familia monoparental y adopción

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Después del atentado

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El atentado nos encontró en Barcelona, lejos del lugar de los hechos (si es que se puede estar lejos en una ciudad como Barcelona), pero igual nos golpeó.

La calle en la que he trabajado 20 años, el trayecto por el que volvía a casa, la hora de salir a recoger a los niños.

Primero fueron las llamadas y los Whatsapps, la búsqueda de noticias, las preguntas. El silencio de la piscina mientras la gente iba marchándose a sus casas. Después, las sirenas de ambulancia a lo largo y ancho del barrio. Y el helicóptero sobrevolando nuestra terraza toda la noche.

¿Podemos dormir contigo?

Y luego llegó el momento de hablar. La conversación que siempre hay que tener con los niños, qué ha pasado, por qué, quiénes eran, qué querían, qué pasará ahora.

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Pero también otra conversación que tenemos que tener cuando nuestros hijos tienen un origen que les conecta con los terroristas: la de las burradas que van a oír a partir de este momento, más todavía. El “puto moro”, “vete a tu país”, “es que no se integran”…

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Pero hay una tercera conversación de la que no he sido consciente hasta que han ido pasando los días y goteando las informaciones, y hemos sabido que los terroristas son chavales, niños en algunos casos, muy parecidos a los nuestros: niños que iban al colegio y jugaban al fútbol, y se encontraban en un casal en el que nadie imaginó siquiera que algo así fuera a pasarles por la cabeza… ¿Hasta qué punto pueden convertirse nuestros hijos en el caldo de cultivo de los radicales que puedan querer aprovecharse de sus dudas identitarias y sus arraigos inseguros para sembrar en sus cabezas la ilusión de pertenecer a algo o alguien?

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Homosexualidad y adopción

Cuando se habla de adopción y homosexualidad, a menudo nos quedamos solo en el derecho de los gays a adoptar, en las dificultades que afrontarán las familias homoparentales por adopción, a las capas de complejidad que esto añade a las vidas ya muy complejas de los hijos… La gestión de la diferencia, la necesidad de pertenencia, la visibilidad de la familia (doble en el caso de adoptados transraciales).

Pero hay más:

¿Cómo ven, o cómo verían, los países de origen que haya niños que son adoptados por familias homoparentales, incluso cuando la legislación lo prohíbe? A nadie se nos escapa que las restricciones para adoptar que se ponen a las (Y sobretodo los) monoparentales tiene en muchos casos que ver con esto: con que bajo el perfil de “monoparental” hay muchas veces una persona o una pareja gay que no tiene otra forma de adoptar.

¿Cómo ven o cómo verían, las familias de origen de nuestros hijos, que ellos hubieran terminado en una familia homosexual?

¿Qué relación podemos mantener con el país de origen de nuestros hijos si es un país donde la homofobia está generalizada, donde incluso es peligroso? ¿Cómo viajamos y cómo nos movemos por lugares donde la sociedad y la ley no aceptan lo que somos?

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¿Y qué pasa si son nuestros hijos los que son gays? ¿Cómo pueden relacionarse  personas criadas en un país “tolerante”, con un país de origen donde su opción sexual no existe oficialmente o está perseguida? O si son transexuales, ¿cómo entran como mujeres al lugar del que salieron como hombres – o viceversa?

Mucho que pensar.

5 años

Comparto hoy este recuerdo de N., madre de 2 niños adoptados, que me ha removido muchas cosas.

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5 años, ya 5 años… De ese jersey marrón de cuello vuelto a 30 grados, y “la entrega” en el juzgado (una suerte conocernos hacía ya 9 meses para que no tuvieras miedo). Ya no volviste al orfanato, al pasillo, al griterío y la locura por la comida, al orden militar… Se abrió un mundo nuevo con más opciones, pero mucho más duro y costoso (para todos). Aún hoy paga(mo)s con creces esos 1000 primeros días que el monstruo de la institucionalización devoró despacito y profundo… Celebremos lo celebrable. 

En la peluquería

M. es una mujer blanca, su marido es blanco aunque de piel más oscura, y su hijo, procedente de un país africano, es biracial (blanco y negro). Como muchas personas blancas, es la llegada de su hijo la que le ha hecho reflexionar sobre la raza… y generar un radar para detectar el racismo de baja intensidad. Que duele todavía más cuando toca a los nuestros. Como lo que le pasó un día cuando estaba en la peluquería.

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Mi marido siempre se ha considerado blanco. Pero desde que tenemos a nuestro hijo ha sido consciente de que en muchos contextos no es identificado como tal, por su color de piel, sus rasgos…no lo se.

Un día venían él y mi hijo a buscarme a la peluquería. La peluquera no los había visto antes. La puerta era de cristal y te la abren cuando llamas.

Llamaron y la peluquera y su ayudante miraron y les vieron a los dos. La ayudante pregunto: ¿qué hago? Yo no entendía, pero antes de que pudiera contestar, la peluquera dijo: haz como siempre, diles que no tenemos horas libres. (Cuando yo sabía que no había nadie después de mí).

Cuando vio mi cara reflejada en el espejo se dio cuenta de la cagada (ella sabía que tengo un hijo adoptivo de origen africano). Y en seguida dijo: ai! Que son tus… ohh! Disculpa!. Y les abrió la puerta.

Y eso en una peluquería tope cosmopolita, que siempre están viajando a Londres para reciclarse.

Que decir tiene que ya no volví más.

Pero me quedó claro la imagen que mi familia da cuando no les acompaño yo. Aunque mi marido no tiene familiares cercanos de otras etnias hasta donde ellos recuerdan.

En Afganistán también

Seguro que a muchos les suena esto. Pues no, no fue en ninguna de las clínicas que todos conocemos… Fue en Agfanistán.

…al poco tiempo de asentarse en la capital ella empezó a trabajar en Marartún, una organización que ayudaba a las adolescentes que decidían escaparse de los matrimonios forzados y no tenían adónde ir, repudiadas tanto por la sociedad como por sus propias familias.

Muchas de aquellas niñas llegaban al centro embarazadas, esperando recibir la ayuda que necesitaban para salir adelante junto a sus hijos, pero la realidad era muy distinta. Sí, las cuidaban durante esos meses, asegurándoles que todo iba que todo iba a salir bien, pero aquello no era más que un horrible espejismo; a las jóvenes madres les arrebataban el bebé en el mismo momento de dar a luz, bajo cualquier pretexto o excusa, y ya no volvían a verlo. Les aseguraban que habían muerto en el parto o minutos después, pero lo cierto es que entregaban a los bebés en adopción a familias adineradas de Kabul que no conseguían tener hijos, y que pagaban muy bien por cada uno de aquellos recién nacidos.

“La primera estrella de la noche”, Nadia Ghulam

Una imagen vale más que mil palabras

Gaza © Emad Samir

La hija extranjera

He devorado “La hija extranjera”, la última novela de la escritora catalano-marroquí Najat El Hachmi.

Una novela que habla de la difícil negociación entre el aquí y el allí. Entre la lengua de su madre y la que ha aprendido en el colegio. Entre lo que una quiere ser y lo que los otros ven. Los otros: la comunidad marroquí que juzga a su madre por cómo se comporta la hija, pero también la comunidad de acogida, que bascula entre ver una chica que solo sirve para limpiar y la buena inmigrante, integrada, sin faltas de ortografía ni pañuelo en la cabeza.

Una chica que lucha por ser ella misma sin renunciar a nada, sin alejarse de su madre ni traicionar sus lecturas y sus ambiciones.

No dejen de leerla.

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