familia monoparental y adopción

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Lo escolar (2)

Hablábamos de lo escolar en el post anterior. De lo difícil que es, de las consecuencias de una mala elección, de los precios que pagamos por intentar adaptarnos y adaptarlos.

Estos días han caído en mis manos un par de artículos que encienden una luz de esperanza, a pesar de todo.

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Una es esta entrevista al brillante humorista radiofónico Juan Carlos Ortega. Este es el fragmento en el que habla de lo escolar:

-En el colegio me sentí muy tonto, pero ¡es que lo era de verdad! Muchas veces, tras esa frase de “yo era muy tonto” se esconde una vanidad que se traduce en “lo que me pasaba a mí es que era muy inteligente y vivía en mi mundo”. Pues no. Yo no estaba en un universo más elevado, es que, por lo que fuera, no me enteraba de nada. Lo cual no implica que ahora te pueda hablar bien de mí y de mi inteligencia, pero de niño, ay, no me salían las cosas. Los profesores pensaban lo mismo, y el Padre Paíno les decía a mis padres, este chico no hará nunca nada importante. Me da rabia esa gente que cuando hace algo relevante en su trabajo anda ajustando cuentas con el pasado y siempre porque los profes eran muy burros.

-Pero reconozco que sentía como una tristeza, una melancolía, porque mi falta de talentos era general. No se me daba bien nada. Ni hacer un puzzle podía. Si jugaba al fútbol y de pronto me iba, mis compañeros ni reparaban en mi ausencia. No entendía las matemáticas, que luego me han entusiasmado. Yo creo que mi cerebro evolucionó muy lentamente.

-A partir de los 16 años me empezó a interesar el mundo de la cultura a través de la ciencia, de la serie Cosmos. Y eso me llevó a los libros, de Asimov a Shakespeare. Empecé a destacar en FP, porque yo no me saqué el graduado escolar.

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La otra es la historia de la escuela Joaquim Ruyra, que “desafía todos los dogmas del sistema educativo: está en un barrio conflictivo, el 92% de los alumnos son extranjeros… y aún así logra mejores resultados que muchos colegios de élite”. Pongo solo un fragmento, pero os recomiendo leer el artículo entero.

En primer lugar, todas las aulas tienen las puertas abiertas y desde el pasillo se oye un runrún de voces. Antes de cruzar el umbral de la clase de quinto veo un niño sikh con el moño tradicional en la frente, una niña negra altísima y un chaval con cenefas en el cuero cabelludo. De repente me asalta una timidez infantil. Una clase, o lo que muchos entendemos por ella, es uno de los espacios más solemnes a los que uno puede enfrentarse. Sin importar la edad, siempre revive el miedo a ser observado, evaluado. Los alumnos de quinto curso están divididos en cuatro grupos. Deben realizar cuatro actividades distintas de 20 minutos de duración. Éste es el tiempo que, según el equipo directivo, son capaces de mantener una concentración óptima. De modo que la clase de matemáticas durará dos horas. Cada equipo realizará cuatro actividades relacionadas con la asignatura. Los grupos interactivos, así se llama este sistema, es como funcionan aproximadamente el 60% de las horas lectivas en el Joaquim Ruyra. Como herramientas de apoyo están el cronómetro digital colgado en la pared y cuatro adultos, uno en cada conjunto de mesas. «Hoy tenemos dos voluntarios, un lujo», apunta Raquel, la directora. «Siempre garantizamos que haya al menos dos adultos por clase, el tutor y un maestro de apoyo, luego jugamos con los voluntarios». Esta es una de las pocas rebeliones formales del centro: los maestros de educación especial y del aula de acogida se integran en la clase ordinaria. «Al segregar a los alumnos la autoestima bajaba en picado», dice Raquel. «Es como una escuela de idiomas en la que tus compañeros no saben nada y no quieres hablar con tu profesor. Les dábamos un cuaderno especial que terminaba sirviendo de excusa cuando algo les parecía difícil: ‘¡Profe, es que soy del aula de acogida!’».

Lo escolar (1)

La escuela es el principal caballo de batalla para los niños y niñas adoptadas (y para sus familias). Dificultades de aprendizaje, conflictos, ritmos distintos a los de otras criaturas, otras formas de aprender, peleas, racismo, bullying…

Seguro que no pocas familias se sentirán identificadas con este texto publicado en el blog En este preciso instante.

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Mi hija es alegre.
Mi hija es hermosa.
Mi hija es cariñosa.
Mi hija es empática.
Mi hija es ordenada.
Mi hija es trabajadora.
Mi hija es graciosa.
Mi hija es ingeniosa.
 
Sin embargo…
 
Mi hija se siente triste.
Mi hija cree que es muy fea.
Mi hija se muestra arisca.
Mi hija se aleja de los demás.
Mi hija pierde en interés en sus cosas.
Mi hija se rinde antes las dificultades.
Mi hija se ofende con las bromas.
Mi hija está a la defensiva.
 
En medio de esas dos listas hay algo muy simple. Tan simple como un colegio.
 
Un lugar en el que la convencieron de que no era capaz ni de hacer la fila y la llevaban de la mano la primera. A ella, que es la primera que se levanta de la cama y se viste, eso sí, después de combinar cuidadosamente el modelito del día (“mamá, tú no entiendes de moda”).
 
Un lugar en el que un día, la profesora de PT, en medio de una conversación en la que yo mencionaba lo bonita que iba a ser de mayor me corrigió y me dijo “bueno…atractiva” y los niños la llamaban fea sin cesar, por sus ojos de almendra.
 
Un lugar en el que nadie la invitaba a los cumpleaños, incluso si, por compromiso acudían a suyo.
 
Un lugar en el que la convencieron de que no sabía recoger su material y hacían que otros niños lo hicieran por ella. A ella, que se hace la cama cada mañana y que recoge todos sus juguetes. A ella que conserva las mismas ceras desde hace tres años.
 
Un lugar en el que nunca le dieron alas para aprender y donde, cuando yo les contaba los grandes avances que observaba trabajando con ella en casa me contestaban…”bueno, bueno…con los pies en el suelo” y la ponían a colorear en un rincón.
 
Un lugar en el que una niña la acosó durante dos años sin que nadie en el colegio pusiera remedio. A ella, que deseaba más que nada en el mundo tener amigas.
 
Un lugar en el que el castigo cuando según ellos se lo merecía, era llamarla bebé y llevarla a la clase de los más pequeños del colegio.
  
¿Porqué lo aguantamos? Porque a veces no ves lo que tienes delante de tus narices hasta que te alejas un poco. Porque la vida no nos permitía escoger en ese momento. Porque  estábamos abrumados y nos convencían de que no había otra manera de hacer las cosas. Porque hasta en esto, hay que aprender y nosotros éramos ignorantes en este territorio.
 
Mi hija se enfrenta ahora a un gran desafío. Un colegio nuevo en el que, por ahora (tengo demasiadas heridas como para confiar completamente) le han abierto los brazos. Es un macrocolegio con cientos de niños de todas las edades. Y muchos, muchos de ellos, son niños especiales en inclusión. O sea, en un aula normalizada.
 
Yo tenía tanto miedo…un colegio tan grande y mi niña tan pequeña. ¿Y si realmente no sabia hacer la fila? ¿Y si, como me decían, no era capaz de estar sentada ante su pupitre como los demás? ¿Y si, y si, y si…?
 
El primer día la acompañé hasta el patio donde hacen la fila, ya dentro del recinto escolar. Esperé a que entrase y le tiré un montón de besos. Ella se fue tan feliz.
 
Al día siguiente, antes de salir para el colegio, me dijo muy seria: “Mamá, haz el favor de no acompañarme hasta dentro, que me dejas en ridículo. Y no me mandes besos. Ya me los darás luego.” La dejé en la puerta envuelta en una marabunta de niños que entraban al colegio. Y la vi alejarse, con su mochila al hombro, camino al patio en el que se colocó en su lugar en la fila. Una niña más.
 
Ni más ni menos lo que es.
 
Sin embargo aún nos queda mucho camino por andar antes de que ella vuelva a sentirse igual que las demás. Su autoestima está muy dañada. Y su confianza en los demás también. Y ese es el primer escalón que hay que superar para afrontar cualquier tipo de aprendizaje. Tan convencida está de que no puede aprender que cuando se enfrenta a un reto se bloquea, se frustra y abandona. Es  una actitud de supervivencia. Si tu experiencia se basa en el fracaso huirás de las circunstancias que históricamente te lo han proporcionado. Un ejemplo: está aprendiendo a leer y jugando, lee las palabras por separado sin ninguna dificultad. Hasta que, de pronto, se percata de lo que está haciendo. En ese momento, deja de ser algo divertido para ser algo angustioso y quiere dejar de hacerlo.
 
La confianza en las propias posibilidades es imprescindible para aprender. Corregir demasiado, exigir de forma impaciente, no valorar los pequeños pasos, despreciar la iniciativa, dar más importancia al error que al acierto, comparar con otras personas y sobre todo, no aceptar la forma de aprender de cada niño son errores que pueden herir de forma grave la capacidad de nuestros hijos de sentirse capaces.
 

Ahora mi reto es conseguir que sepa cuánto vale y que crea, igual que nosotros sabemos, que es una niña maravillosa.

Su nuevo profesor en la primera reunión del aula nos dijo una sencilla frase: “Ella es, sin ninguna diferencia con el resto de sus compañeros, una niña más en el aula”.

Qué pedazo de frase. Creo que me la voy a enmarcar…

Lo que no vemos

Otra vez, un vídeo que vale más que mil palabras, aunque de palabras va el juego. Y de amor, adolescencia, bullying, y consecuencias inesperadas. No dejéis de verlo (es en inglés y está subtitulado en catalán, pero se entiende. Vaya si se entiende).

Que el debate de los deberes…

…haya llegado al anuncio de Ikea es una muestra de cuán polémico es el asunto.

Y sí, efectivamente, la vida da cientos de oportunidades todos los días para “repasar”, “estudiar”, “practicar”… sin necesidad de brearnos a deberes.

Todo lo que realmente necesito saber sobre cómo vivir y cómo ser, lo aprendí en la escuela Infantil

Todo lo que realmente necesito saber sobre cómo vivir y cómo ser, lo aprendí en la escuela Infantil. La sabiduría no estaba en la cima de la montaña de los títulos académicos, sino en el montón de arena del patio. Estas son las cosas que yo aprendí:

  • Compartirlo todo.
  • Jugar sin hacer trampas.
  • No pegar a la gente.
  • Poner las cosas en su sitio.
  • Arreglar mis propios líos.
  • No coger las cosas de otros.
  • Decir “lo siento” cuando hiero a alguien.
  • Lavarme las manos antes de comer. Tirar de la cadena.
  • Las galletas y la leche son buenas.
  • Vivir una vida equilibrada: aprender algo, pensar algo, dibujar, pintar, bailar, jugar y trabajar algo todos los días.
  • Echarme la siesta cada tarde.
  • Cuando salgo al mundo, tener cuidado del tráfico, agarrarnos de la mano y permanecer juntos.
  • Estar atento a las maravillas. Recordar la pequeña semilla en el vaso: las raíces van para abajo y las plantas crecen hacia arriba y realmente nadie sabe cómo ni por qué, pero nosotros somos igual que eso.
  • Los peces de colores, los hámsters, la tortuga e incluso la pequeña semilla del vaso se mueren, así que también lo haremos nosotros.

Y recuerda los cuentos y la primera palabra que aprendiste, la palabra más importante del mundo: “MIRA”. Todo lo que necesitas saber está ahí, en alguna parte.Coge cualquiera de estas normas y ponla en los sofisticados términos de los adultos y aplícala a la vida en tu familia o en tu trabajo, al gobierno o al mundo y seguirán siendo verdaderas, claras y firmes. Piensa que una sociedad mejor puede ser si todos nosotros, el mundo entero, tiene leche y galletas a las tres todas las tardes y luego se echan la siesta con nosotros en las colchonetas. Y si todos los gobiernos tienen siempre como política básica colocar las cosas en su sitio y arreglar sus propios líos. Y comprobarás que continua siendo cierto, no importa cual sea tu edad, que cuando sales al mundo, lo mejor es darse la mano y permanecer juntos.

R. Fulghum

De canciones y películas

Mañana de vuelta a la rutina, después de 3 semanas sin madrugones. Las prisas habituales, coge la fruta, lávate los dientes, abróchate el abrigo que hace frío, ¿lo lleváis todo? charcos y sueño…

…y en la escuela, donde la entrada la marca siempre la música en vez de un timbre, sonaba para entrar “Starman”, de David Bowie…

…y quizás tocaría hablar de David Bowie, pero yo siempre fui más de Beatles… como decía Quino, arruinaron mi gusto musical porque nada se les puede comparar…

…y además, llevo dos días sin poder quitarme de la cabeza esta canción

Que necesario parece recordar en estos momentos que hay que luchar no sólo por lo necesario sino que también hay que defender la belleza.

Vimos “Pride” con los niños… les impresionó pensar que no hacía tanto, no tan lejos, sucedían cosas como las que cuenta la película. ¿Le pegan porque es gay? ¿Por qué no quieren que les ayuden? No lo entendemos…

Y también vimos otra película que nos trasladó a tiempos en las que algunas cosas eran más difíciles: “Adivina quien viene a cenar esta noche”.

Los mayores la vieron con fruición, pendientes de cada cara y cada comentario, viviéndola como si estuvieron dentro… y nos llamaron la atención sobre una frase que yo, que la vi muchos años atrás, no recordaba: cuando Sidney Poitier dice que su chica está convencida de que su hijo podrá llegar a ser presidente e los Estados Unidos. Esta película sucede en 1967, cuando Barack Obama era un niño pequeño.

Esta mañana no he podido pensar en otra canción que nos encantó cuando descubrimos la cantautora Alicia Ramos… y que cantan a todo pulmón los pequeños de la casa:

También vimos, cómo no, “Star Wars”.

Nos gustó la historia, y sobretodo que los protagonistas principales fueran una mujer y un negro.

Y claro, nos gustó la música. Que el día del estreno de la película sonó a la hora de entrar en el cole.

 

 

 

 

Retirada – parte 2

¿Se acuerdan de Removed? En su momento, hace un año y medio, escribí que es la historia de muchos de nuestros hijos. Este pasado del que no consiguen desprenderse, que les sigue como una sombra, que estalla en cualquier momento. Estas reacciones imprevisibles y descontroladas, que no responden a nada que esté sucediendo en este momento sino a algo que sucedió, tiempo atrás, y que sigue sucediendo en sus cerebros. Algo que nosotros no sabemos y ellos no recuerdan. Esta capacidad para tensar las relaciones hasta el límite, para validar lo que les ha enseñado la vida: que no merecen ser queridos.

Y la incondicionalidad, como única respuesta posible.

Ahora ha llegado la segunda parte. Algo más larga, igual de impactante.

Conviene verla. Para que no nos pase lo que dice su protagonista: “Ves lo que hago pero se te olvida por qué”.

Y para que no se nos olvide que hay un futuro.

Para nuestros supervivientes.

P.D. Curiosamente, ha caído en mis manos una entrada antigua del Blog Buenos Tratos, que habla también de las cosas disruptivas que hacen a veces nuestros hijos y de cómo abordarlas. Conviene leerla. Y releerla.

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