familia monoparental y adopción

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Yo también

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La primera vez debía tener 12 años y nunca estuve segura de si había pasado. Regresaba a casa y tuve la impresión de que aquel tipo me seguía. Me cambié de acera varias veces, corrí, y finalmente le perdí de vista.

A los 16 no tuve ninguna duda: el hombre cuarentón que me miraba fijamente, de pie a mi lado del autobús, tenía el pene, fláccido, fuera del pantalón y se frotaba con la mano en la que yo sujetaba la carpeta. ¿Por qué no grité? ¿Por qué no pedí ayuda? Fui adentrándome en silencio en aquel autobús abarrotado mientras el tipo me seguía, y finalmente, me preguntó: ¿Bajas? Dije que no con la cabeza. ¿De verdad creía que yo podría querer acompañarle a algún sitio? ¿No se daba cuenta de que lo que estaba haciendo era una agresión?

Corrí al bajar del autobús (una parada después de la de aquel tipo) y cuando llegué a casa de mi amiga C. me derrumbé. Lloré mientras sus hermanas mayores me abrazaban, pero aún así me dejaron volver sola a casa (“coge un taxi”, me dijeron; pero no encontré ninguno). Me crucé por el camino con una pareja amiga y les conté también qué me había pasado. “Que fuerte”, dijeron. Y me dejaron seguir.

Ese día pensé por primera vez que si a muchas mujeres no nos ha pasado nada grave, es porque la primera vez hemos tenido suerte.

Cuando aún éramos confiadas e inocentes. Cuando pensábamos que estas cosas no pasaban.

A pesar de las advertencias y las recomendaciones, los no vuelvas sola, no salgas vestida así, mejor si te quedas a dormir en casa de tu amiga, vigila con quien hablas, no pases por callejones oscuros, no te fíes de nadie.

Y sí, yo tuve suerte.

Tuve suerte porque unos días más tarde también conseguí escapar del tipo que me persiguió en el metro. Tuve suerte porque los chavales en cuyo coche nos montamos N. y yo en un bar de Castelldefels no tenían ninguna intención de hacernos daño. Tuve suerte porque el señor mayor de mi trabajo que cada vez que pasaba vestida con minifalda gritaba “¡¡y luego se quejan de que las violan!!”, nunca fue más allá. De que el desconocido que me intentó besar a las tres de la madrugada cuando regresaba de una fiesta me soltara cuando le grité “¡Déjame en paz!”

De no estar en el lugar equivocado en el momento equivocado.

Porque no intentó acostarse conmigo el cristalero que subió a arreglar la ventana, como le sucedió a A. cuando tenía 14 años ese día en el que su madre no estaba; porque no me metió mano uno de los autores a los que su editorial publicaba, como le sucedió a E. durante una cena de empresa; porque no tuve que lanzarme de un coche en marcha, como les sucedió a J. y M. la noche que aquellos chicos que parecían tan majos giraron por un camino de tierra al volver a casa; porque el taxista que me llevó a casa no me preguntó si quería pagar en carne, como le sucedió a O.; porque no tuve que encerrarme en un baño hasta que a mi hermano mayor se le pasara el subidón de ácido, como le pasó a V.;  porque no tuve que cambiar de número de teléfono para evitar el acoso de un ex, como le sucedió a B.; porque un veterano de la radio no me hizo proposiciones mientras me acorralaba en la Asamblea de Madrid y cuando me quejé de que me hacía sentir incómoda, me amenazó diciéndome que sabía dónde vivía, como le sucedió a una de las becarias que trabajó con nosotros. Y no tuve que ver cómo a pesar de la denuncia y la condena, el veterano de la radio seguía en su trabajo sin que (prácticamente) nadie dejara de hablarle y reírle las gracias mientras que a mí no volvían a llamarme.

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Ahora que todas estas cosas que siempre han permanecido invisibles empiezan a gritarse, toca decir que, a pesar de que tuve suerte, yo también. A mí también

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Copiar, compartir, robar

Debía tener 8 o 9 años, cuando un día en el recreo, un grupo de niños y niñas decidimos hacernos un balón con los papeles del desayuno. Fuimos recogiendo todos los papeles de plata, los juntamos, los comprimimos, les dimos forma, y jugamos durante un buen rato.

Cuando llegó el momento de irnos, casi simultáneamente yo dije/otra niña dijo:

-Podríamos dejar el balón aquí para que lo aprovechen los que vendrán después

-Vamos a romperla para que nadie se aproveche de nuestro trabajo.

Ese día me di cuenta de que el mundo se divide en dos tipos de personas: los que sienten que cuando comparten pierden algo, y las que sentimos que cuando compartimos, ganamos.

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Recordé ese momento hace unos días, cuando en un grupo de Facebook sobre (contra) los deberes, una madre contó indignada que otra niña de la clase le pedía a su hija que le dejara  copiar los deberes, que se aprovechaba del trabajo de su hija y que iba a tomar medidas.

Hubo comentarios a favor y en contra, y volví a descubrir que había dos grupos diferenciados de personas: los que no vemos mayor problema a dejar copiar, y los que creen que si te dejas copiar eres tonto, que se aprovechan de ti y de tu trabajo, e incluso lo comparan con que alguien te robe o se atribuya tus méritos como suyos… Los que piensan que dejarte copiar es no saberte valer y que tu trabajo pierde valor porque otros lo aprovechen. Como si las notas fueran un pastel que se divide.

Yo no tuve deberes en primaria, pero sí los tuve en el instituto, y como solía hacerlos – y hacerlos bien – más de una vez me los pedía algún compañero. También solían pedirme y fotocopiarse los esquemas que yo me hacía para estudiar, sin ser conscientes de que lo que te hacía aprender no era leer los esquemas sino escribirlos.

Nunca pensé que compartir mi trabajo le quitara valor: de hecho, me pedían mis apuntes precisamente porque tenían valor. Y compartirlos no me generaba ningún perjuicio: no bajaba mi nota, ni me hacía desaprender lo que había aprendido haciéndolos.

En el periodismo, compartir lo que producimos es parte inherente del trabajo. Por ejemplo, los guionistas escriben lo que otras personas dicen en antena. Y ahí también hay dos maneras de verlo. Los que creen que los locutores se aprovechan del trabajo de los redactores, estas figuras clandestinas; y los que creemos que nunca tendremos mejor altavoz para lo que escribimos que la voz de las personas para las que trabajamos.

Y que compartir el trabajo nunca nos hace perder, porque como dice A., “no me importa que me roben ideas: siempre tengo más”.

Madre, en tu día

“Esta canción está dedicada a las Brigadas de Juventud Trabajadora Ho Chi Minh, que en Vietnam vienen a ser como la Juventud Comunista, y que en el último año de la guerra tuvieron la tarea de desactivar unas modernísimas minas que se habían colocado en la desembocadura de los puertos y de los ríos de la República Democrática de Vietnam. […] Un día muy señalado, que fue el día de las Madres. En el día de la Madres ya habían muerto varios centenares de jóvenes tratando de desactivar esas modernas minas. Y yo hice esta canción, que se llama Madre, en homenaje a ellos”

Silvio Rodríguez, recital en París en 1977.

 

 

 

 

 

La muerte y los perros

Recuerdo nuestra primera conversación, en la cafetería de la cadena de televisión donde se emitía el programa en el que ambas trabajábamos. Ella tenía 38 años y hacía dos que se había quedado viuda. Me lo contó este día y me pareció que aún estaba en shock.

Luego vinieron otras conversaciones, cines, cenas, tardes en la terraza de su casa (más de una insolación de invierno), copas de vino, amigos compartidos, confidencias, discos de Sabina, conciertos, libros, desacuerdos, risas, complicidades. Y un futuro que parecía desplegarse delante nuestro, infinito.

Tardes y noches respirando el olor a pinos mientras sus perros, Pirus y Atka, nos rondaban.

Y ese viaje Barcelona-Marsella-Lago di Garda-Mostar-Sarajevo-Dalmacia-Dubrovnik-Split-Ancona-Bologna-Arlès-Barcelona que hicimos con X., los tres pasábamos una época extraña, con duelos sin resolver y sin saber qué queríamos ser cuando fuéramos mayores, y fue un viaje extraño, intenso, a la vez hacia el mundo y hacia dentro.

Un paisaje después de la batalla para tres personas que nos recuperábamos de nuestras guerras.

La última vez que hablamos dijimos de volver dentro de 10 años.

Luego vino la distancia, los desencuentros, los malentendidos, los silencios. El tiempo que pasa y el ya la llamaré mañana, hoy se me hizo tarde, los saludos a través de amigos.

Fue la enfermedad quién me devolvió a C.

Alguien me dijo que se había encontrado mal y había ido al hospital, que allí habían encontrado que estaba llena de tumores. Que le cortaron trozos de pulmón, hígado, intestino, y le dieron una quimio que la dejó agotada y sin pelo.

Los correos para ponernos al día, la nostalgia y los planes de futuro, los niños, los perros (que ya eran otros), los amigos. Los libros.

¿Quieres que me ponga peluca? ¿Se asustarán los niños?, no, los niños no se asustarán, si lo hacen nos lo dirán, y así pasamos otra tarde en esa casa de piedra que yo no conocía, con chocolate y perros y sol.

Hace una semana me escribió para decirme que estaba ingresada, que los tumores habían crecido, la quimio era inviable, y que quizás era mejor que habláramos de 10 días que de 10 años.

Tuve la suerte de poder ir a verla, hablar con ella por última vez. De que la muerte no le daba miedo pero le parecía rara, de qué pasaría con los que quedarían, de que todo era tan distinto a cómo había imaginado, del libro de Murakami que no iba a terminar.

Era festivo y en ningún lugar encontramos las flores blancas que tanto le gustaban.

Ayer por la mañana me dijeron que había pedido que la sedaran. A mediodía me dijeron que “se había ido”.

Que difícil de creer que ya no exista.

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Hace unos meses leí (y guardé) este fragmento en el libro de Guillermo Arriaga “El Salvaje”.

De acuerdo con la mitología náhuatl, una persona al fallecer debe migrar al Mictlán – el lugar de los muertos – situado en lo más profundo de la Tierra. El trayecto es prolongado y se necesitan cuatro años para recorrerlo. Durante el viaje se requiere salvar varias pruebas en completa oscuridad:

Remontar dos sierras.

Vadear un río custodiado por una serpiente.

Pasar por un lugar protegido por un lagarto.

Atravesar un cerro de pedernales.

Ascender ocho páramos donde el viento corta como navajas.

Surcar ocho collados donde no cesa de nevar.

Cruzar el río Chiconahuapan.

Este último es un río caudaloso y difícil de cruzar en la impenetrable noche de la muerte. AL llegar a la ribera, los muertos descubren que les aguardan sus perros. Los perros, al reconocer a su dueño, menean sus colas, felices por el reencuentro. El amo entra al agua y se sostiene del lomo de su perro que con sabiduría canina lo guía por entre los rápidos para atravesar sanos y salvos. Una vez que arriban a la otra orilla, perro y amo continúan juntos hasta la último morada: el Mictlán.

Aquellos que en vida maltrataron a su perro no tendrán su auxilio para cruzar el río y deambularán perdidos en los laberínticos territorios de la oscuridad eterna.

No tengo ninguna duda de que Pirus y Atka la esperaban para atravesar con ella este último río.

Guárdanos sitio donde quiera que estés.

8 de marzo

He decidido que cada vez que alguien me diga que estamos involucionando en lo que a derechos de las mujeres, violencia doméstica, machismo, etc, se refiere… le pondré esta canción, que hace medio siglo cantaba una mujer de izquierdas sin sonrojo ni crítica (y que yo escuché en el disco que mis padres de izquierda tenían en su colección).

 

 

 

Nosotras, las de entonces…

No hay texto alternativo automático disponible.

Me recuerdo desde mi infancia queriendo ser madre. Imaginando, esperando, previsualizando, cómo serían mis hijos, cómo sería mi vida. Añorando algo que no había vivido.

Sabía exactamente la clase de madre que sería.

Paciente, abierta, incansable, siempre dispuesta al diálogo y el pacto, preparada para tirarme en cualquier momento a jugar sobre la alfombra, leerles cuentos, cantar nanas hasta que se durmieran.

En algún lugar, el diablo aún se ríe de mis planes.

Nada me preparó para una realidad mucho más compleja, más demandante, con muchas más aristas… de lo que yo había podido imaginar.

¿Soy más feliz que antes de ser madre? ¿Me ha completado de alguna manera? ¿Ha respondido a alguna de mis preguntas?

Como decía Benedetti, cuando ya tenía todas las respuestas me cambiaron todas las preguntas. Y tuve que aprenderlo todo.

Nada me ha hecho crecer, pensar, aprender… evolucionar, como tener a mis hijos.

Es como haber entrado en otra dimensión.

No soy más feliz, ni me siento menos vacía.

Soy otra persona.

Cohen

Hubo en mi adolescencia una cassette de Leonard Cohen, 90 minutos por cara, que escuché y escuché hasta que todas sus canciones dejaron de parecerme iguales.

Aún así, me cuesta hoy encontrar una canción que sobresalga, en mi memoria emocional, por encima de los demás.

Quizás Chelsea Hotel…

…porque hablaba de Janis Joplin y porque tiene unos versos que dicen “you told me again / you prefer handsome men / but for me you would make an excepcion”

…o Dance me to the end of love…

 

Porque una vez la escuché en una esquina del Barrio Gótico cuando tenía veintitantos años.

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