familia monoparental y adopción

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La crianza

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La CRIANZA supone un grupo de personas que viven en común, dan seguridad, sentido de pertenencia, identidad, y le prestan toda la atención que necesita. Un grupo de personas que comparten los avatares de la vida y comprometen su futuro en común, viven experiencias similares en una convivencia duradera que origina recuerdos y biografía en común. La CRIANZA filtra las influencias del exterior, hace partícipes de un mismo proyecto y de expectativas similares que posibilitan el tránsito de la dependencia a la autonomía, libertad y responsabilidad.
ENRIQUE MARTÍNEZ REGUERA. Filósofo, psicólogo, pedagogo. Ha tenido más de 15 niños acogidos y 40 años trabajando en casas de tutela.

La voz de los niños tutelados

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La voz de los invisibles, los niños nadie, los sin voz. No os lo perdáis.

Podéis escucharlo aquí.

Y saber más del documental aquí.

Tu primer día en un CRAE

(CRAE: Centro Residencial de Acción Educativa. Así se llaman los centros de menores en Catalunya).

Hay quien dice que es un error llamar “Tríada” a los componentes de la adopción; en primer lugar, porque las tres patas (niños, familia biológica, adoptantes) no forman un triángulo equilátero, sino que son (somos) los adoptantes los que dominamos la situación y el discurso; y en segundo lugar, porque el mueble queda cojo si no tenemos en cuenta otras patas del asunto: los niños que crecen en centros, que no llegan nunca a ser adoptados, pero tampoco se crían en sus familias; la Administración Pública; y los profesionales que integran esta Administración: psicólogos, trabajadores sociales, educadores, funcionarios, jueces…

Hace unos días cayó en mis manos este texto que da voz, precisamente, a dos de estas figuras: el educador empatizando, mirando, al niño que llega al centro. Me he tomado la libertad de traducirlo y compartirlo aquí.

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Ayer llegaste a nuestro CRAE. Tienes 5 años y vienes acompañado de tu hermano de 3, de quien no te separas en ningún momento. Llegasteis a mediodía, cuando todos tus (futuros) compañeros estaban comiendo en el piso. Te acogimos de la mejor manera posible, no se puede hacer de otra manera en esta profesión.

Nunca te acabas de acostumbrar a hacer una acogida a un menor cuando ingresa en un centro. Casi no hay tiempo para que puedas digerir que te han separado de tu núcleo familiar. Ha sido todo tan rápido que ni nosotros mismos sabemos de dónde vienes, con quien vivías y por qué estás aquí.

En concreto, en tu caso, la retirada no ha sido nada fácil. De hecho nunca es fácil pero hay maneras y maneras. Vosotros, aunque lleváis meses con una trabajadora familiar en casa, estabais en el colegio cuando os vinieron a buscar. Sin deciros por qué, cómo y donde, os han traído a nuestro centro. Habéis llegado sin más ropa que la que mamá os ha puesto para ir a clase; tampoco ninguna pertenencia personal, pero sobretodo sin ningún tipo de información sobre qué pasaba.

La primera tarde ha sido muy dura. Os han separado a ti y a tu hermano y estáis en pisos distintos. Tú no te separas de la educadora que ha comido contigo y ahora tienes que estar conmigo toda la tarde. Cambio de turno. Traspaso de información. No entiendes por qué ella tiene que marcharse a casa cuando lleva todo el mediodía contigo y ahora te quedas conmigo, otro desconocido que a pesar del afecto con el que te habla es esto, un desconocido.

Poco a poco vas entrando en la dinámica del piso. A través del juego te vamos conociendo poco a poco. Ya sabemos que te encantan los dinosaurios y los coches de Rayo McQueen. Y gracias a esto, hoy te contaremos un cuento para añadir la primera piedra de la que seguramente sea la herramienta más importante que tiene un educador social en un CRAE: el vínculo. Espero que juntos podamos lograrlo con el paso del tiempo.

La acogida por parte de los otros niños ha sido espectacular, especialmente de los más pequeños. Incluso hay uno menor que tú que explica a su tutora que el niño nuevo “llora porque echa de menos a su madre”. Añade que “pronto la verás y que aquí estarás bien”. En cambio, los que llevan más tiempo y son mayores que tú, se muestran resignados. Ellos también vivieron una situación similar y se suman a la conversación diciendo “mi EAIA me dijo que estaría aquí un año y ya llevo tres. No le queda nada”. Efectos de la institucionalización, supongo.

Llega la cena y empezamos a ver algunas cositas. Con 5 años tienes dificultades para coger el tenedor, la fruta y la verdura te cuestan, hábitos no adquiridos, etc. Un rato de recreo y vamos a dormir. “Es muy pronto”, dices. Y tienes razón, mucha razón. Pero ahora convives con 9 niños más en el piso y 39 en todo el centro. Es por esto que tenemos unos horarios muy distintos a los que hay en las casas “normales”. De hecho, yo, que te tengo que contar un cuento, también me iré pronto.

Pero hoy no tengo prisa. Es tu primer día y me quedo tranquilo cuando después del cuento te duermes enseguida. Mañana nos volveremos a ver. A mí y a todo el equipo educativo que te atenderá y acogerá “hasta que papá y  mamá hagan los deberes”.

Nos vemos mañana, pequeño.

No habrá curación

Leer a los adoptados adultos es una de las cosas que más me han enseñado. Y entre los adoptados adultos que he encontrado en los últimos tiempos, destaca la voz de Maline Caroll. Su blog, So life goes on, no tiene desperdicio. Nos muestra lo poliédricas que pueden ser las emociones, las vivencias más duras, y la forma de gestionarlas.

Me dio permiso para traducir la última de sus entradas y aquí está:

(Otras entradas de Maline Caroll publicadas en este blog son: Mi familia de nacimiento espera de mí y Salí del armario como negra y me siento rara)

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No habrá curación.

¿Cómo es que en lo más profundo, aunque estas personas te hirieran, aún sientes algún tipo de amor por ellos?

No me puedo imaginar volviendo a ser parte de su familia. No es nada que jamás querría. No es nada que necesite. Sin embargo, les echo de menos.

Echo de menos a la gente que permitió que tanto dolor llegara a mi vida. Echo de menos a la gente que me negó la comida, echo de menos a la gente que permitió que estaba bien que yo sufriera abusos.

Echo de menos a las personas que abusaron unas de otras, que se hicieron daño, que vivieron una mentira. La gente que usó el porno de la pobreza para obtener financiación para construirse una mansión. Sí… ellos. Me encuentro, en lo más profundo, echándoles de menos.

Echando de menos su voz aunque lo que dijeran fuera tan mezquino, negativo, racista, vulgar, sexual, abusivo.

Echo de menos el calor que me daban cuando me abrazaban incluso aunque su aliento oliera a alcohol, su abrazo fuera demasiado estrecho, su tacto se demorara unos segundos de más.

Como una persona que regresa a una relación de maltrato, echo de menos los “Siento que te sintieras así, pero…” que me hacían sentir tan insignificante… como si fuera mi culpa que la familia se desmoronara.

Echo de menos sentarme en el regazo de mi padre adoptivo mientras él me degradaba al decirme que no podía ir a casa de mis amigos porque seguía mojando la cama.

Echo de menos esa cama que olía tan intensamente porque cuatro días por semana se saturaba en miedo líquido que nunca cedió hasta el final de mi adolescencia.

Esa cama que contenía tantos recuerdos de abuso, saturación y ansiedad. La cama en la que deseaba dormir pero en la que temía despertar a la 1 de la madrugada, cuando mi padre adoptivo entraría a echarnos un vistazo. Siempre se me acercaba porque sabía que me habría hecho pis. Esa cama rosa con cajones que encajaban en ella.

Me despertaría, me llevaría al baño más cercano y me sentaría en el wáter y esperaría a que hiciera pis para que no se me volviera a escapar. Entonces me buscaría algunas ropas secas, pondría algunas toallas en la parte mojada de mi cama, y me volvería a acostar diciendo “Te quiero”. Siempre estaba muy dormida, los ojos cerrados, y aún así muy consciente de que me despertaba porque había vuelto a mojar la cama.

Odiaba no saber, o no comprender, por qué mojaba la cama. Mojar la cama era para bebés. Siempre me llenaba de vergüenza. Llegó al punto que cuando mis hermanos más pequeños mojaban la cama, me ponía contenta de no ser “la única”.

A veces, incluso, cuando mojaba la cama, me metía en la cama de mi hermana después de ponerme unas bragas secas. Me metía bajo las mantas, temblando, tenía tanto frío, y estaba pegajosa. Ella siempre se hacía a un lado para que pudiera dormir junto a ella.

Creció para ser una supremacista.

Y no lo entendí hasta más tarde. No entendería mi síndrome “de mojar la cama” hasta que estuve en los veintitantos. No me golpeó hasta ser consciente del abuso que había experimentado en manos de mis hermanos de acogida. Pero tardó tanto… todos esos años para entenderlo mejor.

Y aún así, les echo de menos. Echo de menos a la familia que me crió. Echo de menos a mis dos hermanos blancos y sé que nadan en el privilegio y no hacen nada para mitigar las diferencias. Echo de menos oírles hablar aunque su discurso sea tan tóxico. Echo de menos oírles hablar tan afectuosamente de su madre biológica, de cómo esta mujer no podía estar equivocada.

¿Por qué debería echarles de menos? ¿Cómo puedo echar de menos a personas que fueron tan dañinas, tan… equivocadas?

Quizás echarles de menos es parte de un proceso de curación que puede abarcar toda una vida y solo estoy en esta fase en concreto. O quizás echarles de menos significa que estoy enferma, como dijeron que estoy / estaba / estaría siempre.

¿Cómo puedes echar de menos a alguien que te hiere tanto? ¿Cómo puede alguien echar de menos a quien solo te causó dolor? ¿Cómo una victima de maltrato se queda con su maltratador?

Creo que es como lo que pasa cuando tienes hijos. Se vuelven dependientes de ti y no tienen realmente una salida. No saben qué otras opciones hay. Se ven obligados a confiar en sus agresores para sobrevivir.

Me maltrataron en muchos sentidos pero el maltrato que se ha quedado grabado en mi mente, más que cualquier otro, es la alienación que experimento como adulta. La falta de deseo de hablar del maltrato, hablar del tratamiento y hablar de las maneras en las que la sanación puede encararse es probablemente la peor forma de maltrato. Porque no quieren reconocer el elefante en la habitación… ni siquiera cuando se lo señalo. Ni siquiera cuando apunto lo obvio, no quieren mostrar que les preocupa, que es importante para ellos. Esto me afecta en lo más profundo.

¿No soy lo bastante importante para tener también la oportunidad de hallar sanación? Pero quiero que sanemos como familia. Quiero que no volvamos a lo que solía ser, porque lo que solía ser era horrible… quiero que vivamos y existamos en lo que puede ser ahora. Quiero que haya una esperanza y un futuro para mí y para la gente que me crió. 

Pero si soy completamente honesta conmigo mismo, debo admitir que no hay posibilidad de que consiga mi deseo. Nunca lo conseguí de niña, ¿por qué debería hacerlo ahora como adulta? No sucederá. Se necesitan dos para bailar el tango y a menos que el otro lado quiera que suceda, no sucederá. 

No he tenido contacto con mi madre adoptiva durante los últimos 5 años. He tenido un contacto de baja intensidad con mi padre adoptivo y he tenido un contacto aún más escaso con los dos hermanos que son sus hijos biológicos. Las mejores decisiones que he tomado son mantener poco o ningún contacto. Pero solo porque no nos relacionemos, no quiere decir que no pensemos en qué podría y qué debería haber sido. 

Muchos de mis seguidores me preguntan si me pondría triste si murieran. Hubo un momento hace bastantes años donde podría haber respondido honestamente que no. Podría decir que si hubieran muerto en ese momento no me habría importado ni un ápice. Pero ahora, después de muchos años llevando la carga en mis hombros, que murieran sería solo más carga para los que quedan atrás. No he compartido esta carga y no la ha sufrido nadie más en la familia. Es una carga que me pertenece. 

Que estén vivos me da la esperanza de que un día querrán compartir parte de esta carga. Sé que estoy siendo ilusa con esta esperanza… pero tiene que haber alguna razón por la que siguen vivos. 

Lamento no haber tenido infancia. Lamento haber sido traficada cuando era niña. Lamento no haber sido jamás una niña. Recuerdo esconder un biberón bajo mi almohada cuando era pequeña porque por la noche, necesitaba tener ese biberón. Algo tranquilizador tenía que suceder. Tener el biberón me recordaba que una vez fui un bebé, que no salí de la barriga de mi madre como una niña de siete años. Ese biberón me suponía un consuelo enorme. Me hacía sentir que las fases que me perdí, las podía revivir. 

Ahora como adulta, miro atrás y me doy cuenta de cuánto de mi vida fue impuesto por dos personas que me traficaron y controlaron cada aspecto de mi vida. Veo que ahora como adulta necesito centrarme en las cosas que puedo controlar. Hay mucho sobre lo que no tengo control, pero hay mucho que controlo. 

Escribí un post unos meses atrás sobre el suicidio. El suicidio es una realidad para muchas personas y lo es sin duda para mí. Cuando uno se suicida, uno toma el control de algo en su vida. Se suicidan porque o bien han perdido el control de ciertas áreas de sus vidas, o bien no lo han tenido nunca. 

Para mí, cuando me marche, será a través del suicidio. Será a través del suicidio porque nadie me dirá cómo debo dejar esta tierra. No me dieron la oportunidad cuando llegué ni cuando crecí… por Dios nadie me va a decir cómo debo dejar este mundo. 

Creo en el suicidio porque para mí, es la cosa más constante en mi mente. No me lo puedo quitar de la cabeza. No puedo hacer ver que estas ideas no existen. No puedo ignorar el deseo de estar en un sitio distinto. No tengo miedo del otro mundo. No creo en el Cielo ni el Infierno. Creo en lo que hacemos de nuestra vida aquí en la tierra. Algunos días la convierto en paraíso, y otros días la convierto en un infierno. Hay tanto que podemos controlar. 

Así que… no creo que haya curación. Creo que que podemos avanzar para mejorar nuestra vida en la tierra. Pero sanar sin dejar una costra que nos vamos arrancando… curarnos está lejos de lo real. 

Un amigo me dijo una vez que necesitaba mejorar el anuncio de un curso que iba a impartir a un grupo de gente. No le dije que la sanación podría no llegar nunca. No podemos sanar del trauma de la adopción, pero podemos aprender a hacerle frente. Así que quizás la sanación es algo que sucede después de que tomemos control de nuestras vida y lo transmitamos… o quizás no sucederá jamás. No habrá curación… solo formas de hacerle frente. 

Dejemos de hablar de mochilas

La de la mochila es una de las primeras metáforas que aprendemos los adoptantes. Nuestros niños no son niños como los demás, a diferencia de los otros, no son páginas en blanco, sino niños con un pasado, con unas vivencias que les lastran el paso: con mochila.

En la entrada anterior, Nuria, lectora y madre de dos hijos adoptados, reivindicaba los errores que subyacen tras esta metáfora. ¿Podemos llamar “mochila” a algo que uno no puede quitarse?

 

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Nunca podré entender que alguien quiera “deshacer ” una adopción. No se puede. No se despare, no se desadopta.

Pero entiendo a la fuerza que las dificultades que tiene un niño o niña adoptados no son una mochila que se cura con amor. son el resultado de ver truncados todos los procesos de maduración emocional y desarrollo. Y desde luego que mejoran con la atención y el cariño , pero algunos daños son irreversibles.

La gente te pregunta ¿y los dos tienen dificultades? ¡qué mala suerte! No, no es mala suerte. Tener dos hijos adoptados con dificultades varias no es mala suerte, es realidad.

Es lo que hay. Lo normal no es pasar un abandono, un orfanato o un cuidado negligente sin secuelas. No es una mochila, porque las mochilas se quitan y no son parte de ti. Tus carencias, tu fragilidad, el no saber modular las emociones, las dificultades en el vínculo…están y son parte de ti y una parte que no se cura, que se lima como se puede si se puede…Y estas secuelas son muy variables, pero no se curan mejor o peor en función de la cantidad de amor que podamos dar ni desaparecen al año de “tener una familia que te quiere”.

¿Dónde quedan mis derechos?

Hace algunos días descubrí un blog de una adoptada adulta que me pareció muy interesante. No he dejado de seguirlo desde entonces… Ayer publicó una entrada donde, a través de su propia historia, nos interpela sobre dónde queda este bien superior del menor del que tanto y tanto hablamos. Con su permiso, lo comparto aquí. No soy capaz de añadir nada más.

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Estamos todos perplejos ante el último caso conocido de negligencia por parte de los servicios sociales, el caso de Joan, como le llaman sus padres de acogida, o Juan, como le llama su familia biológica, arrancado de los brazos de su madre y entregado en pre-adopción de forma prematura, y teniendo que ser devuelvo pocos años mas tarde, causando con todo el proceso un daño irreparable en su madre, que ha tenido que vivir sin él, a sus padres pre-adoptivos, que ahora pierden al que sienten su hijo, y sobre todo a él, a Juan, a Joan, al niño, que no ha podido crecer junto a su madre y que ahora tiene que decir adiós a todo lo que conoce, a quien él considera sus padres, a sus amigos, a todo su entorno, y todo por errores en la administración.

Este es un caso que se ha mediatizado, que se ha hecho público, creando un gran debate, poniendo y exponiendo a ambas partes a la opinión pública y al juicio de todo el que quiera juzgar, pero no podemos olvidar que solo es un caso más, uno de muchos, porque por desgracia, somos muchos, demasiados, los que hemos tenido que sufrir las consecuencias de un sistema que no piensa en los niños, no podemos olvidar que muchos somos o en otro tiempo, hemos sido un Joan, o un Juan.

Hace ya muchos años de mi caso, que fue muy mal gestionado desde el principio. Antes ya de mi nacimiento constan episodios de malos tratos hacia mi hermana mayor, en los que servicios médicos y vecinos denunciaron el caso en múltiples ocasiones, sin embargo, nadie hizo nada por cortarlo o evitarlo. Tras mi nacimiento ambas sufrimos abusos, y tras el de mi hermano también. Durante años sufrimos golpes, palizas y agresiones, pasábamos hambre y abandono, y nadie hizo nada. Poco después de nacer mi hermano se abrió el primer expediente por presuntos malos tratos, y me horroriza pensar que se calificó de presuntos, cuando durante años los informes médicos y diversas denuncias los estaban alertando, y aún así, pasó otro año hasta que alguien movió un dedo, dejándonos mientras tantos en manos de una mujer adicta y prostituta que seguía maltratándonos diariamente.

Con 2 años y medio aproximadamente, fui ingresada de urgencia por una hemorragia interna ocasionada por otra paliza más, una de tantas, pasé una temporada en la UCI y mi hermano tuvo que ser tratado por una grave desnutrición, el hospital denunció el caso, y aún así, cuando me dieron el alta volvimos una vez más con mi madre biológica, porque a la persona que le correspondiera tomar la decisión, pensó que donde íbamos a estar mejor que con nuestra propia madre. Pasó un tiempo hasta que alguien decidió llevarnos a un centro de acogida.

De entrada nos separaron de mi hermano pequeño, algo que nunca voy a terminar de entender. Lo llevaron a otro centro por la corta edad que tenía entonces, y a mi hermana y a mi nos metieron en un internado masificado, donde convivíamos, o mejor dicho, sobrevivíamos diariamente, niños desde los 3 años hasta los 18. Los pequeños allí éramos carne de cañón, y nadie controlaba lo que pasaba en aquel lugar. Durante 5 largos años vivimos allí, 5 años en los que yo sufrí de nuevo agresiones, palizas y violaciones por parte de otros menores. Era fácil ocultar estos hechos porque era un centro muy grande, con varias plantas, muchísimos menores para controlar entre poca gente. Las personas responsables de nosotros, las que se supone que tenían que protegernos, hacían la vista gorda cuando te decidías a contar algo de lo que pasaba, minimizaban lo que ellas consideraban “peleas de críos”, y prácticamente nos dejaban a nuestra suerte en una jungla en la que  solo sobrevivía el más fuerte.

Para seguir complicando las cosas para nosotros, cada determinado tiempo la asistenta social decidía que teníamos que volver unos días con mi madre para intentar hacer algún tipo de adaptación a la vida con ella con intención de que volviéramos bajo su custodia, porque por algún motivo que desconozco pensó que mi madre se rehabilitaría, y se obcecaba en devolvernos con ella, para volver de nuevo a un infierno. Durante esas visitas seguíamos siendo maltratados, y mi hermana y yo en más de una ocasión fuimos violadas por clientes de mi madre, que nos ofrecía a ellos, supongo que pagarían más… Como es evidente, volvíamos de nuevo al internado.

Mi madre tampoco nos dejaba ser libres de ser adoptados. La asistenta o alguien determinó que tenía que hacernos visitas cada cierto tiempo y alguna llamada, para así demostrar su buena fe, que ella se quería hacer cargo de nosotros, y por lo tanto no lo consideraran abandono. Mi madre hacía lo mínimo, pero lo estrictamente necesario para que no lo considerasen como tal, mostrando así una supuesta muestra de intención de una supuesta rehabilitación que era evidente que nunca llegaría, y que efectivamente, nunca llegó, pero mientras tanto, yo me fui pudriendo allí encerrada, sin saber lo que era el amor, el cariño de una familia, sin saber lo que era sentirse parte de algo, sin demasiadas cosas que a nadie le deberían faltar, menos aún a un niño.

Pasados 5 años mi hermano y yo fuimos adoptados por separado, mi hermana mayor tardó más tiempo aún. Yo tenía 9 años. 9 años de abusos, de humillaciones, de violaciones, de abandono, de hambre que se podían haber evitado de una forma muy sencilla, porque era un caso excesivamente claro como para no ver que no había más solución, y aun así nadie lo hizo. 9 años de mi infancia y de mi vida perdidos por una madre ausente, que le importaban más sus vicios que yo. Perdidos por una administración negligente incapaz de ver los errores internos que condenan a niños a una infancia de absoluta soledad. Perdidos una institución carente de medios ni ganas de hacer nada que permitió todo tipo de aberraciones contra niños indefensos. 9 años de golpes y de situaciones anormales que han dejado dañada mi salud de por vida, y lo peor es que se podía haber evitado.

Y ahora yo me pregunto, si lo que tiene que prevalecer en estos casos es el bien al menor, el bienestar del niño, ¿Quien veló por mi? ¿Donde estaban esas personas que debían protegerme? ¿Donde quedaron mis derechos? ¿Porque se tardó tanto en ver que mi madre no tenia intención de rehabilitarse? ¿Es tan complicado tener unas pautas en las que si un niño esta siendo maltratado, dirijan al mismo hacia una adopción sin tanta dilatación? Y lo más importante de todo, ¿Donde está la protección del menor?

La madre de Juan Francisco

Es posible que hayáis visto a los padres adoptivos llorando desconsolados al ir a entregar al niño. A los vecinos y amigos manifestándose y pidiendo justicia (¿contra la propia justicia?). O hayáis oído al abogado defensor de los adoptantes arremeter contra la decisión judicial y la madre biológica.

Pero a mí la voz que más me ha impresionado es la de la madre de Juan Francisco.

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Mi nombre es María José Abeng Ayang.

Soy española, aunque mi piel sea negra. Nací en Guinea, y me vine con mi familia a España a la edad de dos años, acompañada de mi madre y mis dos hermanas. Mi madre vino a buscar un futuro mejor para sus hijas, y así crecí yo… en España… pensando que habíamos llegado por fin a nuestro país, al sueño prometido…

Fui al colegio aquí, hice mis amigas, mi mundo y me creí europea. Y digo esto porque, evidentemente, mi madre no tenía el mismo concepto (las niñas guineanas no salen de su casa, se acuestan a las 7 de la tarde, y no van al parque solas con sus amigas). Así que a los 11 años, creyéndome la reina del mundo, y ante todo europea, yo no podía “permitir”, que, mi madre decidiera que debía acostarme temprano o que no podía ponerme una ropa determinada, entre otras muchas cosas, porque repito, YO ERA EUROPEA.

Así que un día, se me ocurrió la “maravillosa” idea (recuerden que tenía 11 años) de acudir al puesto de la Guardia Civil, para que dijeran a mi madre que yo no era guineana. Pero no fue así. Desde la Guardia Civil, se avisó a los Servicios Sociales del Principado de Asturias, y ahí empezó algo… que no sé muy bien como describir. Quizá la palabra exacta sea “el infierno”. Quizá yo había muerto y había ido directamente al averno sin pasar por el purgatorio.

A partir de ese mismo día, me ingresaron en un centro de acogida. Y aunque mi madre, luchó y luchó por sacarme del centro… solo era una “pobre” mujer guineana, que vivía entre Suiza, (lugar donde trabaja mi padre como ingeniero), España, y Guinea….

Mi sueño europeo quedó relegado a vivir en un centro de acogida. Mis ideas de “princesa” se esfumaron y negando mi responsabilidad personal y achacando todos mis males a mi madre. La necesidad de justificación de todo lo que me estaba ocurriendo, me hizo llegar a interpretaciones distorsionadas de la realidad y crearme un mundo paralelo para no sufrir. Un mundo de fantasía e ilusión propio de una niña, donde soñaba que un príncipe azul venía a rescatarme, luchaba contra los dragones malvados que me habían encerrado y vivíamos felices y comíamos perdices para siempre.

Pero en ese punto, me quedé embarazada con 14 años, estando ingresada en el centro de acogida, de una persona que ni era príncipe, ni era azul… todo lo contrario. Ni siquiera supe que estaba embarazada, porque para aquel entonces el príncipe había desaparecido, y yo ya había decidido salvarme sola. A los 7 meses de embarazo, en una visita de fin de semana a mi casa, mi madre se dio cuenta que mi tripa no era normal, y me obligó a hacerme una prueba de embarazo.

Qué curioso que los Servicios Sociales, que querían protegerme de mi propia madre, (recuérdese que para ingresarme en un centro de menores, se me había declarado en desamparo), no pudieran protegerme ellos de un embarazo, y ni siquiera se dieran cuenta de que, una vida crecía dentro de mí.

Desde ese momento, cuando mi madre se enfrentó a los dragones pidiendo explicaciones del embarazo, se me dijo muy cordialmente que el niño iba a ser dado en adopción. Porque sí, era un varón y se llamaría Juan Francisco Abeng Ayang.

Pasé aquella noche, tragándome mi propia estupidez, y suplicando a “quien fuera”, Dios, la Virgen o todos los Santos… que no le dejara marcharse de mi lado, porque yo, ya le quería, porque un sentimiento nuevo había nacido dentro de mí, porque daría mi propia vida por ese niño que llevaba dentro, y porque descubrí que cuanto más amas, más puedes amar. Empecé a recontextualizar el tiempo, el lugar y la intención, y a sentir que ya no necesitaba “conseguir” nada. Ya lo tenía todo. Y me sentí feliz como nunca, por llevar ese niño en mis entrañas.

Pero esta idea, no gustó a quien me había desamparado amparándome, ni entraba en sus planes, que yo pudiera hablar más de la cuenta, y mucho menos que me quedara con mi hijo, … así que cuanto antes se deshicieran del mismo, mucho mejor…. No fuera a ser que yo destapara lo que no convenía, o “la guineana” de mi madre pudiera incluso pedir responsabilidad patrimonial de la Administración Pública. Así que, cuando empezaron los asistentes sociales y los educadores a “intentar” convencerme de que mi hijo DEBÍA SER dado en adopción, huí de España sola, embarazada de siete meses y medio hacia Guinea, ayudada por un tío mío.

Permanecí en Guinea, durante mes y medio… ojalá nunca hubiera vuelto. Pero el abogado de mi madre me convenció para que volviese, bajo la presión de que podría causarle problemas legales a mi madre, y con la premisa de que nunca permitiría que quitaran a mi hijo.

Y volví. Y me puse de parto. Y me hicieron una cesárea, el día 4 de junio de 2012… y ni tan siquiera me dejaron ver a mi hijo. Le sacaron del hospital al día siguiente, mientras yo me quedé siete días. No me dejaron amamantarle, no me dejaron acariciarle, ni tenerle conmigo. Nadie me decía donde estaba, solo que le iban a dar en adopción. Me pasé siete días llorando sin parar, y cuando salí del hospital volví a “mi centro de acogida”.

Juan Francisco, en cambio, ya estaba en otro centro de acogida. Ni siquiera nos dejaron estar juntos. Me programaron unas visitas un día a la semana durante una hora, y aunque mi madre el día 22 de junio empezó a iniciar acciones legales, yo me sentía sumamente desprotegida por la Administración, que precisamente era quien debía protegerme.

A los seis meses me redujeron las visitas, a una hora al mes, y a los tres meses suspendieron todas las visitas. Ya no quería ser europea, solo quería estar con mi hijo. Me sentía tan “desamparada en mi desamparo”, qué pensé que Dios me había abandonado, y que ya no necesitaba ayuda de nadie, porque solo yo podía ayudarme.

Me hice un inventario interior, y aunque parecía que mi mundo se había paralizado, saqué fuerzas para recurrir desde el año 2012, todas y cada una de las resoluciones de la Consejería, buscando letrados de oficio, que actuaban como defensores judiciales, (recuérdese que yo tenía 15 años, y seguía tutelada), llegando a juicios, donde se dictaban sentencias en mi contra, por el único motivo que yo era menor, y estaba siendo tutelada. (Ahí están las sentencias por si alguien, antes de hablar y opinar quiere verlas).

Mi madre por su parte, empezó su propia guerra particular contra la Administración Pública, convirtiéndose en una “abuela molesta”, que presentaba escrito tras escrito y recurso tras recurso.

Oíganme… no lo hagan nunca. No molesten a la Administración Pública. No molesten a aquellos cuyos sueldos pagamos. No incomoden a aquellos que hemos votado, y que están para defender nuestros intereses. No lo hagan nunca, o los dragones se volverán contra ustedes. Alábenles y díganles lo bien que hacen su trabajo…. así les irá mucho mejor. Confíen en mi experiencia.

Y prueba de lo que hasta aquí he escrito, copio literalmente, una contestación que se me dio en el año 2013 por la Jefa de la Sección de Centros de Menores del Principado de Asturias, (hay muchas como esta) para que ustedes observen y lean: (Si alguien quiere leer más… hay unas cuantas tan “agradables” como esta:

«Asimismo se te habló de que existe un conflicto de intereses en esta administración pública que no pueda defender el derecho legítimo de JUAN FRANCISCO a tener unos padres y no crecer en un centro y, tu derecho como madre a tener relación, aunque sola, sin apoyos que te permitan convivir con familiares y, en un centro de protección, motivos por los que no tienes capacidad para asumir su crianza. Es por este motivo por el que se te ha nombrado una defensora legal, en concreto, la letrada….., para que ejerzas tu derecho a valorar qué hacer y, si lo deseas recurrir la Resolución de 5 de Febrero de 2013 de Inicio de Acogimiento Preadoptivo en Familia Ajena (cuya copia se adjunta).

También cabe la posibilidad, aunque no estés conforme con el acogimiento preadoptivo de tu hijo, de que no recurras al entender que lo mejor para tu bebé es tener unos padres que le puedan dar todo lo que tu querrías pero no estás en condiciones de darle y, que te despidas llegado el caso de JUAN FRANCISCO».

Mi mundo se desmoronó. Durante meses, caí en una profunda depresión, más cuando abogado tras abogado, ninguno conseguía vencer al dragón gigante.

Fueron años de peleas en tribunales, de cerrarme la puerta en las narices, de incomprensión, de crueldad despiadada. Y les digo: No. Nunca he bebido, como se ha atrevido a decir el Sr. Vila, nunca he fumado, nunca me he drogado, ni nunca me han maltratado. Aquí está mi cuerpo para hacerme las pruebas que consideren. No me QUITARON A MI HIJO por tener mala vida ¿Qué mala vida podría haber tenido interna en un centro de acogida con 14 años? ¿Se preocuparon en cambio de si el padre, estaba en el propio centro? ¿Si pertenecía a esa Administración que intentaba tapar el sol con un dedo, dando a mi hijo en adopción para así acallar a una pobre niña guineana? Tranquilo Dragón. Mi hijo no tiene padre. Tiene madre, y soy YO.

Pero Dios, es grande, y nunca nos falla. Y a mí me puso un ángel en mi camino. Mi abogada, Nieves Ibáñez Mora, quien por primera vez se interesó por mi caso, y se pasó noches y noches en vela, estudiando aquel expediente enrevesado, descolocado y sin principio ni fin. Y tras dos nuevos juicios y dos años nuevos años de lucha, la Audiencia Provincial de Oviedo, con el apoyo de TRES PERITOS (dos psicólogos, Doña Elena Aza, Don Carlos Castellanos y una trabajadora social), estimó la aberración que se había hecho conmigo desde que me privaron de mi hijo. Sí Sr. Vila, no mienta más. TRES PERITOS, NO UNO COMO USTED VA CONTANDO. La sentencia está a disposición de quien quiera leerla, porque es demoledora respecto a la Administración Pública, y al trato que se me dio en lo que respecta a mi hijo.

No voy a entrar Sr. Vila, en su doble moral de representar a madres biológicas para recuperar a sus hijos, y ahora … curiosamente el caso contrario. Tampoco en los libros que usted escribe, sobre el mal funcionamiento del sistema, y los niños robados. Pero no voy a permitir, una difamación más, por su parte.

En cuanto a que mi hijo necesitaba una adaptación antes de ser entregado, estoy totalmente de acuerdo. Por eso, después de dilatar el proceso de entrega día tras día, el Juzgado instó la entrega el día 8 de agosto de este año, señalando un acoplamiento propuesto por la Consejería de Asturias, desde el día 3 al 8. Y allí nos vimos mi abogada y yo el día 2 de agosto en Valencia, para que el día 3 no se presentaran los padres de acogida. Tampoco lo hicieron ni el 4, ni el 5, ni el 6, ni el 7 ni el día 8 (día en el que acudieron desde Asturias tres técnicos de la Consejería de Servicios Sociales de Asturias a Valencia, para acudir la entrega y se fueron como vinieron). Cada día, era una tortura, como si me clavaran un puñal en el centro del corazón. Discutí hasta con mi abogada, quien me relegaba a la calma y yo solo podía pensar dónde estaría mi hijo. Nos quedamos en Valencia, mi abogada y yo hasta el día 12, suplicando una respuesta, y un poco de piedad. Pero… nos volvimos 14 horas en tren hasta Asturias, con el coche de la Patrulla Canina que había comprado para mi hijo, un montón de tortugas Ninja, (que no pararon de sonar en las 14 horas de viaje), y el corazón roto, amén de la incertidumbre de si los padres de acogida habían desaparecido para siempre y jamás volvería a ver a mi hijo. Ni una sola palabra de aliento hubo por su parte, ni un mínimo de compasión.

Buscados los padres de acogida por las fuerzas de seguridad, para el cumplimiento de una sentencia (que digo yo, que las sentencias tienen que ser cumplidas por todos, como yo las cumplí en su momento, desde cuando me denegaron desde las visitas hasta la última resolución judicial), y constando los padres de acogida oficialmente como “desaparecidos”, se dictó por el Juzgado una orden de “búsqueda y localización” de los mismos.

Localizados los padres de acogida por la Guardia Civil, el 5 de septiembre (casi nada ¿verdad?, solo un mes en el que yo creí morir de angustia pensando en qué jamás volvería a ver a mi hijo, que se habían ido de España, y miles de cosas más que pasaron por mi cabeza…), mi abogada se puso en contacto con el Sr. Vila, para realizar un plan de adaptación, desde el día 7 de septiembre (que yo, me volví a personar en Valencia), hasta el día 12. Pero no. No podía ser así. Los padres de acogida se negaron, instándoles como último día la Guardia Civil el día 12, o en su caso proceder a su detención.

¿Y ahora vienen ustedes a hacer todo este circo mediático, el día 12, en el cuartel de la Guardia Civil, con ambulancia, manifestación, mentiras, calumnias y difamaciones… cuando yo podía haber instado su detención, negándome a ello por entender su propio dolor?

¿Y me encuentro que toda la prensa, televisión nacional y privada hablan de mí, sin saber lo ocurrido, lo que he pasado, y sin contrastar los hechos, guiados únicamente por lo que dicen los padres de acogida, que estaban legalmente desaparecidos?

¿Y sale en Televisión Española, el Sr. Fernando Onega, suplicando justicia, en una televisión que pagamos todos los españoles? ¿Justicia para quién? ¿Y qué sentido de la justicia mueve a estos padres, su interés o el del menor? ¿No es acaso el interés fundamental de cualquier persona, el conocer y estar con su familia de origen? ¿Justicia para quién, repito? Justicia, solo si les favorece… si no les favorece ¿se saltan la ley, la sentencia sin más y desaparecen? ¿qué justicia está pidiendo quien incumple la justicia?

¿Qué oscuro transfondo mediático esconde “mi caso”, que se ha hecho noticia a nivel nacional, como si hablásemos de una cuestión de interés nacional? ¿Se preocupa alguien de investigar si hay más casos como el mío, de negligencia de la Administración Pública, o de qué procedimiento se realiza para dar a los niños en acogida, o cómo se eligen a los padres de acogida? ¿Ustedes saben la cantidad de personas que se han puesto en contacto conmigo, por padecer un caso similar al mío? ¿Se preocupa alguien de ello?

¿Qué contactos tienen ustedes, para llegar a nivel nacional, y qué todos los medios de comunicación den la noticia de manera sesgada? ¿Hacer más mediático aún al Sr. Vila? ¿Defendemos los intereses de un niño, o queremos ganar nuevos casos para el despacho, y más dinero para embolsar?. ¿A qué responde esta manipulación de la opinión pública, más cuando en este país hablar es gratis?

Esta es mi historia. Mi triste historia documentada, y que la Audiencia Provincial supo valorar, con un expediente de muchos folios, y SÍ. Juan Francisco Aben Ayang, es mi hijo. Aunque se me privara de estar con el mismo durante cuatro años, ES MI HIJO. No soy alcohólica, ni drogadicta, ni tan siquiera fumo. No me maltratan ni me han maltratado jamás, como usted, Sr. Vila, osa decir. No me quitaron a mi hijo por llevar mala vida, porque yo era una niña custodiada, que vivía en un centro de acogida.

¿Acaso alguien ha preguntado por qué la Consejería en abuso permanente de su derecho, envío después de la sentencia a la Policía a mi casa, para preguntar a todos mis vecinos, si mi pareja me maltrataba? ¿Por qué después de dictarse sentencia a mi favor, me sigue la Policía y va a donde yo estudio? ¿Creen que voy semidesnuda por la calle y que bebo alcohol? Ya está bien, por Dios. Y si bebiera alcohol cuando salgo, que no es el caso, porque además no me gusta el alcohol, ¿qué? Tengo 19 años, soy mayor de edad y hasta ahora, no he tenido a mi hijo conmigo. ¿Ninguno de ustedes beben cuando salen? ¿Me van a demonizar por eso? Más cuando es incierto….

Difamar en este país, parece que resulta gratuito… de momento. Solo soy una chica española de origen guineano, que YA NO QUIERE SER EUROPEA, y que lo único que desea es estar feliz con su hijo. Hijo, que tiene una familia, unos abuelos, unos tíos, unos primos, y ante todo una madre. Y mi hijo, no se llama Joan (en valenciano), ni Xuanín en asturiano. Se llama Juan Francisco.

Solo tengo 19 años, pero la vida me ha curtido en la lucha con dragones. He llorado en estos cuatro años, tanto!!! que a veces pensaba que no tendría más lágrimas para llorar el resto de mi vida. Me equivoqué, Sr. Vila. Hoy viendo sus calumnias, he vuelto a llorar. Llorar de rabia, impotencia…. Preguntándome el por qué de tanto dolor hacia mí y hacia mi familia…. Y de alegría, de mucha alegría al abrazar de nuevo a mi hijo (que por cierto, es igual que yo… hasta tiene los mismos dientes separados que yo)…

No soy yo quien ha iniciado esto. No soy yo en quien tienen que volcar su rabia, su tristeza y su impotencia. Yo no les dí el niño en acogida. A mí, me lo arrebataron. No soy yo, quien les ha puesto en esta situación. Solo soy una madre que AMA por encima de todo a su hijo. Que no ha dejado de luchar por él, desde el mismo momento en el que supe me lo querían arrebatar… o ¿cree que me fue fácil huir a Guinea embarazada, con 14 años, para que no me lo quitaran?.

Lo que está claro es que no voy a renunciar a mi hijo, ni ahora ni nunca. Si no hubiera llegado a recuperarle…. Le buscaría cuando tuviera 18 años…. Y ¿Qué cree que opinaría Juan Francisco, cuando conozca toda mi historia, toda mi lucha contra los dragones?.

Gracias a todo aquel que se ha detenido en leer mi historia. Y por Dios… antes de opinar, conozcan la verdad.

P.D: El niño está bien. Tranquilo como soy yo, y como es él. Respétennos y déjennos disfrutar lo que se nos ha denegado por el dragón en estos cuatro años. Gracias.

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