familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Archivo para septiembre, 2020

Diario del año de la peste, entrega 155

Aunque al inicio de la pandemia, me pareció que el tema de la conciliación y, por tanto, el trabajo (y todo lo que implica, desde realización a independencia económica) de las mujeres, especialmente de las mujeres que son madres de criaturas pequeñas, no se estaba tratando lo suficiente, lo cierto es que se van publicando informaciones y estudios al respecto. Como esta, que dice que “hasta un 21% de las trabajadoras lo hicieron desde casa frente al 14% de los empleados. Ese periodo incluye tanto el confinamiento estricto como las fases hasta la ‘nueva normalidad’” y menciona estudios que apuntan a que las mujeres tienden a teletrabajar a horas más intempestivas que los hombres y a hacerlo en un espacio que no es propio, con más interrupciones de niños y mayores.

Es curioso, y preocupante, que una reivindicación que tradicionalmente se ha utilizado para favorecer la conciliación, cuando se empiece a implantar, en realidad vaya, otra vez, contra las mujeres.

Más allá de las estadísticas y los números, me vienen a la cabeza algunas de mis amigas:

L., que está separada y se hace cargo sola de sus criaturas, un adolescente complicado, una niña de primaria con necesidades educativas especiales y un niño de 4 muy activo, y que ha tenido que pedir una baja por ansiedad porque su trabajo incluye contacto telefónico permanente con clientes y su situación familiar no le permite hacerlo; o R., que intentó gestionar su trabajo como profesora de secundaria con un niño de 6 años sin tenerlo enchufado a la pantalla la mayor parte del día y cuyas jornadas laborales acaban a las 3 y las 4 de la madrugada (y vuelven a empezar a las 8). O A., con una hija en el instituto y otro en primaria que ha pasado 15 días en casa por un positivo en su clase, y cuya empresa le pide que cumpla con su jornada presencial, igual que hacen sus compañeros varones; también está L., que no ha teletrabajado nunca: sus hijos de 6º y 1º de la ESO estuvieron solos entre marzo y septiembre desde que se levantaban hasta las 4:30 de la tarda, cuando ella volvía a casa, organizándose tarea escolar y comidas, monitorizados por teléfono. O B., que decidió tirar la toalla de las clases de su hijo de 8 años porque o abandonaba esto o el trabajo que les da de comer.

Todas ellas viven solas con sus criaturas pero en muchas casas en las que hay también un padre, las mujeres no lo tienen mucho más fácil. Se publicó un estudio hace unos meses que alertaba de que mientras los hombres científicos estaban publicando más que antes sin las distracciones que la pandemia eliminó, las mujeres científicas estaban publicando muchísimo menos: ellas, nosotras, seguimos ocupándonos no solo de lo común (la casa, las criaturas), sino hasta de hacerles la vida más fácil a ellos.

Y encima, tenemos que escuchar cosas como que nos organizamos mal, tenemos demasiadas criaturas, nos las queremos quitar de encima o escogemos mal los trabajos.

Al final, la banca siempre gana.

Diario del año de la peste, entrega 154

El último fin de semana antes de la ghettificación del barrio, fuimos de urgencia a casa de la abuela de N., que está en otro barrio también ghettificado, para vaciarla antes de que la vendan.

Hemos pensado mucho en la yaya estos meses. No solo porque es natural pensar en ella, sino porque murió poco antes de que empezara la pandemia, en una residencia de mayores donde su hija la visitaba a diario, y no pudimos evitar pensar en lo que habría sido que siguiera allí cuando pasó todo.

Que terrible haber llegado a pensar que es una suerte que muriera antes.

Entre las cosas que rescatamos de la casa de la yaya estaba el naufragio de una vajilla de Duralex. Una bandeja, un plato y una taza de color marrón y 7 tazones de color verde con dos asas.

La vajilla de Duralex es como la magdalena de Proust: te manda de golpe a la infancia. En mi caso, al comedor del colegio y aquella sopa infame, servida en platos hondos color miel, que me hizo detestar la sopa durante años.

Unos días más tarde, conocimos la noticia de que la empresa Duralex ha quebrado.

Como dice L., varios milenios después de la quiebra, esa vajilla seguirá usando en algunos hogares.

Diario del año de la peste, entrega 153

Retomamos el pulso de la semana después de un fin de semana casero: cambio de armarios (ha llegado el otoño, guardamos las sandalias, sacamos las chaquetas, los días son cada vez un poco más cortos, empezamos la cuenta atrás para la primavera), el cumpleaños aplazado de A., tareas escolares, “Vikingos” en familia, encuentros con nuestro cluster particular, noticias del instituto que ahora también está confinado y que nos avisa de que cambian la semipresencialidad de días alternos a la mitad del tiempo todos los días (para indignación de C.), cacerolada de protesta por la segregación de los barrios frente a la Junta Municipal… actividades que hacemos dentro de los confines de nuestra zona sanitaria ghettificada.

Nos dicen que hay controles a la salida del barrio pero no intentamos salir. El máximo gesto de rebeldía es acercarnos a un bar que hay en el límite del barrio, que tiene el local en la zona confinada y la terraza en la zona no confinada; el bar tiene que cerrar a las 10, pero la terraza puede seguir abierta; los vecinos de la zona confinada pueden tomarse algo en las mesas interiores, pero no en la terraza; los de la zona no confinada que se toman algo en la terraza no pueden entrar al baño; ni a pagar. Esta situación surrealista ejemplifica muy bien el absurdo de las decisiones.

Hace 20 años, R. y yo solíamos decir que, excepto porque trabajábamos fuera de sus confines, no nos hacía falta salir de nuestro barrio para nada: teníamos cines y tiendas y plazas y bares y salas de exposiciones y piscinas. En cambio, ahora tengo la impresión contraria: muchas de las cosas que necesitamos quedan fuera de los límites estrechos que nos han impuesto: la biblioteca comunitaria y los polideportivos, las tiendas que necesitamos si queremos hacer algo más que comer, los centros escolares de mis criaturas.

Arrancamos la semana otra vez en medio de la incertidumbre, a la espera de decisiones políticas y (¡ojalá!) sanitarias que volverán a cambiar nuestros días.

Diario del año de la peste, entrega 152

Circula un meme estos días que dice que, como están prohibidas las reuniones de más de 6 personas (en casa hacemos pleno), he decidido celebrar mi cumpleaños en el metro. Siempre abarrotado y sin distancias de seguridad que valgan.

Me acordé del meme ayer cuando le cantamos el cumpleaños feliz a R., que cumplía 44, y con quien nos encontramos en la manifestación que se hizo frente al Centro de Salud del barrio para protestar por la segregación, la falta de recursos, la mala gestión de la pandemia y la división del barrio en dos zonas.

El lugar escogido era especialmente simbólico: es la línea fronteriza entre nuestra zona ghettificada y la zona vecina, la de las urbas con piscina, que no ha sufrido restricciones. Nos pusimos a lado y lado de la calle, como frente a un muro de Berlín simbólico, con pancartas y cánticos.

Ahí estaban todos los de siempre, los que bajan a todas las movilizaciones, los que participan en las agrupaciones y asociaciones vecinales, los que han montado el grupo de cuidados del barrio, los que nunca descansan. R. con su hijo M., cansado y lloroso, P. con A., que correteaba con otra niña, C. con sus comentarios sarcásticos pero que no se pierde una, I., que esta ve fue sin bici, L., incansable a sus 64 años, con sus hijas y su nieto, madres del ampa, vecinos del barrio, sanitarias en la puerta del centro de salud recibiendo aplausos y devolviéndolos.

De vez en cuando uno de los coches que pasaba a lo largo de esa frontera simbólica pitaban solidarizándose.

En el distrito vecino, la misma reunión acabó en cargas policiales y detenciones. Sin previa provocación, aseguran los que estuvieron (y los vídeos que han compartido).

Veo esta mañana los vídeos, las fotos, leo la indignación de los que ahí estaban.

Es como el 1-O, me dicen A., F. y otros amigos.

Como el 1-O de barrio, pienso yo. La misma violencia, la misma indefensión.

Y como entonces, el silencio del resto del mundo.

Diario del año de la peste, entrega 151

Cuando C. entró en el instituto, hace 4 años (¡ya!) constaté con sorpresa (y un poco de rabia) que esa niña que el curso anterior rezongaba y se retrasaba y no había forma de que se levantara y saliera de casa a la hora, que retrasaba la llegada al colegio de sus hermanos… de golpe se ponía el despertador y se levantaba sola y se gestionaba con diligencia las mañanas y llegaba a tiempo al autobús que la llevaba al instituto.

Cuatro años después, ha vuelto a pasar lo mismo con A.: este muchacho al que se le hacía un mundo levantarse de la cama, al que había que llamar una y otra vez, que siempre salía de casa in extremis (obligando al disciplinado P. a ir a la carrera para no llegar ni un minuto después de la hora)… ahora se pone la alarma en su móvil, se prepara el desayuno, se lava los dientes, y sale a tiempo de coger el autobús que le deja en la puerta del instituto antes de que empiecen las clases.

Es fascinante como cuando los haces responsables, se convierten en responsables; como crecen cuando dejamos de tratarles como a niños pequeños. Como se hacen cargo de su vida.

Y no puede evitar ver el paralelismo entre esas historias y la forma como la autoridad trata a la ciudadanía y la responsabilidad de nuestro comportamiento.

Diario del año de la peste, entrega 150

Cuando N. y yo salimos del armario del Coronavirus, creyendo que éramos las únicas que lo estábamos pasando, con miedo al estigma, varias personas en nuestro entorno asomaron la cabeza para decir que ellas también. Gente de los trabajos, de la escuela, de la familia, del barrio. A. fue una de las que se pusieron enfermas por aquel entonces, pero mientras nosotras fuimos mejorando, ella iba a peor. Semanas y semanas con febrícula, dolores, taquicardias, diarreas. Neumonía. Nada se agravó como para necesitar un ingreso, pero tampoco terminaba de irse.

Han pasado 6 meses dede que A. enfermó, y hace unos días nos la encontramos por la calle. Sigue de baja, nos dijo. Está tan cansada que apenas puede hacer nada. Ese día había ido a la biblioteca a buscar un libro, como no lo encontró pensaba acercarse a la otra biblioteca del barrio, que está quizás a un kilómetro. No se sentía capaz. Si queréis seguir hablando, dijo, buscamos un banco y me siento.

A A. le han hecho todo tipo de pruebas, incluso le han ingresado en el hospital para hacerle algunas de ellas. Analíticas, tacs, radiografías, pruebas respiratorias… TODO sale perfecto. Algo, me cuenta, que les pasa a muchas personas con Covid persistente (si tienen suerte de que les hagan caso).

Es como si fuera un virus alienígena, y que los parámetros que tenemos para medir la enfermedad no sirvieran.

 

Diario del año de la peste, entrega 149

Ayer, primer día de la ghettificación del barrio, tuve que salir por trabajo a una sala de cine del centro de la ciudad, zona no confinada. No tenía nada claro si me encontraría algún operativo que me impidiera salir del barrio: imaginaba muros de alambre con concertinas y militares armados, pero no los había, claro.

Todo transcurrió con normalidad, pero cualquier imprevisto – un vigilante parado en el andén, una parada demasiado larga – me ponían en alerta, como si en cualquier momento pudieran pararme, detenerme, multarme.

Llegué al centro y anduve el último tramo, bajé por una amplia avenida llena de esas casas majestuosas de ladrillo rojo y balcones altos que siempre me hacen pensar en el Nueva York que retratan los cómics de Will Eisner; aunque la gente que vive en esas páginas de cómic se me parece más a la de mi barrio de ropa tendida sobre la calle y vecinas que se conocen unas a otras.

La sala de cine estaba abarrotada. Nos indicaron que nos sentáramos dejando un asiento entre persona y persona: no fue fácil, encontré el único asiento que se ajustaba a la norma en un rincón de la última fila. Aún entraron algunas personas más y los que estaban sentados, tuvieron que moverse.

“¿No podían haber convocado este pase en una sala más grande? ¿Os parece normal que nos juntemos tanta gente en esta sala tan pequeña y de techo bajo?”, dijo el crítico que estaba sentado a mi izquierda, y el resto de presentes empezaron a darle la razón. Me imaginé un motín de críticos de cine, pero la chica de prensa dijo que “el aforo era el permitido y la sala tenía aire que circulaba”, apagó las luces y empezó la película.

La película era la última de Woody Allen. Tiene todos los elementos de sus clásicos: el psicoanálisis, los líos amorosos, el hombre feo y mayor que se enrolla – o casa – con mujeres hermosas y más jóvenes, aunque no tan jóvenes como en otras de sus películas; intelectuales, postureo, el homenaje al cine clásico, la angustia vital, la obsesión por hacer una obra maestra, la parálisis.

Volví por la misma ruta y fueron llegando las criaturas a comer, en sus distintas horas; todas ellas van a centros escolares fuera de nuestra zona ghettificada, pero solo a B. le han hecho un salvoconducto para atravesar la ciudad.

Por la tarde, decidimos acompañar a A. al futbol, que empezó la semana pasada, después de un par de cursos reclamándolo. Entrenan al aire libre (y con mascarillas), en una cancha que está a 5 minutos de casa… pero por unos pocos metros al otro lado de la valla invisible que nos separa de los que no sufren restricciones. Cuando llegamos nos dijeron que los niños que viven al otro lado pueden entrenar… los nuestros no.

Nos volvimos a casa hirviendo de indignación. ¿Por qué nuestros hijos no pueden jugar al futbol mientras los otros niños sí pueden hacerlo? ¿Por qué mis criaturas no pueden ir al parque, ir al cine, moverse libremente, mientras otras criaturas sí pueden? ¿Qué han hecho ellos para que les castiguen, para que les discriminen? ¿Pueden restringir un derecho fundamental como la libre circulación sin establecer antes un Estado de excepción, sin un mandato judicial?

Nos sentamos en una terraza del paseo, una de las pocas cosas que todavía podemos hacer, al menos hasta el toque de queda: a las 9:30, nos contaban los del bar, tendrían que empezar a desalojar a la clientela. Mientras tomábamos el café escuchábamos la indignación, el cabreo de nuestros convecinos, que contrasta con la relativización que leo y escucho en alguna gente a la que mi barrio, lo que sucede en mi barrio, le queda lejos.

Otra vez, el silencio de la gente buena.

Diario del año de la peste, entrega 148

Luego confinaron a mis vecinxs. Pero como yo vivía en una urba con piscina, no me importó

 

Diario del año de la peste, entrega 147

Tenía planificado este cumpleaños desde hace semanas, quizás meses. Irían al cine, con S. y M., sus mejores amigos, tal vez también O.; y después a cenar a una hamburguesería, solos, que para eso son ya mayores. Después volverían a casa (les traeríamos, sin duda), y se quedarían a dormir. Si a S. no le apetecía dormir fuera de casa (a veces le cuesta), se iría a la suya, pero volvería pronto por la mañana. Dormirían en el salón, en el sofá cama abierto, ya tenían asignados los sitios también. Por la mañana, desayunarían churros con chocolate, y luego jugarían toda la mañana, y comerían juntos: raviolis. Y para las velas, tarta de tres chocolates de la que hace N.

Pero entonces M. se puso enfermo y al final le hicieron la PCR y ahora estamos esperando que le den los resultados y descarten el Covid; o lo confirmen, aunque si tarda muchos días más, ya tampoco merecerá la pena que los que estuvieron con él hace dos semanas se pongan en cuarentena.

Decidimos aplazar el cumple, aunque S. vino ayer a merendar y trajo el regalo, por si acaso no nos podemos a ver en una temporada, porque se han cambiado de barrio y a partir del lunes no podrán cruzar la frontera de nuestro Ghetto, y vaya usted a saber, y hoy ha venido O. a comer.

Ha habido churros, y chocolate, y raviolis, y esta tarde habrá tarta de tres chocolates, porque a pesar de todo la vida sigue y no hay que saltarse ninguna celebración: quién sabe cuándo será la próxima.

Estaba feliz porque al fin, como todas las criaturas de esta casa, al llegar al instituto le ha caído un teléfono móvil. Enseguida se ha puesto a descargar y configurar cosas, y a responder los Whatsapp de felicitación que le iban llegando. Pero también se le ha iluminado la cara cuando ha visto el tigre de peluche que iba en el otro paquete, porque aún tiene un pie en la infancia. Afortunadamente.

Hemos arrancado el día de su cumpleaños bajando a la Junta Municipal del barrio para manifestarnos, y nos ha parecido muy simbólico, porque si algo lo define es su sensibilidad a las injusticias, su espíritu revolucionario, su capacidad para convertirse en defensor de causas perdidas.

Leo en Facebook que es muy distópico esto de encerrar a los pobres en sus barrios; otra amiga me dice que le recuerda a la serie “Years and Years”, la que vimos antes de que empezara todo esto y que hablaba no de nuestro futuro sino, como siempre hace la Ciencia Ficción, de nuestro presente.

Ayer me dijo, un día antes de cumplir los 13 años, que por qué nos castigan, que qué hemos hecho.

Perder las elecciones, hijo. Y antes de esto, perder la Guerra.

Quería escribir sobre su cumpleaños, sobre cómo ha crecido, cómo ha cambiado. Sobre el niño que aún hay en el adolescente que es y sobre las promesas de futuro que encierra. Sobre su día. Quería centrarme en él como cuando era un bebé y estábamos solos en esa burbuja.

Pero la vida.

Diario del año de la peste, entrega 146

P. empezó ayer el último curso en la escuela. Fue solo y volvió solo también, con sus llaves de chico mayor, nos contó impresionado que lo habían organizado “muy bien”, con señalizaciones por todos lados de hacia dónde hay que ir y qué distancias hay que mantener. Que se sientan en grupo, pero con las mesas individuales enfrentadas, pero no pegadas, para trabajar juntos pero no revueltos. Que le ha tocado con O., O., C., J., algunos de sus mejores amigos.

Estaba contento, feliz de recuperar cierta normalidad.

A. ha ido hoy por primera vez al instituto. Le he acompañado hasta la esquina, “alto ahí, ya sigo solo”, luego ha vuelto a llamarme: la calle estaba llena de madre acompañando a su descendencia en este primer contacto con esa etapa de mayores. Les han dado el horario, instrucciones, un listado de material, pero hasta el lunes no empiezan en serio.

Que ganas tengo de que termine esta etapa de provisionalidad, que empecemos a entrar en las rutinas.

Pongo la rueda de prensa de Isabel Díaz Ayuso, que hace malabares para explicar que quieren decretar el Estado de Alarma sin decretar ningún Estado de Alarma. Que la culpa de todo la tiene el Gobierno por no obligarles a hacer lo que ellos no querían hacer para poderles echar la culpa y decir que estamos en una dictadura; y los ciudadanos de los barrios del sur, los pobres, especialmente los inmigrantes, por vivir hacinados y tener trabajos que no se pueden hacer a través de un ordenador.

Si es que se nos puede llamar ciudadanos, porque ha hablado de “ciudadanos” y “contagiados” como si fueran términos contradictorios.

A partir del lunes, no podremos salir del barrio. Podremos circular dentro de nuestro ghetto, pero mejor si lo hacemos poco. No nos podemos encontrar con nadie: el máximo de gente en reuniones sociales son 6 personas, y ya llegamos a este número con la familia nuclear. Nos poden toque de queda a las 10 de la noche y, de facto, nuestras criaturas vuelven a estar confinadas.

Al otro lado de los cristales llueve como si no hubiera un mañana.

Nube de etiquetas

A %d blogueros les gusta esto: