familia monoparental, diversidad familiar y adopción

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Diblings (dermanos)

Muchas veces hemos hablado de donantes, la búsqueda de identidad, los cambios que en este tema ha introducido el análisis genético, los bancos de ADN y las redes sociales, el papel que juega en nuestra vida la gente con la que compartimos genética pero no historia (donantes, sí, pero también las personas concebidas con el mismo material genético)… este testimonio recoge todas estas cosas y da muchos argumentos para reflexionar sobre todo ello.  

Connecting 'diblings': how the law is failing to keep up with modern  families

Estaba dormida cuando mi identidad estalló. Era la mañana de un viernes del año 2019, me desperté en Brooklyn para ver un correo electrónico de un tipo de Florida que decía: “23andMe dice que eres mi media hermana. Estoy muy confundido. ¿Puedes llamarme, por favor?”.

Mientras miraba su foto de perfil, vi que parecíamos gemelos. Incluso teníamos el mismo hoyuelo en la punta de la nariz. Habíamos nacido con un año de diferencia cinco décadas antes. Me había hecho una prueba de 23andMe el año anterior.

Al marcar su número, sabía que no íbamos a empezar con una pequeña charla. De hecho, tardamos medio minuto para empezar, con torpeza, a hacer conjeturas: mi amado padre debió haber tenido una aventura con la madre de este hombre. Sin embargo, a las pocas horas, ambos habíamos hablado con familiares que nos contaron el secreto que habían prometido a nuestros padres llevarse a la tumba: nuestros padres habían sido infértiles, y nosotros habíamos sido concebidos con esperma de un donante. El donante había sido un residente del Hospital de Yale New Haven, donde los científicos eran pioneros en la inseminación intrauterina.

Conocía muchos secretos de mi familia, pero esta vez el secreto era yo. Nada había cambiado, pero todo era diferente. Mi familia seguía siendo mi familia, y mis queridos padres habían fallecido hace tiempo, lo que hacía que esto fuera un poco menos complicado. No obstante, tendría que revisar el manuscrito final de mi vida. Como escritora, no me gustaban los grandes cambios.

Sin embargo, mi nuevo hermano biológico (a quien registré de inmediato en mi teléfono como “HB”) y yo estábamos en contacto constante, chapoteando confundidos en nuestra nueva piscina genética. Con mi crianza como hija única y solitaria, me sentí entusiasmada. Tras unirnos al grupo de Facebook titulado “Nos concibió un donante”, aprendimos el término “dermanos”: hermanos que nacieron de donantes.

No podía explicar por qué este desconocido era digno de mi adoración feroz o de mi mirada atenta, pero mi ADN parecía codificado con instrucciones claras: “Mirar de manera fija. Conectarse. Consolidar”.

Esto era tan absorbente como un nuevo amor, pero esta vez el objeto de mi afecto parecía una foto generada por aquella aplicación que muestra cómo te verías si tu género fuera el opuesto. Nunca había visto mi rostro en el cuerpo de otra persona. Creé un álbum titulado “HB” en mi teléfono y me pasé haciendo acercamientos a su cara durante mis viajes al trabajo.

Puse un sonido de “polvo de estrellas” para sus mensajes, un guiño a la canción de Joni Mitchell que tenía en constante repetición: “Somos polvo de estrellas, somos dorados… Y tenemos que volver al jardín”.

Antes de la aparición mi ‘dermano’, había estado anhelando una conexión, salí a medias con un viudo que conocí por internet. Ahora, enamorada de mi pariente vivo más cercano, no tenía mucho margen para el romance (y resultó que el viudo tampoco).

Cuando HB vino a mi ciudad, la mesera del restaurante donde estábamos almorzando me preguntó si éramos hermanos, y mi corazón dio un vuelco.

El diagrama de la doble hélice es una escalera de caracol codificada por colores con peldaños de base química. Todos los días me subía a ella y me columpiaba, explorando, boquiabierta. Los cromosomas son las cosas más pequeñas y enormes del mundo. Si crees en la teoría de la crianza, no tienen importancia (como proclamaron con seguridad muchas personas inteligentes que me quieren: “¡Solo es esperma!”). Pero si crees en la teoría de la naturaleza, son lo más importante de todo.

Yo creo que son las dos cosas, aunque ya había quedado atrapada en mi propia obsesión cromosomática. Al final, ya no estaba sola; mi nuevo hermano estaba allí.

Enseguida, HB quiso encontrar a nuestro donante, al que nos referíamos como “nuestro padre”. Después de diez semanas de búsqueda genética a través de una línea de primos segundos en 23andMe, HB llegó a nuestro santo grial. Nuestro padre estaba vivo. Era un obstetra retirado que vivía en Nashville. Tenía 79 años y buen aspecto. Su nombre era Frank. Tenía un rostro amable. También se parecía mucho a nosotros. Su nombre bien podría haber sido “Gen”.

Frank estaba casado y tenía dos hijos mayores y una hija. En Facebook, también los observamos con detenimiento.

Decidimos escribirle a Frank una carta conjunta, pero mi corazón se encogió cuando nuestro primer conflicto como hermanos se desarrolló en los comentarios que hicimos en las revisiones de nuestros borradores. Mi enfoque era sincero y detallado; el de HB era alegre y breve. Ambos queríamos lo mismo, una respuesta, pero nos aferrábamos de manera obstinada a nuestras propias estrategias. Cada uno de nosotros temía que el estilo del otro nos llevara al silencio o, peor aún, a una carta de cese y desiste, como suele ocurrir. Un rechazo tan cósmico habría sido intolerable, y yo, de antemano, me puse furiosa con nuestro padre por su posible rechazo.

Finalmente, le dije a HB que se limitara a enviar su versión y no me mencionara.

“No es mala idea”, dijo. “Yo me encargaré del contacto y, si no responde, no puedes tomártelo como algo personal”.

Pero al excluirme de la carta me sentí sola una vez más, culpable por haber abandonado nuestro esfuerzo conjunto, y también aterrada de que HB desapareciera ahora. “Todo esto se desmorona sin él”, dije, sollozando, en el diván de mi terapeuta.

Tres semanas después, HB recibió una carta redactada con atención y esta venía con membrete del buen doctor. Era empática y respetuosa. Decía que estaba abierto a una mayor comunicación, así que él y HB concertaron una llamada.

En cuanto colgaron, HB me llamó.

“Cerré los ojos y dejé que su voz me inundara”, me contó. Como padre primerizo, estaba nervioso de una manera poco habitual. “Fue como cuando los bebés reconocen la voz de sus padres. Como la forma en que reconocen su olor”.

En su conversación, también le habló a Frank de mí.

Cuando Frank y yo hablamos unos días más tarde, oí el mismo timbre de voz masculino en su voz. Con lápiz y papel en mano, le pregunté y me respondió. ¿Sus intenciones? Claro, había querido ayudar a las parejas infértiles y formar parte de la ciencia, pero también necesitaba los 25 dólares por “espécimen vivo”. No, no se había presentado ningún otro vástago. Sí, se había estado preparando para una carta como la de HB, pero aun así le había costado trabajo responder. No, nunca había pensado mucho en los posibles resultados de sus donaciones. No, no habría donado si no hubiera sido anónimo.

De alguna manera, Frank era humilde y estaba lleno de la autoestima de un profesor emérito, pero sobre todo parecía orgulloso de que sus genes se hubieran desarrollado bien. Me gustó su combinación de seriedad y dulzura.

“No hay un plan de acción para esto, pero creo que encontraremos el camino”, dijo.

En mis notas, esa frase merecía un doble subrayado.

Después de colgar, no sabía qué hacer. Hacía calor y había humedad, y me adentré con mis pantalones cortos y mi camiseta en el estrecho de Long Island como si me bautizaran o renaciera, sin tener en cuenta las algas que se pegaban a mi piel. Floté. Me sentí primitiva.

Entonces Frank nos invitó a su casa de Boca Ratón para pasar un fin de semana. HB y yo nos alojamos en el mismo hotel cercano pero, debido a los horarios de viaje, llegué sola un día antes y me reuní con Frank en su departamento. Cuando cruzó la habitación, bronceado y sonriente, sentí la misma atracción magnética que había sentido con HB.

“Bueno, aquí estás”, dijo, con los brazos extendidos. Durante el abrazo más extraño de mi vida, mi cuerpo zumbó y sintió un cosquilleo.

“Aquí estoy”, dije. “Y aquí estás tú”.

“Bueno, aquí estamos entonces”, contestó.

Dio un paso atrás, manteniendo sus manos en mis hombros. “Vaya, eres una persona”, respondí de modo estúpido. Aquí estaba él, en carne y hueso, con su fuerza vital rugiendo a través de mí.

“Hace décadas que no veo la cara de mi madre”, dijo, siendo testigo de cómo sus genes se extendían y expandían hacia el pasado y el futuro.

Nadando en las cálidas olas del Atlántico, aprendimos que compartíamos el mismo patrón de arrugas alrededor de los ojos, la misma extroversión y los mismos juanetes. En un muestrario de pintura, solo un color coincidía con el de nuestros ojos (algo así como “bruma aguamarina”). Mi corazón dio un vuelco de afecto.

Dos años y medio después, ya no estoy tan obsesionada. Frank y yo hemos tenido dos visitas en persona; HB y yo hemos tenido cinco. Mis cuatro hermanastros (y once nuevos sobrinos y cuatro cuñados) y yo estamos construyendo relaciones, alternando lo serio, lo tonto, lo íntimo y lo despreocupado. Nuestra cadena de mensajes de texto en grupo se llama “Familia Extendida” y a veces incluye simpáticos emoticonos de ADN.

No hay mucha sabiduría convencional sobre cómo tratar estas sorpresas de ADN cada vez más comunes, pero todos en nuestra historia parecen creer que la vida y la conexión humana deben celebrarse sin importar lo extraño de las circunstancias. Al fin y al cabo, nuestro progenitor es un nutricionista profesional de la fuerza vital, que ha dedicado su carrera a los embarazos de alto riesgo y a dar a luz a más de 10.000 bebés.

Frank me ha descrito sus sentimientos cuando nacieron sus hijos: “Es como un pudín instantáneo. Añade agua y remueve, y obtienes amor”. Pero con HB y conmigo, es más como: “Añade ciencia y remueve, y obtienes gran afinidad y cariño”.

Nadie ha dicho “te quiero”, al menos no todavía. Pero parece que todos seguimos diciendo “me gustas”, lo que parece más importante en este momento. Al encontrar a Frank y a los demás, HB y yo hemos vuelto al jardín.

Donantes y anonimato

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La recomendación del Comité de Bioética de que las donaciones de gametos dejen de ser anónimas, ha vuelto a levantar todas las alarmas en los grupos de MSPE, compuestos mayoritariamente por mujeres que tienen criaturas concebidas con donante de esperma y en algunos casos, también de óvulos (o de embriones).

Las preocupaciones son las mismas de siempre:

A ver si los donantes adquirirán a partir a de ahora derechos y deberes hacia nuestras criaturas, si dejará de haber donaciones, o si subirá el precio que se paga a los donantes…

Todas las regulaciones que afectan a las donaciones en Reproducción Asistida distinguen perfectamente entre derechos y deberes de los padres y madres (que los tienen) y de los donantes (que no los tienen en ningún caso). Sea la donación anónima o no lo sea.

En los países donde se ha eliminado el anonimato, las donaciones han bajado… temporalmente. Después han vuelto a subir, aunque haya cambiado el perfil: son más conscientes y solidarios, dicen. En cuánto a apelar a que encarecerá el proceso, y que esto lo pondrá fuera del alcance de las personas menos pudientes, me parece una muestra de cinismo, teniendo en cuenta que dentro de la Reproducción Asistida, los gametos son casi el chocolate del loro.

Y en todo caso, si eso sucede, ¿qué? Es como decir que si no se legalizan los vientres de alquiler, habrá familias que se quedaran sin hijos; o que sin el trabajo esclavo, no tendremos fresas baratas. O lo que pasaba cuando los adoptantes empezaron a hacer las primeras denuncias de irregularidades en los procesos adoptivos y otras familias en proceso de adopción se les lanzaban a la yugular porque se iban a quedar sin sus niños. Si eran criaturas robadas, o lo que sea, ya si eso.

El fin nunca, nunca, justifica los medios.

A mí no me importa, yo no quiero saber, si el donante no hubiera sido anónimo no habría optado por este sistema…

Es comprensible, pero también lo es que para muchas personas concebidas con gametos de donante sí es importante; es comprensible que se pregunten sobre parecidos, tomas de decisiones o enfermedades familiares. O que lo puedan hacer en algún momento de sus vidas.

Mi hijo no preguntará, yo le explicaré bien las cosas, yo le educaré para que sepa que no tiene importancia, si yo no le doy importancia, él tampoco se la dará

Y nos olvidamos de que las criaturas, sobretodo cuando crecen, tienen el curioso vicio de pensar por sí mismas y preguntarse cosas, que muchas veces van más allá de lo que se preguntan sus familias. Y la naturalidad, la normalidad y la positividad no están reñidas con acompañarles en ese proceso.

Querer saber no implica que se haya explicado mal, que se busque una familia alternativa, o que haya ningún trauma. Nuestros hijos pueden querer saber / buscar sin que esto implique que tengan carencias.

No es un padre, es un donante

Son nuestros hijos los que, en muchas ocasiones, deciden llamarles «padres», y esto no quiere decir que confundan su función, saben muy bien la diferencia entre los que parentamos y los que han aportado la genética. Como define el diccionario de la RAE en su primera acepción, padre es el “varón que ha engendrado uno o más hijos”. Y esta función, la biológica, está ahí por más que queramos negarla.

La sociedad no está preparada para afrontar este cambio.

En solo medio siglo hemos pasado de ocultar la adopción a exponerla abiertamente. El ADN y las redes sociales hacen que el anonimato sea cada vez más una falacia.

Seguramente la sociedad está tan preparada para la desaparición del anonimato como lo estaba una sociedad de raíces católicas para la eclosión de la Reproducción Asistida, las donaciones de gametos, la aparición de los colectivos de MSPE, las adopciones transraciales… y esto no nos frenó, ¿no?

Los cambios sociales van muy rápido, sobretodo si hay diálogo sobre ello.

Es la decisión que tomé en su momento, no me arrepiento de ella.

Puedes contarle a tus criaturas por qué tomaste la decisión y cómo comprendes que le duelan los límites de la misma, o bien transmitirle que te alegras de que no pueda conocer esta información o que no es lícito que tenga ese interés. Tomamos decisiones con la información que tenemos en el momento, pero cómo las gestionamos marca diferencias.

Igual que sucede en adopción: las familias que adoptaron creyendo que hacían algo que cumplía todos los requisitos legales y éticos y luego han descubierto que no era así, puede tirar balones fuera o bien acompañar a sus hijos en sus duelos y búsquedas e intentar cambiar el sistema que tiene cosas imperfectas.

¿Qué pensarán los donantes, que tomaron esa decisión sabiendo que no serían encontrados, si de repente llaman a la puerta unos chavales contándoles que son sus hijos (biológicos)?

Es posible que nos sorprenda que a muchos no les parezca mal. Aunque no tengan ningún interés en parentar a nuestras criaturas, quizás tienen curiosidad por saber cuántas nacieron y cómo son, qué ha sido de ellas. Quizás no les parezca mal darles un lugar en sus vidas.

Y si no es así, tampoco pasa nada: a diferencia de lo que pasa en adopción, donde la búsqueda puede representar un riesgo para las madres que renunciaron a sus criaturas en determinadas circunstancias o lugares, y donde se pueden encontrar con historias muy duras, es prácticamente imposible que para un donante, que su entorno conozca esta información sea mucho más que una molestia.

Por otra parte, no siempre es muy importante que el donante quiera o no ser encontrado o contactado, porque encontrar respuestas sin entablar contacto puede ser suficiente.

Si hubiera querido que mis hijos tuvieran padre, no habría optado por tenerlos mediante donante

Si no querías que te preguntaran por el donante, ¿por qué usaste esta figura para concebir a tus criaturas?

Si el proyecto de familia incluye un o unos donantes, ¿cuál es el problema de incorporarle(s) a nuestras vidas?

Si se elige una familia creada a partir de las aportaciones de donante(s), se construye una familia en la que esta figura existirá (a nivel simbólico), y existirán las preguntas y las curiosidades hacia esta(s) persona(s).

No es un padre, de acuerdo. Pero tampoco hace falta ser tan taxativo, o padre o nada. Llámale de otra manera. Llámalo cómo quieras, pero nómbralo. Dale un lugar simbólico en tu vida, y sobretodo, en la de tus criaturas.

 

No pienses que no pasa nada

«Mi hijo no pregunta nada»; «no tiene ningún interés en su historia»; «cuando yo le digo algo, cambia de tema»; «cuando quiera saber preguntará»; «le iré contando a medida que pregunte»…

He oído estas frases en boca de muchas familias adoptivas. No se me ocurre mejor respuesta que la que Patri Holmes, bloguera y adoptada argentina en busca de sus orígenes desde hace muchos años, escribió en este texto:

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No pienses que no pasa nada porque tu hijo adoptivo, o de crianza no pregunta…

No pienses que no pasa nada.

A veces, la revolución se siente adentro.

La necesidad de saber es un remolino que da a lugar a emociones inesperadas. A inquietudes que se acallan cada vez que tu hijo te escucha decir: «no, ella no necesita saber, siempre me dice que es feliz de que yo sea su mamá», «no, él ni piensa en eso».

Y tal vez piensa… pero el temor a lastimarte es tan grande, o el miedo a serte desleal… Porque le han dicho, con y sin palabras, que «sólo hay una madre», que «ni los animales abandonan a sus crías», que «debería estar agradecido por lo que le tocó».

¿Qué fue lo que le tocó?

Perder a su mamá. A quien lo gestó. De quien heredó células y de quien escuchó su voz. Perder sus raíces.

Nació perdiendo.

¿Te parece poco?

Es muchísimo.

Entonces… no pienses que no pasa nada.

Pudo haber llegado a una familia hermosa pero esa herida estará siempre y dependerá de su entorno y de la empatía de quienes lo rodean que pueda cicatrizar.

Amá, acompañá, abrazá y entendé la enorme magnitud de lo que sucedió para que tu hijo pueda preguntar, hablar, decir… y sanar.

El vientre vacío

Debía tener yo 10 años el verano en el que, cuando llegamos a Menorca, nos recibió M. con A., que había nacido aquel curso que habíamos pasado en nuestra ciudad. Justo antes de irnos, el septiembre anterior, nos dijo que estaba embarazada, y cuando volvimos a principios de julio, A. tenía 4 meses.

Era un bebé rechoncho, risueño, que verano tras verano iría convirtiéndose en niño y que hoy es un adulto que vive y trabaja en un país de Escandinavia.

A. fue el niño que hizo que yo quisiera ser madre. Lo cogía en brazos, lo llevaba arriba y abajo, me limpiaba la leche agria que a veces regurgitaba en mi camiseta, y pensaba: Un día tendré uno como este.

Pero

¿y si no hubiera podido tenerlo?

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«Mis pechos ya tienen grietas como si hubiese dado de mamar. Y mi tripa se hincha como si fuésemos dos. Tu cordón umbilical es un tallo que crece en el jardín. A veces sueño que mi leche es amarga y el bebé la rechaza. O que estoy a punto de dar a luz, corro hacia el hospital, sola, y la criatura resbala por mis piernas. Algunas veces, en el sueño, consigo llegar al hospital, me tumban en una camilla, mis piernas abiertas como las alas de un pájaro a punto de echar a volar, y doy a luz. No duele. Hay noches en que si el bebé del vecino llora, me despierto asustada como si fuese mi hijo el que chilla. Nada es real, lo sé. Me pienso madre, pero no lo soy.

Cada vez más imagino mi vientre vacío. Como una tumba a la que algún día llevaré flores. Un trozo de tierra yermo, un lugar en el que nunca habrá nada, que siempre estuvo muerto. Una latitud de mi cuerpo que no la siento como propia porque no crece en ella nada, y yo querría. Dicen: «Mi cuerpo, mis decisiones». Pero, de algún modo, un presente de precariedad e incertidumbre condiciona y marchita mis expectativas y decisiones. Me pienso madre, pero no lo soy. Me asusto. Me pienso sin hijo. Me asusto de nuevo. Anticipo mi pena porque es la única certeza que tengo ahora, la de que nada tiene por qué ir a mejor. Mi única seguridad es que tal cosa ya no existe.

Tenía 10 años cuando mi primo David nació. Mi tía nos dejó una noche al bebé en casa, le preparamos una cama en la salita, junto a la bicicleta estática. Recuerdo que me desperté a medianoche y fui a hurtadillas a la habitación para verlo. Me asomé a la cuna improvisada y le di besos en la cara. Pensaba: «Te quiero mucho». Pensaba: «Ojalá seas mío». Durante el día los adultos —mis padres y mis tíos— me hacían darme cuenta de mi propia realidad, que yo era muy pequeña para cuidar de un bebé. Pero durante aquellos cinco minutos a solas imaginé que era su madre. A partir de entonces, a veces fantaseaba con tener una barriga de embarazada. Me ponía frente al espejo, con un cojín bajo el jersey, y apoyaba mis manos en la cintura, a la altura de los riñones, como si llevase una gran carga en mi diminuto cuerpo.

Ahora tengo 30 y me pongo frente al espejo también. El juego que hacía de niña me resulta patético a mi edad. De cría, estaba todo por hacer. En mi cabeza, podía construir el futuro como me diese la gana, no había nada prohibido. Hoy, no consigo proyectarme más allá de los próximos meses. Ni siquiera puedo imaginar otro cuerpo que no sea este. Sé que todo puede cambiar en un segundo.

Les pregunto a mis amigas cómo se ven dentro de diez años. Sabemos qué haremos la semana que viene, pero no dentro de tres meses. ¿Tendré trabajo? ¿Me echarán de mi casa? ¿Habré conocido a alguien? La capacidad de predecir cómo serán nuestras propias vidas no existe porque la precariedad ha dinamitado la posibilidad de visualizar nuestro futuro. Las dinámicas se han configurado para que todo dure poco: compra lo que vas a cenar hoy, ya veremos qué comes mañana; quizá en un mes no tengas trabajo; recuerda que en un año acaba el alquiler de tu piso.

La incertidumbre que ha generado la crisis ha hecho tambalear no solo nuestras expectativas, sino también nuestras certezas más primitivas, aquellas que pensé que siempre se mantendrían incluso cuando no tuviese nada material a lo que aferrarme: un hijo, por ejemplo. Un panorama en el que no se permite nada más que el pensamiento cortoplacista, la pura supervivencia. Un escenario donde plantearse tener hijos da pánico. Pero no tenerlos, cuando lo deseas tanto, también.

Pienso entonces en la novela Quién quiere ser madre de Silvia Nanclares. Ese libro fue una revolución para mí; abrió una compuerta y dio paso a un pensamiento que me martillea desde entonces: ¿será demasiado tarde para mi cuerpo cuando mis circunstancias económicas, laborales y personales me permitan ser madre?»

Este es el comienzo de «El vientre vacío», de Noemí López Trujillo. 

Testimonio de un donante

Hace algún tiempo, publicamos el blog el testimonio de un hijo concebido con esperma de donante que ha dado muchas vueltas. Tanto en este blog, como en otros foros, como en la vida real.

Unos días atrás, esa historia tuvo la respuesta de un hombre que ha ejercido de donante y ha querido compartir con nosotros su testimonio, muy distinto a la figura estereotipada de donante que nos viene a la cabeza muchas veces cuando pensamos en él. Un testimonio que ayuda a humanizar a una figura que, en muchas familias está tremendamente despersonalizada.

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He sido donante de esperma en mi país y tengo contacto con las familias que les he donado y sin duda ha sido una experiencia muy bonita; los visito, ellos me visitan, nos vemos a veces de fin de semana para ir a la playa, etc.

Si algo he aprendido, es que si nos quitamos los miedos, egos y formas de pensar donde los niños son pertenencias de los adultos, creo que disfrutaremos más libremente de nuestras relaciones donante-familias receptoras. No olvidemos que el amor al final no tiene títulos ni roles, ni tampoco reemplaza el amor de otros (un chico concebido por donante nunca reemplazará el amor de su padre o madre por el del donante), el amor solo agrega más amor y entre más personas amen a los niños es mejor. Incluso, algunas familias y yo planeamos más adelante que mi familia (abuelos y tíos biológicos de los niños de mi parte), conozcan a los niños y pueda haber un vínculo afectivo entre ellos, pero es algo que seguimos planeando, pero creemos será una buena experiencia para ambas partes en el futuro.

A mi parecer, como donante, he ganado una familia extendida, el amor que les tengo a cada niño y sus familias es inmenso, y es una gran dicha el verlos crecer y que sus familias me compartan videos y fotos por redes sociales. Además, las familias saben que ante cualquier emergencia médica siempre contarán conmigo. Incluso, es curioso cuando me llaman por móvil para pedirme mi historial médico reciente porque el pediatra lo pidió o me preguntan si en mi familia ha habido antecedentes de gustos o habilidades en ciertos deportes o música, porque el niño muestra ciertas aficiones, habilidades, gustos y es sorprendente cómo sí hay cosas que influyen y concuerdan, que nunca me imaginé se pudieran heredar y siempre pensé que era aprendido por su entorno.

Pero sí, todo lo anterior se ha logrado gracias a que decidimos no hubiera anonimato entre nosotros y todo es claro y cordial. Pero lo más importante, es que no hay miedos internos por resolver de los padres o madres con respecto a su infertilidad y, por ende, no se sienten atacados o invadidos por la presencia del donante.

He visto comentarios aquí de madres que dicen que un donante dona solo por dinero, no dudo que gran parte de los casos sea así (pues el $$ el lo que usan las clínicas como marketing para atraer candidatos), pero otros donamos porque hemos vivido la infertilidad en amigos o familiares y que gracias a la reproducción asistida, han podido ser padres o madres. Y el donar, es una forma de aportar y regresar el buen karma.

No es válido ponernos a todos los donantes en el mismo costal y ni tampoco considerar que todos los donantes nunca nos hemos preguntado qué ha pasado con nuestras donaciones a través de los años y que nunca nos ha importado saber qué ha sido de estos niños. Aunque yo he podido tener la fortuna de conocer a los niños, en varios países a pesar del que donante quiera ser conocido y tener contacto con las familias, la ley no lo permite y eso está mal, porque debería ser elección de las familias y el donante el estar en contacto o no.

Estoy en contacto con otros donantes de otros países que donaron anónimamente en los 70 y 80 en EUA e Inglaterra  y los testimonios de dudas y preguntas existenciales se repiten, muchos de ellos les gustaría saber qué pasó con sus donaciones, cuántos niños se concibieron, si se parecen a ellos o no, o incluso a muchos les gustaría crear vínculos con los jóvenes; algunos compañeros han podido encontrar a sus hijos biológicos que de igual manera los estaban buscando (se encontraron por 23andme.com o MyHeritage, webs donde envías tu saliva [adn] y el sistema te vincula con todas las personas que comparten tus genes. El sistema los enlaza y te dice si son primos, hermanos o padre o madre). Estoy seguro que es cuestión de un par de años para que estas empresas se expanda también a otros países y regiones como Europa o América Latina, varios donantes y medios hermanos salgan a la luz y se encuentren, pues no se necesita que el donante envíe su saliva, solo se necesita que un familiar del donante o medio hermano lo haga para que pueda ser localizado el donante u otro medio hermano concebido por donante.

Por otro lado, es curioso darse cuenta que ambas partes (donantes y jóvenes concebidos por donantes) lo que más miedo existe cuando comienzan a tener curiosidad del uno por el otro, es que sean rechazados, no solo el joven concebido por donante tiene ese miedo que lo rechace el donante, también el donante tiene miedo a ser rechazado por el joven. No quiero decir que todos los donantes seamos así de abiertos y tengamos el mismo interés de saber de los jóvenes, hay muchos que donaron y olvidaron y tienen sus familias y seguramente no quieren saber nada de ese pasado de donaciones.

No obstante, hay otros que sí nos interesa saber de los jóvenes, porque no nos dieron la opción de escoger si ser o no anónimos o también porque las experiencias de vida y el tiempo te cambian, y ya no eres el chico universitario que lo hacía por tener un dinero extra, creces, maduras y cuando ya tienes tus propios hijos, es cuando te preguntas: ¿Qué habrá pasado con esos niños que habrán nacido de mi donación? ¿Estarán bien? ¿Sabrán la verdad se su concepción?…

Por ello, me sorprende el concepto que se tiene sobre nosotros los donantes. Y es triste que muchos padres y madres nos han reducido a solo un montón de células que quieren olvidar que usaron para concebir a lo que más aman (sus hijos). Los donantes también somos personas que sentimos, respiramos y creamos vínculos…

Mi hijo no

Compartí la entrada que publiqué ayer en un grupo de MSPE y las reacciones fueron las previsibles. En algunos casos, interés, dudas, ganas de saber más y alegría por este grupo de personas que se están encontrando con sus iguales. Por otro, recelo, miedos, rechazo, y mucha necesidad de señalar que el verdadero origen del «problema» no es haber sido concebido(s) con gametos de donante(s) sino otros traumas o dificultades.

Me ha resonado a mi yo de hace 15 años. El que decía “a mí no me sucederá, yo lo haré mejor”. El que no quería leer a adoptados que no dieran una visión positiva de la adopción y si los leía, siempre buscaba las vueltas a las razones que les llevaba a gestionarlo mal: no se lo explicaron a tiempo, no les dieron espacio para gestionarlo, no les quisieron lo bastante bien.

Yo lo haría mejor, a mí no me pasaría.

Luego viene la vida y ya eso.

Sigo escuchando a madres y padres asegurar que a sus hijos no, de ninguna manera, para ello les han educado bien, explicado bien, o no le han dado importancia a todas estas cosas y por esto ellos no se la darán tampoco.

Y a veces es cierto que están bien educados, o simplemente han tenido suerte… o sencillamente, como cuenta esta entrada de este blog, no les conocen:

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Si mi madre leyera mis posts sobre adopción, pensaría: “¡No Juliette, no mi hija!”

He hecho el trabajo emocional porque sé que mis padres no lo han hecho ni lo harán. El Brexit rompió mi familia cuando mis padres votaron y sus argumentos revelaron lo poco que entendían que tenían una hija inmigrante asiática. Peleé y discutí con ellos por el Brexit, Trump y el racismo durante dos años. Me enfurecí, me retiré, reflexioné, busqué respuestas, pero sabía que solo podía trabajar en mí misma. Sabía que toda la discusión sobre Brexit siempre había sido sobre adopción, pero ellos no lo sabían. Del mismo modo, supe que la primera ruptura que ocurrió en mi adolescencia, en la superficie por mudarme como  por sexta vez en mi corta vida, también tenía que ver con la adopción. Pero nunca lo dije, así que nunca hablamos de ello. Y que yo sepa, ellos nunca lo supieron.

Así que cuando a los 46 una amiga amablemente sugirió que conociera a su amiga adoptada de 70 años, que había hecho un montón de terapia sobre su propia adopción, me encogí de hombros y acepté. No me di cuenta de cuánto me aclararía y me tranquilizaría hablar con otra adoptada, algo que nunca había hecho antes. Es aún increíble para mí!, Imaginad ser ciega y no conocer a ninguna otra persona ciega durante la mayor parte de tu vida – no saber cómo son de universales tus sentimientos o darte cuenta de que solo los que lo han experimentado lo entienden realmente. Como alguien que ha sido adoptada, comparada con los que no lo han sido y piensan que es una historia con final feliz y poco que ver con nada más, hay cosas que nunca pude contar a nadie mientras crecía. Mi soledad, mis anhelos, terminaron por revelar y resaltar que la biología es importante y que mi familia no era suficiente y que su diferencia (no la mía) era una fuente de profundo aislamiento y dolor. Comprendí desde muy pequeña lo tabú que era este tema y la poca conciencia que tenían mis padres sobre su propio dolor y su impacto en mí.

No pude encontrar mi lugar en esta gran familia blanca de clase obrera cuya única experiencia en cultura asiática era la comida para llevar. No estoy segura de que me rechazaran exactamente, ¿quizás yo les rechazaba a ellos? Pero ciertamente no me abrazaron. No estaba en la mente de mi familia extensa, excepto como alguien por quien preguntar al final de la conversación, después de hablar con mis padres. Si alguna vez a alguien de mi familia inmediata o extensa se le ocurrió preguntarse cómo me sentía al ser adoptada y adoptada transracial e internacionalmente, nunca tuve evidencia de ello.

(…)

Acertada o erróneamente, la mayoría de mi terapia ha sido un intento para resolver la cuestión de si yo debería o no. Si ellos son capaces de crecer en este punto de sus vida, o si yo solo les causaría dolor y confusión en un juego sin salida. Si lo hiciera, me crearía más tarea adicional a mi misma al intentar explicar lo inexplicable.

Cuando mi madre fue a ver la película “Lion” con su hermana, me pregunté si estaba abriendo una puerta para que  habláramos. Cuando le pregunté qué tal, solo dijo: “está bien”. Ninguna de las dos intentamos ir más allá, aunque me dejó atónita que pudiera no tener nada más que decir. Imagino que miró esta historia y específicamente vio todas las maneras en las que la historia del protagonista era distinta a la mía, a la suya. Supongo que se aferró a que yo era un bebé, no una niña con recuerdos de mi familia. En su mente, no había experimentado lo que él como niño perdido en la India, buscando a mis familiares desaparecidos y sin saber cómo regresar con ellos. Pero, por supuesto, lo hice, excepto cuando era un bebé, lo experimenté todo sin lenguaje y, cuando tuve palabras para hacerlo, también me di cuenta del dolor que podía causar. Y conciencia de lo poco que alguien lo entendería.

Ahora sí tengo lenguaje sobre mi experiencia y entiendo lo valioso que es compartirla con otras personas adoptadas. Al compartirla con los padres adoptivos y con una sociedad que alberga una visión unidimensional de la adopción a través de la lente de los adoptantes, quiero que pasemos de la fase en la que se usaban bebés para curar las heridas de infertilidad y cubrir las ilusiones del salvadorismo. Quiero que superemos la fase de negar la realidad de las pérdidas de los adoptados y la negación de nuestros derechos humanos, a una era de resolución genuina de problemas, equipada con conciencia de sí misma y el valor para aprender de los demás. Aún así, es común encontrar personas que respondan a este pensamiento con «No todos los adoptados …», no sus amigos, ni su prima, ni su hija.

A ti, te recuerdo que mi madre leería esto y lo pensaría también.

Mientras las madres y padres sigamos diciendo a nuestros hijos que su origen no tiene importancia, que la genética que no comparten con nosotros no tiene ningún peso… seguirán buscando en secreto, seguirán sin compartir con nosotros sus preocupaciones, dudas y miedos al respecto.

A pesar de que las evidencias apuntan a que las personas concebidas con gametos de donante, igual que las personas adoptadas, quieren saber, buscan, encuentran, y cada vez se hace más insostenible el anonimato.

Se explica muy bien en este artículo, que recoge una historia muy interesante:

“Daniels cuenta el caso de una mujer de 70 años que hace un tiempo descubrió que había sido concebida mediante una donación de esperma, una técnica más antigua que la de óvulos. Mediante pruebas genéticas localizó a la familia del donante, se conocieron, y ahora se plantean funcionar como «una familia extensa». La mujer, que también ha localizado a otra «media hermana» biológica del mismo donante, tuvo la oportunidad de hablar sobre el tema con su anciana madre hace unos años. Esta, cuenta, Daniels, le dijo: «Y nosotros que pensábamos que nos habíamos salido con la nuestra…».

¿De verdad queremos ser esta madre?

 

 

Hijos de donante

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Hace algún tiempo, publiqué este texto escrito por un hombre concebido con semen de donante. A lo largo de este último año y medio, otras personas concebidas con gametos de donante han llegado a este texto, sin duda buscando situaciones parecidas a la suya, y me han pedido ponerse en contacto con este hombre. Hace unos días me escribió para decirme que varios de ellos están en un grupo de Whatsapp y planteándose constituirse como Asociación.

Hablando de donantes

Muchas veces hemos hablado de cómo hablar de los donantes, y qué lugar ocupan en la familia, y si merecen o no el nombre de padre (o madre) en cada tipo de familia. En esta charla de Ted, Veerle Provoost filósofa especializada en Bioética, habla de sus estudios con familias y criaturas concebidas con gametos de donante. Sobre cómo hablan las criaturas de los donantes, sobre qué lugar ocupan estos en la familia: no exactamente dentro, pero tampoco fuera. Y sobre cómo escuchan cuando les respondemos… y cuando no lo hacemos, incluso aunque estemos convencidos de que sí lo hemos hecho.

(Todo aplicable igualmente a la adopción).

Conocí a la madre de mi donante de esperma y esto lo cambió todo

En este blog hemos hablado muchas veces de donantes, lazos genéticos y búsqueda de los ancestros. Pero nunca hemos hablado de que la relación con los donantes va, en algunos sentidos, más allá de los propios donantes. Por esto me ha parecido fascinante este texto sobre la madre del donante y el vínculo que hay con ella.

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Como hija de madres lesbianas, siempre supe que tenía un donante de esperma, y que podría conocerle cuando tuviera 18 años. Quería a mis madres; quería a mi familia queer. Aún así, siempre me había preguntado qué parte de mí había sido cortada de una tela distinta.

En mi 18º aniversario, escribí a mi donante una carta sincera. Era feliz, le decía. No necesitaba nada de él, y entendería que no quisiera conocerme, pero tenía curiosidad, y quizás él también.

Conocerle fue surrealista. En la cafetería de una ciudad universitaria, desgranamos para el otro las historias de nuestras vidas, y cada pieza nueva de información parecía una parte de mi historia encajando en su lugar.

Se llamaba Jonathan. Nuestras historias tenían superposiciones enervantes; había una similitud incómoda en nuestros comportamientos. Había conseguido su Master en la Universidad que estaba justo al final de mi calle en Massachusetts; los tiempos no coincidían, pero ¿y si nos habíamos visto a distancia en algún fin de semana de alumnos? Su hijo había sido adoptado en el mismo lugar de Etiopía que mi primo; mi donante conocía a mi tío de círculos de adopción compartidos. Los dos éramos tímidos, nerviosos y sonrientes, ambos buscando algún tipo de conexión pero quizás algo asustados de encontrarla.

La similitud más sorprendente eran nuestros dedos. Teníamos los mismos nudillos, las mismas uñas abultadas. Escondí mis manos debajo de la mesa.

Cuando le dije que había pasado mi último año de instituto aprendiendo griego antiguo y que hablaba alemán y algo de francés, su cuerpo entero pareció iluminarse. Su madre hablaba cinco idiomas, dijo. Debía haberlo sacado de ella.

Tardó dos horas en llegar a esto. Su madre, Toby, había llegado a Estados Unidos después del Holocausto. Algo le había sucedido allí en Polonia, algo que Jonathan mismo no sabía o de lo que no quería hablar. Mi donante tenía un hijo adoptado, pero yo era la única nieta biológica de Toby, y ella estaba haciéndose mayor, y ¿querría yo conocerla?

Pensé que se estaba sobrepasando – ¿no se basaba toda nuestra relación en la idea de que no necesitábamos nada el uno del otro? Pero tenía curiosidad, así que dije que sí.

Así que, algunos meses más tarde, mi donante y yo nos detuvimos en frente del bungalow de una sola planta de Toby en una calle tranquila de las afueras de Albany, Nueva York. Dudé en la autopista, acordándome de mi propia abuela, la que había sido anfitriona de todas nuestras comidas de Pascua y pijamadas de primos, la que me había enseñado a amar a los libros y a odiar tocar el piano. No me gustaban los idiomas debido a una tendencia biológica heredada de la madre de Jonathan, pensé: me gustaban debido a la madre de mi madre. Educación y no genética. Educación.

Entramos.

Toby era mayor que mi abuela, más frágil, más olvidadiza. Tenía una casa de anciana que nunca había evolucionado más allá de la paleta de color del 1970: platos del color de la sopa de guisantes, muebles de color avellana, antigüedades en tonos mostaza. Mi abuela era mucho más moderna.

Alrededor de una comida que la abuela con la que había crecido nunca habría hecho, estuve cada vez más segura de que había cometido un error colosal. ¿Y qué si tenía las uñas igual que mi padre biológico, los mismos pómulos, la misma sonrisa? ¿Y qué si su madre era escritora como yo? Esta gente eran extraños. Yo ya tenía una familia. Además, la mecánica indecorosa de la donación de esperma pendía sobre cada interacción, y yo tenía que esforzarme para no sonrojarme. Era sencillo.

Aunque no le era, porque compartíamos sangre. Y aunque fuéramos desconocidos, la sangre implicaba algo.

Jonathan se fue después de comer para darme algún tiempo a solas con Toby. Escruté a mi nueva abuela buscando señales de extrañeza, pero también señales de trauma. ¿Qué había sucedido en Polonia? Más allá de un ligero acento, cualquier rastro de su pasado se había borrado con el tiempo.

Aún así, sin Jonathan presente, Toby se sintió libre de dejar de actuar, de permitirse ser algo más que “la mamá de Jonathan”. Pudo ser una inmigrante, una refugiada. Puso ser una mujer que pensaba que su genealogía terminaba con su hijo, para descubrir que se había alargado un poco más allá.

Me enseñó su casa, señalando no las fotos de Jonathan y su hermano sino el arte en sus pareces que venía de su país natal. No hablamos de su vida. Hablamos de literatura del Este de Europa y arte ruso.

“Acompáñame abajo”, dijo y la seguí a un sótano rancio pero cómodo cuyas pareces estaban cubiertas de estanterías. Me quedé plantada mientras la abuela se atareaba entre los estantes. Sus dedos – que, como los de Jonathan, se parecían extrañamente a los míos – danzaban entre los tomos.

Sacó un libro de tapa dura del estante y me lo entregó. Cuentos de hadas rusos. “Te gustará”, dijo. Otro libro, más delgado, más nuevo: un análisis de Chekhov, rojo soviético, su nombre en la cubierta. Un tercer libro, un cuarto. Al principio me resistí, pero entonces caí en la cuenta: cada texto era una pieza de su historia. No podía contarme qué le sucedió en Polonia, pero podía darme un diccionario  polaco-inglés. Éramos gente de libros, ella y yo. Si nuestra conexión genética tenia que significar algo, tendría que ir mano a mano con un vínculo literario.

Le dejé leer algunos de mis escritos, mordiéndome las uñas mientras sus ojos recorrían la pequeña pantalla de mi teléfono. “Me alegro de que seas escritora como yo”, dijo. “No lo haces mal. Muchos escritores empiezan como perdistas, ya sabes”.

Amontonamos a Dostoyevsky, Chekhov, mi nuevo diccionario polaco-inglés y cerca de 20 libros más en una caja de cartón y Toby me hizo sentar en su sofá del color de la sopa de guisantes. Dijo: “Nos hice hacer esto”. Obrió un elegante joyero para mostrarme dos brazaletes de cobre idénticos.

Eran bastos, como si algún escolar hubiera decidido hacer una clase de metal para conseguir algunos créditos fácilmente. Quizás la propia Toby se había aficionado a trabajar el metal como hobby de jubilada, aunque no parecía probable debido a su fragilidad. En cualquier caso, su regalo fue una delgada banda de metal, sin pretensiones, pero tan simbólica como un anillo de compromiso. Se puso la suya fácilmente, mientras me miraba con expectación.

La mía no encajaba. Apreté y empujé, intentando forzarla sobre mis nudillos. “No pasa nada, entrará”, le aseguré, mordiéndome los labios cuando el metal me arrancó un pedacito de piel.

Quería ser la descendiente que Toby esperaba, incluso si debía derramar sangre.

Conduje hora y media de vuelta a casa de mis madres en silencio absoluto. Sin radio, sin podcasts. Me quité los zapatos en el cómodo y destartalado vestíbulo. Nuestro carro de laboratorio; nuestro gato negro aposentado en la mesa del comedor; la bandera arcoiris que aleteaba en la ventana del comedor. Ahí es donde pertenecía.

Vi a Jonathan, mi donante, algunas veces más, pero enseguida descubrimos que aunque nuestro ADN compartido era dolorosamente obvio, éramos una estudiante de instituto y un hombre de mediana edad padre de un niño pequeño, y no teníamos demasiado en común en el fondo. De tanto en tanto, nos enviamos un correo electrónico que siempre contenía el mismo mensaje: Pienso en ti. Conocerte fue importante. Espero que estés bien.

Toby, sin embargo, es una carga psíquica más grande. No he leído el libro que escribió; no rompí el diccionario de polaco. Guardé el brazalete escondido en cajones con trastos o joyeros durante las mudanzas de mi juventud. Como si llevara alguna carga. Incluso tocarlo me llena de culpa, de un sentido de obligación que he tenido desde que nos conocimos.

¿Quién habría sido si hubiera crecido conociéndola, conociendo su historia? ¿Tiene importancia que yo no sea ni judía ni polaca, pero que exista debido a esta genealogía? No pensamos mucho en los lazos de sangre en nuestra época, o al menos yo no lo hago. Pero me parece increíblemente trágico que si no tengo hijos, una parte de su historia terminará en mi. ¿Es presuntuoso asumir que tengo conexión con esta historia, cuando realmente su hijo se masturbó en un bote? No sé si me gusta leer gracias a que una de mis abuelas me sentó en sus rodillas y me contó cuentos, o porque la otra, una desconocida, me transmitió esta afición a través de su ADN. No saberlo me mata. No saberlo es la razón por la que decidió escribir a mi donante de esperma.

En el proceso de escribir este texto, rescaté mi brazalete de cobre de mi caja de “trastos sentimentales”, la examiné buscando algo de claridad, la empujé contra mis nudillos para ver si esta vez sí encajaba. No tendré hijos. La genealogía de Toby muere conmigo. Pero estoy sacándome un máster en Periodismo, y somos ambas gente de libros. De alguna manera, quizás la que más importa, llevo su legado tal y como está en nuestro ADN.  

Familias reales

 

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Vimos con interés el programa «Familias reales» que esta semana se emitió en televisión. En el documental, que seguía a una familia homoparental, una familia reconstituida y una familia monoparental, participaba una conocida (la madre monoparental embarazada de su segunda criatura que acababa de perder el trabajo). Además, el cásting de familias a las que seguían en menor medida, como en fotos fijas, era muy interesante: hijos adultos de familias homoparentales o monoparentales, adopción, numerosas, sin hijos, un padre trans, y hasta una trieja. Me quedé con las ganas de saber más de todas ellas… porque los que hicieron el documental (y el debate que se hizo a posteriori) utilizaron el argumento de la diversidad familiar, siempre interesante y enriquecedora, como excusa para emitir un publireportaje sobre las bondades de los vientres de alquiler. La historia de los dos padres que esperaban un hijo de una gestante («ella tiene clarísimo que no es su madre») en Canadá ocupó la mayor parte del tiempo del documental, fue la única que concluyó a pesar de que en el reportaje vimos otros embarazos, luego se le sumó una larguííííísima conexión en directo con los padres recientes, la participación de varias mujeres que habían sido o esperaban ser madres gracias a vientres de alquiler en Ucrania (y que me recordaron siniestramente a las esposas de «El Cuento de la Criada») y un debate donde se dio voz una vez más al discurso en defensa del derecho a llegar a la parentalidad utilizando cuerpos ajenos.

Lástima de ocasión perdida para hablar de cómo son realmente las familias reales.

 

 

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