familia monoparental y adopción

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La ciudad muerta

Hará… ¿35? años, un porrón ya, la madre de una niña de mi colegio fue detenida de forma arbitraria, junto a un puñado de personas más, y se le aplicó la ley antiterrorista. Estuvo incomunicada el máximo de días que permitía la ley, y no sufrió precisamente buenos tratos. Recuerdo el día que la liberaron, un niño de mi clase acompañó a sus padres en la comitiva que fue a recibirla y estuvimos hablando de lo que había sucedido.

Cuando llegamos a casa, mi abuela dijo: “algo habría hecho”.

Mi estupor no fue menor cuando el sábado por la noche vi, por fin, el documental “Ciutat Morta”. Narra unas detenciones igualmente arbitrarias, una policía igual de corrupta y carente de escrúpulos, un funcionamiento de la justicia igual de surrealista… no podía dejar de imaginarme en la piel de estas personas, convencidas de que vivían en un Estado de Derecho, embarcados en un proceso del que no comprendían nada, del que no podían defenderse, del que ninguna prueba les servía para defenderse… como personajes de Kafka, que terminan descubriendo que el Estado de Derecho es para los otros, los que visten de forma convencional, los que tienen apellidos catalanes, los que pagan hipotecas.

Que descubren que son no-ciudadanos.

No debéis dejar de verlo.

Podéis hacerlo aquí.

Y aquí podéis ver los 5 minutos que un juez obligó a censurar cuando se emitió por la televisión catalana, a petición del protagonista del fragmento. Nunca 5 minutos han circulado tanto como lo han hecho estos este fin de semana:

De este historia yo recordaba sólo el inicio. La fiesta okupa, la llegada de la Guardia Urbana, los objetos volando desde el tejado, el policía local en coma. Las detenciones. Ahí me quedé, nunca más supe nada. ¿Por qué? Igual que se preguntan en este artículo de Cafè amb Llet, yo también me digo que “no puedo evadir mi responsabilidad por no haber conocido nunca esta historia. Porque desde el mismo día en que sucedieron los hechos, cientos de personas se movilizaron intentando que todo el mundo supiera lo que estaba pasando. Primero fueron los familiares y amigos de las víctimas del montaje que desmonta Ciutat Morta: manifestaciones, huelgas de hambre, actos, charlas… ¿Por qué no vi nada? Quizás porque los manifestantes llevaban rastas? ¿Caí en la trampa de los prejuicios? ¿Cómo hice para no ver a aquellos jóvenes que se plantaban con pancartas a las puertas del ayuntamiento diciendo que Patricia Heras había sido “asesinada por el Estado”? ¿El aspecto “antisistema” de Patricia? ¿El origen sudamericano de los condenados? ¿Puede haber sido eso? No puedo evitar preguntármelo porque Ciutat Morta nos interpela a este nivel. ¿Hasta qué punto una historia terrorífica como ésta se hubiera podido producir sin el consenso social de sospecha ante lo que es diferente, lo que se peina y viste de otro modo?

 

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Creciendo

R. es madre de 3 hijos, de 6, 4 y 2 años, el mayor, E., adoptado. Esta es una escena de cotidianedad familiar que vivieron hace unos días y que me ha permitido compartir aquí.

 

Hoy cenamos viendo “Lilo y sticht”, la película.

Como la mayoria de protagonistas infantiles de cine, Lilo es huérfana.

E. se concentra en los tiroteos, sin prestar mucha atención a los vínculos de los protagonistas (¡Mira mamá! ¡La nave espacial tiene rayos laser! ¡Uhalaaaaa!). M. se regodea en el lenguaje (¿Qué quiere decir aloha? ¿cuál era la palabra que significaba eso de somos una familia para siempre? ¿Qué son los servicios sociales?).
L., por su parte, se limita a comer el arroz en silencio mirando a la pantalla.

Al acabar la película pises, pijamas, dientes, cama, luz apagada.

Discusiones habituales antes de dormir: ¡Yo en este lado! ¡No, me toca a mí, tú estuviste ayer! ¡Mamá me duele el pié! E., no me des patadas. Mamá, ¡me dejé la moneda en el pantalón!. Mamá, que no se me olviden mañana las invitaciones de mi cumpleaños. ¡E.! ¡Échate para allá, que no quepo!. ¡M.! ¡no me quites la manta!. Mamá, ¿sabes que unas niñas el otro día se llevaron dinero a clase?…

Voy contestando a E. y a M. e intento poner orden. Termino todas mis intervenciones con un “Cerrad los ojos ya, que es tarde y mañana hay cole. Dejad dormir a la hermana”.

L. está en silencio tumbada a mi lado, como cada noche. Una mano bajo su mejilla y otra en mi cara. De vez en cuando presiona mi rostro y recibe un beso en la frente, a demanda.

Los mayores van espaciado sus intervenciones, según aumenta la irritación en mi tono de voz. Baja también la frecuencia de los besos poco a poco. Quedan apenas unos minutos para que todos por fin se duerman…

De repente un sollozo intempestivo. L. angustiada levanta la cabeza de mi hombro y pega su frente a mis labios. Sube un poco más y se abraza con fuerza a mi cuello.

– ¿Qué pasa, hija, te duele algo, has tenido una pesadilla?

-¡Mamáaaaa, no quiedo que te muedas!

…………………

Y así, mi bebé de dos años y medio, se ha hecho un poquito más mayor esta noche.

Historia de Ruthie

Ruthie es una niña de 5 o 6 años. Es el centro de la vida de sus padres, que no se atreven a contradecirla por miedo a traumatizarla. La vida de sus padres – y de los adultos que les rodean – gira en torno no a las necesidades de la niña (que sería lógico), sino a sus deseos y caprichos. Ella marca los ritmos, dirige las conversaciones, exige – y consigue – cualquier cosa que se le ocurra, por absurda que sea … Sus padres no la regañan nunca, no importa lo peregrina que sea su actitud, y jamás se atreven a contrariarla. Cuando hace algo manifiestamente grosero, la justifican, le echan la culpa a cualquier persona que esté cerca.

Es difícil definirla con otra palabra que “malcriada”.

Descubrí a Ruthie volviendo a ver “Dos en la carretera”, es magnífica película de Stanley Donen, que es mucho más agridulce de lo que la recordaba.

Y me sorprendió que el retrato de esta niña caprichosa, mimada y tiránica, fuera del año 1967, tanto tiempo antes de los hijos únicos y los padres mayores, que han convertido a las criaturas en un bien tan preciado que hay que protegerlo aún a costa de su educación.

Libros, mundos

Una de las cosas que me ha aportado la mudanza, las distancias inabarcables y los largos trayectos, es tiempo para leer. Nunca he dejado de leer, ni en los momentos más exigentes de la crianza (siempre he sido una mujer que lee), pero sí es cierto que últimamente, el poco tiempo que me dejaban la vida y el trabajo, me daba apenas para leer novelas de evasión. Fast food literario, material poco exigente, historias que me engancharan y no me soltaran e hicieran que no me dolieran prendas por robarle horas al sueño.

Ahora, los largos trayectos en metro y tren me han regalado, no solo tiempo de lectura, sino calidad de lectura. Tener por delante un rato suficiente, sin interrupciones, me ha permitido meterme en novelas más complejas, más profundas.

Los dos últimos libros que me he leído me han gustado mucho. Ambos están escritos por mujeres de países alejados de Europa, nacidas alrededor de 1980.

El primero es “Algo alrededor de tu cuello”, de la nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie. Un libro lleno de relatos que retratan la vida de mujeres (y de hombres) divididos entre dos mundos, entre el África donde nacieron y pasaron su infancia y la América donde llegaron de adultos, entre la tradición y lo que quieren ser. Retratos de momentos que dicen tanto en tan poco, y que me han permitido conocer realidades muy ajenas a mi experiencia. Y recordar que hay otros mundos, y están en este.

El segundo es “A la sombra del árbol violeta”, de Sahar Delijani, y también narra un lugar a muchos kilómetros de aquí: el Irán de los años 80, con la represión y el fundamentalismo, la vigilancia sobre la moral de las mujeres y la lucha idealista de un puñado de jóvenes que se lo juegan todo por hacer un mundo mejor. La mirada de los niños sobre esas cosas de mayores que no entienden: padres a los que no llegan a conocer porque han sido enterrado s en fosas comunes, abuelos que se ocupan de su crianza, madres que regresan de la cárcel siendo desconocidas, el miedo, el silencio, los secretos, las mentiras. Y sin embargo, no se me ha hecho nada lejano: esa lucha, esas cárceles, esas fosas comunes, esos miedos… no me parecen ajenos, se parecen sospechosamente a las luchas, las cárceles, las fosas y los miedos de mis abuelos y mis padres.

Porque a veces leemos para conocer mundos nuevos, y otras lo hacemos para reconocer el nuestro.

El hijo del otro

Este fin de semana, el azar nos regaló un puñado de horas libres a N. y a mí y pudimos ir al cine (a ver una película adulta). Escogimos “El hijo del otro”, la historia de dos bebés cambiados al nacer. ¿Manido? La particularidad es que uno de ellos es un judío israelí… y el otro, un palestino.

Muy interesante el planteamiento que hace sobre la construcción de la identidad. Si uno ha sido criado como judío, en una familia judía, ha cumplido todos los ritos, nunca se ha sentido otra cosa… ¿es judío? ¿o esto lo determina la genética? ¿Cómo te cambia la mirada de los demás? Y, ¿qué pasa cuando los que siempre has visto como enemigos pasan a ser parte de tu familia… cuando tú mismo eres uno de ellos? En un mundo donde unos tienen privilegios y otros tienen trabas de todo tipo, ¿cómo vives que algo tan azaroso como el nacimiento determine en qué lado estás?

el hijo del otro 2

Me pareció muy interesante cómo retrata la diferente manera en la que reaccionan los hombres (los padres, el hermano), y las mujeres (las madres). Ellas tienen claro desde el principio que están condenadas a entenderse, que aquello las une, que sus hijos, los que comparten, están por encima de cualquier otra diferencia: que las emociones pesan mucho más que las razones. Se intercambian fotos, se hablan: se ven. Para los hombres todo es mucho más díficil, les faltan palabras, no saben cómo aproximarse, no se sienten cómodos ni el uno con el otro, ni con sus propios hijos, y superar determinadas barreras implica para ellos un proceso trabajoso. Un proceso que les hace mejores, más flexibles, más tolerantes. Más empáticos.

Y sobretodo me gustó cómo viven la aparición de otra familia, de otro hijo, de otros padres. Cómo no se sienten amenazados, no sienten que la incorporación de esa nueva rama de la familia ponga en riesgo a la que conocen, a los que son gracias a la convivencia. Como suman.

Como dice una de las madres: quizás tengo un tercer hijo, pero si tuviera que escoger, volvería a escogerte a ti.

Y aún así, me levanto

Ayer murió la poeta y activista afroamericana Maya Angelou. También bailarina, actriz y la primera directora de cine negra de Estados Unidos.  La autora de este poema:

 

Tú puedes escribirme en la historia

con tus amargas, torcidas mentiras,

puedes arrojarme al fango

y aún así, como el polvo… yo me levanto.

 

¿Mi descaro te molesta?

¿Por qué estás ahí quieto, apesadumbrado?

Porque camino

como si fuera dueña de pozos petroleros,

bombeando en la sala de mi casa.

Como lunas y como soles,

con la certeza de las mareas,

como las esperanzas brincando alto.

Así, yo me levanto.

 

¿Me quieres ver destrozada?

Con la cabeza agachada y los ojos bajos,

los hombros caídos como lágrimas,

debilitados por mi llanto desconsolado.

¿Mi arrogancia te ofende?

No te tomes tan a pecho

que yo ría como si tuviera minas de oro,

excavándose en el mismo patio de mi casa.

Puedes dispararme con tus palabras,

puedes herirme con tus ojos,

puedes matarme con tu odio,

y aún así, como el aire, yo me levanto.

 

¿Mi sensualidad te molesta?

¿Surge como una sorpresa

que yo baile como si tuviera diamantes

ahí, donde se encuentran mis muslos?

De las barracas de la vergüenza de la historia,

yo me levanto.

 

Desde el pasado enraizado en dolor,

yo me levanto.

 

Soy un océano negro, amplio e inquieto,

manando,

me extiendo, sobre la marea,

dejando atrás noches de temor, de terror.

 

Me levanto,

a un amanecer maravillosamente claro,

me levanto,

brindado los regalos, legados por mis ancestros.

 

Yo soy el sueño y la esperanza del esclavo.

Me levanto.

Me levanto.

Me levanto.

 

(Traducción impunemente robada de este blog)

Las hijas del Yang-Tse

Hace unas semanas, la casualidad hizo caer en mis manos el libro “Las hijas del Yang-Tse”, de Xinran Xue, una periodista china que se ha dedicado a recopilar historias de madres chinas que han renunciado (en algunos casos dándolas en adopción, en otras abandonándolas, en otras incluso matándolas) a sus hijas, en un contexto en el que tener una hija (sobretodo si es el primer hijo de la familia) es una desgracia y en el que hay una ley que no permite que la mayoría de las familias tengan un segundo hijo.

Es un libro muy duro, pero a la vez, muy tranquilizador. Ver que estas madres que abandonan, incluso matan… a sus hijas, no son monstruos; que sufren, que dudan, se duelen, añoran, tienen remordimientos, que las recuerdan toda la vida… que las quieren.

Es verdad que todos los casos son parecidos, y todos positivos (en el sentido de que no hay ninguna madre que muestre indiferencia o rechazo hacia los niños que perdió), pero la dimensión humana que les da me parece imprescindible para entender muchas cosas.

La tradición del infanticidio femenino, la exigencia de que el primer hijo sea varón, la política del hijo único… son realidades de China específicamente (aunque el infanticidio femenino se da también en otros lugares, como India o Nepal). Pero el verse forzadas por circunstancias ajenas a su voluntad a desprenderse de los hijos (las hijas), creo que es extrapolable a las situaciones que han vivido las madres de muchos de nuestros hijos, en otros países. Que han renunciado a ellos no desde el desamor, el desinterés, el maltrato, la retirada de la custodia… sino desde el imperativo social.

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