familia monoparental y adopción

Archivo para septiembre, 2012

Demasiado imperfectos

Hace unos días, Emma escribió una entrada sobre los niños Demasiado mayores para ser adoptados. Hoy reflexiona sobre los niños Demasiado imperfectos.

D. se me acerca caminando, ayudado por sus muletas. Yo le digo siempre que parece un pirata con pata de palo, pero él no sabe muy bien qué es un pirata, nunca ha visto uno. Es lógico, tampoco ha visto un barco, ni el mar, apenas habrá visto el río Níger una docena de veces, las pocas que ha ido a la escuela.

D. es uno de los muchos niños discapacitados que hay en el orfanato, y además es mayor, muy mayor, para ser adoptado. Diría que tiene unos 12 años, pero podría tener hasta 15, es difícil calcular la edad de un saco de huesos que apenas se mantiene recto sobre sus extremidades inferiores. Es inteligente, quizá no para encajar en el estúpido estándar de inteligencia decidido por la gente lista. Pero es lo suficientemente avispado para entender que nunca saldrá de allí, y a pesar de ello lo sigue intentando: “Cuando te vayas a Francia llévame contigo para ser mi madre”, me dice, en perfecto francés. Le he dicho muchas veces que no me voy a ir a Francia, sino a España, que no puedo llevarlo conmigo, que no puedo ser su madre y que es muy difícil que le encuentren una. Él se limita a bajar la cabeza, algo afectado. Al día siguiente vuelve a la carga, y así día tras día. No pierde la esperanza.

A tiene más o menos su misma edad y es discapacitado mental profundo. En cuanto puede corre desnudo por el patio y defeca en medio del arenero, ignorando las órdenes de las cuidadoras sobre el respeto a las visitas oficiales. A A. le importan poco los formalismos: enseña el culo al menor descuido al mísmisimo presidente del Tribunal, en un acto inocente que pareciera tener un significado simbólico: aquí estamos los niños handicapés, somos dignos de atención, existimos.

A es una niña de unos 4 ó 5 años, baila de rodillas al ritmo del yembé, porque la impresionante curvatura de su espalda le impide incorporarse. A. es dulce y bonita, y también tiene enredada en su ensortijado cabello la esperanza de que alguien se la lleve a casa, a un hogar de verdad donde mamá hace sopa de pollo y da besos por las noches.

Como D., como A., muchos niños handicapés esperan su oportunidad en la planta baja, tan deteriorada y maloliente que las pocas veces que accedo a ella me entran náuseas, y me pregunto cómo puede un ser humano tan desvalido y frágil como un niño discapacitado soportar vivir allí día tras día. Observo cómo nadie hace nada por estos niños, cómo un par de cuidadoras abnegadas hacen lo posible por convertir aquella cuadra en algo parecido en un hogar. Los pocos medios externos que van destinados a estos niños no les llegan, parecen quedarse en el despacho de la dirección. Al fin y al cabo, ¿qué valor pueden tener estos niños para la sociedad?

Los niños discapacitados físicos y mentales son desechados como la fruta podrida en la mayor parte de los países africanos, y en mayor proporción en aquellos donde el animismo tiene una fuerte raigambre. Tener a uno de ellos en la familia supone un estigma, una maldición. La mayoría son abandonados y los que sobreviven son ingresados en centros estatales. No tienen opciones, o estas con mínimas, de ser integrados en la sociedad.

Ninguna agencia de adopción que yo conozca tiene un programa específico de ayuda a estos menores, se dedican a dar salida a los bebés sanos del orfanato. Podrían aprovechar la coyuntura para promover algún programa de apoyo a los discapacitados, pero ¿a quién le gusta comerse la fruta podrida?

A mi mente regresa la sonrisa de D. cuando le daba a escondidas un par de galletas, y cómo me decía bajito “merci”, en francés, empeñado quizá en que realmente me iba a Francia…

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Duelos

Dicen que, antes de lanzarnos a adoptar, es necesario haber superado el duelo por el hijo biológico que no tuvimos.  Que las pérdidas hay que asimilarlas, llorarlas y enterrarlas para poder afrontar lo que venga después. Distinto a lo que imaginamos, aunque no necesariamente peor.

La idea de la adopción no era ajena a mí… era algo a lo que le había dado vueltas mucho antes de plantearme en serio tener hijos. Sin embargo, cuando después de darle muchas vueltas, descarté la opción de tener un hijo biológico, lloré.

Lloré por tres renuncias, absurdas si queréis.

Porque no acunaría un bebé en mis brazos.

Porque no escogería el nombre de mis hijos (yo, que llevaba ¡años! haciendo listados de nombres de todo estilo, origen y sonoridad).

Porque no llevaría ropa de embarazada.

Sólo después de unas semanas de tristeza que a mí misma me venía absurda, pude empezar a alegrarme de no cambiar de talla, no tener que dejar el alcohol o imaginar los nombres de mis hijos en los listados de nombres etíopes que pude encontrar en la red (aunque, curiosamente, el nombre de mi primer hijo, mucho más bonito que cualquiera que yo hubiera podido escoger, no era de origen etíope).

El proceso para mi primera adopción me pareció largo… afortunadamente. Esto me permitió hacer este duelo, pero también otros que ni sabía que tenía pendientes. Por ejemplo, el de no haber sido madre en pareja, como siempre había imaginado.

Vivimos en una sociedad en la que no se hacen duelos. En la que se espera que al día siguiente de una pérdida, o a la semana que viene, seamos capaces de haberlo superado.  Donde la gente se incomoda si nos ve llorar más de lo políticamente correcto. Dónde cuando se habla de las tragedias, pequeñas o grandes, de nuestras vidas, nuestros interlocutores cambian de tema.

Para no hacernos daño.

Como si no hiciera más daño este dolor que se queda dentro, que se enquista y se pudre.

Hablábamos en la entrada que dedicamos a los niños mayores de los factores que pueden hacer más fácil o más difícil una adopción. Sin duda la edad es uno de ellos, también las vivencias previas, su capacidad de resiliencia, los apegos que hayan tenido, la estimulación… pero yo creo que el tener elaborados los duelos por sus pérdidas no es un factor menor. De los 4 niños mayores que llegaron con B. de Etiopía (uno de 7 años, otro de 6, y dos de 5), había una diferencia fundamental entre los niños a los que se había explicado (o habían vivido) la muerte de su madre, que habían podido despedirse de ella, enterrarla y llorarla, y los otros dos niños a los que habían separado de sus madres sin más explicaciones, que no sabían (ni aceptaban) que hubiera muerto y que no entendían qué hacían ellos allí.

Si no nos damos tiempo, y espacio, para hacer nuestros propios duelos, ¿cómo vamos a dejar que nuestros hijos hagan los suyos, tan necesarios para poder seguir viviendo?

Planes

Y para el otoño, y para el invierno, y para el verano…

 

Demasiado mayores

Emma, madre de una niña nacida en Malí, ha escrito estas reflexiones sobre los niños demasiado mayores para ser adoptados.

Yo he adoptado a dos niños pequeños, pero confieso que en ambos procesos, fueron los mayores los que se me quedaron clavados en el alma. Ahora miro a mis hijos, de 5 y 8 años, y pienso, ¿cómo alguien puede considerar mayores a estos niños tan pequeños?

Parece contradictorio que un niño pueda ser catalogado como mayor si solamente es un niño, pero sí: existen los niños mayores, e incluso demasiado mayores, en el circuito de la adopción. Demasiado mayores para ser objeto de deseo de muchas familias, demasiado mayores para que las agencias de adopción se interesen por ellos porque es poco rentable dedicar sus esfuerzos a una mercancía difícil de colocar. Es cierto que la adopción de niños “mayores” lleva asociados retos y circunstancias que no tiene la adopción de un bebé, para los que hay estar preparados, pero ¿a qué edad hacer el corte para diferenciar a los niños mayores de los pequeños? ¿A los 8 años, a los 9, a los 12 años? Quizá estas edades sean algo razonables, sin embargo ¿no resultaría escandaloso, y hasta amoral, considerar mayor a un niño/a de 2, 3 , 4 años?

He pasado casi tres meses conviviendo a diario con esos niños “mayores” en un orfanato de Bamako, Malí, mientras cuidaba de mi hija, un bebé que nos asignaron a pesar de tener un rango de edad de cero a cinco años y de haber niños/as de esas edades desde hacía meses e incluso años, en el orfanato. La razón de algo tan incoherente no la sé, aunque también los bebés abandonados merecen ser tener una familia si no tienen otra opción en su país.

Lo que sí sé es que nadie, o casi nadie, se ha preocupado por esos niños que van creciendo, se hacen “mayores” en el orfanato y cuando superan los 2 años de edad parecen dejar de ser objeto de deseo de familias y de agencias de adopción, se vuelven invisibles. Niños “mayores” que viven casi hacinados en una habitación donde comen, duermen y juegan durante años, sin salir nunca al patio y apenas ver la luz del sol;  los niños de la segunda planta, por los que nadie se molesta en subir los 42 escalones que les separan de la libertad, que no conocen otra casa que un orfanato. Apenas unos cuantos de ellos, de 4 y 5 años, tienen el privilegio de convivir con los discapacitados en la planta baja, en un barracón apestoso. Y no lo duden, es un privilegio porque esto les permite frecuentar el patio anexo a diario, sentir el sol en la piel, jugar con el arenero lleno de excrementos de la entrada, correr tras una vieja pelota y chutar gol con sus pies desnudos.

Me alegra saber que una agencia española ha tenido recientes asignaciones de niños “mayores”, que seguro conocí. Me gustaría saber que siguen trabajando en esa línea, dejando aparte intereses mercantilistas y buscando familias para los niños que las necesitan, y no al revés, algo muy difícil de encontrar en el panorama adoptivo actual. Me alegra constatar que se priorizan los derechos de los niños que llevan más tiempo en el orfanato sobre el resto, niños a los que se les escapa su oportunidad de ser adoptados por haber cometido el terrible pecado de tener 3, 4, 5 años…Niños que se quedarían sin familia, sin una vida digna, que serían destinados a un centro de “mayores” en las afueras al cumplir los 5 años y de ahí probablemente a mendigar en las calles al servicio de un marabout.

Niños tan mayores que, fíjense bien, te toman de la mano a pares y te repiten cada día, como una cantinela, si quieres ser su mamá, para que no se te olvide. Y tú les sonríes, tragas saliva y no contestas, con tu pequeña bebé colgada a la espalda, y aprietas fuertemente las minúsculas, frágiles manitas, de esos niños demasiado mayores para que alguien los quiera, mientras paseamos juntos en círculo por el pequeño patio, salpicado  de tierra roja, en silencio, sintiendo el sol del atardecer en la cara.

P.D.: En pocos días, publicaremos una segunda parte de este texto: la dedicada a los niños demasiado imperfectos.

Criando tigres

Primer día de clase.

Me paro en la esquina a hablar con A., madre de un niño del colegio de mis hijos, adoptado en nacional a los pocos meses de nacer.

Hablamos de cómo nos ha ido el verano, de cómo nos ha ido con nuestros hijos.

Al despedirme le comento que algunas cosas que pasan en casa, sólo puedo hablarlas con personas como ella: que tienen en su casa situaciones parejas.

Me resulta muy difícil comunicarme con el resto del mundo, porque, incluso aunque sean sensibles, les falta el contexto.

Es como si ellos criaran vacas, y yo, nosotras, tigres.

Por esto, los consejos bienintencionados que te da la familia, las otras madres, los vecinos, incluso a veces los desconocidos… no funcionan: estamos criando una bestia distinta.

No en todos los casos: leí en una ocasión, en uno de los mejores libros sobre adopción que he leído, “Consejos de Supervivencia para padres adoptivos”, algo así como “si su hijo no necesita que le trate distinto a cualquier otro niño, no lo haga”. Pero añadía que, en algunos casos, para algunos niños adoptados, lo que funciona en el resto del mundo, lo que aprendimos en nuestras casas, lo que nos sale por intuición… no funciona. Y hay que buscar otras estrategias.

Por ejemplo: muchos niños adoptados, cuando se portan mal, parecen estar buscando el castigo, el grito, la bronca, el bofetón; que los padres perdamos el control. Sólo esto, el devolver violencia a su violencia, es coherente con el modelo de relación que tienen grabado en el cerebro. Y si caes, si les pegas un grito, o un bofetón, se tranquilizan de golpe… al menos hasta la siguiente vez. Pero la única forma de salir del bucle es hacer justo lo contrario: devolver amor, afecto, confianza, permanencia, incondicionalidad… esto que tan bien explica en esta entrevista Montserrat Juvanteny, creadora de varios centros de acogida.

Para que los tigres dejen de morder.

Regreso

Este ha sido un verano pródigo en viajes de regreso. E., de 13 años, ha vuelto después de una década a su Guatemala natal, y O., de 10, ha vuelto a Nepal, de donde salió hace 5. En ambos casos el titular de la historia es “¡fantástico!”.

B., también de 10 años, ha regresado también a Etiopía, en un viaje más emotivo si cabe porque no sólo ha regresado a su país y su pueblo natales sino que se ha podido reunir con su familia biológica, a quien recordaba y añoraba. N., la madre de B., ha accedido a compartir la crónica de su viaje.

El viaje a Etiopia ha sido genial en todos los sentidos. B. ha disfrutado muchísimo con la experiencia, ha sido súper súper emotivo el reencuentro con familia, que por cierto son encantadores, muy cariñosos y atentos, nos hemos sentido muy arropadas. B. ha conocido por fin a su hermana pequeña, que es un bombón, para comérsela de bonita, y además de con su padre, madre, hermano y sus abuelos, hemos estado con un montón de familia extensa, tíos primos etc.

Y como cada vez que íbamos a una casa se corría la voz enseguida, empezaba a aparecer gente por todas partes, familiares, vecinos, alucinante, montan como una fiesta, bueno en realidad para la familia de B. ha sido una fiesta nuestra visita, arreglan la casa, se visten con sus mejores galas, invitan a sus familiares y amigos a su casa a comer y hacen la ceremonia del café, esta no falta en ninguna casa, y al día siguiente tu correspondes a la invitación con otra a comer en un restaurante y claro para gente que no ha ido en su vida a comer a uno es algo súper especial, y no solo se invita a la familia directa, no, allí se juntan desde tíos, primos, amigos, vecinos etc etc que muchas veces no sabias ni quienes eran.

Ha tenido momentos muy duros, sobre todo el segundo día de estar con su familia, en que se hacia todo tipo de preguntas, como por qué a ella, por qué tiene que ser adoptada, me decía que yo tenia mucha suerte por poder estar con mi familia porque ella no podía. Incluso le llegué a preguntar si pudiera elegir si se quedaría y me contesto que si, pero al segundo se echo a llorar y me dijo que tampoco me quería dejar a mi, que por qué no podíamos vivir todos juntos, o sea un torbellino de emociones. Pero la verdad es que su familia en esto nos ayudo muchísimo y hablaron con ella muy seriamente y le explicaron sus razones y que es lo que haíian decidido que era mejor para ella, y que tenia que agarrarse a la parte positiva de tener dos familias que la adoran, que íbamos a mantener el contacto y que aprovechara la oportunidad de tener una vida mejor para estudiar y poder tener un buen trabajo que le permita viajar a verlos. Tuvieron una sensibilidad exquisita con ella, todo el rato pendientes de sus reacciones, de cómo se sentía, de su realidad. En fin, para mi es difícil expresar por escrito todos los sentimientos y emociones vividos y no los reflejo adecuadamente, pero en definitiva es como si las piezas de un puzzle encajaran en su cabeza y lo mas importante creo que ella ahora siente la paz y la tranquilidad que el consentimiento de su familia le ha dado para vivir plenamente la vida que le ha tocado conmigo aquí en España y siento que por esta parte esta mucho mas tranquila, lo que no quita para que los eche de menos y piense mucho en ellos.

 

También ha sido alucinante la de gente que ha acudido a nosotras con los datos de sus hijos dados en adopción y que viven en España para que contactemos con ellos y les digamos que les envíen noticias de sus hijos, incluidos dos primos de B..

Otra cosa que nos hemos traído y que me consiguieron sus padres sin pedírselo ni siquiera, es la partida de nacimiento original del hospital, que es el primer paso para poder cambiarle algún día la fecha de nacimiento en el registro, a partir de ahora hemos acordado celebrar las dos fechas.

También hemos aprovechado para hacer turismo y es que hemos visto unos paisajes tan increíbles, tan bonitos, como era época de lluvias estaba todo verde y precioso, hemos dormido en una reserva natural en unas cabañas súper chulas, hemos paseado por el lago Awassa, hemos visto los rinocerontes a un metro de distancia, hemos callejeado por Addis, etc. etc. y la cría se ha puesto de injera hasta las cartolas, madre mía lo que le gusta, para desayunar comer y cenar, no sé cómo lo ha podido resistir su estómago porque el mío al día siguiente de llegar ya estaba hecho polvo, he tenido que estar prácticamente toda la semana sin comer.

La balanza no ha podido ser mas positiva. B. se ha encontrado como pez en el agua, parecía que nunca se hubiese ido de allí, también ha tenido sus momentos de bajón como es natural, y ha podido saber de manos de sus padres el por qué de su adopción, que era algo que necesitaba oír de ellos, y ha sido duro pero también necesario. Desde que hemos vuelto la veo mucho mas feliz si cabe, súper cariñosa conmigo, ha sido como recibir el beneplácito de sus padres para poder vivir en paz y feliz aquí conmigo.

Nietos

En la misma fiesta de cumpleaños de la que les hablaba ayer, conté un sueño que había tenido esa noche:

Habían pasado los años, mis hijos habían crecido… y yo tenía nada menos que 10 nietos.

Comentamos lo difícil que era que con sólo 2 hijos llegara a tener 10 nietos, que ya hoy en día nadie tenía 5 hijos (suponiendo que B. y A. se los “repartieran” a partes iguales)… y M., madre monoparental de un niño concebido por reproducción asistida, comentó:

“A no ser que sean adoptados… Vete a saber, a lo mejor cuando ellos sean mayores la adopción es algo más habitual”.

Yo le dije que 5 hijos son 5 hijos, lleguen como lleguen a casa… que la dificultad no está en parirlos, sino en criarlos… (y en mantenerlos)

Me dice:

“Bueno, pero yo que sé… ¡puede adoptar varios hermanos de golpe!”

Seguro que esto facilitaría las cosas. Tan fácil como criar quintillizos, vamos…

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