familia monoparental, diversidad familiar y adopción

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No eres español si no eres blanco

No pasarán': "Madrid tiene que dejar de ser la ciudad franquista por  excelencia para convertirse en referente de la lucha por la libertad" |  Público

«No eres español si no eres blanco», gritaban este fin de semana los nazis en la manifestación nazi de Chueca. La frase parece (es) muy bestia, pero de otras maneras (algo) más sutiles es lo que se les está diciendo a las personas racializadas todo el tiempo: cuando se les pregunta de dónde son (y si dicen una ciudad de este lado de la frontera, se les repregunta), cuando nos sorprendemos de lo bien que hablan castellano – o catalán – o cuando les hablamos lentamente, dando por hecho que no entienden lo que decimos, cuando se les pide el pasaporte o el NIE para hacer un trámite porque asumimos que no van a tener DNI, cuando les para la policía para pedirles la documentación (y no se la piden a las personas blancas), cuando justificamos la necesidad o la intrascendencia de que se les pida la documentación (y no se les pida a las personas blancas), cuando en las series españolas salen institutos donde el alumnado es homogéneamente blanco… 

 “Fuera maricas de nuestros barrios”, gritaban este fin de semana los nazis en la manifestación nazi de Chueca. Con este grito se apropiaban de las consignas antifascistas y hacían suyo un barrio en el que no son bienvenidos. También gritaban “fuera sidosos de Madrid”, utilizando una expresión que mis criaturas nos decían esta mañana con extrañeza que no habían escuchado nunca. No, ya no decimos “sidosos”, pero yo recuerdo, hace no tanto, manifestaciones de madres y padres de familia de todos los colores políticos que se negaban a llevar a su prole a la escuela si no echaban (¿a la calle? ¿A otra escuela donde se manifestarían otras familias?) a criaturas con VIH.  

La homofobia solo existe en la cabeza de la izquierda, aseguraba Ayuso hace unos días. Y que si te llaman fascista, estás en el lado bueno de la Historia.  

En Madrid nadie te pregunta de dónde eres, aseguraba Begoña Villacís.  

Diario del año de la peste, entrega 250

Me hace llegar esto M. Hay que grabárselo con cincel:

Cuando debates con alguien un tema que les afecta más que a ti, recuerda que implica mucho mayor peaje emocional para ellos que para ti. Para ti puede ser como un ejercicio académico, para ellos es poner al descubierto su dolor, solo para que hagas de menos su experiencia e incluso su humanidad. El hecho de que tú seas capaz de conservar la calma bajo esas circunstancias, es consecuencia de tu privilegio, no una muestra de tu objetividad. Sé humilde.

Diario del año de la peste, entrega 108

Casi sin darnos cuenta, hemos cruzado el ecuador de este 2020 tan raro, tan apocalíptico, que empezó con los incendios que devastaron Australia y siguió en esta pandemia que ha asolado ya tres continentes. Por no hablar del neoliberalismo salvaje, el racismo, Vox, Trump y Bolsonaro, que siguen ahí cual dinosaurios despiertos. Y el cambio climático. Si el 2020 fuera una película, sería apocalíptica.

Y todavía nos queda medio año.

Se han cumplido 15 años desde que se aprobó el matrimonio homosexual. No recuerdo ese día, aunque sí la lucha, y sobretodo el convencimiento de que en unos años, la gente que en aquellos momentos consideraba una aberración que se llamara «matrimonio» y que daban los argumentos tan peregrinos, se vería tan rara como la que medio siglo atrás luchaba contra los matrimonios interraciales.

Entonces no sabía que esa ley me iba a permitir un día oficializar mi familia; pero tenía muy claro que, en contra de lo que decían muchas personas de izquierdas, incluso del colectivo LGTBI, luchar por el derecho a casarse no era una opción conservadora y pro-sistema, sino que tenía que ver con la igualdad, la dignidad, el reconocimiento, la visibilidad, la normalización: los Derechos Humanos.

Cuenta Beatriz Gimeno que el presidente Zapatero dijo que la Ley de Matrimonio justificaba su vida política. Estoy de acuerdo. Solo con eso, dejó un país más vivible para todos. Le cambió la cara a ese país de mi infancia que siempre iba a la cola de todo.

Han pasado cuatro meses y medio desde la última vez que estuve en Barcelona.

Entonces no pensé que pasaría tanto tiempo lejos de mi ciudad, de los míos. Que me encontraría en una situación en la que no podía decidir cuándo volver a casa.

Ayer, después de 4 horas llamando a las puertas de las administraciones educativas, de una reunión telemática y un par de horas caóticas de coordinar cosas de trabajo con las maletas, la comida, dejar al gato bien provisto y las plantas regadas y las ventanas cerradas, nos montamos en el coche y viajamos a Barcelona.

Volvimos a hacer esta ruta que conocemos tan bien, entre el esplendor amarillo de la genista y el azul del cielo, bajo nubes como merengues que se tiñeron de dorado y luego de malva cuando un sol naranja como una yema de huevo se puso a nuestras espaldas. 627 kilómetros con sus hitos familiares: el siniestro kilómetro 103, con sus banderas rojigualdas y sus símbolos franquistas, donde siempre aceleramos; la salida hacia Calatayud, donde una vez tomamos un helado y compramos miel; la ciudad dormitorio donde paramos a poner gasolina y cenar bocadillos de tortilla de chorizo; el arco que marca el Meridiano de Greenwich y donde siempre les cuento una anécdota de un compañero de trabajo sobre el tema (una anécdota que tiene mucha menos gracia contada que cuando la vivimos, hace ya unos años); el cartel que indica que ya hemos entrado en Catalunya y «ya podemos hablar catalán»; el tramo junto a Igualada donde una vez pasamos varias horas esperando a que retiraran un camión volcado; la entrada a Barcelona, que nos hace pasar junto a 4 de las empresas en las que he trabajado.

Llegamos cerca de medianoche, y al bajar del coche nos asaltó el olor a mar.

Y ahora escribo en la galería de mi madre, rodeada de orquídeas en flor, en la penumbra que crean las persianas de listones verdes de madera por las que se cuela el aire mediterráneo.

Diario del año de la peste, entrega 83

Cuando nos conocimos N.  y yo, una de las cosas que más me llamó la atención es la sintonía en la crianza. Como nos regíamos por valores parecidos a la hora de educar, como armonizaban las normas e instrucciones que dábamos a las criaturas, cómo una terminaba la frase que había empezado la otra.

Recuerdo un día que salíamos de un vagón de metro con todas las criaturas, con sus bicicletas, y sin necesidad de hablar, nos organizamos para sacar todo y todos como si fuera una coreografía.

Han pasado un puñado de años y claro que ha habido malentendidos, diferencias de criterio, estrés, exceso de obligaciones, agendas apretadas… pero estos días en los que el confinamiento y la crisis lo han exacerbado todo y han hecho estallar las costuras de muchas cosas que se aguantaban con alfileres, estos días en los que leo las quejas de mis amigas por la carga mental que sus parejas hombres no comparten, por el agotamiento de tener que estar encima de todo, por cargar con la logística, lo escolar, el trabajo propio y el de sus cónyuges, no puedo dejar de pensar: que fácil es criar a pachas con otra mujer.

Nos hemos adaptado a la rutina. Levantarnos sin despertador, trabajar las primeras horas con las criaturas todavía dormidas, ayudarles a organizarse con las tareas escolares a lo largo de la mañana, comer juntos – en el patio cuando se puede. La película de después de comer, con sus turnos para escogerla; la salida de la tarde, la cena, el rato de descompresión cuando mandamos a la prole a la cama.

No es muy distinto de lo que haría si pudiera escoger.

Ayer, P. nos dijo que quiere hacer menos extraescolares el año que viene. Quiere dejar la natación sincronizada y el Wu-shu, dos cosas que hacía con gusto, contento, sin pereza.

-Me gustan – dice – pero es que también me gusta hacer otras cosas.

Parece que ha descubierto con esta temporada de parón que este ritmo más lento, más casero, se le ajusta bien; que no necesita llenar las horas.

 

Tone policing

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De un tiempo a esta parte, se oye mucho hablar del “Tone Policing”, traducido al español como “Fiscalización del Tono”

Es un argumento que intenta restar valor a una declaración atacando el tono (airado, faltón, poco educado) en el que se presenta en lugar de responder al mensaje en sí.  Es pues una herramienta para desviar la atención sobre las injusticias. Un cuestionamiento que se hace desde el privilegio.

Y es que la Fiscalización del Tono suele usarse para silenciar a las mujeres o a otros interlocutores que están más abajo en la «escala de privilegios»: las personas racializadas, las que pertenecen al colectivo LGTBI, las que tienen discapacidades, las de una clase social inferior.

“Eres una histérica”, “si no hablas con calma no te escucho”, “modera el tono”.

Mientras ellos, desde su privilegio, con buenas palabras y sin alzar la voz, desde la condescendencia, el paternalismo, el desprecio, la superioridad moral, son capaces de decir cosas tremendamente insultantes, irrespetuosas y desvalorizadoras

En su Carta desde la cárcel de Birmingham, el Dr. Martin Luther King Jr. condenó este modelo de enjuiciamiento, argumentando que se sentía decepcionado con el blanco moderado, más devoto al ‘orden’ que a la justicia.​

¿Y es que, cómo se puede responder a injusticias tan deshumanizantes como el racismo, el sexismo, el capacitismo, la LGTBIfobia, sin alzar la voz ni romper cosas?

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Así lo explicaba Audre Lorde:

Las mujeres racializadas de EE.UU. han crecido inmersas en una sinfonía de ira, la ira de quienes son silenciadas, de quienes son rechazadas, de quienes saben que cuando sobrevivimos, lo logramos a pesar de un mundo que da por sentada nuestra falta de humanidad y que detesta nuestra existencia misma cuando no está a su servicio. Y digo sinfonía en lugar de cacofonía porque hemos tenido que aprender a armonizar la rabia para que no nos destrozara. Hemos tenido que aprender a movernos en ella, a sacar de ella fortaleza, resistencia y comprensión para nuestra vida cotidiana. Aquéllas de nosotras que no aprendieron esta lección, no han sobrevivido. Y una parte de mi ira es siempre una ofrenda por mis hermanas caídas.

La ira es la reacción apropiada ante las actitudes racistas, tal como lo es la rabia cuando los hechos derivados de dichas actitudes no cambian. A las mujeres que temen más la ira de las mujeres racializadas que sus propias actitudes racistas no analizadas, les pregunto: ¿Es más amenazadora la ira de las mujeres racializadas que el odio a la mujer que tiñe todos los aspectos de nuestras vidas?

Yo no puedo ocultar mi ira para evitaros el sentimiento de culpa, la susceptibilidad herida, la ira que desencadeno en vosotras: ocultarla sería menospreciar y trivializar nuestros esfuerzos. El sentimiento de culpa no es una respuesta a la ira; es una respuesta a la propia manera de actuar o de no actuar. En la medida en que conduzca a un cambio puede ser útil, puesto que en ese caso deja de ser culpabilidad y se convierte en punto de arranque del conocimiento. Pero muchas veces el sentimiento de culpa no es más que el nombre que se le da a la impotencia, a la actitud defensiva que destruye la comunicación; entonces se convierte en instrumento para preservar la ignorancia y la continuidad de la situación, en instrumento fundamental para preservar el inmovilismo.

Sin embargo, hay veces en las que se le intenta dar la vuelta y usar el argumento del tone policing para poder seguir insultando.

Por ejemplo, alguien utiliza un insulto capacitista, homófobo, machista, racista, y cuando se le llama la atención, se le señala que es doloroso y por qué, no solo se minimiza este dolor sino que se ahonda en el uso. “Es que ya no se puede hablar de nada”, “ya han salido lxs ofendiditxs”, «no me fiscalices el tono»…

Dice Brigitte Vasallo que el humor tiene que ser siempre hacia dentro y hacia arriba, de lo contrario es opresión; lo mismo se puede aplicar al tone policing, algo que se utiliza para  silenciar las voces de colectivos oprimidos. Usar este concepto para defender el derecho de los grupos privilegiados a negar el derecho a los grupos oprimidos a quejarse cuando son oprimidos, lo pervierte

Normalizar

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C. hablaba el otro día de una compañera del instituto, a la que yo no conocía, y me dijo «es la novia de María». Así, con toda normalidad. Normalidad de tener novia, de decirlo públicamente, de darse la mano en los pasillos, de contárselo a una persona adulta. Que lejos de cuando yo iba al instituto.

Hablaba con A. sobre una noticia que tiene que hacer para el cole, y sobre cómo enfocarla, y me dice: «el titular podría ser: los niños y niñas de 6º B aprenden educación vial». «Y luego en la noticia cuento como los alumnos y las alumnas de la clase, han ido a tal sitio…»

Niños y niñas, alumnos y alumnas.

Cuántas cosas han normalizado.

Diga lo que diga algún partido innombrable, diga lo que diga la RAE

Monoparentalidad, familias, privilegios

Hace unos días hubo un Pleno en la Comunidad de Madrid sobre la posibilidad de que las familias monoparentales tuvieran acceso a ciertas ayudas dado su nivel de vulnerabilidad. Muy reveladora la intervención de Ana Camins, portavoz del PP: 

Me parece muy llamativo cómo, una persona que pertenece a un partido y a una corriente ideológica que tradicionalmente se ha negado a admitir como familia a todas las familias que no responden a su concepto de la misma, que ha atacado, perseguido, prohibido, estigmatizado, a todas las familias diversas, considera un ataque se cuestionen sus privilegios.

Es la misma manera en la que los machistas ven el feminismo, en la que los racistas ven la lucha antirracista, en la que los homófobos ven las reivindicaciones de los colectivos LGTBIQ, en las que las personas sin divergencias ni discapacidades ven la presencia de personas con discapacidad o neurodivergentes.

Esto tan agotador de lo que hablaba Audre Lorde:

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Dos deportistas justos

Según la tradición judía, Dios, cansado de ver cómo la conducta humana ha envilecido al mundo, está siempre a punto de destruirlo. Sin embargo, en cada generación existen 36 personas justas que sostienen el mundo. Estas personas justas no están reconocidas como tales y ni siquiera ellas saben que lo son. Se dedican generalmente a oficios modestos, trabajando como sastres, zapateras o cocheros; se les representa como extremadamente recatadas, sencillas e ignorantes de su altura espiritual.

Pueden ser cristianas o judías, mahometanas o budistas; cualquiera puede ser una de ellas.

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Aunque no soy judía, ni creyente, me he acordado de esta historia cuando he leído el discurso de Megan Rapinoe -la futbolista conocida por su lucha en defensa del salario justo para las mujeres deportistas y el colectivo LGTBI, la que se negó a reunirse con Trump cuando la selección que capitanea ganó el Mundial de Futbol- al ganar el Premio a la Mujer del Año. En su parlamento, ha recordado y mostrado su agradecimiento a otro deportista, Colin Kaepernick, que ha sido expulsado de la Liga de Futbol Americano por arrodillarse mientras sonaba el himno norteamericano para protestar contra los abusos policiales contra la población  negra y la persistente discriminación racial.

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“Mientras disfruto toda esta atención sin precedentes – y francamente, algo incómoda – en gran parte debido a mi activismo fuera del campo, Colin Kaepernick sigue fuera de la Liga por arrodillarse durante el himno nacional en protesta por la brutalidad policial sistemática bien conocida contra las personas racializadas, la injusticia racial sistemática bien conocida, y la supremacía blanca sistemática y bien conocida.

No veo ningún ejemplo más claro de lo vivo y sano que está este sistema que mi presencia ante vosotros ahora mismo. Sería un bofetón en la cara de Colin, y de otras personas, no reconocerlo, y a nivel personal, trabajar sin descanso para desmantelar este sistema que beneficia a algunas personas en detrimento de otras, y que francamente nos desgarra en este país.

Estoy muy disgustada por cómo Kaepernick ha sido tratado por sus seguidores y por el odio que recibido por todo esto. Es abiertamente racista: “Mantente en tu sitio, hombre negro” Simplemente no me parece bien. Necesitamos una conversación más substancial sobre las relaciones raciales y la forma en la que las personas racializadas son tratadas

Todos afrontamos injusticias – yo personalmente estoy en una lucha pública con nuestra federación sobre por qué no merecemos una paga igual a la de los hombres; hay quien dice que hagamos mejor nuestro trabajo. Sé en mi corazón y en mis huesos que puedo hacer más. Que podemos hacer más. Y lo sé porque tenemos que hacerlo. Debemos. Es imperativo que hagamos más”.

No sé si Colin Kaepernick o Megan Rapinoe son creyentes, y tampoco me parece importante. Su postura valiente en estos tiempos tan convulsos, me devuelve la fe en la Humanidad.

Ellos

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Ellos somos nosotros. Nosotras. Las 3.640.063 personas que han votado a VOX (8.447, vecinos de mi barrio) son los hombres que odiaban a las mujeres. Y a los negros. Y a los magrebíes. Y a los gitanos.

Y a los catalanes, claro.

Pero no han aparecido de la nada: votaban a otros partidos de derechas que se dicen constitucionalistas, que se dicen moderados, que se dicen centristas.

Antes de aupar a VOX como tercera fuerza política, ya estaban ahí. Protestando contra el feminismo. Contra las leyes que nos protegen de la violencia de género. Demonizando a los migrantes, a los distintos. Creando discursos para que tengamos miedo a los que vienen de fuera, a los que tienen otros colores. Ridiculizando a las personas LGTBI. Banalizando sus luchas. Llamando “ofendiditos” a todos los que denunciamos que el humor contra las minorías, contra las victorias de los frágiles, no nos representa. Diciendo que con Franco tampoco se vivía tan mal. Argumentando que si nuestros sueldos son precarios y nos desahucian de nuestras casas, probablemente es porque nos lo merecemos.

Animando y amparando a los que nos atacan.

Nos quieren calladas, invisibles, sumisas, encerradas, en casa. Agradecidos y dentro de armarios. O fuera de nuestras fronteras.

Y a los catalanes, fusilados, ya que nos ponemos.

¿Nos congratulamos de que se hayan quitado la careta, o nos asustamos de que hayan perdido los complejos?

Transitando

Estaba viendo el anuncio de Gillette sobre el chico trans a quien el padre le enseña a afeitarse, y pensaba que es maravilloso que esa empresa no se haya arredrado por las muchas críticas que recibieron de muchos de sus potenciales clientes en aquel primer anuncio en el que combatían la masculinidad tóxica.

Como dice el chico, «Todos estamos transitando».

Y que cuando estas cosas llegan a la publicidad, ya no hay vuelta atrás.

 

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