familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Archivo para julio, 2021

Diario del año de la peste, entrega 287

El verano de los 16 empezó una noche de junio en la que M. me llamó para intentar convencerme de que fuera a un concierto de su hermano en la sala Communiqué, y que “llevara a todas mis amigas”. Solo estaba P., y nos fuimos para allá. 

Fue una noche larguísima, con cervezas, música, conversaciones que nos abrieron un mundo nuevo, que nos llevó de ese concierto a otro un rato más tarde, y que terminó en un parque de madrugada, jugando al futbol con M. y sus amigos y prometiéndoles que a la vuelta de Menorca les traeríamos una ensaimada. 

Al día siguiente nos fuimos a Menorca: P., C., Q. y yo. No fui consciente entonces de que sus padres pensaban que íbamos con los míos. 

En esos 20 días pasaron tantas cosas. Descubrimos tantas cosas. Los besos, y el sexo, la toma de decisiones, la necesidad de gestionarnos, lo complicado que se nos hacía movernos en bicicleta, el autoestop, noches en la playa, noches sin dormir, conocer a gente en las fiestas de los distintos pueblos, borracheras y resacas, el sabor de la libertad, hacer tortillas de patatas, limpiar pescado, lavar ropa en la bañera, vivir sin electricidad, la maldicencia de pueblo pequeño, las risas, las canciones, lo fuertes que éramos solo porque éramos un grupo de amigas. 

Luego P. C. y Q. se fueron de vuelta con sus familias, y yo me quedé otro mes y medio con mi madre y mi hermana, añorando esos días sin límites. 

A la vuelta, en septiembre, llevé la ensaïmada que habíamos prometido a M. y sus amigos y nos la tomamos en la fiesta que terminó con todas las fiestas: una celebración del cumpleaños de M. con quejas de los vecinos, amenazas de llamar a la policía, rastros etílicos a la mañana siguiente y una promesa de una vida que entonces parecía tan adulta, pero que solo era adolescente. 

El curso siguiente fue distinto a todos los anteriores. 

Han pasado más de 30 años, pero la última vez que cené con P., C. y Q., ahora que apenas no vemos (a pesar de que entonces estaba segura que seguiríamos unidas el resto de nuestras vidas, que nos sentaríamos en bancos a comer pipas hasta que no nos diera la dentadura), C. dijo “fue el mejor verano de nuestras vidas”. 

Han venido otros veranos que en muchos sentidos han sido mejores, pero aquel verano, el de los 16, fue un verano fundacional. Abrió todas las puertas a lo que viene después de la niñez. Nos hizo pensar que todo era posible. 

Me acuerdo mucho de aquel verano este verano en el que C. acaba de cumplir los 17 y B. está a pocos meses de cumplirlos, este verano en el que no han podido viajar con amigos, ni recortar distancias personales, ni (suponemos) besarse. En todo lo que les ha robado la pandemia a los adolescentes. En los 16 que no regresarán; ni para nosotras, ni para ellos. 

Segunda carta del hijo de un donante

Hace cuatro años me escribió a través de los comentarios del blog M., un hombre que fue concebido a través de donación de esperma. Le pedí permiso para compartir aquí su testimonio y, muy generosamente, accedió. Aquella primera carta abrió muchas cosas: debate, reflexiones, respuestas, un punto de encuentro entre personas que habían sido concebidas a partir de gametos donados y una relación epistolar que, aunque es esporádica, hace que le sienta cercano.

Estos días, a raíz de la publicación de un artículo (que espero poder traducir en los próximos días), se ha vuelto a generar debate en las redes sobre la donación y la forma en la que las personas que han sido concebida mediante este método se sienten. M. me ha permitido compartir aquí sus reflexiones.

A Known Sperm Donor Deals with the D-Word

Hace 4 años  Madre de Marte publicó en éste blog mi testimonio como hijo de donante. En el mismo, manifestaba mi intención de encontrarme con otras personas concebidas como yo. Así fue, las encontré y muchas a raíz del mismo artículo, motivo por el cual agradezco de nuevo el espacio que se me ha brindado para expresarme. Es algo que tenía pensado hacer con anterioridad con el objetivo de recapitular y hacer balance de lo que había ocurrido desde entonces. Pero hoy, siento la necesidad de darle otro sentido a mis palabras, y de hacerlo con cierta “urgencia” debido al debate que se ha producido respecto al artículo que se ha publicado en base una conversación telefónica con una compañera de la comunidad @Nda.drets, una plataforma de Instagram con la que damos voz y ponemos nombre a nuestra lucha por el reconocimiento de nuestros derechos como hijxs de donante anónimo ya adultos. Y no me refiero tan solo al derecho de poder conocer nuestros orígenes biológicos, como lo tienen reconocido las personas adoptadas desde 2015 debido a la instancia que hizo el consejo parlamentario europeo a los países miembros para abolir el anonimato de los donantes, me refiero también al derecho a ser y sentir según somos y no según se pretende o se ha pretendido que seamos.

Para ir al grano, la paternidad y maternidad -sí, he dicho paternidad y maternidad- por donación anónima ha dado lugar a una nueva realidad de vínculos genéticos, sanguíneos, afectivos y filiales que difiere de la que nos ha acompañado como especie desde el origen mismo. Por supuesto esta realidad que se ha mantenido inmutable es la “normal” y aceptada, y la única conocida hasta el momento. No debería hacer falta aclarar, pues, que los campos social y cultural se han amoldado a este. Pero un cambio en la realidad de la disposición y circulación de estos vínculos conlleva cambios también en los otros ámbitos y es obvio que nostrxs, las personas que hemos nacido en este nuevo paradigma relacional vamos a manifestar sentimientos en base nuestra auto concepción que difieren de las del paradigma del resto.

¿En que difiere “nuestro paradigma”? Para ello voy a hablar de vínculo y no de relación, y me gusta diferenciar uno de otro porque para mí, el vínculo puede existir independientemente de si hay o no relación, es decir yo puedo tener un hermano con el que no me hablo, no hay relación, pero seguirá existiendo el vínculo de hermanos.  Un vínculo puede ser de sangre, afectivo, de pareja, etc.

Para la inmensa mayoría de la población, el vínculo biológico con el padre o la madre es inherente al vínculo afectivo, en caso de haber relación, o puramente filial -para distinguir el reconocimiento legal del hijo- cuando no la hay. En nuestro caso no. En esta nueva realidad que encarnamos generada por las donaciones anónimas de gametos estos vínculos existen de manera separada, y para nosotrxs ambos conllevan paternidad -biológica en el caso de la donación de esperma- con lo cual para nostrxs la palabra padre/progenitor puede no tener ningún tipo de carga afectiva, por eso se acompaña de la palabra biológica y por lo tanto puede coexistir a la vez con la palabra padre cargada con todo su sentido afectivo y filial.

Las gafas con las que se miran los vínculos en el resto de modelos familiares discrimina el nuestro. No se puede entender ni permitir ser a una persona si no hay reconocimiento y respeto por sus vínculos, ya que es, como mínimo, la suma de ellos. Yo soy la suma de la relación -plena y bonita, por cierto- que he tenido y tengo con mi padre Jordi desde mis tres años, y de la aportación genética que mi padre biológico vendió a la clínica. Para mi seria doloroso el ser obligado a referirme a mi padre Jordi – a quien cariñosamente llamo padre en funciones – como  ese señor que dormía en la otra habitación cuando era pequeño. De la misma manera que es doloroso y deshumanizante reducir la transmisión de la vida -que es por cierto lo más importante que tengo- a un donante. Desde mi opinión la vida no se da – o se vende- porque no nos pertenece, no escogemos como y cuando nos llega y por lo general tampoco cuando se va, nosotrxs pertenecemos a ella, nos es prestada por un tiempo y se transmite a través nuestro a otrxs y dicha transmisión genera vínculo.

Si yo sin querer tengo relaciones con una posible hermana por parte de padre biológico habrá consanguinidades, eso no es una creencia, ni una invención ni un constructo de ideas, es la llana y rasa expresión de una realidad que no se puede ni se debe tergiversar, esa persona no puede -o debe- tener hijos conmigo porque es mi medio hermana, a la que estoy vinculado.

Negar los vínculos es negarnos a nosotros porque son nuestra conexión directa y de origen con la propia vida y no es una elección sentirlos y pensarlos, es inherente a la condición humana, pero imperceptible para quien no vive los vínculos afectivos y biológicos por separado. Esos genes de un sistema desconocido corren dentro de mí y no puedo sentirlo de otra manera. Reducir los gametos y embriones a simples células equiparables a mucosa o sangre mismos no es despersonalizar subproductos corporales, es despersonalizarnos a nosotrxs, es secuestrar nuestra humanidad en el materialismo más absoluto y radical sobre el que se puede sustentar cualquier tipo de abuso moral y psicológico al desproveer al sujeto de su derecho a la moralidad y la ética. Conocemos sectores que aplican este discurso en otros campos y las consecuencias que ello ha tenido y sigue teniendo.

Precisamente por este motivo me quiero desmarcar diametralmente de la etiqueta que han tratado de colgar a nuestro discurso algunos colectivos que han sufrido y sufren la opresión desde el mismo lugar que la sufrimos nosotrxs. Cuando yo hablo de vínculo no lo hago apelando un modelo de familia tradicional o heteronormativo, como ya he argumentado anteriormente. Para mí la palabra padre en el contexto biológico nada tiene que ver con el que se le da desde las gafas de familia tradicional y normativa. No me siento parte de un modelo tradicional, es más en lo tradicional no hay lugar para mí y eso me invisibiliza y oprime por igual.

Celebro la diversidad de modelos familiares con la esperanza que se incluya el nuestro, también sin dejar ni negar ninguno de los vínculos que nos conforman. Quiero pensar en un futuro donde haya espacio para nosotrxs junto con modelos familiares y de crianza diversos que permitan vivenciar la paternidad y la maternidad biológicas y afectivas juntas o separadas, pero siendo incluyentes, con ética, transparencia y justicia para todas y cada una de las partes.

De otra manera, si solo entendemos la paternidad y la maternidad biológica y afectiva o bien como inherentes o bien como excluyentes, no habrá más remedio que forzar a empujar la diversidad -la que representamos- por opresivos embudos y encajarlas en las casillas preestablecidas que responden al actual paradigma, coartando por el camino las libertades y derechos de muchas personas. Si optamos por el materialismo más radical y reducimos las posibilidades a las que el paradigma dominante ofrece, siempre mezclando el negocio y la falta de transparencia, obviando nuestras voces, las que más tenemos a decir, el futuro que imagino es diferente y hay que ser conscientes de cuál puede llegar ser…

Dinamarca, que es el banco de semen por envío mundial, ya tiene su perfil de donante a la carta más buscado; alto, moreno y ojos claros… España tiene por lo menos 600.000 embriones congelados en sus omnipotentes clínicas. Desde el año 1988 debería haber estado operativo un registro de donantes para limitar el número de hijxs nacidxs de cada uno de ellos. Dicha base de datos no ha existido por 40 años. El comité de bioética siguiendo indicaciones de Europa desaconseja el anonimato. La fertilidad masculina ha bajado hasta un 50% en 80 años…

¿Es este sistema de reproducción transparente, solidario, ético y justo? ¿Son realmente las TRHA un remedio a la infertilidad que consiga invertir este problema creciente? ¿Aceptamos que en un siglo la concepción sea solo a través de un modelo de negocio opaco que genere personas a la carta con sus derechos negados? Para mí es muy desagradable sentir que fui comprado, escogido y deseado solo por una de las partes… Quizás nuestro sentir es una voz de aviso para frenar y poner en debate la ética ante la inercia a la que van las cosas…

Para adoptar en España hay que pasar muchos y complejos procesos, entre ellos uno de idoneidad. Para inseminarse solo hace falta tener el dinero… Antes he comentado que en mi opinión la vida no nos pertenece, nosotrxs pertenecemos a ella, últimamente he leído algunos comentarios para mí difíciles de digerir que destilan una posesión desmesurada hacia los hijxs “adquiridos” en clínicas para llenar ciertos vacíos y necesidades.

Para nosotrxs toda esta frialdad y hacer de la procreación y lxs bebés algo que se puede solicitar y adquirir sin más nos resulta dolorosa – en el formato actual, fundamentada en el anonimato-, como lo es también el hecho de que se criminalicen nuestras voces, o solo se compartan de manera sesgada desde las gafas del adultcentrismo y el sensacionalismo según lo que a unx le remueve o choca desde su posición particular. La situación es mucho más compleja de lo que parece a la par de nueva y merece ser observada y juzgada desde una amplitud de miras bastante más abierta y detenida de lo habitual. Opino que se ha idealizado la maternidad al punto de hacer del deseo derecho sin que medie ningún tipo de reflexión profunda a nivel jurídico, ético, filosófico y antropológico de un tema tan controvertido como lo es el intervenir tecnológica y deliberadamente en la procreación humana eliminando la parte “existencial” o sutil de la transmisión de la vida.

Cuando hablo de la idealización de la maternidad lo hago en tono de crítica a un patriarcado que ejerce presión social sobre la mujer para ser validada como persona solo a través de su capacidad reproductiva y/o de crianza, cuando su valía y, porque no, fertilidad deber ser reconocida también en otros campos.

De la misma manera que me pregunto si el posponer la maternidad cada vez más es realmente liberador para la mujer, o es un control de los tempos de esta para someterlos más fácilmente a los designios del sistema económico, que no procura una conciliación entre dicha maternidad y la realización profesional. Además, esto genera una demanda de gametos que se retroalimenta a su vez de una brecha salarial amplia en España y que afecta especialmente a mujeres jóvenes que ven una salida lucrativa en la explotación de su fertilidad – para profundizar en este tema recomiendo encarecidamente la lectura del libro El Preu de ser Mare de Júlia Bacardit-.

Diría que entendemos que nuestras expresiones puedan chocar, pero es que no solo las entendemos, sino que las conocemos profundamente. Yo por ejemplo he estado 11 años de mi vida, desde que supe cómo había nacido, sin cuestionarme nada sobre mi origen, pero algo no iba bien. Luego desde que reuní el valor para tomar conciencia y actuar de lo que me adolecía, la herida de identidad, pude gestionarlo con mi madre a quien tampoco le fue fácil.

He tenido la suerte de tener una madre dialogante, abierta y comprometida con la verdad y el respeto, gracias a esto ella ha podido acompañarme en mi proceso de manifestar mis propios sentimientos y mi búsqueda de orígenes. Me he hecho adulto así, reconociéndome y manifestándome aun con el riesgo de confrontar a la persona más importante de mi vida como niño y adolescente. A partir de ahí nuestra relación ha sido de adulto a adulto y es uno de mis principales apoyos. Pero han sido 25 años de gestión emocional mutua… Entiendo que ahora recibir el mensaje en un solo texto – o un titular fuera de contexto- no es fácil y puede generar impacto y rechazo…

Hasta los 26 años no fui capaz de confrontar mis heridas de identidad por miedo a hacer daño a mi entorno. Lxs niñxs -por lo general- son fieles a sus padres, de los que dependen totalmente y a los que idealizan, por eso para ellos es tan doloroso y perjudicial cuando hay conflicto entre los padres después de una “mala” ruptura, porque son fieles a ambos. Cuando solo hay un referente, creo que esa fidelidad puede llegar a ser aún mayor, con lo cual cabe también la posibilidad de que la persona, para seguir siendo aceptada, se niegue ciertas emociones y reproduzca el discurso del entorno.

El sentimiento de pertenencia en el ser humano es muy profundo y se pueden ocultar o llevar con dolor muchas cargas con tal de no ser excluido. No son pocos los casos de distanciamiento familiar porque algunx de lxs descendientes no toma el sistema de creencias imperante. No hace falta ir muy lejos para ver familias que -cada vez menos- rechazan a sus hijos por su inclinación sexual. Pero la pregunta es la misma. ¿Qué pasa si tu hijx siente, piensa, actúa y nombra de manera diferente a la que tu deseas para ella? ¿O confronta tu idea de masculinidad o de felicidad o de familia?

Para mí el hecho de que se me ocultara hasta cierto momento mi nacimiento no ha sido algo traumático. Mi madre no me lo ocultó nunca, porque nunca había preguntado, solo me lo contó cuando yo tuve la madurez suficiente como para hacer la pregunta. Así que cuando le pregunté me lo dijo, no antes.

Lo traumático ha sido no saber qué cara y nombre tenía mi padre biológico y pensar porque fue tan irresponsable de vender sus ADN en una fría paja. Lo traumático ha sido preguntarme cada día, cada vez que me miro al espejo o miro a mis hijos de dónde vengo, si me habré cruzado con un hermano sin saberlo, cuanto pagaron por mí, si me escogieron a petición, si esa persona habrá pensado ni siquiera por un momento si yo, su fruto y heredero de su ADN y del de todo su árbol genealógico, existo y estoy respirando en este mismo mundo llevando por mis venas su propia sangre, la que he dado a su vez a sus nietos biológicos.

Para mi resulta muy doloroso leer comentarios o recomendaciones para que los hijos no confundan padre con donante… para mí es sinónimo de programarles para que no confundan masculinidad con vagina por ejemplo… Y si así lo sienten en un futuro menuda mochila cargada de toneladas de conflicto de lealtad familiar les están colgando en la espalda. Aún más doloroso me resulta ver que en eso hay psicólogxs y otros profesionales avalándolo. ¿Dónde queda el código ontológico? Todo acompañado de comentarios sobre si lxs hijxs nacidxs de donación hemos venido siendo el sueño de alguien, o a ser su luz, su guía o la satisfacción de su necesidad…” Mamá necesitaba esperma” escuché espetar a un niñx de 2 años el otro día. Como quien necesita un coche, unas vacaciones o una casa con piscina…

Soy partidario de contar la verdad a lxs niñxs, pero la que ellos puedan asimilar, hablar de esperma a un niño de 2 años que ni tan siquiera sabe de dónde viene el esperma no le está aportando nada en cuanto a su verdad, solo a ojos del adulto que sabe lo que es exactamente el proceso y el origen del esperma. Y la verdad para mí no debe ser el discurso que la madre o el padre desean que tenga de adulto. Entre padres separados ocurre demasiado a menudo que cada uno cuenta al hijo su visión de hechos comunes para que a ojos del niño sea ese el bueno de la peli…para un niñx el bueno es el que le escucha a él y le acompaña validando sus emociones, no el que le invalida con su propio discurso esperando que nunca le cuestione o confronte sus miedos…

He tenido que reunir mucho valor y madurez para tener la fuerza de atreverme a ser yo, y eso que mi madre ha sido “cero” contaminante con su discurso, no solo en cuanto a mi concepción, sino también sobre la relación con la familia de mi padre Miquel al separarse de él, cuando de adulto veo que podría haber tenido motivos de sobras, pero no se trata de la validez de los motivos, sino de permitir ser niñx sin entrar en las causas y motivos de los adultos. Eso no quiere decir que ella no tuviera miedo a que preguntara por mis orígenes, a que considerara padre al donante al que recurrió, pero ese miedo se ha ido esfumando porque ha podido ver que para mí nada de eso es excluyente a una relación sana con ellos – mi paradigma es otro-. Ha sido precisamente  al revés, cuando más he podido ser yo y ser reconocido como tal, más estabilidad he podido tener y más sincera y real nuestra relación.

Todo sería más “fácil” sin salirse del discurso que se espera de unx, pero la vida un día te pone en una crisis, una ruptura, una pérdida o un día tienes hijos y te los miras y sientes por primera vez lo que es el vínculo biológico y afectivo -todo en uno- y te planteas muchas cosas, entre ellas las importantes, como por ejemplo quien soy. Tal y como le ocurrió al señor Demian Adams en el artículo aquí publicado y que me llevo a escribir en Madre de Marte.

En psicología se la llama, en sentido figurado, matar a los padres. Ese es el proceso por el que nace el adulto, tomando conciencia de sí mismo y confrontando su propio sistema de creencias con el de su entorno familiar. Para mi ese proceso no tan solo es necesario a nivel individual, sino colectivo ya que es lo que hace que los sistemas familiares evolucionen, se abran. Porque una familia está definida por los lazos de amor que se establecen, y el amor debe prevalecer dando espacio y lugar a las diferentes maneras de sentir. Es en ese punto que el sistema crece, se expande, se enriquece y con ello lo hace la sociedad que es la suma de las diferentes y diversas familias. Mientras la nuestra sea un tabú, y nuestras emociones y sentimientos de pertinencia diversos y divergentes  -pero no excluyentes-, sean vistos con amor y respeto no tenemos lugar, y eso es opresivo. Negar nuestros derechos a la identidad genética con el anonimato y nuestros vínculos biológicos desproveyéndolos de sus nombres es una forma de invisibilizarnos y forzar de manera violenta un encaje ficticio en unas casillas que no nos representan.

Esto es lo que genera nuestrx dolor, no un trauma. Un trauma, una herida, puede doler un tiempo y dejar marca, pero se cura y sana y puede, incluso, cumplir una función. Cuando se nos intenta meter por donde no pasamos se nos está hiriendo y poco tiene de trauma alzar la voz para decir ¡Ey, no me ves o no te das cuenta, pero me estas forzando y duele!

Me ha llamado la atención como en los grupos de terapia de NDA que ya funcionan de manera organizada en otros países – que por cierto van unos pasos por delante- la gran mayoría de las personas que los componen son mujeres. Yo vengo del mundo de la educación y el crecimiento personal y también la mayoría de personas implicadas son mujeres -la tendencia va cambiando por suerte-. Con lo cual creo que las mujeres, en general, tienen más facilidad para identificar sus emociones y buscar apoyos en el grupo para gestionarlas y están más comprometidas con los procesos propios y el de sus semejantes. Mostrar su vulnerabilidad, transitando sus bloqueos e introyecciones es su gran fuerza. Todo esto lo digo porque para mí es un claro indicador de  que el hecho de no mostrar interés por parte de otrxs nacidxs como nosotrxs en la búsqueda de sus raíces biológicas o el activismo por nuestros derechos no siempre es sinónimo de estar en paz con ello, y que el no actuar tampoco es siempre sinónimo de aceptación, ya que afrontar algo así requiere mucha fuerza y valentía. No solo se sufre de conflicto de lealtad con la familia y el entorno, sino con lo social y jurídico también, con su consiguiente desgaste personal.

Para mí el hecho de que se diga que somos pocos lxs que pensamos/sentimos así no es acertado. Primero de todo porque en España desde hace 40 años han nacido como mínimo de 6.000 personas por año, en los 80/90, a 30.000 del 2.000 en adelante, pero muy pocos saben su origen para poder hablar y aún menos son adultos.  Por último, el argumento “sois muy pocos” para mi es parecido -salvando las distancias y con el merecido respeto- a tratar de invalidar la homosexualidad en los tiempos en que era negada y perseguida judicialmente siendo una etiqueta peyorativa que conllevaba conflictos y vergüenza en la familia…¿Quién se atrevería a salir del armario entonces? ¿Era válido el argumento sobre que eran pocos cuando tenían todo en contra? ¿Quién de nostrxs se atreve a poner sobre la mesa su intimidad, a ser señaladx a manifestar algo que está expresamente prohibido por una ley y que puede llegar a cuestionar la romantización que hay sobre la maternidad…? Si la sociedad y la justicia reconocen nuestrxs derechos quizás será más fácil para muchxs de nosotrxs normalizar nuestra situación y hablar de ello con naturalidad.

Somos un nuevo modelo familiar que ya está aquí. Somos adultxs y tenemos el derecho a decidir y expresarnos sin tener que estar siendo constantemente invalidadxs y cuestionadxs, al fin y al cabo, por cómo nos sentimos, cuando el foco debería ser porqué lo sentimos y que se hace con esta información en 2021, 40 años después de las primeras inseminaciones en España con esperma de donante anónimo. O en todo caso qué intereses desvían el foco del debate…

Lo que está claro es que para que haya el debate debe haber espacios imparciales comprometidos con la libertad de expresión y el respeto. Por eso de nuevo agradezco poder poner voz a nuestro colectivo una vez más en este blog.

Diario del año de la peste, entrega 286

Compitiendo en la era Post-COVID - Steelcase

En otros tiempos, A d l P, en julio solíamos coger un ave mis compañeras y yo y viajábamos a Barcelona, donde está el grueso del equipo en el que trabajamos, para una reunión para preparar la temporada próxima. Salíamos por la mañana, nos peleábamos por los pocos ordenadores que había disponibles, comíamos en el lugar donde suelen hacerlo ellos – que nos parecía bueno en comparación con nuestro comedor; aunque nos aseguraban que, como nos pasa a nosotras, si comes cada día allí acabas aborreciéndolo – y en los huecos que había en la mañana, el mediodía y la noche, analizábamos lo que habíamos hecho en los últimos tiempos y planteábamos los cambios para el siguiente curso. Luego, nos íbamos a cenar.

Este año, claro, ha sido todo por zoom. Mientras estábamos en plena reunión, L., que está de baja maternal y entró por zoom también pero desde su casa, me envío un Whatsapp para decirme “Hace un año y medio que no te veo por la redacción. Se me está haciendo rarísimo todo. Tres personas juntas. Muy loco”.

Marzo del año pasado fue un corte radical de todo. Nos quedamos en casa, dejando en la redacción las cosas, sin despedirnos de nadie. A través del teléfono y programas informáticos, trasladamos lo necesario a los ordenadores en casa; empezamos a vernos solo a través de una pantalla. Fue por teléfono que L. me dijo que finalmente habían decidido ir a por la segunda, y que estaba embarazada; que tenían clarísimo que no iban a tener más, pero la pandemia había dado la vuelta a todo. A través de las reuniones por zoom vimos crecer su barriga y conocimos a su hija por las fotos que nos mandó. Muy loco todo.

Esta semana, finalmente, L. se acercó a la radio a desayunar con el equipo. Quedamos en un bar con terraza, aunque con este julio tan fresco, prefirió que estuviéramos dentro. Primero llegamos J. y yo; luego M. Finalmente, D. Charlamos y nos pusimos el día, le hicimos carantoñas a la niña, nos vimos cara a cara después de año y medio.

Y de repente, sonó el teléfono de D. y él se puso serio, se le demudó la cara. Colgó y nos dijo: la PCR que me hicieron preventivamente antes de ir a un viaje de trabajo que tenía previsto ha salido positiva. Avisó a la empresa y se fue a confinarse a casa.

Nos llamaron de la empresa a M. y a mí: no podéis entrar hasta que sepamos qué tenéis que hacer. Pero tampoco podíamos volver a casa: quizás nos tenían que hacer alguna prueba. Un rato más tarde nos llamaron y nos mandaron al servicio médico, a hacernos pruebas. Les dije que lo había pasado y estaba vacunada, pauta completa. Entonces, me dijo el médico, no te voy a hacer test de antígenos: te voy a hacer el de anticuerpos. Me pinchó un dedo, puso una gotita de sangre en una especie de predictor, salió la raya rosa inmediatamente: estás a tope de anticuerpos, me dijo.

Que tranquilidad.

Diario del año de la peste, entrega 285

Llevo días siguiendo la historia de los adolescentes varados en Mallorca. 

A mí no me gustaría que mis adolescentes se apuntaran a un viaje organizado para emborracharse y desfasarse, entre miles de adolescentes borrachos y desfasados, tampoco antes (o después) del Covid; preferiría que, si quieren celebrar el final de los estudios secundarios, se organicen con sus amigos, al margen de empresas low cost y experiencias mainstream. Y tengo claro que este año no les habría dejado ir, igual que no les hemos apuntado a campamentos o hemos viajado durante este año y medio, igual que se perdió A. su graduación y final de curso de primaria y C. y B. todos los ritos de paso de la etapa que terminó en medio de la pandemia, igual que hemos reducido nuestra vida social a un limitado grupo burbuja y a los exteriores de terrazas y parques. 

También me parece que la atención mediática y el lenguaje superlativo que se ha utilizado está fuera de lugar. Que otros dramas mucho menos televisados son más importantes y dolorosos.

Dos jóvenes escapan del 'hotel Covid' tras el macrobrote en Mallorca: "Se  van porque son libres y punto" | Onda Cero Radio

Pero no entiendo el empecinamiento en señalar única y exclusivamente a los jóvenes que han viajado. Que han viajado porque sus familias se lo han permitido, porque unas empresas especializadas han organizado estos viajes sin ninguna de las más elementales medidas de seguridad, y porque las autoridades sanitarias han permitido este tipo de viajes.

Esto tan neoliberal de apuntar a la paja de la responsabilidad individual y no ver la biga de la responsabilidad social, del modelo de negocio, de la búsqueda del beneficio.  

Que barato sale meterse con los menores, y qué fácil es apartar el foco de lo que realmente importa: el modelo turístico, las prisas por recuperar esto a lo que llamamos normalidad y que es a menudo un despropósito. 

Volvemos a Barcelona, A. y yo. En el tren ya no reparten botellines de hidroalcohol sino que han vuelto los auriculares; han reabierto la cafetería y también venden bebidas y alimentos con un carrito móvil. 

Como si hubiéramos vuelto a la normalidad, como si no hubiera pasado nada. 

Llegamos a Barcelona y A. se encuentra con su abuela después de un año sin verla. 

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