familia monoparental y adopción

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El lenguaje de la adopción

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Como madre de niños que perdieron su primera lengua cuando aún no la hablaban, o no la hablaban correctamente, que empezaron a hablar su nuevo idioma calcando estructuras de otro que en teoría no era el que habían escuchado, y que luego volvieron a cambiar de lengua vehicular y decidieron abandonar la que hablaban por otra distinta, hace tiempo que vengo dándole vueltas al tema del idioma y la adopción.

A lo largo de los años he ido leyendo cosas dispersas: que el primer idioma queda en algún lugar del cerebro y que hay adoptados (¿todos? ¿algunos? ¿muchos?) que son capaces de recuperar la lengua materna cuando se vuelven a acercar a ella por años que hayan pasado y por olvidada que la tuvieran; que el tiempo que pasa entre la pérdida del primer lenguaje y la consolidación del segundo crea un vacío que tiene consecuencias en el uso sofisticado del lenguaje, más allá de lo coloquial, y en los aprendizajes; que entre los hijos de inmigrantes españoles en Francia, tenían mejor nivel de francés los niños cuyos padres les habían hablado en español (o en sus lenguas maternas) que los que les habían hablado en francés, porque educar a tus hijos en una lengua que no es la primera les hace poco competentes en cualquier idioma; o que los niños adoptados tienen tal instinto de supervivencia que tienden a abandonar los idiomas que no precisan en su nueva vida, porque han aprendido a adaptarse como camaleones a cada nuevo medio.

Sigue siendo mucho menos lo que sé que lo que me pregunto, de hecho, en ocasiones ni siquiera sé bien qué tengo que preguntar para conseguir sacar alguna luz de este tema que me trae de cabeza.

Unos días atrás cayó en mis manos – a mis oídos – esta historia de adopción. La historia de Peter, un niño adoptado en Rusia por una familia norteamericana con la que no conseguía entenderse. Los padres llamaron a un intérprete de ruso, y este les dijo que el niño no hablaba ruso; quizás checo. Llamaron a un intérprete de checo, pero tampoco hablaba checo. Ni polaco, ni búlgaro, ni ninguna de las lenguas que, una a una, fueron descartando. Finalmente, un lingüista les desveló el misterio: Peter hablaba un idioma único en el mundo, que solo hablaba él y 59 niños más: sus compañeros en la habitación de su orfanato en Rusia.

Querido adoptado

Hace poco he descubierto este blog de una adoptada adulta, acaba de arrancar, pero promete maneras. Comparto una de sus entradas, que explica de una manera diáfana sus sentires respecto a la adopción. Esas cosas que nuestros hijos raramente nos cuentan. Que quizás ni siquiera les resulta fácil contarse a ellos mismos.

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Te pido perdón por haberte hecho sufrir

Te pido perdón por no tener un abrazo para ti en el momento preciso

Te pido perdón por ese beso que no dejé que te diesen para secar tus lágrimas

Te pido perdón por hacerte creer tantas veces que la vida no merece la pena

Te pido perdón por hacerte pensar que eras un bicho raro

Te pido perdón por hacerte fuerte por obligación cuando tenías que estar quitando las costras de las heridas que se hacen todos los niños al caer al suelo mientras juegan.

Te pido perdón por todas esas veces que sentías vergüenza al decir que yo formaba parte de tu vida.

Te pido perdón por tantas personas que no me conocen y se creen con el derecho de opinar sobre mí cuando solo tú me conoces

Te pido perdón por todas las veces que quienes no me conocen te dijeron que debías de estar agradecido

Te pido perdón por hacerte creer que tienes dos vidas, la que vives y la que deberías vivir pero no puedes.

Te pido perdón por hacerte sentir vacío por dentro

Te pido perdón por no dejar que llores de emoción pero sientas miedo por casi todo.

Te pido perdón por convertir tu almohada en un mar de lágrimas saladas con tanta frecuencia

Te pido perdón por el dolor que sientes cuando llamas “papá” y “mamá” a quienes no lo son

Te pido perdón por hacerte sentir envidia de tus compañeros de clase cuando hablaban de sus familias

Te pido perdón por pedirte que no hablases de mí pues, aunque existo, solo tú me ves y me sientes. No quería que te llamasen loco.

FDO.: La Adopción

7 de abril

Hay muchas fechas que he olvidado del proceso de kafala de A.: tengo que pararme a hacer memoria si quiero recordar qué día viajamos hacia Marruecos, cuando fue el juicio o el día que salió de la crèche. En cambio, el 7 de abril lo tengo grabado minuto a minuto.

 

 

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Cómo chillé cuando recibí en la calle el sms que me indicaba que ya estaba el visado de A.

Cómo entré en la oficina de la Royal Air Maroc a pedir un billete para el día siguiente, sin importarme el precio.

Cómo el taxista accedió a llevarme a pesar de que había una huelga de taxis, y me pidió que me sentara delante, al lado de él, con el niño en brazos, por precaución. “No quiero que me rompan los cristales: si alguien pregunta, diremos que eres mi mujer”.

Cómo, delante de ese ascensor, A. se cayó del carro de las maletas de cabeza y se hizo un chichón considerable. Sus gritos, la bronca del personal del aeropuerto por no llevarle más seguro.

Las 5 horas que esperé en el interior del aeropuerto, tratando de vigilar a la vez las maletas y el crío, que gateaba a toda velocidad por la terminal.

Cómo se negó a comer nada de lo que le había preparado.

Cómo me pidió la chica del control de pasaportes el permiso del padre y cómo sonrió cuando le dije que era un niño kafalado.

Y cómo llegué a Barcelona, bajo un diluvio universal, y me encontré con familiares y amigos y sus carteles de bienvenida.

Y cómo, entre los que nos recibieron, estaban R. y C. con V. Y cómo R. me recordó en voz baja que ese día habría cumplido 9 años Valentina.

 

 

 

Recuerdos de un orfanato

Conocer a mis hijos puso a prueba todo lo que yo pensaba y creía comprender sobre la memoria, y esto que yo también tengo recuerdos sin duda anteriores a los dos años. Al menos uno clarísimo, en el que estoy sentada en el mármol de la cocina de mi abuela mientras mi madre pega un caballito adhesivo a la baldosa. Ella fecha este recuerdo en el momento en el que yo tenía 10 meses.

M. me pasó el otro día este texto, de nuestro admiradísimo Hernán Casciari (pocas cosas me han producido dosis tan grandes de risa como su libro “España, perdiste”), que me ha llevado de regreso a conversaciones inverosímiles con B. y A. sobre su pasado y, sobretodo, al primer abrazo que A. se dio con su amigo Af. cuando ambos se reencontraron después de dejar la crèche y que hizo que R., su madre (adoptiva), dijera “Parece que se conocieran de toda la vida”. Y luego rectificara: es que se conocen de toda la vida.

 

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Si hacemos un esfuerzo podemos acordarnos de cosas que nos pasaron antes de los tres años. Incluso antes de los dos. Lo pensé el otro día, cuando Quique (un oyente de la radio) me contó su anécdota por mail, y me quiso convencer de esto contándome sus propios recuerdos de infancia, pero no me hizo falta: yo le creo porque también tengo recuerdos anteriores a mis dos años.

Mi recuerdo más antiguo quizás sea este: una noche oscura, en la que estábamos con mi amigo Chiri y mi primo William drogados y desnudos corriendo por una playa de San Clemente, me metí al mar yo solo y ahí, buceando completamente ciego y en silencio, tuve una especie de deja vu:

«Alguna otra vez hice esto», pensé.

Y descubrí en mi cabeza el recuerdo de haber buceado en la panza materna. Lo supe; lo recordé.

Por eso sé que recordamos nuestra vida antes de los tres años. No son recuerdos fáciles, siempre ayudan los olores y las texturas, más que las formas o las ideas. Hay que hacer el esfuerzo de cerrar los ojos, de oler velas, mamaderas o almohadones de la infancia (como una vez me lo recordó mi hija Nina en un audio que por suerte pude grabar).

Casi siempre los recuerdos de la infancia son muy petisos: el tercer cajón de la cocina, la forma de los pies de algún abuelo, imágenes que están a la altura de la gente que gatea.

Quique, este oyente del que hablaba, se acuerda de una cantidad de detalles increíbles del orfanato tucumano donde creció. No recuerda la cara de su madre biológica, por ejemplo, ni tampoco por qué lo abandonó en aquel lugar, pero todavía hoy el olor a chipá lo angustia y lo hace llorar. (Más tarde le dijeron que llegó a ese orfanato envuelto en una manta con olor a chipá.)

Quique no estuvo mucho en el orfanato tucumano, porque antes de los tres años lo adoptó una buena familia santafesina. Pero se acuerda de los mosaicos ajedrezados del salón principal. Y de los ojos celestes de una celadora a la que nunca más vio. Según me cuenta, Quique llegó a ese instituto de adopción a finales de 1990. El orfanato quedaba a dos cuadras de la casa histórica de San Miguel de Tucumán.

En su correo me dice: «Esa mañana empecé a vivir mi vida junto a muchos otros chicos». Escribe corto, Quique. Cuando lo llamé por teléfono le pedí más datos. Entonces descubrí que se acuerda de todo. Me dijo:

—El lugar donde estábamos era enorme y las habitaciones se dividían por edades. En la mía, las cunas estaban una al lado de la otra. Eran de madera. Yo iba creciendo y los chicos que estaban a mi alrededor también. El tiempo pasaba y yo ya podía pararme y jugar con los chicos de las cunas de al lado.

Me imaginé que Quique cerraba los ojos para contarme esto, del otro lado del teléfono. Me contó incluso cómo recuerda las caras de algunos chicos. Y de qué manera se formaban lazos y amistades entre ellos, a pesar de la edad muy corta.

—Cuando te abandonan —me dijo— te aferrás mucho a los que tenés al lado.

Había un chico, al principio, con el que jugaba siempre. Quique me contó cómo eran sus ojos, me dijo que se reía con mucha fuerza, siempre de un solo lado de la cara, y que tenía los dedos como salchichas. Ese chico estaba en la cuna de al lado y era su mejor amigo. Hablaban a media lengua. Antes de los dos años ambos habían sido rechazados por dos familias adoptantes. Y eso los unió un poco más.

Un día vinieron dos futuros padres y se llevaron al amigo de Quique. «Yo tendría que haberme sentido feliz», me cuenta Quique, «pero antes de los tres años no sabés a dónde se llevan a tu amigo».

Él aprendió (después de sufrir su primera pérdida) que no tenía que hacerse demasiado amigo de nadie. Me cuenta que sufrió mucho esa pérdida, y que se acuerda de todo ese sufrimiento. Me dice que sintió como un segundo abandono, y que cada vez que volvía un nuevo chico al orfanato él buscaba la sonrisa ladeada de su amigo. Para ver si lo habían devuelto.

Sentía cada día su ausencia. Y aprendió a no encariñarse con otros chicos, a no hacer amistades de cuna a cuna, ni de cama a cama.

Se hizo algo más huraño, y cree —me dice— que es su característica actual ser retraído con las personas que no conoce mucho. Le da miedo involucrarse. Porque se acuerda de aquel primer nene con el que hizo amistad.

Y yo le creo, porque me acuerdo de muchas cosas de antes de los dos años.

Después empezó para Quique una vida más feliz, y eso también ayuda a recordar con cariño la infancia. Una mañana de finales de 1992 llegó al orfanato una pareja. Se llamaban Rubén y Beatriz, me cuenta Quique. Y lo eligieron sin dudarlo. Él dice «nos elegimos». Y entonces Quique dejó el orfanato de Tucumán para siempre. Después de trece horas en tren, llegó al que todavía hoy es su hogar, en Casilda, un pueblo de treinta mil habitantes al sur de Santa Fe.

Le pregunté a Quique por teléfono si alguna vez había vuelto al orfanato y me dijo que no. Y yo le creo. Todo lo que recuerda está grabado en su cabeza. También le creo algo mucho más extraño que pasó uno o dos años después.

Una tarde los padres adoptivos de Quique fueron a almorzar con Mario y Alicia. Mario era un nuevo compañero de trabajo de Rubén. Cuando entraron a aquella casa desconocida Quique, que ya tenía cuatro años, sintió un desasosiego, como un precipicio en la barriga.

Mario y Alicia eran adorables y se notaba que en la casa había un niño, porque había juguetes por todas partes. Quique lo notó.

—Mirá qué suerte, vas a poder jugar con alguien —escuchó decir a Beatriz, su madre adoptiva.

Entonces apareció, por la puerta de la habitación, el hijo de la pareja. Se notaba que salía de una siesta larga, porque tenía los ojos enrojecidos. «Ya está grande para usar chupete», pensó Quique, que había dejado el chupete dos meses antes. Y reconoció enseguida los pies chuecos. Y después se encontraron las miradas y fue instantáneo. La sonrisa ladeada del otro nene. Los dedos como salchichas.

Los cuatro padres adoptivos cuentan que los chicos cruzaron la habitación y se abrazaron como si hubieran pasado cien años. Como si hubiera pasado una guerra. Como si hubiera pasado un tornado.

El otro se llamaba Ricardo. Los dos tenían la misma edad. Quique cuenta ahora que cuando lo vio supo que era él. Ricardo cuenta hoy que, cuando vio a su amigo, también supo que era el chico de la cuna de al lado.

Habían crecido juntos. En Tucumán sus cunas estaban separadas por unos centímetros y ahora, por azar, los separaban siete cuadras en un pueblo remoto de Santa Fe.

Cuando leí el mail, lo primero que hice fue buscarlos en Facebook. Vi fotos de los dos, fotos actuales, y me di cuenta que es cierto lo que pone Quique cuando termina el mail.

Me dice: «Creéme Hernán: ya pasaron veinticinco años y no nos separa nadie».

Lo escolar (2)

Hablábamos de lo escolar en el post anterior. De lo difícil que es, de las consecuencias de una mala elección, de los precios que pagamos por intentar adaptarnos y adaptarlos.

Estos días han caído en mis manos un par de artículos que encienden una luz de esperanza, a pesar de todo.

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Una es esta entrevista al brillante humorista radiofónico Juan Carlos Ortega. Este es el fragmento en el que habla de lo escolar:

-En el colegio me sentí muy tonto, pero ¡es que lo era de verdad! Muchas veces, tras esa frase de “yo era muy tonto” se esconde una vanidad que se traduce en “lo que me pasaba a mí es que era muy inteligente y vivía en mi mundo”. Pues no. Yo no estaba en un universo más elevado, es que, por lo que fuera, no me enteraba de nada. Lo cual no implica que ahora te pueda hablar bien de mí y de mi inteligencia, pero de niño, ay, no me salían las cosas. Los profesores pensaban lo mismo, y el Padre Paíno les decía a mis padres, este chico no hará nunca nada importante. Me da rabia esa gente que cuando hace algo relevante en su trabajo anda ajustando cuentas con el pasado y siempre porque los profes eran muy burros.

-Pero reconozco que sentía como una tristeza, una melancolía, porque mi falta de talentos era general. No se me daba bien nada. Ni hacer un puzzle podía. Si jugaba al fútbol y de pronto me iba, mis compañeros ni reparaban en mi ausencia. No entendía las matemáticas, que luego me han entusiasmado. Yo creo que mi cerebro evolucionó muy lentamente.

-A partir de los 16 años me empezó a interesar el mundo de la cultura a través de la ciencia, de la serie Cosmos. Y eso me llevó a los libros, de Asimov a Shakespeare. Empecé a destacar en FP, porque yo no me saqué el graduado escolar.

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La otra es la historia de la escuela Joaquim Ruyra, que “desafía todos los dogmas del sistema educativo: está en un barrio conflictivo, el 92% de los alumnos son extranjeros… y aún así logra mejores resultados que muchos colegios de élite”. Pongo solo un fragmento, pero os recomiendo leer el artículo entero.

En primer lugar, todas las aulas tienen las puertas abiertas y desde el pasillo se oye un runrún de voces. Antes de cruzar el umbral de la clase de quinto veo un niño sikh con el moño tradicional en la frente, una niña negra altísima y un chaval con cenefas en el cuero cabelludo. De repente me asalta una timidez infantil. Una clase, o lo que muchos entendemos por ella, es uno de los espacios más solemnes a los que uno puede enfrentarse. Sin importar la edad, siempre revive el miedo a ser observado, evaluado. Los alumnos de quinto curso están divididos en cuatro grupos. Deben realizar cuatro actividades distintas de 20 minutos de duración. Éste es el tiempo que, según el equipo directivo, son capaces de mantener una concentración óptima. De modo que la clase de matemáticas durará dos horas. Cada equipo realizará cuatro actividades relacionadas con la asignatura. Los grupos interactivos, así se llama este sistema, es como funcionan aproximadamente el 60% de las horas lectivas en el Joaquim Ruyra. Como herramientas de apoyo están el cronómetro digital colgado en la pared y cuatro adultos, uno en cada conjunto de mesas. «Hoy tenemos dos voluntarios, un lujo», apunta Raquel, la directora. «Siempre garantizamos que haya al menos dos adultos por clase, el tutor y un maestro de apoyo, luego jugamos con los voluntarios». Esta es una de las pocas rebeliones formales del centro: los maestros de educación especial y del aula de acogida se integran en la clase ordinaria. «Al segregar a los alumnos la autoestima bajaba en picado», dice Raquel. «Es como una escuela de idiomas en la que tus compañeros no saben nada y no quieres hablar con tu profesor. Les dábamos un cuaderno especial que terminaba sirviendo de excusa cuando algo les parecía difícil: ‘¡Profe, es que soy del aula de acogida!’».

Lo escolar (1)

La escuela es el principal caballo de batalla para los niños y niñas adoptadas (y para sus familias). Dificultades de aprendizaje, conflictos, ritmos distintos a los de otras criaturas, otras formas de aprender, peleas, racismo, bullying…

Seguro que no pocas familias se sentirán identificadas con este texto publicado en el blog En este preciso instante.

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Mi hija es alegre.
Mi hija es hermosa.
Mi hija es cariñosa.
Mi hija es empática.
Mi hija es ordenada.
Mi hija es trabajadora.
Mi hija es graciosa.
Mi hija es ingeniosa.
 
Sin embargo…
 
Mi hija se siente triste.
Mi hija cree que es muy fea.
Mi hija se muestra arisca.
Mi hija se aleja de los demás.
Mi hija pierde en interés en sus cosas.
Mi hija se rinde antes las dificultades.
Mi hija se ofende con las bromas.
Mi hija está a la defensiva.
 
En medio de esas dos listas hay algo muy simple. Tan simple como un colegio.
 
Un lugar en el que la convencieron de que no era capaz ni de hacer la fila y la llevaban de la mano la primera. A ella, que es la primera que se levanta de la cama y se viste, eso sí, después de combinar cuidadosamente el modelito del día (“mamá, tú no entiendes de moda”).
 
Un lugar en el que un día, la profesora de PT, en medio de una conversación en la que yo mencionaba lo bonita que iba a ser de mayor me corrigió y me dijo “bueno…atractiva” y los niños la llamaban fea sin cesar, por sus ojos de almendra.
 
Un lugar en el que nadie la invitaba a los cumpleaños, incluso si, por compromiso acudían a suyo.
 
Un lugar en el que la convencieron de que no sabía recoger su material y hacían que otros niños lo hicieran por ella. A ella, que se hace la cama cada mañana y que recoge todos sus juguetes. A ella que conserva las mismas ceras desde hace tres años.
 
Un lugar en el que nunca le dieron alas para aprender y donde, cuando yo les contaba los grandes avances que observaba trabajando con ella en casa me contestaban…”bueno, bueno…con los pies en el suelo” y la ponían a colorear en un rincón.
 
Un lugar en el que una niña la acosó durante dos años sin que nadie en el colegio pusiera remedio. A ella, que deseaba más que nada en el mundo tener amigas.
 
Un lugar en el que el castigo cuando según ellos se lo merecía, era llamarla bebé y llevarla a la clase de los más pequeños del colegio.
  
¿Porqué lo aguantamos? Porque a veces no ves lo que tienes delante de tus narices hasta que te alejas un poco. Porque la vida no nos permitía escoger en ese momento. Porque  estábamos abrumados y nos convencían de que no había otra manera de hacer las cosas. Porque hasta en esto, hay que aprender y nosotros éramos ignorantes en este territorio.
 
Mi hija se enfrenta ahora a un gran desafío. Un colegio nuevo en el que, por ahora (tengo demasiadas heridas como para confiar completamente) le han abierto los brazos. Es un macrocolegio con cientos de niños de todas las edades. Y muchos, muchos de ellos, son niños especiales en inclusión. O sea, en un aula normalizada.
 
Yo tenía tanto miedo…un colegio tan grande y mi niña tan pequeña. ¿Y si realmente no sabia hacer la fila? ¿Y si, como me decían, no era capaz de estar sentada ante su pupitre como los demás? ¿Y si, y si, y si…?
 
El primer día la acompañé hasta el patio donde hacen la fila, ya dentro del recinto escolar. Esperé a que entrase y le tiré un montón de besos. Ella se fue tan feliz.
 
Al día siguiente, antes de salir para el colegio, me dijo muy seria: “Mamá, haz el favor de no acompañarme hasta dentro, que me dejas en ridículo. Y no me mandes besos. Ya me los darás luego.” La dejé en la puerta envuelta en una marabunta de niños que entraban al colegio. Y la vi alejarse, con su mochila al hombro, camino al patio en el que se colocó en su lugar en la fila. Una niña más.
 
Ni más ni menos lo que es.
 
Sin embargo aún nos queda mucho camino por andar antes de que ella vuelva a sentirse igual que las demás. Su autoestima está muy dañada. Y su confianza en los demás también. Y ese es el primer escalón que hay que superar para afrontar cualquier tipo de aprendizaje. Tan convencida está de que no puede aprender que cuando se enfrenta a un reto se bloquea, se frustra y abandona. Es  una actitud de supervivencia. Si tu experiencia se basa en el fracaso huirás de las circunstancias que históricamente te lo han proporcionado. Un ejemplo: está aprendiendo a leer y jugando, lee las palabras por separado sin ninguna dificultad. Hasta que, de pronto, se percata de lo que está haciendo. En ese momento, deja de ser algo divertido para ser algo angustioso y quiere dejar de hacerlo.
 
La confianza en las propias posibilidades es imprescindible para aprender. Corregir demasiado, exigir de forma impaciente, no valorar los pequeños pasos, despreciar la iniciativa, dar más importancia al error que al acierto, comparar con otras personas y sobre todo, no aceptar la forma de aprender de cada niño son errores que pueden herir de forma grave la capacidad de nuestros hijos de sentirse capaces.
 

Ahora mi reto es conseguir que sepa cuánto vale y que crea, igual que nosotros sabemos, que es una niña maravillosa.

Su nuevo profesor en la primera reunión del aula nos dijo una sencilla frase: “Ella es, sin ninguna diferencia con el resto de sus compañeros, una niña más en el aula”.

Qué pedazo de frase. Creo que me la voy a enmarcar…

Después de ver This is us

Llevamos días enganchadas a la serie This is us. Como adoptante, me parece un retrato magnífico de todos los ángulos de la adopción (y de la adopción transracial). ¿Piensan igual los adoptados? He encontrado este texto en el blog de una adoptada adulta (que tiene otras entradas sobre la serie y que parece en conjunto muy recomendable, aunque aún lo estoy empezando a explorar).

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Mi coguionista me vio acercarme a la cafetería está mañana y paró el coche y bajó la ventanilla. “¿Estás bien”, dijo.

Sacudí la cabeza. “Esa serie”.

“Salgo”, dijo. “Mejor que no venga nadie”. Dejó el coche enmedio de la calle y corrió a abrazarme. “Estuviste chillando a la televisión anoche”.

Asentí

“Pero te gusta la serie, ¿no?, crees que es buena”

Asentí otra vez.

“Vas a llorar, ¿verdad?”

“Es el aniversario de la muerte de mi madre”, dije

“Oh, no”, se puso a mi espalda y empezó a cepillar mi chaqueta como si estuviera cubierta de pelusa. “Y tu cumpleaños es mañana”.

A veces ser adoptado es demasiado. Como ser humano, soy un vaso de agua lleno hasta el borde conmigo misma. Como persona que fue adoptada, soy un vaso de agua que a menudo se derrama – soy demasiado – y no es infrecuente que la única gente que entienda este fenómeno sean otros adoptados.

Y el guionista de This is us.

Cuando prestas atención a algo de manera amorosa e interesada, esto prospera. Tener una serie en televisión que pone el foco en la adopción de una manera intrépida, amorosa e inteligente me hace pensar que vivo en un mundo completamente nuevo. Uno donde yo podría florecer de una manera completamente nueva.

Hay gente – millones de personas – que ven esta serie y a los que se les cuenta – ¡muestra! – cómo puede ser ser adoptado (sin mencionar cómo es ser parte de una adopción transracial) y los espectadores están PRESTANDO ATENCIÓN. No apagan el televisor cuando la palabra “adopción” aparece. De hecho, incluso SE QUEDAN DESPUÉS DE QUE TERMINE LA SERIE para meterse online y HABLAR de ella.

No puedo deciros lo que significa para mí. No puede decíroslo porque no lo sé. Sé que no puedo respirar profundamente cuando pienso en cómo la adopción no sólo es un tema de conversación aceptable, sino interesante para todas las partes. Quizás, incluso, esperanza sobre esperanza, interesante para los padres que adoptan.

¿Habría MI madre visto esta serie? (Lo he dicho antes, pero no puedo estar segura de que hayáis leído todos mis posts, cuando digo “madre” y “padre” me refiero a los padres que me adoptaron).

No. Ella no lo habría tripeado. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que mi madre vivía en su nube donde las historias de sus hijos empezaban “el día que te conocimos”, donde cualquier cosa que sugiriera que había habido otra madre era insostenible. En los ojos de mi madre, ella era la única madre. Fin a de la historia. (Peligro, Will Robinson. Peligro).

¿Puedes imaginar que toda tu vida has tenido un tercer brazos que a veces no te dolía, pero otras veces dolía mucho pero que sobretodo te dolía de una manera que te descentraba? Imagínate que era lo bastante desgarbado para hacer la vida más difícil de lo que era para la gente de dos brazos, solo que era un brazo que nadie podía ver. Pronto aprendiste que no merecía ni siquiera la pena sacarlo a colación porque nadie quería oír hablar de un brazo invisible (especialmente los médicos – quiero que me devuelva mi dinero, Dr. Fisher. Todas esas horas de terapia a 250 dólares cada una. Ser adoptado sí que importa y deberías haberlo sabido, Sr. Licenciado)

Los adoptados tenemos miedo de parecer llorones, víctimas, y muchos aprendemos a minimizar el dolor y la confusión e intentamos actuar y pensar como los demás. Pero si tienes un tercer brazo, se meterá en medio, incluso aunque nadie pueda verlo.

Hay una escena en el episodio de This is Us que vi anoche donde Randall presentaba a su padre biológico a su hermano. Me dejó sin aliento. Era como ver a alguien hacer lo imposible y juntar dos polos opuestos de un imán. Estaba a la par con la escena de Aliens donde esa cosa surge disparada de Sigourney Weaver. NO sabía que podía suceder.

No puedo siquiera imaginar cómo habría sido si una tarde yo hubiera llegado a casa y mi madre y mi madre de nacimiento estuvieran sentadas en la mesa de la cocina, charlando. Incluso más inimaginable habría sido la escena de yo misma llevando a mi madre de nacimiento a la cocina y presentándosela a mi madre, la madre a quien tanto quiero. Mi cerebro sabe que ni siquiera está PERMITIDO imaginarlo, así que no lo hago. Todo lo que sé es que este encuentro habría matado a mi madre, así que el cerebro se queda en blanco.

Crecí sabiendo que no todas las piezas que definen mi vida están en el mismo lugar. ¿Por qué? Porque los adultos estaban asustados. Y cuando no te permiten tener lo que es tuyo en la habitación, quiere decir que algo falla en ti, algo menos que.

Estoy luchando contra mi cerebro ahora e imaginando a todos mis padres, mis dos padres de nacimiento que no quisieron verme y mis padres que me adoptaron juntos en una habitación conmigo.

Santo Dios, sería como si las puertas del paraíso se abrieran y la luz del conocimiento nos iluminara. Estaría allí, completa. Sería la revelación de que el mundo se preocupaba lo suficiente para mostrarme todas mis piezas. Mis padres se preocupaban lo suficiente por mí para dejar a un lado sus miedos personales y mostrarse como padres.

Hay tanto espacio para el amor en este mundo, y los adoptados lo necesitamos más que la mayoría de la gente porque hemos experimentado la pérdida más profunda que puede tener una persona: la de las raíces. Dar a los adoptados piezas de si mismos: la historia de sus orígenes, sus nombres, sus raíces, su libertad para hablar, incluso, les hace sentir incluso más humanos. La primera cosa que vi cuando conseguí una foto de mi madre de nacimiento fue, no soy de Marte. Muchos adoptados sienten que llegaron de otro planeta. Puede sonar guay si no eres adoptado, como una aventura, pero no es un sentimiento positivo. Cuando los humanos caminamos, nos gusta sentir nuestros pies en el suelo. Nos hace sentir seguros. Conectados. En casa. Nadie de Marte conoce este sentimiento. Y lo quieren.

Llena la habitación de familia. Deja entrar a todo el mundo. Ama. Y observa qué sucede.

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