familia monoparental y adopción

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Bullying, antes y ahora

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Y el acoso era atroz. El profesor asiente: y más grave que el de ahora.. Sí, entonces no salía en los periódicos y no se debatía en los Consejos Escolares, y quizá por eso era peor, porque ningún ojo lo controlaba. Había un chico afeminado al que teníamos loco. Digo teníamos, porque, aunque yo no participaba en primera línea, consentía con mi silencio y me reía, porque reírse significaba que no me lo estaban haciendo a mí. Tirábamos sus cosas por la ventana. La mochila, los cuadernos, todo. Y cuando bajaba al patio a por ello, le arrojábamos proyectiles desde la clase. Borradores, tizas y, cuando la broma se desmadró, sillas, cajones, tablones de corcho. Como en un motín carcelario. El chico esquivaba la lluvia de objetos y contenía las lágrimas mientras recogía. Eso sucedía a diario y casi nunca llamaba la atención de los profesores, que andaban oportunamente encerrados en el claustro, comando café y subiendo el volumen de la tele para no oír nuestro alboroto. Sois mayores, decían. Apañaos.

Sergio del Molino, “La mirada de los peces”.

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Desencajada

Al hilo de la última entrada, sobre diversidad familiar, publico esta reflexión de A., madre en una familia que no podría contener más diversidad.

Todos queremos encajar en algún sitio, encontrar nuestro lugar en el mundo. Pero a veces no es fácil. A veces es muy, muy difícil.

 

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En el grupo de Familias de Niñ@s Transexuales soy la única madre de una niña trans fluida no binaria y no blanca; en el grupo de Altas Capacidades soy la única con hijos adoptados, con una hija trans, con hijos negros; en el grupo de Homeschooling, la única monoparental y con una hija trans; en el grupo de Feministas soy la única monoparental por decisión propia y la única adoptiva, la única con hijos negros.

Si vas con familias adoptivas te dicen cosas como: ¿y le ha cogido muy fuerte esto de ser una niña? Ya se le pasará… y cuando estás con familias trans que entienden, tienes que aguantar comentarios del tipo: Siempre he querido adoptar pero… Qué buena acción, te has ganado el cielo, qué suerte han tenido… y cuando no, piensas que quizás has encontrado el lugar, entonces se cuestiona por qué se tiene que hacer diferencia con las familias monoparentales si hay biparentales que tienen solo un sueldo.

Hay una insensibilidad general hacia aquello que no te afecta

Y ya no entro cuando  en un grupo, para defender al colectivo LGTBI, hay comentarios racistas; o en cuando en otro, para defender a las personas racializadas, son contra los colectivos LGTBI; o cuando en todos hay contra quien no cumple los estándares o que no siguen un modelo concreto. Y esto cuando no es insensibilidad sino fobia, porque el grupo no va de eso, y por tanto, se puede expresar tranquilamente.

Estas líneas, sorprendentemente, nadie tiene problemas en traspasarlas.

Cuerdas y marionetas

En una discusión sobre el tema que debatimos en el post anterior, una docente bienintencionada me recomendó ver el cortometraje Cuerdas. No sé si lo recuerdan: ganó un Goya hace unos años, y fue noticia, entre otras cosas, porque el autor pidió repetidamente que no se compartiera por Internet.

La petición debió surtir efecto porque he estado buscando y solamente he encontrado trailers.

No sé qué opciones hay ahora mismo de verlo completo. Yo lo vi en su momento (pirateado, sorry) y recuerdo la historia de ese niño con parálisis cerebral que llegaba a un orfanato y que entablaba amistad con una de las niñas que había allí…

…y recuerdo también las críticas que desde Asociaciones de personas con discapacidad se hicieron, y me ha parecido interesante compartirlas aquí.

Esta es de Rocío Molpeceres, autora de un blog en el que da a conocer la parálisis cerebral desde la perspectiva de los propios afectados. Dice así.

Este corto  se desarrolla bajo el paradigma médico-rehabilitador.

La madre dice que sabe que no es el centro adecuado para él y no se preocupa de buscar los apoyos necesarios para que el niño pueda participar en la clase. Simplemente deja informes y medicinas, ¿por qué no nos fijamos en las capacidades que tiene una persona y no solo en sus problemas?

En cuanto a la profesora, lo presenta como un niño especial y ni siquiera le pone una mesa o un libro y sigue la clase normal con el resto de los niños y cuando le saca al patio solo pretende que le dé el sol.

Solamente hay una niña que se acerca a él y ella pretende que hable y que juegue al balón de la misma forma que los demás.

Esto cambiaría si en lugar de solo atender al niño, se le proporcionasen los medios para mejorar realmente su calidad de vida. Lo primero, con un sistema de comunicación adecuado para él o la adaptación de juegos; para esto habría que contratar a una persona que le apoyase o que ciertas entidades especializadas ayudasen, tanto al colegio como a la familia a normalizar la diferencia.

Por otro lado, es muy importante educar a los niños en el valor de la diversidad, es decir, hay gente que se mueve de forma diferente o habla de forma diferente: no somos enfermos, simplemente funcionamos de forma diferente. Por ejemplo, se puede bailar desde la silla.

Aunque es cierto que se habla de términos como normalización e inclusión, todavía queda mucho camino por recorrer y muchas mentalidades que cambiar. Es importante que existan leyes, pero también hay que quitar miedos, quizá algunos profesores no hayan trabajado nunca con personas con diversidad funcional.

Sin olvidarnos tampoco de las familias que a veces se centran en los problemas, sin saber buscar las capacidades. De hecho creo que aún se da demasiada importancia a la recuperación y no tanto a la calidad de vida, que es lo realmente importante.

Esta otra es de Ignacio Calderón Almendros,  Profesor de Teoría de la Educación, interesado en la experiencia de exclusión e inclusión educativa de personas situadas en los márgenes, desde la discapacidad y la desventaja sociocultural. Empeñado en que la escuela sea un lugar donde todas las personas podamos crear sentido”. Aquí algunos extractos:

En el film se asimila parálisis cerebral con enfermedad (debido al desenlace), pero tener parálisis cerebral no es una enfermedad, es una condición. Es evidente que si no se genera reflexión, se tiende a consolidar el estereotipo de que las personas con discapacidad están enfermas. También se alimentan otros estereotipos, por ejemplo, al quitarle al niño cualquier capacidad, incluso la comunicativa (y no me refiero únicamente al lenguaje). Bonita, pero…

Por todo esto, mientras la mayoría de los comentarios que he tenido la oportunidad de leer hacían alusión a “la integración”, yo lo que fundamentalmente veo es una evidente historia de exclusión educativa. Un niño tratado por las instituciones como un mueble, que tampoco tiene lugar, lo cual no hace otra cosa que reflejar la cruda realidad.

(…)

El corto se asienta en muchas cosas demasiado cuestionables, y no se ofrece una posibilidad de crítica, sino una normalización de la sangrante situación institucional que viven como si fuera neutral. Los niños con discapacidad estorban y no tienen lugar en las escuelas ordinarias, se podría leer. Las personas con discapacidad son objetos hasta el punto de que el ¿protagonista? no tiene ni nombre, lo cual obliga a quien ve la película a llamarle por la etiqueta: “el niño malito”.

Así se había mostrado en la inexistente relación del resto de niños, niñas y docentes con el chico: nadie en toda la película le hace caso. Por otra parte, es evidente que estaba allí para cualquier cosa menos para aprender, hasta el punto de ¡no tener ni mesa! Estaba en la escuela del orfanato, pero en realidad no era una escuela para él, sino un lugar desolado en el que un niño “raro” y una niña “rara” se relacionan mientras son marginados por menores y adultos.

Lo mejor, a mi juicio, es la hermosa relación que comienza a establecerse entre la niña y el niño, y la metáfora de la cuerda, como el vínculo que les une. Pero incluso en esto el niño es convertido en objeto, que nunca es preguntado por lo que desea hacer. Y la cuidadora es una niña, como no podía ser de otro modo… con lo que reproducimos los roles de género, mientras eliminamos la responsabilidad de las administraciones públicas en establecer relaciones de cuidado justas.

Las cuerdas. La hermosa metáfora inicial comienza a chirriar cuando las cuerdas parecen hilos de una marioneta, y se revela con el mensaje final: la cuerda en la muñeca de una María (que sí tiene nombre) adulta comenzando su función como maestra en una escuela de educación especial… Es evidente que hay que segregar al alumnado con discapacidad.  Y esto ocurre porque en realidad nunca se valoró al niño como tal, sino como lo que no era: como si él fuera una enfermedad, como si él quisiera la voluntad de la niña, como si su valor estuviera (incluso en los sueños) en el niño que puede bailar. ¡Qué daño hizo que la bestia se convirtiera en príncipe al encontrar el amor de la bella!

Por eso genera tantas lágrimas, porque no dejamos a las personas ser ellas. Entonces da pena la persona discriminada, en lugar de darnos pena nosotros mismos, y lo que hacemos con los demás. Creemos que vive atenazado por su condición, en lugar de cuestionar las relaciones y nuestro sistema social que lo excluye.

En cualquier caso, toda película permite pensar y sentir, y es evidente que ésta lo hace. Eso sí, necesitamos desplazar nuestra mirada hacia lo que hay en los márgenes de “Cuerdas”, para poder ver las cuerdas que también a nosotros nos mueven como marionetas, que se compadecen por personas cuyos problemas los constituimos nosotros mismos.

 

Sobre escuela e inclusión

La Generalitat de Catalunya acaba de publicar el decreto de escuela inclusiva, que prevé que los niños con NNEE sean escolarizados en escuela ordinaria. Sobre el papel, parece la solución ideal, pero, ¿lo es? ¿Siempre la escuela ordinaria es la mejor opción, para todos los niños?

Hace años, yo también pensaba que era lo mejor. Que los niños, sean como sean, tienen que estar en el mundo, que no se les puede poner en una burbuja, que la escuela debe y puede adaptarse a las necesidades de cada uno.

Y lo cierto es que la escuela tiene previstos mecanismos para integrar a los niños “diferentes”: adaptaciones curriculares, dictámenes, apoyos de distinto tipo, repetición de curso. Mecanismos que a veces permiten a los niños trabajar a su ritmo, pero otras, reconozcámoslo, son meros parches para que no interrumpan el ritmo de la clase.

No hay texto alternativo automático disponible.

Con las adaptaciones, los niños reciben menos presión a la hora de trabajar, sobretodo mientras son pequeños y está la esperanza de que maduren, “hagan el click”, se coloquen al ritmo de los demás;  pero muchas veces cargan con una cosa tal vez peor: el estigma. “Va a apoyo”, “el grupo de los tontos”, “pobrecito, no puede”. Y ven que los demás dejan de esperar que sean capaces, y dejan de esperarlo ellos mismos.

Y pasa otra cosa cuando crecen. Que de repente, todos los niños que a los 3, a los 5… no veían las diferencias, las empiezan a ver. Y la empieza a ver también el propio niño afectado. Y esto, en muchas ocasiones, convierte la vida escolar en un infierno.

Niños que pelean consigo mismos para llegar a los mínimos académicos aceptables, pero también niños que tiran la toalla y se convierten en el payaso o el gamberro de la clase. Niños que cambian de colegio una y otra vez. Que tienen suerte y les toca un buen tutor que les acompaña, pero al curso siguiente tienen menos suerte y les toca otro que no se preocupa lo más mínimo y deshace de un plumazo el trabajo de años. Niños que se encuentran a la merced de la capacidad / buena voluntad del profesorado que les toque. Niños que se desconectan, que se desmotivan, que empiezan a mirar a los demás con desconfianza y a tener conductas disruptivas.  Y la autoestima que no deja de bajar.

Por no hablar del patio. O de las horas de después del colegio.

Las madres y padres de los niños “normales”, los que no tienen problemas, los que no llevan la etiqueta del “tonto”, o el “distinto”… no dejan de defender la bondad del sistema. Están integrados, dicen. Son queridos, dicen. Tienen amigos, dicen. Les vemos contentos.

Incluso sus profesoras te dicen estas cosas cuando vas a preguntarles, extrañadas de que tengas dudas.

Lo que no ven  es lo que pasa por las tardes, en casa: los llantos, los ataques de rabia, la tarea rota, el “soy tonto”, el “soy inútil”, el ¿por qué mis hermanos van a casas de amigos y a mí no me invita a nadie?, el que los niños a los que invitó a su cumple no le devuelvan la invitación, el “me dicen que soy un acoplao”, el “no quiero ir al cole”…

El vivir disimulando las dificultades además de sorteándolas y superándolas, el estrés que esto provoca.

Lo deseable, claro que sí, es una escuela que incluya a todos. Pero, ¿cómo podemos hacer una escuela inclusiva cuando la sociedad no lo es? Lo deseable es que tengan las mismas oportunidades que el resto de chicos y chicas, pero siendo el “distinto” en una escuela uniforme no siempre las tienen. Lo deseable es que crezcan entre iguales, pero para esto tienen que dejar de sentirse diferentes. Lo deseable es que aprendan a convivir, pero, ¿cómo pueden hacerlo si siempre son “el otro”?

El mundo, dicen, no es una burbuja. En el mundo no estarán protegidos. La escuela tiene que ser un reflejo del mundo.

Pero esto no es cierto. Nunca, jamás, después de la escuela, en la vida, estamos tan expuestos. Procuramos escoger trabajos que sepamos hacer, nos relacionamos con gente que tiene gustos e ideas parecidas, creamos nuestra aldea gala para resistir a las inclemencias.

Este vídeo lo han hecho en una escuela de educación especial especializada en niños con Inteligencia Límite. Niños que fueron escolarizados en escuela ordinaria en primaria y que en secundaria han llegado a un entorno en el que los niños se parecen más a ellos.

Fijaos cómo explican (y muestran) lo que ha representado este cambio:

(El vídeo se ha presentado a un concurso sobre bullying. Podéis votarlo aquí).

Decir que el fracaso escolar es cosa de las familias es saber muy poco de educación

“La escuela enseña, la familia educa”; “los niños deben venir educados de casa”… seguro que han oído estas frases más de una vez. Yo no las comparto: estoy convencida de que no somos, ni podemos ser, ni debemos, compartimentos estancos. Que en las familias se aprenden muchas cosas (sí, también de esas “académicas” que teóricamente llegan aprendidas de la escuela) y que la escuela es un lugar donde se educa, es más, el único lugar donde pueden educarse los que no tienen las familias todo lo competentes que deberían, que no son pocos.

O así debería ser… porque, a la práctica, la mayoría de las escuelas adolecen del Mito de Procusto , lo cual es absurdo, porque como me dijo a mi la directora de nuestra anterior escuela, “educar a niños que no presentan ninguna dificultad lo puede hacer cualquiera, el reto – y la razón por las que nos hicimos maestros es precisamente para educar a los demás…” (la teoría preciosa aunque a la práctica cojeaban).

A este respecto, me ha parecido interesantísima esta reflexión del blog Mother Killer.

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Fue en los años 80 cuando Shirley Brice-Heath publicó su maravilloso libro Ways with words. Era el informe de un estudio etnográfico realizado en 3 comunidades de Carolina del Norte, dos rurales y una urbana. La diferencia entre las dos comunidades rurales es que una de ellas era fundamentalmente afroamericana y la otra “blanca”. En la urbe había de todo, como en todas las urbes. Pues bien, Heath estuvo haciendo observación participante en las tres comunidades sobre los usos que se hacían en familia del material impreso (libros y otros útiles escritos). También estuvo observando lo que ocurría en la escuela urbana a la que acudían niñas y niños de las 3 comunidades. El fracaso escolar era mucho mayor entre niñas y niños rurales de ambas comunidades que entre niños y niñas urbanas.

¿Por qué? se preguntó la investigadora. Porque las personas que investigan se hacen preguntas y buscan su respuesta. Solo los charlatanes hacen afirmaciones tajantes sin comprobar su veracidad. Después de un tiempo de inmersión en las comunidades, de recoger datos, sumergirse en ellos, analizarlos e interpretarlos, Heath llegó a la siguiente conclusión: el discurso que empleaban las familias urbanas en la interacción con sus hijas e hijos sobre los materiales escritos (cuentos, revistas y libros) era similar, por no decir igual, al que se desarrollaba en la escuela. Sin embargo, las madres y padres de las otras dos comunidades hacían cosas muy distintas a las que hace la escuela con las palabras.

Una de las comunidades usaba los artefactos escritos mayoritariamente en contextos religiosos y los tomaban al pie de la letra, como algo sagrado e inamovible. La otra era una comunidad fundamentalmente oral, que nunca hacía preguntas cerradas a sus pequeños y valoraba la reflexión y la búsqueda autónoma de soluciones en la vida. La forma en que niñas y niños se implicaban en situaciones de enseñanza-aprendizaje en sus contextos de origen era radicalmente diferente a las formas que imponía la escuela de la ciudad. Las relaciones en las que estaban implicados materiales impresos en el contexto escolar estaban dominadas por la secuencia discursiva IRE (Interrogación-Respuesta-Evaluación) (En este otro post hablo de la secuencia IRE). Seguro que todas sabéis que es eso. Sí mujer sí, mira:

– ¿Cuanto son 2+2? (I)

– ¡¡¡¡Cuatrooooo!!!! (R)

– ¡Muy bien!  (E)

Esta forma de discurso, dominante en el discurso escolar urbano, era absolutamente extraño para las niñas y niños que venían del ámbito rural. Literalmente, no sabían participar en estas secuencias. Y cuando no sigues el discurso mayoritario del grupo, el fracaso está asegurado. Si no sabes someterte al discurso de la evaluación escolar, la evaluación será negativa, sin duda.

Todo esto ya lo apuntaba Bernstein en su obra centrada en la sociología de la educación, Freire en la Pedagogía del oprimido, así como tantos autores que se han preocupado por comprender por qué las niñas y niños de clases sociales desfavorecidas fracasan en la escuela. Y todos ellos acaban apuntando a lo siguiente: son los profesionales los que tienen que buscar la CONGRUENCIA con las prácticas familiares y culturales no dominantes. No podemos exigir a todas las familias que se adapten a los códigos de las clases dominantes. Debe ser la institución escolar la que se amolde a las diferencias de sus estudiantes. Debe ser la escuela, plagada de profesionales en educación, la que aporte soluciones educativas a estas diferencias. Y si no, pues la verdad, no sé para qué sirve la escuela.

Unas familias tienen ordenador, otras no. Unas familias tienen las casas plagadas de libros, otras no. Unas familias tienen acceso a montañas de recursos culturales, otras no. Unas familias tienen la suerte de no tener ningún problema, otras no. Decir que son estas desigualdades el origen del fracaso escolar es como decir que la escuela no sirve para nada. Que una persona tenga que ser de clase media, con una familia exquisita y nuclear y sin ninguna rareza en la forma de procesar la información para tener éxito en la escuela es tirar por tierra la verdadera labor educativa. Admitamos que el único mérito de la escuela sería conseguir que esos niños y niñas que vienen de entornos no dominantes tuviesen éxito. Los demás van a tener éxito con o sin escuela, porque aprenden en cualquier contexto si les ofreces unas condiciones mínimamente motivantes.

En definitiva, dejemos de decir sandeces. El fracaso escolar es un problema de la institución escolar. Sin escuela no existe el fracaso escolar. La escuela está diseñada para que haya personas fracasadas o, dicho de otra forma, el fracaso escolar está incluido en el ADN de la escuela, no es ajeno a ella. Los docentes reflexivos y críticos lo saben y trabajan para transformar la escuela. Esos son los docentes que marcan la diferencia.

Copiar, compartir, robar

Debía tener 8 o 9 años, cuando un día en el recreo, un grupo de niños y niñas decidimos hacernos un balón con los papeles del desayuno. Fuimos recogiendo todos los papeles de plata, los juntamos, los comprimimos, les dimos forma, y jugamos durante un buen rato.

Cuando llegó el momento de irnos, casi simultáneamente yo dije/otra niña dijo:

-Podríamos dejar el balón aquí para que lo aprovechen los que vendrán después

-Vamos a romperla para que nadie se aproveche de nuestro trabajo.

Ese día me di cuenta de que el mundo se divide en dos tipos de personas: los que sienten que cuando comparten pierden algo, y las que sentimos que cuando compartimos, ganamos.

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Recordé ese momento hace unos días, cuando en un grupo de Facebook sobre (contra) los deberes, una madre contó indignada que otra niña de la clase le pedía a su hija que le dejara  copiar los deberes, que se aprovechaba del trabajo de su hija y que iba a tomar medidas.

Hubo comentarios a favor y en contra, y volví a descubrir que había dos grupos diferenciados de personas: los que no vemos mayor problema a dejar copiar, y los que creen que si te dejas copiar eres tonto, que se aprovechan de ti y de tu trabajo, e incluso lo comparan con que alguien te robe o se atribuya tus méritos como suyos… Los que piensan que dejarte copiar es no saberte valer y que tu trabajo pierde valor porque otros lo aprovechen. Como si las notas fueran un pastel que se divide.

Yo no tuve deberes en primaria, pero sí los tuve en el instituto, y como solía hacerlos – y hacerlos bien – más de una vez me los pedía algún compañero. También solían pedirme y fotocopiarse los esquemas que yo me hacía para estudiar, sin ser conscientes de que lo que te hacía aprender no era leer los esquemas sino escribirlos.

Nunca pensé que compartir mi trabajo le quitara valor: de hecho, me pedían mis apuntes precisamente porque tenían valor. Y compartirlos no me generaba ningún perjuicio: no bajaba mi nota, ni me hacía desaprender lo que había aprendido haciéndolos.

En el periodismo, compartir lo que producimos es parte inherente del trabajo. Por ejemplo, los guionistas escriben lo que otras personas dicen en antena. Y ahí también hay dos maneras de verlo. Los que creen que los locutores se aprovechan del trabajo de los redactores, estas figuras clandestinas; y los que creemos que nunca tendremos mejor altavoz para lo que escribimos que la voz de las personas para las que trabajamos.

Y que compartir el trabajo nunca nos hace perder, porque como dice A., “no me importa que me roben ideas: siempre tengo más”.

Línea de la vida

La imagen puede contener: una o varias personas y personas sentadas

A., 9 años. Le ponen como tarea un trabajo sobre “la línea de la vida” (su vida, año a año). Como “deferencia” por su historia, le permiten empezarla donde él quiera. Decide empezarla al nacimiento.

 Pasan los días y no ha entregado el trabajo. Finalmente, tras algún tira y afloja, lo termina y lo entrega.

“¿Sabes? A los chicos adoptados no nos apetece nada hacer este tipo de trabajos”.

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