familia monoparental y adopción

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Día de las familias

Hoy es el Día Internacional de las Familias, y abundan en las redes fotos como esta:

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O esta:

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¿Por qué mientras avanzamos en la visibilización de la diversidad familiar… seguimos inmóviles en la representación de la diversidad racial?

Mucho mejor este:

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Una luz nueva: cómo el embarazo de mi hija me hizo repensar la adopción.

Hace poco cayó en mis manos esta historia tan interesante que narra toda una vida como madre adoptiva y cómo las cosas que van pasando nos cambian. No tiene desperdicio.

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En primavera del 2006, Aselefech, mi  hija de 17 años, estudiante de instituto, se acercó a mí y me dijo – llorosa, casi desafiante – que estaba embarazada. Entré en shock, triste, asustada por ella. Pensé que habíamos hecho todo lo que hay que hacer para evitar que sucediera eso. Había hablado con ella y sus hermanos sobre sexo, les había llevado a planificación familiar, y había discutido los riesgos del sexo sin protección. ¿Cómo pudo suceder?

Aselefech y su hermana melliza, Adanech, tenían 6 años en 1994 cuando mi marido de entonces y yo las adoptamos en Etiopía. Nuestros dos hijos, que habían nacido en los Estados Unidos, habían sido adoptados de bebés, y tenían 5 y 7 años cuando las niñas llegaron. La documentación que recibimos de la agencia de adopción aseguraba que los padres de las niñas habían muerto. Desde el principio, tuve claro que Adanech y Aselefech habían sido queridas en Etiopía. Estaban acostumbradas al caos de familia y niños; se adaptaron bien a la escuela, incluso aunque hablaban muy poco inglés. A Aselefech, en particular, le gustaba hacer cosas conmigo: cocinar, limpiar, leer, cuidar el jardín. Tenía que haber estado unida a su madre, recuerdo que pensé, porque fácilmente se acercó a mí.

La escuela secundaria fue un desafío – mis hijos exploraban relaciones, experimentaban una  presión mayor por parte de sus iguales, confiaban menos en mí. En el instituto continuó la era de poner los ojos en blanco, portazos ocasionales, y la intensa lógica adolescente. La mayor parte del tiempo, Aselefech y yo nos llevábamos bien. Ella hablaba conmigo de chicos, aunque mucho más con su hermana, y yo trabajé duramente para mantener la comunicación abierta.

Cuando me dijo que estaba embarazada, no pude evitar enfadarme al principio – ¿no se daba cuenta de que esto le cerraba muchas puertas? ¿Terminaría el instituto? ¿iría a la universidad? ¿Cómo superaría el dolor que le infligirían los que la verían como un estereotipo, la joven madre soltera negra?

Nuestra familia conocía al novio de Aselefech, el padre del bebé, desde hacía años. Miguel iba un curso por encima en el instituto. Aunque participó en las conversaciones referentes al bebé, él y Aselefech no estaban preparados para casarse. Y mientras él contemplaba esta posibilidad, Asefelech decidió no abortar. Así que fui yo quien la acompañé a las citas ginecológicas, a veces de mal humor. El embarazo de Aselefech empezaba a notarse y sus profesores sacudían la cabeza. Mi mente se tambaleaba cuando pensaba en las realidades de criar a un bebé: las emociones, los gastos, las decisiones – todo parecía demasiado para mi hija adolescente.

“No sé si puedo hacerlo, mamá”, me confesó una noche. Yo tampoco lo sabía. No porque fuera imposible, sino porque era tan joven. Nuestra familia tenía los recursos económicos para ayudarla, y yo sabía que su padre, sus hermanos, sus amigos y yo le daríamos apoyo. Aún así – ¿quedarse al bebé y criarlo era realmente una buena elección?

Cuando Aselefech y Adanech tenían 7 años, recuerdo ir a una revisión médica con una doctora nueva. Revisó mi historial mientras charlábamos de mis hijos, y vio que nunca había estado embarazada. Se extrañó hasta que le conté que habían sido todos adoptados. “Una opción donde todos salen ganando, ¿no?”, dijo. “Una criatura necesitaba una familia y vosotros queríais una criatura”.

En ese momento, estuve de acuerdo. Veía la adopción como una situación donde todos ganaban. Siempre había creído en la adopción, cuando se gestionaba con integridad y transparencia; incluso había trabajado para una agencia de adopción una temporada.

Mi comprensión del asunto – y todas sus alegrías y penas – es mucho más profundo ahora de lo que era cuando me convertí en madre. Gracias a mi hija, he visto de primera mano cómo puede ser un embarazo vulnerable: una madre joven con un futuro incierto, para quien el bebé traerá cargas y demandas desconocidas, emoción y energía y sueños pospuestos. A pesar de esto, cuando hablamos de adopción con Aselefech durante su embarazo, se paró y dijo: “No. No puedo imaginarme estar en el mundo, sabiendo que mi hija está en otra parte, no conmigo. Es demasiado triste para siquiera pensarlo”.

Como madre adoptiva, vi que esto con lo que había estado intelectualmente de acuerdo – la madre biológica de mis hijos tomando una decisión dura, amorosa, desinteresada – es una elección muy diferente cuando estás en el otro lado. En verdad, me sentí como se sentía Aselefech: no podía imaginar a mi nieta entregada en adopción. No podía imaginarme a mi hija entregando a su bebé a otra persona.

Cuando vi al bebé en la ecografía de Aselefech, empecé a entender lo que esta criatura podría aportar al mundo. Para mí, la ecografía fue un punto de equilibrio, el punto de inflexión tangible de la ira a la esperanza.

¿Quién sabe en qué se mete cuando se convierte en padre o madre, especialmente a los 17 años? Aselefech tenía pocas amigas con hijos. “Es la parte más dura”, dijo; “soy una extraña entre mis amigas”. Pero para entonces, ella tenía ya confianza en que la apoyaríamos, económica y emocionalmente. “Sé que necesitaré algo de ayuda, pero me puedo hacer cargo de esta criatura”, me dijo. Tuvimos una fiesta de bienvenida del bebé, con amigos y familia, con juegos y regalos. Aselefech tuvo su celebración, y la niña se convirtió en algo más real para ella, mientras saltaba alegremente entre ropas y libros y biberones.

El nacimiento de Zariyah, el 2 de octubre de 2006, fue la primera vez que estuve en un parto. Aselefech rompió aguas a las 2 de la madrugada. Subimos al coche y fuimos al hospital mientras su padre iba a recoger a Miguel. Aselefech recibió la epidural sobre las 4, y dio a luz 4 horas más tarde. Su embarazo había sido remarcablemente fácil, seguido por un parto fácil. Al final, solo sentíamos alegría al recibir a la preciosa, maravillosa, niña a la que mi hija dio a luz.

El nacimiento de Zariyah tuvo efectos de largo alcance en todos nosotros. Para Aselefech y su hermana Adanech, fue un recordatorio de sus propios nacimientos y de su madre etíope. Sabían que las habían entregado juntas en adopción cuando tenían 5 años y medio. “Entregadas en adopción” -una frase tan aséptica, que no mostraba el dolor de la decisión. ¿Cómo habían sido sus nacimientos? ¿Quién estaba con su madre cuando nacieron? ¿Quién se ocupó de ellas tres después?

En ese momento, no teníamos respuestas para estas preguntas. Sacamos a la luz algunas de las dudas mientras Zariyah se convertía de bebé en niña, y guardamos otras muchas en nuestros corazones. Nos pusimos en contacto con la agencia de adopción que ofrecía servicios post-adopción en Etiopía, y nos mandaron a una trabajadora social del pueblo que se mencionaba en los papeles de adopción de las niñas. La trabajadora social encontró a alguien que conocía a alguien cuyas gemelas habían sido adoptadas desde los Estados Unidos.

Dos años después del nacimiento de Zariyah, en 2008, viajé a Etiopía a petición de Adanech y Aselefech, que no se sentían preparadas para ir ellas – estaban asustadas de que la muerte u otras pérdidas pudieran haber ocurrido en el tiempo transcurrido desde su adopción. Viajé dos horas desde Addis Abeba hasta el pueblo donde mis hijas habían pasado los primeros 5 años, y allí me encontré con la otra madre de mis hijas.

Encontrarme cara a cara con Desta fue una de las experiencias más poderosas de mi vida. La acompañaba su marido (el padre de las niñas), muchos de sus hijos (los hermanos de mis hijas), y dos de sus nietos (los sobrinos de mis hijas). Estábamos apretujados en una habitación pequeña y oscura, algunos sentados, otros de pie. Como la cultura etíope da mucho peso a la cortesía y la deferencia, me dieron la mejor silla, y me ofrecieron café en primer lugar. Hubo muchas oraciones, ofrecidas por los hombres, y que me tradujeron someramente: “La familia está muy agradecida. Dan gracias a Dios”. Sonreímos mucho, asentimos con la cabeza, nos limpiamos lágrimas de los ojos.

Le di a Desta, cuyo nombre significa alegría en amariña, un álbum de fotos que mis hijas y yo habíamos preparado para ella. Ella murmuró “amaseganallo”, gracias, y miró lentamente el álbum mientras yo charlaba sobre las fotos: “Esto es cuando estaban en un equipo de fútbol grande. Esta era su foto escolar. Estos son mis hijos, sus hermanos, adoptados en Estados Unidos. Esta es nuestra casa”. No sé que le dijo el traductor. Desta tocó cada pintura, hablando suavemente con sus hijos, que también miraban las fotos de sus hermanas y lloraban silenciosamente. Dí a Desta algunas fotos enmarcadas, primeros planos de Aselefech y Adanech. Recuerdo como acarició sus mejillas, sus caras capturadas en las fotografías.

Las hijas trajeron injera y doro wat, el tradicional pan esponjoso y estofado de pollo, con batallas de Fanta y Coca-cola. Alguien le quitó los álbums y las fotos a Desta, que los había estado sujetando con fuerza, y los guardó en otra habitación. Vi un punto de tristeza en sus ojos en ese instante, seguidas por una aceptación resignada, anhelante. Cuando fue el momento de irme, le dije, muchas veces, “Amaseganallo”. Ella dijo “Gracias”, mucha veces. Nos abrazamos, y nos hicimos fotos, y entonces me marché.

Sé lo que significa ser una madre adoptiva, querer tan profundamente a mis hijos. Conozco el dolor de la infertilidad, de querer desesperadamente una criatura a la que amar. Pero no conozco cómo es ser madre biológica, estar embarazada y dar a luz, tener esta conexión innegable. Cuando me encontré con Desta, finalmente empecé a entender el dolor de una madre de nacimiento. Desta y yo amábamos ambas a Adanech y Aselefech más de lo que las palabras pueden decir, pero ella tuvo que perderlas para que yo pudiera quererlas.

Traje de vuelta fotos e historias para compartir con nuestras hijas. Poco después, Aselefech – por primera vez desde que salió de Etiopía – habló con ella por teléfono. Había olvidado el amariña de su infancia y necesitó la ayuda de un traductor.

En 2011, cuando Zariyah cumplió 5 – la edad en la que mis hijas fueron llevadas al orfanato de Addis Ababa – Aselefech y yo volvimos a hablar del dolor que su madre tuvo que sentir cuando perdió a sus gemelas de 5 años. No podíamos imaginar perder a Zariyah, enviarle al otro lado del mundo, quizás nunca volver a verla. El día del cumpleaños de mi nieta, las dos lloramos por una pérdida que ambas imaginamos siendo inimaginable.

Ese verano, Aselefech y yo viajamos juntas a Etiopía, y se encontró con su familia: madre, padre, hermanas, hermanos, cuñados, sobrinos, sobrinas, tíos, tías, y primos. Hubo muchas lágrimas, abrazos, besos, oraciones, y traducciones. Varios de los hombres hablaron al grupo. Las traducciones a menudo parecían cortas, dada la extensión del amariña. En un momento raro, tranquilo, Aselefech preguntó a su madre por qué ella y su hermana habían sido entregadas en adopción.

Su padre respondió: en 1988, la hambruna y la guerra les dejaron sin comida suficiente. Los trabajos eran escasos. Teníamos otros 5 hijos. Aselefech preguntó quién las llevó al orfanato. Su padre respondió que fue él, con el hermano mayor de las niñas.

Desta parecía hablar y entender poco inglés, mientras que sus hijos – especialmente los chicos – comprendían un poco y a menudo respondían por ella, no siempre traduciendo nuestras preguntas. Hacia el final de nuestra visita, Desta habló directamente con Aselefech. “Tu madre dice que no estaba en casa el día que os llevaron al orfanato”, dijo el traductor. “Ella no quería que os marcharais”.

No poder hablar sin la ayuda de un traductor añadió un punto de tristeza. Nos llevaría muchas más visitas y muchas conversaciones cruzar las diferencias culturales y gestionar todas las emociones del reencuentro. A pesar de esto, fuimos capaces de hablar, compartir fotos, hacer preguntas. Y por primera vez desde que era una niña, Aselefech pudo mirarse en rostros que reflejaban su historia.

Sé que Aselefech y Adanech nos aman profundamente a sus padres adoptivos. Son conscientes de cómo habrían sido de distintas sus vidas si se hubieran quedado en Etiopía. Ciertamente, han tenido algunas ventajas económicas y oportunidades gracias a la vida que han tenido aquí. ¿Qué peso tiene esto, sin embargo, respecto a perder a su padre, madre, hermanos de origen – a su país, lengua, herencia, cultura? Estas pérdidas son imposibles de medir, y no pueden ser ninguneadas.

Si uno de mis hijos muriera, no sé si me podría recuperar jamás. Incluso teclear estas palabras me asusta. Pero, ¿cómo más puedo intentar empatizar con lo que han pasado cientos de miles de madres en todo el mundo, las que perdieron a sus hijos en adopción porque no tuvieron otra oportunidad? ¿Como podemos cualquiera de los implicados en adopción, los que nos hemos beneficiado de ella, no hablar en nombre de los incontables padres y familias que han perdido a sus hijos por esta vía? ¿Cómo podemos pensar que no les duele profundamente?

Es difícil para muchos padres adoptivos aceptar que el precio de nuestra alegría ha sido un dolor enorme. Gracias a mi propio privilegio, he tenido el luxo de ver a mi hija rechazar este dolor y quedarse con su hija, aunque era joven y su embarazo inesperado. Aselefech es una madre fantástica, y se graduó en Sociología en la Universidad. Zariyah es una niña brillante, sana, activa, que toma clases de ballet y va a una escuela maravillosa.

En 2014, Aselefech, Zariyah y yo fuimos a Etiopía juntas, y Zariyah, que tenía 7 años, conoció a su abuela etíope por primera vez. La visitamos en la habitación delantera de su modesta casa, nos sentamos juntas en un sofá bajo. Otra vez, había mucha gente presente – familiares, vecinos, gente de la Iglesia, y amigos. Zariyah se sintió comprensiblemente desbordada por la gente y las emociones que había en la habitación. Se sentó en silencio, escuchando, y tardamos un rato en darnos cuenta de que las lágrimas le caían por el rostro. Nos los dijo después. “No conozco a esta gente, y no sabía que estaban diciendo. Y son mi familia, pero son extraños. No sabía qué hacer. Creo que se suponía que tenía que estar contenta. Pero me sentí triste”.

Desta conoce y ha besado a Zariyah, una de sus muchas nietas. Nunca olvidaré verla hablar suavemente a su nieta americana, acercándose a acariciar gentilmente la mejilla de Zariyah. Después de perder a sus hijas queridas en adopción durante 20 años, Desta ahora las tiene de vuelta – en algún sentido – pero hay 8.000 millas entre ellas.

Aselefech y Adanech están en contacto con su familia etíope, les mandan fotos y noticias; habrá más visitas. La suya es una conexión biológica que yo no comparto, pero que ahora reconozco como importante e intensamente potente. No tengo conexión biológica con mis queridos hijos y nieta, pero están cerca de mí. Vivimos todos con el conocimiento de que muchas cosas podrían haber sido distintas, y todos compartimos la esperanza y la alegría que nos ha traído Zariyah.

¿Una serie sobre madres solteras?

Resultado de imagen de the mindy project

 

¿Una serie sobre una madre soltera?, he pensado cuando he visto el titular de este artículo, ¡que interesante!. Y entonces me he leído la noticia y después de 3 párrafos hablando de sexo anal, “las parejas no hablan de estas cosas”, de que la comedia “aborda su relación con los hombres en el trabajo y fuera de él”, “una vida divertida y sexy”… me he empezado a preguntar si mi reino es de este mundo.

 

¿Qué se puede hacer con este niño?

P., adoptada adulta y autora del magnífico Blog Completando mi historia, ha recibido un comentario a una de sus entradas que le ha dejado sin palabras. Es el que sigue:

“Descripcion de la situacion:

Madre soltera con un niño con discapacidad de 10 años decide adoptar (porque siempre fue ese su deseo desde niña) a un niño de 7 años.

Desde el día que se concretó su adopción cambió su “buen accionar” en su verdadero yo: desobediente, indisciplinado, desafiante, terco, bulling, mentiroso patológico, gritón que se escucha una manzana a la redonda, robo, en el colegio no lo soporta nadie ni la maestra ni los compañeros, NO hay un solo día de paz desde su llegada, es un pésimo ejemplo para el niño diagnosticado con autismo severo, su comportamiento ha afectado la salud física y emocional de la madre adoptiva. El niño adoptado exige full atención no importándole nada de las necesidades del niño con discapacidad. Reconoce que no tiene ningún tipo de sentimiento, no siente remordimientos, no le importa si lastima a otros porque no siente nada, no sabe querer, lo único que no quiere es quedarse pobre, solo sabe que hace cosas malas porque las hace, no le gusta pedir perdón ni agradecer por nada. Cree que todos tienen la obligación de darle las cosas como quiere y cuando quiere, no le importa si su madre adoptiva solo que le de lo que tiene obligación de darle porque es ahora su madre.

Dicen que la adopción es irrevocable, pero qué pasa cuando la familia adoptiva es la víctima de todo el comportamiento negativo de un niño de 7 años que se comporta con la manipulación y el cinismo de un hombre mayor? y le dice a la cara que él es dos niños, uno el que habla bonito para engañar a la gente y hacer creer que es bueno, y el otro su verdadero yo que solo quiere hacer lo malo y que su intención es no ser pobre y engañar a la gente para que crean que es bueno y que dice la verdad cuando en realidad todo es mentira…

Qué se puede hacer en un caso así? Legalmente? Ya no es vida, y es absolutamente injusto para la madre y el niño con discapacidad…”

Voy a intentar contarlo de otra forma:

“Descripción de la situación:

Niño de 7 años, con vivencias durísimas (abandono, institucionalización, dificultades de vínculo, etc), es adoptado por una madre monoparental que ya tiene un hijo de 10 años con una discapacidad importante y que llega al segundo desde el deseo egoísta de adoptar “algo que deseó desde niña”, confundiendo su deseo con un derecho.

El niño llega a la familia muerto de miedo, miedo a lo desconocido, a las nuevas normas, al reabandono, y reacciona de forma disruptiva, tanto en casa como en el colegio. No recibe ninguna ayuda efectiva en ninguno de los dos lugares, sino que se le etiqueta como pequeño delincuente.

Su adoptante, desbordada por la discapacidad de su hijo mayor y por el comportamiento disruptivo del pequeño, se ve incapaz de afrontar las necesidades de ninguno de ellos. No le al recién llegado el cobijo, apoyo, incondicionalidad, atención, cariño… que necesita para irse sintiendo seguro y crear un vínculo. No es consciente de que ella, adulta, lidia con un niño pequeño que no ha podido aprender las herramientas para gestionar sus emociones y que reacciona como mejor sabe, con las estrategias que le han permitido sobrevivir durante 7 durísimos años: desconfianza, criterio propio, buscarse la vida, ser autónomo…

Dicen que la adopción es irrevocable, pero ¿qué pasa cuando un niño llega a una familia que no sabe reconocer ni dar respuesta a sus necesidades y que malinterpretan su comportamiento de supervivencia con las mañas y manipulaciones que tendría un adulto?

¿Qué se puede hacer en un caso así? ¿Legalmente? Ya no es vida, y es absolutamente injusto para los dos hijos que su madre sea incapaz de responder a sus necesidades”.

¿Qué tal así? ¿A que suena distinto? Cuando he leído el texto me ha sorprendido y escandalizado el tono, las palabras elegidas y la mirada sobre un niño que, no lo olvidemos, solo tiene 7 años. No, no hay niños malos… hay niños a los que miramos como malos, y que, si no cambiamos la mirada, se acaban convirtiendo en lo que esperamos de ellos.

¿Podrías acoger a una adolescente?

A través de Facebook me llegó unos días atrás esta historia sobre la acogida de una adolescente. El sistema de acogida americano es muy distinto al sistema de protección de menores tal y como lo conocemos en España… pero aún así, estoy convencida de que muchas de las cosas que siente esta chica las sienten los chicos y chicas que están en acogida, e incluso muchos de los que están en adopción. En cualquiera caso, es una historia hermosa sobre cómo acompañar a alguien que nos necesita.

10 de la noche-. “¿Podrías acoger a una adolescente? La única otra opción que tengo esta noche es llevarla a un centro de emergencia. La casa de acogida actual no funciona. No quieren que vuelva. Ni siquiera esta noche. Es una fugitiva y están hartos de ella”.

Esta fue la llamada que Anita recibió, tan precisa como la recuerdo. Tuve que oírla porque, como adolescente, suponen que puedes soportar oír esto, estás acostumbrada. Así que hacen esas llamadas contigo en la habitación. A estas alturas, estaba acostumbrada. Estaba bastante  versada en la jerga y en lo que quería decir realmente. “No funciona” quiere decir que eres una sin techo. Otra vez. La cama en la que te levantaste no es la cama en la que dormirás esta noche. Otra vez. “No quieren que vuelva” significa que eres desechable. Otra vez. Ellos tienen elección y tú no. Otra vez.

Seis llamadas se hicieron esa noche. 5 negativas se hicieron esa noche. Mi trabajadora social siguió intentándolo, siguió defendiendo mi caso. “Honestamente, no es mala chica. No ha tenido nunca problemas con drogas o con la ley o con chicos. Sólo se escapa”. Mi trabajadora social dijo que siguió intentándolo porque “creo que hay todavía una oportunidad de colocarte en una familia. No quiero ponerte en un centro de acogida”. Me pregunté entonces, me pregunto ahora… para cuántos chavales se decide que no hay más oportunidades. A veces es tan simple como que hayan tenido o no un buen día, si mereces un esfuerzo extra. Si han ganado o perdido una batalla ese día. Si están cansados o impacientes. O sus propios hijos pueden estar enfermos, así que están distraídos, quieren irse a casa. Los trabajadores sociales son humanos. Cometen errores. Tú los pagas.

Anita dijo que sí. No tengo ni idea de por qué dijo que sí. Ella no “hacía” adolescentes. La mayoría de casas de acogida no los hacen. Ella no “hacía” chicos blancos. Era una mujer negra y sobretodo se ocupaba de niños negros. Por qué me dijo que sí a mí… no tengo ni idea. Me alegro de que lo hiciera.

A lo largo del trayecto, mi trabajadora social intentó explicarme alegremente cómo era de maravillosa Anita y todo lo que sabía de ella. Vi a través de la explicación. No sabía nada de ella más allá de los hechos desnudos. Era el mismo guión, el mismo recital que me habían dado en cada trayecto hacia cada casa de acogida.

Mi habitación era pequeña. Una cama blanca de barco… ya sabéis, con cajones debajo. Un escritorio. Una silla. Una estantería. La ropa de cama era infantil… pensada para una niña mucho más pequeña. Recordad, ella no “hacía” adolescentes. No deshice el equipaje. Tiré mis bolsas de lona en el suelo y me hundí en la cama. Ser desechable es agotador.

No soy capaz de recordar los primeros días. Como chica de acogida, así es como son las cosas… es casi como si tuvieras una cámara funcionando, pero sin película dentro. Estás allí, respiras, existes… pero como no vives, solo existes, y las cosas son cambiantes, no quedan grabadas. Por eso no puedo contaros mucho de las otras casas de acogida. Ni siquiera nombres. No merecía la pena grabar. La cámara en marcha, pero sin película dentro.

Anita entró en mi habitación… no recuerdo por qué, o qué dijo, creo que algo sobre la comida… pero entonces reparó en la ropa de cama y dijo: “Huh, creo que deberíamos conseguirte algo más apropiado a tu edad cuando salgamos a la calle”.

Fuimos a una tienda y me preguntó: “¿Algo que te guste?”. No me gustaba ninguno, pero después de echar una ojeada unos minutos, cogí el que menos me disgustaba. Era ese o nada, ¿verdad? Ella me dijo: “En realidad no te gusta, ¿verdad?” “Oh, no, está bien”. “Es tu cama y tienes que dormir en ella. Seguiremos mirando”.

Fuimos a cuatro tiendas antes de encontrar sábanas que me gustaran. Que me gustaran de verdad y me emocionara tener. En la mayoría de casas de acogida, no tienes opción. Eres temporal, así que vives con lo que ellos han escogido. Si tienes una oportunidad… se termina en la primera tienda. “Compra lo que hay disponible aquí”.

Es curioso que lo recuerde, pero prendió en mí una pequeña chispa de esperanza, como “quizás ella es diferente”. Cuando regresamos y puse mis sábanas nuevas, la habitación se veía distinta. Realmente me gustaba. Algo que yo había escogido. Deshice el equipaje. No había desempacado desde hacía mucho, y definitivamente, no tan pronto. Pero allí, lo hice.

Más allá de las excursiones de un día a Nueva York, más allá de las clases, o las exposiciones que eran cosas “grandes” de Anita… había un montón de cosas pequeñas también. Escoger libros. Escoger la emisora de radio. “¿Qué te apetece cenar esta noche?”. Como niña de acogida, no haces muchas elecciones. Se supone que estás acostumbrada a vivir con las consecuencias de las elecciones que han hecho otros, buenas y malas. Les preguntan a sus hijos biológicos, le preguntan a su marido… Dios, hasta le preguntan al dependiente de la zapatería.  Pero la mayoría… no te pregunta a ti.

Anita era diferente, e incluso algo tan simple como poder escoger mis sábanas me lo mostraba. Lo percibimos todo, incluso las cosas pequeñas. De hecho, especialmente las cosas pequeñas… porque en nuestra vida previa, te vuelves perspicaz, sintonizada, a las cosas pequeñas. Es un mecanismo de supervivencia. Pueden representar la diferencia entre un “buen” día y un “mal” día. Los tonos que se usan… los percibimos. Las palabras que se usan, las percibimos.

La verbosidad del sistema de acogida es muy dañina psicológicamente. Recordad, estamos bien sintonizados a las cosas pequeñas. El hecho es que la palabra “respiro” se usa libremente y normalmente en la conversación, y se supone que tenemos que aceptarla como normal, aunque literalmente significa “Un pequeño descanso de algo difícil o desagradable”- Tú. No me preocupa que el respiro exista. Me preocupa que se llame “respiro”. Las palabras importan.

Si se nos discute imparcialmente, en esa medida nos volvemos imparciales. Hacia nosotros mismos. Que nuestros futuros se discutan de forma tan informal. Es nuestro futuro de lo que habláis. Discutir aún otro alojamiento para ti. Pero para el momento en el que lo discuten contigo, está bastante decidido.

Significa que estás en un limbo. Otra vez. Otra escuela nueva. Otra vez. Volverte a sentir incómoda en la casa de alguien. Otra vez. No sentirte lo bastante cómoda para pedir productos de primera necesidad, como artículos de aseo o hacer la colada. Otra vez.

Como adolescente, cargas con un montón de estigmas. Se asume automáticamente que tienes un problema con drogas. Se asume automáticamente que eres promiscua. Se te hacen constantemente pruebas de drogas y pruebas de embarazo. Es degradante. Los adolescentes son aún más desechables. A menudo no estás “bien ajustada”. Te empiezas a ver como desechable también. Hay casi odio hacia los adolescentes en acogida. Empiezas a odiarte. Todos los adolescentes son difíciles, incluidos y especialmente los adolescentes en acogida. Somos difíciles de querer. Y por tanto… la mayoría no. Nos quiere.

Puedo decir honestamente que la mayoría del daño que Anita deshizo, la mayoría de la erosión psicológica y de mi propia imagen que tenía… se me infligió en el mismo sistema de acogida, y no antes. Era una niña rota… y la acogida me rompió más. Era el enfoque clínico, los horarios reglamentados, la terminología. ¿Habéis estado alguna vez en el hospital y habéis escuchado al personal referirse a vuestro estado y condición? ¿Como si no les oyerais? ¿Sabéis cómo recordáis a la enfermera amable porque te dio la impresión de ser humana? Esto es el sistema de acogida. Excepto que en vez de una estancia de dos días, vives allí. Durante años.

Por eso era Anita diferente. No usaba la terminología. No teníamos un horario super reglamentado. Ella, en realidad, pasaba de ser madre de acogida. Era una madre de verdad. No era perfecta. Cometía errores. Se preocupaba por mi futuro. No solo por mi próximo alojamiento. Me llevó a clases de planificación financiera. Clases de habilidades domésticas. De conducir. Me enseñó a escribir un currículum. No estaba ni siquiera cerca de la mayoría de edad cuando estuve con ella, no estaba obligada a hacerlo. Las hizo porque se preocupaba por MI futuro, y creo que también pensaba que no estaba segura que la(s) próxima(s) casas(s) lo hiciera, así que quería asegurarse. Y tenía razón, no lo hicieron. Me habría hecho mayor sin siquiera saber conducir.

Me dejó tener una cita. Ni siquiera recuerdo su nombre, ni nada sobre él, sólo que apestaba y nunca le volví a ver. Pero, eh… me dejó. La gente no deja a las adolescentes en acogida tener citas con chicos. El estigma y el riesgo de que san “malos” es demasiado grande. Así que nos perdemos esta experiencia adolescente normal, la primera cita con el chico sudoroso. Yo la tuve. Porque confiaba en mí. No tengo duda de que ella estaba cerca, probablemente hinchándose de pastel de queso. Pero si lo hizo, no la vi espiarme. Me dio esto. Sentí que confiaban en mí, y así… mantuve esta confianza. Es todo lo que necesitamos.

Se acercó demasiado. Me gritó cuando se asustó con las cosas estúpidas que hacía. Me gritó porque se preocupaba. Tiró los manuales por la ventana y maternó desde el corazón. No siguió un guión o un plan. Me asesoró, me hizo de madre como yo necesitaba. Podría citar los capítulos, las frases, de los manuales. Estas palabras no significan nada cuando te las han recitado en el vacío. Anita me dijo cosas que no había oído antes. Debido a ella, escuché.

Había oído hablar mucho de las “expectativas medidas” en las casas en las que estuve antes. Y en las que estuve después. Traducido, significa “no tengas esperanzas, muchacha”. Significa que te has sentido decepcionada y que deberías esperar seguir sintiéndote decepcionada. Y cualquier cosa por encima de eso debería llegar como una sorpresa placentera. Lo siento, pero esto es un mecanismo de supervivencia. No te limitas a sobrevivir a la vida. Anita me enseñó a esperar lo mejor de mí misma, a trabajar por lo mejor, a merecer lo mejor. 

Anita me enseñó a seguir adelante viviendo la vida. Viviéndola de verdad,y amándola, no simplemente sobreviviendo. Era una madre de verdad, no una madre de acogida. Las cosas que me dijo, eran las cosas que le había dicho a su propia hija, cuando tenía mi edad. Venían de su corazón y de su experiencia, y de un libro o seminario sobre “como manejarse con niños de acogida”. Sentías la verdad que había en ello. Hacía un mundo de diferencia. 

Si te estás preguntando por qué una mujer a la que solo traté durante seis meses me afectó tan profundamente como lo hizo, y aún lo hace muchos años más tarde, por qué puedo escribir tanto sobre ella incluso media vida más tarde… es porque no fue la norma en acogimiento. La norma es espantosa. No hablo ni siquiera de los que lo hacen por dinero, porque son pocos y distantes unos de otros. No hay en realidad mucho dinero implicado, y esto mismo es dañino, que conozcamos la cantidad. Son los que te reducen a terminología, conversaciones con guión, garabatos en un cuaderno cuando se ha terminado, no conversaciones reales que no acaban sobre el papel. Vida reglamentada. Que te despoja de todas las elecciones, tan simples (y aún así importantes) como las sábanas, tan determinantes cómo dónde irás después. Si te quedas o te vas. Es la sucesión de todos los que dicen que “no encajas”. Que te devuelven. “No encajar”, ¿qué significa? Soy una persona, no un par de vaqueros demasiado pequeños. Soy una persona rota… y me estás rompiendo más. 

Anita no era la norma. Creo que debería haber más Anitas. Creo que deberían ser la norma. 

Diecinueve casas. Diecinueve familias. Y tengo una sobre la que puedo escribir algo bueno. UNA. Pero que buena fue la casa fuera de la norma. 

Amo mi vida. No muchos chicos acogidos llegan a decir esto. Gracias a ella. 

 

 

 

 

Anonimato en reproducción asistida

El anonimato en la donación de esperma y óvulos es uno de los dogmas aparentemente indiscutibles de la reproducción asistida. La ley española no permite que los donantes sean conocidos. Las personas que recurren a reproducción asistida, por lo general, no lo cuestionan. Ya les parece bien. Incluso lo agradecen.

Aunque otras no piensan lo mismo.

Hace unos  días cayó en mis manos esta noticia: 1.500 mujeres españolas han sido madres gracias a la inseminación casera. Un sistema que vadea la ley, ya que las mujeres (parejas si es el caso) compran directamente el esperma a un banco de semen danés, a donantes que pueden no ser anónimos, de los que pueden conocer los datos psicológicos, personales, y a los que la criatura podrá conocer cuando cumpla los 18 años…  La muestra se recibe en casa y la mujer se autoinsemina en la intimidad de su hogar.

Cuando lo leí pensé que era una opción muy interesante, sobre todo para quien no está de acuerdo en el anonimato del donante o en la medicalización del proceso.

Creo que es bueno que esta opción exista.

En cambio, muchas madres que lo han sido por inseminación se han escandalizado ante esta noticia. Como si, por alguna razón, fuera amenazadora para ellas, para las decisiones que han tomado.

Argumentan lo de siempre: que el donante no es un padre, que seguro que al donante no le haría ninguna gracia que los niños nacidos de sus gametos le buscaran algún día, que sus hijos no buscarán porque ellas se lo explicarán bien; que no tienen ningún interés en saber más de lo que saben del donante.

Como si la cosa fuera de ellas y no de sus hijos.

De lo que ellas desean y necesitan y no de los que sus hijos podrán querer y desear en el futuro.

Y yo puedo entender que alguien decida seguir adelante con un proceso que implica donante al que no se puede conocer, pero, ¿preferir no conocer los datos? ¿Hacerlo sin ninguna reflexión? ¿Sin pensar en las consecuencias? ¿Sin plantearte qué precio tendrá? ¿Sin pensar en cómo repercutirá a los hijos?

Otra historia de una madre con una hija con Necesidades Especiales

Cuando el otro día publiqué algunas historias escritas por madres de niños y niñas con Necesidades Especiales, dejó un comentario R. con su historia que no me pude resistir a pedirle. Había pensado colocarla entre las ya publicadas en esa entrada anterior, pero luego pensé que tenía la suficiente entidad para tener su propio espacio. Así de difícil es. Así de ineludible. Así de enriquecedor.

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Y cuando es más de un 33% y sientes que no podrás faltar nunca o que tu herencia será una carga para su hermana que no tuvo opción de elegir… Cuando se “nota” y mucho y quieres normalizar a tu hija pero nunca la invitan… esos bloqueos cuando intentas exigirle por encima de sus posibilidades, porque quieres que llegue a más porque no quieres verlo..

La vida como madre de una hija especial es muy dura… y cuando es adoptada más ya que muchas personas te dicen “tú lo buscaste”, no sienten la misma empatía hacía ti que si fuera un hijo bio, no te puedes quejar o autocompadecer… Han pasado tres años y a mi aún se me saltan las lágrimas cuando mis amigos hablan de los viajes que harán cuando los niños “sean mayores”. Sí, elegí el camino especial, sí sabía que podía ser más de lo que esperaba…NO, no esperaba TANTO más, sí, fue mi elección seguir adelante cuando habría podido renunciar (una vez allí) y Sí puedo con ello! (aunque a veces se me olvida)

A mí me gustaría poder decir a boca llena que yo lo elegí…pero no, me vino de sopetón…y decidí tirar para adelante. Mi hija vino con un diagnóstico no digamos erróneo, mas bien omitieron muchas cosas. En el momento que la vi supe que pasaban más cosas y gordas (soy maestra). Cuando me ofrecía para un hijo con nnee y presenté mi lista ¡que casualidad! una de las nnee de mi hija es de las que le dije a la psicóloga que sería incapaz de aceptar, que no me veía capacitada (y así está recogido en el CI) e, ironías del destino, aquí está ella, con una larguísima lista, con una nee que yo me creía incapaz de afrontar y la estamos afrontando, es duro.

Cuando en el país de origen la ECAI me ofreció renunciar allí mismo, después de meses con su foto, pensé: si fuera bio, ¿la dejaría en el hospital?… y supe que era mía.

Pero aún así en ese momento no tenía ni idea de lo que se me venía encima.

Y NO no cambiaría a mi hija (ni me he arrepentido jamás, cosa que me han preguntado más de una vez) y también hay momentos especiales y fabulosos y AMOR, mucho amor.

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