familia monoparental y adopción

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Y aún así, me levanto

Ayer murió la poeta y activista afroamericana Maya Angelou. También bailarina, actriz y la primera directora de cine negra de Estados Unidos.  La autora de este poema:

 

Tú puedes escribirme en la historia

con tus amargas, torcidas mentiras,

puedes arrojarme al fango

y aún así, como el polvo… yo me levanto.

 

¿Mi descaro te molesta?

¿Por qué estás ahí quieto, apesadumbrado?

Porque camino

como si fuera dueña de pozos petroleros,

bombeando en la sala de mi casa.

Como lunas y como soles,

con la certeza de las mareas,

como las esperanzas brincando alto.

Así, yo me levanto.

 

¿Me quieres ver destrozada?

Con la cabeza agachada y los ojos bajos,

los hombros caídos como lágrimas,

debilitados por mi llanto desconsolado.

¿Mi arrogancia te ofende?

No te tomes tan a pecho

que yo ría como si tuviera minas de oro,

excavándose en el mismo patio de mi casa.

Puedes dispararme con tus palabras,

puedes herirme con tus ojos,

puedes matarme con tu odio,

y aún así, como el aire, yo me levanto.

 

¿Mi sensualidad te molesta?

¿Surge como una sorpresa

que yo baile como si tuviera diamantes

ahí, donde se encuentran mis muslos?

De las barracas de la vergüenza de la historia,

yo me levanto.

 

Desde el pasado enraizado en dolor,

yo me levanto.

 

Soy un océano negro, amplio e inquieto,

manando,

me extiendo, sobre la marea,

dejando atrás noches de temor, de terror.

 

Me levanto,

a un amanecer maravillosamente claro,

me levanto,

brindado los regalos, legados por mis ancestros.

 

Yo soy el sueño y la esperanza del esclavo.

Me levanto.

Me levanto.

Me levanto.

 

(Traducción impunemente robada de este blog)

Las hijas del Yang-Tse

Hace unas semanas, la casualidad hizo caer en mis manos el libro “Las hijas del Yang-Tse”, de Xinran Xue, una periodista china que se ha dedicado a recopilar historias de madres chinas que han renunciado (en algunos casos dándolas en adopción, en otras abandonándolas, en otras incluso matándolas) a sus hijas, en un contexto en el que tener una hija (sobretodo si es el primer hijo de la familia) es una desgracia y en el que hay una ley que no permite que la mayoría de las familias tengan un segundo hijo.

Es un libro muy duro, pero a la vez, muy tranquilizador. Ver que estas madres que abandonan, incluso matan… a sus hijas, no son monstruos; que sufren, que dudan, se duelen, añoran, tienen remordimientos, que las recuerdan toda la vida… que las quieren.

Es verdad que todos los casos son parecidos, y todos positivos (en el sentido de que no hay ninguna madre que muestre indiferencia o rechazo hacia los niños que perdió), pero la dimensión humana que les da me parece imprescindible para entender muchas cosas.

La tradición del infanticidio femenino, la exigencia de que el primer hijo sea varón, la política del hijo único… son realidades de China específicamente (aunque el infanticidio femenino se da también en otros lugares, como India o Nepal). Pero el verse forzadas por circunstancias ajenas a su voluntad a desprenderse de los hijos (las hijas), creo que es extrapolable a las situaciones que han vivido las madres de muchos de nuestros hijos, en otros países. Que han renunciado a ellos no desde el desamor, el desinterés, el maltrato, la retirada de la custodia… sino desde el imperativo social.

Familia de acogida

Unas semanas atrás, R. me recomendó una serie llamada “Familia de acogida”. Busqué la sinopsis, me pareció interesante… y decidimos verla.

Dos madres (y un padre separado), hijos biológicos, adoptados y de acogida, familia transracial, la relación ambivalente con la madre biológica, reacciones extemporáneas derivadas del miedo a la pérdida y la necesidad de blindarse… es una serie que lo tiene todo. No podríamos haber encontrado un referente más ajustado a nuestra familia marciana.

Los niños la han empezado a ver. Los pequeños no acaban de entender las tramas, pero los mayores la siguen con gusto.

– B., ¿qué es lo que más te gusta de esta serie?

– Las relaciones entre ellos. Que todos se llevan bien y no excluyen a nadie.

Retirada

168 Film

Este vídeo de 12 minutos explica mejor la adopción que muchos libros, charlas, cursillos para el CI…

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Es la historia de muchos de nuestros hijos. Este pasado del que no consiguen desprenderse, que les sigue como una sombra, que estalla en cualquier momento. Estas reacciones imprevisibles y descontroladas, que no responden a nada que esté sucediendo en este momento sino a algo que sucedió, tiempo atrás, y que sigue sucediendo en sus cerebros. Algo que nosotros no sabemos y ellos no recuerdan. Esta capacidad para tensar las relaciones hasta el límite, para validar lo que les ha enseñado la vida: que no merecen ser queridos.

Y la incondicionalidad, como única respuesta posible.

Más sobre identidades

Comentábamos unos días atrás la figura de la escritora Taiye Selasi, un referente que me pareció que tiene mucho que ver con la situación identitaria de nuestros hijos, que no son de aquí ni de allí, que se sienten más marrones que negros y quizás, algún día, tan afropolitas como ella.

Hoy ha caído en mis manos otra entrevista con otra escritora (cuya última novela está también en los “pendientes”) que me parece que aporta mucho en la misma línea. Se llama Jhumpa Lahiri, nació en Londres de padres indios, llegó a los Estados Unidos con 2 años y ahora se siente a gusto viviendo en Roma. Aprendió a hablar en bengalí, y a escribir en inglés.

Aquí algunos extractos de la entrevista:

Todos mis personajes navegan en la tensión entre pertenecer y no pertenecer. Eso conforma, diluye o complica la propia identidad. Es un tema muy importante para mí. Mi deseo de escribir nació del anhelo de poseer algo, de llamar mío algo. Crecí con cierto sentimiento de vacío, quería pertenecer a algún lugar: al país del que venían mis padres o a América. La lengua era lo único que podía controlar.

Nunca he vivido en India, aunque vengo a menudo. Para mí, India son mis padres. Ellos mantenían vivas las raíces en el día a día. Crecí en Rhode Island, pero en mi casa se comía otra comida, se vestía otra ropa, se escuchaba otra música, se celebraban otras fiestas. En los años setenta y en aquel entorno, ser diferente no era cool. Pasábamos las vacaciones en Calcuta y, cuando regresaba al colegio, nadie, ni siquiera el profesor, me preguntaba nada. Más bien me miraban con compasión porque pensaban que India era un sitio terrible. Pero en Calcuta, aunque siempre me he sentido muy querida, también era diferente. Eso me creó mucha inseguridad, tenía la sensación de no estar a la altura de las expectativas de los demás: ni de mis padres inmigrantes, ni de mis parientes indios, ni de mis compañeros americanos, ni, sobre todo, de mí misma. Durante gran parte de mi vida quise ser otra: alguien normal y corriente. Parecerme a los demás, comportarme como ellos. Cuando me convertí en escritora, mi mesa se convirtió en mi hogar; ya no necesité otro.

Mi lengua madre es el bengalí, era lo que hablaba y oía en casa, pero sólo sé escribir mi nombre y lo leo con dificultad. Aunque lo lamento, para mí es una lengua oral. Pero, aunque fui educada en inglés y escribo en él, tampoco me siento identificada con este. Para mí el inglés es como una madrastra con la que me llevo muy bien. Cuando nació mi hijo y le tuve en brazos, le hablé en bengalí porque esa era la lengua para expresarle mi amor, la lengua que escuché cuando era niña. Más tarde, cuando mi hijo fue al colegio, los profesores me pidieron que unificáramos el idioma en el hogar porque su padre, que es de Guatemala, le hablaba en español, yo en bengalí y el crío no decía una palabra. Así que aprendí a ser madre en inglés.

Deseaba darles a mis hijos el mismo regalo que me hicieron mis padres, aunque de niña no los comprendiera: tener una perspectiva diferente sobre las cosas. En Nueva York vivimos en un barrio de Brooklyn casi utópico, donde es posible encontrar la máxima diversidad, todas las formas de experimentación familiar… Pero tanto mi marido como yo pensamos que sería bueno para nuestros hijos sentirse extranjeros. Ser distinto te hace mejor persona, más abierto, más considerado…

Las otras Philomenas

Este artículo, escrito a raíz de la película Philomena, de la que hablábamos ayer, contiene una serie de reflexiones sobre la adopción, las madres biológicas, la búsqueda de orígenes… que creo que merece la pena compartir aquí (en traducción casera, como de costumbre).

“Philomena” es mucho más que un vistazo al pasado, y espero que la gente que la vea (ojalá tuviera una varita mágica para inducir a todo el mundo a hacerlo) saque de ella lecciones más amplias y esenciales. Porque la realidad es que durante el siglo XX y más, los severos estigmas religiosos, sociales y familiares contra la maternidad fuera del matrimonio fueron la norma en muchos más sitios que Irlanda. Como consecuencia, es prácticamente seguro que hay más Philomenas en los Estados Unidos que en cualquier otro país: mujeres que, si hubieran tenido elección, habrían criado a sus hijos en vez de sufrir la angustia de perderlos y preguntarse por ellos cada día porque fueron destinados a adopciones cerradas.

Quizás más inquietante, porque algunos de los estigmas permanecen y porque las políticas y prácticas adoptivas no han progresado lo suficiente, más Philomenas están naciendo cada día.

Así que desde la perspectiva del director de una institución dedicada a hacer la adopción lo más consciente, ética y compasiva posible para todos los que participan en ella, aquí van algunos de los mensajes que espero que calen en la conciencia de los que vean esta película tan importante:

Primero y más importante, avergonzar o presionar a los padres para que renuncien a sus hijos, o peor aún, separarles de ellos sin consentimiento (incluso cuando es necesario), inflige heridas psíquicas profundas y duraderas. En la película, nos lo presentan como un método de tortura, y estoy seguro de que muchas mujeres lo describirían como tal. Una lección que tiene relación con ello: las mujeres cuyos hijos van a hogares adoptivos raramente “olvidan y siguen adelante”. Pueden hacer lo último, sobretodo si tuvieron una voz real en el proceso, pero como le sucede a Philomena, las vidas que crearon permanecen en sus mentes, corazones y almas. Y, si no saben dónde están sus hijos e hijas, se angustian sobre si sus criaturas están sanas o enfermas, incluso vivas o muertas.

Es incuestionable que hay circunstancias en las que los niños necesitan familias nuevas, sobretodo si permanecer en las familias originales les pone en riesgo; igualmente, está claro que hay hombres y mujeres que dan en adopción a sus hijos de forma voluntaria. Dado lo que sabemos sobre las repercusiones duraderas de las separaciones entre madre e hijo, las políticas y prácticas adoptivas deberían mejorar para asegurar que las familias pueden mantenerse intactas cuando sea posible, y que los padres reciben la ayuda que necesitan cuando este objetivo no se puede lograr. Además, las mujeres y hombre que consideran la adopción para sus hijos, deberían recibir información para comprender todas sus opciones antes, para que las decisiones que tomen sean realmente informadas y también deberían recibir consejo y apoyo pre y post entrega.

Hay una lección vital en esta película sobre las personas adoptadas, también: Igual que las personas que se han criado en sus familias de origen, los adoptados normalmente quieren y/o necesitan – y desde luego merecen – saber de dónde y de quién vinieron. A menudo se les impide obtener esta información a través de leyes que mantienen su documentación sellada; por prácticas que mantienen las adopciones cerradas; y por actitudes que erróneamente equiparan su deseo o necesidad de conocer con deslealtad hacia sus padres adoptivos.

Las ideas que aporta esta película silenciosamente poderosa no son simples conjeturas de su director, escritas para conseguir efecto dramático. Al contrario, se basan en la vida real de la persona que da título al film – y reflejan la realidad de generaciones de mujeres y de los niños que perdieron

(…)

La mayoría de gente que vea “Philomena” saldrá sin duda pensando más en la actuación de Judi Dench que en la necesidad de continuar mejorando las leyes, políticas y prácticas adoptivas. Pero esta película, por ser tan popular y por haber sido tan bien recibida, es la mejor herramienta en años para una conversación profunda sobre las consecuencias devastadoras del estigma, la vergüenza, los secretos y las mentiras – y sobre cómo podemos cambiar las actitudes sociales y las instituciones que fueron construidas sobre estos elementos.

Philomena

El sábado fuimos al cine y vimos, como no, “Philomena”, la película de Stephen Frears sobre niños robados en Irlanda. 

Es la historia de una mujer mayor, jubilada, poco culta, adicta a los libros románticos y la televisión, que decide emprender la búsqueda del hijo que le robaron las monjas cuando dio a luz, siendo una adolescente (soltera, por supuesto). Cómo esta búsqueda, de éxito desigual, la lleva a reconciliarse con su propia historia.

Ya conocimos la iniquidad de las monjas irlandesas en “Las hermanas de la Magdalena”, aquella película que mostraba como aislaban a las adolescentes embarazadas, las hacían trabajar a destajo y les quitaban a los niños para hacerle purgar sus pecados; en esa película volvemos a verlo, pero además, vemos como esa iniquidad sigue hasta el momento presente. Un ejemplo muy gráfico, el momento en el que descubren que se han quemado todos los papeles que podrían haberle ayudado a encontrar a su hijo… pero no el único (el “consentimiento informado”) que le impide buscar.

Lo más triste: que cualquier parecido con la realidad no tiene nada de coincidencia. En Irlanda, en España… y en otros lugares del mundo.

Hay que verla.

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