familia monoparental y adopción

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Privilegio

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Debe hacer ¿20 años? salíamos N. y yo de ver una película de Spike Lee, no recuerdo el título y tampoco he sabido encontrarlo, y N. me dijo que le llamaba la atención tanta reflexión entorno a ser negro, que ella nunca había pensado sobre qué significa ser blanca. Quizás fue la primera vez que fui consciente de que muchas más veces reflexionamos sobre lo que nos hace distintos a lo establecido que a lo que nos hace pertenecer al grupo dominante. Los heterosexuales no se construyen entorno a su orientación sexual, ni las personas sin discapacidades sobre el hecho de ver, oír y andar sin problemas; ni los blancos sobre la raza.

Hasta que no tuve un hijo negro, no me planteé siquiera que existiera un White privilege.

¿Qué es un privilegio?

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Es ser blanco y pensar que el color de piel no tiene importancia. Es ser heterosexual y no ver que los impresos de matrícula del colegio discriminan a las familias donde no hay padre y madre. Es ser hombre y no tener miedo cuando vuelves solo y tarde a casa. Es estar en pareja y no ser consciente de lo injusto que es que los packs de los hoteles sean para dos adultos y un niño. Es tener las piernas sanas y no valorar la altura de los bordillos. Es ser cisexual y no plantearte que deba dejar de haber baños para hombres y baños para mujeres. Es tener una nacionalidad europea y no ver que tu cola en la Administración es más corta que la que hacen las personas con pasaporte extracomunitario. Es tener dinero para pagar el viaje de esquí de tus hijos y pensar que sus compañeros no se apuntan porque no les gusta la nieve.

Es no ver que lo que tú das por sentado, otros lo tienen que pelear hasta dejarse la piel.

Algo que solo se ve desde la posición no privilegiada

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Día de las familias

Hoy es el Día Internacional de las Familias, y abundan en las redes fotos como esta:

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O esta:

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¿Por qué mientras avanzamos en la visibilización de la diversidad familiar… seguimos inmóviles en la representación de la diversidad racial?

Mucho mejor este:

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Homosexualidad y adopción

Cuando se habla de adopción y homosexualidad, a menudo nos quedamos solo en el derecho de los gays a adoptar, en las dificultades que afrontarán las familias homoparentales por adopción, a las capas de complejidad que esto añade a las vidas ya muy complejas de los hijos… La gestión de la diferencia, la necesidad de pertenencia, la visibilidad de la familia (doble en el caso de adoptados transraciales).

Pero hay más:

¿Cómo ven, o cómo verían, los países de origen que haya niños que son adoptados por familias homoparentales, incluso cuando la legislación lo prohíbe? A nadie se nos escapa que las restricciones para adoptar que se ponen a las (Y sobretodo los) monoparentales tiene en muchos casos que ver con esto: con que bajo el perfil de “monoparental” hay muchas veces una persona o una pareja gay que no tiene otra forma de adoptar.

¿Cómo ven o cómo verían, las familias de origen de nuestros hijos, que ellos hubieran terminado en una familia homosexual?

¿Qué relación podemos mantener con el país de origen de nuestros hijos si es un país donde la homofobia está generalizada, donde incluso es peligroso? ¿Cómo viajamos y cómo nos movemos por lugares donde la sociedad y la ley no aceptan lo que somos?

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¿Y qué pasa si son nuestros hijos los que son gays? ¿Cómo pueden relacionarse  personas criadas en un país “tolerante”, con un país de origen donde su opción sexual no existe oficialmente o está perseguida? O si son transexuales, ¿cómo entran como mujeres al lugar del que salieron como hombres – o viceversa?

Mucho que pensar.

Identidad y capas

Hace algún tiempo conocí en las redes a M., adoptado transracial adulto y gay, muy activo en muchos grupos de adopción. Siempre aporta puntos de vista interesantes, de los que ayudan a crecer. Como esta reflexión sobre la identidad, las diferencias y las capas:

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Nací en Corea del Sur y fui adoptado, junto con mi hermano gemelo, de bebé. Crecí en el Medio-Oeste de los Estados Unidos, y he vivido en Chicago durante muchos años. Cuando era niño, atribuía todo mi sentido de “originalidad” a ser asiático, y a ser adoptado transracial. Cuando tenía 18 años, salí del armario como gay en mi primer año en la universidad. Mi hermano gemelo, también se reveló como gay al mismo tiempo. Hace 20 años se dio cuenta de que era transgénero, y ahora vive como una mujer.

Ser gay y ser adoptado, y el hecho de ser un adoptado transracial, significa tener varias capas en la identidad, varios elementos. Es muy complejo.

Los niños y los adolescentes de ahora se están desarrollando psicológicamente y socialmente  a edades más tempranas de lo que lo hicimos en mi generación; y están expuestos a muchas más influencias sociales. Lo bueno de ahora es que hay tantas fuentes de información y entretenimiento disponibles. En el momento en que yo estaba creciendo en Milwaukee, Wisconsin, en los años 1960 y 1970, la homosexualidad nunca se hablaba, salvo en susurros asustados y ansiosos, o se mencionaba en relación con el delito o la cárcel. De hecho, yo apenas sabía que existía antes de ir a la universidad. Y me di cuenta después de salir del armario que yo había atribuido la totalidad de mi sensación de diferencia a ser un niño adoptado transracial asiático, cuando en realidad, hay otro elemento muy grande del que yo no había sido consciente.

La mejor manera en la que puedo explicar mi identidad compleja es hablar de las capas de la cebolla–excepto que todas las capas están al mismo nivel. Soy asiático, soy adoptado, soy  adoptado transracial, soy gay, soy  inmigrante (no nacido en el país donde yo vivo y del que soy ciudadano). También soy padre, y periodista, y americano. Todas estas capas son verdaderas. Todas son elementos de mi identidad. Ninguna de ellas es “más importante” o “más significativa.” Simplemente existen, juntas, en mí. Y cada elemento afecta a los demás.

Un resultado muy importante de tener tantas identidades es que siempre me siento raro, diferente, alejado de los demás, incluso en grupos compuestos de miembros con una identidad común. Por ejemplo, en un grupo de hombres gay, yo podría ser el único hombre de color, y ciertamente el único adoptado transracial. En un grupo de adoptados transraciales, puedo ser el único hombre gay. En un grupo de padres, es posible que sea yo el único hombre gay. En un grupo de padres gay, yo podría ser el único hombre de color. (De hecho, soy miembro de un grupo de padres gay, y soy el único hombre de color, y también el único hombre que no estaba casado antes de salir del armario como gay).

Para alguien como yo,  adoptado transracial gay, es absolutamente imposible para mí  vivir en cualquier parte que no sea urbana, cosmopolita y tolerante–con la convivencia. Sólo puedo sentirme cómodo en un lugar (por tanto, CIUDAD) con gran diversidad. En este entorno, puedo sentirme apoyado y, sobre todo, puedo sentirme cómodo sabiendo que no estoy solo. Para aquellos de nosotros que tienen identidades múltiples y complejas, los espacios sociales en que nos podamos sentir cómodos son mucho menores. También tenemos que elegir a nuestros amigos, nuestras carreras, e incluso nuestros viajes, con más cuidado y más consideración

Todo dicho, tengo una vida maravillosa, y estoy muy agradecido por todo lo que ha sucedido. Es increíblemente importante no vernos como “víctimas”: no lo somos. Somos personas cuya vida será compleja y rica, con muchos elementos y capas. Y honestamente, en mi vida, cada cosa buena que me ha sucedido ha salido de la complejidad, la riqueza, e incluso las luchas de mi vida.

Salí del armario como negra… y me siento rara

Hace algunos años, Q., un amigo de infancia, me contó la historia de un amigo suyo, adoptado de bebé, que siendo adolescente les echó en cara a sus padres: “¿Por qué nunca me habéis contado que soy negro?”. Me pareció una situación absurda, porque, ¿cómo no va a saber a alguien que es negro? Pues es lo que sucede a las personas negras que han sido criadas por personas blancas y “ciegas al color”. Y como le pasa a la autora de este blog, a veces tienen que salir del armario.

 

Hace unos días pasé un poco más de una hora viendo el monólogo de Wanda Sykes “I’ma Be Me”. Hay un fragmento de este monólogo que me hizo reír tanto que mi hija me miró y me dijo: “en serio, sea lo que sea de lo que te estás riendo, debe ser extremadamente divertido… pero por favor, por el amor de Lilly (nuestro perro), ¡cállate!”. Wanda hablaba de la diferencia entre ser gay y ser negra. Subraya la dificultad de salir del armario como gay y dices que nadie tiene que “salir del armario como negra” hacia sus padres. La forma en la que lo planteaba era tan divertida… podéis verlo y escucharlo aquí:

 

 

Me hizo pensar sin embargo, en que cuando creces en una familia predominantemente blanca y cristiana, a menudo tus padres adoptivos no te ven como a los demás. Creces pensando que tus hermanos blancos son como tú, así que debes ser también blanca. Creces sin saber realmente que eres negra.

No es que no hablaran de raza conmigo, es más del tipo “no le hará daño si no lo mencionamos”. El problema con este pensamiento es que todo el mundo a mi alrededor se daba cuenta, y me llamaban fea y morena (que equivale a la palabra nigger). Así, si oía hablar  sobre mi color a otra gente, ¿cómo podía ser que mis padres no supieran que en realidad era negra?

Recuerdo tener unos 6 años, regresé del cole muy disgustada. Me había peleado con otro niño que resultó tener el mismo color que yo. Me llamó “negra”. Aún, con 6 años, no había oído a mi familia decir directamente que yo tuviera ningún color. Pero el chico me dijo que era negra y esto me enfadó taaaanto. Llegué a casa y estaba sollozando intensamente (el tipo de llanto que te hace convulsionarte un poco, con los hombros moviéndose incontrolablemente). Estaba enfadada. Estaba tan molesta porque me llamaran negra. ¿Por qué a mi hermana no la llamaban también negra? ¡No lo entendía!

Mi madre me subió a sus rodillas y me dijo “Odio soltártelo ahora… pero eres negra”. Fue tan devastador. ¿Yo? ¿Negra? Yo pensaba que era… como todos los demás. Cuando me dijo que era negra lloré aún más, quizás psicológicamente sabía que entre los 6 y los 19 años me maltratarían solo en base a mi color.

Así que me escondí. Intenté hacer ver que era blanca. Hablaba como blanca, andaba como blanca, pensaba como blanca. Me ponía ropa que creía que me ayudaría a encajar.

Alrededor de los 14, me enviaron a vivir con amigos en Carolina del Norte. La familia a la que fui era completamente blanca, así que pensé: “Sí, encajaré bien”. No quería tener alrededor a los negros que veía en televisión. Eran demasiado agresivos y hablaban de forma rara. El primer día que llegué al colegio, recuerdo andar hacia mi taquilla. Llevaba estos pantalones de color caqui y una camisa con botones con un jersey realmente feo que mi madre adoptiva me había comprado en la Buena Voluntad antes de soltarme en un vecindario todo blanco. Había tres guapas chicas negras en las taquillas. Pasé por delante de ellas haciendo ver que no las veía u oían, pero en mi corazón, queriendo ser como ellas. Una rió disimuladamente y dijo “coño, esta negra anda como si fuera blanca… no sabe que es una de nosotras?” Lo recuerdo tan bien como si fuera hoy porque de hecho me di la vuelta. Abrí la boca para decir algo y cuando empecé a hablar, se limitaron a reírse en mi cara.

Fue la primera vez en la que encontré a personas negras uqe esperaban que fuera negra y una de ellos. Había coincidido con negros en el país en el que crecí, pero era más con una mentalidad de “soy superior que tú”. Se trataba de perfeccionar la cultura en mi país de residencia para que cuando fuera a vivir a los Estados Unidos, aprendiera que eramos iguales, pero no lo sabía, o quizás me costaba admitirlo.

Cada año a partir de los 14 viví en distintos estados americanos. Empecé a abrir un poco mi mente pero el problema que me seguía encontrando es que vivía con familias blancas que se relacionaban con amigos blancos e iban predominantemente a iglesias blancas. Era la única chica negra en las comidas de después de la misa. Disfrutaba de conocer a personas negras en la escuela pero no me atrevía a llevar a mis nuevos amigos a casa. Sentía que las familias con las que vivía se sentían incómodos de tenerme en casa, y que se cruzarían si hubiera dos o tres como yo. Así que seguí escondiéndome.

Me metí de verdad en el amor a la diversidad cuando me escogieron para el papel de Dione en el musical off-Broadway “Hair”. Viví en Telluride durante 4-6 meses y aprendí realmente sobre cultura y diversidad. Había todo tipo de personas allí: gays, heteros, blancos, negros y pelirrojos. Era un mosaico – un sitio hermoso de ver y del que formar parte. Tenía 17 años y cantaba líneas y canciones y me sentía en la cima! Al fin y al cabo, me escogieron entre todos los que se presentaron. Durante este tiempo, tuve la oportunidad de hablar en unos pocos institutos sobre mi papel en el musical. No tenía ni idea de que significaba mi papel para los chicos y chicas negros del colegio. Era su modelo. Pero me di cuenta después de la segunda noche, que incluso aunque hacía el papel de una mujer negra, no había aceptado realmente mi negritud. NO había realmente salido del armario.

Tendrían que pasar otros cuatro o cinco años antes de que saliera del armario como negra. Cuando les dije a mis padres lo que ya sabían (como suele suceder con la comunidad LGTB), se disgustaron conmigo. Me trataron diferente porque quería abrazar mi negritud y porque había escogido abrazarla y no podían seguir haciendo ver que era como ellos. Les dije que quería ser negra y se preguntaron “¿quién eres tú?”, lo que me hizo sentir que estaban ninguneando mi identidad recién encontrada.

Para ellos, ser negra significaba ser escandalosa, pobre, llena de dudas, adicta al lenguaje soez y las drogas, embarazada a los 15, y sin educación. Oí lo de falta educación demasiado. En realidad no querían que fuera “negra” delante de los blancos. Les pregunté porqué se avergonzaban tanto y dijeron que se debía a que esta no era la “manera en la que me habían criado”. Para ellos, mi identidad estribaba en cómo me habían criado, rodeada de su gente y ahora quería “ser negra”. “Te cansarás de eso”, dijo mi madre. ¿De qué me cansaría? ¿De ser negra? ¿Cómo me puedo cansar de ser lo que soy?

Descubrí después que mi madre adoptiva se refería a que me cansaría de “actuar” como negra. Como si los negros tuvieran un papel determinado que cumplir. Le dije cuando terminé la universidad que esta cansada de “actuar” como blanca. La sacudió hasta los cimientos porque, en su mente, era todo lo que conocía.

Salí del armario como negra y fue raro. La negritud no es una actividad, o una acción, o una mentalidad, negra es cómo Dios me hizo y así soy yo!

Si sacáis algo de este post, por favor, entended que vuestros hijos adoptados que viven en una vida, familia y mundo que es diferente de su propia cultura o raza a menudo creen que son las personas que les han criado. Estad a su lado, escuchadlos, y por el amor de Lilly (mi perro), decidles que son diferentes y celebrar estas diferencias! Dejadles ser ellos mismos!!

Familia rara

A. Nuestra familia es muy rara, ¿sabes?

Yo. ¿Ah sí? ¿Y eso?

A. ¡¡Somos los únicos de mi clase que todavía no hemos puesto el árbol de Navidad!!

Todas las familias que somos

Una familia numerosa, caótica y organizada a la vez, con momentos muy divertidos y otros de desparrame, con dificultades para encontrar tiempo para el piel a piel con cada uno de los hijos, que se convierte en una piña ante las adversidades, con un coche grande que enseguida se queda pequeño, y un patio grande en el que siempre es bienvenida gente de fuera.

Una familia reconstituida, con dos adultas que se han conocido estando ya de vuelta de muchas cosas y con las ideas claras, que luchan para que no se pierdan las familias monoparentales que eran antes y con niños que ponen a prueba los vínculos para ir encontrando su lugar.

Una familia homoparental, que suscita comentarios y miradas no siempre fáciles de digerir, pero también respuestas cargadas de empatía, que coloca a nuestros hijos a veces en un lugar difícil desde el cual, en muchos sentidos, no tienen más remedio que crecer.

Una familia adoptiva, que convive con las figuras ausentes y en ocasiones desconocidas de otros padres y madres, que tiene sus raíces en cuatro ciudades distintas, que necesita responder a preguntas complejas que muchas veces se plantean no con palabras sino con comportamientos disruptivos y explosiones emocionales.

Una familia interracial, con distintos colores de piel, pelo y ojos, con la percepción del racismo a flor de piel, que despierta la curiosidad de propios y extraños y que nos impide pasar desapercibidos vayamos donde vayamos.

Una familia en construcción. Siempre.

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