familia monoparental, diversidad familiar y adopción

El verano de los 16 empezó una noche de junio en la que M. me llamó para intentar convencerme de que fuera a un concierto de su hermano en la sala Communiqué, y que “llevara a todas mis amigas”. Solo estaba P., y nos fuimos para allá. 

Fue una noche larguísima, con cervezas, música, conversaciones que nos abrieron un mundo nuevo, que nos llevó de ese concierto a otro un rato más tarde, y que terminó en un parque de madrugada, jugando al futbol con M. y sus amigos y prometiéndoles que a la vuelta de Menorca les traeríamos una ensaimada. 

Al día siguiente nos fuimos a Menorca: P., C., Q. y yo. No fui consciente entonces de que sus padres pensaban que íbamos con los míos. 

En esos 20 días pasaron tantas cosas. Descubrimos tantas cosas. Los besos, y el sexo, la toma de decisiones, la necesidad de gestionarnos, lo complicado que se nos hacía movernos en bicicleta, el autoestop, noches en la playa, noches sin dormir, conocer a gente en las fiestas de los distintos pueblos, borracheras y resacas, el sabor de la libertad, hacer tortillas de patatas, limpiar pescado, lavar ropa en la bañera, vivir sin electricidad, la maldicencia de pueblo pequeño, las risas, las canciones, lo fuertes que éramos solo porque éramos un grupo de amigas. 

Luego P. C. y Q. se fueron de vuelta con sus familias, y yo me quedé otro mes y medio con mi madre y mi hermana, añorando esos días sin límites. 

A la vuelta, en septiembre, llevé la ensaïmada que habíamos prometido a M. y sus amigos y nos la tomamos en la fiesta que terminó con todas las fiestas: una celebración del cumpleaños de M. con quejas de los vecinos, amenazas de llamar a la policía, rastros etílicos a la mañana siguiente y una promesa de una vida que entonces parecía tan adulta, pero que solo era adolescente. 

El curso siguiente fue distinto a todos los anteriores. 

Han pasado más de 30 años, pero la última vez que cené con P., C. y Q., ahora que apenas no vemos (a pesar de que entonces estaba segura que seguiríamos unidas el resto de nuestras vidas, que nos sentaríamos en bancos a comer pipas hasta que no nos diera la dentadura), C. dijo “fue el mejor verano de nuestras vidas”. 

Han venido otros veranos que en muchos sentidos han sido mejores, pero aquel verano, el de los 16, fue un verano fundacional. Abrió todas las puertas a lo que viene después de la niñez. Nos hizo pensar que todo era posible. 

Me acuerdo mucho de aquel verano este verano en el que C. acaba de cumplir los 17 y B. está a pocos meses de cumplirlos, este verano en el que no han podido viajar con amigos, ni recortar distancias personales, ni (suponemos) besarse. En todo lo que les ha robado la pandemia a los adolescentes. En los 16 que no regresarán; ni para nosotras, ni para ellos. 

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