familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Archivo para diciembre, 2020

Diario del año de la peste, entrega 217

Esta navidad ha tenido dos protagonistas con nombre de mujer: una de ellas es Araceli Hidalgo, la señora del 96 años que fue la primera en ponerse la vacuna en España; la otra es la bioquímica húngara Katalin Karikó, la mujer cuyas empecinadas investigaciones pusieron las bases para estas nuevas vacunas a través del ARN, que se supone que revolucionarán la medicina (y terminarán con la pandemia: para el verano, asegura ella).

La primera de ellas, Araceli, creció en una familia de 12 hermanos y hermanas en una casa cueva de Granada; Katalin Karikó pasó su infancia en una casa de adoble sin agua corriente ni electricidad. Me ha llamado la atención la coincidencia de circunstancias: me hace pensar en el poco tiempo que ha pasado desde que abandonamos el medievo en tantos lugares cercanos. También me sorprende que orígenes tan parecidos hayan dado lugar a vidas tan distintas: mientras Araceli Hidalgo fue ama de casa, Katalin Karikó estudió bioquímica, viajó, se convirtió en una científica reputada. Al margen de las diferencias personales y generacionales, sospecho que el lugar y régimen político en el que nacieron no son ajenos a esta diferencia.

Hemos llegado aproximadamente a la mitad de esta Navidad extraña, casera y reducida.

Para mí personalmente, muchas cosas de la Navidad son prescindibles, y puesto que es difícil prescindir de ellas sin quedar fatal o tener enfrentamientos incómodos, casi agradezco a la pandemia que me lo ponga fácil. El consumismo, el exceso de estímulos, lo hortera de la celebración, el peso de lo religioso, las aglomeraciones, etc. Pero otras cosas son difíciles de compensar (básicamente el calor humano de familia y amigos que están lejos), ya lo ha sido durante toda la pandemia, que ha magnificado las distancias, y en este momento simbólico que representa la Navidad, pues duele más.

Esta noche termina este 2020 que tan largo se nos ha hecho. ¿Qué recordaremos de este año dentro de una década, de medio siglo? Probablemente muchas cosas se diluirán, así que agradezco haber ido guardando en este blog las cosas que iban pasando, como miguitas que me permiten regresar a este tiempo extraño.

Mañana empieza el 2021, este año en el que tenemos puestas tantas expectativas y tan poca confianza a la vez. Es curioso la importancia que damos a este corte aleatorio que representa el 31 de diciembre, como si esta noche fuéramos a resetearlo todo y empezar de cero. Como si mañana todo lo malo del 2020 fuera a desaparecer.

Sigo leyendo la Trilogía de Maddadam, de Margaret Atwood. Con sus virus, sus pandemias, sus mascarillas, sus desastres ambientales, la arrogancia humana, la imposibilidad de convertirnos en mejores. Que certera es siempre la Ciencia Ficción en sus diagnósticos.

Seguimos.

Diario del año de la peste, entrega 216

Pasó el primer round de la Navidad de la pandemia. La nochebuena fue en petit comité, los 6 en casa, pero pusimos mantel en la mesa e hicimos canapés de salmón, sacamos jamón y langostinos, y cagamos el tió, aunque ahora ya están todos al cabo de la calle. Por primera vez desde que recuerdo todos estuvieron contentos con sus regalos: ninguno se sintió decepcionado o tenido en menos. También las mayores, que como novedad, hemos recibido el primer regalo de C., que ahora que tiene ingresos propios ha decidido contribuir.

Después vimos Love Actually. Pa espíritu navideño, el mío.

La comida de Navidad fue en casa, en el patio, que era practicable a pesar de los 8º gracias al sol, con platos aportados por el hermano y la madre de N. El tío arregló bicis, dio aguinaldo a los sobrinos, aportó sus especialidades culinarias, colaboró en poner en marcha la play que habían traído en casa de la abuela.

«Me he despertado y pensaba que lo de que nos han traído una Play era un sueño», dice P., que hoy ha madrugado para poder jugar.

Escribo esto en este silencio de las mañanas del día después de Navidad, cuando nadie se ha levantado todavía y las calles están vacías. El silencio de después del bullicio, aunque este año haya sido menos.

Hemos hecho un par de encuentros por zoom con la familia a la que este año no podremos ver.

Hoy no habrá canelones, ni encuentro con la familia de Barcelona, ni las bromas familiares o los villancicos de todos los años. No discutiremos en la cocina en la que nos estorbamos al preparar la comida, ni tendremos que decirle a mi tía que no hace falta que lave todos los platos, no acabaremos con los niños llorando de cansancio y desbordados de emociones.

Y esta Navidad tranquila y minimalista también quedará en la memoria, y se la contaremos a nuestros nietos cuando nos parezca que fue un mal sueño.

Diario del año de la peste, entrega 215

La cepa británica más virulenta ha venido seguida por una segunda cepa británica más virulenta todavía. Las imágenes y los testimonios que llegan del Reino Unido, con supermercados desabastecidos y camioneros atrapados en Dover, están llenos de desconcierto, incertidumbre,  caos y falta de garantías que recuerdan a lo que vivimos en marzo.

Leo un artículo que asegura que la cepa británica es una buena noticia: va a ser lo que haga que cancelemos las Navidades.

Nosotras ya nos hemos hecho a la idea de una fiestas caseras, lejos de los nuestros. No hará falta ponerse zapatos; ni sujetador. Por suerte, el petit comité es grande.

En la misma línea que ese artículo, mi madre dice que lo de las vacunas es una mala noticia: va a evitar que nos replanteemos la forma en la que vivimos y evitemos mandar este mundo a la mierda.

Todo pasará, nos dicen, y es posible que sea verdad (y que, como dice mi madre, no sea una buena noticia). M. suele decir que «la crianza es corta, pero la vida es larga», y algo así parece haber pensado la viróloga Margarita del Val, que dice:

«Hay gente que lo ve como una cosa tremenda porque no va a poder quedar con los amigos, ir al cine o salir. Bueno, es cierto que eso lo vas a limitar durante unos años, pero los hijos crecen y eso vuelve. Los hijos también son un reto y… es un reto del que uno sale enriquecido».

 

 

Diario del año de la peste, entrega 214

Ayer fue el último día del trimestre. Se han acabado los madrugones, los despertadores, el bullicio a primera hora de la mañana que se evapora a medida que las criaturas se van marchando hacia sus centros escolares.

Empiezan las vacaciones de Navidad, con sus nuevas rutinas, su ausencia de rutinas y su incertidumbre permanente.

Fue como todos los años el sonido de la lotería de Navidad lo que dio pistoletazo de salida a las fiestas. Un día de la lotería distinto, sin público, con mascarillas y mamparas, pero que sonó idéntico a los de mi infancia. Ahora que ya nos hemos acostumbrado al cambio de «peseeeeeeetas» por «eeeeeeeuros».

Este año, con la pandemia, ya nadie dice aquello de que lo importante es que haya salud. Se ha convertido en el día en el que escuchas cómo otros van ganando la lotería, y te alegras de haber comprado solo medio número de cada.

Oigo en la radio a una mujer a la que le han tocado 20.000 euros. «Todos para mi niño, dice». Un hijo autista que este año cumple 6 años y se queda sin atención temprana, y no sabían cómo iban a pagar las terapias que necesita.

Llora ella al contarlo, y casi lloro yo.

La OMS habla de «Fatiga pandémica» y la define como «desmotivación para seguir las recomendaciones de protección y prevención que aumenta con el tiempo». Aseguran que es una reacción natural y esperada ante una adversidad sostenida y no resuelta: hemos pasado del asombro de marzo, con su esperanza y su catarsis colectiva, a la desmotivación y la apatía, la sensación de que no podemos hacer nada, que todo está fuera de nuestro control.

Como no, hay expertos que aprovechan este concepto, el de «Fatiga pandémica» para volver a echarnos la culpa a la ciudadanía de los rebrotes, aunque una simple mirada a nuestro alrededor nos permite ver que la gente no ha abandonado las medidas de prevención, al contrario, los han incorporado a las rutinas diarias. Hasta el punto que damos un respingo cuando en alguna serie vemos a la gente saludándose con besos y abrazos o las multitudes sin mascarilla. También los datos lo avalan: el 80% de las personas evitamos lugares abarrotados, y el 90% hemos adoptado la mascarilla incluso en entornos en los que claramente no es necesaria.

La presidenta de la Sociedad Española de Epidemiología, Elena Vanessa Martínez, asegura que «los incumplimientos que vemos no están relacionados tanto con fatiga sino con problemas laborales y económicos”. Estaría bien dejar de apelar a las responsabilidades individuales y plantearnos más las responsabilidades colectivas.

También ha sido el solsticio de invierno: el día más corto de este año tan largo.

Diario del año de la peste, entrega 213

Por mi cumpleaños, N. me regaló la trilogía de Maddadam, de Margaret Atwood. En inglés, porque por razones misteriosas, las traducciones y ediciones españolas de esta autora han sido erráticas e inconsistentes: no pocos libros no están traducidos, los que lo están han sido editados por un puñado de editoriales y es difícil que aparezcan reediciones (excepto, ahora, 35 años después, del omnipresente cuento de la criada). En el caso de esta trilogía, el primer libro, “Oryx y Crake”, lo publicó Ediciones B.; “El año del diluvio” lo publicó Bruguera; “Maddadam”, directamente, no se llegó a publicar. Dicen que quizás se haga una serie, y puede que entonces se decidan a traducirlo.

Conseguí en su momento los dos primeros libros de la Trilogía, aunque la versión en español de “Oryx y Crake” ha desaparecido de mi biblioteca. Así que lo releo en inglés, como haré luego con “El año del diluvio”, para refrescar las historias antes de atacar el tercer libro.

Aunque es de 2003, parece escrito antes de ayer: Jimmy, el último humano sobre la faz de la tierra, reflexiona sobre lo que ha llevado a este escenario post-apocalíptico: plagas, virus creados en laboratorios, un mundo dirigido por multinacionales, la desigualdad entre pobres y ricos cada vez más grande, como un abismo lleno de murallas, puertas estancas y guardias armados, ingeniería genética, dependencia de la tecnología, la naturaleza exprimida hasta el agotamiento por las personas, la falta de esperanza en el futuro de la humanidad.

Como decía mi profesor de cine en la Facultad, la Ciencia Ficción no habla del futuro: habla, siempre, del presente. Quizás más del presente de los que leemos que del de quien lo escribe.

Diario del año de la peste, entrega 212

Este ha sido el fin de semana de la cepa británica: una cepa mucho más contagiosa, aunque al parecer, no más violenta: Pero si infecta a más gente, más rápido, el colapso del sistema sanitario entrará en barrena. Los países de Europa están cerrando esas fronteras que el Reino Unido tanto insiste en levantar: como decía aquel mítico periódico, un violento temporal mantiene al continente aislado.

Ha sido también el fin de semana en el que Raphael ha reunido a cerca de 10.000 personas en sendos conciertos en una sala madrileña (la última sala de conciertos a la que fui, hace ya algún tiempo, a ver a Sabina). O sea: no podemos cenar con los abuelos porque en casa somos 6 pero si vas a ver a Raphael puedes juntarte de 5.000 en 5.000.

Leo un artículo sobre las «Señoras que se alegran de no ser más de seis en Navidad». Dice que «solo ellas saben el enorme sacrificio que supone preparar, por ejemplo, la cena de Nochebuena: para empezar, hay que ir comprando el marisco en agosto porque el precio en diciembre se pone por las nubes, hacer una lista con los entrantes, los primeros y los principales, preparar el caldo un mes antes, desalar el bacalao durante siete días, dejar hecha la masa de las croquetas y los moldes del hojaldre. Luego está lo de seleccionar la vajilla, limpiar las copas que están llenas de gotas, comprar los cuencos adecuados para la crema, repasar que haya cubiertos suficientes, elegir una mantelería con motivos navideños, adornar la casa (esto ya llevan un mes haciéndolo). Cuando ya tienes todo lo “pre” hay que ponerse con lo “pro”: ir a varios mercados, esperar infinitas colas ¿quién da la vez? ¡señora no se cuele! ¡lo siento, pero se lo acaban de llevar! Hacer varios viajes cargadas con bolsas, jugar al Tetris encajando los alimentos en la nevera, en la despensa y hasta en la bañera».

Todo esto lo hacían mis abuelas, que cada año reunían a 20 y tantas personas de tres (o cuatro) generaciones varios días en estas fechas. Desde que ellas faltan, la verdad es que las reuniones son mucho más limitadas en aforo, menos protocolarias y con el trabajo mucho mejor repartido. Son unas Navidades más humanas, de un tamaño más manejable.

Todo esto pasará, dicen. A saber qué cicatrices nos dejará.

Diario del año de la peste, entrega 211

Mi abuela, cuando oía la canción del anuncio del turrón del Almendro (vuelve a casa vuelve por Navidad), dejaba cualquier cosa que estuviera haciendo, se sentaba en el salón y lloraba.

Hay una historia familiar que nunca he conocido bien, rodeada de brumas y silencios, en la que mi tío, que llevaba tantos meses desaparecido escondiéndose de la policía franquista que en su casa estaban convencidos de que había muerto, porque si no, nos habría hecho llegar un mensaje, decía mi abuela, llamó a la puerta precisamente el día de Navidad, cuando estaban todos reunidos para la celebración tristísima por la ausencia del hijo pródigo.

Yo no había nacido aún, pero siempre me lo he imaginado con una bolsa con algunas mudas, el rostro surcado por la intemperie.

No sé qué harán este año los del Almendro para actualizar su canción, sinfonía de las Navidades de muchos. Muchos no volveremos a casa.

Y no es la Navidad, que siempre hemos detestado cordialmente, con sus familiares insoportables y chistes homófobos y racistas, con el exceso de trabajo de las mujeres de la casa y el exceso de calorías, y el exceso de estímulos que desborda a las criaturas y las deja agotadas e insomnes al mismo tiempo, con su consumismo y su estética hortera y sus tradiciones ancladas en la religión y los tiempos más oscuros.

No es la Navidad, es la distancia. Es la añoranza. Es nuestra infancia. Es la pandemia.

Diario del año de la peste, entrega 210

Me preguntaba al principio de la pandemia, si los territorios (comunidades, países, ciudades) que se libraban entonces del coronavirus era porque lo hacían mejor y por tanto se libraban del todo o si había un componente aleatorio y por tanto, si no les pillaba en ese momento quizás les pillaría en otro.

Vemos ahora las cifras de países Europeos que en la primera ola daban lecciones de savoir faire: Holanda, Alemania, Italia, Portugal, Reino Unido. Todos los que achacaron las malas cifras de España a nuestro modo de vida, nuestra indisciplina, todos han endurecido las medidas o están haciendo marcha atrás en las restricciones por miedo a esa tercera ola con la que nos amenazan después de la Navidad.

Tiene su lógica: la cosa es una pandemia: Si fuera tan fácil librarse no sería pandemia ni nada.

Igual es hora de dejar de pensar que la responsabilidad está en lo que hacemos y lo que no hacemos, que aunque obviamente se pueden tomar precauciones, hay un factor aleatorio incontrolable… no? Igual toca dejar de lado esta obsesión en buscar el origen de la culpa en cada uno de nosotros, como si fuera el pecado original. Que nos podemos cuidar, por supuesto, que hay que vigilar las burbujas y las mascarillas, las ventilaciones y los espacios cerrados… pero que igual no lo cogen los incompetentes, los irresponsables… sino que si toca toca.

Y quizás es más importante tener una buena sanidad para hacerse cargo de los que caen que tanto estigmatizar a los adolescentes díscolos, los desnaturalizados que van a ver a sus mayores, las escuelas que se empeñan en hacer su labor, etc.

Diario del año de la peste, entrega 209

Detesto comprar regalos.

Las aglomeraciones de las tiendas, el hilo musical, el consumismo desaforado, la cantidad de ofertas, la sobredosis de estímulos.

Pensar qué comprar, dónde comprarlo, escoger talla, color, precio. Asegurarte de que se pueda cambiar. Cruzar los dedos para que no sea necesario cambiarlo.

Escuchar en las semanas anteriores las indirectas para tratar de cazar al vuelo el regalo acertado. Comprar lo que te piden y no acertar exactamente.

Los catálogos.

Intentar comprar algo que guste, encaje, sea personal, se note que se ha buscado pensando en esa persona. Intentar comprar algo que no sea demasiado cutre y te haga quedar mal ni demasiado ostentoso y haga sentir mal a la otra persona.

Lo peor es cuando un año se te ocurre algo maravilloso: el año pasado le regalamos a mi madre unos cuadros hechos con los cromos de las tabletas de chocolate de la chocolatería de mi tatarabuelo, que encontré en una caja en la mudanza. ¿Qué le regalas al año siguiente que esté a la altura? Más aún cuando tiene de todo, se puede comprar cualquier cosa que se antoje, y se le antoja poco porque es frugal.

 

 

Diario del año de la peste, entrega 208

En una familia tan numerosa nunca te aburres pero a veces es difícil encontrar espacios de tu a tu con cada una de las personas que la integran. Siempre hay alguien pululando alrededor, escuchando, metiendo cucharada. Hasta el curso pasado, las idas y las vueltas a las extraescolares nos daban estos espacios… ahora van solos a casi todos lados y es más difícil de encontrar el momento.

Pero ayer la conjunción astral hizo que P. y yo comiéramos solos. Nos hicimos uno de nuestros platos favoritos, huevos con patatas (circula estos días un meme que dice «Siempre habías dicho que en Navidad lo que querías comer era un huevo frito: este es el año») y mientras mojábamos pan, escuchábamos la radio.

Pregunta P:

¿En serio ya existen vacunas? ¿Y por qué no nos las ponen a todos? ¿Son muy caras? Si yo fuera millonario, compraría muchísimas dosis y las repartiría a toda la gente que la necesite… si hay gente que no se la puede poner, el virus seguirá ahí y no se terminará nunca.

Y luego pregunta:

¿Este 2020 pasará a la Historia? ¿Dentro de unos años, en los libros se hablará del Covid-19? Cuando tenga hijos les diré: «Yo estuve ahí». Y pasé 3 meses sin salir a la calle. Y cuando nos dejaron salir, solo podíamos salir una hora al día. Y luego nos pasamos mucho tiempo con mascarillas.

 

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