familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Cuando hablamos con otras madres que lo han sido por adopción o por reproducción asistida, es habitual que estas -sobre todo cuando las criaturas son pequeñas, aunque a veces también sucede con madres de adolescentes o incluso jóvenes – descarten los temas más controvertidos o dolorosos, los que se relacionan por ejemplo con los orígenes o con la ética de nuestras decisiones, diciendo algo así como «yo se lo explicaré bien y mi criatura no dará importancia a este tema». Pero nuestros hijos e hijas crecen… y le dan importancia lo que consideran que la tiene. Como evidencia este artículo de Maria Sellés Vidal, integrantes de la Associació de Filles i Fills de Donant (AFID)

Con los años que hace que gritamos aquello de “patriarcado y capital, alianza criminal”, no sé si es la capacidad de adaptación al medio de las humanas inteligentes– aquel “somos hijas de nuestro tiempo” que he leído a alguna compañera – o si todo es un retrato de la derrota absoluta frente a los valores capitalistas y patriarcales, impregnados y filtrados por todos los espacios como agua por cualquier grieta. Desde mi punto de vista, es exactamente esto: tenemos la casa llena de goteras. Pero aún hay quien va más allá, como una compañera adoptada y activista por la abolición de la adopción internacional y transracial, cuando dice que “todas somos muy feministas y anticapitalistas hasta que una mujer quiere ser madre y no puede”.

No hay materialización más simbólica (¡y exitosa!) de la unión entre capitalismo y patriarcado que las clínicas de reproducción humana asistida (RHA, a partir de ahora) y, para mí, la lucha tiene un objetivo claro: el desmantelamiento de todas las clínicas privadas y la fuerte limitación de las biotecnologías reproductivas, evidentemente siempre sin gametos de terceras personas anónimas, para casos estrictamente de naturaleza médica en la sanidad pública.

Para el contexto necesario, me presento. Soy hija de madre soltera por elección y de un chico que, en su veintena, vendió su semen de forma anónima. Han pasado 31 años y el hombre sigue siendo una persona anónima para mí, su hija biológica. También lo es para todos sus hermanos y hermanas, sus otros hijos e hijas biológicas, a quien yo tampoco conozco: no sé quiénes son ni cuántos son. Esta realidad, que mi madre no escondió nunca (como sí lo hizo al resto de nuestro entorno), me ha causado siempre un gran malestar: cuando era pequeña porque no lo entendía y cuando fui mayor, justamente porque lo entendía.

Quizás me equivoco, pero ahora os imagino a muchas adelantándoos al texto y aventurando una explicación para todo esto que digo; una explicación para mí. Madre de dios la de diagnósticos que me han dejado escritos en mensajes públicos y privados. ¿Qué clase de historia oscura debe tener detrás? ¿Qué otra cosa le debe haber pasado? ¿Cómo de mal debió hacerlo mi madre? ¿Qué ganas de protagonismo debe tener? Supongo que para las que tenéis hijas como yo, encontrar la razón es encontrar también el confort de pensar que vuestras hijas no han tenido las mismas circunstancias que yo o que vosotras no habéis hecho aquello que mi madre sí hizo, y que, por lo tanto, ellas no crecerán para estar así de desorientadas y enfadadas. Quizás os costará creerlo – a mí me costó muchísimo -, pero mi malestar alrededor de mi concepción y situación actual no tiene las raíces en mí, no es individual ni aislado ni descontextualizado. Tampoco tiene la raíz en otras violencias que he sufrido, ni en los errores que haya podido cometer mi madre como cualquier madre del mundo. En definitiva: el problema no soy yo ni mi historia particular.

En cambio, mi malestar viene de ser concebida para satisfacer una demanda con lógicas capitalistas de mercado. Esto quiere decir que mi padre biológico vendió su semen – la materia prima – cuando apenas debía tener 20 años des de una inconsciencia e irresponsabilidad absoluta hacia las consecuencias de aquel acto: yo. Y que mi madre compró el semen de un desconocido desde la misma inconsciencia del impacto que aquello tendría sobre el desarrollo  la salud mental de la persona que tanto deseaba crear. Pero ¿quién tiene la responsabilidad final de tanta inconsciencia? Pues ni más ni menos que quien se lucra de ello. Las clínicas de RHA fomentan, por un lado, un discurso medicalizado, frío y deshumanizado de las partes implicadas: reducir los progenitores a células, equiparar la venta de gametos a la donación de cualquier órgano, no informar nunca a vendedores ni a familias receptoras sobre el derecho de las persona nacidas a conocer sus orígenes y a la identidad…; y por otro lado, uno romántico sobre amor y altruismo – aún más violento que el anterior, si me lo preguntáis -: los vendedores son personas generosas que solo quieren ayudar o todo lo que necesitan las personas nacidas es amor.

Puntualizo antes de seguir que sí: escribo vendedores en masculino expresamente. Lo hago así porque la venta de óvulos va más allá de la captación de chicas jóvenes a través de discursos manipuladores; es, de hecho, la captación de chicas jóvenes a menudo pobres para someterlas a un procedimiento médico de unos posibles efectos secundarios y complicaciones muy graves. Vaya, lo que se conoce como explotación reproductiva.

Mi malestar viene de desconocer mis orígenes, mi historial médico, mi genealogía, generaciones de historias que desembocan en mí y que llevo en mí. De ser intencionadamente creada para no conocer nunca una parte integral de mí; para no tener acceso a una información que me pertenece y que es fundamental para mi existencia. Y de tener conocimiento, además, de que esta información es actualmente propiedad de una empresa privada. De saber que por el bien del negocio, a mí se me ha robado la identidad y la integridad emocional y física y después aún haya tenido que escuchar constantemente desde que tengo memoria que todo se ha hecho en nombre de quererme mucho y desearme mucho. Y que tengo mucha suerte. Y que soy una desagradecida y que qué debe estar sintiendo mi madre, pobre, escuchándome decir todo esto. La perversión. ¿De verdad tú no estarías desorientada y enfadada? Pues ahora imagínate cómo se sentirán las personas nacidas de doble donación. ¿Y las de embriones donados?

Mi malestar, pues, viene de ser un producto privado de derechos desde el día que nací.  

Os traigo ahora a estos señores de la fotografía como estudio de caso. De izquierda a derecha tenéis a Carlos  Bertomeu, José Remohí y Antonio Pellicer, de la valenciana IVI, y a Richard T. Scott, Paul Bergh y Michael Drews, de la estadounidense RMANJ. Estos señores son algunos de los oligarcas de la industria de la RHA. La fotografía es del 2017 i están tan contentos porque aquel día se habían fusionado en una unión, IVI-RMA, valorada en 1.000 millones de euros.

En enero de 2022, fondos de inversión como KKR y Permira ya les hacían ofertas de compra por valor de 2.000 millones de euros. De momento, IVI-RMA sigue en manos de estos seis señores, entre ellos, el CEO y presidente de la aerolínea Air Nostrum. No sé si fue el tercero empezando por la izquierda el que dijo que “su objetivo era que todas las mujeres puedan ser madres.” Por favor, sobre todo que no  se nos ocurra cuestionar la lección tan bien aprendida de que mujer es sinónimo de madre.

IVI-RMA también es quien, el pasado mes de junio, pintó de arco iris su logotipo. Es indudable, toda la fotografía desborda lucha por la liberación del género y la sexualidad. Hasta aquí el caso. Solo dejadme añadir que IVI-RMA resista aún en manos de los empresarios originales es, cuánto menos, una sorpresa. No es el caso de GeneraLife por ejemplo, otro de los conglomerados de clínicas de RHA más grandes de Europa, que desde el año pasado ya pertenece al fondo de inversión KKR.

Llegadas aquí, me pasa que encuentro muy preocupante que desde el feminismo y la lucha LGTBIQA+ se reivindiquen unas maternidades dependientes de esta industria. Y que, además, muchas de estas se cataloguen como maternidades disidentes y emancipadoras. 

¿Quién te dice que puedes ser madre tardía? ¿O que puedes utilizar las células reproductivas de otras personas? ¿Tu cuerpo o tu cuenta bancaria? ¿En qué tipo de industria estamos participando que decide de acuerdo con el nivel de pobreza quién puede ser madre y quién no? En este estadio del debate, hay quien plantea el argumento del progreso y la igualdad. Pero es que el derecho a la maternidad no existe. Indistintamente del sexo, identidad de género, orientación sexual, modelo familiar o salud reproductiva. No existe para nadie. Y este feminismo y movimiento LGTBIQA+ que lo reivindica, más que una lucha por la liberación del género y la sexualidad, parece que se haya convertido en una lucha para tener acceso a las mimas instituciones capitalistas y patriarcales que han servido para oprimir pobres, mujeres y cualquier persona que no sea un hombre cis heterosexual. La realidad es que el acceso a la RHA actual solo se puede defender desde una cadena de pensamiento capitalista: “lo deseo – lo encuentro en el mercado – lo puedo pagar” sin otro cuestionamiento ideológico ni ético, con la libertad individual y una supuesta “plenitud personal” por bandera.

También me parece importante una reflexión desde el punto de vista de la propia vida. Hablamos de poner la vida y los cuidados en el centro, de recuperar los ritmos naturales y de una producción libre de explotación. Resistamos a esta herencia de los valores capitalistas que nos ha dejado una pérdida de consciencia colectiva y a humanas desconectadas del propio cuerpo y emociones, deseantes solamente de placer y comodidades materiales, intolerantes a los límites del propio cuerpo, de la naturaleza y la Tierra, intolerantes a la frustración y consumistas de la abundancia de variedad y cantidad. Mientras tanto, normalizamos forzar embarazos a costa de nuestra salud física y mental y la de la persona que nacerá, cuando el cuerpo nos ha dicho repetidas veces que no, o cuando tenemos 20 años más de la edad en la que estamos físicamente preparadas para gestar y parir. Normalizamos la intervención de la tecnología como opción ordinaria y no excepcional. Normalizamos mujeres que han vendido sus óvulos – su fertilidad – cuando tenían 20 años y que con 40 han tenido que comprar los óvulos – la fertilidad – de otra mujer de 20 años. Realmente, no hay como el capitalismo para robarte lo que es tuyo para vendértelo después.

Y todo esto, ¿por qué? ¿De dónde viene este deseo irrefrenable de ser madre, del que me hablan tantas compañeras? ¿Esta sensación de realización a través de la maternidad? Ya sé lo que me respondéis: que es animal, biológico. Pero es que se me hace complicado defender esto y, a la vez, rechazar los argumentos biologicistas que sustentas el machismo y el patriarcado. Bueno, en cualquier caso nos hemos quedado sin espacio ahora para debatir esto, quizás en otra ocasión. Pero no puedo evitar que me venga a la cabeza toda aquella historia del deseo irrefrenable de los hombres por tener sexo que nos explicaron para justificar la violencia sexual. Qué queréis que os diga, pienso en que biología más conveniente le ha quedado al patriarcado: unos hombres que no pueden evitar inseminar a diestro y siniestro y unas mujeres que no pueden evitar parir.

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