familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Archivo para junio, 2021

Diario del año de la peste, entrega 284

Llevo días leyendo en las redes memes pidiendo que se respete a la gente que decida seguir llevando mascarilla cuando sea obligatorio.

Puede ser una ilustración de una o varias personas y texto que dice "Si tu amig@, familiar conocid@ decide no quitarse mascarilla el día 26, recuerda que está en su derecho. Evita frases como "venga, quítatela, no pasa mada", "eres un@ exagerad@", etc. 1006 RESPÉTALE NO JUZGUES"

Primer día liberados de mascarillas en exteriores. Salgo a la calle a andar, el 99% de las personas siguen llevando mascarilla, incluso en espacios amplios y poco concurridos. Incluso en el bosque, que atravieso prácticamente sin cruzarme con nadie.

Oigo los pájaros trinar en las ramas de los pinos y pienso que hay otras ciudades, pero están en esta.

Diario del año de la peste, entrega 283

Hace casi una vida, en un cumpleaños en el parque, la abuela de G. miró a A. y me dijo: “Ya no tienes bebé”. 

Yo acababa de empezar el proceso de convertir nuestra pequeña familia de 3 en una gran familia de 6, P. tenía entonces 3 años y era diminuto: se dormía en brazos de su madre cuando salíamos a pasear, era achuchable y transportable. 

Así que le dije que sí, que volvía a tener un bebé. 

Ya había hecho el duelo por el tercer hijo que no me veía capaz de criar sola, dadas las exigencias de la crianza de los dos que tenía; y la llegada de P., tan chiquitito y tan lindo, fue un regalo. 

Ayer P. terminó la primaria. Con su graduación a la que solo fue N. (protocolo Covid). Su canción en el patio, mascarillas, que vi más tarde en video, la entrega de camisetas, el aperitivo compartido, las lágrimas, la despedida. 

Todo lo que A. no tuvo hace un año, con esta etapa en la escuela que se cerró en falso, sin volver a pisar el edificio, sin despedirse de sus maestras y sus compañeros, sin ritual de paso. 

Pero no es sólo P. el que cierra una etapa de su vida: también la cerramos nosotras. 

Me da pena toda esta vida que queda atrás, la de los coles y los corrillos en el patio con otras familias, la cercanía de las maestras y la escuela como extensión de casa. 

Quién me lo habría dicho.

Verano

El bote blanco - Joaquín Sorolla - Historia Arte (HA!)

Bajar las persianas por la mañana y volverlas a subir por la noche. No olvidarnos de regar las plantas que empiezan a languidecer. Los atardeceres interminables en el patio. El olor a jazmín. Las sandalias. El ruido de voces que sube desde la calle. Las cerezas y la sandía. La chaqueta que inaugura la temporada de verano en la oficina. Las gotas de sudor salado y tibio bajo la mascarilla. El moroso ritmo circular del ventilador. El primer salmorejo de la temporada. Las horas de sol convertidas en horas de siesta. La piscina. La búsqueda de sombras. La imprescindible botella de agua helada. La horchata. Los nervios del final de curso inminente. El montón de novelas pendientes. Los planes para las vacaciones. La nostalgia de las fogatas y los petardos.

Hace una semana escribí este texto para este blog, pero otros temas más urgentes me hicieron guardarlo para unos días más adelante. Estábamos a 37 grados, y había pasado el 40 de mayo.

Hoy entra el verano más atípico climáticamente de los últimos años. Por la noche nos tenemos que echar encima el cobertor y no se puede salir de casa sin un chal o una chaqueta (además de la que guardamos en la oficina). Apetece más hacer excursiones que ir a la piscina. Cuando salimos, a ratos buscamos la sombra, pero otros nos giramos hacia el sol. Las tormentas más propias de finales de agosto que de junio riegan las plantas por mí.

Y aún así, huele a vacaciones.

Las criaturas van acabando el curso de forma escalonada: hay algún examen final, fiestas de fin de curso, excursiones. Notas y matrículas para el próximo curso, en el que ya les tendremos a todos en el instituto. Es el primer verano no pandémico sin campamentos. Se hacen mayores.

El tiempo.

Diario del año de la peste, entrega 282

Bajo del metro. Me toman la temperatura. Me pongo en la fila. Avanzo y voy leyendo carteles que indican que prepare el Código QR que me mandaron cuando me autocité y el DNI. Llego al final de la fila. Leen el Código QR. No me piden el DNI, solo la letra.

Sigo las flechas hasta el final del pasillo. Una pantalla me indica que suba al piso de arriba. Un chico de uniforme me dice que me siente hasta que salga mi número. Me siento. Antes de que salga mi número, el chico de uniforme me indica que me ponga en otra fila. Entro en una sala inmensa, alargada, donde hay una fila de mesas con personas sanitarias, ordenadores, bandejas con jeringas. Una chica me indica a que puesto tengo que ir.

Llegó al puesto. Espero que atiendan al hombre que va antes que yo. Vuelven a leer el Código QR. Me preguntan el número del DNI. Me dicen que me van a vacunar con Janssen, solo una dosis y me dan un papel que así lo certifica.

Rusia descubrió la vacuna contra el coronavirus y llegaron los memes |  Bolavip

Me siento en la silla. Me pinchan en el brazo izquierdo. No miro.

Sigo las flechas del suelo. Llego a una sala de espera. Me indican que espere 15 minutos. El tiempo transcurre en una pantalla que hace las veces de reloj.

Una señora se marea. Le indican que vaya a la otra sala de espera, donde hace menos calor.

Me pregunto si tengo dolor de cabeza, si veo peor de un ojo. Si me mareo. O si solo es aprensión.

Terminan los 15 minutos y me levanto. Sigo las flechas, hasta el exterior. Regreso al metro.

Y todo este tiempo lo único que me viene a la cabeza son los circuitos de un matadero.

Diario del año de la peste, entrega 281

Hace algo más de un año, nos mandaron a trabajar a casa. De un día para otro, en ocasiones sin poder recoger nuestras cosas, sin medios: tuvimos que comprarnos ordenadores, sillas, contratar tarifas más potentes de teléfono. Nadie nos compensó la electricidad, o la calefacción, las llamadas que hicimos con nuestros teléfonos. Seguimos haciendo nuestro trabajo en espacios que no estaban pensados para trabajar a jornada completa, mientras atendíamos a nuestras criaturas, o en completa soledad, en mesas que cuando terminábamos – o interrumpíamos – el trabajo debíamos liberar para comer. En mesas que nadie vino a limpiar al terminar la jornada, con equipos que ningún informático de la empresa revisó cuando fallaron, usando papel y bolígrafos y toner propios.

Durante más de un año hemos trabajado desde la distancia, sin relación con nuestros compañeros, sin la interacción social que enriquece el trabajo y la vida, resolviendo solos los contratiempos y tomando decisiones que no nos correspondían.

Algunos disfrutando del tiempo en familia, otros sufriendo; otros deseando regresar a la oficina, al entorno laboral, a los horarios con principio y final, a mirar a la gente a los ojos.

Hace unas semanas nos dijeron que debíamos empezar a volver; uno o dos días en semana. La semana pasada, que en septiembre había que volver a la incorporación plena; o cuando nos vacunaran. Esta semana – aún lejos de septiembre, aún sin vacunar – nos dicen que cómo puede ser que no estemos trabajando presencialmente.

A pesar de que hasta ayer decían que fuéramos el mínimo de gente posible, aún no está la emisora 100% en funcionamiento y aún no estamos todos vacunados.

El problema no es volver, que es algo siempre deseable: el problema es este clima de desconfianza, este convencimiento de que cuando estamos en casa no damos golpe.

Como si nos hubiéramos ido a casa por capricho; como si no hubiéramos estado teletrabajando porque ellos nos mandaron a teletrabajar, porque hay una pandemia y eso.

Sobre lo de las niñas asesinadas

En noviembre de 2017 empezó uno de los juicios más mediáticos del feminismo reciente: el del caso de “La Manada”, aquella salvaje violación grupal en los Sanfermines del verano del año anterior. Un mes y medio más tarde, se encontró el cadáver de Diana Quer, una chica que había desaparecido precisamente en el mismo verano en el que una pandilla de malas bestias había violado a la chica de los Sanfermines en un portal de Pamplona. 

La vida y la familia de Diana Quer habían sido analizadas y cuestionadas: una chica que desaparecía en la noche sin dejar rastro no podía ser de fiar. Cuando se encontró su cuerpo se supo que había sido secuestrada y asesinada por un hombre que pretendía violarla; de hecho, se descubrió qué había pasado cuando, año y medio más tarde, intentó hacer lo mismo a otra chica. Se habló mucho de la necesidad de aumentar las penas para este tipo de agresiones, pero muy poco de que este hombre ya había violado anteriormente a otra mujer, su cuñada, y que nadie la creyó. Que estaba en la calle porque nadie, ni su propia familia, creyó a su primera víctima. 

La chica que sufrió la violación grupal en Pamplona se había atrevido a denunciar, y por ello fue perseguida, insultada, vilipendiada, se airearon sus datos y sus imágenes, se le pusieron detectives para comprobar si había quedado tan traumatizada, se hicieron burlas y memes de ella, se cuestionó su testimonio, se dijo que en realidad ella deseaba que la violaran… Fue revictimizada una y otra vez. 

En esta coincidencia se evidenció una paradoja sangrante: cuando nos intentan violar pueden pasar dos cosas: que nos asesinen o que, si sobrevivimos, se vuelva en nuestra contra. No hay manera de que salgamos bien paradas. 

Ahora estamos viviendo una paradoja similar con otros dos casos igual de sangrantes: el mismo día en el que se encontró el cuerpo de Olivia, una niña de 6 años secuestrada y (presuntamente) asesinada por su padre junto a su hermana pequeña, entraba en la cárcel Juana Rivas, una mujer que se había escondido con sus hijos para protegerlos del maltrato del padre de las criaturas. Juana Rivas fue condenada con pena de cárcel, indemnización a su ex marido, inhabilitación para ejercer la patria potestad de sus hijos. 

Hay en inglés una expresión que se llama “Win-win situation”: una situación en la que todas las partes que participan en ella, ganan. Tengo la sensación de que con la violencia hacia las mujeres sucede todo lo contrario: suceda lo que suceda, haga lo que haga, tome la postura que tome, la víctima siempre sale perdiendo. 

Sobre lo de Rocío

Documental: ¿Está Rocío Carrasco embarazada? | El Correo

Nunca habría pensado que vería T5. 

Sí, yo también he caído en la serie documental de Rocío Carrasco, no el primer día, pero tampoco mucho más tarde (vi el primero dos o tres días más tarde. Por prurito profesional, ya sabéis), y desde entonces estoy enganchada a este relato como una yonki, es un programa con el que ahora mismo no puede competir ni la mejor ficción. 

Lo primero que pensé de Rocío Carrasco es que se había hecho un master en Derecho. Después, que se lo había hecho también en psicología.

Por no hablar de la capacidad comunicativa que tiene: envidiable. El equilibrio entre la emoción y la reflexión… la espontaneidad y la documentación… los tempos del relato… la construcción del relato. 

Siempre había pensado que esta mujer vivía a costa del nombre de su madre; hoy pienso que quizás si no hubiera tenido la madre que tiene se le habría permitido brillar con luz propia. 

Hay un antes y un después a muchos niveles de esta docuserie. Cambiará la televisión, cambiará nuestra percepción de la violencia de género, de hecho lo ha hecho ya. Ha puesto un montón de debates encima de la mesa. Ha abierto los ojos a muchas personas sobre lo que es la violencia de género, el maltrato. 

Algo que no se puede resumir, que hay que contar con tiempo, con espacio, porque algunos maltratos solo se entienden con el goteo de situaciones a lo largo de los años, con la acumulación de capas unas encima de otras para ir dando densidad a la historia. 

El maltrato físico, el psicológico, el aislamiento, el maltrato familiar, el judicial, el mediático. 

25 años de machaque a la luz pública por parte de animales televisivos sin escrúpulos ni ética profesional. 

Se podría hacer un análisis del discurso en las facultades de comunicación, de verdad que me parece redondo a todos los niveles.

Una de las cosas que me indigna, por la parte que me toca, es que se llamen periodistas personas que no cumplen ni lo más básico de ser periodista; investigar y contrastar la información que emiten.

Hablan de «cómo nos engañaron», como si fueran víctimas y no actores del engaño. 

Y entiendo que hay una parte de «deshumanización» del material del que hablan, estos seres que se dedican al (me niego a llamarle periodismo) corazón. Si vieran a esa gente de la que habla como personas humanas, si empatizaran lo más mínimo con ellas, no podrían ejercer este trabajo

Por otra parte, como hija, me remueve hasta los cimientos esta historia. 

Puedo entender a Rocío Carrasco y no por eso deja de dolerme su hija: una criatura dañada, abandonada, maltratada, negligida, utilizada. 

A quien nadie pudo (¿quiso?) contener en su adolescencia, y que esta falta de contención tiene mucho que ver con la adulta en la que se ha convertido. 

 Dañada por un padre que la usó como arma y por una madre a la que las circunstancias: la presión mediática, el maltrato recibido, el acoso de medios, familia y gente de la calle, los temas judiciales, la depresión, la posición de parte de la familia, la falta de sus padres… no la dejaron maternar cómo debería haberlo hecho. Igual que diríamos, por ejemplo, que en una guerra no se ha podido maternar bien: no es un juicio a ella sino un reconocimiento de las circunstancias que vivió.

Igual que somos capaces de ver el maltrato sistémico que ha sufrido la madre, debemos ser capaces de ver el maltrato sistémico que ha sufrido la hija.

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