familia monoparental y adopción

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Privilegio

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Debe hacer ¿20 años? salíamos N. y yo de ver una película de Spike Lee, no recuerdo el título y tampoco he sabido encontrarlo, y N. me dijo que le llamaba la atención tanta reflexión entorno a ser negro, que ella nunca había pensado sobre qué significa ser blanca. Quizás fue la primera vez que fui consciente de que muchas más veces reflexionamos sobre lo que nos hace distintos a lo establecido que a lo que nos hace pertenecer al grupo dominante. Los heterosexuales no se construyen entorno a su orientación sexual, ni las personas sin discapacidades sobre el hecho de ver, oír y andar sin problemas; ni los blancos sobre la raza.

Hasta que no tuve un hijo negro, no me planteé siquiera que existiera un White privilege.

¿Qué es un privilegio?

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Es ser blanco y pensar que el color de piel no tiene importancia. Es ser heterosexual y no ver que los impresos de matrícula del colegio discriminan a las familias donde no hay padre y madre. Es ser hombre y no tener miedo cuando vuelves solo y tarde a casa. Es estar en pareja y no ser consciente de lo injusto que es que los packs de los hoteles sean para dos adultos y un niño. Es tener las piernas sanas y no valorar la altura de los bordillos. Es ser cisexual y no plantearte que deba dejar de haber baños para hombres y baños para mujeres. Es tener una nacionalidad europea y no ver que tu cola en la Administración es más corta que la que hacen las personas con pasaporte extracomunitario. Es tener dinero para pagar el viaje de esquí de tus hijos y pensar que sus compañeros no se apuntan porque no les gusta la nieve.

Es no ver que lo que tú das por sentado, otros lo tienen que pelear hasta dejarse la piel.

Algo que solo se ve desde la posición no privilegiada

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¡No dejéis de trabajar!

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A pesar de las teorías imperantes sobre “el reciente acceso de las mujeres al mundo laboral” en mi cole de los años 70 los niños y niñas nos dividíamos en dos grupos: los que teníamos madres que trabajaban fuera de casa y los que tenían madres que solo trabajaban en el hogar. Los del segundo grupo comían en casa, llevaban disfraces primorosamente cosidos y alargaban las bajas por resfriado hasta que no quedaba ni rastro de tos; los del segundo nos encontrábamos con que a veces no aparecía ninguno de nuestros padres al Festival de turno y que nuestras entregas y recogidas (no había ni acogida matinal ni extraescolares en mi colegio) dependían de una red heterogénea formada por otras madres y padres, hermanos mayores y los omnipresentes abuelos. Pero no creo que hubiera grandes diferencias a largo plazo entre los que tuvieron una madre permanentemente presente y los que la compartíamos con sus obligaciones laborales, no creo que unos fueran / fuéramos más felices que los otros o tuviéramos traumas o dificultades reseñables.

Cuando fui madre, daba por hecho que todas las demás madres serían mujeres trabajadoras como yo. Mujeres que compartirían la crianza con sus parejas (si las tenían), que contarían con la ayuda de los abuelos, que tirarían de acogida matinal y extraescolares y canguro.

Me sorprendió la cantidad de mujeres que habían dejado de trabajar, que se habían quedado en el paro y “para gastarme en la canguro lo que yo gano me quedo en casa”, que trabajaban a media jornada o echaban unas horas en la empresa de su marido.

No eran mayoría, pero tampoco eran pocas.

Y esto por no hablar de la corriente que en esa época se convirtió en tendencia: la crianza con apego, que exigía la presencia constante de – y solo de – la madre, al menos los primeros 3 años de la crianza.

Este verano cayó en mis manos este artículo de Adela Muñoz Páez, Catedrática de Química Inorgánica de la Universidad de Sevilla, del que quiero compartir algunos párrafos:

“Nunca fui la chacha de mis hijos. Su padre y yo éramos quienes tomábamos las decisiones que les afectaban y los que nos ocupábamos no sólo de que sus necesidades estuvieran cubiertas, sino de que se sintieran queridos y protegidos.

Para ello contamos con la ayuda de cuidadoras, guarderías y abuelos, que permitieron que ambos pudiéramos desarrollar nuestras exigentes carreras científicas sin que a nuestros hijos les faltara quien los recogiera en el colegio, cocinara para ellos y los arropara cada noche aunque nosotros estuviéramos en el otro extremo del mundo.

Pero hubo momentos especialmente duros, como cuando al finalizar mi tesis doctoral a finales de los 80, tuve que hacer una estancia postdoctoral en el extranjero dejando atrás un niño de tres años. Me llevé la pena de no tenerlo cerca y la angustia al pensar si mi ausencia afectaría negativamente a su desarrollo”.

Aunque yo no me fui (ni me habría ido) a estudiar en el extranjero cuando mis hijos tenían 3 años ni tampoco más adelante, aunque me sentí culpable de todas las horas que no pasé con ellos, sobretodo en la primera infancia, aunque me dolió delegar… nunca pude dejar de trabajar ni  tampoco lo habría hecho. Porque veo a mi alrededor a mujeres formadas y capaces volverse dependientes económicamente de su pareja y dejar de poder tomar decisiones – algunas, anecdóticas; otras, fundamentales – sobre sus propias vidas. Porque las veo bajarse del carro y verle alejarse y no poderse subir nunca más, a pesar de haber dedicado la primera mitad de su vida a estudiar y labrarse una carrera profesional que nunca podrán retomar donde la dejaron. Porque me parece un desperdicio que la contribución que podrían hacer a la sociedad – más allá de su propia familia – se pierda para siempre. Porque sé que aunque haya una época en la que cada minuto alejada de los niños es una tortura, los niños crecen y hacen su vida. Una vida que no merece llevar el lastre de saber que tu madre sacrificó su vida por la tuya.

La crianza es breve, pero la vida es larga.

Y si alguna vez flaqueo, siempre recuerdo a mi abuela diciendo a cualquier mujer joven (hija, sobrinas, nueras, nietas) que estuviera a punto o acabara de tener un hijo:

Pase lo que pase, ¡no dejéis de trabajar!

¿Cuándo se deja de ser monoparental?

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Tengo una amiga que es madre monoparental, adoptó sola aunque en el proceso conoció a un chico con el que se emparejó (ennovió, enrolló, como queráis llamarlo) y convivían los tres, aunque ella nunca se planteó que él se convirtiera en el padre de su hija. Cuando tuvo que renovar el carnet de monoparental, le dijeron que no, porque el chico estaba empadronado en la misma casa. Y ella estaba indignada, porque sí, el chico era su pareja, pero NO el padre de su hija. Si nada le liga oficialmente a su hija (ni la ha adoptado, ni la ha reconocido), ¿por qué le convierten en padre? Si nada les liga a ellos oficialmente – ni matrimonio, ni registro de parejas de hecho – ¿la convivencia le convierte en pareja? ¿Y si fuera un compañero de piso? ¿Le habrían cuestionado el carné de monoparental si hubiera sido una chica la que conviviera con ella? ¿Y qué pasa si convives con hermanos o padres?

Imaginad una persona que se separa y que luego tiene una nueva pareja, que convive con esta persona, que incluso se casan… ¿verdad que esto no le convierte en padre o madre de sus hijos… porque ya tienen un padre o una madre? ¿Por qué entonces sí se considera que se pierde  la condición de familia monoparental al empezar a tener pareja? Sus hijos siguen siendo suyos, y si su nueva pareja no les reconoce o adopta, no tiene ningún deber de cuidado y manutención sobre ellos, ni heredarán sus bienes, ni les quedará pensión de orfandad si fallece, no puede pedirse una reducción de jornada en el trabajo para ocuparse de ellos, no puede tomar decisiones médicas, incluso le pueden poner pegas en el colegio si va a recogerles… Pero a pesar de ello, esta familia pierde la posibilidad de cualquier ayuda o apoyo ligado a su condición de familia monoparental.

Creo que la definición de monoparental es muy ambigua, habla a menudo de cónyuge ausente, de separación, convivencia o ingresos,… cuando es tan sencillo como considerar monoparentales las familias en las que hay solo un padre / madre. Si la separación no nos convierte en monoparentales, ¿por qué el emparejamiento si nos hace dejar de serlo?

 

 

 

Día de las familias

Hoy es el Día Internacional de las Familias, y abundan en las redes fotos como esta:

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O esta:

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¿Por qué mientras avanzamos en la visibilización de la diversidad familiar… seguimos inmóviles en la representación de la diversidad racial?

Mucho mejor este:

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Una luz nueva: cómo el embarazo de mi hija me hizo repensar la adopción.

Hace poco cayó en mis manos esta historia tan interesante que narra toda una vida como madre adoptiva y cómo las cosas que van pasando nos cambian. No tiene desperdicio.

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En primavera del 2006, Aselefech, mi  hija de 17 años, estudiante de instituto, se acercó a mí y me dijo – llorosa, casi desafiante – que estaba embarazada. Entré en shock, triste, asustada por ella. Pensé que habíamos hecho todo lo que hay que hacer para evitar que sucediera eso. Había hablado con ella y sus hermanos sobre sexo, les había llevado a planificación familiar, y había discutido los riesgos del sexo sin protección. ¿Cómo pudo suceder?

Aselefech y su hermana melliza, Adanech, tenían 6 años en 1994 cuando mi marido de entonces y yo las adoptamos en Etiopía. Nuestros dos hijos, que habían nacido en los Estados Unidos, habían sido adoptados de bebés, y tenían 5 y 7 años cuando las niñas llegaron. La documentación que recibimos de la agencia de adopción aseguraba que los padres de las niñas habían muerto. Desde el principio, tuve claro que Adanech y Aselefech habían sido queridas en Etiopía. Estaban acostumbradas al caos de familia y niños; se adaptaron bien a la escuela, incluso aunque hablaban muy poco inglés. A Aselefech, en particular, le gustaba hacer cosas conmigo: cocinar, limpiar, leer, cuidar el jardín. Tenía que haber estado unida a su madre, recuerdo que pensé, porque fácilmente se acercó a mí.

La escuela secundaria fue un desafío – mis hijos exploraban relaciones, experimentaban una  presión mayor por parte de sus iguales, confiaban menos en mí. En el instituto continuó la era de poner los ojos en blanco, portazos ocasionales, y la intensa lógica adolescente. La mayor parte del tiempo, Aselefech y yo nos llevábamos bien. Ella hablaba conmigo de chicos, aunque mucho más con su hermana, y yo trabajé duramente para mantener la comunicación abierta.

Cuando me dijo que estaba embarazada, no pude evitar enfadarme al principio – ¿no se daba cuenta de que esto le cerraba muchas puertas? ¿Terminaría el instituto? ¿iría a la universidad? ¿Cómo superaría el dolor que le infligirían los que la verían como un estereotipo, la joven madre soltera negra?

Nuestra familia conocía al novio de Aselefech, el padre del bebé, desde hacía años. Miguel iba un curso por encima en el instituto. Aunque participó en las conversaciones referentes al bebé, él y Aselefech no estaban preparados para casarse. Y mientras él contemplaba esta posibilidad, Asefelech decidió no abortar. Así que fui yo quien la acompañé a las citas ginecológicas, a veces de mal humor. El embarazo de Aselefech empezaba a notarse y sus profesores sacudían la cabeza. Mi mente se tambaleaba cuando pensaba en las realidades de criar a un bebé: las emociones, los gastos, las decisiones – todo parecía demasiado para mi hija adolescente.

“No sé si puedo hacerlo, mamá”, me confesó una noche. Yo tampoco lo sabía. No porque fuera imposible, sino porque era tan joven. Nuestra familia tenía los recursos económicos para ayudarla, y yo sabía que su padre, sus hermanos, sus amigos y yo le daríamos apoyo. Aún así – ¿quedarse al bebé y criarlo era realmente una buena elección?

Cuando Aselefech y Adanech tenían 7 años, recuerdo ir a una revisión médica con una doctora nueva. Revisó mi historial mientras charlábamos de mis hijos, y vio que nunca había estado embarazada. Se extrañó hasta que le conté que habían sido todos adoptados. “Una opción donde todos salen ganando, ¿no?”, dijo. “Una criatura necesitaba una familia y vosotros queríais una criatura”.

En ese momento, estuve de acuerdo. Veía la adopción como una situación donde todos ganaban. Siempre había creído en la adopción, cuando se gestionaba con integridad y transparencia; incluso había trabajado para una agencia de adopción una temporada.

Mi comprensión del asunto – y todas sus alegrías y penas – es mucho más profundo ahora de lo que era cuando me convertí en madre. Gracias a mi hija, he visto de primera mano cómo puede ser un embarazo vulnerable: una madre joven con un futuro incierto, para quien el bebé traerá cargas y demandas desconocidas, emoción y energía y sueños pospuestos. A pesar de esto, cuando hablamos de adopción con Aselefech durante su embarazo, se paró y dijo: “No. No puedo imaginarme estar en el mundo, sabiendo que mi hija está en otra parte, no conmigo. Es demasiado triste para siquiera pensarlo”.

Como madre adoptiva, vi que esto con lo que había estado intelectualmente de acuerdo – la madre biológica de mis hijos tomando una decisión dura, amorosa, desinteresada – es una elección muy diferente cuando estás en el otro lado. En verdad, me sentí como se sentía Aselefech: no podía imaginar a mi nieta entregada en adopción. No podía imaginarme a mi hija entregando a su bebé a otra persona.

Cuando vi al bebé en la ecografía de Aselefech, empecé a entender lo que esta criatura podría aportar al mundo. Para mí, la ecografía fue un punto de equilibrio, el punto de inflexión tangible de la ira a la esperanza.

¿Quién sabe en qué se mete cuando se convierte en padre o madre, especialmente a los 17 años? Aselefech tenía pocas amigas con hijos. “Es la parte más dura”, dijo; “soy una extraña entre mis amigas”. Pero para entonces, ella tenía ya confianza en que la apoyaríamos, económica y emocionalmente. “Sé que necesitaré algo de ayuda, pero me puedo hacer cargo de esta criatura”, me dijo. Tuvimos una fiesta de bienvenida del bebé, con amigos y familia, con juegos y regalos. Aselefech tuvo su celebración, y la niña se convirtió en algo más real para ella, mientras saltaba alegremente entre ropas y libros y biberones.

El nacimiento de Zariyah, el 2 de octubre de 2006, fue la primera vez que estuve en un parto. Aselefech rompió aguas a las 2 de la madrugada. Subimos al coche y fuimos al hospital mientras su padre iba a recoger a Miguel. Aselefech recibió la epidural sobre las 4, y dio a luz 4 horas más tarde. Su embarazo había sido remarcablemente fácil, seguido por un parto fácil. Al final, solo sentíamos alegría al recibir a la preciosa, maravillosa, niña a la que mi hija dio a luz.

El nacimiento de Zariyah tuvo efectos de largo alcance en todos nosotros. Para Aselefech y su hermana Adanech, fue un recordatorio de sus propios nacimientos y de su madre etíope. Sabían que las habían entregado juntas en adopción cuando tenían 5 años y medio. “Entregadas en adopción” -una frase tan aséptica, que no mostraba el dolor de la decisión. ¿Cómo habían sido sus nacimientos? ¿Quién estaba con su madre cuando nacieron? ¿Quién se ocupó de ellas tres después?

En ese momento, no teníamos respuestas para estas preguntas. Sacamos a la luz algunas de las dudas mientras Zariyah se convertía de bebé en niña, y guardamos otras muchas en nuestros corazones. Nos pusimos en contacto con la agencia de adopción que ofrecía servicios post-adopción en Etiopía, y nos mandaron a una trabajadora social del pueblo que se mencionaba en los papeles de adopción de las niñas. La trabajadora social encontró a alguien que conocía a alguien cuyas gemelas habían sido adoptadas desde los Estados Unidos.

Dos años después del nacimiento de Zariyah, en 2008, viajé a Etiopía a petición de Adanech y Aselefech, que no se sentían preparadas para ir ellas – estaban asustadas de que la muerte u otras pérdidas pudieran haber ocurrido en el tiempo transcurrido desde su adopción. Viajé dos horas desde Addis Abeba hasta el pueblo donde mis hijas habían pasado los primeros 5 años, y allí me encontré con la otra madre de mis hijas.

Encontrarme cara a cara con Desta fue una de las experiencias más poderosas de mi vida. La acompañaba su marido (el padre de las niñas), muchos de sus hijos (los hermanos de mis hijas), y dos de sus nietos (los sobrinos de mis hijas). Estábamos apretujados en una habitación pequeña y oscura, algunos sentados, otros de pie. Como la cultura etíope da mucho peso a la cortesía y la deferencia, me dieron la mejor silla, y me ofrecieron café en primer lugar. Hubo muchas oraciones, ofrecidas por los hombres, y que me tradujeron someramente: “La familia está muy agradecida. Dan gracias a Dios”. Sonreímos mucho, asentimos con la cabeza, nos limpiamos lágrimas de los ojos.

Le di a Desta, cuyo nombre significa alegría en amariña, un álbum de fotos que mis hijas y yo habíamos preparado para ella. Ella murmuró “amaseganallo”, gracias, y miró lentamente el álbum mientras yo charlaba sobre las fotos: “Esto es cuando estaban en un equipo de fútbol grande. Esta era su foto escolar. Estos son mis hijos, sus hermanos, adoptados en Estados Unidos. Esta es nuestra casa”. No sé que le dijo el traductor. Desta tocó cada pintura, hablando suavemente con sus hijos, que también miraban las fotos de sus hermanas y lloraban silenciosamente. Dí a Desta algunas fotos enmarcadas, primeros planos de Aselefech y Adanech. Recuerdo como acarició sus mejillas, sus caras capturadas en las fotografías.

Las hijas trajeron injera y doro wat, el tradicional pan esponjoso y estofado de pollo, con batallas de Fanta y Coca-cola. Alguien le quitó los álbums y las fotos a Desta, que los había estado sujetando con fuerza, y los guardó en otra habitación. Vi un punto de tristeza en sus ojos en ese instante, seguidas por una aceptación resignada, anhelante. Cuando fue el momento de irme, le dije, muchas veces, “Amaseganallo”. Ella dijo “Gracias”, mucha veces. Nos abrazamos, y nos hicimos fotos, y entonces me marché.

Sé lo que significa ser una madre adoptiva, querer tan profundamente a mis hijos. Conozco el dolor de la infertilidad, de querer desesperadamente una criatura a la que amar. Pero no conozco cómo es ser madre biológica, estar embarazada y dar a luz, tener esta conexión innegable. Cuando me encontré con Desta, finalmente empecé a entender el dolor de una madre de nacimiento. Desta y yo amábamos ambas a Adanech y Aselefech más de lo que las palabras pueden decir, pero ella tuvo que perderlas para que yo pudiera quererlas.

Traje de vuelta fotos e historias para compartir con nuestras hijas. Poco después, Aselefech – por primera vez desde que salió de Etiopía – habló con ella por teléfono. Había olvidado el amariña de su infancia y necesitó la ayuda de un traductor.

En 2011, cuando Zariyah cumplió 5 – la edad en la que mis hijas fueron llevadas al orfanato de Addis Ababa – Aselefech y yo volvimos a hablar del dolor que su madre tuvo que sentir cuando perdió a sus gemelas de 5 años. No podíamos imaginar perder a Zariyah, enviarle al otro lado del mundo, quizás nunca volver a verla. El día del cumpleaños de mi nieta, las dos lloramos por una pérdida que ambas imaginamos siendo inimaginable.

Ese verano, Aselefech y yo viajamos juntas a Etiopía, y se encontró con su familia: madre, padre, hermanas, hermanos, cuñados, sobrinos, sobrinas, tíos, tías, y primos. Hubo muchas lágrimas, abrazos, besos, oraciones, y traducciones. Varios de los hombres hablaron al grupo. Las traducciones a menudo parecían cortas, dada la extensión del amariña. En un momento raro, tranquilo, Aselefech preguntó a su madre por qué ella y su hermana habían sido entregadas en adopción.

Su padre respondió: en 1988, la hambruna y la guerra les dejaron sin comida suficiente. Los trabajos eran escasos. Teníamos otros 5 hijos. Aselefech preguntó quién las llevó al orfanato. Su padre respondió que fue él, con el hermano mayor de las niñas.

Desta parecía hablar y entender poco inglés, mientras que sus hijos – especialmente los chicos – comprendían un poco y a menudo respondían por ella, no siempre traduciendo nuestras preguntas. Hacia el final de nuestra visita, Desta habló directamente con Aselefech. “Tu madre dice que no estaba en casa el día que os llevaron al orfanato”, dijo el traductor. “Ella no quería que os marcharais”.

No poder hablar sin la ayuda de un traductor añadió un punto de tristeza. Nos llevaría muchas más visitas y muchas conversaciones cruzar las diferencias culturales y gestionar todas las emociones del reencuentro. A pesar de esto, fuimos capaces de hablar, compartir fotos, hacer preguntas. Y por primera vez desde que era una niña, Aselefech pudo mirarse en rostros que reflejaban su historia.

Sé que Aselefech y Adanech nos aman profundamente a sus padres adoptivos. Son conscientes de cómo habrían sido de distintas sus vidas si se hubieran quedado en Etiopía. Ciertamente, han tenido algunas ventajas económicas y oportunidades gracias a la vida que han tenido aquí. ¿Qué peso tiene esto, sin embargo, respecto a perder a su padre, madre, hermanos de origen – a su país, lengua, herencia, cultura? Estas pérdidas son imposibles de medir, y no pueden ser ninguneadas.

Si uno de mis hijos muriera, no sé si me podría recuperar jamás. Incluso teclear estas palabras me asusta. Pero, ¿cómo más puedo intentar empatizar con lo que han pasado cientos de miles de madres en todo el mundo, las que perdieron a sus hijos en adopción porque no tuvieron otra oportunidad? ¿Como podemos cualquiera de los implicados en adopción, los que nos hemos beneficiado de ella, no hablar en nombre de los incontables padres y familias que han perdido a sus hijos por esta vía? ¿Cómo podemos pensar que no les duele profundamente?

Es difícil para muchos padres adoptivos aceptar que el precio de nuestra alegría ha sido un dolor enorme. Gracias a mi propio privilegio, he tenido el luxo de ver a mi hija rechazar este dolor y quedarse con su hija, aunque era joven y su embarazo inesperado. Aselefech es una madre fantástica, y se graduó en Sociología en la Universidad. Zariyah es una niña brillante, sana, activa, que toma clases de ballet y va a una escuela maravillosa.

En 2014, Aselefech, Zariyah y yo fuimos a Etiopía juntas, y Zariyah, que tenía 7 años, conoció a su abuela etíope por primera vez. La visitamos en la habitación delantera de su modesta casa, nos sentamos juntas en un sofá bajo. Otra vez, había mucha gente presente – familiares, vecinos, gente de la Iglesia, y amigos. Zariyah se sintió comprensiblemente desbordada por la gente y las emociones que había en la habitación. Se sentó en silencio, escuchando, y tardamos un rato en darnos cuenta de que las lágrimas le caían por el rostro. Nos los dijo después. “No conozco a esta gente, y no sabía que estaban diciendo. Y son mi familia, pero son extraños. No sabía qué hacer. Creo que se suponía que tenía que estar contenta. Pero me sentí triste”.

Desta conoce y ha besado a Zariyah, una de sus muchas nietas. Nunca olvidaré verla hablar suavemente a su nieta americana, acercándose a acariciar gentilmente la mejilla de Zariyah. Después de perder a sus hijas queridas en adopción durante 20 años, Desta ahora las tiene de vuelta – en algún sentido – pero hay 8.000 millas entre ellas.

Aselefech y Adanech están en contacto con su familia etíope, les mandan fotos y noticias; habrá más visitas. La suya es una conexión biológica que yo no comparto, pero que ahora reconozco como importante e intensamente potente. No tengo conexión biológica con mis queridos hijos y nieta, pero están cerca de mí. Vivimos todos con el conocimiento de que muchas cosas podrían haber sido distintas, y todos compartimos la esperanza y la alegría que nos ha traído Zariyah.

¿Una serie sobre madres solteras?

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¿Una serie sobre una madre soltera?, he pensado cuando he visto el titular de este artículo, ¡que interesante!. Y entonces me he leído la noticia y después de 3 párrafos hablando de sexo anal, “las parejas no hablan de estas cosas”, de que la comedia “aborda su relación con los hombres en el trabajo y fuera de él”, “una vida divertida y sexy”… me he empezado a preguntar si mi reino es de este mundo.

 

¿Qué se puede hacer con este niño?

P., adoptada adulta y autora del magnífico Blog Completando mi historia, ha recibido un comentario a una de sus entradas que le ha dejado sin palabras. Es el que sigue:

“Descripcion de la situacion:

Madre soltera con un niño con discapacidad de 10 años decide adoptar (porque siempre fue ese su deseo desde niña) a un niño de 7 años.

Desde el día que se concretó su adopción cambió su “buen accionar” en su verdadero yo: desobediente, indisciplinado, desafiante, terco, bulling, mentiroso patológico, gritón que se escucha una manzana a la redonda, robo, en el colegio no lo soporta nadie ni la maestra ni los compañeros, NO hay un solo día de paz desde su llegada, es un pésimo ejemplo para el niño diagnosticado con autismo severo, su comportamiento ha afectado la salud física y emocional de la madre adoptiva. El niño adoptado exige full atención no importándole nada de las necesidades del niño con discapacidad. Reconoce que no tiene ningún tipo de sentimiento, no siente remordimientos, no le importa si lastima a otros porque no siente nada, no sabe querer, lo único que no quiere es quedarse pobre, solo sabe que hace cosas malas porque las hace, no le gusta pedir perdón ni agradecer por nada. Cree que todos tienen la obligación de darle las cosas como quiere y cuando quiere, no le importa si su madre adoptiva solo que le de lo que tiene obligación de darle porque es ahora su madre.

Dicen que la adopción es irrevocable, pero qué pasa cuando la familia adoptiva es la víctima de todo el comportamiento negativo de un niño de 7 años que se comporta con la manipulación y el cinismo de un hombre mayor? y le dice a la cara que él es dos niños, uno el que habla bonito para engañar a la gente y hacer creer que es bueno, y el otro su verdadero yo que solo quiere hacer lo malo y que su intención es no ser pobre y engañar a la gente para que crean que es bueno y que dice la verdad cuando en realidad todo es mentira…

Qué se puede hacer en un caso así? Legalmente? Ya no es vida, y es absolutamente injusto para la madre y el niño con discapacidad…”

Voy a intentar contarlo de otra forma:

“Descripción de la situación:

Niño de 7 años, con vivencias durísimas (abandono, institucionalización, dificultades de vínculo, etc), es adoptado por una madre monoparental que ya tiene un hijo de 10 años con una discapacidad importante y que llega al segundo desde el deseo egoísta de adoptar “algo que deseó desde niña”, confundiendo su deseo con un derecho.

El niño llega a la familia muerto de miedo, miedo a lo desconocido, a las nuevas normas, al reabandono, y reacciona de forma disruptiva, tanto en casa como en el colegio. No recibe ninguna ayuda efectiva en ninguno de los dos lugares, sino que se le etiqueta como pequeño delincuente.

Su adoptante, desbordada por la discapacidad de su hijo mayor y por el comportamiento disruptivo del pequeño, se ve incapaz de afrontar las necesidades de ninguno de ellos. No le al recién llegado el cobijo, apoyo, incondicionalidad, atención, cariño… que necesita para irse sintiendo seguro y crear un vínculo. No es consciente de que ella, adulta, lidia con un niño pequeño que no ha podido aprender las herramientas para gestionar sus emociones y que reacciona como mejor sabe, con las estrategias que le han permitido sobrevivir durante 7 durísimos años: desconfianza, criterio propio, buscarse la vida, ser autónomo…

Dicen que la adopción es irrevocable, pero ¿qué pasa cuando un niño llega a una familia que no sabe reconocer ni dar respuesta a sus necesidades y que malinterpretan su comportamiento de supervivencia con las mañas y manipulaciones que tendría un adulto?

¿Qué se puede hacer en un caso así? ¿Legalmente? Ya no es vida, y es absolutamente injusto para los dos hijos que su madre sea incapaz de responder a sus necesidades”.

¿Qué tal así? ¿A que suena distinto? Cuando he leído el texto me ha sorprendido y escandalizado el tono, las palabras elegidas y la mirada sobre un niño que, no lo olvidemos, solo tiene 7 años. No, no hay niños malos… hay niños a los que miramos como malos, y que, si no cambiamos la mirada, se acaban convirtiendo en lo que esperamos de ellos.

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