familia monoparental y adopción

Archivo para la Categoría "Escuela"

Decir que el fracaso escolar es cosa de las familias es saber muy poco de educación

“La escuela enseña, la familia educa”; “los niños deben venir educados de casa”… seguro que han oído estas frases más de una vez. Yo no las comparto: estoy convencida de que no somos, ni podemos ser, ni debemos, compartimentos estancos. Que en las familias se aprenden muchas cosas (sí, también de esas “académicas” que teóricamente llegan aprendidas de la escuela) y que la escuela es un lugar donde se educa, es más, el único lugar donde pueden educarse los que no tienen las familias todo lo competentes que deberían, que no son pocos.

O así debería ser… porque, a la práctica, la mayoría de las escuelas adolecen del Mito de Procusto , lo cual es absurdo, porque como me dijo a mi la directora de nuestra anterior escuela, “educar a niños que no presentan ninguna dificultad lo puede hacer cualquiera, el reto – y la razón por las que nos hicimos maestros es precisamente para educar a los demás…” (la teoría preciosa aunque a la práctica cojeaban).

A este respecto, me ha parecido interesantísima esta reflexión del blog Mother Killer.

Resultado de imagen de la escuela enseña la familia educa

Fue en los años 80 cuando Shirley Brice-Heath publicó su maravilloso libro Ways with words. Era el informe de un estudio etnográfico realizado en 3 comunidades de Carolina del Norte, dos rurales y una urbana. La diferencia entre las dos comunidades rurales es que una de ellas era fundamentalmente afroamericana y la otra “blanca”. En la urbe había de todo, como en todas las urbes. Pues bien, Heath estuvo haciendo observación participante en las tres comunidades sobre los usos que se hacían en familia del material impreso (libros y otros útiles escritos). También estuvo observando lo que ocurría en la escuela urbana a la que acudían niñas y niños de las 3 comunidades. El fracaso escolar era mucho mayor entre niñas y niños rurales de ambas comunidades que entre niños y niñas urbanas.

¿Por qué? se preguntó la investigadora. Porque las personas que investigan se hacen preguntas y buscan su respuesta. Solo los charlatanes hacen afirmaciones tajantes sin comprobar su veracidad. Después de un tiempo de inmersión en las comunidades, de recoger datos, sumergirse en ellos, analizarlos e interpretarlos, Heath llegó a la siguiente conclusión: el discurso que empleaban las familias urbanas en la interacción con sus hijas e hijos sobre los materiales escritos (cuentos, revistas y libros) era similar, por no decir igual, al que se desarrollaba en la escuela. Sin embargo, las madres y padres de las otras dos comunidades hacían cosas muy distintas a las que hace la escuela con las palabras.

Una de las comunidades usaba los artefactos escritos mayoritariamente en contextos religiosos y los tomaban al pie de la letra, como algo sagrado e inamovible. La otra era una comunidad fundamentalmente oral, que nunca hacía preguntas cerradas a sus pequeños y valoraba la reflexión y la búsqueda autónoma de soluciones en la vida. La forma en que niñas y niños se implicaban en situaciones de enseñanza-aprendizaje en sus contextos de origen era radicalmente diferente a las formas que imponía la escuela de la ciudad. Las relaciones en las que estaban implicados materiales impresos en el contexto escolar estaban dominadas por la secuencia discursiva IRE (Interrogación-Respuesta-Evaluación) (En este otro post hablo de la secuencia IRE). Seguro que todas sabéis que es eso. Sí mujer sí, mira:

– ¿Cuanto son 2+2? (I)

– ¡¡¡¡Cuatrooooo!!!! (R)

– ¡Muy bien!  (E)

Esta forma de discurso, dominante en el discurso escolar urbano, era absolutamente extraño para las niñas y niños que venían del ámbito rural. Literalmente, no sabían participar en estas secuencias. Y cuando no sigues el discurso mayoritario del grupo, el fracaso está asegurado. Si no sabes someterte al discurso de la evaluación escolar, la evaluación será negativa, sin duda.

Todo esto ya lo apuntaba Bernstein en su obra centrada en la sociología de la educación, Freire en la Pedagogía del oprimido, así como tantos autores que se han preocupado por comprender por qué las niñas y niños de clases sociales desfavorecidas fracasan en la escuela. Y todos ellos acaban apuntando a lo siguiente: son los profesionales los que tienen que buscar la CONGRUENCIA con las prácticas familiares y culturales no dominantes. No podemos exigir a todas las familias que se adapten a los códigos de las clases dominantes. Debe ser la institución escolar la que se amolde a las diferencias de sus estudiantes. Debe ser la escuela, plagada de profesionales en educación, la que aporte soluciones educativas a estas diferencias. Y si no, pues la verdad, no sé para qué sirve la escuela.

Unas familias tienen ordenador, otras no. Unas familias tienen las casas plagadas de libros, otras no. Unas familias tienen acceso a montañas de recursos culturales, otras no. Unas familias tienen la suerte de no tener ningún problema, otras no. Decir que son estas desigualdades el origen del fracaso escolar es como decir que la escuela no sirve para nada. Que una persona tenga que ser de clase media, con una familia exquisita y nuclear y sin ninguna rareza en la forma de procesar la información para tener éxito en la escuela es tirar por tierra la verdadera labor educativa. Admitamos que el único mérito de la escuela sería conseguir que esos niños y niñas que vienen de entornos no dominantes tuviesen éxito. Los demás van a tener éxito con o sin escuela, porque aprenden en cualquier contexto si les ofreces unas condiciones mínimamente motivantes.

En definitiva, dejemos de decir sandeces. El fracaso escolar es un problema de la institución escolar. Sin escuela no existe el fracaso escolar. La escuela está diseñada para que haya personas fracasadas o, dicho de otra forma, el fracaso escolar está incluido en el ADN de la escuela, no es ajeno a ella. Los docentes reflexivos y críticos lo saben y trabajan para transformar la escuela. Esos son los docentes que marcan la diferencia.

Anuncios

Copiar, compartir, robar

Debía tener 8 o 9 años, cuando un día en el recreo, un grupo de niños y niñas decidimos hacernos un balón con los papeles del desayuno. Fuimos recogiendo todos los papeles de plata, los juntamos, los comprimimos, les dimos forma, y jugamos durante un buen rato.

Cuando llegó el momento de irnos, casi simultáneamente yo dije/otra niña dijo:

-Podríamos dejar el balón aquí para que lo aprovechen los que vendrán después

-Vamos a romperla para que nadie se aproveche de nuestro trabajo.

Ese día me di cuenta de que el mundo se divide en dos tipos de personas: los que sienten que cuando comparten pierden algo, y las que sentimos que cuando compartimos, ganamos.

Resultado de imagen de copiar deberes

Recordé ese momento hace unos días, cuando en un grupo de Facebook sobre (contra) los deberes, una madre contó indignada que otra niña de la clase le pedía a su hija que le dejara  copiar los deberes, que se aprovechaba del trabajo de su hija y que iba a tomar medidas.

Hubo comentarios a favor y en contra, y volví a descubrir que había dos grupos diferenciados de personas: los que no vemos mayor problema a dejar copiar, y los que creen que si te dejas copiar eres tonto, que se aprovechan de ti y de tu trabajo, e incluso lo comparan con que alguien te robe o se atribuya tus méritos como suyos… Los que piensan que dejarte copiar es no saberte valer y que tu trabajo pierde valor porque otros lo aprovechen. Como si las notas fueran un pastel que se divide.

Yo no tuve deberes en primaria, pero sí los tuve en el instituto, y como solía hacerlos – y hacerlos bien – más de una vez me los pedía algún compañero. También solían pedirme y fotocopiarse los esquemas que yo me hacía para estudiar, sin ser conscientes de que lo que te hacía aprender no era leer los esquemas sino escribirlos.

Nunca pensé que compartir mi trabajo le quitara valor: de hecho, me pedían mis apuntes precisamente porque tenían valor. Y compartirlos no me generaba ningún perjuicio: no bajaba mi nota, ni me hacía desaprender lo que había aprendido haciéndolos.

En el periodismo, compartir lo que producimos es parte inherente del trabajo. Por ejemplo, los guionistas escriben lo que otras personas dicen en antena. Y ahí también hay dos maneras de verlo. Los que creen que los locutores se aprovechan del trabajo de los redactores, estas figuras clandestinas; y los que creemos que nunca tendremos mejor altavoz para lo que escribimos que la voz de las personas para las que trabajamos.

Y que compartir el trabajo nunca nos hace perder, porque como dice A., “no me importa que me roben ideas: siempre tengo más”.

Línea de la vida

La imagen puede contener: una o varias personas y personas sentadas

A., 9 años. Le ponen como tarea un trabajo sobre “la línea de la vida” (su vida, año a año). Como “deferencia” por su historia, le permiten empezarla donde él quiera. Decide empezarla al nacimiento.

 Pasan los días y no ha entregado el trabajo. Finalmente, tras algún tira y afloja, lo termina y lo entrega.

“¿Sabes? A los chicos adoptados no nos apetece nada hacer este tipo de trabajos”.

El lenguaje de la adopción (2)

Buscando información sobre otra cosa, encontré esta entrada, en el texto atribuyen el magnífico blog Rarezas de la adopción (que me he alegrado de ver que vuelve a estar en marcha), aunque en realidad es del no menos magnífico Cuaderno de Retazos. Copio un fragmento que me sigue haciendo darle vueltas a la cosa de la adopción y el lenguaje

No hay texto alternativo automático disponible.

El niño adoptado no es un niño emigrante. El niño emigrante,  cuando llega al nuevo país con su familia, aprende la lengua del país (proceso aditivo). Este  niño  sigue utilizando su lengua materna en su hogar y el nuevo idioma lo adquiere de una forma gradual y  sólida. Y les sirve de idioma funcional para comunicarse y también para el  aprendizaje.El niño adoptado sufre un proceso diferente. Su mundo desaparece  y es sustituido por un nuevo universo (nuevo tipo de alimentación, rutinas, formas de relación, sobrecarga emocional y de estímulos…)  donde, entre otras muchas cosas,  su idioma no le sirve…  ni le entienden…  ni  entiende. En ningún momento se puede considerar a estos niños bilingües. El niño adoptado se ve obligado a olvidar muy rápido su lengua original (de forma brusca y total, modelo privativo). Comprenden y aprenden muy deprisa  la nueva lengua  de sus padres (necesitan de  uno a tres meses ). ¡Increíble! Pero ¡qué pasa en el interior de nuestros niños!. Según parece se produce una especie de barrido psicológico en el que olvidan su lengua materna, proceso  inconsciente que  es necesario para que el niño pueda adaptarse a una nueva realidad. Entre olvidar un lengua y aprender otra hay  una etapa intermedia de privación de  competencias cognoscitivas  en las dos lenguas (Lambert 1977). Es decir, se quedan sin idioma en el que pensar y aprender, en el que recoger sus emociones y el enorme cambio que están viviendo. Viven en una especie de limbo lingüístico y educativo. Recordemos que nuestra lengua materna es el idioma que usamos para pensar, soñar y sentir las emociones y que su aprendizaje se inicia en el seno materno. Adquieren la nueva… pero tan solo les sirve para una comunicación instrumental. No la llegan a adquirir y consolidar de forma que les sirva de lengua de aprendizaje. Esto provoca en ellos graves desajustes, porque el lenguaje es imprescindible para las construcciones mentales y procesamiento de nuevos conocimientos. El resultado es que tienen una buena competencia verbal pero muchos déficits para aprender y adquirir conocimientos en la nueva lengua. Dicho de otro modo  sus dificultades para aprender son grandes y además, acumulativas. Se da casos de niños que al principio se van desenvolviendo bien, pero a medida que van creciendo y se complican los contenidos académicos que les dan, su rendimiento va cada a vez a peor. Incluso retroceden y olvidan cosas que parecía que habían aprendido.

Lo escolar (2)

Hablábamos de lo escolar en el post anterior. De lo difícil que es, de las consecuencias de una mala elección, de los precios que pagamos por intentar adaptarnos y adaptarlos.

Estos días han caído en mis manos un par de artículos que encienden una luz de esperanza, a pesar de todo.

La imagen puede contener: 1 persona

Una es esta entrevista al brillante humorista radiofónico Juan Carlos Ortega. Este es el fragmento en el que habla de lo escolar:

-En el colegio me sentí muy tonto, pero ¡es que lo era de verdad! Muchas veces, tras esa frase de “yo era muy tonto” se esconde una vanidad que se traduce en “lo que me pasaba a mí es que era muy inteligente y vivía en mi mundo”. Pues no. Yo no estaba en un universo más elevado, es que, por lo que fuera, no me enteraba de nada. Lo cual no implica que ahora te pueda hablar bien de mí y de mi inteligencia, pero de niño, ay, no me salían las cosas. Los profesores pensaban lo mismo, y el Padre Paíno les decía a mis padres, este chico no hará nunca nada importante. Me da rabia esa gente que cuando hace algo relevante en su trabajo anda ajustando cuentas con el pasado y siempre porque los profes eran muy burros.

-Pero reconozco que sentía como una tristeza, una melancolía, porque mi falta de talentos era general. No se me daba bien nada. Ni hacer un puzzle podía. Si jugaba al fútbol y de pronto me iba, mis compañeros ni reparaban en mi ausencia. No entendía las matemáticas, que luego me han entusiasmado. Yo creo que mi cerebro evolucionó muy lentamente.

-A partir de los 16 años me empezó a interesar el mundo de la cultura a través de la ciencia, de la serie Cosmos. Y eso me llevó a los libros, de Asimov a Shakespeare. Empecé a destacar en FP, porque yo no me saqué el graduado escolar.

Resultado de imagen de escola joaquim ruyra l'hospitalet

La otra es la historia de la escuela Joaquim Ruyra, que “desafía todos los dogmas del sistema educativo: está en un barrio conflictivo, el 92% de los alumnos son extranjeros… y aún así logra mejores resultados que muchos colegios de élite”. Pongo solo un fragmento, pero os recomiendo leer el artículo entero.

En primer lugar, todas las aulas tienen las puertas abiertas y desde el pasillo se oye un runrún de voces. Antes de cruzar el umbral de la clase de quinto veo un niño sikh con el moño tradicional en la frente, una niña negra altísima y un chaval con cenefas en el cuero cabelludo. De repente me asalta una timidez infantil. Una clase, o lo que muchos entendemos por ella, es uno de los espacios más solemnes a los que uno puede enfrentarse. Sin importar la edad, siempre revive el miedo a ser observado, evaluado. Los alumnos de quinto curso están divididos en cuatro grupos. Deben realizar cuatro actividades distintas de 20 minutos de duración. Éste es el tiempo que, según el equipo directivo, son capaces de mantener una concentración óptima. De modo que la clase de matemáticas durará dos horas. Cada equipo realizará cuatro actividades relacionadas con la asignatura. Los grupos interactivos, así se llama este sistema, es como funcionan aproximadamente el 60% de las horas lectivas en el Joaquim Ruyra. Como herramientas de apoyo están el cronómetro digital colgado en la pared y cuatro adultos, uno en cada conjunto de mesas. «Hoy tenemos dos voluntarios, un lujo», apunta Raquel, la directora. «Siempre garantizamos que haya al menos dos adultos por clase, el tutor y un maestro de apoyo, luego jugamos con los voluntarios». Esta es una de las pocas rebeliones formales del centro: los maestros de educación especial y del aula de acogida se integran en la clase ordinaria. «Al segregar a los alumnos la autoestima bajaba en picado», dice Raquel. «Es como una escuela de idiomas en la que tus compañeros no saben nada y no quieres hablar con tu profesor. Les dábamos un cuaderno especial que terminaba sirviendo de excusa cuando algo les parecía difícil: ‘¡Profe, es que soy del aula de acogida!’».

Lo escolar (1)

La escuela es el principal caballo de batalla para los niños y niñas adoptadas (y para sus familias). Dificultades de aprendizaje, conflictos, ritmos distintos a los de otras criaturas, otras formas de aprender, peleas, racismo, bullying…

Seguro que no pocas familias se sentirán identificadas con este texto publicado en el blog En este preciso instante.

No hay texto alternativo automático disponible.

 

Mi hija es alegre.
Mi hija es hermosa.
Mi hija es cariñosa.
Mi hija es empática.
Mi hija es ordenada.
Mi hija es trabajadora.
Mi hija es graciosa.
Mi hija es ingeniosa.
 
Sin embargo…
 
Mi hija se siente triste.
Mi hija cree que es muy fea.
Mi hija se muestra arisca.
Mi hija se aleja de los demás.
Mi hija pierde en interés en sus cosas.
Mi hija se rinde antes las dificultades.
Mi hija se ofende con las bromas.
Mi hija está a la defensiva.
 
En medio de esas dos listas hay algo muy simple. Tan simple como un colegio.
 
Un lugar en el que la convencieron de que no era capaz ni de hacer la fila y la llevaban de la mano la primera. A ella, que es la primera que se levanta de la cama y se viste, eso sí, después de combinar cuidadosamente el modelito del día (“mamá, tú no entiendes de moda”).
 
Un lugar en el que un día, la profesora de PT, en medio de una conversación en la que yo mencionaba lo bonita que iba a ser de mayor me corrigió y me dijo “bueno…atractiva” y los niños la llamaban fea sin cesar, por sus ojos de almendra.
 
Un lugar en el que nadie la invitaba a los cumpleaños, incluso si, por compromiso acudían a suyo.
 
Un lugar en el que la convencieron de que no sabía recoger su material y hacían que otros niños lo hicieran por ella. A ella, que se hace la cama cada mañana y que recoge todos sus juguetes. A ella que conserva las mismas ceras desde hace tres años.
 
Un lugar en el que nunca le dieron alas para aprender y donde, cuando yo les contaba los grandes avances que observaba trabajando con ella en casa me contestaban…”bueno, bueno…con los pies en el suelo” y la ponían a colorear en un rincón.
 
Un lugar en el que una niña la acosó durante dos años sin que nadie en el colegio pusiera remedio. A ella, que deseaba más que nada en el mundo tener amigas.
 
Un lugar en el que el castigo cuando según ellos se lo merecía, era llamarla bebé y llevarla a la clase de los más pequeños del colegio.
  
¿Porqué lo aguantamos? Porque a veces no ves lo que tienes delante de tus narices hasta que te alejas un poco. Porque la vida no nos permitía escoger en ese momento. Porque  estábamos abrumados y nos convencían de que no había otra manera de hacer las cosas. Porque hasta en esto, hay que aprender y nosotros éramos ignorantes en este territorio.
 
Mi hija se enfrenta ahora a un gran desafío. Un colegio nuevo en el que, por ahora (tengo demasiadas heridas como para confiar completamente) le han abierto los brazos. Es un macrocolegio con cientos de niños de todas las edades. Y muchos, muchos de ellos, son niños especiales en inclusión. O sea, en un aula normalizada.
 
Yo tenía tanto miedo…un colegio tan grande y mi niña tan pequeña. ¿Y si realmente no sabia hacer la fila? ¿Y si, como me decían, no era capaz de estar sentada ante su pupitre como los demás? ¿Y si, y si, y si…?
 
El primer día la acompañé hasta el patio donde hacen la fila, ya dentro del recinto escolar. Esperé a que entrase y le tiré un montón de besos. Ella se fue tan feliz.
 
Al día siguiente, antes de salir para el colegio, me dijo muy seria: “Mamá, haz el favor de no acompañarme hasta dentro, que me dejas en ridículo. Y no me mandes besos. Ya me los darás luego.” La dejé en la puerta envuelta en una marabunta de niños que entraban al colegio. Y la vi alejarse, con su mochila al hombro, camino al patio en el que se colocó en su lugar en la fila. Una niña más.
 
Ni más ni menos lo que es.
 
Sin embargo aún nos queda mucho camino por andar antes de que ella vuelva a sentirse igual que las demás. Su autoestima está muy dañada. Y su confianza en los demás también. Y ese es el primer escalón que hay que superar para afrontar cualquier tipo de aprendizaje. Tan convencida está de que no puede aprender que cuando se enfrenta a un reto se bloquea, se frustra y abandona. Es  una actitud de supervivencia. Si tu experiencia se basa en el fracaso huirás de las circunstancias que históricamente te lo han proporcionado. Un ejemplo: está aprendiendo a leer y jugando, lee las palabras por separado sin ninguna dificultad. Hasta que, de pronto, se percata de lo que está haciendo. En ese momento, deja de ser algo divertido para ser algo angustioso y quiere dejar de hacerlo.
 
La confianza en las propias posibilidades es imprescindible para aprender. Corregir demasiado, exigir de forma impaciente, no valorar los pequeños pasos, despreciar la iniciativa, dar más importancia al error que al acierto, comparar con otras personas y sobre todo, no aceptar la forma de aprender de cada niño son errores que pueden herir de forma grave la capacidad de nuestros hijos de sentirse capaces.
 

Ahora mi reto es conseguir que sepa cuánto vale y que crea, igual que nosotros sabemos, que es una niña maravillosa.

Su nuevo profesor en la primera reunión del aula nos dijo una sencilla frase: “Ella es, sin ninguna diferencia con el resto de sus compañeros, una niña más en el aula”.

Qué pedazo de frase. Creo que me la voy a enmarcar…

Lo que no vemos

Otra vez, un vídeo que vale más que mil palabras, aunque de palabras va el juego. Y de amor, adolescencia, bullying, y consecuencias inesperadas. No dejéis de verlo (es en inglés y está subtitulado en catalán, pero se entiende. Vaya si se entiende).

Nube de etiquetas

A %d blogueros les gusta esto: