familia monoparental y adopción

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Extraescolares

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Hace unos días llegaba a mis manos (mis ojos), esta viñeta, tan acorde con el tópico de que las familias pasamos cada vez “menos tiempo con los hijos” (tópico que intenté desmontar en esta entrada de hace un par de meses).

¿No es curioso que toque demonizar las extraescolares? ¿No es curioso que toque demonizar las extraescolares cuando estas actividades, que siempre han aportado un plus a las clases altas – cuyos hijos aprendían música, deporte, arte, idiomas…- llega al grueso de la población? ¿No es curioso que en esa viñeta, los deberes, que colonizan las tarde y los fines de semana de nuestros hijos, brillen por su ausencia? ¿Y que las extraescolares que se dibujan sean refuerzo e inglés, algo más relacionado con la inoperancia de las escuelas que de las familias? 

¿Qué tiene de malo que nuestros hijos, que se pasan casi todo el día sentados, dediquen algunas horas por las tardes a hacer ejercicio? ¿Qué tiene de malo que nuestros hijos, a los que se enseña a competir individualmente, aprendan a ser un equipo? ¿Qué tiene de malo que nuestros hijos, cuyas horas de plástica y musica han quedado reducidas a la mínima expresión, cultiven estas disciplinas en sus horas libres?

¿Por qué las extraescolares son peor opción que otras, como quedarse solos en casa… o aunque estén acompañados, estén enganchados a alguna pantalla – mientras sus madres y padres hacemos lo mismo?

¿Han pensado que cuando tienes varios hijos, este rato en el que haces de chófer de ida y vuelta a alguna extraescolar es una de las pocas ocasiones que tienes para pasar tiempo a solas con cada uno de ellos?

¿No les cansa que siempre se nos juzgue a las familias por las decisiones de crianza que tomamos?

 

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El problema con el que vivimos

He utilizado muchas veces en este blog esta ilustración llamada “The problem we live with”, el problema con el que vivimos. El problema es el racismo, y el dibujo lo hizo Norman Rockwell en 1964 para ilustrar la llegada de la primera niña negra a una escuela racialmente mixta en Estados Unidos. Protegida por policías y agredida verbal y físicamente por las familias de sus compañeros y compañeras.

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Ahora, la diversidad racial en las escuelas no es algo insólito y las criaturas racializadas ya no necesitan protección policial para acceder a los centros. Pero el racismo es un problema con el que seguimos conviviendo. Como ilustra este texto que M., madre de una niña negra de 11 años, me ha permitido compartir aquí:

Quiero compartir algo curioso que me pasó hace unos meses con mi hija pequeña. Como parte del proyecto de fin de curso tienen que hacer un trabajo sobre un tema que les apasione y lo tienen que presentar en diferentes formatos y plataformas. Ella tenía en mente tratar la brecha salarial entre mujeres y hombres. Como había bastantes criaturas tratando temas similares se me ocurrió que algo totalmente diferente y mejor para tratar ella era el tema de la alergia al cacahuete. Desafortunadamente, ella la sufre. Así que un día le digo… ¿sabes que he pensado un tema realmente único que nadie mejor que tú para presentar? A ver si lo adivinas… y le fui dando pistas… Es uno que te afecta a ti directamente, que por la ignorancia, la inconsciencia involuntaria y la irresponsabilidad voluntaria de la gente te puede costar la vida a ti, que se necesita todavía mucha educación…

Se quedó pensado y me dice… mamá, el racismo.

Íbamos en el coche y quede como si me hubiera caído una losa de hormigón.

Me pregunta… ¿es ese? Yo le conté el que había pensado y me dice que el mío era bueno pero que el de ella era el que realmente enfermaba y mataba. Yo le pedí perdón y me dice… no te preocupes, mamá, eres una madre blanca, maja, ¡pero blanca!

Ese impuesto emocional agota y enferma…

Hizo el trabajo sobre el racismo en la gimnasia. Y lo presentó como una campeona. Lo hizo sola, todo… Como si de alguna forma hubiera estado toda su vida esperando esta oportunidad de ir a las clases de los grados 5º y 6º a hablarles sobre racismo, y entrevistar a estudiantes racializadxs y sentirse acompañada…

Hubo varias madres negras que vinieron a decirme lo increíblemente valiente que era en tratar el racismo, semejante bestia, con tan solo 11 años… Y de repente te cuentan historias que les pasan, un goteo diario, un agotamiento diario, un solo hay una raza la humana, un here we go again, miedo a no saber si sus hijxs van a estar segurxs jugando en la casa de Fulanito o Menganita, soledad de no poder hablar sobre esto más allá de tu círculo de amigxs negrxs… y lo más triste de todo… no sentirse nunca libres de decir como realmente se sienten para no ofendernos. Y se hacen silencios y nudos en la garganta cuando ves que somos parte del problema, somos el problema.

Por eso no entiendo que cuando alguien lo cuenta desde su propia experiencia todavía tenga, encima, que medir sus palabras para evitar que un grupo de no afectadxs se ofendan.  ¡Encima!

Evolución humana

Tener hijos e hijas en edad escolar es estar siempre con la antena puesta. La antena al racismo, al sexismo, a la manera de explicar la Historia… corregir cuando nuestras criaturas nos hablan de “descubrimiento de América”, señalar cuando los carteles colgados en la clase sobre la Prehistoria muestran hombres con garrotes y mujeres con agujas de costura, sustituir cada “hombre” por “ser humano”, discutir la invariabilidad del “color carne”… Buscar libros de texto y de lectura con diversidad familiar, variedad racial, protagonistas femeninas y que rompan estereotipos.

Recibo una iniciativa muy interesante para mostrar la evolución humana a partir de imágenes que no sean solo del sexo masculino… lástima del sesgo de raza. No sé si me convencen menos los dibujos en los que las primeras homínidas son blancas o los otros en los que, indefectiblemente, la evolución es convertirse en personas de raza blanca.

 

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La tormenta perfecta

Ya les he contado muchas veces lo mucho que me gusta el blog Cuaderno de Retazos. Sus ilustraciones, su sensibilidad. Y cómo me resuena cada vez que su autora habla de la escuela. El gran caballo de batalla de los que tenemos niños y niñas que se salen de las normas y de las hormas.

Sí, nosotros también hemos vivido no pocas tormentas perfectas:

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Cuando menos lo esperas algo surge, algo pasa en el colegio y se desata una tormenta perfecta.

Cómo madre, no sé cuál es la mejor forma de conducirse ante estas tormentas que arrasan todo lo que hay y que dejan  huella (en el mejor de los casos dejan una  huella liviana que desaparece pronto).

Que todos no somos iguales ya lo sabemos. Que cada uno tiene sus fortalezas y debilidades también lo sabemos. Aun así, cuando algo pasa, cuando surge un conflicto, solemos esperar y querer que el otro, los otros actúen tal cual sean nuestros esquemas, nuestra forma de sentir o, muchas veces, actuar tal y cómo es conveniente y socialmente adecuado actuar .

Sin embargo… Cada situación necesita una forma de proceder, estas tormentas te pillan por sorpresa y generalmente no hay una manera adecuada de comportarse y si la hay la descubro luego… tiempo después.

En mi caso, cuando recibo una llamada del colegio entro casi en pánico. Así que lo primero que hago es respirar hondo, descolgar, escuchar y decir ahora mismo voy.

Y voy lo más rápido que en ese momento pueda.

Por el camino repaso mi esquema de “forma de actuar ante crisis en el colegio”.  Me recito el “Nada te turbe – Nada te espante -Todo se pasa” y me recuerdo que  tenga o no tenga razón yo estoy de parte de mi hija, lo que supone que cuando llegue actuaré con una tranquilidad exagerada y seré afectuosa con ella para que sienta mi apoyo incondicional. (Nada de miradas suspicaces y recriminadoras, de decepción, de enfado, suspiros, frases hechas, mirar por encima de su cabeza, etc.).

Lo siguiente es más fácil: escuchar, solo escuchar que ha sucedido de forma asertiva. Silencio absoluto, que solo puedo romper para preguntar algo que no he entendido o que quiero saber. Escuchar todo lo que se diga y lo que no se diga y esté en el ambiente.

A continuación  intento pedir tiempo. Se agradece la información y no se decide nada, no se actúa. La tormenta perfecta sigue encima de nuestras cabezas… hay que dejar que acabe de desactivarse… que vuelvan los rayos y truenos, que vuelva el viento huracanado y la lluvia torrencial… pero mejor en casa… en la intimidad… Lejos del colegio y de otras miradas.

Una vez que todos nos hemos desahogado y expresado se empieza a ver que ha sucedido. Vuelvo al observar, al no hacer y al silencio cálido o a las palabras de empatía porque esto sí que ayuda a que llegue la calma. Y según que haya sido lo que ha pasado, pensamos qué hacer, lo decidimos y actuamos. A veces es más o menos sencillo, otras… no tanto. Por supuesto sólo hablamos con el tutor o profesor,  descarto  padres, madres y demás colectivos escolares.

Cuando ya casi hemos olvidado la crisis, como por casualidad saco el tema y, si se puede, miramos de frente que pasó, por qué, qué hubiera sido mejor, qué hemos aprendido… y todo lo que venga al caso.

Las tormentas perfectas son maravillosas, si sobrevives (y siempre lo hacemos… sobrevivir). Y lo son porque nos muestran nuestro interior, nos hablan de nuestros sentires e ideas profundas, de esas debilidades y fortalezas de las que hablábamos.

Claro está que el día de la tempestad pierdo el apetito, el sueño y me tiembla el alma.

 

Homoparentalidad

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He leído estos días este reportaje sobre familias homoparentales. Seis jóvenes cuentan sus vivencias como hijos de parejas de gays o lesbianas (o de un solo padre o madre gay). Hablan de normalidad, ausencia de conflictos, aceptación, solidaridad.

Estos reportajes siempre me despiertan contradicciones. Entiendo que sirven para normalizar y desestigmatizar, pero creo que, a veces, normalizan demasiado

¿De verdad es todo tan bonito? ¿No hay problemas, ni discriminaciones?

Entonces, ¿por qué nos preocupamos / quejamos las familias homoparentales? ¿Qué reclamamos? ¿Qué reivindicamos?

¿Por qué buscamos referentes e iguales?

Mi experiencia personal es que en los colegios se invisibiliza nuestro modelo de familia, desde los impresos a los libros de texto, pasando por los discursos; y eso, cuando no se la ridiculiza, de forma abierta o velada; nuestros hijos reciben preguntas, miradas y comentarios incómodos, en ocasiones incluso algún insulto; y la homosexualidad sigue siendo un tema a medio camino entre el tabú y el chiste.  

Feliz Día de la Tribu

Todos los años me prometo no volver a escribir sobre el Día del Padre. Pero ha caído en mis manos este texto de Roy Galán, y no me he podido resistir. 

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Para mí el Día del padre fue siempre un día de exclusión y engaño.

Un día en el que me sentía raro.

No porque tuviera algún tipo de carencia o de anhelo o de curiosidad al no tener un padre sino dos madres.

Lo era porque nadie atendía a mi sentimiento y se daba por sentado que mi familia tenía que ser de una forma concreta.

Y eso hacía que yo me preguntara si había algo malo en no tener padre cuando nunca lo había pensado.

Yo no necesitaba un padre pero el mensaje que me mandaba el resto del mundo era que tenía que necesitarlo.

Así, llegaba el Día del Padre, y en el colegio teníamos que hacer manualidades para nuestros padres.

“Tú hazlo y luego se lo regalas a quien quieras”.

Pero allí teníamos que escribir la palabra papá.

Yo cerraba los ojos intentando inventarme un padre físicamente pero solo me venía a la mente la cara del cartero.

Pero sé que no era el único.

Había una niña se le había muerto su padre en un accidente de moto y todo el mundo lo sabía pero nadie decía nada.

A otra la cuidaba su abuela porque su padre y su madre eran heroinomanos.

La madre de otro niño estaba separada y no habían vuelto a saber nada más del padre y había tenido que ir a juicio para reclamar que se hiciera cargo económicamente de su hijo y entonces ella hacía de madre y de padre.

Y allí estábamos todos haciendo un cenicero que ponía: Te quiero papá.

Si de verdad nos importan los niños y las niñas.

Si tantísimo valor de la damos a la infancia.

Deberíamos dejar de obviar sus realidades.

Deberíamos dejar de suponer cómo son nuestras familias.

Porque somos tantos y tantas los que no tenemos padres o madres que dar por sentado que los hemos tenido fue una forma más de violencia institucional.

Porque yo no tengo un libro de familia, tengo un libro de filiación.

Y cuando eres niño la filiación te suena a enfermedad mortal.

Porque en mi DNI dice que soy hijo de un tal José porque era el padre de Jesucristo y había que poner a un padre a efectos de notificaciones aunque fuera mentira.

Por eso, feliz día de la tribu.

Y no es un ataque a la familia tradicional, es todo lo contrario.

Es que en la tribu cabemos todos y todas.

Incluida esa familia que nos han venido como única.

Y en en el día de la tribu puedes felicitar a tu padre, o a tu madre, o a tus padres o tus madres, o a tu abuela, o a tu abuelo, o a tus tías, o a los amigos que te adoptaron cuando tu familia te rechazó, o a tus mascotas, o a un lugar concreto del planeta Tierra.

Porque tribu es todo lo que es familia para ti.

Todo lo que te proporciona el cuidado suficiente para no morir.

Porque si no visibilizamos las diferentes formas de vida.

Estas no existen para el resto.

Hagamos tribu para mostrar que nuestros afectos son nuestros.

Nos pertenecen.

Y se los entregamos a aquellos que nos quieren.

Que nadie pueda decirnos que nos falta algo que nunca hemos tenido.

Que nadie pueda cuestionar nuestros hogares e intimidades si no se rigen por lo común.

Quitemosles el poder de la normalidad a aquellos que tratan de herirnos e imponernos un único modelo.

Apropiemonos de los días señalados.

Y reivindiquemos nuestros hermosos lugares en el mundo.

Porque solo de esta manera.

Podremos mandar al futuro un mensaje de consideración a los niños y niñas que todavía no están.

Para que sientan que sin padre.

Esta vida.

Es posible.

Roy Galán

Diversidad y escuela

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Una de las primeras cosas que aprendemos las familias que no respondemos al estándar de familia-heteroparental-con-(2)-hijos-bios-de-la-misma-raza-sin-discapacidad-de-ningún-tipo es que no encajamos.

Y la escuela no para de recordárnoslo.

Te dan los impresos, las agendas, con su línea de puntos, su lugar para el padre y para la madre; o llega un árbol genealógico con cuadraditos para rellenar, con rama paterna y materna, sin espacio para los padres y madres biológicos de los miembros de la familia; o te piden que dibujes a tu padre, o que le hagas un regalo en su día; o las líneas de vida con fotos desde el nacimiento, aunque ellos no tengan esas fotos; o datos como el peso al nacer o el día que empezaste a andar cuando nadie que conozcas puede darte estos datos.

Y si la escuela, o la maestra, es sensible, tal vez nos lo comente antes a las familias, tal vez nos pregunte cuál es la mejor manera de plantearlo, tal vez nos sugiera que  puede adaptar el trabajo, empezar la línea de la vida en un momento posterior al nacimiento, darle el trabajo del día del padre a un tío o abuelo, poner fotos de cuando era más pequeño donde se le piden fotos de recién nacido, inventarse el peso al nacer… o incluso no hacer el trabajo, o hacerlo y, a diferencia de los compañeros, no exponerlo en público.

Y quizás nuestros hijos acepten estas adaptaciones, o quizás intenten hacer el trabajo a pesar de las diferencias, precisamente para no sentirse diferentes. Quizás les incomode, les revuelva, les duela. Quizás les despierte preguntas que no saben responder. Quizás les haga sentir expuestos. Quizás no entreguen el regalo y se lleven una regañina y un punto negativo, o se sientan estratégicamente mal el día que toca presentarlo. Quizás lo hagan como si no pasara nada. Quizás nunca nos digan lo mal que se han sentido haciendo este trabajo. Quizás nos lo digan y no lo sepamos escuchar.

Pero de lo que no hay duda, es de que el mensaje que todos estos trabajos transmiten a nuestros hijos de que sus familias, ellos, no encajan. De que sus familias, sus biografías, sus colores de piel, sus capacidades, sus vivencias… no son las correctas.

La imagen puede contener: una o varias personas y personas sentadas

En las escuelas se llenan la boca hablando de diversidad… de que las familias, las vivencias, las personas… son todas distintas. De que la diversidad es buena y de que los niños y niñas no tienen que avergonzarse de exponer sus diferencias. Pero el mensaje que transmiten todo el tiempo es el contrario. Cuando en los impresos no cabe ninguna familia que no sea la integrada por madre / padre / no más de tres hermanos. Cuando los árboles genealógicos solo se adaptan a la familia biológica. Cuando llamamos color carne al color de las personas blancas. Cuando los libros de texto solamente muestran familias convencionales, parejas heterosexuales, personas sin discapacidades, gente blanca. Madres que cocinan y padres que conducen. Con corbata, el pelo corto, cara de pagar hipoteca todos los meses.

Nos hablan de la necesidad de visibilizar, pero, ¿cómo se visibiliza lo invisible?

Se podrían plantear los trabajos escolares alrededor de la familia de muchas otras maneras. Por ejemplo, bucear en el pasado sin exigir fotos, datos o etapas de la vida concretas. O buscar familias de ficción , que son de lo más variadas. O hacer un brainstorming entre las criaturas para establecer qué es una familia (a mí me gusta mucho la definición”grupo de personas que se organizan alrededor de una lavadora”). O investigar la manera en la que se abordan cosas distintas en distintas culturas. O buscar referentes de todo tipo, clase, condición, origen.

Trabajar la diversidad de las familias y las personas de la clase, sin parámetros establecidos y sin presuponer nada.

Porque, como decíamos ayer, el problema de la diversidad no es que no la respetemos, no la permitamos, la demonicemos o la discriminemos; el problema fundamental es que no la imaginemos,  no la pongamos encima de la mesa como posible.

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