familia monoparental y adopción

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Adopción, donación, subrogación

Hemos hablado en bastantes ocasiones de semejanzas y diferencias entre adopción, donación, subrogación… Hoy quería compartir algunas reflexiones que B., adoptada adulta, L., adoptante y M, también adoptante, han compartido en una discusión virtual a partir de este reportaje sobre vientres de alquiler (recomiendo verlo… es muy revelador).

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B: Para mi es casi lo mismo, haciendo un símil muy simplista en adopción se entrega y se recibe el bollo horneado, sin denominación de origen y sin control de calidad; en donación de gametos se adoptan todos o parte de los ingredientes del bollo y a veces se mezclan los de origen anónimo con ingredientes con denominación de origen; en gestación subrogada a veces se adoptan algunos ingredientes en unas ocasiones con denominación de origen en otras de origen anónimo y casi siempre con control de calidad a veces se ponen los ingredientes propios y siempre se usa un horno ajeno para que salga el bollo

M: Las familias no tienen en cuenta la herida primaria porque no ven las pérdidas. En la adopción ya está la criatura en el mundo…la adoptas y pierde cosas. Había un padre, había una madre. En todo esto de la donación y subrogación, está todo tan milimétricamente calculado por la familia que hace el encargo para crear esa criatura tal y como la quieren, que no sienten que pierda nada porque nada ha tenido. La crean con o sin donantes, pero la crean a su gusto. Tienen el poder de todo. Crean algo y pagan por eso. Fijaos que no se utilizan las palabras madre ni padre…Hablan de ovodonantes, de bioprogenitoras, de donantes de esperma, de gametos…. Todo deshumanizado con palabras raras con la intención de que no quede rastro de nada. Antes la misma que donaba gestaba, ahora ya ni eso. Una dona, otra gesta y otra cría. Tres mujeres sin relación entre ellas, donde la que dona ni sabe dónde fue su óvulo. Y si es el esperma el anónimo, ídem. Es todo tan perverso!

L: Si no todo el mundo es idóneo para adoptar, ¿por qué todo el mundo es idóneo para la adopción de gametos? Querer sin condiciones, aceptar las diferencias, ajustar las expectativas, acompañar en el dolor, validar sentimientos, prepararse para reproches y aceptar la responsabilidad, aceptar el privilegio de haber tomado la decisión, apoyar en la búsqueda de orígenes, aceptar la familia de origen biológico como parte de tu familia… ¿nadie se para a pensar en todo eso?

Si la donación en lugar de ser un un bote fuese “in situ”, es decir, que la madre gestante tuviese relaciones sexuales con el hombre donante (conservando el anonimato)… cambiaría un poco la perspectiva, ¿no es cierto? ¿El botecito deshumaniza el concepto padre/madre?

Cuando nace una criatura de la que no has aportado el óvulo/esperma o por subrogación con donación, inscribes a esta criatura como biológico. ¿No es eso apropiación?

Concebido con donante

La mayoría de niños que conozco que han sido concebidos son aún muy pequeños… sus madres relatan casi siempre que están conformes con su historia, que no le dan muchas vueltas a la genética que les falta, que están contentos… y no lo dudo. Pero pienso que van a crecer e igual las cosas dejan de ser tan fáciles. Por esto me ha gustado mucho esta entrevista con Damian Adams, biólogo australiano, concebido con semen de donante y luchador por los derechos de las personas concebidas a partir de gametos donados.

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Como adolescente, estaba bastante orgulloso de haber sido concebido con donante y feliz sobre todo el asunto. Incluso pensé en hacerme donante yo también y estaba de acuerdo en que fuera anónimo si esto significaba que más familias podrían tener hijos. Pero mis puntos de vista dieron un giro de 180 grados cuando tuve mis propios hijos. Cuando sostuve a mi primera hija en brazos, me di cuenta de que ella era yo y yo era ella. Fue una extraña epifanía, porque, a la vez, me sentía devastado por la idea de que podría haber crecido sin saber quién soy. Siento que la sociedad lo siente igual. Si me matara en un accidente de tráfico, la sociedad consideraría una tragedia que ella creciera sin conocer a su padre.

En este escenario, mi papel en su vida habría sido limitado – podría haber cambiado algunos pañales – pero incluso aunque su madre volviera a casarse y otra persona criara a mi hija, siempre se reconocería que yo era su padre, no esta otra persona. Parece que lo que consideramos importante en la estructura de una familia depende de la situación. En algunos casos el padre biológico es importante, en otros no. Cuando mi hija nació, me golpeó que esto fuera lo que había ocurrido en mi vida. Se me negó conocer quién es mi padre biológico. Crecí mirándome en el espejo y viendo sólo media persona. No sabía de dónde venían la mitad de mis habilidades y gustos. Luché para formar mi identidad y descubrí exactamente por qué.

Ver a mis propios hijos actuar de determinadas maneras que definitivamente no eran aprendidas sino obviamente genéticas me dio un sentido más claro de cómo estoy conectado con mi padre biológico. Y, siendo un científico, soy consciente de cómo el ADN afecta este tipo de comportamientos. Entendí de manera mucho más concreta qué me había ocurrido y no pude seguir estando de acuerdo. Desde mi propia perspectiva, creo que donar habría sido el error más grande de mi vida. No creo que hubiera sido apropiado permitir que mis hijos no conocieran a sus hermanos.

Es irónico que la gente tenga hijos a través de un donante porque sienten que es importante que al menos uno de los padres sea padre biológico, pero aún así, el otro padre biológico es desechable. Es contradictorio. Para muchos concebidos con donante, la otra mitad de la conexión biológica es igual de importante.

Anonimato en reproducción asistida

El anonimato en la donación de esperma y óvulos es uno de los dogmas aparentemente indiscutibles de la reproducción asistida. La ley española no permite que los donantes sean conocidos. Las personas que recurren a reproducción asistida, por lo general, no lo cuestionan. Ya les parece bien. Incluso lo agradecen.

Aunque otras no piensan lo mismo.

Hace unos  días cayó en mis manos esta noticia: 1.500 mujeres españolas han sido madres gracias a la inseminación casera. Un sistema que vadea la ley, ya que las mujeres (parejas si es el caso) compran directamente el esperma a un banco de semen danés, a donantes que pueden no ser anónimos, de los que pueden conocer los datos psicológicos, personales, y a los que la criatura podrá conocer cuando cumpla los 18 años…  La muestra se recibe en casa y la mujer se autoinsemina en la intimidad de su hogar.

Cuando lo leí pensé que era una opción muy interesante, sobre todo para quien no está de acuerdo en el anonimato del donante o en la medicalización del proceso.

Creo que es bueno que esta opción exista.

En cambio, muchas madres que lo han sido por inseminación se han escandalizado ante esta noticia. Como si, por alguna razón, fuera amenazadora para ellas, para las decisiones que han tomado.

Argumentan lo de siempre: que el donante no es un padre, que seguro que al donante no le haría ninguna gracia que los niños nacidos de sus gametos le buscaran algún día, que sus hijos no buscarán porque ellas se lo explicarán bien; que no tienen ningún interés en saber más de lo que saben del donante.

Como si la cosa fuera de ellas y no de sus hijos.

De lo que ellas desean y necesitan y no de los que sus hijos podrán querer y desear en el futuro.

Y yo puedo entender que alguien decida seguir adelante con un proceso que implica donante al que no se puede conocer, pero, ¿preferir no conocer los datos? ¿Hacerlo sin ninguna reflexión? ¿Sin pensar en las consecuencias? ¿Sin plantearte qué precio tendrá? ¿Sin pensar en cómo repercutirá a los hijos?

Somos productos comprados en el mercado a los que cortaron la etiqueta

Los bebés probeta, los niños y niñas concebidos por reproducción asistida, en muchos casos con gametos de donante, se están haciendo adultos. Y tienen preguntas, dudas, miedos. Y reclamaciones. Como los de Stephanie Raeymaekers, que dice en esta entrevista: “Somos productos comprados en el mercado al que cortaron la etiqueta”

La organización Men Having Babies (Hombres que tienen hijos) que se define como “sin fines de lucro”, acaba de tener el pasado 3 de mayo en Bruselas (Bélgica) su habitual congreso “Parenting options for European gay men” (Opciones de paternidad para hombres homosexuales en Europa).

Entre la variopinta presencia de varones gay, se encontraba una mujer belga, Stephanie Raeymaekers, para quien el evento es una auténtica agresión que pone en carne viva los dolores de su historia. Pero creyó que debía estar allí. Ella es la líder de Donorkinderen, organización que lucha por los derechos de miles de niños que en Europa y otros lugares del mundo son -como ella- víctimas de una transacción comercial en su origen… los bebés probeta, los fecundados in vitro.

Es “el congreso más grande en el corazón de Europa dedicado a los hombres homosexuales que quieren tener hijos”. En pocas palabras, una gran feria donde se venden potenciales “hijos maravillosos, perfectos” mediante úteros de alquiler y compra de óvulos para distintos presupuestos… ha declarado a revista Tempi de Italia Stephanie, en una valiosa entrevista -que Portaluz ha traducido- donde ofrece su testimonio y lo que ha padecido por ser una “bebe probeta”.

“Me siento como un producto comprado en el supermercado al que cortaron la etiqueta”, dice esta mujer, que nació hace 36 años como hija de un donante de esperma anónimo. Stephanie continúa buscando su padre biológico, a quien la ley belga le impide conocer como también a quién sabe cuántos potenciales hermanos y hermanas, hijos todos del mismo padre, donante anónimo. ¿Tal vez su vecino o alguien afectivamente más cercano a ella podría ser su hermano, hijo del anónimo padre?…

Stephanie, ¿cómo naciste?

Soy una de las primeras personas concebidas con semen de donante tomado de un banco de semen, hablamos de los años setenta. Mis padres querían tener hijos, pero mi padre era estéril. Un médico les aconsejó la fecundación heteróloga. Mi madre tomó entonces hormonas para estimular la ovulación y sus tres óvulos resultantes fueron fertilizados in vitro con el esperma de un donante anónimo. En 1979 nacimos trillizos: mi hermana, mi hermano y yo.

¿Cuándo supiste la verdad acerca de cómo fuiste concebida?

Recién a los 25 años de edad, debido a que el médico había recomendado a mis padres que no nos dijeran nada. Esta es una maldición pero, no seamos ingenuos, funciona. Los médicos les dicen a los padres no hagan aún más complicada una situación ya compleja.

¿Y cómo te enteraste?

De la peor manera posible. Primero lo supo un amigo de mi hermano quien se lo contó a su novia, ella se lo dijo a mi hermano, quien me lo dijo a mí. Me enteré en la cena, el día de nuestro cumpleaños número 25. No era exactamente la mejor manera de estar informada, pero me alegro de haberlo sabido.

¿Por qué?

Porque entendí muchas cosas. Finalmente comprendí esa constante sensación de no tener nada que ver con mi padre.

¿Cómo reaccionaste a la noticia?

Al principio estaba muy enojada, porque durante 25 años mis padres habían mentido sobre una información esencial para mí… sobre quien realmente me había hecho. Pero la cólera ha disminuido con el tiempo y aparecieron muchas preguntas: ¿Quién es realmente mi padre? ¿Está vivo? ¿Murió? ¿Cuántos hermanos y hermanas tengo en realidad? ¿Proporcionó su esperma a los demás? ¿Me parezco a él? ¿Piensa en mí? Sé que no me conoce, pero tal vez piensa en los niños que fueron concebidos con su esperma. ¿Lo hizo por el dinero? ¿Para ayudar a alguien? Antes mi vida era simple, ahora es mucho más complicada.

¿Cómo afecta esto la vida de tu familia?

Amo a mis padres y amo a mi padre, que siempre lo será, aunque yo no fui concebida biológicamente por él. Pero las relaciones se han visto afectadas, por la fuerza de las circunstancias. Cuando me enteré, mi padre me dijo: “El hecho de que no eres mía biológicamente interfiere en la relación que tengo contigo. De hecho tú me recuerdas constantemente que soy estéril “.

¿Qué significa haber nacido en un tubo de ensayo por un donante de esperma anónimo?

Me siento como si me faltara una pieza del rompecabezas. Es frustrante porque yo quiero saber de dónde vengo, pero por ley no puedo. A los 25 años tuve una crisis de identidad, porque siempre creí ser la hija biológica de una persona que no era realmente mi padre. Ha sido extraño: todo cambia, aunque todo siga igual.

¿Qué significa eso?

Soy consciente de que en algún lugar hay una persona que se parece a mí a quien estoy ligada, que quizás tiene mis propias maneras de hacer las cosas, mis propias características, pero no lo sé. Cuando voy en autobús o en bicicleta, siempre pienso: tal vez ese es mi padre, tal vez ese otro es mi hermano. Es una inquietud constante, saber que este ser humano existe, pero no sé quién es. Necesito satisfacer esta inquietud para definirme a mí misma, pero no puedo.

¿Por qué fundaste una asociación?

Hoy tengo una familia y cuando me quedé embarazada, por primera vez me sentí reflejada plenamente en otro ser humano. Entonces empecé a darme cuenta de lo mucho que echaba de menos este aspecto, cuánto me había faltado en mi vida. Fue un punto de no retorno y empecé a buscar y a luchar.

¿Cómo se tomaron esta iniciativa tus padres?

Mi madre se sentía culpable por no haberse dado cuenta que iba a tener todos estos problemas. Me dijo un día: “Si lo hubiera sabido, no lo habría hecho. Hoy no lo haría”. Ella está orgullosa de mí y me apoya.

Si fueras una política y tuvieras el poder de escribir las leyes, ¿Qué harías?

Me siento como un producto comprado en el supermercado al que cortaron la etiqueta. Si un político escribe una ley que permite concebir un hijo con el material genético de una tercera persona, debe asumir responsabilidad e incluir como derechos fundamentales del niño concebido poder conocer sus verdaderos orígenes. Porque aquí hay una paradoja.

¿Cuál?

El concebido es la persona más importante, y sin embargo, es el único que no tiene elección: los padres pueden elegir, el donante puede elegir, el concebido no. Sin embargo, es él quien, literalmente, es “hecho” con el material genético de otro. No se puede condenar a estas personas, pretendiendo que alguna información no es importante.

¿Cómo así?

Se ve en los niños adoptados, que han nacido de otras relaciones. Para definirse es importante saber de dónde vienes… Cada vez que voy al médico, me preguntan el historial médico de mi familia. Y en cada ocasión les digo: “Conozco sólo la mitad”. Y es increíble que este problema se haya creado por una ley.

¿Piensan como tú otros niños probeta?

Algunos no quieren saber de su padre biológico, pero todos necesitan hablar de ello. La tragedia es que no todo el mundo puede, porque tal vez el hermano no sabe o no lo sabe el abuelo o no quieren estigmatizar a los padres. Conozco a muchos que van a un psicólogo, llenos de problemas porque no pueden conocer sus orígenes. Otros tienen muchas preguntas, pero sus padres no quieren hablar de eso.

¿Por qué?

Porque tienen miedo a estas preguntas, las ven como un rechazo de su amor y dicen a los niños: no quiero hablar de eso, deberías estar feliz, tienes todo lo que necesitas, no hay razón para hacerte problemas. Mucha gente, cuando me conocen me dicen: gracias, ahora sé que es normal tener todas estas preguntas, pues vienen incluidas en el paquete.

Se suele pensar que el amor de los padres es suficiente

No es así, porque este método de concebir crea heridas que no cicatrizan y provocan que los hijos se alejen de sus padres. Hay historias que rompen el corazón. Una niña, hija de una mujer soltera, a los nueve años le dijo a la madre que cuando fuera mayor quería estudiar derecho para cambiar las leyes de Bélgica. Conocí a una chica de 24 años, que nació con una gran mancha en la cara. Sus padres se separaron poco después de haberla tenido, y su padre le dijo: “Yo no podía tener hijos y pagué un montón de dinero por ti. Y ni siquiera tuve una hija perfecta, sino una deformada”. Cuando escuché esta historia, me eché a llorar. Esta herida es más grande que cualquier mancha en la cara.

No todos los padres serán así…

Yo siempre espero que todo padre ame a sus hijos incondicionalmente. Pero cuando se empieza a hacer contratos e intercambiar dinero, cuando se aprueban leyes que permiten estas cosas, se fuerza el amor que ya no es incondicional. Los niños se vuelven como objetos. He comprado un coche, pero ya no lo quiero; compré un bebé, pero ya no lo quiero. Es como el lema del congreso en Bruselas. Regresé a casa desde allí muy triste, en shock.

¿Qué te ha conmocionado?

Te daban una lista de precios y te ofrecían todo lo necesario: Abogado, óvulos… hasta la madre de alquiler. Por 5.000 euros podías incluso elegir el género de tu bebé, masculino o femenino. Crean seis embriones y luego eligen el más adecuado. Y los otros embriones, ¿dónde van a parar?

¿Son descartados?

Para mí, que ya me siento un producto, esto es aún más loco. Tarde o temprano, podrás comprar a los niños por Internet. Ya era una locura en los años setenta. Nunca deberían haber permitido a nadie hacer niños con el material genético de otro. Está mal. Esta forma de pensar es errónea.

¿No crees que se podría volver atrás?

No sé, creo que es difícil de detener este proceso. Con todo, sin embargo, estoy luchando para garantizar los derechos de los niños nacidos como yo; esto será seguramente posible. Porque hoy se cree en una mentira. El derecho de un niño no existe y nunca ha existido. 

A los padres que están criando mis óvulos

He hablado en varias ocasiones con mujeres que han sido madres con gametos de donante. Esperma, en muchos casos, y óvulos, en otras. En mayor o menor medida, todas tienen curiosidad por quién y cómo son las personas que hicieron posible su maternidad… casi siempre las adornan con el adjetivo “generoso/a”, pero tienen pocos datos (a menudo tampoco desean tener más) y no suelen ahondar en sus motivaciones.

Me he topado con este relato de una mujer que fue donante. Los y las donantes casi nunca tienen voz en este proceso… pero, leyendo este texto, es inevitable darse cuenta que, al menos para algunos, el acto de donar va más allá de un simple acto médico.

Tenía 24 años cuando decidí donar mis óvulos. Pensaba que lo sabía todo, estaba segura de tener mi vida planificada. Con la donación vi una oportunidad de ayudar a parejas con problemas para concebir mientras aligeraba la deuda de mi préstamo estudiantil. Parecía una decisión tan fácil en ese momento.

(…)

Las donaciones de óvulos y esperma se hacen casi siempre de forma anónima. Los donantes nunca saben más que unos pocos detalles sobre las familias que reciben sus donaciones, y mientras estas familias pueden recibir información como nombres de pila y fotos, los detalles identificativos sobre los donantes suelen mantenerse también en secreto. La mayoría de agencias os dirán que es para proteger a todas las partes implicadas.

Hasta donde a mí me concernía entonces, esto era razonable entonces. La biología era una parte inconsecuente de la ecuación. Yo no tenía relación con mi propia madre y con algunas de las personas a quien me sentía más unida no compartía lazos biológicos. Nunca cruzó mi mente considerar qué significaba que otra persona criara a mis óvulos, permanecer completamente ajena a en quién se convertirían mis óvulos. Porque una vez evolucionaran y dejaran de ser óvulos, lo sabía – dejarían de ser míos. Pertenecerían a la mujer que los gestaba, a la familia que los amaba.

Doné a dos familias. La primera terminó concibiendo gemelos, un niño y una niña que probablemente han empezado primer curso este año. Me dijeron que la segunda familia no tuvo éxito en su primer intento, pero no supe nada más. Es posible que consiguieran concebir con mis óvulos congelados en un intento posterior.

Los donantes no siempre saben las respuestas a estas preguntas. No siempre reciben información respecto al resultado de sus donaciones.

Muchas cosas han cambiado para mí en los 7 años que han pasado desde que doné. Perdí mi capacidad de concebir y adopté a una niña que me aporta más alegría de la que nunca conocí antes de ella – un acto que por un lado ha confirmado mi creencia previa de que la biología no es necesaria para amar, pero que también contradice mi postura de que no tiene ninguna importancia.

Ya veis, observo a mi hija y sé que no podría quererla más. Todo lo que tiene que ver con ella es perfecto para mí. Es mi hija. Incluso el hecho de que otra madre la gestara, no puede sacudir mi creencia de que estamos hechas la una para la otra. Pero, cuando la veo con esta otra mujer, soy consciente de cuán sustancial es su conexión. No puedo seguir negando que la biología significa algo cuando las veo juntas.

Tenemos una adopción muy abierta, que incluye a la mujer que trajo a mi hija al mundo y a sus hermanos y familia biológica extensa. El parecido entre ella y las personas que comparten sus genes es misterioso. Incluso los manierismos son idénticos a veces. Y mientras esto me hace afrontar que no es solo mía, también me hace feliz saber que siempre va a tener acceso a la gente de la que viene. Agradezco tener acceso yo también, un hecho que ha sido útil en más de una ocasión cuando he tenido preguntas sobre asuntos como el historial médico.

Sin embargo, esta experiencia me hace pensar a menudo en mis donaciones. La verdad es que cuando escogí ser donante, no entendía del todo qué representa cortar estos lazos biológicos. No sabía qué estaba firmando cuando acepté el anonimato.

Y hoy, aunque me niego a arrepentirme de mi decisión de ser donante, no puedo evitar preguntarme por estos niños que están potencialmente paseando por ahí con mis ojos, mi nariz, mi risa, mi torpeza y mi placer por narrar historias.

No puedo evitar preguntarme cuanto hay en ellos de mí.

Pienso en ellos a menudo. Ciertamente, más de lo que habría imaginado. No en el sentido de reclamarlos o creer que son míos, porque no me veo de ninguna manera como una figura parental en su vida. Pero está curiosidad está ahí. Quizás magnificado porque nunca tendré hijos biológicos, me cuestiono si los niños que no he tenido se les habrían parecido.

¿Y si el anonimato solo crea una división que no debería existir?

Me pregunto a veces si sus padres también piensan en mí. Recibí noticias de ellos una vez, un correo electrónico enviado a través de la agencia agradeciéndome lo que les había dado. Me contaron algunas cosas de sus hijos e incluso me ofrecieron una foto, si me interesaba. Contesté a la agencia inmediatamente que sí, pero nunca volví a tener noticias. La agencia dejó de responder a mis preguntas y aún no sé qué sucedió. Quizás cambiaron de idea. O quizás la agencia intervino, como me han dicho que pasa en casos como el mío. Parece que a estas agencias realmente les gusta el anonimato. Les gusta que la línea esta clara, quizás porque piensan realmente que esto protege a todas las partes implicadas.

Me pregunto si aún estáis ahí. Si pensáis en mí y os preguntáis cómo me ha ido la vida. Me pregunto si miráis a vuestros hijos a veces y os imagináis cuáles de sus peculiaridades son vuestras y cuáles son mías. Y si pensáis incluso en cómo habría sido sin el anonimato.

¿Me mandaríais felicitaciones de Navidad con sus fotos? ¿Os sentiríais cómodos llamando por teléfono si surgiera una pregunta relacionada con el historial médico?

¿Querríais saber de mí? Sobre mi hija y nuestra vida y cómo nunca me he arrepentido de ser donante, a pesar de la subsiguiente pérdida de mi propia fertilidad. Sobre cómo algunos días casi quiero daros las gracias, porque he llegado a creer que fueron estas donaciones las que de alguna manera me llegaron hasta mi hija. Y no cambiaría tenerla en mi vida por nada.

Quizás estáis leyendo esto ahora. Quizás os preguntáis qué quiero de vosotros. Y quizás esto os da pánico, porque tenéis vuestra vida y vuestros hijos y todo ha marchado exactamente cómo soñasteis y esto no era parte del trato.

Lo pillo. Pillo que cuando firmé para convertirme en donante, prometí conformarme con estar lejos – fuera de la vista y fuera del pensamiento. Pero me temo que no sabía realmente qué significaba cuando accedí a donar mis óvulos. Y ahora, siento a menudo curiosidad por las personas en quién mis óvulos se han convertido.

Me pregunto si vosotros, o ellos, teneis una curiosidad parecida por mí.

No quiero quitaros nada. No quiero entrometerme en vuestras vidas o haceros sentir incómodos. Sólo quiero conoceros. Y quiero saber cualquier cosa que queráis compartir sobre los niños que estáis criando.

Considerad esto mi intento de romper el anonimato. Doné una vez en California en el verano de 2007, y otra en Boston en invierno de 2008. Si recibisteis mis óvulos, habéis visto fotos mías. Habéis leído un informe larguísimo antes de seleccionarme. Sabéis que os estoy hablando a vosotros.

Me gustaría conoceros.

¿Quién sabe? Quizás podríamos hasta ser amigos.

Tetas de alquiler, vientres de alquiler, cuerpos de alquiler

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¿Qué tiene que ver la historia que narra este artículo, sobre el castigo que recibían las nodrizas negras que osaban amamantar a los bebés blancos con el mismo pecho que sus hijos negros, con los vientres de alquiler? Para Raquel, un montón de cosas. Me ha parecido fascinante su reflexión y le he pedido permiso para compartirla aquí:

https://afrocreole.files.wordpress.com/2015/04/50c3501e066b38803ba906eb1440a17d.jpg?w=540

Esa mujer de la foto fue “despersonalizada” por ser negra, el color de su piel justificaba su “otredad” y permitía su esclavización. Su cuerpo se utilizó para criar a un niño blanco que creció criado por ella, absolutamente vinculado, pero creció socializado bajo la percepción de que el orden natural de las cosas es que “los negros” son inferiores y el privilegio de disponer de su cuerpo y su vida es legítimo, porque son “los otros” (¿Qué puede ser menos “ajeno” menos “otro” que la dueña de la teta que te alimenta?)

Con “tratarlos bien” se resuelve el conflicto moral que puede suponer esa paradoja (el ama de cría trabaja en la casa, va bien vestida, es un trabajo cómodo, recibe el cariño de los amos, “forma parte de la familia” etc…).

Sí veo paralelismos con el vientre de alquiler, en el que de nuevo se utiliza el cuerpo de “otra”, que esta vez se despersonalizada y convierte en “el otro” en razón de su cultura, extracción económica, distancia geográfica… para gestar a un niño privilegiado que mamará su privilegio ajeno a la realidad de aquella “otra” que lo gestó. Un niño que será parte de una familia, de un sistema que resuelve el conflicto moral que supone basar la familia en la compra de un cuerpo esclavo con el equivalente a “tratarlos bien”, que es realizar una transacción económica, aun sin mirar el precio real que no están pagando, aun siendo a través de intermediarios.

Me descoloca la sensación de que es legítimo disponer del cuerpo de otra persona para criar a los “hijos propios”.

(¿Podría hacerse extensiva esta reflexión a la adopción, donde aunque en principio no se gesta para parir hijos “para otros”, se da la misma desigualdad y en muchísimos casos, la misma despersonalización?)

Sobre derechos, decisiones y libertades

Debatimos estos días sobre la historia de una mujer alemana que a los 65 años se ha quedado embarazada de cuatrillizos. Ya tiene 13 hijos y 7 meses y la decisión de volverse a embarazar la tomó porque su hija de 9 años (es decir, nacida cuando ella debía tener 55), le pedía un hermano más pequeño.

Del debate me sorprende sobretodo que hay personas que argumentan que ella es libre para hacer lo que le plazca, que es su decisión, que nadie tiene derecho a juzgarla, que nadie tiene el monopolio de la buena parentalidad…

Me parece interesante el debate, pero niego la mayor: no tenemos derecho a hacer lo que nos plazca, no podemos tomar cualquier decisión. Hay leyes, normas, consensos sociales… Nadie puede decidir, por ejemplo, moler sus hijos a palos, no alimentarlos, ni siquiera no escolarizarlos (mejor dicho, no educarlos). O mutilarlos o provocarles enfermedades o negarles medicaciones que necesiten.

¿El derecho de una mujer a ser madre a los 65 está por encima del derecho de los niños a criarse con una madre (y padre si fuera el caso) que pueda ocuparse de ellos hasta una edad razonable? ¿El derecho de una mujer de ser madre a los 65 está por encima al de sus hijos a nacer sanos, a tener una calidad de vida razonable?

Es verdad que todos podemos enfermar o morir, incluso los jóvenes. Pero el riesgo no es el mismo a los 30 que a los 60 (menos aún después de un embarazo de riesgo a los 65). Es verdad que todos los niños pueden nacer con enfermedades o discapacidades; pero en el caso de cuatrillizos (y de un embarazo a los 65), estas probabilidades se multiplican por mucho. No es lo mismo asumir los problemas de salud que pueden llegar con cualquier hijo que crear hijos que tienen muchas probabilidades de sufrir estos problemas de salud. No es lo mismo asumir los riesgos inherentes a estar vivo que crear hijos para convertirles en huérfanos a una edad temprana.

Uno de los argumentos es que con la cantidad de familia que hay no se quedaran solos. Y sí me parece importante la tribu, la garantía de que tus hijos recibirán cuidados, y amor, aunque te pase algo… pero también sé que los niños no son de goma, que su psique, su parte emocional, no es de goma, y que perder a tu madre a una edad temprana (o convivir con una madre enferma o dependiente) deja secuelas que hay que tener en cuenta.

Algunas leyes y consensos sociales son injustas y han ido cambiando con el tiempo (hace no tantos años, ser madre soltera, o divorciada, no digamos ya ser homosexual, podía ser motivo para que te quitaran la custodia de un hijo, lo que ahora parece absurdo a la mayoría de la gente), y quizás suceda esto con la edad a la que tenemos los hijos… De hecho, hace unos años, una mujer que era madre después de los 40 era una “madre mayor” y hoy parece muy normal, y quizás cuando vivamos hasta los 120 (y tengamos buena calidad de vida hasta los 120) nos parecerá normal parir a los 60… pero esto, por ahora, no es así: la esperanza de vida en España está por debajo de los 83 años, y la calidad de vida de la gente de esta edad es a menudo incompatible con las exigencias de la crianza de un hijo, no digamos ya de 4…

Aunque el límite de edad pueda ser flexible, ¿no tendrá que haber siempre un límite? Si ha podido ser madre a los 65 para complacer a su hija de 9, ¿nos parecerá igualmente razonable (a los que la defienden) que lo vuelva a ser a los 75 para darle hermanos a los hijos que nacen ahora? ¿A los 85? ¿A los 90?

(Discusión colateral: ¿Se debe tener un hijo para complacer al que ya tenemos, una criatura que difícilmente puede prever las implicaciones de esta decisión? ¿No sería más razonable explicar a su hija que se va a quedar de hermana pequeña y enseñarla a disfrutar de hermanos mayores y sobrinos de edades cercanas a las suyas? ¿Seguirá pareciéndole buena idea lo de los hermanos pequeños si pierde su niñez cambiando pañales a 4 bebés, cuando descubra lo diferentes que son los hermanos de los juguetes?).

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