familia monoparental y adopción

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Lo escolar (2)

Hablábamos de lo escolar en el post anterior. De lo difícil que es, de las consecuencias de una mala elección, de los precios que pagamos por intentar adaptarnos y adaptarlos.

Estos días han caído en mis manos un par de artículos que encienden una luz de esperanza, a pesar de todo.

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Una es esta entrevista al brillante humorista radiofónico Juan Carlos Ortega. Este es el fragmento en el que habla de lo escolar:

-En el colegio me sentí muy tonto, pero ¡es que lo era de verdad! Muchas veces, tras esa frase de “yo era muy tonto” se esconde una vanidad que se traduce en “lo que me pasaba a mí es que era muy inteligente y vivía en mi mundo”. Pues no. Yo no estaba en un universo más elevado, es que, por lo que fuera, no me enteraba de nada. Lo cual no implica que ahora te pueda hablar bien de mí y de mi inteligencia, pero de niño, ay, no me salían las cosas. Los profesores pensaban lo mismo, y el Padre Paíno les decía a mis padres, este chico no hará nunca nada importante. Me da rabia esa gente que cuando hace algo relevante en su trabajo anda ajustando cuentas con el pasado y siempre porque los profes eran muy burros.

-Pero reconozco que sentía como una tristeza, una melancolía, porque mi falta de talentos era general. No se me daba bien nada. Ni hacer un puzzle podía. Si jugaba al fútbol y de pronto me iba, mis compañeros ni reparaban en mi ausencia. No entendía las matemáticas, que luego me han entusiasmado. Yo creo que mi cerebro evolucionó muy lentamente.

-A partir de los 16 años me empezó a interesar el mundo de la cultura a través de la ciencia, de la serie Cosmos. Y eso me llevó a los libros, de Asimov a Shakespeare. Empecé a destacar en FP, porque yo no me saqué el graduado escolar.

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La otra es la historia de la escuela Joaquim Ruyra, que “desafía todos los dogmas del sistema educativo: está en un barrio conflictivo, el 92% de los alumnos son extranjeros… y aún así logra mejores resultados que muchos colegios de élite”. Pongo solo un fragmento, pero os recomiendo leer el artículo entero.

En primer lugar, todas las aulas tienen las puertas abiertas y desde el pasillo se oye un runrún de voces. Antes de cruzar el umbral de la clase de quinto veo un niño sikh con el moño tradicional en la frente, una niña negra altísima y un chaval con cenefas en el cuero cabelludo. De repente me asalta una timidez infantil. Una clase, o lo que muchos entendemos por ella, es uno de los espacios más solemnes a los que uno puede enfrentarse. Sin importar la edad, siempre revive el miedo a ser observado, evaluado. Los alumnos de quinto curso están divididos en cuatro grupos. Deben realizar cuatro actividades distintas de 20 minutos de duración. Éste es el tiempo que, según el equipo directivo, son capaces de mantener una concentración óptima. De modo que la clase de matemáticas durará dos horas. Cada equipo realizará cuatro actividades relacionadas con la asignatura. Los grupos interactivos, así se llama este sistema, es como funcionan aproximadamente el 60% de las horas lectivas en el Joaquim Ruyra. Como herramientas de apoyo están el cronómetro digital colgado en la pared y cuatro adultos, uno en cada conjunto de mesas. «Hoy tenemos dos voluntarios, un lujo», apunta Raquel, la directora. «Siempre garantizamos que haya al menos dos adultos por clase, el tutor y un maestro de apoyo, luego jugamos con los voluntarios». Esta es una de las pocas rebeliones formales del centro: los maestros de educación especial y del aula de acogida se integran en la clase ordinaria. «Al segregar a los alumnos la autoestima bajaba en picado», dice Raquel. «Es como una escuela de idiomas en la que tus compañeros no saben nada y no quieres hablar con tu profesor. Les dábamos un cuaderno especial que terminaba sirviendo de excusa cuando algo les parecía difícil: ‘¡Profe, es que soy del aula de acogida!’».

Lo escolar (1)

La escuela es el principal caballo de batalla para los niños y niñas adoptadas (y para sus familias). Dificultades de aprendizaje, conflictos, ritmos distintos a los de otras criaturas, otras formas de aprender, peleas, racismo, bullying…

Seguro que no pocas familias se sentirán identificadas con este texto publicado en el blog En este preciso instante.

No hay texto alternativo automático disponible.

 

Mi hija es alegre.
Mi hija es hermosa.
Mi hija es cariñosa.
Mi hija es empática.
Mi hija es ordenada.
Mi hija es trabajadora.
Mi hija es graciosa.
Mi hija es ingeniosa.
 
Sin embargo…
 
Mi hija se siente triste.
Mi hija cree que es muy fea.
Mi hija se muestra arisca.
Mi hija se aleja de los demás.
Mi hija pierde en interés en sus cosas.
Mi hija se rinde antes las dificultades.
Mi hija se ofende con las bromas.
Mi hija está a la defensiva.
 
En medio de esas dos listas hay algo muy simple. Tan simple como un colegio.
 
Un lugar en el que la convencieron de que no era capaz ni de hacer la fila y la llevaban de la mano la primera. A ella, que es la primera que se levanta de la cama y se viste, eso sí, después de combinar cuidadosamente el modelito del día (“mamá, tú no entiendes de moda”).
 
Un lugar en el que un día, la profesora de PT, en medio de una conversación en la que yo mencionaba lo bonita que iba a ser de mayor me corrigió y me dijo “bueno…atractiva” y los niños la llamaban fea sin cesar, por sus ojos de almendra.
 
Un lugar en el que nadie la invitaba a los cumpleaños, incluso si, por compromiso acudían a suyo.
 
Un lugar en el que la convencieron de que no sabía recoger su material y hacían que otros niños lo hicieran por ella. A ella, que se hace la cama cada mañana y que recoge todos sus juguetes. A ella que conserva las mismas ceras desde hace tres años.
 
Un lugar en el que nunca le dieron alas para aprender y donde, cuando yo les contaba los grandes avances que observaba trabajando con ella en casa me contestaban…”bueno, bueno…con los pies en el suelo” y la ponían a colorear en un rincón.
 
Un lugar en el que una niña la acosó durante dos años sin que nadie en el colegio pusiera remedio. A ella, que deseaba más que nada en el mundo tener amigas.
 
Un lugar en el que el castigo cuando según ellos se lo merecía, era llamarla bebé y llevarla a la clase de los más pequeños del colegio.
  
¿Porqué lo aguantamos? Porque a veces no ves lo que tienes delante de tus narices hasta que te alejas un poco. Porque la vida no nos permitía escoger en ese momento. Porque  estábamos abrumados y nos convencían de que no había otra manera de hacer las cosas. Porque hasta en esto, hay que aprender y nosotros éramos ignorantes en este territorio.
 
Mi hija se enfrenta ahora a un gran desafío. Un colegio nuevo en el que, por ahora (tengo demasiadas heridas como para confiar completamente) le han abierto los brazos. Es un macrocolegio con cientos de niños de todas las edades. Y muchos, muchos de ellos, son niños especiales en inclusión. O sea, en un aula normalizada.
 
Yo tenía tanto miedo…un colegio tan grande y mi niña tan pequeña. ¿Y si realmente no sabia hacer la fila? ¿Y si, como me decían, no era capaz de estar sentada ante su pupitre como los demás? ¿Y si, y si, y si…?
 
El primer día la acompañé hasta el patio donde hacen la fila, ya dentro del recinto escolar. Esperé a que entrase y le tiré un montón de besos. Ella se fue tan feliz.
 
Al día siguiente, antes de salir para el colegio, me dijo muy seria: “Mamá, haz el favor de no acompañarme hasta dentro, que me dejas en ridículo. Y no me mandes besos. Ya me los darás luego.” La dejé en la puerta envuelta en una marabunta de niños que entraban al colegio. Y la vi alejarse, con su mochila al hombro, camino al patio en el que se colocó en su lugar en la fila. Una niña más.
 
Ni más ni menos lo que es.
 
Sin embargo aún nos queda mucho camino por andar antes de que ella vuelva a sentirse igual que las demás. Su autoestima está muy dañada. Y su confianza en los demás también. Y ese es el primer escalón que hay que superar para afrontar cualquier tipo de aprendizaje. Tan convencida está de que no puede aprender que cuando se enfrenta a un reto se bloquea, se frustra y abandona. Es  una actitud de supervivencia. Si tu experiencia se basa en el fracaso huirás de las circunstancias que históricamente te lo han proporcionado. Un ejemplo: está aprendiendo a leer y jugando, lee las palabras por separado sin ninguna dificultad. Hasta que, de pronto, se percata de lo que está haciendo. En ese momento, deja de ser algo divertido para ser algo angustioso y quiere dejar de hacerlo.
 
La confianza en las propias posibilidades es imprescindible para aprender. Corregir demasiado, exigir de forma impaciente, no valorar los pequeños pasos, despreciar la iniciativa, dar más importancia al error que al acierto, comparar con otras personas y sobre todo, no aceptar la forma de aprender de cada niño son errores que pueden herir de forma grave la capacidad de nuestros hijos de sentirse capaces.
 

Ahora mi reto es conseguir que sepa cuánto vale y que crea, igual que nosotros sabemos, que es una niña maravillosa.

Su nuevo profesor en la primera reunión del aula nos dijo una sencilla frase: “Ella es, sin ninguna diferencia con el resto de sus compañeros, una niña más en el aula”.

Qué pedazo de frase. Creo que me la voy a enmarcar…

Después de ver This is us

Llevamos días enganchadas a la serie This is us. Como adoptante, me parece un retrato magnífico de todos los ángulos de la adopción (y de la adopción transracial). ¿Piensan igual los adoptados? He encontrado este texto en el blog de una adoptada adulta (que tiene otras entradas sobre la serie y que parece en conjunto muy recomendable, aunque aún lo estoy empezando a explorar).

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Mi coguionista me vio acercarme a la cafetería está mañana y paró el coche y bajó la ventanilla. “¿Estás bien”, dijo.

Sacudí la cabeza. “Esa serie”.

“Salgo”, dijo. “Mejor que no venga nadie”. Dejó el coche enmedio de la calle y corrió a abrazarme. “Estuviste chillando a la televisión anoche”.

Asentí

“Pero te gusta la serie, ¿no?, crees que es buena”

Asentí otra vez.

“Vas a llorar, ¿verdad?”

“Es el aniversario de la muerte de mi madre”, dije

“Oh, no”, se puso a mi espalda y empezó a cepillar mi chaqueta como si estuviera cubierta de pelusa. “Y tu cumpleaños es mañana”.

A veces ser adoptado es demasiado. Como ser humano, soy un vaso de agua lleno hasta el borde conmigo misma. Como persona que fue adoptada, soy un vaso de agua que a menudo se derrama – soy demasiado – y no es infrecuente que la única gente que entienda este fenómeno sean otros adoptados.

Y el guionista de This is us.

Cuando prestas atención a algo de manera amorosa e interesada, esto prospera. Tener una serie en televisión que pone el foco en la adopción de una manera intrépida, amorosa e inteligente me hace pensar que vivo en un mundo completamente nuevo. Uno donde yo podría florecer de una manera completamente nueva.

Hay gente – millones de personas – que ven esta serie y a los que se les cuenta – ¡muestra! – cómo puede ser ser adoptado (sin mencionar cómo es ser parte de una adopción transracial) y los espectadores están PRESTANDO ATENCIÓN. No apagan el televisor cuando la palabra “adopción” aparece. De hecho, incluso SE QUEDAN DESPUÉS DE QUE TERMINE LA SERIE para meterse online y HABLAR de ella.

No puedo deciros lo que significa para mí. No puede decíroslo porque no lo sé. Sé que no puedo respirar profundamente cuando pienso en cómo la adopción no sólo es un tema de conversación aceptable, sino interesante para todas las partes. Quizás, incluso, esperanza sobre esperanza, interesante para los padres que adoptan.

¿Habría MI madre visto esta serie? (Lo he dicho antes, pero no puedo estar segura de que hayáis leído todos mis posts, cuando digo “madre” y “padre” me refiero a los padres que me adoptaron).

No. Ella no lo habría tripeado. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que mi madre vivía en su nube donde las historias de sus hijos empezaban “el día que te conocimos”, donde cualquier cosa que sugiriera que había habido otra madre era insostenible. En los ojos de mi madre, ella era la única madre. Fin a de la historia. (Peligro, Will Robinson. Peligro).

¿Puedes imaginar que toda tu vida has tenido un tercer brazos que a veces no te dolía, pero otras veces dolía mucho pero que sobretodo te dolía de una manera que te descentraba? Imagínate que era lo bastante desgarbado para hacer la vida más difícil de lo que era para la gente de dos brazos, solo que era un brazo que nadie podía ver. Pronto aprendiste que no merecía ni siquiera la pena sacarlo a colación porque nadie quería oír hablar de un brazo invisible (especialmente los médicos – quiero que me devuelva mi dinero, Dr. Fisher. Todas esas horas de terapia a 250 dólares cada una. Ser adoptado sí que importa y deberías haberlo sabido, Sr. Licenciado)

Los adoptados tenemos miedo de parecer llorones, víctimas, y muchos aprendemos a minimizar el dolor y la confusión e intentamos actuar y pensar como los demás. Pero si tienes un tercer brazo, se meterá en medio, incluso aunque nadie pueda verlo.

Hay una escena en el episodio de This is Us que vi anoche donde Randall presentaba a su padre biológico a su hermano. Me dejó sin aliento. Era como ver a alguien hacer lo imposible y juntar dos polos opuestos de un imán. Estaba a la par con la escena de Aliens donde esa cosa surge disparada de Sigourney Weaver. NO sabía que podía suceder.

No puedo siquiera imaginar cómo habría sido si una tarde yo hubiera llegado a casa y mi madre y mi madre de nacimiento estuvieran sentadas en la mesa de la cocina, charlando. Incluso más inimaginable habría sido la escena de yo misma llevando a mi madre de nacimiento a la cocina y presentándosela a mi madre, la madre a quien tanto quiero. Mi cerebro sabe que ni siquiera está PERMITIDO imaginarlo, así que no lo hago. Todo lo que sé es que este encuentro habría matado a mi madre, así que el cerebro se queda en blanco.

Crecí sabiendo que no todas las piezas que definen mi vida están en el mismo lugar. ¿Por qué? Porque los adultos estaban asustados. Y cuando no te permiten tener lo que es tuyo en la habitación, quiere decir que algo falla en ti, algo menos que.

Estoy luchando contra mi cerebro ahora e imaginando a todos mis padres, mis dos padres de nacimiento que no quisieron verme y mis padres que me adoptaron juntos en una habitación conmigo.

Santo Dios, sería como si las puertas del paraíso se abrieran y la luz del conocimiento nos iluminara. Estaría allí, completa. Sería la revelación de que el mundo se preocupaba lo suficiente para mostrarme todas mis piezas. Mis padres se preocupaban lo suficiente por mí para dejar a un lado sus miedos personales y mostrarse como padres.

Hay tanto espacio para el amor en este mundo, y los adoptados lo necesitamos más que la mayoría de la gente porque hemos experimentado la pérdida más profunda que puede tener una persona: la de las raíces. Dar a los adoptados piezas de si mismos: la historia de sus orígenes, sus nombres, sus raíces, su libertad para hablar, incluso, les hace sentir incluso más humanos. La primera cosa que vi cuando conseguí una foto de mi madre de nacimiento fue, no soy de Marte. Muchos adoptados sienten que llegaron de otro planeta. Puede sonar guay si no eres adoptado, como una aventura, pero no es un sentimiento positivo. Cuando los humanos caminamos, nos gusta sentir nuestros pies en el suelo. Nos hace sentir seguros. Conectados. En casa. Nadie de Marte conoce este sentimiento. Y lo quieren.

Llena la habitación de familia. Deja entrar a todo el mundo. Ama. Y observa qué sucede.

This is us

Hemos empezado a ver la serie “This is us”, muy recomendada por personas del entorno adoptivo.

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Es la historia de tres hermanos, desde el día de su nacimiento hasta los 36 años. Un trío de hermanos peculiar, porque los padres, que esperaba trillizos, perdieron a uno de los chicos al nacer y decidieron adoptar a un recién nacido negro cuya madre había muerto en el parto y que compartía nursery con sus hijos.

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Los “Big Three” crecen como hermanos en una familia transracial, adoptiva, numerosa, caótica… y afrontan muchas de las situaciones que vivimos en nuestras familias. Los duelos sin resolver, la vuelta que da la vida al convertirnos en padres y madres, la complejidad de criar a niños con realidades y necesidades muy distintas, los falsos gemelos la falta de referentes raciales, las dificultades para peinar el pelo afro, las dificultades para vincularse, la (no) relación con la familia de origen, los secretos, las mentiras y los silencios, el racismo de baja intensidad (y el de alta), la necesidad del adoptado de ser aceptado, su fragilidad,  las dificultades de crianza numerosa, los celos, el buscar espacios para cada uno, el agotamiento, las peleas entre los chicos…

Llevamos 8 capítulo, y subiendo.

No dejen de verla.

Cuando una madre adoptiva dice… a mi hija no le interesa buscar

A mi hijo no le interesa buscar. No quiere saber nada de su vida antes de la adopción. Sus padres somos nosotros. No muestra ninguna curiosidad.

¿Quién no ha oído estas frases alguna vez de boca de padres adoptivos? La autora de este texto, una madre que entregó en adopción a su hija, lo ha hecho… y tiene respuesta para ellos.

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¿Qué le dices a alguien con quien te encuentras para almorzar que te dice que tiene una hija adoptada que “no tiene interés en buscar” tan pronto como oye el tema de último libro? Su hija tiene veintimuchos.

Le dije que muchos adoptados no buscan hasta que sus padres son muy mayores o han muerto, porque es cuando se sienten libres para hacerlo. Le dije que los adoptados no buscan porque inconscientemente tú (madre adoptiva) has dejado claro que hacerlo te heriría mucho. Lo entendió. Y añadió que siempre pensó que su hija buscaría algún día. Me di cuenta de que mi nueva conocida instintivamente entendió que el deseo de conocer la propia historia y reconectar con la familia en algún nivel era instintivo, y no inusual. No estaba siendo agresiva; creo que simplemente estaba sorprendida de conocer a una madre biológica en la vida real, en el almuerzo de Año  Nuevo del estudio de una artista.

Lo que pensaba es que no importa cuánto tratemos de mostrar nuestra realidad – esto es, la de los adoptados y las madres naturales – nuestras voces no llegan a suficiente gente para marcar la diferencia necesaria. La película ocasional en Lifetime – ni siquiera la película “Philomena” – no ha penetrado lo suficiente en nuestra consciencia social. Son vistas como “historias de mujeres”, aunque los chicos también son adoptados y los padres de nacimiento y adopción están por todas partes. Yo he intentado llegar con mis escritos, pero me quedé allí pensando en el camino que queda por recorrer.

La adopción, para toda la gente implicada – incluidos los abuelos de la gente que adopta – es un tema tan delicado. La racionalidad salta por la ventana, y entran la emoción, sentimientos fuertes y apasionados. Incluso los amigos pueden extrañarse cuando una madre natural cambia de idea y decide quedarse con su hijo. En vez de comprensión por la mujer que está incluso valorando la entrega de su hijo, es probable que oigan lo horrible que es para la madre adoptiva en espera. Cómo ha batallado con la infertilidad, cuánto tiempo, dinero y emoción le ha costado llegar hasta allí– ¿qué le pasa a la madre de nacimiento??! O digamos que eres un editor que escogió una adopción cerrada cuando era posible una adopción abierta;  probablemente no estarás dispuesto a publicar una historia sobre por qué las adopciones cerradas no son positivas, cuánto conflicto sienten los adoptados o qué sucede a las madres naturales, quizá como la que gestó a tu hijo… no quieres ni pensar en ella porque… ¿qué puedes hacer en cualquier caso?

La conversación continua: rápidamente averiguo que la mujer que me habla al lado de la mesa con una selección de quiches, conocía la adopción abierta en 1989 cuando adoptó –y sabía que cada vez era más habitual – pero se decidió contra esta opción porque “no sentía que pudiera gestionarlo”. Dijo que podía sentirse demasiado implicada con la madre natural. La mujer no es agresiva ni maleducada, simplemente honesta. Me gusta su honestidad, pero pensé: ella no podía gestionar la idea de compartir a su hija con otra mujer, porque esto es lo que significa una verdadera adopción abierta es – y debería ser. Ella tuvo que borrar el capítulo de la madre natural en su historia de adopción.

Respondí con tacto pero de forma directa, pero no señalé lo obvio, que cuando adoptó pensó en lo que podría gestionar ella, no en lo que su hija perdía, y en el impacto de ser arrancada de su madre natural y su familia. Aunque era obviamente inteligente y leída, dejaba de lado estos asuntos; no habían entrado en su pensamiento cuando adoptó. Sabía que sí seguíamos hablando, no importa cómo escogía mis palabras, parecía que la confrontaba si desafiaba sus ideas. Es rara la situación donde puedo discutir sobre adopción y el abanico de problemas relacionados – especialmente con un padre adoptivo – sin una reacción emocional y seguramente esta no era una excepción. Había tanto que quería decir. Terminé la conversación antes de que mi corazón se disparara. Ya lo sentía latir.

Cuando se fue, me dio su tarjeta, y me dijo que iba a comprar mi libro. Tenemos que educar, uno a uno, siempre y dónde podemos. Hablar nos ayuda a todos.

Idea tardía: la próxima vez que alguien me diga “mi hij@ no está interesado en buscar”… (a menudo precedido por “le pregunté”… supuestamente telegrafiando la idea de que preguntar en algún momento les exonera), voy a decir: ¿No te parece extraño?

Porque las personas no adoptadas entienden por qué la reacción normal es tener interés en la historia de tu propio nacimiento y familia, y en ¿Quién? ¿Dónde? ¿Por qué no me crió mi madre??? Los padres adoptivos deben reconocer que la falta de interés en la historia propia es atípica, pero no quieren reconocerlo. La respuesta de “falta de interés” no desafía su posición como padres únicos que merecen amor e interés.

La persona que “no está interesada” en su paternidad/ maternidad ha aprendido que la respuesta apropiada a sus preguntas es expresar este no-interés, y así han asumido este no-interés. Saber que expresar interés por su propia historia de nacimiento va a ser interpretada como “¿No somos suficiente para ti?” y así herirán a sus padres, a los que presumiblemente quieren. Finalmente, si sabes que nunca puedes tener algo, ¿para qué seguir anhelándolo? ¿Especialmente cuando expresar esta curiosidad herirá a alguien a quien quieres?

Sí, la próxima vez que oiga lo de “falta de interés” de alguien,, diré: ¿No es extraño? ¿Por qué crees que sucede esto? ¿Puedes imaginar no estar interesado en quién eres o de dónde vienes?

Es la respuesta más honesta, y pone la pelota en el tejado de quién pregunta. En el pasado, me he puesto a la defensiva cuando alguien me dice de la falta de interés de su hij@ en alguien como yo, pero quizás esto cambiará emocionalmente para mí.

Los padres adoptivos deberían ponerse a la defensiva si sus hijos expresan falta de interés en su propia vida. ¿Qué hicieron los adoptantes, o el sistema, para capar la curiosidad natural sobre las propias raíces? Como otros han dicho, la curiosidad en cualquier otra área es vista como un signo de inteligencia. En adopción, en cambio, esta curiosidad se ve como una patología. Es hora de cambiar las tornas y ver la falta de interés, no como una patología, pero al menos como una pista que nos haga saltar las alarmas.

La hija de Joni Mitchell

Conocí a Joni Mitchell (como cantautora, claro) por allá en los años 80, cuando como todas las adolescentes pensaba que estaba inventando el mundo y cuando, mientras mis compañeros de generación se deleitaban con Bruce Springsteen o los Dire Straits, yo prefería escuchar los viejos discos de mi padre y aprenderme a base de machacarlos las letras protesta de los años 60.

I am a woman of heart and mind, with time in my hands, no children to raise…

No ha sido hasta hace muy poco que he sabido que, cuando era ella misma una adolescente, Joni Mitchell dio a una hija en adopción, ni siquiera había escuchado “Little Green”, la canción en la que habla de ella.

En este artículo habla de su historia:

En 1965, Joni Mitchell era Roberta Joan Anderson, una estudiante sin un centavo de la Escuela de Arte de Alberta en Calgary, Canadá. Su padre era gerente de un almacén y su madre, maestra en Saskatoon, Saskatchewan.

“Dí a luz cuando estaba en la escuela de arte, a los 20 años, cerca del final del período. Lo principal en ese momento era ocultarlo. El escándalo era tan intenso. Un hijo no podía ser algo más desdichado. Socialmente te arruinaba. El estigma era increíble. Era como haber asesinado a alguien.” No quería que sus padres lo supieran, así que no podía pedirles ayuda. El padre de la niña, un compañero de la escuela, no estaba preparado para formar una familia. El aborto no era una alternativa. Y Mitchell no se sentía preparada para hacer de padre y madre a la vez. “Una madre infeliz no cría un niño feliz”, dice.

Complicaciones del nacimiento la mantuvieron en el hospital otros 10 días, lo cual significó que vio y tuvo en sus brazos al bebé al que había llamado Kelly Dale Anderson. “No tenía dinero. No tenía hogar. No tenía trabajo. Pero intenté encontrar algún tipo de solución que me permitiera quedarme con ella sin lastimarla. Ni a ella ni a mí misma.” Pensó rápidamente en “un matrimonio por conveniencia” con el cantante folk norteamericano Chuck Mitchell, con la intención de conservar a la niña. También estaba la promesa de un trabajo en Detroit. Pero aparte de un nuevo apellido, no quedó nada. “Un mes de matrimonio y se fue. Huyó despavorido. El matrimonio no tenía ninguna base, excepto que me servía para darle un hogar a la niña.” La agencia de adopción estaba apurando a Mitchell. Le decían que cuanto más esperara, más difícil sería ubicar a la niña. En el segundo mes de matrimonio, Mitchell entregó a Kelly Dale en adopción. “Dice en los papeles que en la audiencia me puse muy emotiva, y seguramente fue así. No recuerdo nada. Es algo que tengo bloqueado”. En retrospectiva, Mitchell siente que hizo lo correcto. “Hice una apuesta”, dice. “Aposté a que la gente que venía a llevarse a esta niña la quería y sentía que había un agujero en su vida sin ella”.

Unos tres años después, la carrera de Mitchell comenzó a despegar. Kelly Dale sería la única hija de Mitchell. “Parecía que nunca era buen momento para tener un hijo. Pienso que parte de la dificultad era encontrar un hombre que quisiera un hijo. Era un tiempo muy irresponsable en general para esa generación. Todos teníamos el síndrome Peter Pan.” Mitchell había intentado buscar a su hija, pero tuvo mala suerte. La naturaleza de la búsqueda cambió hace cuatro años cuando una de las compañeras de cuarto de la escuela de arte de Mitchell en los 60 vendió la historia de la adopción a un diario de supermercado. En ese momento, Mitchell dice “me dolió en el alma” que alguien que debería haber sido comprensivo hiciera algo así. Pero la traición trajo aparejada una publicidad enorme. Afortunadamente para Mitchell, Kelly Dale Anderson -ahora Kilauren Gibb- estaba buscando a su madre biológica.

Hace unos cinco años, Gibb, de 27 años, supo por sus padres que era adoptada. Estaba embarazada y quiso conocer a sus padres biológicos. Llamó a Childrens Aid en Canadá, donde la pusieron en una lista de espera. Recién el 31 de enero de este año llegó un paquete con el material biográfico sobre sus padres de nacimiento. Pero sólo era información general. Había “fechas, alturas, que tenían talentos musicales”, dice Gibb por teléfono desde Toronto. “Era el tipo de descripciones breves que se dan para los personajes en una obra de teatro.” Gibb fue a una biblioteca y no encontró nada sobre la cantante. Como era alumna de una escuela de computación, buscó en Internet, donde hay una página de Joni Mitchell.

“Estaba leyendo esto cuando apareció en la pantalla y pensé Dios mío, todos estos datos coinciden. Mamá tuvo polio a los nueve años, el abuelo estaba a cargo de un almacén, la abuela era una maestra… Saskatchewan… novio en la escuela de arte. Había como 14 o 15 coincidencias.” Gibb llamó a la oficina del manager de Mitchell, que la había mantenido al margen por la cantidad de llamados que recibían. Pero la información que Gibb poseía parecía prometedora, de modo que Mitchell le pidió a su manager que llamara y escuchara su voz.

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Su manager habló con Gibb. “Regresó y dijo que estaba totalmente azorado. Dijo que era como hablar con la misma persona.” Gibb vino a Los Angeles con su hijo de 4 años, Marlin. Mitchell ahora tenía una hija y un nieto. “Kilauren dijo que ahora tenía que verlo crecer”, dice Mitchell.

Descubrieron similitudes y diferencias -a Mitchell le gusta el hígado frito con cebollas y Gibb no toca la carne roja-. Gibb no tenía ninguno de los álbumes de su madre, pero le gustaba el dúo que hacía en If I Could. Ambas se casaron con músicos. Mitchell se divorció dos veces. Gibb está separada del padre de Merlin, un baterista de Toronto. Mitchell piensa que su hija se parece a su propia madre. Gibb está segura de que ella y su madre “estaban en Studio 54 en los 80 bailando juntas sin saberlo. Yo vivía en Nueva York cuando ella tenía un departamento allí”.

Gibb tenía una carrera de 13 años como modelo internacional. (La Gibb de 16 años aparece en el catálogo de Danskin de 1981 con Denise Brown, hermana de Nicole Brown Simpson.) Gibb dice que le fue bien en avisos impresos, videos de rock, comerciales de televisión y papeles cortos en películas, incluyendo The Freshman.

Todavía había muchas cuestiones por resolver. Tal vez un encuentro con su padre. Mitchell está preocupada porque los padres adoptivos “sientan que esto interfiere en su relación con Kilauren. Es una relación diferente. Yo les debo mucho a ellos. Les estoy profundamente agradecida por todo. Había estado acertada. La criaron muy bien.” Gibb dice: “Hay un cordón umbilical que nunca se cortó”.

 

Cuenta sus razones en esta entrevista:

 

Dice que no renunció a su hija por su carrera, como se ha dicho, porque entonces no tenía carrera ni ambición, cantaba en locales para sacar algún dinero para sus gastos. Dice: Ni siquiera veías a tu hija. Lo correcto para proteger a tus padres era irte de la ciudad, entrar en un hogar. Muchas chicas cayeron porque todo estaba cambiando respecto al sexo, era muy confuso ser un mujer joven entonces. La píldora no estaba disponible, nacieron muchos niños no deseados, en 1965, más de los que podían ser adoptados. No había sitio donde llevarla, no tenía trabajo. Entró en acogida, yo intenté encontrar trabajo y establecerme para recuperarla. No encontré trabajo, la gente se aprovechó de mí, yo era una criminal, una mujer caída, era todo muy difícil.

Unas palabras que me devuelven el convencimiento de que un porcentaje importante de las madres que renunciaron a sus hijos no lo habrían hecho si hubieran tenido apoyo.

Y me resulta sangrante la frase “lo correcto para proteger a tus padres”… ¿no somos los padres los que tenemos que proteger a nuestros hijos, más aún si están en una situación difícil?

 

Homosexualidad y adopción

Cuando se habla de adopción y homosexualidad, a menudo nos quedamos solo en el derecho de los gays a adoptar, en las dificultades que afrontarán las familias homoparentales por adopción, a las capas de complejidad que esto añade a las vidas ya muy complejas de los hijos… La gestión de la diferencia, la necesidad de pertenencia, la visibilidad de la familia (doble en el caso de adoptados transraciales).

Pero hay más:

¿Cómo ven, o cómo verían, los países de origen que haya niños que son adoptados por familias homoparentales, incluso cuando la legislación lo prohíbe? A nadie se nos escapa que las restricciones para adoptar que se ponen a las (Y sobretodo los) monoparentales tiene en muchos casos que ver con esto: con que bajo el perfil de “monoparental” hay muchas veces una persona o una pareja gay que no tiene otra forma de adoptar.

¿Cómo ven o cómo verían, las familias de origen de nuestros hijos, que ellos hubieran terminado en una familia homosexual?

¿Qué relación podemos mantener con el país de origen de nuestros hijos si es un país donde la homofobia está generalizada, donde incluso es peligroso? ¿Cómo viajamos y cómo nos movemos por lugares donde la sociedad y la ley no aceptan lo que somos?

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¿Y qué pasa si son nuestros hijos los que son gays? ¿Cómo pueden relacionarse  personas criadas en un país “tolerante”, con un país de origen donde su opción sexual no existe oficialmente o está perseguida? O si son transexuales, ¿cómo entran como mujeres al lugar del que salieron como hombres – o viceversa?

Mucho que pensar.

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