familia monoparental, diversidad familiar y adopción

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Integrar a la madre biológica

No hay duda de que el mundo de la adopción está muchas veces excesivamente profesionalizado, medicalizado, que dejamos muchas (¿demasiadas?) cosas en manos de terapeutas y especialistas. Y tampoco hay duda de que muchos especialistas sostienen cosas que van en contra de nuestra intuición. Especialmente, cuando pretenden separar la biología de la vida, cuando minimizan la importancia de los orígenes y despersonalizan a las madres biológicas. Porque madre solo hay una.

No es el caso de uno de los terapeutas más interesantes a los que he leído y escuchado, Javier Martínez. Así explica la necesidad de integrar a la madre biológica.

Diario del año de la peste, entrega 250

Me hace llegar esto M. Hay que grabárselo con cincel:

Cuando debates con alguien un tema que les afecta más que a ti, recuerda que implica mucho mayor peaje emocional para ellos que para ti. Para ti puede ser como un ejercicio académico, para ellos es poner al descubierto su dolor, solo para que hagas de menos su experiencia e incluso su humanidad. El hecho de que tú seas capaz de conservar la calma bajo esas circunstancias, es consecuencia de tu privilegio, no una muestra de tu objetividad. Sé humilde.

Diario del año de la peste, entrega 37

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Cuando B. llegó (hace casi 14 años), me cogí las preceptivas 16 semanas de baja maternal. Ni un día más, porque mi situación laboral y económica no me lo permitía, y además, por las mismas razones, empecé a dedicar algunas horas del permiso de maternidad a un trabajo que me iba a ocupar unos meses después. Al cabo de 4 meses de llegar empezó a ir a la escuela infantil.

Cuando llegó A. (hace 11 años por estas fechas) 7 de las 16 semanas de baja maternal las había pasado en Marruecos, tramitando la adopción. Sólo 2 meses después de llegar a casa, tuve que reincorporarme al trabajo y dejarlo con una canguro. Mientras otras amigas, con mejores condiciones laborales, podía dedicar 6, 8 o 9 meses a sus criaturas recién llegadas.

No pude hacerlo de otra manera y no habría podido hacerlo de otra manera, pero lo que más me ha pesado siempre en relación a mis hijos son todas las horas que no les pude dedicar. No sólo al poco de llegar: las extraescolares, las canguros, los días que les tuve que dejar enfermos, los festivos y los no-lectivos que trabajé, las muchas semanas en los que ellos pasaron de la escuela al casal mientras yo seguía al pie del cañón.

Ahora llevamos 6 semanas sin separarnos. Ellos ya son mayores, y tienen sus tareas, sus aficiones, sus habitaciones y sus ratos libres; yo mi trabajo, tanto el de fuera como el de dentro. Así que no siempre estamos pendientes uno de los otros, pero estamos ahí. Y siento que este confinamiento esta sirviendo, un poco de reparación.

Ayer, el Gobierno anunció que en una semana, más o menos, las criaturas podrán empezar a salir a la calle. De forma controlada, acompañadas por sus adultas de referencia, con medidas de protección. Y las reacciones no se han hecho esperar. De alegría, de la gente que llevaba semanas pidiéndolo; pero también furibundas de los que han decidido cambiar el concepto “criaturas” por “vectores de transmisión”. Como si los niños y niñas fueran virus con patas. Como si después de 6 semanas encerrados, si transmiten el covid-19 no es porque algún adulto se lo ha pasado a ellos.

Leí hace unos días este artículo tan interesante sobre el falso relato de transmisión del coronavirus: los discursos racistas han apuntado a la población China, y la derecha, a la manifestación del 8-M… pero si se analiza bien han sido los hombres de negocios europeos que viajan en avión para sus actividades comerciales los que expandieron el Covid-19. El relato de las criaturas como vectores de transmisión creo que adolece de lo mismo.

A parte de que en los países donde las criaturas no están encerradas todo el tiempo no hay ni más contagios ni más muertos… a ver si no va a ser este el problema de la transmisión.

Mientras vemos si pueden o no pueden salir, seguimos con nuestra vida de patio: las comidas fuera si no llueve, los paseos cual si estuviéramos en un penal (pero sin navajazos), el peloteo con los vecinos – ahora hemos incorporado también un juego que mi hermana nos trajo desde Vietnam, que es una especie de pluma con un peso abajo que hay que conseguir que no toque el suelo – los aplausos de las 8 y la intervención diaria de T., nuestro esforzado disc jockey, que lo mismo comparte un cumpleaños de un niño que nos cuenta que ha muerto algún vecino y le dedica una canción de homenaje.

Pequeñas rutinas que cosen esta nueva normalidad en la que vivimos ahora.

Diario del año de la peste entrega 9

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Llueve, detrás de los cristales llueve y llueve

No paran de venirme canciones a la cabeza

por ejemplo

La calle desierta, la noche ideal

Sábado.

Parecería que no hay diferencia entre los días de diario y el fin de semana en este confinamiento, pero los hay: es sábado y por tanto no hay que hacer tarea escolar, ni yo trabajo.

Me habría levantado pronto y me habría duchado y me habría puesto la ropa que tendría preparada desde anoche, quizás ayer habría pedido hora para teñirme el pelo, y antes de las 9 habría cogido el metro para ir a la estación a coger el ave que me tenía que llevar a la ciudad en la que me han invitado a dar una charla sobre búsqueda de orígenes y redes sociales.

En vez de esto, he copiado y he pegado en el ordenador el enlace que V. me ha pasado por WhatsApp, y después de varias pruebas, he conseguido conectarme. Sin vídeo, porque no he sido capaz de resolver las dificultades técnicas: no se me podía ver pero he podido hablar. Durante algo más de hora y media he explicado historias cercanas de búsqueda de orígenes en adopción para 20 y tantas personas, según me decía la conexión, aunque no les veía ni les oía. No podía comprobar en sus caras si les interesaba, si había que seguir tirando de ese hilo o era mejor pasar a otra cosa, si había que alargar la exposición o dejarla.

Luego por Messenger E. me ha dicho que había ido bastante bien.

Mientras yo hacía esto, han traído la(s) compra(s).

La madre de N. ha ido al súper y nos ha traído para llenar la despensa: pasta, arroz, harina, pizzas, leche, cereales, pan, todas esas cosas que en una casa de 6 duran tan pocos días. Y una cazuela de bacalao con tomate que comeremos mañana.

La fruta y la verdura nos la ha acercado J., un padre de la escuela que ayer descubrí en el grupo de WhatsApp que tiene una parada en el mercado. Se ofreció a traer compra a las casas y le hicimos un pedido.

Vamos a intentar frecuentar menos los súpers y más el mercado y las tiendas del barrio.

Cuando podamos salir, que por ahora no es prudente.

Seguimos tosiendo. No vamos a peor (parece), pero tampoco nos lo quitamos de encima.

Los niños han jugado al lego y después de comer hemos hecho una partida de Catán y hemos visto «Spiderman» mientras detrás de los cristales llueve y llueve.

Y a mí siguen viniéndome canciones a la cabeza:

Yo pisaré las calles nuevamente.

Más sobre el control de calidad

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La entrada anterior encendió el debate en la página de Facebook de este blog. Algunos de los comentarios eran testimonios de familias que habían aceptado asignaciones que sobre el papel no habían previsto, y que habían asumido las consecuencias, en forma de terapias, gastos, peleas con la escuela, rebaja de expectativas.

Otros, en cambio, cuestionaban lo que se decía en la entrada. Algunos de los cuestionamientos creo que merecen una reflexión larga.

Cuando yo me inicié en el camino de la adopción, decía muchas de las cosas que he leído en esos comentarios. Decía que quería una criatura sana, como la querría si estuviera embarazada; que igual que si estuviera embarazada, me haría las pruebas pertinentes para descartar determinadas discapacidades o síndromes, perfilaba mi certificado de idoneidad para ser la madre normal de una criatura normal.

Quería garantías.

Garantías que llegaron, o ese pensé, en forma de un certificado médico que describía someramente a mi primer hijo, y que descartaba algunas enfermedades graves.

Han sido los años y el camino que he transitado desde esa maternidad soñada e imaginada (e idealizada) las que me han hecho cuestionarme y replantearme muchas cosas.

Por ejemplo, que no es lo mismo un aborto que un rechazo. Que no es lo mismo que una criatura no llegue a formarse y nacer que rechazar y abandonar a una criatura que, hagas lo que hagas, seguirá en este mundo.

Por ejemplo, que no hay garantías. Que las criaturas sanas enferman, que las cosas que no se detectan en la primera infancia, dan la cara después, que es difícil distinguir entre los efectos de la institucionalización – y de la separación de la madre – de síndromes y condiciones que afectan a la criatura y a la familia en muchos sentidos.

Por ejemplo, que mucha gente asume los argumentos que te pueden llevar a rechazar la adopción de criaturas con discapacidades gravísimas y necesidades enormes para justificar el rechazo de patologías menores. Como la sordera de la niña que no se convirtió en la hija de M; o los anticuerpos de hepatitis de la niña que no se convirtió en la hija de R; o la psoriasis del pequeño que compartía crèche con A. y que decidió dejar allí la familia que viajó después que yo; o la discapacidad visual que tenía la que sí fue la hija de D. O la pluridiscapacidad de la segunda hija de Z, que ahora es una adolescente funcional y feliz. Situaciones que lógicamente precisan de una intervención y dan más trabajo del que daría tener hijxs sin estas circunstancias. Pero que, a mi entender, no justifican un rechazo.

Por ejemplo, que la adopción es buscar familias a las criaturas que lo necesitan. Mi opinión personal es que algunas negativas y rechazos te hacen poco idóneo para adoptar, no solo a las criaturas con determinadas características, sino a cualquier criatura.

Es de rigor que te informen de qué le pasa a la criatura que te vas a ahijar. Pero para saberlo y afrontarlo, no para rechazarlo. Las personas que paren criaturas con discapacidad, síndromes o enfermedades (o que adquieren estas en enfermedades o discapacidades a posteriori) tampoco están preparadas para ello. No es ser un padre o madre mejor, es simplemente, lo que hay. Te atas los machos y sigues adelante.

No es lo mismo asumir en tu certificado de idoneidad determinadas situaciones que rechazar una asignación de una criatura concreta, a la que conoces, a la que pones cara y nombre.

Volvimos a ver “La Adopción” y me volvió a revolver cada expediente apartado, algunos con cosas muy difíciles de asumir, otros que habrían merecido una segunda mirada; me volvió a revolver que haya familias que sean capaces de someter a exámenes médicos a criaturas a las que ya han abrazado, y en función de lo que salga, seguir adelante o buscar otra criatura que les convenza más. Como quien escoge cabezas de ganado.

Los niños dormían mientras vimos la película. Y pensé en cómo les explicaría a ellos una historia como de la película, si hubiera pasado por ella; cómo les explicaría cómo les seleccioné para que pasaran el control de calidad.

Y sí, sé que no tiene que ser una decisión fácil rechazar una asignación. Que tiene que generar dudas profundas y sentimientos encontrados.

Pero también sé que para las criaturas que son rechazadas esto implica mucho más daño. Porque en algunos casos, serán asignados a otra familia, quizás mejor, más preparada, más adecuada; pero en otros, permanecerán más tiempo en orfanatos que agravarán su condición y su desconexión, y en algunos casos, les obligará a permanecer en él.

Quizás podría empatizar con las familias que han tenido que tomar esas decisiones, si no quisiera a criaturas que consideran tan legítimo rechazar. Y si no conviviera con las consecuencias de esos rechazos.

Es difícil saber qué haríamos si nos encontráramos en esta situación, dicen. Quizás reaccionaríamos mucho peor de lo que deseamos imaginar, quizás mucho mejor de lo que habríamos pensado. Son las decisiones que tomamos en circunstancias difíciles las que dan la medida de lo que somos. Si tenemos suerte, no viviremos guerras ni dictaduras que nos pongan a prueba. Solo nos ponen a prueba este tipo de tomas de decisiones.

Eppur si muove

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En Argentina, una niña de 9 años ha conseguido que se reconozca su triple filiación: la de su madre (con quien no convive),  su padre legal, la ex pareja de su madre (con quien convive de lunes a viernes) y su padre biológico (con quien convive los fines de semana).

El caso comenzó cuando el padre biológico presentó una demanda contra el padre legal, es decir, aquel a quien el Estado reconocía hasta ahora en los documentos como progenitor. A esta demanda, Jorge respondió con el argumento de que los plazos habían finalizado, ya que hay un plazo legal de un año para que quien sepa que tiene un hijo, reclame aparecer en el acta de nacimiento.

Pero “para los hijos, la posibilidad de reclamar no tiene plazo, es para toda la vida”, dice la jueza, que fue a hablar con la niña. Esta le pidió que no la obligara a escoger entre sus dos padres y las hermanas de parte de cada uno de ellos.

Después de conversar con la niña tomó la decisión de la triple filiación y dictó el reconocimiento de la familia como una “constitución pluriparental devenida de la filiación socioafectiva, biológica y originaria”.

Como me dijo B. una vez, una familia es un grupo de personas que se organiza en torno a una nevera.

O tres.

Perfeccionismo

Es habitual entre las familias adoptivas señalar, a veces de forma consciente y otras sin siquiera darle importancia, la «perfección» de sus criaturas adoptadas. No su perfección intrínseca como niños y niñas que son – se comporten bien o mal, saquen buenas o malas notas, sean buenos o malos en los deportes o las artes – sino la necesidad de demostrarnos, y demostrar al mundo, que no tienen fallos, que no cometen errores, que no nos fallarán, que no nos darán ningún motivo para volverles a abandonar. No siempre somos conscientes de la presión que esto implica para ellas, del estado de alerta, de cómo afecta a su autoestima – aunque pueda tener ventajas en lo que implica de mejora de sus vidas.

A este respecto, quiero compartir esta reflexión de Mark Hagland, adoptado adulto de origen coreano:

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No fue hasta que hube cumplido los 40 años y hube conocido a un número significativo de adoptados adultos transraciales, cuando me di cuenta de que algo que había ocupado una gran cantidad de mi espacio cerebral, había hecho lo mismo para otros adoptados transraciales (y más tarde, me dí cuenta, para adoptados de todo tipo).

Al crecer, sintiéndome profundamente marginado y con mucha «otredad,» terminé convirtiéndome en una persona exitosa, por ambición super fuerte. Ni una sola vez articulé esto para mí mismo, pero me di cuenta muchos años después, de que inconscientemente, sintiéndome profundamente rechazado por la sociedad en general, sentía que la única forma en que podía lograr un mínimo de aceptación social sería por alcanzar el nivel más alto de logro posible en la vida, mientras que sentía que tenía que parecer perfecto a todos, en todo momento. Como digo, nunca articulé esto para mí mismo, pero mirando hacia atrás ahora, era un factor absolutamente determinante en mi vida. Sintiéndose rechazado por la sociedad en general (sí, a pesar de tener una familia muy amorosa), el logro parecía ser el único camino para una aceptación mínima.

Eso también me llevó a ser una persona que siempre necesitaba ser conocido como siempre exitoso, y por eso, también evitaba lo más posible de áreas en las que naturalmente no era lo mejor de lo mejor.

Así que terminé siendo muy exitoso en la escuela, hasta la universidad, en mis estudios de posgrado, y en toda mi carrera (y aún lo soy). Eso no es de ninguna manera una jactancia; simplemente es lo que ha sucedido. Pero me llevó muchos años comprender lo que estaba sucediendo y comprender que había una patología subyacente involucrada; y solo me di cuenta por completo después de conocer a muchos compañeros adoptados y descubrir que habían tenido exactamente la misma experiencia, por sus caminos individuales.

El elemento «bueno» de todo esto es que finalmente, gracias a mi ambición, conseguí salir del entorno social estrecho y racista de la comunidad en la que crecí y, en última instancia, a un área metropolitana que me conviene totalmente y es perfecta para mí como adulto, por lo que cumplió su propósito. Pero también causó estrés innecesario en cierto nivel.

Lo que fue intensamente curativo en todo esto fue conocer a innumerables adoptados transraciales adultos que habían tenido la misma amplia experiencia. Darme cuenta de que no estaba solo en esto fue muy poderoso y me ayudó a avanzar hacia la curación y la integración. De hecho, resulta que esta tendencia es extremadamente fuerte entre muchos, muchos adoptados, tanto transraciales como de la misma raza. En las conversaciones que he tenido con otros adultos adoptados, han surgido hilos comunes, particularmente en torno a nuestra curación desde la comprensión subconsciente (y a veces consciente) de cuán frágil siempre hemos sentido nuestro lugar en el mundo, nuestra sensación de que la aceptación que se hacía de nosotros como individuos era extremadamente contingente, y nunca, nunca estaba asegurada.

En realidad, a veces todavía siento esa sensación de contingencia en el mundo, independientemente de si coincide con alguna perspectiva racional de mi situación individual; pero al menos ahora, puedo ser consciente del pensamiento distorsionado.

Por cierto, un elemento adicional en todo esto tiene que ver con mi raza: desafortunadamente, terminé jugando con el modelo del mito de las minorías, incluso cuando lo rechacé intelectualmente (y aún lo hago), ya que la gente me veía como un punto más. -Asiático asiático, que apestaba y apestaba totalmente.

Por lo tanto, padres adoptivos, os pido a que penséis detenidamente sobre cómo cualquier aislamiento social que pueda sentir vuestro hijo, podría traducirse en patrones distorsionados de pensamiento y comportamiento. Este sentimiento de la necesidad de tener éxito tiene su lado negativo, y puede relacionarse con una falta de integración emocional, incluso si vale la pena en términos de carrera educativa y profesional. Lo importante es criar a un/a niño/a que pueda estar relajado en el mundo, sea cual sea su nivel de logro, en cualquier área. No hay nada malo con el logro, por supuesto; pero la psicología en torno a esto involucra trampas y problemas que pocos padres/madres adoptivos reconocerán como poco saludables. Estoy intentando mucho ahora separar el impulso para el logro, que es natural e incluso deseable, de los patrones de pensamiento subconscientes desajustados, y lograr un nivel de integración que sea tanto intelectual como espiritual.

Palimpsesto

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Esta mañana he terminado de leerme “Palimpsesto”, la novela gráfica en la que Lisa Wool-Rim Sjöblom, coreana adoptada por una familia sueca, narra la odisea que para ella supuso la búsqueda de sus orígenes, y toda la suciedad que descubrió respecto a la adopción internacional.

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Los secretos, las mentiras, las omisiones, los tachones, las contradicciones, los papeles que han desaparecido (como en una pesadilla recurrente, en las historias de los adoptados se repiten los documentos destruidos en incendios, inundaciones, mudanzas). Los que no saben, los que no quieren saber, los que saben pero se niegan a hablar.

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Y cómo ella y su pareja se abren camino a contracorriente en esta riada de negaciones, de silencios, de llamadas no devueltas, de informaciones contradictorias, siguiendo los rastros como miguitas de pan que han sobrevivido a los picotazos de los pájaros, buscando su propio relato. Una lucha contra el tiempo, dice, pero también contra la desinformación, la burocracia, la mala praxis y la mala fe que intentan ocultar debajo de una tonelada de papeles y errores de traducción lo que solo se puede calificar como tráfico de criaturas.

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“La metáfora del palimpsesto funciona a varios niveles con muchos adoptados. Por un lado, reconoce a los huérfanos de papel. Es decir, a todos aquellos adoptados que han visto borrados y blanqueados sus orígenes, reemplazados con información falsa o manipulada sobre sus antecedentes, desde las fechas de sus cumpleaños hasta cómo llegaron a ser adoptados. Por otro lado, también sirve para visibilizar la forma en que las personas tratan a los adoptados y sus orígenes. Nuestras adopciones a menudo se ven como una especie de nacimiento y, a través de él, se nos cambia el nombre, se nos da una nueva ciudadanía, una nueva lengua materna y una cultura completamente nueva, de forma que a través de la adopción nuestras historias de origen se borran y la historia de la adopción se escribe por encima, haciendo que todo lo que sucedió antes sea irrelevante o de menor valor”, cuenta.

No dejen de leerlo.

Porno del reencuentro

La imagen puede contener: naturaleza, posible texto que dice "adoption reunion porn: sharing feel good moments of adoptee reunion stories as a means to uphold the fantasy that all that has been broken can and will magically be put back together as if it never happened. the bumbling adaptee"

Porno del reencuentro: compartir momentos de buen rollo de las historias de reencuentro de los adoptados como un medio de defender la fantasía de que todo lo que se ha roto puede y de hecho será reparado mágicamente como si nunca hubiera ocurrido.

No pienses que no pasa nada

«Mi hijo no pregunta nada»; «no tiene ningún interés en su historia»; «cuando yo le digo algo, cambia de tema»; «cuando quiera saber preguntará»; «le iré contando a medida que pregunte»…

He oído estas frases en boca de muchas familias adoptivas. No se me ocurre mejor respuesta que la que Patri Holmes, bloguera y adoptada argentina en busca de sus orígenes desde hace muchos años, escribió en este texto:

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No pienses que no pasa nada porque tu hijo adoptivo, o de crianza no pregunta…

No pienses que no pasa nada.

A veces, la revolución se siente adentro.

La necesidad de saber es un remolino que da a lugar a emociones inesperadas. A inquietudes que se acallan cada vez que tu hijo te escucha decir: «no, ella no necesita saber, siempre me dice que es feliz de que yo sea su mamá», «no, él ni piensa en eso».

Y tal vez piensa… pero el temor a lastimarte es tan grande, o el miedo a serte desleal… Porque le han dicho, con y sin palabras, que «sólo hay una madre», que «ni los animales abandonan a sus crías», que «debería estar agradecido por lo que le tocó».

¿Qué fue lo que le tocó?

Perder a su mamá. A quien lo gestó. De quien heredó células y de quien escuchó su voz. Perder sus raíces.

Nació perdiendo.

¿Te parece poco?

Es muchísimo.

Entonces… no pienses que no pasa nada.

Pudo haber llegado a una familia hermosa pero esa herida estará siempre y dependerá de su entorno y de la empatía de quienes lo rodean que pueda cicatrizar.

Amá, acompañá, abrazá y entendé la enorme magnitud de lo que sucedió para que tu hijo pueda preguntar, hablar, decir… y sanar.

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