familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Archivo para la Categoría "Feminismo"

Diario del año de la peste, entrega 255

El día 3 de marzo de 1996 Aznar ganó las elecciones.

Yo llevaba varios meses buscando trabajo, echando currículums, arañando algo de dinero en clases y canguros, siempre insuficientes; V. incluso me llevó a l’Església del Pi a poner una vela a San Pancracio, el de la Salud y el Trabajo. Y yo no podía dejar de pensar que todo estaría parado hasta las elecciones, que no encontraría trabajo hasta que pasara esa fecha.

Recuerdo a Aznar levantando la mano junto a Ana Botella en el balcón de Génova 13, la decepción, el hartazgo.

El día 4 de marzo, C. me llamó.

El día de 5 me reuní con J.

El día 6 empecé a trabajar.

Y hasta hoy he seguido en el mismo equipo.

¡En estos 25 años nos han pasado tantas cosas! Ha habido divorcios y parejas nuevas, han ido llegando criaturas, ha habido muertes – ninguna tan desgarradora como la de Valentina, hace 18 años; esta primavera habría cumplido 21-, enfermedades, despidos, proyectos nuevos, ilusiones, duelos, despedidas, compañeros nuevos, historias que contar, y el equipo se ha ido convirtiendo en una familia.

También el mundo ha cambiado en estos 25 años. Menos de lo que querríamos, claro: lo queremos todo, y lo queremos ahora, pero más de lo que creemos si no nos paramos a echar la vista atrás y vemos que tantas cosas que nos parecían imposibles ahora las damos por sentadas.

También el 8 de marzo ha cambiado: de ser una lucha minoritaria y casi clandestina se ha convertido en un movimiento mainstream, y esto ha traído muchos avances y también cierta banalización.

Se nos olvida que lo que celebramos hoy es el Día de la Mujer Trabajadora, y que lo que conmemoramos es la muerte de decenas de obreras encerradas en una fábrica luchando por ser un poco menos desiguales.

Siempre que llega esta fecha pienso que para no perder el norte, hay que volver a las clásicas:

Feminismo es la idea radical de que las mujeres somos personas (Angela Davis)

No sé lo que es el feminismo: solo sé que la gente me llama feminista cada vez que expreso una emoción que me diferencia de un felpudo (Rebeca West)

Porque todas las comidas han sido cocinadas, los platos y tazas lavados; las criaturas enviadas a la escuela y arrojadas al mundo. Nada queda de todo esto: todo desaparece. Ninguna biografía, ni historia, tiene una palabra que decir acerca de ello (Virginia Woolf).

Diario del año de la peste, entrega 254

Las manifestaciones de los pijos del  barrio de Salamanca contra el confinamiento decretado por el Gobierno de Pedro Sánchez, con las caceroladas tocadas con cuchara de plata; las congregaciones de negacionistas en la plaza de Colón porque las mascarillas les parecían un recorte de libertades , apoyadas por Miguel Bosé; la desfilada de vehículos convocada por la extrema derecha con el lema #FaseLibertad; otra caravana en el Paseo de la Castellana contra la Ley Celáa, convocada por las escuelas concertadas y apoyadas por partidos de derechas; el homenaje a los caídos de la División Azul, con discursos antisemitas y xenófobos; las marchas por la Sanidad Pública; las de los músicos; las que denunciaban la violencia racial a raíz del asesinato de George Floyd; las protestas a favor de la libertad del rapero Pabo Hasél celebradas en la Puerta del Sol.

Todas estas manifestaciones se han celebrado en Madrid durante este año de pandemia. La mayoría, autorizadas por la delegación del Gobierno, muchas de ellas apoyadas por los partidos del gobierno de la comunidad.

Por no hablar de los conciertos de Raphael.

Es inevitable acordarnos de todas y cada una de ellas cuando leemos la noticia de que se han prohibido las manifestaciones del 8 de marzo, del Día de la Mujer Trabajadora, por ¡razones de salud pública”. Y que se ha hecho en la ciudad que se ha negado a los toques de queda, los cierres de comercios, la restricción horaria, el Salvemos la Hostelería y Salvemos la Semana Santa.

La misma Ayuso que en marzo, ante las manifestaciones de Nuñez de Balboa contra el Gobierno aplaudía, ahora dice que el 8 de marzo deja de ser el Día de la Mujer (lo de trabajadora ya si eso) para ser “el Día de la Mujer contagiada”.

Que selectivo el virus, otra vez.

Diario del año de la peste, entrega 251

Bajamos a dar un paseo por el barrio. En el paseo, el mural que las compañeras han pintado con los rostros de mujeres que han dejado huella imborrable en el barrio: las que arrancaron las asociaciones vecinales, las maestras que se arremangaron para que nadie quedara atrás.

Vuelve el 8 de marzo, con el ruido de fondo habitual: los que se llenan la boca de libertad de expresión cuando la cosa se refiere a quejarse del gobierno, los que no han condenado las manifestaciones de cayetanos, hosteleros o fascistas, cuestionan, cómo no, la necesidad de manifestarse el 8 de marzo.

Vemos The Assistant, una película sobre los abusos en la industria cinematográfica que dieron el pistoletazo de salida al movimiento #MeToo; mientras la vemos, me parece que no pasa nada, pero cuando termina, me doy cuenta de que lo que no pasa, lo que no dice, es lo que importa en estos casos en los que nadie ve nada, y si alguien ve algo, es la cabeza que hay que cortar.

Lo mismo pasa en otra serie que hemos visto estos días, la noruega Caza de brujas.

Y en ambas, todo este machismo tan estructural que a veces hasta es difícil verlo.

Se cumplen 20 años del caso Nevenka Fernández, la concejala del PP que denunció al alcalde de Ponferrada y que se vio abandonada por los suyos por traidora; y por la izquierda, por no ser de los suyos. Ganó, a pesar del juez, de los adversarios y los compañeros de partido, que como decía Churchill, suelen ser los peores; él fue condenado e inhabilitado. Pero fue ella quien tuvo que dejar su trabajo, su ciudad y su familia, porque su denuncia hizo que su vida tal y como era fuera invivible.

Cuántas veces he pensado en esta historia, este caso, esa mujer.

20 años después, y también gracias a ella, denunciar es un poco más fácil. Las víctimas son un poco más escuchadas, un poco más creídas.

Y aún así.

Estábamos comentando el tema de los abusos de los profesores del Institut del Teatre a sus alumnas en un grupo de Whatsapp donde somos 12  personas. Dos mujeres del grupo explican que han vivido situaciones parecidas, que llegaron a juicio. En un caso ganaron el juicio, e inhabilitaron al depredador, y en el otro, lo perdieron y les obligaron a pagar las costas. En ambos casos, estos depredadores siguen / han vuelto a trabajar con menores. Con toda seguridad, siguen haciendo lo mismo, aunque con técnicas más depuradas.

Dos casos en un grupo de 12 personas. Así de extendido está. Así de impune.

Diario del año de la peste, entrega 250

Me hace llegar esto M. Hay que grabárselo con cincel:

Cuando debates con alguien un tema que les afecta más que a ti, recuerda que implica mucho mayor peaje emocional para ellos que para ti. Para ti puede ser como un ejercicio académico, para ellos es poner al descubierto su dolor, solo para que hagas de menos su experiencia e incluso su humanidad. El hecho de que tú seas capaz de conservar la calma bajo esas circunstancias, es consecuencia de tu privilegio, no una muestra de tu objetividad. Sé humilde.

Diario del año de la peste, entrega 237

 

“Aún conservo sin merma la furia que me enfrentó y me enfrenta a la idiotez, a la violencia y al hierro que imponen los hombres sobre los hombres y contra las mujeres”

“Fingen imbrinadas leyes sobre ritos y mitos cuando en realidad se trata de los cuerpos. La propiedad de los cuerpos”.

“Un profeta es un ser humano que tiene tiempo. ¿Qué mujer tendría tiempo entre parto y teta para intentar elucubraciones que para mayor gravedad no suponen alimento alguno para la prole?”

“Aquellos hombres predicaban el amor, como el propio Nazareno, y me pregunto qué pensaban que significa el amor. ¿De qué se trataba amar, según ellos, si no se alimenta, se cría y se teje, si no se cuida la higiene y la enfermedad?”

“No existe sobre esta tierra arma más poderosa que un pensamiento contrario al poder, a la injusticia. Contra el poderoso basta armar con una sola idea al oprimido, la esperanza y la posibilidad de participar en la lucha”

El Evangelio según María Magdalena, Cristina Fallarás

Diario del año de la peste, entrega 155

Aunque al inicio de la pandemia, me pareció que el tema de la conciliación y, por tanto, el trabajo (y todo lo que implica, desde realización a independencia económica) de las mujeres, especialmente de las mujeres que son madres de criaturas pequeñas, no se estaba tratando lo suficiente, lo cierto es que se van publicando informaciones y estudios al respecto. Como esta, que dice que “hasta un 21% de las trabajadoras lo hicieron desde casa frente al 14% de los empleados. Ese periodo incluye tanto el confinamiento estricto como las fases hasta la ‘nueva normalidad’” y menciona estudios que apuntan a que las mujeres tienden a teletrabajar a horas más intempestivas que los hombres y a hacerlo en un espacio que no es propio, con más interrupciones de niños y mayores.

Es curioso, y preocupante, que una reivindicación que tradicionalmente se ha utilizado para favorecer la conciliación, cuando se empiece a implantar, en realidad vaya, otra vez, contra las mujeres.

Más allá de las estadísticas y los números, me vienen a la cabeza algunas de mis amigas:

L., que está separada y se hace cargo sola de sus criaturas, un adolescente complicado, una niña de primaria con necesidades educativas especiales y un niño de 4 muy activo, y que ha tenido que pedir una baja por ansiedad porque su trabajo incluye contacto telefónico permanente con clientes y su situación familiar no le permite hacerlo; o R., que intentó gestionar su trabajo como profesora de secundaria con un niño de 6 años sin tenerlo enchufado a la pantalla la mayor parte del día y cuyas jornadas laborales acaban a las 3 y las 4 de la madrugada (y vuelven a empezar a las 8). O A., con una hija en el instituto y otro en primaria que ha pasado 15 días en casa por un positivo en su clase, y cuya empresa le pide que cumpla con su jornada presencial, igual que hacen sus compañeros varones; también está L., que no ha teletrabajado nunca: sus hijos de 6º y 1º de la ESO estuvieron solos entre marzo y septiembre desde que se levantaban hasta las 4:30 de la tarda, cuando ella volvía a casa, organizándose tarea escolar y comidas, monitorizados por teléfono. O B., que decidió tirar la toalla de las clases de su hijo de 8 años porque o abandonaba esto o el trabajo que les da de comer.

Todas ellas viven solas con sus criaturas pero en muchas casas en las que hay también un padre, las mujeres no lo tienen mucho más fácil. Se publicó un estudio hace unos meses que alertaba de que mientras los hombres científicos estaban publicando más que antes sin las distracciones que la pandemia eliminó, las mujeres científicas estaban publicando muchísimo menos: ellas, nosotras, seguimos ocupándonos no solo de lo común (la casa, las criaturas), sino hasta de hacerles la vida más fácil a ellos.

Y encima, tenemos que escuchar cosas como que nos organizamos mal, tenemos demasiadas criaturas, nos las queremos quitar de encima o escogemos mal los trabajos.

Al final, la banca siempre gana.

Diario del año de la peste, entrega 91

El 13 de marzo, hace exactamente tres meses, era viernes. Los niños llevaban 4 días en casa. Los bares habían estado cerrados hasta el día antes. N. y yo aún trabajábamos presencialmente, aunque este iba a ser nuestro último día. Ella fue al trabajo prontísimo por la mañana para que yo pudiera hacer el turno de tarde en mi trabajo.

Llegué después de comer. Botes con gel hidroalcohólico, toallitas para limpiar teclados y mesas, saludos a distancia. Cuando salí a las 7, tenía en el Whatsapp un mensaje de N.: llena el depósito.

No estaba vacío, no habría llenado todavía, pero era la sensación que teníamos entonces: de que si no lo hacíamos en ese momento, quizás no podríamos hacerlo, de que todo podía terminar en cualquier momento, de que empezaba una especie de apocalipsis zomie y tocaba aprovisionarse. De comida no perecedera, de papel higiénico, de lejía, de medicamentos, de gasolina.

No fui la única que lo pensé, ¡menudas colas en la gasolinera!

Luego el coche se pasó 10 semanas aparcado en la calle en la que lo dejé. Y aún tiene más de medio depósito.

Cómo ha cambiado nuestra vida en esos tres meses.

Las mascarillas han colonizado nuestros días.

Tenemos mascarillas colgadas en el perchero de la entrada. Mascarillas de tela dobles con una ranura donde meter el filtro. Mascarillas que cosió N. con unos retales de una tienda del Paseo, con el estampado reversible. Las que nos trajeron los vecinos para los pequeños el día que fueron a dar comida en la Despensa solidaria del barrio. La mascarilla chiquitita que se olvidó O., cosida por su tía. Las que nos dieron en la farmacia y que no hemos abierto pero que guardamos por si acaso. Mascarillas con goma y con cinta, atadas en la nuca y colgadas de las orejas.

Vemos con las criaturas la final de “Operación Triunfo” (gana una chica negra, espantan los comentarios sobre su pelo afro en las redes sociales), y vemos como las mascarillas del cuerpo de baile se pegan y despegan a su boca conforme respiran. ¿Cuánto tardaremos en ver películas cuyos protagonistas llevan mascarillas, en escuchar canciones de oda a la mascarilla?

Aprendemos a manejar la mascarilla, a colocarla para que no se baje de la nariz, a tensar las cintas para que no nos vaya holgada.

Las gafas siguen empañándose, claro.

Salimos de casa y no tenemos que pensar solo en las llaves: también hay que tener cuidado para no olvidarse la mascarilla. Tantos días hemos tenido que volver a subir o pedir que nos la lancen por la ventana.

La jueza ha decidido, ¡por fin!, archivar el caso del 8-M. A ver por dónde saldrá la derecha ultramontana ahora.

Diario del año de la peste, entrega 83

Cuando nos conocimos N.  y yo, una de las cosas que más me llamó la atención es la sintonía en la crianza. Como nos regíamos por valores parecidos a la hora de educar, como armonizaban las normas e instrucciones que dábamos a las criaturas, cómo una terminaba la frase que había empezado la otra.

Recuerdo un día que salíamos de un vagón de metro con todas las criaturas, con sus bicicletas, y sin necesidad de hablar, nos organizamos para sacar todo y todos como si fuera una coreografía.

Han pasado un puñado de años y claro que ha habido malentendidos, diferencias de criterio, estrés, exceso de obligaciones, agendas apretadas… pero estos días en los que el confinamiento y la crisis lo han exacerbado todo y han hecho estallar las costuras de muchas cosas que se aguantaban con alfileres, estos días en los que leo las quejas de mis amigas por la carga mental que sus parejas hombres no comparten, por el agotamiento de tener que estar encima de todo, por cargar con la logística, lo escolar, el trabajo propio y el de sus cónyuges, no puedo dejar de pensar: que fácil es criar a pachas con otra mujer.

Nos hemos adaptado a la rutina. Levantarnos sin despertador, trabajar las primeras horas con las criaturas todavía dormidas, ayudarles a organizarse con las tareas escolares a lo largo de la mañana, comer juntos – en el patio cuando se puede. La película de después de comer, con sus turnos para escogerla; la salida de la tarde, la cena, el rato de descompresión cuando mandamos a la prole a la cama.

No es muy distinto de lo que haría si pudiera escoger.

Ayer, P. nos dijo que quiere hacer menos extraescolares el año que viene. Quiere dejar la natación sincronizada y el Wu-shu, dos cosas que hacía con gusto, contento, sin pereza.

-Me gustan – dice – pero es que también me gusta hacer otras cosas.

Parece que ha descubierto con esta temporada de parón que este ritmo más lento, más casero, se le ajusta bien; que no necesita llenar las horas.

 

Diario del año de la peste, entrega 55

Nos han llamado de la terapia visual de A.: la semana que viene retoman las sesiones, las harán con un solo niño por sala y terapeuta, a horas fijas como marca la ley. Y haciéndonos lavar las manos con solución hidroalcohólica al entrar.

Supongo que es el primer paso a la “nueva normalidad”.

La orientadora volvió a llamar para que le firmáramos el papel que servirá para tramitar la inscripción en el instituto. Su madre ya salió del hospital y está en su casa. Muy triste, claro, porque perdió un hijo.

Encargamos toner para la impresora que N. consiguió poner en marcha: lo tramitamos por teléfono, lo trajo un mensajero con mascarilla y guantes que apuntó el DNI que le canté. Ya no hay que firmar nada ni tocar nada.

Nos asomamos por la ventana a ver si hay cola en la tienda de la esquina y en la tahona antes de bajar a comprar.

Gente con mascarillas y niños de uno en uno, esto también es la “nueva normalidad”.

Por las tardes vamos en patinete hasta el campus de la universidad que tenemos cerca. No somos los únicos: otras familias se llevan bicicletas, o balones, y se esparcen a una distancia prudencial. No nos acercamos los unos a los otros ni nos decimos nada.

Ayer encontré unas rosas rojas desgajadas del rosal del parterre de la universidad; me las llevé y las corté para plantar los esquejes. A la vuelta, mientras los niños me adelantaban encima de sus patinetes, vi que de uno de los muros de la calle sobresalía una parra. Intentaré hacer esquejes también.

Hay mucha discusión sobre si/cuándo/cómo reabrir las escuelas. Ahora mismo parece imposible que se puedan reabrir los centros sin más, pero quizás sí debería empezarse a trabajar para abrirlos más adelante, con otras medidas (menos ratios, mejores espacios, más higiene, personal sanitario, horarios flexibles) y que deberíamos estar pensando todo esto y no quedarnos en la dicotomía “escuela (tal y como la conocemos ahora) vs que se queden en casa (y ahí se apañen sus familias)”.

Solo hay algo peor que volver al sistema que teníamos hasta hace nada: es volver al que había hace 50 años, donde las tareas de cuidados las hacían de forma gratuita y no reconocida las mujeres y gracias a esto los hombres podían generar sus ingresos propios (y tomar las decisiones que esto les permitía tomar).

Que no se está hablando de acabar con el capitalismo, sino de que de los hijos, que se consideran una responsabilidad individual, nos ocupemos nosotras, con todas las renuncias que esto implica.

¿Que se puede trabajar menos horas, producir menos y repartir el trabajo entre todos? Por supuesto, ojalá vayamos en esta dirección. Pero aunque sean menos horas, para conciliar, los cuidados de las criaturas tienen que estar cubiertos.

Quieren vendernos que tener a las criaturas en casa es el primer paso para acabar con els sitema. Pero es una trampa. Hay cambios que en vez de acabar con el sistema, lo que hacen es refinarlo para perpetuarlo. Aquello que decía Lampedusa de que “cambiar las cosas para que todo siga igual”.

Podríamos (deberíamos) aprovechar esta crisis para repensarlo y replantearlo todo, desde el consumo al turismo de masas, desde lo mediambiental a la forma de relacionarnos, pasando por los cuidados, tanto de los menores como de los mayores, que se ha demostrado que estaban muy en precario.

PERO

la conciliación no puede ser solo cosas de las empresas. Sin esta segunda pata que es el cuidado de los niños mientras tu trabajas (escuela o recursos alternativos), no se puede trabajar. Y trabajar no es solo producir y producir, son muchas más cosas: es independencia económica, es proyecto de vida, es equidad y reparto de responsabilidades. E influye en la autonomía, la capacidad de tomar decisiones, la posibilidad de tener un buen trabajo cuando se acabe la crianza y las pensiones futuras.

No paro de leer que “el Estado debe pagarnos para que cuidemos a nuestros hijos”. Las que lo dicen son las mismas personas que dicen que no se puede contratar el doble de personal en las escuelas o abrir nuevos centros, porque no hay dinero… ¿No hay dinero para pagar a maestras, profesoras y cuidadoras para que las criaturas tengan la garantía de estar protegidas, pero sí para darnos una paga a las familias que nos permita mantenernos más allá de la miseria?

Con mi paga y la de otras dos o tres familias, si es suficiente para ser digna, seguro que se puede pagar a una persona que ha estudiado y tiene vocación para educar criaturas en grupo pequeño, con las medidas de salud necesarias.

No digo ahora, pero en algún momento, dentro de no mucho.

La Historia nos enseña que es muy fácil retroceder y muy lento y trabajoso ir hacia delante.

Hay que pensar cómo se pueden socializar los cuidados, porque si no se hace, volverán a recaer, una vez más, sobre el trabajo gratuito de las mujeres.

Que es, no lo olvidemos, la base del capitalismo.

Diario del año de la peste, entrega 51

La imagen puede contener: texto que dice "Cuando ésto acabe me dá la sensación de que vamos a tener que seguir usando otro tipo de mascarilla. LA LUCHA SERÁ LARGA PUES LOS DERECHOS NO SE NEGOCIAN"

Cuando era pequeña, en un taller de los que hacíamos en la escuela las tardes de los viernes, la mujer que impartía el taller (una voluntariosa madre o abuela que nos enseñaba vaya usted a saber si punto, o ganchillo, o costura, o macramé) nos sugirió que regaláramos la producción que estábamos haciendo a nuestras progenitoras por “El día de la madre”. Creo que es la primera vez que oí esa expresión. Cuando le di a mi madre el cuelgamacetas o bolsito o bufanda que había hecho, me dijo que esto del Día de la Madre eran paparruchas comerciales, y que mejor se lo diera como regalo de cumpleaños.

Nunca lo celebramos, ni en mi escuela, ni con mi familia, ni en las escuelas de mis hijos, ni ahora. Sin embargo, no paro de recibir felicitaciones y memes en todos los grupos de Whatsapp en los que estoy; en Facebook, todas mis amigas y conocidas cuelgan fotos de sus madres con sentidos mensajes. Creo que la distancia que provoca el confinamiento ha exacerbado, como tantas cosas, esta celebración que a mí me sigue pareciendo de lo más comercial.

Como dice Gabriela Wiener, “la maternidad en tiempos de pandemia, pese a ser excepcional, se parece en lo esencial (o perjudicial) a la maternidad en días normales. La maternidad dentro de un sistema que la niega y la condena, nos lleva a hacernos las mismas preguntas que antes del encierro: ¿Cómo asumo el trabajo de cuidados mientras asumo el trabajo de la subsistencia? ¿Cómo hago para conciliar lo mío y lo de ellos y no sumirme en el caos? ¿Cómo hago para respirar? ¿Qué hago con esta culpa por no llegar a todo? ¿Puedo tener la cara dura de quejarme si no estoy sola, ni enferma, ni desempleada, ni pobre, ni maltratada, aunque también esté encerrada?”

No necesitamos aplausos: necesitamos corresponsabilidad.

Y esto es solo el principio. Veremos en el desconfinamiento, en la desescalada, cuando la productividad vuelva a la “nueva normalidad” pero de los cuidados sigamos ocupándonos nosotras.

Hoy ha hecho bueno, y no solo hemos comido en el patio: también hemos desayunado allí. Nos hemos hecho bajo los toldos un pequeño oasis donde leer, charlar, compartir el aperitivo con los vecinos (ellos en su zona y nosotros en la nuestra), ver crecer las plantas.

Trasplanté las tomateras y están creciendo junto a los kalanchoes y el romero.

Y todo el patio huele a azahar.

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