familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Archivo para la Categoría "Escuela"

Diario del año de la peste, entrega 256

Hace exactamente un año, la tarde del 11 de marzo de 2020, Tedros Adhanom Ghebreyesus, el director general de la OMS, calificó por primera vez el Covid-19 de pandemia. Lo hizo en la rueda de prensa rutinaria sobre el coronavirus, y dijo que “estamos profundamente preocupados tanto por los alarmantes niveles de propagación y gravedad, como por los alarmantes niveles de inacción”. Ya se habían detectado unos 118.000 contagios en 114 países y se contabilizaban casi 4.300 personas fallecidas.

Buceo en lo que publiqué en Facebook hace un año:

Una nota sobre la gripe de 1918:

En España, a la mal llamada gripe española (que fue epidemia en 1918) la llamaron gripe francesa. En Senegal era la gripe brasileña; en Brasil fue gripe alemana. En Alemania se llamó gripe de Flandes. Y en Polonia: gripe bolchevique.

Las epidemias siempre son foráneas.

Y una frase premonitoria.

Teletrabajo Y Homeschooling es un oxímoron.

No sabíamos que nos esperaban meses de confinamiento, mirando el mundo desde las ventanas, volcados hacia el patio interior.

No sabíamos que este curso que se truncaba ya no se retomaría, que no volverían a las escuelas, que se perderían las graduaciones y los viajes de fin de curso, las despedidas de los compañeros.

No sabíamos que ese resfriado que no acababa de curar sería uno de los casos del Covid de la primera ola, y que un año después aún quedarían sombras de él.

No sabíamos que un año más tarde acumularíamos más de 2,5 millones de muertos y 117 millones de casos de covid-19 en el mundo. Y lo que queda.

Diario del año de la peste, entrega 248

Debería recordarlo, porque tenía 9 años y vivía en una casa donde la política era no importante: parte de lo que éramos. Pero lo único que recuerdo del 23F es ver a mi madre pegada a un transistor, algo que no sucedía nunca: en mi casa se escuchaba mucha música, pero apenas nunca la radio. De hecho, tengo la idea de que el transistor nos lo había prestado una vecina.

Al día siguiente fui a la escuela y allí sí hablamos del tema: el resto de niños y niñas, o al menos algunos de ellos, sí sabían qué había pasado. Quizás porque tenían tele, quizás porque les habían explicado, quizás porque preguntaron. Nos explicaron qué era un golpe de Estado y qué significaba “República bananera” (que expresión más racista, por cierto).

Tardé años no solo en entender sino en conocer qué había pasado. Y siempre me fascinó la imagen de los tres únicos hombres del hemiciclo que no se escondieron tras los escaños: el presidente saliente, Adolfo Suárez; el vicepresidente, el general Gutiérrez Mellado, que llamó al orden a los golpistas; y Santiago Carrillo, el secretario general del Partido Comunista recién legalizado, que pensó que al final le iban a matar igual, y siguió fumando en su escaño. Hombres que, siendo veinteañeros, estaban en bandos opuestos: Carrillo era jefe de la defensa del Madrid republicano y Gutiérrez Mellado, quintacolumnista de Franco, coincidieron en ese gesto que, dicen algunos, es el mito fundacional de la imperfecta democracia en al que vivimos ahora.

Diario del año de la peste, entrega 242

En esta etapa de la vida tan casera y recogida, intentamos salir los fines de semana al campo, a respirar aire puro, ver color verde y mirar a larga distancia, no sea que de tanto ver solo la fachada de enfrente acabemos miopes. En nuestras excursiones, hemos descubierto lugares cercanos que no son muy bonitos, pero quizás por esto, tampoco muy transitados. Que gusto poder respirar sin mascarilla un rato y notar el sol escaso de febrero.

A la vuelta de la excursión de ayer, un WhatsApp de la escuela de B. nos alertaba de que la semana pasada, en Piscina, fue “contacto próximo” de una persona que ha dado positivo. Fue en el agua clorada y en la calle paralela, pero aún así nos piden que guarde 10 días de cuarentena y nos pongamos en contacto con el Centro de Salud. Entramos en la App para pedir cita y descubrimos que han habilitado una “cita Covid”… lástima que la primera disponible nos la den para cuándo habrán terminado los 10 días de cuarentena.

Es la primera cuarentena familiar que nos toca guardar, lo que no está nada mal después de medio curso, cuatro criaturas en 3 centros distintos y alguna que otra extraescolar.

Diario del año de la peste, entrega 229

Han pasado 10 días desde la gran nevada. Algunas calles están limpias, con la nieve amontonada en las esquinas; otras siguen intransitables. No se ha recogido la basura. Hay coches en las rotondas, donde los dejaron los que se encontraron en medio del temporal.

Las escuelas siguen cerradas, y esta vez el telecole me pesa más que el curso pasado: estoy deseando que reabran los centros y poder dejar de hacer de maestra y agenda portátil. Tenían que haber empezado el lunes, pero finalmente lo han retrasado para el miércoles/jueves, depende de las etapas. Aunque en la escuela de P. reventó una tubería y ha estado impracticable, y no me extrañaría que tardaran todavía más en abrir.

El alcalde de Madrid ha reclamado que se declare la ciudad “zona catastrófica”, y cuantifica los daños en 1.400 millones de euros; alcaldes de todo el Estado se han alzado contra esta petición, dicen que el problema no es el temporal sino la gestión del mismo, que en otros lugares donde la nevada también ha sido excepcional hace días que tienen las escuelas abiertas y las carreteras transitables.

Oía en la radio que la cantidad que piden como compensación por el temporal es desorbitada:  estos 1.400 millones son mucho más dinero que otras catástrofes recientes: la gota fría del Levante del pasado otoño se cifró en 20 millones de euros, la borrasca Gloria del año pasado, 97 y las inundaciones de Baleares de hace dos, 26 millones. El Terremoto de Lorca, en el que murieron 13 personas y des destruyeron decenas de edificios, se compensó con 451 millones de euros. El Ayuntamiento de Madrid pretende facturar al Estado el dinero que han dejado de ingresar comercio y hostelería, pero los números no salen: según ellos, la hostelería madrileña ingresa el equivalente al 10% del PIB de todo el Estado.

Por no hablar de los despefectos, que en muchos casos se deben a la dejación de responsabilidades del propio Ayuntamiento.

El truco es siempre el mismo: se cargan el sector público, aseguran que lo público se gestiona mal y le regalan el dinero de los impuestos de todos a las empresas amigas. Y nos piden que salgamos con palas a hacer el trabajo.

Privatizan los beneficios, y socializan las pérdidas.

Como Robin Hood, pero al revés.

Diario del año de la peste, entrega 227

Me levanto a las 7. Temperatura: -7º. La calefacción funciona y las cañerías no se han congelado. Aún.

Hay unos 30 cm de nieve dura en el patio, que en las horas de sol se funde lentamente. Por la noche los regueros de agua se congelan y se vuelvan criminalmente resbaladizos.

Aún tenemos una bolsa de sal: ventajas de vivir puerta con puerta junto al local municipal donde se hace el reparto. Desde el balcón vemos cuándo llega el camión que descarga la sal y las colas que se organizan para llevarse unas cuantas paladas en botas y carros.

También tenemos la suerte de que hayan decidido empezar a limpiar nieve por la calle donde trabajan. No todo el barrio es igual de practicable. Salgo poco y cuando lo hago me llevo el bastón de caminar. Apenas me desplazo unos metros: hasta la tienda al otro lado de la calle, hasta la panadería unos metros más allá. Ahora ya no hay colas para comprar pan: ha llegado el abastecimiento al resto de tiendas y la tahona ha dejado de ser el único lugar donde lo tienen.

Escribe L., que vive en un pueblo a pocos quilómetros, que lleva tres días sin calefacción ni agua caliente. En su localidad no han pasado quitanieves y salir a comprar es una Odisea. También M., que vive en otra localidad un poco más al oeste, explica que sólo pueden moverse los que viven a pie de carretera o tienen 4×4.

Siguen saliendo cuadrillas a la calle con palas. Ciudadanas, vecinos, que van limpiando calle por calle como hormiguitas. Las personas propietarias de 4×4 han creado grupos de Whatsapp para ponerse a disposición de la gente que necesita desplazamientos de urgencia.

Siguen sin recoger las basuras y sin abrir las escuelas. La teleescuela es una agonía diaria, más que el curso pasado: no funcionan las aulas virtuales, se han dejado parte de los libros en el instituto, se les acumula el trabajo y a nosotras la tarea de perseguir criaturas para que no se cuelguen. Es dificilísimo trabajar mientras atiendes las necesidades lectivas, informáticas, emocionales, etc, de 4 criaturas. Ni el sistema, ni la escuela, ni el alumnado, ni las familias, estamos preparadas para esto.

Suerte que nos quedan los memes:

 

Diario del año de la peste, entrega 224

Hemos amanecido a -6º, temperatura insólita en esta ciudad.

Me he acordado de una mujer sueca que me contó una vez que en ningún sitio había pasado tanto frío como en Barcelona: una ciudad no preparada para el frío, con ventanas que cierran mal y sistemas de calefacción precarios.

La calefacción nos mantiene calientes a pesar de los cierres de nuestras ventanas, pero no dejo de pensar en toda la gente ahí fuera: los que han salido para ir a trabajar, los que no tienen casa o no tienen calefacción, o no pueden pagarla.

Ayer, vecinas y vecinos del barrio se organizaron para limpiar las calles; también esta mañana sacaban en mi calle la nieve a paladas tres hombres.

Como dice Alba Mendiola:

Que no seré la que critique las formas de organización y solidaridad vecinal, pero igual lo que también hay que poner en evidencia es el fracaso de la privatización de los servicios de limpieza, el mal estado y recortes en la herramienta y la maquinaria, ya de por sí muy obsoleta, el despropósito de la planificación tanto por el Ayuntamiento y Comunidad de Madrid, una plantilla de barrenderos insuficiente, la ausencia de EPI durante la borrasca, y la diferenciación de calidad del servicio entre el centro y la periferia. El modelo neoliberal ahoga a nuestras ciudades y mata nuestros barrios. Que al final solo el pueblo salva al pueblo, y estas iniciativas no son más que la confirmación de que se puede construir ese Estado y poder alternativos a este sistema, frente a una panda de corruptos, sátrapas y parásitos que solo sirven como agencia de marketing de las grandes empresas a las que regalan nuestros servicios públicos.

La nieve se ha compactado, parece que hay menos pero solo está más dura. Donde hemos quitado la nieve quedan regueros de agua que, si no hemos puesto sal, se han congelado.

Las escuelas no han abierto, pero a diferencia de lo que habría pasado hasta hace un año, las criaturas tienen clases online. Ahí andan con sus telellamadas, sus correos, sus aulas virtuales. Es uno de los cambios que ha traído la pandemia, la teleescuela como el teletrabajo, la frontera cada vez más difusa que separa lo laboral de lo familiar.

Seguimos en este mundo suspendido, a la espera de que vuelva la nueva nueva normalidad. Si es que existe.

Diario del año de la peste, entrega 187

“Al hurtar imágenes del impacto de la covid-19 en España la atención y el miedo ha mermado. Al haber descartado la muerte como algo que solo le ocurre a los otros, a los viejos, a los pobres, hemos inmunizado la conciencia. Y aceptamos que más de 60.000 hayan desaparecido de puntillas”.

Alfonso Armada, fotoperiodista

(Foto de Gervasio Sánchez)

Diario del año de la peste, entrega 186

Ayer, recibí dos llamadas consecutivas de la orientadora del instituto y de la escuela. En ambos casos para contarme que, ¡¡después de lo que nos costó!!, la matrícula de A. se hizo mal y era necesario ir a ambos centros a volver a entregar y firmar papeles que ya hemos firmado y entregado.

Llego al instituto a la hora en la que entra el alumnado. Observo la fila que aguarda pacientemente en la puerta a que se les tome la temperatura y les veo entrar.

A mí me dejan entrar sin necesidad de tomarme la temperatura, me ofrecen hidrogel, llega la orientadora y me lleva a una pequeña salita. “Es una salita limpia”, asegura, y me cuenta que ella pasó el Covid-19 en abril pero que en la serología le ha salido todo negativo. Habla de A. en femenino todo el rato: “la niña”, “ella”, “la alumna”.

Firmo los papeles y me voy a la escuela.

No había entrado desde marzo del año pasado, y está igual pero a la vez no se parece en nada. No hay madres charlando en la puerta, los carteles recuerdan que hay que usar mascarilla y lavarse las manos, los carteles indicando las normas y la organización de los espacios. Llego a conserjería, la jefa de Estudios sale a preguntarme cómo les va a los chicos que ya no están en la escuela, más hidrogel, aquí sí me toman la temperatura. Sale la orientadora, nos ponemos al día – su padre murió de Covid-19 al principio de la pandemia, su madre lo tuvo pero se recuperó y ahora vive con ella -, firmo los papeles y me voy.

De regreso a casa veo las colas en la calle frente a la panadería, el estanco, el banco. Me pregunto cuántos de estos cambios incorporaremos a nuestras vidas, si nuestros nietos harán cola en la calle cuando vayan a comprar y nunca sepan que hubo tiempos en los que nos apiñábamos en el interior de los comercios, sin miedo.

Cuando llego a casa, me encuentro tropecientas llamadas de A., del instituto. Se encuentra mal, dice, dolor de cabeza y de tripa, y vuelve a casa.

Tropecientas llamadas al Centro de Salud más tarde, hablo con la pediatra.

PCR esta tarde

 

Diario del año de la peste, entrega 184

El primer día de curso, P. llegó a casa entusiasmado. Nos contó cómo habían organizado la escuela para los protocolos del Covid-19, dónde y en qué momentos tenían que lavarse las manos, las marcas en el suelo que indicaban direcciones y distancias, el escalonamiento en las horas de entrada y  salida, la zonificación de patio para que cada uno de los grupos burbuja tuviera su zona y no se mezclara con el resto.

(Con los amigos con los que no coinciden se miran de lejos y se hablan de zona a zona).

¡¡Qué bien organizado lo tienen todo!!, nos dijo P., que siempre ha sido un chico ordenado y al que le gustan las cosas claras.

Hoy dice,  antes de salir de casa: hoy volvemos a la zona del patio en la que empezamos.

Hoy se cumplen exactamente 8 meses desde el primer día que dejaron de ir a la escuela, justo antes de que se decretara el Estado de Alarma, y la nueva normalidad empieza ya a tener sus ciclos, estas repeticiones que nos anclan a la vida.

Diario del año de la peste, entrega 179

Mi empresa ha vuelto a la fase 0. Han mandado a casa a más de la mitad de la plantilla, a todos los que no es imprescindible que hagan trabajo presencial.

Es desolador ver estas fotos de la redacción sin gente, como un escenario post-pandémico. Han desaparecido las personas, que solos se quedan los objetos, esperando que se les acaben las baterías y el polvo les cubra.

A mí no me afecta: Yo he seguido teletrabajando y va para largo. Al menos hasta mayo, que una de mis compañeras va a dar a luz y supongo que me tendré que coordinar con la otra para ir algunos días, algunas horas.

Pero en otras empresas, también en la Administración Pública, se resisten a dar el teletrabajo a las personas que podrían y desearían usarlo. Parece que hay un gran miedo al escaqueo en lo no presencial, como si el escaqueo no se pudiera dar y se diese yendo a la oficina. Como si en el trabajo presencial no se tomaran cafés, no se hicieran llamadas personales, no se jugara al Candy Crush.

Yo no sé si trabajo más quedándome en casa, pero desde luego, me cunde más. Igual me levanto a las 7, pero estoy trabajando a las 8 en vez de a las 10. Me ahorro los desplazamientos. Y sí, paro para hacer cosas en casa, pero antes también paraba. Organizo mejor mis tiempos. La frontera que separa lo laboral de lo personal siempre ha sido difusa, porque llamo amigos a mis compañeros después de 25 años caminando juntos, leo libros de trabajo en casa, hago gestiones personales durante el horario laboral, paro para tomarme un café con alguien ajeno a la radio si se da la ocasión y me llevo al trabajo cualquier lectura, película o experiencia que forme parte de mi bagaje vital. Pero el teletrabajo diluye todavía más esta separación artificial que se supone que debe de haber entre el trabajo y la vida, como si no estuvieran hechos de la misma sustancia. 

Las escuelas, los institutos, aguantan, aunque cada vez nos toca más cerca. Ayer confinaron la otra clase del curso de P. por un positivo. Él estaba contento porque se había librado del examen de inglés… hasta que averiguó que se lo habían mandado para hacerlo online. 

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