familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Archivo para octubre, 2021

Diario del año del Apocalipsis, entrega 5

La caída de Roma: el día que el mundo entero sintió perecer

¿Cómo fue el día que cayó el Imperio Romano? ¿Dio algún aviso? ¿Los habitantes de Roma se imaginaron que iba a pasar? ¿Supieron leer las señales? ¿Escucharon a los que supieron leer las señales o le condenaron al ostracismo? ¿Se plantearon qué cosas deberían haber hecho de otra manera para que no pasara o lo consideraron un destino inevitable?

¿A qué se dedicaron las semanas anteriores al 4 de septiembre del año 476? ¿Hicieron acopio de comestibles? ¿Fortificaron sus aldeas? ¿Crearon redes de apoyo? ¿Buscaron la manera de conservar sus saberes?

¿Sabremos leer el día en el que todo se acabe? ¿Nos habremos preparado o, como la orquesta del Titanic, seguiremos tocando mientras el barco se hunde? ¿De dónde vendrán los bárbaros? ¿Qué quedará de nuestra civilización para el futuro?

Diario del año del Apocalipsis, entrega 4

LA PSICOLOGIA EN EL COLAPSO

En el colapso, es imprescindible para sobrevivir con mediana salud mental, con básico equilibrio emocional y criterio de realidad, poder empezar a pensar cómo operan los fascismos históricos hoy, desde dentro de la democracia.

Un aspecto es que operan habiendo infiltrado el pensamiento hasta hoy determinar la subjetividad y la cultura que habitamos, bajo dos ideas centrales.

La primera es que el desarrollo y la acumulación pueden ser infinitos. Disparados hacia el todo, como quien siempre puede construir un piso más en el edificio, sin hacer que se venga abajo nunca. Ninguna evidencia en contrario les ha hecho ni hará mella. No se detendrá. Asimila para adentro la tragedia, la incorpora, y sigue. Por sobre todo. Avanza.

La experiencia de la Pandemia y la espera de la humanidad de que esta al fin «pase», sin asumirla como un salto cualitativo, como un cambio civilizatorio permanente, es el primer ejemplo global,  palpable, para toda la humanidad. «Ya va a pasar, sigamos como si nada.».

La segunda idea central es la de la culpa. Quienes en esa acumulación no tienen su lugar de acumulador … asumen que es por propia culpa. Y la culpa tiene una contracara central : la identificación.

La identificación actúa como mecanismo de defensa frente a la culpa. «Que yo no pueda acumular como estos con los que me identifico y a los que -por lo tanto- defiendo como si los fuera a heredar, es culpa de estos otros que no llegaron. Si ellos no estuvieran, yo también podría».

Este mecanismo adormece incluso la inteligencia de reconocer que esto es un proceso en el que el que así piensa, es «el otro que si no estuviera…» de otros que el -por identificación aspiraciónal, por supuesto- tampoco registra. Hasta que sea tarde también para si.

Comprender está siendo imprescindible para vivir. Porque estos mecanismos solo podrán agudizarse.

Y vos ¿Cómo te estás preparando  para este cambio civilizatorio?.

María Adela Mondelli

Diario del año del Apocalipsis, entrega 3

Mi tía abuela R., la hermana mayor de mi abuela, estudió la carrera de Química en la Universidad, aunque nunca ejerció nada relacionado con su profesión: hizo un matrimonio supuestamente ventajoso, tuvo 5 criaturas a las que ayudó con los deberes escolares de Ciencias por encima de sus posibilidades, vivió amargada por su talento desaprovechado, aprendió a conducir pero ante las burlas de su marido nunca se llegó a poner al volante, fue en bicicleta hasta los 70 y muchos y aprendió un inglés impecable que le servía, básicamente, para leer The New York Times.

Rastreaba las noticias internacionales, sobretodo las de Economía, y cada vez que le parecía que iba a haber una crisis de algún tipo, hacía acopio de comida. Sobretodo, de leche condensada, una obsesión de su generación (mi abuela contaba cómo la leche condensada era el bien más codiciado en la guerra; cómo contrataron a una profesora de piano que les pidió que les pagara en botes de leche condensada, y cómo le dijeron que ojala pudieran hacerlo). Cuando los meses pasaban sin que hubiera ninguna crisis, y la leche condensada se acercaba a su fecha de caducidad, hervía los botes, hacía dulce de leche, y lo repartía a toda la familia. Y así hasta que consideraba que tocaba volver a almacenar, porque quién sabe.

When the Lights Went Out: A History of Blackouts in America by David E Nye  – review | Richard Hartley

Me he acordado mucho de mi tía cuando he leído que Austria prepara a sus ciudadanos para un posible apagón a gran escala. El Ministerio de Defensa de este país recomienda hacer acopio de combustible, velas, baterías, conservas y agua potable. Pactar de forma previa con familiares y amigos un punto de encuentro y sentar las bases de una red de cooperación vecinal. «La cuestión no es si habrá un gran apagón, sino cuándo», asegura la ministra de Defensa Klaudia Tanner, basándose en informes de riesgo elaborados por el ejército. El apagón podría ser consecuencia de una nueva epidemia global, de un atentado terrorista o de ataques cibernéticos, incluso de un pico de la demanda o una sobrecarga del sistema. Los carteles publicitarios llaman a instruirse sobre «Qué hacer cuando todo se pare» y advierten que un ‘blackout’ conllevaría que semáforos, ordenadores, cajeros automáticos, teléfonos, internet y muchos otros servicios dejarían de funcionar.

Y a mí me han entrado unas ganas locas de ponerme a comprar leche condensada.

Diario del año del apocalipsis, entrega 2

Hace 20 años, O. me dijo que su vida ya era como sería el resto de su vida: no tendría más hijos, la pareja estable había terminado con la posibilidad de tener amantes nuevos, no viviría cambios importantes en lo laboral, ni se iría a vivir a otra ciudad, no habría grandes aventuras. Hizo esta asunción con resignación y cierta tristeza.

Tenía 40 y pocos años.

Hace pocas semanas estuve hablando con G., que a los 40 y tantos probablemente también tenía claro el resto de su vida. Pero la crisis del 2008 hizo que viera tambalearse su negocio, su pareja la dejó cuando menos se lo esperaba y el año pasado empezó un nuevo trabajo: profesora en el aula de acogida de un instituto.

“Nunca pensé que sirviera para esto”, me dijo, y también “los niños me dicen, profe, tú nunca te enfadas cuando nos equivocamos, tú nos dices que así aprenderemos cosas”.

Hoy, M., que no sé si con 40 años pensaba que su vida ya estaba dibujada, colgaba este dibujo:

Puede ser un dibujo animado

De repente, pierdes el trabajo, o muere alguien de tu familia, o llega un cáncer, o una pandemia, o un apocalipsis; y descubres que toca reinventarse.

Y aquí seguimos

Puede ser un dibujo animado de ropa de abrigo

Hace 11 años, Amanda me dijo “deberías escribir un blog, es terapéutico”. No solo esto: me abrió el blog, lo diseñó, escogió los colores y el fondo y me enseñó a usarlo. No sé si nunca se lo he agradecido lo suficiente.

Un 15 de octubre, hace exactamente una década y un año, empecé a escribir.

Muchas cosas han cambiado desde entonces: la familia monoparental se ha convertido en numerosa, los niños pequeños que no daban un respiro se han convertido en adolescentes que ya empiezan a pensar en volar solos. Vivimos en otra ciudad, he empezado a hacer yoga, vuelvo a tener tiempo para leer y sigo leyendo básicamente novelas policíacas. En libros de verdad, de los hechos de papel y cartón, tela y cola. Echo de menos mi antiguo barrio y cuento los días para que llegue la primavera.

Ya no tengo la sensación de andar haciendo malabarismos sobre un monociclo, que si me paro me mato; pero sigo sin bajar la guardia. Y con las mismas dos vocaciones que me pusieron en marcha: la maternidad y la escritura.

Y aquí seguimos.

Buscando (casi) cada día cosas nuevas que decir, ahora que sobre la adopción siento que lo he dicho todo, que sobre racismo sé que soy solo una aprendiz, que quiero preservar la privacidad de mis criaturas, que la pandemia se ha convertido en el día a día.

A veces me pregunto si debería cerrar el blog; o simplemente, dejarlo morir de inanición.

Pero aquí seguimos.  

Como una forma de resistencia romántica, porque todo pasa muy deprisa y los blogs, que hace 11 años eran el no va más de la modernidad, ahora son una reminiscencia de un pasado remoto. Ahora se lleva la velocidad de las redes, y posiblemente cosas de las que ni siquiera me enterado: siempre he ido a destiempo, por detrás. Siempre me he aferrado a las cosas con las que me sentía cómoda aunque hubieran pasado de moda. Escribo mi blog que cada vez lee menos gente, pero que me sigue sirviendo para ordenar mis ideas.

Diario del año del apocalipsis, entrega número 2

El fin de semana pasado, N. se fue a Ikea a buscar algunos materiales para reformar las zonas de estudio de algunos de los adolescentes. Buscaba tableros, caballetes, patas.

Un par de horas más tarde, regresó sin nada: no había en toda la tienda ni un solo ejemplar, en ningún color, de ninguna de las cosas. De alguna de ellas, no le supieron decir cuándo llegarían; ni si llegarían.

Unos días antes, L., mi compañera de trabajo, me contó que había estado hablando con la dueña de la juguetería de su pueblo. Esta le dijo que no se esperara para comprar los regalos de Reyes; que a día de hoy no le podía garantizar ningún pedido. Que mejor cogiera lo que tiene en stock sin esperar más.

Esto, que puede parecer una anécdota (dos), probablemente es un síntoma de la siguiente crisis que viene: la crisis de suministros. La pandemia, el aumento de la demanda post-encierro, la subida del precio de las materias primas y la energía, bienes cada vez más escasos. La crisis energética ha provocado cierres temporales y reducciones de producción en muchas fábricas.

El crecimiento sin fin parece estar llegando a su fin. Pero seguimos pedaleando a toda velocidad. ¿Qué vendrá después?

Diario del año del apocalipsis, entrega 1

No recuerdo cuál fue la primera novela de Margaret Atwood que leí, allá por los años 80. Entonces llegaban con cuentagotas, se publicaban en distintas editoriales, sin continuidad de ningún tipo. Algunas las compré en inglés antes de que saliera la traducción; otras nunca se llegaron a traducir.

Sí recuerdo la que más me impresionó, claro: fue «El cuento de la criada», que leí y releí decenas de veces en mi adolescencia y primera juventud, cuando releía una y otra vez las novelas que me impactaban.

Me he pasado 35 años intentando convencer a todo el mundo de que leyeran «El cuento de la criada». Con escaso éxito, lo confieso, hasta que llegó la serie, y entonces ya no fue éxito mío.

Ahora me pienso pasar los 30 siguientes intentando convencer a todo el mundo que se lean «La Trilogía de Maddadam», de la que el primer tomó, «Oryx y Crake», publicó una editorial española; el segundo, «El año del diluvio», lo tradujo otra editorial distinta (y también una editorial catalana que, curiosamente, no había publicado el primero). El tercero, «Madaddam», no se ha traducido todavía.

En «La Trilogía de Madaddam» está todo: pandemias, virus de laboratorio, la polarización política, la brecha cada vez más creciente entre ricos que viven en su burbuja de seguridad y bienestar y pobres que malviven de las sobras, experimentos genéticos, destrucción ambiental, el mundo dominado por empresas sin escrúpulos, la gente que vive en los márgenes, las advertencias de los ecologistas que nadie escucha, el colapso final. Y la promesa del resurgimiento.

Hay que leer Madaddam.

Este va a ser el objetivo de mi vida hasta que me muera. A no ser que hagan finalmente la serie que hay prevista y me ahorren el trabajo. Igual hasta traducen el tercero de los libros.

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