familia monoparental, diversidad familiar y adopción

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Donantes y anonimato

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La recomendación del Comité de Bioética de que las donaciones de gametos dejen de ser anónimas, ha vuelto a levantar todas las alarmas en los grupos de MSPE, compuestos mayoritariamente por mujeres que tienen criaturas concebidas con donante de esperma y en algunos casos, también de óvulos (o de embriones).

Las preocupaciones son las mismas de siempre:

A ver si los donantes adquirirán a partir a de ahora derechos y deberes hacia nuestras criaturas, si dejará de haber donaciones, o si subirá el precio que se paga a los donantes…

Todas las regulaciones que afectan a las donaciones en Reproducción Asistida distinguen perfectamente entre derechos y deberes de los padres y madres (que los tienen) y de los donantes (que no los tienen en ningún caso). Sea la donación anónima o no lo sea.

En los países donde se ha eliminado el anonimato, las donaciones han bajado… temporalmente. Después han vuelto a subir, aunque haya cambiado el perfil: son más conscientes y solidarios, dicen. En cuánto a apelar a que encarecerá el proceso, y que esto lo pondrá fuera del alcance de las personas menos pudientes, me parece una muestra de cinismo, teniendo en cuenta que dentro de la Reproducción Asistida, los gametos son casi el chocolate del loro.

Y en todo caso, si eso sucede, ¿qué? Es como decir que si no se legalizan los vientres de alquiler, habrá familias que se quedaran sin hijos; o que sin el trabajo esclavo, no tendremos fresas baratas. O lo que pasaba cuando los adoptantes empezaron a hacer las primeras denuncias de irregularidades en los procesos adoptivos y otras familias en proceso de adopción se les lanzaban a la yugular porque se iban a quedar sin sus niños. Si eran criaturas robadas, o lo que sea, ya si eso.

El fin nunca, nunca, justifica los medios.

A mí no me importa, yo no quiero saber, si el donante no hubiera sido anónimo no habría optado por este sistema…

Es comprensible, pero también lo es que para muchas personas concebidas con gametos de donante sí es importante; es comprensible que se pregunten sobre parecidos, tomas de decisiones o enfermedades familiares. O que lo puedan hacer en algún momento de sus vidas.

Mi hijo no preguntará, yo le explicaré bien las cosas, yo le educaré para que sepa que no tiene importancia, si yo no le doy importancia, él tampoco se la dará

Y nos olvidamos de que las criaturas, sobretodo cuando crecen, tienen el curioso vicio de pensar por sí mismas y preguntarse cosas, que muchas veces van más allá de lo que se preguntan sus familias. Y la naturalidad, la normalidad y la positividad no están reñidas con acompañarles en ese proceso.

Querer saber no implica que se haya explicado mal, que se busque una familia alternativa, o que haya ningún trauma. Nuestros hijos pueden querer saber / buscar sin que esto implique que tengan carencias.

No es un padre, es un donante

Son nuestros hijos los que, en muchas ocasiones, deciden llamarles “padres”, y esto no quiere decir que confundan su función, saben muy bien la diferencia entre los que parentamos y los que han aportado la genética. Como define el diccionario de la RAE en su primera acepción, padre es el “varón que ha engendrado uno o más hijos”. Y esta función, la biológica, está ahí por más que queramos negarla.

La sociedad no está preparada para afrontar este cambio.

En solo medio siglo hemos pasado de ocultar la adopción a exponerla abiertamente. El ADN y las redes sociales hacen que el anonimato sea cada vez más una falacia.

Seguramente la sociedad está tan preparada para la desaparición del anonimato como lo estaba una sociedad de raíces católicas para la eclosión de la Reproducción Asistida, las donaciones de gametos, la aparición de los colectivos de MSPE, las adopciones transraciales… y esto no nos frenó, ¿no?

Los cambios sociales van muy rápido, sobretodo si hay diálogo sobre ello.

Es la decisión que tomé en su momento, no me arrepiento de ella.

Puedes contarle a tus criaturas por qué tomaste la decisión y cómo comprendes que le duelan los límites de la misma, o bien transmitirle que te alegras de que no pueda conocer esta información o que no es lícito que tenga ese interés. Tomamos decisiones con la información que tenemos en el momento, pero cómo las gestionamos marca diferencias.

Igual que sucede en adopción: las familias que adoptaron creyendo que hacían algo que cumplía todos los requisitos legales y éticos y luego han descubierto que no era así, puede tirar balones fuera o bien acompañar a sus hijos en sus duelos y búsquedas e intentar cambiar el sistema que tiene cosas imperfectas.

¿Qué pensarán los donantes, que tomaron esa decisión sabiendo que no serían encontrados, si de repente llaman a la puerta unos chavales contándoles que son sus hijos (biológicos)?

Es posible que nos sorprenda que a muchos no les parezca mal. Aunque no tengan ningún interés en parentar a nuestras criaturas, quizás tienen curiosidad por saber cuántas nacieron y cómo son, qué ha sido de ellas. Quizás no les parezca mal darles un lugar en sus vidas.

Y si no es así, tampoco pasa nada: a diferencia de lo que pasa en adopción, donde la búsqueda puede representar un riesgo para las madres que renunciaron a sus criaturas en determinadas circunstancias o lugares, y donde se pueden encontrar con historias muy duras, es prácticamente imposible que para un donante, que su entorno conozca esta información sea mucho más que una molestia.

Por otra parte, no siempre es muy importante que el donante quiera o no ser encontrado o contactado, porque encontrar respuestas sin entablar contacto puede ser suficiente.

Si hubiera querido que mis hijos tuvieran padre, no habría optado por tenerlos mediante donante

Si no querías que te preguntaran por el donante, ¿por qué usaste esta figura para concebir a tus criaturas?

Si el proyecto de familia incluye un o unos donantes, ¿cuál es el problema de incorporarle(s) a nuestras vidas?

Si se elige una familia creada a partir de las aportaciones de donante(s), se construye una familia en la que esta figura existirá (a nivel simbólico), y existirán las preguntas y las curiosidades hacia esta(s) persona(s).

No es un padre, de acuerdo. Pero tampoco hace falta ser tan taxativo, o padre o nada. Llámale de otra manera. Llámalo cómo quieras, pero nómbralo. Dale un lugar simbólico en tu vida, y sobretodo, en la de tus criaturas.

 

No pienses que no pasa nada

“Mi hijo no pregunta nada”; “no tiene ningún interés en su historia”; “cuando yo le digo algo, cambia de tema”; “cuando quiera saber preguntará”; “le iré contando a medida que pregunte”…

He oído estas frases en boca de muchas familias adoptivas. No se me ocurre mejor respuesta que la que Patri Holmes, bloguera y adoptada argentina en busca de sus orígenes desde hace muchos años, escribió en este texto:

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No pienses que no pasa nada porque tu hijo adoptivo, o de crianza no pregunta…

No pienses que no pasa nada.

A veces, la revolución se siente adentro.

La necesidad de saber es un remolino que da a lugar a emociones inesperadas. A inquietudes que se acallan cada vez que tu hijo te escucha decir: “no, ella no necesita saber, siempre me dice que es feliz de que yo sea su mamá”, “no, él ni piensa en eso”.

Y tal vez piensa… pero el temor a lastimarte es tan grande, o el miedo a serte desleal… Porque le han dicho, con y sin palabras, que “sólo hay una madre”, que “ni los animales abandonan a sus crías”, que “debería estar agradecido por lo que le tocó”.

¿Qué fue lo que le tocó?

Perder a su mamá. A quien lo gestó. De quien heredó células y de quien escuchó su voz. Perder sus raíces.

Nació perdiendo.

¿Te parece poco?

Es muchísimo.

Entonces… no pienses que no pasa nada.

Pudo haber llegado a una familia hermosa pero esa herida estará siempre y dependerá de su entorno y de la empatía de quienes lo rodean que pueda cicatrizar.

Amá, acompañá, abrazá y entendé la enorme magnitud de lo que sucedió para que tu hijo pueda preguntar, hablar, decir… y sanar.

El vientre vacío

Debía tener yo 10 años el verano en el que, cuando llegamos a Menorca, nos recibió M. con A., que había nacido aquel curso que habíamos pasado en nuestra ciudad. Justo antes de irnos, el septiembre anterior, nos dijo que estaba embarazada, y cuando volvimos a principios de julio, A. tenía 4 meses.

Era un bebé rechoncho, risueño, que verano tras verano iría convirtiéndose en niño y que hoy es un adulto que vive y trabaja en un país de Escandinavia.

A. fue el niño que hizo que yo quisiera ser madre. Lo cogía en brazos, lo llevaba arriba y abajo, me limpiaba la leche agria que a veces regurgitaba en mi camiseta, y pensaba: Un día tendré uno como este.

Pero

¿y si no hubiera podido tenerlo?

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“Mis pechos ya tienen grietas como si hubiese dado de mamar. Y mi tripa se hincha como si fuésemos dos. Tu cordón umbilical es un tallo que crece en el jardín. A veces sueño que mi leche es amarga y el bebé la rechaza. O que estoy a punto de dar a luz, corro hacia el hospital, sola, y la criatura resbala por mis piernas. Algunas veces, en el sueño, consigo llegar al hospital, me tumban en una camilla, mis piernas abiertas como las alas de un pájaro a punto de echar a volar, y doy a luz. No duele. Hay noches en que si el bebé del vecino llora, me despierto asustada como si fuese mi hijo el que chilla. Nada es real, lo sé. Me pienso madre, pero no lo soy.

Cada vez más imagino mi vientre vacío. Como una tumba a la que algún día llevaré flores. Un trozo de tierra yermo, un lugar en el que nunca habrá nada, que siempre estuvo muerto. Una latitud de mi cuerpo que no la siento como propia porque no crece en ella nada, y yo querría. Dicen: «Mi cuerpo, mis decisiones». Pero, de algún modo, un presente de precariedad e incertidumbre condiciona y marchita mis expectativas y decisiones. Me pienso madre, pero no lo soy. Me asusto. Me pienso sin hijo. Me asusto de nuevo. Anticipo mi pena porque es la única certeza que tengo ahora, la de que nada tiene por qué ir a mejor. Mi única seguridad es que tal cosa ya no existe.

Tenía 10 años cuando mi primo David nació. Mi tía nos dejó una noche al bebé en casa, le preparamos una cama en la salita, junto a la bicicleta estática. Recuerdo que me desperté a medianoche y fui a hurtadillas a la habitación para verlo. Me asomé a la cuna improvisada y le di besos en la cara. Pensaba: «Te quiero mucho». Pensaba: «Ojalá seas mío». Durante el día los adultos —mis padres y mis tíos— me hacían darme cuenta de mi propia realidad, que yo era muy pequeña para cuidar de un bebé. Pero durante aquellos cinco minutos a solas imaginé que era su madre. A partir de entonces, a veces fantaseaba con tener una barriga de embarazada. Me ponía frente al espejo, con un cojín bajo el jersey, y apoyaba mis manos en la cintura, a la altura de los riñones, como si llevase una gran carga en mi diminuto cuerpo.

Ahora tengo 30 y me pongo frente al espejo también. El juego que hacía de niña me resulta patético a mi edad. De cría, estaba todo por hacer. En mi cabeza, podía construir el futuro como me diese la gana, no había nada prohibido. Hoy, no consigo proyectarme más allá de los próximos meses. Ni siquiera puedo imaginar otro cuerpo que no sea este. Sé que todo puede cambiar en un segundo.

Les pregunto a mis amigas cómo se ven dentro de diez años. Sabemos qué haremos la semana que viene, pero no dentro de tres meses. ¿Tendré trabajo? ¿Me echarán de mi casa? ¿Habré conocido a alguien? La capacidad de predecir cómo serán nuestras propias vidas no existe porque la precariedad ha dinamitado la posibilidad de visualizar nuestro futuro. Las dinámicas se han configurado para que todo dure poco: compra lo que vas a cenar hoy, ya veremos qué comes mañana; quizá en un mes no tengas trabajo; recuerda que en un año acaba el alquiler de tu piso.

La incertidumbre que ha generado la crisis ha hecho tambalear no solo nuestras expectativas, sino también nuestras certezas más primitivas, aquellas que pensé que siempre se mantendrían incluso cuando no tuviese nada material a lo que aferrarme: un hijo, por ejemplo. Un panorama en el que no se permite nada más que el pensamiento cortoplacista, la pura supervivencia. Un escenario donde plantearse tener hijos da pánico. Pero no tenerlos, cuando lo deseas tanto, también.

Pienso entonces en la novela Quién quiere ser madre de Silvia Nanclares. Ese libro fue una revolución para mí; abrió una compuerta y dio paso a un pensamiento que me martillea desde entonces: ¿será demasiado tarde para mi cuerpo cuando mis circunstancias económicas, laborales y personales me permitan ser madre?”

Este es el comienzo de “El vientre vacío”, de Noemí López Trujillo. 

Testimonio de un donante

Hace algún tiempo, publicamos el blog el testimonio de un hijo concebido con esperma de donante que ha dado muchas vueltas. Tanto en este blog, como en otros foros, como en la vida real.

Unos días atrás, esa historia tuvo la respuesta de un hombre que ha ejercido de donante y ha querido compartir con nosotros su testimonio, muy distinto a la figura estereotipada de donante que nos viene a la cabeza muchas veces cuando pensamos en él. Un testimonio que ayuda a humanizar a una figura que, en muchas familias está tremendamente despersonalizada.

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He sido donante de esperma en mi país y tengo contacto con las familias que les he donado y sin duda ha sido una experiencia muy bonita; los visito, ellos me visitan, nos vemos a veces de fin de semana para ir a la playa, etc.

Si algo he aprendido, es que si nos quitamos los miedos, egos y formas de pensar donde los niños son pertenencias de los adultos, creo que disfrutaremos más libremente de nuestras relaciones donante-familias receptoras. No olvidemos que el amor al final no tiene títulos ni roles, ni tampoco reemplaza el amor de otros (un chico concebido por donante nunca reemplazará el amor de su padre o madre por el del donante), el amor solo agrega más amor y entre más personas amen a los niños es mejor. Incluso, algunas familias y yo planeamos más adelante que mi familia (abuelos y tíos biológicos de los niños de mi parte), conozcan a los niños y pueda haber un vínculo afectivo entre ellos, pero es algo que seguimos planeando, pero creemos será una buena experiencia para ambas partes en el futuro.

A mi parecer, como donante, he ganado una familia extendida, el amor que les tengo a cada niño y sus familias es inmenso, y es una gran dicha el verlos crecer y que sus familias me compartan videos y fotos por redes sociales. Además, las familias saben que ante cualquier emergencia médica siempre contarán conmigo. Incluso, es curioso cuando me llaman por móvil para pedirme mi historial médico reciente porque el pediatra lo pidió o me preguntan si en mi familia ha habido antecedentes de gustos o habilidades en ciertos deportes o música, porque el niño muestra ciertas aficiones, habilidades, gustos y es sorprendente cómo sí hay cosas que influyen y concuerdan, que nunca me imaginé se pudieran heredar y siempre pensé que era aprendido por su entorno.

Pero sí, todo lo anterior se ha logrado gracias a que decidimos no hubiera anonimato entre nosotros y todo es claro y cordial. Pero lo más importante, es que no hay miedos internos por resolver de los padres o madres con respecto a su infertilidad y, por ende, no se sienten atacados o invadidos por la presencia del donante.

He visto comentarios aquí de madres que dicen que un donante dona solo por dinero, no dudo que gran parte de los casos sea así (pues el $$ el lo que usan las clínicas como marketing para atraer candidatos), pero otros donamos porque hemos vivido la infertilidad en amigos o familiares y que gracias a la reproducción asistida, han podido ser padres o madres. Y el donar, es una forma de aportar y regresar el buen karma.

No es válido ponernos a todos los donantes en el mismo costal y ni tampoco considerar que todos los donantes nunca nos hemos preguntado qué ha pasado con nuestras donaciones a través de los años y que nunca nos ha importado saber qué ha sido de estos niños. Aunque yo he podido tener la fortuna de conocer a los niños, en varios países a pesar del que donante quiera ser conocido y tener contacto con las familias, la ley no lo permite y eso está mal, porque debería ser elección de las familias y el donante el estar en contacto o no.

Estoy en contacto con otros donantes de otros países que donaron anónimamente en los 70 y 80 en EUA e Inglaterra  y los testimonios de dudas y preguntas existenciales se repiten, muchos de ellos les gustaría saber qué pasó con sus donaciones, cuántos niños se concibieron, si se parecen a ellos o no, o incluso a muchos les gustaría crear vínculos con los jóvenes; algunos compañeros han podido encontrar a sus hijos biológicos que de igual manera los estaban buscando (se encontraron por 23andme.com o MyHeritage, webs donde envías tu saliva [adn] y el sistema te vincula con todas las personas que comparten tus genes. El sistema los enlaza y te dice si son primos, hermanos o padre o madre). Estoy seguro que es cuestión de un par de años para que estas empresas se expanda también a otros países y regiones como Europa o América Latina, varios donantes y medios hermanos salgan a la luz y se encuentren, pues no se necesita que el donante envíe su saliva, solo se necesita que un familiar del donante o medio hermano lo haga para que pueda ser localizado el donante u otro medio hermano concebido por donante.

Por otro lado, es curioso darse cuenta que ambas partes (donantes y jóvenes concebidos por donantes) lo que más miedo existe cuando comienzan a tener curiosidad del uno por el otro, es que sean rechazados, no solo el joven concebido por donante tiene ese miedo que lo rechace el donante, también el donante tiene miedo a ser rechazado por el joven. No quiero decir que todos los donantes seamos así de abiertos y tengamos el mismo interés de saber de los jóvenes, hay muchos que donaron y olvidaron y tienen sus familias y seguramente no quieren saber nada de ese pasado de donaciones.

No obstante, hay otros que sí nos interesa saber de los jóvenes, porque no nos dieron la opción de escoger si ser o no anónimos o también porque las experiencias de vida y el tiempo te cambian, y ya no eres el chico universitario que lo hacía por tener un dinero extra, creces, maduras y cuando ya tienes tus propios hijos, es cuando te preguntas: ¿Qué habrá pasado con esos niños que habrán nacido de mi donación? ¿Estarán bien? ¿Sabrán la verdad se su concepción?…

Por ello, me sorprende el concepto que se tiene sobre nosotros los donantes. Y es triste que muchos padres y madres nos han reducido a solo un montón de células que quieren olvidar que usaron para concebir a lo que más aman (sus hijos). Los donantes también somos personas que sentimos, respiramos y creamos vínculos…

Mi hijo no

Compartí la entrada que publiqué ayer en un grupo de MSPE y las reacciones fueron las previsibles. En algunos casos, interés, dudas, ganas de saber más y alegría por este grupo de personas que se están encontrando con sus iguales. Por otro, recelo, miedos, rechazo, y mucha necesidad de señalar que el verdadero origen del “problema” no es haber sido concebido(s) con gametos de donante(s) sino otros traumas o dificultades.

Me ha resonado a mi yo de hace 15 años. El que decía “a mí no me sucederá, yo lo haré mejor”. El que no quería leer a adoptados que no dieran una visión positiva de la adopción y si los leía, siempre buscaba las vueltas a las razones que les llevaba a gestionarlo mal: no se lo explicaron a tiempo, no les dieron espacio para gestionarlo, no les quisieron lo bastante bien.

Yo lo haría mejor, a mí no me pasaría.

Luego viene la vida y ya eso.

Sigo escuchando a madres y padres asegurar que a sus hijos no, de ninguna manera, para ello les han educado bien, explicado bien, o no le han dado importancia a todas estas cosas y por esto ellos no se la darán tampoco.

Y a veces es cierto que están bien educados, o simplemente han tenido suerte… o sencillamente, como cuenta esta entrada de este blog, no les conocen:

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Si mi madre leyera mis posts sobre adopción, pensaría: “¡No Juliette, no mi hija!”

He hecho el trabajo emocional porque sé que mis padres no lo han hecho ni lo harán. El Brexit rompió mi familia cuando mis padres votaron y sus argumentos revelaron lo poco que entendían que tenían una hija inmigrante asiática. Peleé y discutí con ellos por el Brexit, Trump y el racismo durante dos años. Me enfurecí, me retiré, reflexioné, busqué respuestas, pero sabía que solo podía trabajar en mí misma. Sabía que toda la discusión sobre Brexit siempre había sido sobre adopción, pero ellos no lo sabían. Del mismo modo, supe que la primera ruptura que ocurrió en mi adolescencia, en la superficie por mudarme como  por sexta vez en mi corta vida, también tenía que ver con la adopción. Pero nunca lo dije, así que nunca hablamos de ello. Y que yo sepa, ellos nunca lo supieron.

Así que cuando a los 46 una amiga amablemente sugirió que conociera a su amiga adoptada de 70 años, que había hecho un montón de terapia sobre su propia adopción, me encogí de hombros y acepté. No me di cuenta de cuánto me aclararía y me tranquilizaría hablar con otra adoptada, algo que nunca había hecho antes. Es aún increíble para mí!, Imaginad ser ciega y no conocer a ninguna otra persona ciega durante la mayor parte de tu vida – no saber cómo son de universales tus sentimientos o darte cuenta de que solo los que lo han experimentado lo entienden realmente. Como alguien que ha sido adoptada, comparada con los que no lo han sido y piensan que es una historia con final feliz y poco que ver con nada más, hay cosas que nunca pude contar a nadie mientras crecía. Mi soledad, mis anhelos, terminaron por revelar y resaltar que la biología es importante y que mi familia no era suficiente y que su diferencia (no la mía) era una fuente de profundo aislamiento y dolor. Comprendí desde muy pequeña lo tabú que era este tema y la poca conciencia que tenían mis padres sobre su propio dolor y su impacto en mí.

No pude encontrar mi lugar en esta gran familia blanca de clase obrera cuya única experiencia en cultura asiática era la comida para llevar. No estoy segura de que me rechazaran exactamente, ¿quizás yo les rechazaba a ellos? Pero ciertamente no me abrazaron. No estaba en la mente de mi familia extensa, excepto como alguien por quien preguntar al final de la conversación, después de hablar con mis padres. Si alguna vez a alguien de mi familia inmediata o extensa se le ocurrió preguntarse cómo me sentía al ser adoptada y adoptada transracial e internacionalmente, nunca tuve evidencia de ello.

(…)

Acertada o erróneamente, la mayoría de mi terapia ha sido un intento para resolver la cuestión de si yo debería o no. Si ellos son capaces de crecer en este punto de sus vida, o si yo solo les causaría dolor y confusión en un juego sin salida. Si lo hiciera, me crearía más tarea adicional a mi misma al intentar explicar lo inexplicable.

Cuando mi madre fue a ver la película “Lion” con su hermana, me pregunté si estaba abriendo una puerta para que  habláramos. Cuando le pregunté qué tal, solo dijo: “está bien”. Ninguna de las dos intentamos ir más allá, aunque me dejó atónita que pudiera no tener nada más que decir. Imagino que miró esta historia y específicamente vio todas las maneras en las que la historia del protagonista era distinta a la mía, a la suya. Supongo que se aferró a que yo era un bebé, no una niña con recuerdos de mi familia. En su mente, no había experimentado lo que él como niño perdido en la India, buscando a mis familiares desaparecidos y sin saber cómo regresar con ellos. Pero, por supuesto, lo hice, excepto cuando era un bebé, lo experimenté todo sin lenguaje y, cuando tuve palabras para hacerlo, también me di cuenta del dolor que podía causar. Y conciencia de lo poco que alguien lo entendería.

Ahora sí tengo lenguaje sobre mi experiencia y entiendo lo valioso que es compartirla con otras personas adoptadas. Al compartirla con los padres adoptivos y con una sociedad que alberga una visión unidimensional de la adopción a través de la lente de los adoptantes, quiero que pasemos de la fase en la que se usaban bebés para curar las heridas de infertilidad y cubrir las ilusiones del salvadorismo. Quiero que superemos la fase de negar la realidad de las pérdidas de los adoptados y la negación de nuestros derechos humanos, a una era de resolución genuina de problemas, equipada con conciencia de sí misma y el valor para aprender de los demás. Aún así, es común encontrar personas que respondan a este pensamiento con “No todos los adoptados …”, no sus amigos, ni su prima, ni su hija.

A ti, te recuerdo que mi madre leería esto y lo pensaría también.

Mientras las madres y padres sigamos diciendo a nuestros hijos que su origen no tiene importancia, que la genética que no comparten con nosotros no tiene ningún peso… seguirán buscando en secreto, seguirán sin compartir con nosotros sus preocupaciones, dudas y miedos al respecto.

A pesar de que las evidencias apuntan a que las personas concebidas con gametos de donante, igual que las personas adoptadas, quieren saber, buscan, encuentran, y cada vez se hace más insostenible el anonimato.

Se explica muy bien en este artículo, que recoge una historia muy interesante:

“Daniels cuenta el caso de una mujer de 70 años que hace un tiempo descubrió que había sido concebida mediante una donación de esperma, una técnica más antigua que la de óvulos. Mediante pruebas genéticas localizó a la familia del donante, se conocieron, y ahora se plantean funcionar como “una familia extensa”. La mujer, que también ha localizado a otra “media hermana” biológica del mismo donante, tuvo la oportunidad de hablar sobre el tema con su anciana madre hace unos años. Esta, cuenta, Daniels, le dijo: “Y nosotros que pensábamos que nos habíamos salido con la nuestra…”.

¿De verdad queremos ser esta madre?

 

 

Hijos de donante

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Hace algún tiempo, publiqué este texto escrito por un hombre concebido con semen de donante. A lo largo de este último año y medio, otras personas concebidas con gametos de donante han llegado a este texto, sin duda buscando situaciones parecidas a la suya, y me han pedido ponerse en contacto con este hombre. Hace unos días me escribió para decirme que varios de ellos están en un grupo de Whatsapp y planteándose constituirse como Asociación.

Hablando de donantes

Muchas veces hemos hablado de cómo hablar de los donantes, y qué lugar ocupan en la familia, y si merecen o no el nombre de padre (o madre) en cada tipo de familia. En esta charla de Ted, Veerle Provoost filósofa especializada en Bioética, habla de sus estudios con familias y criaturas concebidas con gametos de donante. Sobre cómo hablan las criaturas de los donantes, sobre qué lugar ocupan estos en la familia: no exactamente dentro, pero tampoco fuera. Y sobre cómo escuchan cuando les respondemos… y cuando no lo hacemos, incluso aunque estemos convencidos de que sí lo hemos hecho.

(Todo aplicable igualmente a la adopción).

Conocí a la madre de mi donante de esperma y esto lo cambió todo

En este blog hemos hablado muchas veces de donantes, lazos genéticos y búsqueda de los ancestros. Pero nunca hemos hablado de que la relación con los donantes va, en algunos sentidos, más allá de los propios donantes. Por esto me ha parecido fascinante este texto sobre la madre del donante y el vínculo que hay con ella.

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Como hija de madres lesbianas, siempre supe que tenía un donante de esperma, y que podría conocerle cuando tuviera 18 años. Quería a mis madres; quería a mi familia queer. Aún así, siempre me había preguntado qué parte de mí había sido cortada de una tela distinta.

En mi 18º aniversario, escribí a mi donante una carta sincera. Era feliz, le decía. No necesitaba nada de él, y entendería que no quisiera conocerme, pero tenía curiosidad, y quizás él también.

Conocerle fue surrealista. En la cafetería de una ciudad universitaria, desgranamos para el otro las historias de nuestras vidas, y cada pieza nueva de información parecía una parte de mi historia encajando en su lugar.

Se llamaba Jonathan. Nuestras historias tenían superposiciones enervantes; había una similitud incómoda en nuestros comportamientos. Había conseguido su Master en la Universidad que estaba justo al final de mi calle en Massachusetts; los tiempos no coincidían, pero ¿y si nos habíamos visto a distancia en algún fin de semana de alumnos? Su hijo había sido adoptado en el mismo lugar de Etiopía que mi primo; mi donante conocía a mi tío de círculos de adopción compartidos. Los dos éramos tímidos, nerviosos y sonrientes, ambos buscando algún tipo de conexión pero quizás algo asustados de encontrarla.

La similitud más sorprendente eran nuestros dedos. Teníamos los mismos nudillos, las mismas uñas abultadas. Escondí mis manos debajo de la mesa.

Cuando le dije que había pasado mi último año de instituto aprendiendo griego antiguo y que hablaba alemán y algo de francés, su cuerpo entero pareció iluminarse. Su madre hablaba cinco idiomas, dijo. Debía haberlo sacado de ella.

Tardó dos horas en llegar a esto. Su madre, Toby, había llegado a Estados Unidos después del Holocausto. Algo le había sucedido allí en Polonia, algo que Jonathan mismo no sabía o de lo que no quería hablar. Mi donante tenía un hijo adoptado, pero yo era la única nieta biológica de Toby, y ella estaba haciéndose mayor, y ¿querría yo conocerla?

Pensé que se estaba sobrepasando – ¿no se basaba toda nuestra relación en la idea de que no necesitábamos nada el uno del otro? Pero tenía curiosidad, así que dije que sí.

Así que, algunos meses más tarde, mi donante y yo nos detuvimos en frente del bungalow de una sola planta de Toby en una calle tranquila de las afueras de Albany, Nueva York. Dudé en la autopista, acordándome de mi propia abuela, la que había sido anfitriona de todas nuestras comidas de Pascua y pijamadas de primos, la que me había enseñado a amar a los libros y a odiar tocar el piano. No me gustaban los idiomas debido a una tendencia biológica heredada de la madre de Jonathan, pensé: me gustaban debido a la madre de mi madre. Educación y no genética. Educación.

Entramos.

Toby era mayor que mi abuela, más frágil, más olvidadiza. Tenía una casa de anciana que nunca había evolucionado más allá de la paleta de color del 1970: platos del color de la sopa de guisantes, muebles de color avellana, antigüedades en tonos mostaza. Mi abuela era mucho más moderna.

Alrededor de una comida que la abuela con la que había crecido nunca habría hecho, estuve cada vez más segura de que había cometido un error colosal. ¿Y qué si tenía las uñas igual que mi padre biológico, los mismos pómulos, la misma sonrisa? ¿Y qué si su madre era escritora como yo? Esta gente eran extraños. Yo ya tenía una familia. Además, la mecánica indecorosa de la donación de esperma pendía sobre cada interacción, y yo tenía que esforzarme para no sonrojarme. Era sencillo.

Aunque no le era, porque compartíamos sangre. Y aunque fuéramos desconocidos, la sangre implicaba algo.

Jonathan se fue después de comer para darme algún tiempo a solas con Toby. Escruté a mi nueva abuela buscando señales de extrañeza, pero también señales de trauma. ¿Qué había sucedido en Polonia? Más allá de un ligero acento, cualquier rastro de su pasado se había borrado con el tiempo.

Aún así, sin Jonathan presente, Toby se sintió libre de dejar de actuar, de permitirse ser algo más que “la mamá de Jonathan”. Pudo ser una inmigrante, una refugiada. Puso ser una mujer que pensaba que su genealogía terminaba con su hijo, para descubrir que se había alargado un poco más allá.

Me enseñó su casa, señalando no las fotos de Jonathan y su hermano sino el arte en sus pareces que venía de su país natal. No hablamos de su vida. Hablamos de literatura del Este de Europa y arte ruso.

“Acompáñame abajo”, dijo y la seguí a un sótano rancio pero cómodo cuyas pareces estaban cubiertas de estanterías. Me quedé plantada mientras la abuela se atareaba entre los estantes. Sus dedos – que, como los de Jonathan, se parecían extrañamente a los míos – danzaban entre los tomos.

Sacó un libro de tapa dura del estante y me lo entregó. Cuentos de hadas rusos. “Te gustará”, dijo. Otro libro, más delgado, más nuevo: un análisis de Chekhov, rojo soviético, su nombre en la cubierta. Un tercer libro, un cuarto. Al principio me resistí, pero entonces caí en la cuenta: cada texto era una pieza de su historia. No podía contarme qué le sucedió en Polonia, pero podía darme un diccionario  polaco-inglés. Éramos gente de libros, ella y yo. Si nuestra conexión genética tenia que significar algo, tendría que ir mano a mano con un vínculo literario.

Le dejé leer algunos de mis escritos, mordiéndome las uñas mientras sus ojos recorrían la pequeña pantalla de mi teléfono. “Me alegro de que seas escritora como yo”, dijo. “No lo haces mal. Muchos escritores empiezan como perdistas, ya sabes”.

Amontonamos a Dostoyevsky, Chekhov, mi nuevo diccionario polaco-inglés y cerca de 20 libros más en una caja de cartón y Toby me hizo sentar en su sofá del color de la sopa de guisantes. Dijo: “Nos hice hacer esto”. Obrió un elegante joyero para mostrarme dos brazaletes de cobre idénticos.

Eran bastos, como si algún escolar hubiera decidido hacer una clase de metal para conseguir algunos créditos fácilmente. Quizás la propia Toby se había aficionado a trabajar el metal como hobby de jubilada, aunque no parecía probable debido a su fragilidad. En cualquier caso, su regalo fue una delgada banda de metal, sin pretensiones, pero tan simbólica como un anillo de compromiso. Se puso la suya fácilmente, mientras me miraba con expectación.

La mía no encajaba. Apreté y empujé, intentando forzarla sobre mis nudillos. “No pasa nada, entrará”, le aseguré, mordiéndome los labios cuando el metal me arrancó un pedacito de piel.

Quería ser la descendiente que Toby esperaba, incluso si debía derramar sangre.

Conduje hora y media de vuelta a casa de mis madres en silencio absoluto. Sin radio, sin podcasts. Me quité los zapatos en el cómodo y destartalado vestíbulo. Nuestro carro de laboratorio; nuestro gato negro aposentado en la mesa del comedor; la bandera arcoiris que aleteaba en la ventana del comedor. Ahí es donde pertenecía.

Vi a Jonathan, mi donante, algunas veces más, pero enseguida descubrimos que aunque nuestro ADN compartido era dolorosamente obvio, éramos una estudiante de instituto y un hombre de mediana edad padre de un niño pequeño, y no teníamos demasiado en común en el fondo. De tanto en tanto, nos enviamos un correo electrónico que siempre contenía el mismo mensaje: Pienso en ti. Conocerte fue importante. Espero que estés bien.

Toby, sin embargo, es una carga psíquica más grande. No he leído el libro que escribió; no rompí el diccionario de polaco. Guardé el brazalete escondido en cajones con trastos o joyeros durante las mudanzas de mi juventud. Como si llevara alguna carga. Incluso tocarlo me llena de culpa, de un sentido de obligación que he tenido desde que nos conocimos.

¿Quién habría sido si hubiera crecido conociéndola, conociendo su historia? ¿Tiene importancia que yo no sea ni judía ni polaca, pero que exista debido a esta genealogía? No pensamos mucho en los lazos de sangre en nuestra época, o al menos yo no lo hago. Pero me parece increíblemente trágico que si no tengo hijos, una parte de su historia terminará en mi. ¿Es presuntuoso asumir que tengo conexión con esta historia, cuando realmente su hijo se masturbó en un bote? No sé si me gusta leer gracias a que una de mis abuelas me sentó en sus rodillas y me contó cuentos, o porque la otra, una desconocida, me transmitió esta afición a través de su ADN. No saberlo me mata. No saberlo es la razón por la que decidió escribir a mi donante de esperma.

En el proceso de escribir este texto, rescaté mi brazalete de cobre de mi caja de “trastos sentimentales”, la examiné buscando algo de claridad, la empujé contra mis nudillos para ver si esta vez sí encajaba. No tendré hijos. La genealogía de Toby muere conmigo. Pero estoy sacándome un máster en Periodismo, y somos ambas gente de libros. De alguna manera, quizás la que más importa, llevo su legado tal y como está en nuestro ADN.  

Familias reales

 

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Vimos con interés el programa “Familias reales” que esta semana se emitió en televisión. En el documental, que seguía a una familia homoparental, una familia reconstituida y una familia monoparental, participaba una conocida (la madre monoparental embarazada de su segunda criatura que acababa de perder el trabajo). Además, el cásting de familias a las que seguían en menor medida, como en fotos fijas, era muy interesante: hijos adultos de familias homoparentales o monoparentales, adopción, numerosas, sin hijos, un padre trans, y hasta una trieja. Me quedé con las ganas de saber más de todas ellas… porque los que hicieron el documental (y el debate que se hizo a posteriori) utilizaron el argumento de la diversidad familiar, siempre interesante y enriquecedora, como excusa para emitir un publireportaje sobre las bondades de los vientres de alquiler. La historia de los dos padres que esperaban un hijo de una gestante (“ella tiene clarísimo que no es su madre”) en Canadá ocupó la mayor parte del tiempo del documental, fue la única que concluyó a pesar de que en el reportaje vimos otros embarazos, luego se le sumó una larguííííísima conexión en directo con los padres recientes, la participación de varias mujeres que habían sido o esperaban ser madres gracias a vientres de alquiler en Ucrania (y que me recordaron siniestramente a las esposas de “El Cuento de la Criada”) y un debate donde se dio voz una vez más al discurso en defensa del derecho a llegar a la parentalidad utilizando cuerpos ajenos.

Lástima de ocasión perdida para hablar de cómo son realmente las familias reales.

 

 

Encuentro con la generación perdida de los Donantes de Esperma

Muchas conversaciones con madres solas por donación de gametos y con adoptantes convencidos de que a sus hijos e hijas no les interesa demasiado su origen, me han hecho llegar a dos conclusiones: la primera, que cuando en casa se habla abiertamente de los orígenes (las familias biológicas, el país de nacimiento, los donantes), las criaturas hablan de ello, preguntan y demandan más información (o se duelen por no poder conseguirla); y la segunda, que intentar preservarles de la posibilidad de conocer en esta época de análisis de ADN y redes sociales es como intentar poner puertas al campo.

En esta línea, me ha parecido interesantísimo este artículo, que comparto aquí en traducción casera.

A photo illustration of two young women embracing against a background of DNA strands

El pasado enero, en una zona de oficinas en Phoenix, Arizona, dos mujeres con barbillas y sonrisas parecidas se encontraron por primera vez. Se reconocieron la una a la otra y se abrazaron inmediatamente: “Cuando empezamos a hablar, era como hablar con alguien a quien conocía desde hacía mucho”, recuerda Courtney McKinney, una mujer de 28 años que creció con una madre soltera en Sacramento, California.

La serie de acontecimientos que llevaron a McKinney hasta Alexandra Sánchez – que también tiene 28 años y creció en Colorado y Arizona con una madre cuya compañera de vida era ambiguamente conocida como una “tía” – empezó décadas atrás, antes de que ambas mujeres nacieran. Tanto McKinney como Sanchez supieron en su adolescencia que habían sido concebidas a través de donación de esperma, pero ninguna de las dos sabía quién era su padre. La madre de Sánchez es hispana, la de McKinney es negra, y ambas siempre pensaron que se parecían a ellas. Este día de enero, se encontraron para hacerse un test de ADN que más tarde confirmaría lo que habían intuido solo con verse.

Personas como McKinney y Sanchez que fueron concebidas a través de donación de esperma, alcanzaron la mayoría de edad en un momento curioso. Nacidas casi tres décadas atrás, son miembros de una generación intermedia: las criaturas concebidas con gametos de donante que nacieron antes que ellas tienden a no saber de sus padres o de ningún “hermano de donante”. Y mientras los donantes de los 80 y los 90 mayoritariamente planearon permanecer en el anonimato, en el tiempo pasado desde que McKinney y Sanchez nacieron, el crecimiento de los tests de ADN han hecho este anonimato más incierto. Mientras, la práctica de la industria y el consenso de los psicólogos están alejándose de las donaciones anónimas, así que la época en la que el anonimato era lo previsto parece haber terminado.

McKinney, Sanchez y decenas de miles de otros están en un grupo distinto: más jóvenes que los que nunca conocieron a sus donantes (o ni siquiera supieron que los tenían), pero mayores que aquellos cuyos donantes entienden que algún día pueden tener noticias de su descendencia. Las revelaciones y relaciones que resultan de descubrir esto cuando son adultos – con donantes, con medio hermanos – pueden cambiar lo que creen de ellos mismos, y en algunos sentidos, quiénes son.

Para McKinney, las preguntas sobre su historia empezaron en la adolescencia, después de conocer su origen. “Recuerdo llorar cuando lo supe”, dice McKinney. “No estaba nada feliz. Recuerdo decir “me siento como un experimento científico. Ni siquiera fui concebida gracias al amor entre dos personas”. Pronto, sin embargo, empezó a especular sobre la otra mitad de su línea genética. ¿Qué aspecto tendría su donante? ¿Se parecería su personalidad a la de ella?

Hay un nombre para este sentimiento – esta curiosidad, esta sensación de que te falta una pieza, esta ansiedad de que algún aspecto latente de ti mismo pueda aparecer algún día y no haya una raíz donde rastrearlo. En 1964, los psicólogos Erich Wellisch y H.J. Sants, que estudiaron y trataron adoptados con problemas, comprendieron que la falta de conocimiento de la herencia genética induce un estado que calificaron como “desconcierto genealógico”. Wellisch y Sants argumentaban que no conocer los ancestros podría impedir desarrollar una imagen mental clara del propio cuerpo, algo que consideraban necesario para desarrollar un sentido de la identidad. También creían que el “desconcierto genealógico” podía atrofiar el desarrollo de los sentimientos de pertenencia.

Los adoptados son, claro, distintos de las criaturas concebidas a través de gametos de donante; para empezar, los adoptados a menudo tienen que lidiar con sentimientos de rechazo de sus padres biológicos, mientras que los niños concebidos con donante saben que sus misma existencia nace del profundo deseo de parentalidad de al menos uno de sus padres. Pero la idea entonces era (y hasta el punto, sigue siendo) que ambas situaciones hacen a las criaturas preguntarse sobre su familia de una manera similar.

La donación de esperma – un hombre que aporta su esperma para concebir una criatura que para todos los efectos pertenece a padres a distintos a él – ha existido durante siglos. Uno de los primeros casos registrados de donación de esperma en el mundo occidental fue en 1884, cuando un doctor en Filadelfia inseminó a una mujer con semen donado por su estudiante en prácticas “más atractivo”. La práctica ganó popularidad durante los años del Baby Boom después de la II Guerra Mundial, aunque a menudo se mantuvo en secreto para las criaturas y el mundo “tanto para proteger al hombre del estigma de la infertilidad como para proteger a la criatura del estigma de la ilegitimidad”, según un artículo de 2008 en la revista “The New Atlantis”. En general, el secreto fue la norma hasta el cambio de milenio.

Cuando Wellisch y Sants estaban haciendo su investigación, las donaciones de esperma se destinaban abrumadoramente a parejas heterosexuales, y la práctica se volvió más habitual en los años 70; se estimó en 1979 que entre 6.000 y 10.000 criaturas nacían cada año en Estados Unidos vía donación de esperma. Por entonces, “muchos médicos no se habrían ni siquiera planteado inseminar a ninguna mujer que no estuviera casada”, dice Scott Brown, el director de Servicios al Cliente y Comunicación de Cryobank, en Los Angeles, California, que posibilitó la concepción de Courtney McKinney. “La mayoría de gente no pensaba contar a sus hijos que habían sido concebidos con esperma de donante”.

Las directrices para la donación de esperma y otros métodos de reproducción asistida durante la mayoría del siglo XX reflejaban esta actitud, priorizando la confidencialidad de padres y donantes por encima del deseo de las criaturas de saber. Una encuesta ampliamente citada entre “médicos que podrían practicar la inseminación con esperma de donante” reveló que solo el 30% de 471 mantenía registros permanentes de los donantes, y más de 4 de cada 5 encuestados se oponían a cualquier legislación que les obligara a conservar estos registros – su preocupación por proteger la privacidad de los donantes y el riesgo de cualquier confusión estaban por encima de los derechos y responsabilidades. El mismo estudio revelaba que, en contra de lo que sucede hoy, los receptores de esperma raramente tenían parte en la elección del donante. Casi todos los médicos encuestados en aquella época escogían los emparejamientos, generalmente seleccionando a los donantes de grupos de médicos, graduados o estudiantes que habían cobrado por sus muestras de semen.

La situación de la donación de esperma es hoy en día muy diferente. “Hablamos de una industria que va dirigida en un 75 u 80% a parejas de mujeres o madres solteras por elección a través de la donación de esperma”, dice Brown. “Las criaturas son muy conscientes de cómo han sido concebidas. Incluso muchas parejas heterosexuales comparten con sus hijos que han sido concebidos con gametos de donante, como las familias adoptivas explican a los niños que son adoptados desde muy pronto”. (Aunque las estadísticas son difíciles de encontrar, en 2010, un estudio estimó que entre 30.000 y 60.000 criaturas son concebidas cada año en los Estados Unidos a través de donación de esperma, de unos 4 millones de nacimientos. Hacia el año 2000, por otra parte, unos 136.000 niños – de todas las edades – eran adoptados en los Estados Unidos).

Cada vez se pone más el foco en cómo afecta a las criaturas ser producto de una donación. En un estudio del 2011, los psicólogos descubrieron que no hay diferencias en el bienestar psicológico de la calidad de la cualidad de la relación madre-hijo de criaturas de 7 años a los que se había contado sus orígenes con gametos de donante y criaturas que habían sido concebidas naturalmente; los investigadores solo encontraron un vínculo ligeramente más frágil entre criaturas de 7 años que habían sido concebidas con gametos donados pero no eran conscientes de ello.

Dicho esto, un estudio de 2010 que comparaba niños concebidos con donante, niños adoptados y niños concebidos de forma natural, hecho por un think tank llamado Commission on Parenthood’s Future, encontró algunas evidencias de que la descendencia de donantes tenían más probabilidades de luchar con adicciones, delincuencia, depresión u otras enfermedades mentales que los niños adoptados y biológicos, y que la descendencia de donante tenían el doble de probabilidades que los niños criados por ambos padres biológicos de tener problemas con la ley y con abuso de sustancias (es importante, en todo caso, señalar que el estudio no hace distinción entre los niños concebidos con donante que crecieron conociendo sus orígenes los que descubrieron inesperadamente que sus padres habían estado ocultándoles la verdad).

La cosa es que los datos no son concluyentes, y en última instancia no dejan claro que el anonimato sea preferible. Y a falta de un argumento de peso contra el descubrimiento, la curiosidad ganará.

En efecto, hay una curiosidad extendida entre los descendientes de donante de esperma sobre su procedencia. Un estudio del 2011 en la revista Human Reproduction concluyó que el 82% de los niños concebidos con donante tenían la esperanza de poder contactar algún día con su donante, la mayoría porque tenían curiosidad sobre su apariencia física. Un estudio similar de 2010 reveló que el 92% de los concebidos por donante encuestados estaban buscando activamente a su donante, sus hermanos de donante , o ambos.

Mientras muchos expertos concuerdan en que los descendientes de donante suelen preferir saber quién son sus donantes, muchos padres que han hecho uso de la donación de esperma se enfadan ante la idea de que un donante hasta el momento anónimo pudiera aparecer en la vida de sus hijos, y algunos donantes también preferirían no ser contactados. Pero como argumenta Susan Crockin, abogada y profesora adjunta en Georgetown Law, es razonable que una criatura diga “si para ti como padre o madre fue tan importante al escoger el donante tener en cuenta ciertas características, ¿cómo puedes no comprender que es importante para mí saber de dónde vengo?”

Esta mirada, compartida por Crockin y otras personas, ha inspirado en los últimos años las políticas que administran la donación de esperma (igual que la adopción), tendiendo cada vez más a la apertura. Hoy, a los padres de todo el mundo se les recomienda tajantemente que informen a sus hijos de sus orígenes tan pronto como se pueda. En los 90 y 2000, en gran parte debido a la mayor aceptación entre las parejas de lesbianas y madres solteras (cuyos hijos concebidos con donante pueden sumar dos y dos y preguntarse qué parte adicional ayudó a crearlos), muchos países, incluidos Suecia, el Reino Unidos y Alemania, promulgaron legislaciones para ilegalizar las donaciones en las que el nombre del donante no pueda ser desvelado bajo ninguna circunstancia (la donación de óvulos también también se ampara en gran medida bajo el ámbito de esta legislación, aunque vale la pena señalar que el proceso es mucho más exigente para la donante, lo que significa que los óvulos donados son más baratos que los espermatozoides donados).

En el Reino Unidos, en 2005 la ley posibilitó a todos los británicos concebidos por donante el derecho a solicitar y recibir información no identificativa como la altura, el peso, el color del pelo o los ojos, el país de nacimiento y el año, la etnia, el estado civil y parental en el momento de la donación, cualquier cosa relevante en la historia médica o personal y cualquier información adicional que el donante hubiera querido aportar, como el trabajo, la religión, los intereses y las razones para donar. Información identificativa como el nombre completo y la última dirección conocida puede ser requerida por las autoridades cuando una persona llega a los 18; los donantes pueden incluso escribir un mensaje de buena voluntad para su futura descendencia al que se puede acceder cuando cumplen 16, una vez se compruebe que no contiene información identificativa. En cambio, otros países, como España, solo permiten la donación de esperma anónima; en estos lugares, los donantes conocidos son ilegales y los equipos médicos escogen a los donantes anónimos en base al tipo de sangre y las rasgos fenotípicos de la madre o padres en ciernes.

En los Estados Unidos, la donación de esperma está muy poco regulada, y las leyes que la regulan varían en cada estado – en 2011, Washington se convirtió en el primer estado en promulgar una legislación que convertía la donación en “abierta” por defecto, que requiere que los donantes especifiquen la demanda de anonimato si así lo desean (Washington es el único estado con esta ley).

A falta de una marco legal integral, muchos bancos de esperma imponen sus propias normas y regulaciones. Muchos, como el Fairfax Cryobank (que tiene 7 localizaciones a lo largo de Estados Unidos), ofrece múltiples niveles de privacidad a los donantes. Esto incluye desde “Identidad abierta”, en la que el donante y la receptora se ponen de acuerdo antes de la inseminación en que el banco facilitará los detalles identificativos del donante a los hijos si estos lo solicitan después de los 18. También incluye la opción “anónima”, que promete mantener el nombre del donante y su información de contacto privada pero permite a las familias receptoras conocer alguna información personal y médica no identificativa, como la etnia, las características físicas y un historial médico familiar actualizado.

Otros, sin embargo, como el California Cryobank, donde trabaja Scott Brown, tienen políticas que alejan la posibilidad de que un donante permanezca en la sombra y desconocido para siempre. Durante el tiempo en el que ha funcionado CCB, ha garantizado que si alguien contacta con el banco después de los 18 años, reclamando localizar al donante, ellos se pondrán en contacto con el donante. Y si ambas partes están de acuerdo, el banco mismo facilitará comunicación anónima entre ambas partes hasta que decidan identificarse y comunicarse libremente o una de las partes decida cortar la comunicación. El año pasado, sin embargo, el CCB puso en marcha una política según la cual todos los donantes nuevos deben acceder a facilitar a los descendientes acceso al nombre de donante, la localidad donde se hizo la donación, la última dirección y el correo electrónico, cuando cumplan los 18.

“Los psicólogos pronto estarán de acuerdo en que es lo mejor”, dice Brown. “E intentamos proveer este nivel de contacto lo mejor que podemos”. Es el cambio más importante respecto a cómo se hacían las cosas en los 70 cuando, dice Brown”, “no se había pensado mucho en las ramificaciones a largo plazo de estas cosas”.

Para Alexandra Sanchez, encontrar a Courtney McKinney fue una bonita sorpresa. Sanchez hacía poco que había empezado a tener curiosidad sobre la otra mitad de su familia biológica: ni ella ni su marido habían conocido a sus padres, y cuando la pareja empezó a hablar de tener familia, se preguntó si sus futuros hijos saldrían a personas que nadie en su familia conocía.

Para McKinney, en cambio, encontrarse con Sanchez fue un descubrimiento largamente deseado. Cuando McKinney tenía 16 años, su madre le puso un vídeo casero, grabado poco antes de su nacimiento, que había guardado para ella. En el vídeo, su madre le explicaba – a la cámara, a su futura hija – que había sido concebida por donación de esperma. Así McKinney descubrió que no era de hecho el resultado de un corto romance entre su madre y una figura brumosa llamada “Charles” (que resultó ser una ficción), sino el producto de una transacción entre su madre y el hombre que había escogido en un catálogo.

McKinney quería conocer al hombre del catálogo, así que cuando tenía 19 años, pidió información al California Cryobank. Una empleada llamó a su donante, pero no hubo suerte. “La empleada  me dijo que él se quedó en shock, pero que tenía familia. Nunca se lo había contado a su esposa”, dijo McKinney, “así que no quería ningún contacto”.

Lo volvió a intentar a los 22, después de graduarse en Yale. “Fue como, igual le preocupa si soy lista. Igual esto le hará cambiar de idea”. No fue así. Lo volvió a intentar a los 26, “para ver si podía conseguir información médica”. Esta vez, pudo conseguir 4 páginas con descripciones físicas y algo de historia médica – “el color de los ojos y pelo de los abuelos, de qué habían muerto, y de qué habían muerto sus padres”.

Comprensiblemente, McKinney quería más. Así, más de una década después de descubrir de donde salía, se dirigió a un recurso que había empezado a ser popular en los 2000 entre los adoptados y los hijos de donante: las empresas de genealogía online. McKinney se apuntó a MyHeritage, 23andMe y Ancestry (una compañía que ha hecho un anuncio en el que ella sale) y en noviembre del año pasado, coincidió con Sanchez en MyHeritage.

Estas empresas hacen que encuentros como el de Sanchez y McKinney sean cada vez más habituales. Como han señalado psicólogos como Andrea Braverman, de la Thomas Jefferson University, es una victoria para la apertura, pero  la facilidad y conveniencia con la que los humanos pueden encontrar ahora otros humanos con los que comparten ADN son una amenaza a las frágiles barreras que los donantes y los bancos de esperma acordaron décadas atrás para mantener la confidencialidad.

“Creo que el anonimato es un mito”, dice la abogada de familia Crockin, “y se lo he estado diciendo a mis clientes durante casi 10 años”. Gracias a la proliferación de los tests genéticos, que notifican a los usuarios cuando una persona genéticamente relacionada entra en la base de datos, estoy totalmente segura” (A pesar de esto, Sanchez y McKinney no han identificado a su donante).

Lo que aumenta la probabilidad de que las identidades de los donantes finalmente se revelen,  es que no es necesario que su propio ADN forme parte de las bases de datos para que los descendientes los encuentren. A mitad de los 2000, un adolescente pudo rastrear con éxito su donante hasta el momento anónimo usando una web de genealogía para determinar el último nombre que estaba conectado con la Y de su propio cromosoma. Y, más recientemente, las autoridades en California identificaron a un presunto asesino en serio introduciendo ADN de la escena del crimen en bases de datos online, a pesar de que la base de datos solo tenía información sobre familiares del hombre.

La dificultad de preservar el anonimato es una realidad que los bancos de esperma deberán confrontar. Scott Brown dice que estos días, el CCB se enorgullece de ser directo con los donantes. “Consideramos el anonimato del donante es un acuerdo legal entre nosotros y los donantes. No vamos a desvelar sus identidades o información de contacto a nadie, sean los descendientes (mientras son menores), los medios o los clientes”, dice, “pero esto no quiere decir que los clientes o la descendencia no puedan descubrirlo por ellos mismos”.

Incluso la promesa de un modelo de donación de esperma más abierto, no es suficiente para algunos. Un especialista en fertilidad recientemente sugirió a Alexandra Sanchez y su marido que, después de experimentar algunas dificultades para concebir, podrían considerar la donación de esperma.

“Fue algo que rechazamos tajantemente”, dice, y ella y su marido prefirieron intentar una Fecundación in Vitro. Dice que no podría resistir mirar a sus futuros hijos sabiendo que siempre tendrán curiosidad, como ella dice, “por cómo es la otra mitad”.

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