familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Hemos puesto la calefacción por primera vez este otoño.

La casa ha dejado de ser este espacio glacial donde las criaturas se desplazan por las mañanas envueltos en polares y calcetines de lana, arrastrando las mantas como si fueran capas. Vuelve a ser un lugar cálido y acogedor en el que apetece tumbarse en el sofá con una taza de te en las manos y un buen libro. O una buena serie. O un buen documental, como el que han puesto en La noche temática sobre Margaret Atwood. Empecé a leerla hace 35 años y entonces era como un secreto compartido por muy pocos. Cada libro en una editorial distinta, algunos ni siquiera se traducían. Entonces pensaba: ¿Cómo puede ser que la gente no la conozca? Ahora se ha vuelto mainstream pero sigo sintiendo que es algo mío. Observo su fragilidad, sus rizos blancos, su paso pausado, que contrasta con la belleza exótica e insolente de su juventud y pienso en el paso del tiempo.

Hace frío y sacamos de los armarios las chaquetas, los abrigos, los jerseis gordos. Aún no anochece pronto pero no falta mucho para el cambio de hora que convierte las tardes en un espacio tan corto. Si hace sol salimos al patio a comer, y es como salir a otro huso horario, a otro paralelo, a otra tierra. Podemos sacarnos los jerseis y levantar las caras hacia el sol como si fuéramos girasoles.

Pero por la tarde da pereza salir a regar, ya no hace falta hacerlo todos los días. Hay rosas rojas y blancas, capullos aún por abrirse, hay margaritas y claveles de un rosa subido, casi rojos. Las tomateras tienen aún flores amarillas y algunos tomates, más gordos que los que salieron en verano, aún verdes. Me pregunto si hará bueno el tiempo suficiente para que maduren. El acanto que creía muerto ha renacido, con sus hojas verde brillante.

Leo en la prensa que cuando acabe el Estado de Alarma la Ayuso nos vuelve a confinar por ghettos y noto cómo me entra la ansiedad. Nada es previsible, todo puede cambiar en los días que quedan, hemos dejado de hacer planes, pero el ruido político me genera mucha ansiedad y estrés.

Casi tres meses sin volver a mi ciudad, sin ver a mi familia más que por las videollamadas, sin hablar más que por teléfono, y a saber cuándo podremos volver.

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