familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Aunque mis hijos ya no se prestan a ver películas de animación a menos que les pilles con la guardia baja, me empeñé en ver «Encanto» cuando la estrenaron. Me pareció que no me gustaba mucho, que me gustaba menos que «Coco», que estaba bien pero, pero luego empecé a darle vueltas sobre lo bien que trata el trauma transgeneracional, las expectativas de nuestros mayores, como encajamos en la constelación familiar, las cosas de las que no se habla, la locura, los mandatos familiares y lo difícil que es salirse de ellos.

Ayer, se publicaba en el blog de Gorka Saitua, Educación Familiar, un texto sobre uno de los personajes a los que yo había prestado poca atención pero que me ha resonado tremendamente cercano.

Para los que no hayáis visto la peli, la tía Pepa tiene un “don” que más parece una maldición: puede modificar el tiempo atmosférico en función de su estado de ánimo. Si se enfada, provoca truenos; si se pone nerviosa, tornados; y, si se preocupa, lluvia, entre otros.  

Esto le hace estar muy pendiente de lo que siente, tratando de controlarlo. Porque, a nada que esté un poco afectada, su estado de ánimo afecta a los otros. Sin embargo, sus intentos de regulación emocional rara vez le sirven para nada, y acaba liándola parda, con reproches por parte de su madre y de todo el mundo. Está inmersa en un círculo vicioso del que no puede salir porque, cuanto más se esfuerza por no fastidiar las cosas, más se desregula, recibiendo los reproches del resto.  

Tía Pepa se crio con una madre sola, traumatizada por la pérdida repentina de su marido. Una madre que tuvo que criar 3 niños pequeños, nacidos de manera simultánea. Su hermana es un perfil cuidador (sana a la gente dándoles de comer arepitas), y su hermano Bruno es el chivo expiatorio de la familia, un personaje —no tan sinestro— obligado a vivir en el ostracismo por decir la verdad —profecías— a todo el mundo.  

Es normal que se sintiera toda la infancia en peligro. No podía estar a la altura de su hermana y sabía lo que podía pasarle si se salía del tiesto. Quizás, por eso, empezó a hacer severos esfuerzos para regular su estado de ánimo: quería a su familia y quería estar a la altura exigida para evitar que le manden a la mierda, como a Bruno.  

Ocurrió entonces algo maravilloso. Y es que su forma de protegerse se transfiguró en “don”. Porque hubo un momento en el que sintió que así, desrregulada y un poco loquilla, estaba protegida de las losas que la amenazaban. Era divertida, destacaba las emociones del momento, poniendo color a la experiencia de su familia y, además, estaba a salvo del peligro porque su sufrimiento había dejado de ser amenazante para la gente de casa: “ya sabes cómo es la tía Pepa, jajaja, no pasa nada”.  

No obstante, tía Pepa seguía sin poder relajarse. Cuando se alteraba y aparecía una nube negra, trataba de cambiar lo que sentía y, eso, a veces, hacía que la nube desapareciera, dándole una leve sensación de control, pero a la larga empeoraba las cosas, porque esa nube cargada de energía necesitaba descargar los rayos hasta que al final explotaba en huracán o tornado, desatando el caos en los caminos.  

Hay muchas niñas y niños que tienen una experiencia similar a la de la tía Pepa. Muchos. Niños que sufren terriblemente y que no se sienten legitimados para expresar su sufrimiento por no dañar la relación con los demás, y especialmente con las personas adultas a quienes quieren y necesitan. Que confían en los demás —y a veces los colocan en un pedestal, recreando una comparación en la que salen perdiendo—, pero apenas tienen confianza en sí mismos, porque su sistema nervioso está tan hipervigilante, excitado o tenso, que se sienten un peligro para todo el mundo.  

Ya estas niñas y niños siempre les cascamos lo mismo: que se controlen, que se porten bien y que no molesten ni hagan daño a los adultos, reforzando la idea de que son malos o inútiles para todo el mundo. Pero, así, sólo alimentamos el problema, porque estamos poniendo más presión a la brutal exigencia que ellos mismos se están imponiendo.  

Porque, lo que no se sabe, es que esas nubes, esos tornados, esa tormenta y esa lluvia, no es cosa de ellos, sino de toda la familia.  

Porque, sin toda esa presión, podrían bailar bajo la lluvia, a gusto, divertidos, como Pepa Madrigal al final de “Encanto”.  


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