familia monoparental y adopción

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Día de la Familia

Como todos los 15 de mayo, mi Facebook se llena de memes celebrando el Día de la Familia… y la diversidad familiar.

Y como todos los 15 de mayo, me llama la atención lo poco diversas que son estas familias retratadas desde el punto de vista racial, o de capacidades…

¿Por qué si nos es tan fácil ver las discriminaciones que nos afectan podemos ser ciegos a las que no nos tocan de cerca?

En cualquier caso, feliz día, familias.

O como dijo alguien, “grupo de personas organizadas alrededor de una nevera”.

 

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Estiu 1993

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Por fin pudimos ver (una de las pérdidas más grandes que ha supuesto la maternidad es la de las salas de cine) “Estiu 1993”. Una película autobiográfica narrada desde la mirada de la niña de 6 años que un día pierde a su madre y tiene que mudarse a casa de sus tíos y ajustarse a un nuevo hogar, familia, forma de hacer las cosas.

Y al duelo, claro.

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Una de las cosas más bonitas de la película es el retrato de la aflicción, esta emoción sutil que muchas veces no se manifiesta como esperamos y que nos hace pensar que la otra persona ni siente ni padece. Y que sale en forma de llamadas de atención, rebeliones silenciosas, celos. La aflicción que no se desborda hasta que la niña se siente segura, hasta que encuentra espacio para sacarla.

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También es muy interesante (y más para las personas adoptantes) el papel de esa “madre” que de repente se ve obligada a acoger a una niña ajena, a lidiar con su dolor y su carácter y el terremoto que su llegada imprime en su vida. Y con las emociones que todo esto le provoca a ella, que seguro que muchas veces no son las que esperaba ni en las que le gusta reconocerse.

Y las conversaciones de los adultos, y el miedo al SIDA, que en esa época llevaba este estigma (recuerdo que las familias retiraban a sus hijos de los colegios donde había niños con VIH), y la historia que no nos acaban de contar, y su manera de jugar y representar la vida que ha perdido.

Así, tan simplemente.

Diversidad y escuela

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Una de las primeras cosas que aprendemos las familias que no respondemos al estándar de familia-heteroparental-con-(2)-hijos-bios-de-la-misma-raza-sin-discapacidad-de-ningún-tipo es que no encajamos.

Y la escuela no para de recordárnoslo.

Te dan los impresos, las agendas, con su línea de puntos, su lugar para el padre y para la madre; o llega un árbol genealógico con cuadraditos para rellenar, con rama paterna y materna, sin espacio para los padres y madres biológicos de los miembros de la familia; o te piden que dibujes a tu padre, o que le hagas un regalo en su día; o las líneas de vida con fotos desde el nacimiento, aunque ellos no tengan esas fotos; o datos como el peso al nacer o el día que empezaste a andar cuando nadie que conozcas puede darte estos datos.

Y si la escuela, o la maestra, es sensible, tal vez nos lo comente antes a las familias, tal vez nos pregunte cuál es la mejor manera de plantearlo, tal vez nos sugiera que  puede adaptar el trabajo, empezar la línea de la vida en un momento posterior al nacimiento, darle el trabajo del día del padre a un tío o abuelo, poner fotos de cuando era más pequeño donde se le piden fotos de recién nacido, inventarse el peso al nacer… o incluso no hacer el trabajo, o hacerlo y, a diferencia de los compañeros, no exponerlo en público.

Y quizás nuestros hijos acepten estas adaptaciones, o quizás intenten hacer el trabajo a pesar de las diferencias, precisamente para no sentirse diferentes. Quizás les incomode, les revuelva, les duela. Quizás les despierte preguntas que no saben responder. Quizás les haga sentir expuestos. Quizás no entreguen el regalo y se lleven una regañina y un punto negativo, o se sientan estratégicamente mal el día que toca presentarlo. Quizás lo hagan como si no pasara nada. Quizás nunca nos digan lo mal que se han sentido haciendo este trabajo. Quizás nos lo digan y no lo sepamos escuchar.

Pero de lo que no hay duda, es de que el mensaje que todos estos trabajos transmiten a nuestros hijos de que sus familias, ellos, no encajan. De que sus familias, sus biografías, sus colores de piel, sus capacidades, sus vivencias… no son las correctas.

La imagen puede contener: una o varias personas y personas sentadas

En las escuelas se llenan la boca hablando de diversidad… de que las familias, las vivencias, las personas… son todas distintas. De que la diversidad es buena y de que los niños y niñas no tienen que avergonzarse de exponer sus diferencias. Pero el mensaje que transmiten todo el tiempo es el contrario. Cuando en los impresos no cabe ninguna familia que no sea la integrada por madre / padre / no más de tres hermanos. Cuando los árboles genealógicos solo se adaptan a la familia biológica. Cuando llamamos color carne al color de las personas blancas. Cuando los libros de texto solamente muestran familias convencionales, parejas heterosexuales, personas sin discapacidades, gente blanca. Madres que cocinan y padres que conducen. Con corbata, el pelo corto, cara de pagar hipoteca todos los meses.

Nos hablan de la necesidad de visibilizar, pero, ¿cómo se visibiliza lo invisible?

Se podrían plantear los trabajos escolares alrededor de la familia de muchas otras maneras. Por ejemplo, bucear en el pasado sin exigir fotos, datos o etapas de la vida concretas. O buscar familias de ficción , que son de lo más variadas. O hacer un brainstorming entre las criaturas para establecer qué es una familia (a mí me gusta mucho la definición”grupo de personas que se organizan alrededor de una lavadora”). O investigar la manera en la que se abordan cosas distintas en distintas culturas. O buscar referentes de todo tipo, clase, condición, origen.

Trabajar la diversidad de las familias y las personas de la clase, sin parámetros establecidos y sin presuponer nada.

Porque, como decíamos ayer, el problema de la diversidad no es que no la respetemos, no la permitamos, la demonicemos o la discriminemos; el problema fundamental es que no la imaginemos,  no la pongamos encima de la mesa como posible.

La crianza

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La CRIANZA supone un grupo de personas que viven en común, dan seguridad, sentido de pertenencia, identidad, y le prestan toda la atención que necesita. Un grupo de personas que comparten los avatares de la vida y comprometen su futuro en común, viven experiencias similares en una convivencia duradera que origina recuerdos y biografía en común. La CRIANZA filtra las influencias del exterior, hace partícipes de un mismo proyecto y de expectativas similares que posibilitan el tránsito de la dependencia a la autonomía, libertad y responsabilidad.
ENRIQUE MARTÍNEZ REGUERA. Filósofo, psicólogo, pedagogo. Ha tenido más de 15 niños acogidos y 40 años trabajando en casas de tutela.

La voz de los niños tutelados

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La voz de los invisibles, los niños nadie, los sin voz. No os lo perdáis.

Podéis escucharlo aquí.

Y saber más del documental aquí.

Tu primer día en un CRAE

(CRAE: Centro Residencial de Acción Educativa. Así se llaman los centros de menores en Catalunya).

Hay quien dice que es un error llamar “Tríada” a los componentes de la adopción; en primer lugar, porque las tres patas (niños, familia biológica, adoptantes) no forman un triángulo equilátero, sino que son (somos) los adoptantes los que dominamos la situación y el discurso; y en segundo lugar, porque el mueble queda cojo si no tenemos en cuenta otras patas del asunto: los niños que crecen en centros, que no llegan nunca a ser adoptados, pero tampoco se crían en sus familias; la Administración Pública; y los profesionales que integran esta Administración: psicólogos, trabajadores sociales, educadores, funcionarios, jueces…

Hace unos días cayó en mis manos este texto que da voz, precisamente, a dos de estas figuras: el educador empatizando, mirando, al niño que llega al centro. Me he tomado la libertad de traducirlo y compartirlo aquí.

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Ayer llegaste a nuestro CRAE. Tienes 5 años y vienes acompañado de tu hermano de 3, de quien no te separas en ningún momento. Llegasteis a mediodía, cuando todos tus (futuros) compañeros estaban comiendo en el piso. Te acogimos de la mejor manera posible, no se puede hacer de otra manera en esta profesión.

Nunca te acabas de acostumbrar a hacer una acogida a un menor cuando ingresa en un centro. Casi no hay tiempo para que puedas digerir que te han separado de tu núcleo familiar. Ha sido todo tan rápido que ni nosotros mismos sabemos de dónde vienes, con quien vivías y por qué estás aquí.

En concreto, en tu caso, la retirada no ha sido nada fácil. De hecho nunca es fácil pero hay maneras y maneras. Vosotros, aunque lleváis meses con una trabajadora familiar en casa, estabais en el colegio cuando os vinieron a buscar. Sin deciros por qué, cómo y donde, os han traído a nuestro centro. Habéis llegado sin más ropa que la que mamá os ha puesto para ir a clase; tampoco ninguna pertenencia personal, pero sobretodo sin ningún tipo de información sobre qué pasaba.

La primera tarde ha sido muy dura. Os han separado a ti y a tu hermano y estáis en pisos distintos. Tú no te separas de la educadora que ha comido contigo y ahora tienes que estar conmigo toda la tarde. Cambio de turno. Traspaso de información. No entiendes por qué ella tiene que marcharse a casa cuando lleva todo el mediodía contigo y ahora te quedas conmigo, otro desconocido que a pesar del afecto con el que te habla es esto, un desconocido.

Poco a poco vas entrando en la dinámica del piso. A través del juego te vamos conociendo poco a poco. Ya sabemos que te encantan los dinosaurios y los coches de Rayo McQueen. Y gracias a esto, hoy te contaremos un cuento para añadir la primera piedra de la que seguramente sea la herramienta más importante que tiene un educador social en un CRAE: el vínculo. Espero que juntos podamos lograrlo con el paso del tiempo.

La acogida por parte de los otros niños ha sido espectacular, especialmente de los más pequeños. Incluso hay uno menor que tú que explica a su tutora que el niño nuevo “llora porque echa de menos a su madre”. Añade que “pronto la verás y que aquí estarás bien”. En cambio, los que llevan más tiempo y son mayores que tú, se muestran resignados. Ellos también vivieron una situación similar y se suman a la conversación diciendo “mi EAIA me dijo que estaría aquí un año y ya llevo tres. No le queda nada”. Efectos de la institucionalización, supongo.

Llega la cena y empezamos a ver algunas cositas. Con 5 años tienes dificultades para coger el tenedor, la fruta y la verdura te cuestan, hábitos no adquiridos, etc. Un rato de recreo y vamos a dormir. “Es muy pronto”, dices. Y tienes razón, mucha razón. Pero ahora convives con 9 niños más en el piso y 39 en todo el centro. Es por esto que tenemos unos horarios muy distintos a los que hay en las casas “normales”. De hecho, yo, que te tengo que contar un cuento, también me iré pronto.

Pero hoy no tengo prisa. Es tu primer día y me quedo tranquilo cuando después del cuento te duermes enseguida. Mañana nos volveremos a ver. A mí y a todo el equipo educativo que te atenderá y acogerá “hasta que papá y  mamá hagan los deberes”.

Nos vemos mañana, pequeño.

No habrá curación

Leer a los adoptados adultos es una de las cosas que más me han enseñado. Y entre los adoptados adultos que he encontrado en los últimos tiempos, destaca la voz de Maline Caroll. Su blog, So life goes on, no tiene desperdicio. Nos muestra lo poliédricas que pueden ser las emociones, las vivencias más duras, y la forma de gestionarlas.

Me dio permiso para traducir la última de sus entradas y aquí está:

(Otras entradas de Maline Caroll publicadas en este blog son: Mi familia de nacimiento espera de mí y Salí del armario como negra y me siento rara)

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No habrá curación.

¿Cómo es que en lo más profundo, aunque estas personas te hirieran, aún sientes algún tipo de amor por ellos?

No me puedo imaginar volviendo a ser parte de su familia. No es nada que jamás querría. No es nada que necesite. Sin embargo, les echo de menos.

Echo de menos a la gente que permitió que tanto dolor llegara a mi vida. Echo de menos a la gente que me negó la comida, echo de menos a la gente que permitió que estaba bien que yo sufriera abusos.

Echo de menos a las personas que abusaron unas de otras, que se hicieron daño, que vivieron una mentira. La gente que usó el porno de la pobreza para obtener financiación para construirse una mansión. Sí… ellos. Me encuentro, en lo más profundo, echándoles de menos.

Echando de menos su voz aunque lo que dijeran fuera tan mezquino, negativo, racista, vulgar, sexual, abusivo.

Echo de menos el calor que me daban cuando me abrazaban incluso aunque su aliento oliera a alcohol, su abrazo fuera demasiado estrecho, su tacto se demorara unos segundos de más.

Como una persona que regresa a una relación de maltrato, echo de menos los “Siento que te sintieras así, pero…” que me hacían sentir tan insignificante… como si fuera mi culpa que la familia se desmoronara.

Echo de menos sentarme en el regazo de mi padre adoptivo mientras él me degradaba al decirme que no podía ir a casa de mis amigos porque seguía mojando la cama.

Echo de menos esa cama que olía tan intensamente porque cuatro días por semana se saturaba en miedo líquido que nunca cedió hasta el final de mi adolescencia.

Esa cama que contenía tantos recuerdos de abuso, saturación y ansiedad. La cama en la que deseaba dormir pero en la que temía despertar a la 1 de la madrugada, cuando mi padre adoptivo entraría a echarnos un vistazo. Siempre se me acercaba porque sabía que me habría hecho pis. Esa cama rosa con cajones que encajaban en ella.

Me despertaría, me llevaría al baño más cercano y me sentaría en el wáter y esperaría a que hiciera pis para que no se me volviera a escapar. Entonces me buscaría algunas ropas secas, pondría algunas toallas en la parte mojada de mi cama, y me volvería a acostar diciendo “Te quiero”. Siempre estaba muy dormida, los ojos cerrados, y aún así muy consciente de que me despertaba porque había vuelto a mojar la cama.

Odiaba no saber, o no comprender, por qué mojaba la cama. Mojar la cama era para bebés. Siempre me llenaba de vergüenza. Llegó al punto que cuando mis hermanos más pequeños mojaban la cama, me ponía contenta de no ser “la única”.

A veces, incluso, cuando mojaba la cama, me metía en la cama de mi hermana después de ponerme unas bragas secas. Me metía bajo las mantas, temblando, tenía tanto frío, y estaba pegajosa. Ella siempre se hacía a un lado para que pudiera dormir junto a ella.

Creció para ser una supremacista.

Y no lo entendí hasta más tarde. No entendería mi síndrome “de mojar la cama” hasta que estuve en los veintitantos. No me golpeó hasta ser consciente del abuso que había experimentado en manos de mis hermanos de acogida. Pero tardó tanto… todos esos años para entenderlo mejor.

Y aún así, les echo de menos. Echo de menos a la familia que me crió. Echo de menos a mis dos hermanos blancos y sé que nadan en el privilegio y no hacen nada para mitigar las diferencias. Echo de menos oírles hablar aunque su discurso sea tan tóxico. Echo de menos oírles hablar tan afectuosamente de su madre biológica, de cómo esta mujer no podía estar equivocada.

¿Por qué debería echarles de menos? ¿Cómo puedo echar de menos a personas que fueron tan dañinas, tan… equivocadas?

Quizás echarles de menos es parte de un proceso de curación que puede abarcar toda una vida y solo estoy en esta fase en concreto. O quizás echarles de menos significa que estoy enferma, como dijeron que estoy / estaba / estaría siempre.

¿Cómo puedes echar de menos a alguien que te hiere tanto? ¿Cómo puede alguien echar de menos a quien solo te causó dolor? ¿Cómo una victima de maltrato se queda con su maltratador?

Creo que es como lo que pasa cuando tienes hijos. Se vuelven dependientes de ti y no tienen realmente una salida. No saben qué otras opciones hay. Se ven obligados a confiar en sus agresores para sobrevivir.

Me maltrataron en muchos sentidos pero el maltrato que se ha quedado grabado en mi mente, más que cualquier otro, es la alienación que experimento como adulta. La falta de deseo de hablar del maltrato, hablar del tratamiento y hablar de las maneras en las que la sanación puede encararse es probablemente la peor forma de maltrato. Porque no quieren reconocer el elefante en la habitación… ni siquiera cuando se lo señalo. Ni siquiera cuando apunto lo obvio, no quieren mostrar que les preocupa, que es importante para ellos. Esto me afecta en lo más profundo.

¿No soy lo bastante importante para tener también la oportunidad de hallar sanación? Pero quiero que sanemos como familia. Quiero que no volvamos a lo que solía ser, porque lo que solía ser era horrible… quiero que vivamos y existamos en lo que puede ser ahora. Quiero que haya una esperanza y un futuro para mí y para la gente que me crió. 

Pero si soy completamente honesta conmigo mismo, debo admitir que no hay posibilidad de que consiga mi deseo. Nunca lo conseguí de niña, ¿por qué debería hacerlo ahora como adulta? No sucederá. Se necesitan dos para bailar el tango y a menos que el otro lado quiera que suceda, no sucederá. 

No he tenido contacto con mi madre adoptiva durante los últimos 5 años. He tenido un contacto de baja intensidad con mi padre adoptivo y he tenido un contacto aún más escaso con los dos hermanos que son sus hijos biológicos. Las mejores decisiones que he tomado son mantener poco o ningún contacto. Pero solo porque no nos relacionemos, no quiere decir que no pensemos en qué podría y qué debería haber sido. 

Muchos de mis seguidores me preguntan si me pondría triste si murieran. Hubo un momento hace bastantes años donde podría haber respondido honestamente que no. Podría decir que si hubieran muerto en ese momento no me habría importado ni un ápice. Pero ahora, después de muchos años llevando la carga en mis hombros, que murieran sería solo más carga para los que quedan atrás. No he compartido esta carga y no la ha sufrido nadie más en la familia. Es una carga que me pertenece. 

Que estén vivos me da la esperanza de que un día querrán compartir parte de esta carga. Sé que estoy siendo ilusa con esta esperanza… pero tiene que haber alguna razón por la que siguen vivos. 

Lamento no haber tenido infancia. Lamento haber sido traficada cuando era niña. Lamento no haber sido jamás una niña. Recuerdo esconder un biberón bajo mi almohada cuando era pequeña porque por la noche, necesitaba tener ese biberón. Algo tranquilizador tenía que suceder. Tener el biberón me recordaba que una vez fui un bebé, que no salí de la barriga de mi madre como una niña de siete años. Ese biberón me suponía un consuelo enorme. Me hacía sentir que las fases que me perdí, las podía revivir. 

Ahora como adulta, miro atrás y me doy cuenta de cuánto de mi vida fue impuesto por dos personas que me traficaron y controlaron cada aspecto de mi vida. Veo que ahora como adulta necesito centrarme en las cosas que puedo controlar. Hay mucho sobre lo que no tengo control, pero hay mucho que controlo. 

Escribí un post unos meses atrás sobre el suicidio. El suicidio es una realidad para muchas personas y lo es sin duda para mí. Cuando uno se suicida, uno toma el control de algo en su vida. Se suicidan porque o bien han perdido el control de ciertas áreas de sus vidas, o bien no lo han tenido nunca. 

Para mí, cuando me marche, será a través del suicidio. Será a través del suicidio porque nadie me dirá cómo debo dejar esta tierra. No me dieron la oportunidad cuando llegué ni cuando crecí… por Dios nadie me va a decir cómo debo dejar este mundo. 

Creo en el suicidio porque para mí, es la cosa más constante en mi mente. No me lo puedo quitar de la cabeza. No puedo hacer ver que estas ideas no existen. No puedo ignorar el deseo de estar en un sitio distinto. No tengo miedo del otro mundo. No creo en el Cielo ni el Infierno. Creo en lo que hacemos de nuestra vida aquí en la tierra. Algunos días la convierto en paraíso, y otros días la convierto en un infierno. Hay tanto que podemos controlar. 

Así que… no creo que haya curación. Creo que que podemos avanzar para mejorar nuestra vida en la tierra. Pero sanar sin dejar una costra que nos vamos arrancando… curarnos está lejos de lo real. 

Un amigo me dijo una vez que necesitaba mejorar el anuncio de un curso que iba a impartir a un grupo de gente. No le dije que la sanación podría no llegar nunca. No podemos sanar del trauma de la adopción, pero podemos aprender a hacerle frente. Así que quizás la sanación es algo que sucede después de que tomemos control de nuestras vida y lo transmitamos… o quizás no sucederá jamás. No habrá curación… solo formas de hacerle frente. 

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