos mejores, peores o si las cosas, como cantaba Ismael Serrano, no nos cambian tanto. O si nos cambian de una manera de la que ni siquiera somos conscientes.

Diario del año de la peste, entrega 130

“Entrando en el Wuhan español”, leo en Facebook.

Las cifras cada vez más disparadas de contagios, ingresos hospitalarios, pacientes en la UCI, muertes, servirían para ilustrar la explicación de lo que es el crecimiento exponencial en esas escuelas en las que cada vez está más claro que nuestras criaturas no van a volver.

Cifras, y discursos, que contrastan con el mundo ahí afuera: la gente sigue paseando, saliendo de vacaciones, haciendo obras, comprando, llenando las terrazas de los bares, como si no estuviéramos al borde del abismo. Con mascarilla, eso sí.

¿Hacia dónde puede llegar este crecimiento exponencial? ¿A qué se debe, más allá de las matemáticas de la pandemia? ¿Qué explica que en este país encadenemos oleadas de contagios incontenibles, inasumibles, mientras en otros lugares parecen seguir con sus vidas sin aparentes complicaciones?

Dice A., también en Facebook: “Nos bombardean con que la culpa de los rebrotes se debe a las fiestas, las reuniones familiares y no llevar la mascarilla en todo momento. La irresponsabilidad individual. Pero resulta que los 4 distritos de Madrid con peores datos son Usera, Puente de Vallecas, Villaverde y Carabanchel. Y los 4 distritos con renta per cápita más baja son, chorprecha, Usera, Villaverde, Puente de Vallecas y Carabanchel. Va a ser que los pobres son más irresponsables”.

El hacinamiento, el trabajo presencial, el metro, la imposibilidad de coger bajas, la imposibilidad de aislarse, la falta de acceso a la sanidad, los centros de salud sin citas disponibles.

Pero no es todo esto lo que sale en la prensa del día: son las bodas multitudinarias, las discotecas, los botellones de las pandillas adolescentes, las criaturas jugando en los parques.

La vida siempre se abre camino: en las pandemias como en las guerras. Saber que podemos morir puede provocar que nos encerremos en un búnker de precauciones o que apuremos los placeres como si no hubiera un mañana.

Pero creo que todos percibimos la incongruencia de que se nos señale con un dedo como responsables de los contagios mientras no se mueve un dedo (ni un euro) para mejorar la Sanidad, hacer más salubre la escuela, cambiar el modelo económico que nos ha llevado donde estamos

 

 

Diario del año de la peste, entrega 129

Recuerdo de mis veranos de la infancia el viaje de ida a Menorca, a principios del verano: subir al barco y despedirnos desde cubierta, los rollos de papel de water colgando de las barandillas, el sonido espeso de la sirena y el olor a brea, el oleaje mientras recorríamos los pasillos del barco, las salas de butacas donde nos parecía que nunca íbamos a conseguir dormirnos, la salida del sol sobre el horizonte, el primer avistamiento de la isla como una promesa, el desayuno en el American Bar con medias lunas y cacaolat.

También recuerdo los viajes de vuelta, esta vez diurnos, farragosos, agotadores, con el sol trepanándonos el cráneo y la sensación de náusea. Y la tristeza al avistar la ciudad como un final inevitable, no por anunciado menos desolador,con sus edificios altos y su corona de contaminación.

Este verano no han habido islas ni barcos pero el regreso a casa tiene siempre algo de esa sensación de vacío al abandonar los días luminosos y sin horarios de las vacaciones. Aunque las vacaciones no se hayan terminado, aunque sigas sin poner despertador y el calor no afloje, estos últimos días de vacaciones en casa son como esa franja sucia de playa que queda cuando el oleaje se retira.

Vuelves porque las vacaciones se terminan, porque son muchas semanas fuera y echas de menos al gato – y a las plantas -, porque tienes recados pendientes y te vendrá muy bien hacerlos antes de volver a lo laboral, porque unos días en casa para descansar y leer parecen el perfecto colofón de las vacaciones. Pero te metes en una rutina extraña de citas médicas y administrativas, compra, preparar comidas, pensar comidas, organizar la casa, broncas por el desorden de las criaturas, siestas espesas y tardes de calor, y el libro no avanza y el descanso no llega.

Y te reafirmas, otra vez, en que ser ama de casa está lejísimos de tu vocación.

 

Diario del año de la peste, entrega 128

Quedan apenas 15 días para empezar las escuelas, los institutos, y la mayoría de familias no sabemos qué va a ser de nuestras vidas. ¿Escuela presencial, teleescuela, un regimen mixto? ¿Habrá cambios profundos en la concepción de lo escolar o solo cambios cosméticos, como poner, por fin, jabón – y papel higiénico, espero – en los baños? ¿Cómo afectará a las familias, y en particular, a las mujeres, la ausencia de escuela, si es esto lo que sucede, o el riesgo de que vuelva a cerrar cerniéndose como una espada de Damocles sobre la conciliación?

Hay en las redes un enconado debate sobre si las criaturas deben volver a las escuelas o no, sobre si las familias deben poder decidir que vuelvan a las escuelas o no, y sobre las consecuencias que tendría que algunas familias pudieran decidir que se quedan en casa.

Me parece peligrosísimo abordar este debate sin una visión global de los que representa la escuela, no solo para la Educación, sino también para la conciliación, y sobretodo, para la integración de todas las criaturas en la sociedad y de sus derechos y posibilidades para el futuro. Se han tardado muchísimas décadas en conseguir un sistema educativo que, aún imperfecto, llega a todos los estratos sociales, todas las familias, todas las criaturas; ya no hay en nuestra sociedad personas analfabetas, ya no hay niños y niñas que trabajen en fábricas, en el campo, en las empresas familias, en casas propias y ajenas. Las familias ya no pueden decidir qué para qué va a estudiar, total, si va a terminar casándose y mejor que se quede en casa ayudando a su madre, cuidando de los hermanos pequeños. Si llevar o no a las criaturas a las escuelas es potestad de las familias, ¿qué consecuencias sociales podría tener? ¿Cuántos niños y niñas y sobretodo adolescentes se descolgarían del sistema educativo y perderían por ello oportunidades de futuro?

Pero hemos llegado casi a septiembre sin noticias de las escuelas. Se ha perdido un tiempo precioso desde que nos mandaron a las criaturas a casa: habría sido posible implementar cambios de calado en lo escolar para hacer una vuelta razonablemente segura, como se ha hecho en otros muchos lugares.

Pero esto hay que planificarlo, presupuestarlo, ejecutarlo. Se necesita inversión, reflexión, planificación y medios, no parches.

¿Por qué hay quien piensa que el mismo profesorado y los mismos recursos y las mismas instrucciones que no han conseguido hacer funcionar del todo ni la educación a distancia ni – no nos engañemos – la presencial, ahora serían capaces de hacer rodar sin dificultades una combinación compleja de ambas posibilidades?

¿Por qué hay quien piensa que si algunas criaturas dejan de ir al colegio bajarían las ratios? Lo que harán es suprimir líneas y despedir docentes para rentabilizar aún más la educación. Las ratios tienen que reducirse inyectando recursos, no mandando a las criaturas a casa

Si no hacemos nada, estamos abocados a la teleescuela sin remisión. Y a que se aproveche la pandemia para adelgazar la educación (y también la sanidad, ya que estamos) pública y recortar los derechos (humanos) de las criaturas.

¿Mandarías a tus hijos a la escuela si hubiera un guerra, me pregunta alguien? Y yo recuerdo las cosas que contaban mis abuelas de sus escuelas, durante los tres años que duró la Guerra Civil. Los protocolos de bombardeo, cómo organizaban las mesas en las aulas para protegerse, el papel engomado en los cristales para que, si las bombas los rompían, no les cayeran encima. Como tantísimas criaturas, mis abuelas fueron a la escuela durante la guerra, y gracias a ello tuvieron una vida más libre que si se hubieran encerrado en casa.

Todo lo anterior se puede aplicar a la escuela pública, claro… las concertadas y privadas no han dejado de hacer sus deberes. Mientras no sabemos nada de cómo se organizarán la escuela pública en la que P. cursará 6º, el instituto donde irán A. y C., el colegio concertado al que – por circunstancias que tal vez merezcan otro post – va B., ya ha enviado un extenso protocolo de pruebas médicas, higiene, escalonamiento de horarios de entrada, diversificación de espacios. Mientras la escuela pública discute lo divino y lo humano, la concertada / privada rearma sus ejércitos.

Diario del año de la peste, entrega 127

En estos últimos meses he pensado mucho en H. Una de las últimas veces que nos vimos, hace ya toda una vida, me dijo que había que vivir al día, disfrutar de las cosas, gastar todo lo que ganas, porque, total, mañana podemos estar muertos.

Y yo le dije, sí, pero también podemos estar vivos, y entonces, ¿qué hacemos si lo hemos dilapidado todo?

Ha llegado la pandemia y todos los planes de futuro han saltado por los aires. O si no tanto, al menos han quedado en stand by. ¿Cuál es la mejor opción ahora que la vida es tan imprevisible, guardar para mañana o vivir como si no hubiera un mañana?

Conocí a H. cuando tenía 19 años y empecé a salir con su hermano pequeño. Todavía compartían habitación en casa de su madre, un dormitorio con dos camas gemelas como las de Epi y Blas, y también compartían amigos, noches, gustos musicales. Con sus diferencias y a veces incluso conflictos, eran una de esas díadas de hermanos a los que unen tantas complicidades y referencias compartidas.

Dejé de ver a H. hace 3 décadas, cuando lo dejé con su hermano; en esos últimos años, alguna vez he sabido algo de él a través de amigos comunes, de cosas compartidas en Facebook. Seguía igual: las mismas patillas, la misma parka, la misma sonrisa socarrona.

El otro día leí que había muerto: enfermó de cáncer, aguantó los tratamientos, pero finalmente, falleció. Valiente hasta el último momento, dando ánimos a los que le rodeaban.

No me esperaba que una noticia como esta me afectara tanto, tanto tiempo después. Tuvo que morir para que fuera consciente del cariño que le tuve.

También ha muerto el hermano de G. No le conocí, pero hace algunos meses, en una de las primeras salidas al parque que compartimos cuando empezó a aliviarse el confinamiento, G. me comentó que había ido al médico y estaba lleno de metástasis: más de 70 focos distintos de cáncer en distintos órganos. Ayer volví a hablar con él y me dijo que estaba bien, tranquilo, conforme, porque su hermano murió como quería, sin sufrimientos innecesarios.

Que sean los hermanos de los amigos y no ya sus madres, sus padres, lo que empiezan a fallecer, es una de las medidas más implacables del paso del tiempo.

Y además:

Dice Gabriel Rufián:

Al alba del 18 de agosto de 1936 fusilaron a Federico García Lorca por ‘comunista, homosexual y masón’. El fascista que le asesinó dijo: ‘le metí dos tiros por el culo por maricón’.

84 años después, sus restos aún se buscan y los del fascismo que le fusiló aún se votan.

Diario del año de la peste entrega 126

Me contó S. que hace algunos años viajó a Irán, y que, como tantas cosas estaban prohibidas, cuando se encontraban espacios seguros donde se podían hacer, se llevaban hasta el límite: en privado se bebía, se bailaba, se cantaba (supongo que también se practicaba sexo) hasta el paroxismo.

Me he acordado de esa historia estas vacaciones: después del encierro, el miedo, los estímulos limitados, la vida en los confines del barrio y del patio, hemos saboreado las vacaciones con una intensidad inusitada. Todo parecía ser más vívido, los colores más llamativos, los sonidos más nítidos, el agua más transparente, las puestas de sol más hermosas, el aire más respirable.

Volví a sentirme como en las vacaciones de mi infancia, disfrutando de cosas que hasta hace muy poco daba por sentadas. Los largos viajes en coche, los paisajes cambiantes, bellísimos, al otro lado de la ventanilla: el rojo terroso de las colinas, el verde ondulante e hipnótico de los arrozales, el gris azulado cada vez más difuminado de las distintas filas de cordilleras al fondo, el cristal líquido de los ríos, el azul y el turquesa profundos del mar profundo, el dorado de la arena de la playa, el blanco grisáceo de la sal sobre las rocas. Las canciones cantadas a voz en grito, la noche que cae cuando vuelves a la casa después de un día de excursiones, visitas y baños, los pueblos cuya historia árabe se ha borrado de las guías, el cansancio en las piernas después de las excursiones, la lectura a la sombra de los pinos con la banda sonora de las olas, las pozas, las conchas, las libélulas, los cangrejos.

Como en mi infancia, han sido unas vacaciones sin pantallas, sin tablets, sin televisor, de rodillas peladas y naturaleza, de pan de pueblo y helados de chiringuito. Las criaturas son adolescentes o casi adolescentes, cada vez más autónomas, que colaboran y hacen las cosas fáciles. Me pregunto cuántos veranos más pasarán con nosotras, cuándo decidirán que es mejor explorar el mundo por su cuenta, con sus amigos.

Hemos visto a familia y a amigos, creando pequeños clústeres donde sentir y vivir con cierta normalidad, aunque hacia el resto del mundo siguiéramos guardando distancias, mascarillas, hidrogeles.

Y ha sido casi normal a pesar de las playas con aforo limitado, los excursionistas con mascarilla, la toma de temperatura antes del cine de verano al aire libre, las conversaciones sobre la pandemia, el seguimiento distante de las noticias preocupantes.

Anoche volvimos a casa. Recogimos las cosas con una tristeza infinita de terminar estas tres semanas que han parecido media vida, que nos han dado la vida. Nos fuimos, como siempre, convencidas de que hay que volver al sitio que hemos descubierto este verano, porque en esto de los viajes hay dos tipos de personas: los que quieren conocer sitios nuevos y los que siempre queremos volver sobre nuestros pasos.

Pero llegar a casa también estuvo bien: reencontrarnos con los espacios, los objetos, volver a ver al gato, más lustroso y mimoso tras nuestra ausencia, y las plantas, que han sobrevivido gracias a los mimos de los vecinos del patio, de M., y sobretodo, de L. La hierbabuena ha florecido, las suculentas que trasplanté antes de irnos han agarrado, había tomates nuevos en la tomatera y esta mañana hemos podido untar el pan con ellos.

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