familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Archivo para abril, 2021

Diario del año de la peste, entrega 270

Vivimos en campaña electoral permanente, decimos. Lo decimos permanentemente, desde hace varios años.

Veo que hace 4 años, tal día como hoy, publicaba esto:

Y hace dos, me hacía eco de este texto de Raúl Solís:

Que la extrema derecha esté envalentonada significa que este país ha cambiado mucho y que avanzamos irremediablemente hacia una sociedad mejor. Las reacciones sólo se producen cuando hay avances. Son los herederos de los señoritos explotadores que arruinaron la vida a mi madre, poniéndola a fregar de rodillas con ocho años y negándole la posibilidad de aprender a leer y escribir. La nieta de mi madre hoy es universitaria y feminista. No soportan haber perdido el control sobre lo que consideraban suyo y por eso arman un partido reaccionario para luchar por sus privilegios perdidos. Vox es una victoria, no una derrota. Yo hoy voy a votar sin miedo, con alegría y para que sigamos avanzando y nos alejemos de aquel país infame donde creció mi madre, que es adonde nos quieren devolver. La mejor manera de derrotar al fascismo es votar para avanzar y no en clave conservadora. El miedo lo tienen ellos porque saben que podemos ganarlo todo. Y lo vamos a ganar todo.

Y sin embargo

ha vuelto a empezar en campaña y todo se ha polarizado todavía más, se ha exacerbado todavía más, y otra vez tenemos la necesidad de urgencia y callejón sin salida, de necesidad de votar en defensa propia.

En plena campaña electoral, Ayuso usa el correo institucional “Educamadrid” para enviarle un correo a todo el alumnado de primaria para otorgarles la “Gran Cruz de la orden del 2 de mayo” por lo bien que se portaron en pandemia…. El mismo alumnado al que alimentó durante un mes y medio con menús de telepizza; el mismo alumnado que lleva seis meses sin electricidad si viven en la Cañada Real; el mismo alumnado que el curso próximo volverá a estar hacinado en las clases.

Vemos portadas como esta, que blanquean el Fascismo, que estigmatizan la Salud Mental:

O como dice L., parece que la esquizofrenia es un problema de hombres, blancos, españoles, de derechas. El resto es terrorismo.

Leo a amigos catalanes convencidos de que esto no va con ellos, como tantos madrileños pensaban que no iban con ellos los palos del 1-O. No entendí entonces y tampoco entiendo ahora que no vean que son parte de la misma bestia; y que bien funciona el divide y vencerás.

Me duermo angustiada y me levanto agitada.

Sueño que me infiltro en Vox. Estoy un día más de lo necesario y me descubren y tengo que huir en una furgoneta robada, con el móvil que le he quitado a Abascal y que está lleno de información sensible. Después vienen a mi casa (no es mi casa, es la de mi madre, o al menos se parece, aunque en el sueño yo vivo allí) para asesinarme. Pero son una pandilla de descerebrados y no se dan suficiente prisa, así que da tiempo a que alguien de la casa (no sé quién) que está de mi lado mande un mensaje y viene un tipo a sacarme de allí. Les dejamos encerrados en la casa disparando a través de la puerta blindada. Luego el tipo me dice que tengo que irme a un lugar desconocido, al otro lado del mundo. Que no podré comunicarme nunca más con nadie de mi familia, ni hacer búsquedas sobre este tema en google ni volverme a conectar en redes ni nada. Creo que es una granja en algún lugar muy despoblado de Argentina. Bonito pero solitario.

El sueño ha sido muy entretenido, pero creo que debería ir acabando la campaña.

Diario del año de la peste, entrega 269

Puede ser una imagen de una o varias personas y texto que dice "HACE 7 AÑOS Allá donde se cruzan los caminos/ donde el mar no se puede concebir donde regresa siempre el fugitivo pongamos que hablo de...."

Periódicamente, facebook me recuerda alguno de los primeros viajes a Madrid. En estos recuerdos hay fotos de los niños mirando por la ventana, con versos de Sabina

Allá donde terminan los caminos / donde el mar no se puede concebir / donde regresa siempre el fugitivo / pongamos que hablo de Madrid

Entonces convertimos los viajes en un ritual de pasos conocidos que se lo hacían más fácil a B. y A., todavía pequeños. Los auriculares, ir cambiando de emisora mientras comentábamos en voz alta cual tenía en ese momento las canciones que más nos llamaban, siempre había algún momento en el que sonaba Loquillo y su

Siempre quise ir a L.A. / dejar un día esta ciudad / cruzar el mar en tu compañía

Luego empezaba la película y casi siempre la veíamos, aunque fuera de mayores, luego B. les comentaba a sus amigos cuando bajábamos al videoclub (¡todavía había videoclubs!) que había visto esta o aquella y que había alguna escena con sexo, A. casi siempre se dormía apoyado en mi espalda, entonces, tan lejos de esta adolescencia trasnochadora, se dormía con facilidad en cualquier sitio, y yo escuchaba la película con el auricular en un oído y el otro pendiente de lo que hacía B., que se sentaba en otro asiento al lado de otra persona adulta que casi siempre le daba conversación y terminaba diciendo

Que niño tan educado y simpático tienes

Como esa señora a la que enseñó a hacer pulseras con gomitas y le aseguró que les compraría a sus nietas.

Luego subíamos la rampa y al final nos esperaban N. y C. y P. y el cabezón de Atocha y un fin de semana de aventuras y emociones.

Ahora hago el viaje a la inversa y lo hago sola: los niños querrían viajar pero no pueden y en vez de auriculares me dan hidrogel y me pierdo la película, me llevo una novela gorda y leo, a veces duermo un rato también.

Llego a Barcelona cuando empieza este Sant Jordi insólito sin paradas de libros en las Ramblas ni vendedores ambulantes de rosas, hago cola para comprar una rosa para mi madre con un dragón de fieltro en el envoltorio, voy a la reunión de trabajo en la azotea, el único lugar donde podemos encontrarnos tanta gente, y luego camino esta ciudad de distancias cortas, como con mi madre, recojo a T. en la escuela, paso el fin de semana abducida por la familia, ya no llamo a los amigos porque nunca encuentro hueco para verlos, revivo lo agotador – y gratificante – es tener criaturas de 4 años.

Las canciones de entonces, los cuentos, los juegos, el parque, las llantinas de agotamiento, la fascinación siempre renovada por el mundo.

Y luego hago el camino que ahora es de regreso, la misma estación, los mismos asientos, los mismos paisajes que se van sucediendo a través de la ventanilla, bosques con árboles de un verde polvoriento y campos de cultivo de un verde brillante o marrón chocolate, llanuras interminables con calvas, sin presencia humana a la vista, montañas azuladas, polígonos industriales, molinos de viento, el día que se va acabando y cuando llego a Atocha llueve, y esta vez es A. quien me espera al final del pasillo de la estación con N., dice que me ha echado de menos.

Solo han sido dos días, pero me parece que ha crecido.

Y estoy contenta de volver pero también soy muy consciente de que es posible que no pueda regresar nunca; y no sé si estoy preparada para este duelo.

Diario del año de la peste, entrega 268

Que de casi todo hace un año lo hace evidente que vuelven a sonar los grupos de Whatsapp: todos aquellos grupos que fui silenciando el primer mes de pandemia porque no podía soportar el tráfico incesante de pitidos y mensajes.

Volví a la radio el viernes.

Volví a coger el coche, a hacer el mismo recorrido, como quien vuelve a ir en bicicleta: la inercia marca las rutas, los cambios de carril, la velocidad, de esta ruta que hice diariamente durante varios años. Fui prudente al buscar aparcamiento: lo dejé en el primer sitio que vi, dudosa de poder encontrar plaza más cerca de la puerta; pero la había, las había, de hecho, muchas: la gente sigue teletrabajando.

La entrada a la radio, por el extremo opuesto del edificio, como si centralizándola en un único punto fueran a evitar la entrada del virus; como si el virus fuera un enemigo asediando una muralla que hay que proteger. Pero ya no nos obligan a envasar el bolso en una bolsa de plástico que luego tiraremos.

Sigue habiendo hidrogel y ya todo el mundo lleva mascarilla, aunque a más de uno le asoma la nariz.

A la hora de comer, escribo a M.: no sé cómo hay que hacerlo, dónde se come, si es prudente estar sin mascarilla. Me siento como una becaria, insegura ante las novedades de un mundo que no tengo transitado.

Se puede

Luego vemos la última temporada de Shameless, una serie que nos ha acompañado en los últimos años. Vemos a la familia Gallagher con mascarilla (a menudo bajada), sobreviviendo gracias a trabajos precarios en Amazon, acudiendo clandestinamente a los bares oficialmente cerrados, en un barrio de negocios en quiebra que la crisis ha gentrificado todavía más.

La primera serie post-pandémica.

Diario del año de la peste, entrega 267

Puede ser un dibujo animado de una o varias personas y texto

Leo que el 72% de las personas adultas viven a menos de 32 km del lugar donde nacieron.

Yo vivo a 613,6 km y una pandemia de distancia.

Hoy vacunan a mi madre. El primer paso para recortar otra vez la distancia.

Diario del año de la peste, entrega 266

“¡Estamos en cuarentena!”, me dice T., mi sobrina, en una videollamada del fin de semana. Me cuenta que alguien en su clase – no se sabe si un niño, una niña o una maestra – ha dado positivo en coronavirus y que tienen que quedarse diez días en casa. Sus padres ya se han organizado – malamente, tra tra – para poder trabajar de casa estos días mientras atienden a una niña que se sube por las paredes encerrada en un piso pequeño.

Estamos en la era de la cuarentenas: también P. ha estado unos días sin ir al cole esperando el resultado de una PCR porque tuvo un poco de fiebre, aunque sabíamos que difícilmente volvería a tener esta enfermedad que ya pasó el año pasado; y B., en Barcelona, nos contó que ella y F. también estaban pasando en casa el día de su cumpleaños a la espera de un resultado.

Todas estas cosas a las que nos vamos acostumbrando.

Como planificar vacaciones y salidas sin saber si podremos hacerlas, o seguir añorando a la familia en la distancia.

Puede ser una imagen de interior

En el desayuno de hoy le contaba a C. una anécdota de mi adolescencia en la que no reconocí a alguien.

“¿Cómo la ibas a reconocer, con la mascarilla?”

Diario del año de la peste, entrega 265

Puede ser una imagen de cielo

Hoy se ha incorporado a la clase de yoga del centro cultural una mujer que conozco porque es madre del cole, aunque sus hijos no comparten curso con los míos.

Me ha contado que en febrero del año pasado dejó su trabajo porque quería instalarse por su cuenta: tenía un proyecto que dependía del turismo, así que lleva un año sin trabajar.

Además en su casa han tenido Covid y se encuentra floja y cansada, le cuesta respirar. Lo han cogido todos, y su madre ha muerto.

Las pequeñas historias de la pandemia. La vida.

Diario del año de la peste, entrega 264

Puede ser una imagen de texto que dice "SÓLO 2 CONFINAMIENTOS MÁS, Y ES VERANO cactess"

Ha terminado otra Semana Santa constreñidos en los estrechos límites de la ciudad, lejos de la familia, intentando disfrutar del sol y la naturaleza los días que hemos podido.

P. ha celebrado su cumpleaños con amigos, este año sí, pocos para no salirse de la burbuja, que distinto de un año atrás, cuando compartimos por zoom una tarta y no teníamos ni idea de cuántos días nos quedaban de encierro.

La primavera ha estallado en el balcón de casa y florecen los rosales, los claveles, las margaritas, el jazmín, la buganvilla. La hierbabuena ha renacido como todos los meses de abril y el naranjo parece estar resucitando después de las heladas de enero que lo dejaron en los huesos.

Quién me ha robado el mes de abril, nos preguntábamos hace un año.

Ya no estamos encerrados, de casi todo hace un año, y empiezo a entender la expresión “fatiga pandémica”.

Hacemos videollamadas con B. y N., como hacíamos el año pasado, y nos ponemos al día de los amoríos, el estado de salud de las madres, los proyectos, las criaturas.

“Tenemos la cultura”, dice B.; “tenemos los libros y las películas”.

Y las llamadas, pero nunca es suficiente.

Cuando estalla una guerra las gentes se dicen: «Esto no puede durar, es demasiado estúpido». Y sin duda una guerra es evidentemente demasiado estúpida, pero eso no impide que dure. La estupidez insiste siempre, uno se daría cuenta de ello si uno no pensara siempre en sí mismo.

Albert Camus, “La peste”

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