familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Archivo para marzo, 2021

Diario del año de la peste, entrega 263

Puede ser arte de una o varias personas e interior

Escribe P.:

Muchas distopías literarias o cinematográficas tienen una «zona de ocio» donde quienes pueden permitírselo dan rienda suelta a lo prohibido en la sociedad «de bien». Las autoridades hacen la vista gorda a/promueven la presencia de estos lugares, espaciales o temporales, con el fin de que actúen como válvula de escape y se mantenga un ficticio equilibrio: Jezabel en «El cuento de la Criada», la Reserva en «Un Mundo Feliz», las noches criminales de «La Purga»o el disfrute vicario, perverso y sadomasoquista, de la Arena en «Los juegos del hambre».

No nos convirtamos en el territorio de desfogue de esta Europa pandémica.

Diario del año de la peste, entrega 262

Último día del trimestre. Último día de madrugones y despertadores (si nos acordamos de apagarlos hoy). Lo que hace unos años habría sido una preocupación, una fuente de estrés (busca quién se haga cargo de las criaturas mientras trabajas, lidia con campamentos y canguros o tetris en casa de familias amigas), ahora es un alivio. Ventajas de la adolescencia.

Delante se abren diez días con las criaturas en casa, sin obligaciones ni rutinas, llenos de posibilidades.

Pero no iremos a Barcelona, claro: hay cierre perimetral de las comunidades autónomas, solo se puede viajar con causa justificada. Pronto hará un año desde la última vez que fuimos en familia. De casi todo hace un año ya, y que largo se hace todo.

Miles de jóvenes franceses llegan a Madrid en busca de fiesta huyendo de  sus restricciones

Paradójicamente, mientras nosotros no podemos viajar a ver a la familia o conocer mejor algún rincón de la tierra donde habitamos, los turistas si pueden visitarnos. Estos días hemos visto fotos de hordas de franceses en el Centro de Madrid, ocupando las terrazas, sin mascarillas, sin respetar toques de queda. La ciudad se ha convertido en una especie de Parque Temático para turistas europeos, o como dice Mónica García (política y médica), el After de Europa.

Si en algún momento pensamos que podía aprovecharse esta crisis inesperada y drástica para repensarnos y convertirnos en mejores, como colectivo, desde lo económico, lo político, lo social, estamos a punto de perder toda esperanza.

Diario del año de la peste, entrega 261

A veces sueño con las casas donde he vivido: el piso del bloque en el que pasé mi infancia, con la ventana de la habitación donde cuando anochecía jugaba a «ver cine», con las luces apagadas y mirando a la calle; la casa que se construyeron mis padres y que tenía vistas sobre toda la ciudad y un jardín chiquitito; el piso helado donde pasé mi adolescencia, con muebles aprovechados y una maceta con una palmera en la entrada; el piso de mis abuelos en una plaza del barrio de Gracia, con sus muebles recoletos y su chimenea falsa; o la casa de mis bisabuelos, en la otra esquina de la misma plaza, de la que solo recuerdo el comedor oscuro, la habitación interior donde dormía mi tío H., y la galería soleada con la cocina en un extremo y el baño en el otro donde pasaban las tardes mi bisabuelo, mi bisabuela y sus hermanos.

En mis sueños, las casas están vacías pero nunca han dejado de ser mías. Son mi hogar y nadie puede echarme de ellas. Es como si, una vez habitadas, hubieran pasado a ser mías para siempre, aunque nunca viviera en ellas, o hubieran pertenecido a mi familia, o se hubieran vendido.

Cuando tenía 22 años, hace más de media vida, me fui a vivir en un piso alquilado en una esquina de la calle Bailén. Tenía techos altísimos y dos balcones soleados. Lo único que le pedía a la vida era llenarlo de niños y libros; y lo hice.

Siempre imaginé que envejecería en ese piso. Pero nunca había soñado con él.

Hace dos noches, soñé que volvía a mi piso de la calle Bailén. Ya no era mío, la señora que se fue a vivir cuando me marché había desmontado la cocina y no tenía muebles; pero estaba vacío y me quedaba allí.

Diario del año de la peste, entrega 260

Nunca me gustó llevar reloj, y antes de que los móviles se hicieron omnipresentes, me acostumbré a localizar los relojes de la calle (en las iglesias, las marquesinas del autobús, las cabinas de la Once) y a calcular el tiempo a ojo. La cara de un disco – de vinilo era entonces una redundancia, no había otros) duraba unos 22 minutos y a base de ir poniendo música me compartimentaba las tardes.

Ahora el ritmo de mis mañanas los marcan los horarios de mis criaturas: a las 6:30 se despierta B., que es el primero que entra; cuando termina de ducharse es la hora de despertar a A., que no es chico de mañanas y se hace el remolón. Cuando finalmente sale de la cama, suelen ser las 7:15. Un cuarto de hora más tarde, puntual, se levanta P.: de él se podría decir, como de Kant, que a su paso se ponen los relojes en hora. A. (y a veces C., cuando tiene primer turno) se van a las 8 menos 10, y yo me siento a trabajar; P. se despide a las 8:40 para llegar a la escuela sobrado de tiempo. Si ha tenido primer turno, C. regresa a las 11:40.

A las 14:20 llega P. de la escuela; es la hora de ponerse a cocinar si no hay nada ya preparado para que a las 3, cuando llegan A. y C. (si ha tenido segundo turno) podamos comer. B., que ha comido en la escuela suele llegar antes del postre.

Las tardes también tienen sus horarios: las extraescolares, las citas médicas, las quedadas con amigos con horario de vuelta. Ya no les tenemos que llevar y traer de sus planes: ventajas de vivir en un barrio con transporte público y de la adolescencia.

Y es que por fin llegó esta etapa tan temida. Esta etapa en la que las criaturas contestan mal, huelen a vestidor deportivo, se niega a ordenar su habitación, arman broncas por la hora de regreso, se sienten incomprendidos permanentemente y se alejan de forma inexorable de sus madres.

Ser adolescente en tiempo de pandemia. Riesgos en torno a la salud mental |  Entradas UCSP: Articulos IMF

Sin embargo, la verdad es que todos estos augurios negros no parecen estar cumpliéndose, o no tienen el peso que había imaginado. Y no solo porque haya resultado un respiro en cuanto a la logística: poder dejarles solos en casa, poder mandarles a hacer recados, que vayan y vuelvan solos… no tener que madrugar los fines de semana… no tener que estar disponible permanentemente, no tener que «entretenerlos»…

La etapa adolescente de mis criaturas me está pareciendo muy interesante: las conversaciones, sus intereses que se diferencian de los míos y de los que puedo aprender, compartir con ellos películas o libros que han sido importantes para mí, las series ya «adultas» que vemos por las noches… Y poder delegar en ellos algunas cosas de la tecnología, que ya dominan mejor que nosotras.

Y los toques de atención que nos dan en temas vitales como el medio ambiente, o lo asumidas que tienen realidades por las que hemos tenido que luchar las generaciones anteriores.

Vivir la pandemia en adolescencia debe ser tremendo: perderse todas esas cosas que les habría tocado vivir en esa edad en la que cada año es como una vida entera.

Y sin embargo, tengo la impresión de que como familia, este año de tregua ha sido un regalo que nos ha permitido estar más cerca de las criaturas en un momento en el que habrían vivido al otro lado de la puerta.

Diario del año de la peste, entrega 259

No hay ninguna descripción de la foto disponible.

Todos los jueves de mi niñez, eran días de abuelos y primos. El abuelo nos recogía en la escuela y nos llevaba a su casa, donde nos recibía en la mesa del comedor la bandeja de croissants y ensaimadas que había comprado mi abuela.

Ella y la tía (su hermana, que vivía dos plantas más arriba en el mismo edificio) charlaban sentadas en la salita, mientras cosían, o hacían punto o tejían alfombras, la época que les dio por ahí. No sabían estar con las manos quietas.

Los primos jugábamos: sacábamos juguetes del armario de la galería, o bajábamos a columpiarnos al jardín donde mi abuelo tenía su invernadero, o dibujábamos; y, sí había llegado el Cavall Fort que mis abuelos coleccionaban desde su inicio, cuando mi madre y mis tíos eran pequeños, nos peleábamos por ser los primeros que lo leíamos.

Siempre empezaba por al contraportada, con Jep y Fidel, una pareja de amigos montañeros y deportistas, pero después leía el resto, empezando por el humor naïve y sin palabras de Ot el Bruixot.

Leo que Picanyol, su autor, ha muerto. Tenía 73 años.

Con él se va un trocito de mi infancia.

Diario del año de la peste, entrega 258

Puede ser una imagen de una o varias personas y texto que dice "LUCHA DE CLASES SNOWPIERO ER"

Seguimos viendo «Snowpiercer», esta serie en la que el mundo está a 100 y tantos grados bajo cero y todo lo que queda de la humanidad – y presumiblemente de la vida – sobrevive en un tren que no puede parar, porque si para, se congela. Dentro, en sus algo más de 1.000 vagones, se reproduce el mundo tal y como lo conocemos a pequeña escala: las clases sociales, las luchas de poder, el miedo, la traición, la esperanza.

El capítulo de esta semana es toda una metáfora del mundo: las izquierdas y las derechas, la lucha por mejorar el mundo y las reacciones para anclarlo en las desigualdades y los privilegios.

Una metáfora que se puede aplicar con transparencia al momento político de la Comunidad de Madrid, donde Ayuso se ha reivindicado como fascista en un programa de televisión de gran audiencia sin que pase nada.

Se hace difícil no perder la esperanza

pero

«Vivimos en el capitalismo. Su poder parece inexorable. También lo parecía el derecho divino de los reyes. Todo poder humano puede resistir y cambiar por seres humanos. La resistencia y el cambio muchas veces empiezan con el arte, el arte de las palabras».

Ursula K. Le Guinn

Diario del año de la peste, entrega 257

Cuando nos encerraron, ahora hace un año, pensamos que sería un periodo largo: quizás dos o tres semanas. Finalmente, estuvimos en el interior de las casas 99 días. Más de tres meses lidiando con las tareas y el teletrabajo, monitorizando los síntomas del coronavirus sin conseguir respuesta de los servicios de salud. 99 días de calles vacías y tiendas cerradas, aplausos a las 8 y paseos carcelarios en el patio, de «Resistiré» y radio, sed de respuestas, angustia.

Pasamos de leer sobre distopías a vivir en una de ellas.

Un año más tarde, la amenaza de un nuevo confinamiento planea sobre nuestras cabezas. Nos hemos acostumbrado al lenguaje médico y a medir muertos y contagiados. La sanidad pública sigue sin responder, pero las escuelas han abierto. Hemos reducido las distancias y los contactos: apenas vemos a unos pocos amigos y los kilómetros que nos separan de la familia se han hecho inabarcables.

Cuando empecé a escribir estas crónicas, a pesar del título, no pensé en este periodo de tiempo. No pensé que un año más tarde seguiríamos inmersos en la incertidumbre y el desconcierto. Pensé que o bien habríamos vuelto a la normalidad, si es que tal cosa existe, o bien nos habríamos transformado.

Pero no me siento tan distinta a entonces: lo único que es distinto son las rutinas. Las preguntas siguen estando ahí, solo que son más urgentes y más desasosegantes.

Diario del año de la peste, entrega 256

Hace exactamente un año, la tarde del 11 de marzo de 2020, Tedros Adhanom Ghebreyesus, el director general de la OMS, calificó por primera vez el Covid-19 de pandemia. Lo hizo en la rueda de prensa rutinaria sobre el coronavirus, y dijo que «estamos profundamente preocupados tanto por los alarmantes niveles de propagación y gravedad, como por los alarmantes niveles de inacción». Ya se habían detectado unos 118.000 contagios en 114 países y se contabilizaban casi 4.300 personas fallecidas.

Buceo en lo que publiqué en Facebook hace un año:

Una nota sobre la gripe de 1918:

En España, a la mal llamada gripe española (que fue epidemia en 1918) la llamaron gripe francesa. En Senegal era la gripe brasileña; en Brasil fue gripe alemana. En Alemania se llamó gripe de Flandes. Y en Polonia: gripe bolchevique.

Las epidemias siempre son foráneas.

Y una frase premonitoria.

Teletrabajo Y Homeschooling es un oxímoron.

No sabíamos que nos esperaban meses de confinamiento, mirando el mundo desde las ventanas, volcados hacia el patio interior.

No sabíamos que este curso que se truncaba ya no se retomaría, que no volverían a las escuelas, que se perderían las graduaciones y los viajes de fin de curso, las despedidas de los compañeros.

No sabíamos que ese resfriado que no acababa de curar sería uno de los casos del Covid de la primera ola, y que un año después aún quedarían sombras de él.

No sabíamos que un año más tarde acumularíamos más de 2,5 millones de muertos y 117 millones de casos de covid-19 en el mundo. Y lo que queda.

Diario del año de la peste, entrega 255

El día 3 de marzo de 1996 Aznar ganó las elecciones.

Yo llevaba varios meses buscando trabajo, echando currículums, arañando algo de dinero en clases y canguros, siempre insuficientes; V. incluso me llevó a l’Església del Pi a poner una vela a San Pancracio, el de la Salud y el Trabajo. Y yo no podía dejar de pensar que todo estaría parado hasta las elecciones, que no encontraría trabajo hasta que pasara esa fecha.

Recuerdo a Aznar levantando la mano junto a Ana Botella en el balcón de Génova 13, la decepción, el hartazgo.

El día 4 de marzo, C. me llamó.

El día de 5 me reuní con J.

El día 6 empecé a trabajar.

Y hasta hoy he seguido en el mismo equipo.

¡En estos 25 años nos han pasado tantas cosas! Ha habido divorcios y parejas nuevas, han ido llegando criaturas, ha habido muertes – ninguna tan desgarradora como la de Valentina, hace 18 años; esta primavera habría cumplido 21-, enfermedades, despidos, proyectos nuevos, ilusiones, duelos, despedidas, compañeros nuevos, historias que contar, y el equipo se ha ido convirtiendo en una familia.

También el mundo ha cambiado en estos 25 años. Menos de lo que querríamos, claro: lo queremos todo, y lo queremos ahora, pero más de lo que creemos si no nos paramos a echar la vista atrás y vemos que tantas cosas que nos parecían imposibles ahora las damos por sentadas.

También el 8 de marzo ha cambiado: de ser una lucha minoritaria y casi clandestina se ha convertido en un movimiento mainstream, y esto ha traído muchos avances y también cierta banalización.

Se nos olvida que lo que celebramos hoy es el Día de la Mujer Trabajadora, y que lo que conmemoramos es la muerte de decenas de obreras encerradas en una fábrica luchando por ser un poco menos desiguales.

Siempre que llega esta fecha pienso que para no perder el norte, hay que volver a las clásicas:

Feminismo es la idea radical de que las mujeres somos personas (Angela Davis)

No sé lo que es el feminismo: solo sé que la gente me llama feminista cada vez que expreso una emoción que me diferencia de un felpudo (Rebeca West)

Porque todas las comidas han sido cocinadas, los platos y tazas lavados; las criaturas enviadas a la escuela y arrojadas al mundo. Nada queda de todo esto: todo desaparece. Ninguna biografía, ni historia, tiene una palabra que decir acerca de ello (Virginia Woolf).

Diario del año de la peste, entrega 254

Las manifestaciones de los pijos del  barrio de Salamanca contra el confinamiento decretado por el Gobierno de Pedro Sánchez, con las caceroladas tocadas con cuchara de plata; las congregaciones de negacionistas en la plaza de Colón porque las mascarillas les parecían un recorte de libertades , apoyadas por Miguel Bosé; la desfilada de vehículos convocada por la extrema derecha con el lema #FaseLibertad; otra caravana en el Paseo de la Castellana contra la Ley Celáa, convocada por las escuelas concertadas y apoyadas por partidos de derechas; el homenaje a los caídos de la División Azul, con discursos antisemitas y xenófobos; las marchas por la Sanidad Pública; las de los músicos; las que denunciaban la violencia racial a raíz del asesinato de George Floyd; las protestas a favor de la libertad del rapero Pabo Hasél celebradas en la Puerta del Sol.

Todas estas manifestaciones se han celebrado en Madrid durante este año de pandemia. La mayoría, autorizadas por la delegación del Gobierno, muchas de ellas apoyadas por los partidos del gobierno de la comunidad.

Por no hablar de los conciertos de Raphael.

Es inevitable acordarnos de todas y cada una de ellas cuando leemos la noticia de que se han prohibido las manifestaciones del 8 de marzo, del Día de la Mujer Trabajadora, por ¡razones de salud pública”. Y que se ha hecho en la ciudad que se ha negado a los toques de queda, los cierres de comercios, la restricción horaria, el Salvemos la Hostelería y Salvemos la Semana Santa.

La misma Ayuso que en marzo, ante las manifestaciones de Nuñez de Balboa contra el Gobierno aplaudía, ahora dice que el 8 de marzo deja de ser el Día de la Mujer (lo de trabajadora ya si eso) para ser “el Día de la Mujer contagiada”.

Que selectivo el virus, otra vez.

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