familia monoparental y adopción

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Día de la Familia

Como todos los 15 de mayo, mi Facebook se llena de memes celebrando el Día de la Familia… y la diversidad familiar.

Y como todos los 15 de mayo, me llama la atención lo poco diversas que son estas familias retratadas desde el punto de vista racial, o de capacidades…

¿Por qué si nos es tan fácil ver las discriminaciones que nos afectan podemos ser ciegos a las que no nos tocan de cerca?

En cualquier caso, feliz día, familias.

O como dijo alguien, “grupo de personas organizadas alrededor de una nevera”.

 

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La tormenta perfecta

Ya les he contado muchas veces lo mucho que me gusta el blog Cuaderno de Retazos. Sus ilustraciones, su sensibilidad. Y cómo me resuena cada vez que su autora habla de la escuela. El gran caballo de batalla de los que tenemos niños y niñas que se salen de las normas y de las hormas.

Sí, nosotros también hemos vivido no pocas tormentas perfectas:

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Cuando menos lo esperas algo surge, algo pasa en el colegio y se desata una tormenta perfecta.

Cómo madre, no sé cuál es la mejor forma de conducirse ante estas tormentas que arrasan todo lo que hay y que dejan  huella (en el mejor de los casos dejan una  huella liviana que desaparece pronto).

Que todos no somos iguales ya lo sabemos. Que cada uno tiene sus fortalezas y debilidades también lo sabemos. Aun así, cuando algo pasa, cuando surge un conflicto, solemos esperar y querer que el otro, los otros actúen tal cual sean nuestros esquemas, nuestra forma de sentir o, muchas veces, actuar tal y cómo es conveniente y socialmente adecuado actuar .

Sin embargo… Cada situación necesita una forma de proceder, estas tormentas te pillan por sorpresa y generalmente no hay una manera adecuada de comportarse y si la hay la descubro luego… tiempo después.

En mi caso, cuando recibo una llamada del colegio entro casi en pánico. Así que lo primero que hago es respirar hondo, descolgar, escuchar y decir ahora mismo voy.

Y voy lo más rápido que en ese momento pueda.

Por el camino repaso mi esquema de “forma de actuar ante crisis en el colegio”.  Me recito el “Nada te turbe – Nada te espante -Todo se pasa” y me recuerdo que  tenga o no tenga razón yo estoy de parte de mi hija, lo que supone que cuando llegue actuaré con una tranquilidad exagerada y seré afectuosa con ella para que sienta mi apoyo incondicional. (Nada de miradas suspicaces y recriminadoras, de decepción, de enfado, suspiros, frases hechas, mirar por encima de su cabeza, etc.).

Lo siguiente es más fácil: escuchar, solo escuchar que ha sucedido de forma asertiva. Silencio absoluto, que solo puedo romper para preguntar algo que no he entendido o que quiero saber. Escuchar todo lo que se diga y lo que no se diga y esté en el ambiente.

A continuación  intento pedir tiempo. Se agradece la información y no se decide nada, no se actúa. La tormenta perfecta sigue encima de nuestras cabezas… hay que dejar que acabe de desactivarse… que vuelvan los rayos y truenos, que vuelva el viento huracanado y la lluvia torrencial… pero mejor en casa… en la intimidad… Lejos del colegio y de otras miradas.

Una vez que todos nos hemos desahogado y expresado se empieza a ver que ha sucedido. Vuelvo al observar, al no hacer y al silencio cálido o a las palabras de empatía porque esto sí que ayuda a que llegue la calma. Y según que haya sido lo que ha pasado, pensamos qué hacer, lo decidimos y actuamos. A veces es más o menos sencillo, otras… no tanto. Por supuesto sólo hablamos con el tutor o profesor,  descarto  padres, madres y demás colectivos escolares.

Cuando ya casi hemos olvidado la crisis, como por casualidad saco el tema y, si se puede, miramos de frente que pasó, por qué, qué hubiera sido mejor, qué hemos aprendido… y todo lo que venga al caso.

Las tormentas perfectas son maravillosas, si sobrevives (y siempre lo hacemos… sobrevivir). Y lo son porque nos muestran nuestro interior, nos hablan de nuestros sentires e ideas profundas, de esas debilidades y fortalezas de las que hablábamos.

Claro está que el día de la tempestad pierdo el apetito, el sueño y me tiembla el alma.

 

Cuando la ansiedad se presente como ira, no te asustes

Tanto en nosotros mismos como en nuestros hijos, a veces se presentan emociones que no resultan fáciles de identificar y menos aún de gestionar. Unos días atrás encontré este texto, que me pareció muy revelador.

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He sido ansiosa desde que tengo uso de razón. Pasé de ser una niña ansiosa y torpe a ser una adulta ansiosa y torpe. Cuando era adolescente me diagnosticaron de ansiedad y depresión, pero fue más de adulta que aprendí lo que realmente significa ser ansiosa de mejor forma.

Tener ansiedad no sólo significa estar nerviosa o preocupada. Cuando mi mente empieza a correr y no puedo decidir en qué me debo concentrar, eso es ansiedad. Cuando siento que el pecho me va a explotar por la presión, eso es ansiedad. Cuando le contesto mal a un compañero de trabajo sin motivo alguno, o estoy de mal talante sin explicación, eso es ansiedad. Cuando me paso todo el fin de semana preguntándome si me despedirán por algo que dije el viernes, eso es ansiedad. Cuando me echo a llorar en cualquier momento, o a reír, o a saltar, eso es ansiedad. Cuando me zafo a último minuto de los planes que he hecho con otros, créeme: es ansiedad.

La ansiedad se presenta de muchas formas diferentes que quizás no sean obvias. Desafortunadamente para mí, la mayor parte del tiempo mi ansiedad se manifiesta como ira. ¿Qué significa eso? Significa que cuando me siento ansiosa internamente, externamente se manifiesta como que estoy enfadada. Cuando era niña y a mi hermana la consolaban cuando estaba agobiada, a mi me regañaban por estar de mal humor. No culpo a mis padres, porque realmente me comportaba como una niña odiosa. En esa época mi enojo-ansiedad se veía como que estaba de mal humor todo el tiempo. Cuando perdía en un videojuego, lanzaba el mando al suelo. Cuando mi hermana me molestaba, le pegaba. Pequeños detonantes eran grandes detonantes y mi nivel de enojo-ansiedad era cambiante momento a momento.

Hoy en día, con la ayuda de medicamentos, mi enojo-ansiedad es más sutil, pero sigue siendo debilitadora en ocasiones. La ansiedad me hace responder bruscamente sin pensar y lo que digo suena completamente diferente en mi cabeza a lo que sale de mi boca, me paso pensando en ello días enteros, pero soy demasiado ansiosa cómo para corregir lo que dije al principio. Es un efecto “bola de nieve” que se puede salir de control. Cuando hablo de forma negativa, me quejo o despotrico, eso es generalmente ansiedad. Inclusive al escribir esto, siento el pecho como si alguien me lo estuviese pisando con tacones de aguja. Eso es ansiedad.

No quiero ser irritable, ni mala, ni malhumorada. Hago lo que puedo para controlarlo, pero a veces no es suficiente. A veces todavía me duermo, sin razón aparente. La razón es la ansiedad. Por favor, intentad ser pacientes. 

Diversidad y escuela

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Una de las primeras cosas que aprendemos las familias que no respondemos al estándar de familia-heteroparental-con-(2)-hijos-bios-de-la-misma-raza-sin-discapacidad-de-ningún-tipo es que no encajamos.

Y la escuela no para de recordárnoslo.

Te dan los impresos, las agendas, con su línea de puntos, su lugar para el padre y para la madre; o llega un árbol genealógico con cuadraditos para rellenar, con rama paterna y materna, sin espacio para los padres y madres biológicos de los miembros de la familia; o te piden que dibujes a tu padre, o que le hagas un regalo en su día; o las líneas de vida con fotos desde el nacimiento, aunque ellos no tengan esas fotos; o datos como el peso al nacer o el día que empezaste a andar cuando nadie que conozcas puede darte estos datos.

Y si la escuela, o la maestra, es sensible, tal vez nos lo comente antes a las familias, tal vez nos pregunte cuál es la mejor manera de plantearlo, tal vez nos sugiera que  puede adaptar el trabajo, empezar la línea de la vida en un momento posterior al nacimiento, darle el trabajo del día del padre a un tío o abuelo, poner fotos de cuando era más pequeño donde se le piden fotos de recién nacido, inventarse el peso al nacer… o incluso no hacer el trabajo, o hacerlo y, a diferencia de los compañeros, no exponerlo en público.

Y quizás nuestros hijos acepten estas adaptaciones, o quizás intenten hacer el trabajo a pesar de las diferencias, precisamente para no sentirse diferentes. Quizás les incomode, les revuelva, les duela. Quizás les despierte preguntas que no saben responder. Quizás les haga sentir expuestos. Quizás no entreguen el regalo y se lleven una regañina y un punto negativo, o se sientan estratégicamente mal el día que toca presentarlo. Quizás lo hagan como si no pasara nada. Quizás nunca nos digan lo mal que se han sentido haciendo este trabajo. Quizás nos lo digan y no lo sepamos escuchar.

Pero de lo que no hay duda, es de que el mensaje que todos estos trabajos transmiten a nuestros hijos de que sus familias, ellos, no encajan. De que sus familias, sus biografías, sus colores de piel, sus capacidades, sus vivencias… no son las correctas.

La imagen puede contener: una o varias personas y personas sentadas

En las escuelas se llenan la boca hablando de diversidad… de que las familias, las vivencias, las personas… son todas distintas. De que la diversidad es buena y de que los niños y niñas no tienen que avergonzarse de exponer sus diferencias. Pero el mensaje que transmiten todo el tiempo es el contrario. Cuando en los impresos no cabe ninguna familia que no sea la integrada por madre / padre / no más de tres hermanos. Cuando los árboles genealógicos solo se adaptan a la familia biológica. Cuando llamamos color carne al color de las personas blancas. Cuando los libros de texto solamente muestran familias convencionales, parejas heterosexuales, personas sin discapacidades, gente blanca. Madres que cocinan y padres que conducen. Con corbata, el pelo corto, cara de pagar hipoteca todos los meses.

Nos hablan de la necesidad de visibilizar, pero, ¿cómo se visibiliza lo invisible?

Se podrían plantear los trabajos escolares alrededor de la familia de muchas otras maneras. Por ejemplo, bucear en el pasado sin exigir fotos, datos o etapas de la vida concretas. O buscar familias de ficción , que son de lo más variadas. O hacer un brainstorming entre las criaturas para establecer qué es una familia (a mí me gusta mucho la definición”grupo de personas que se organizan alrededor de una lavadora”). O investigar la manera en la que se abordan cosas distintas en distintas culturas. O buscar referentes de todo tipo, clase, condición, origen.

Trabajar la diversidad de las familias y las personas de la clase, sin parámetros establecidos y sin presuponer nada.

Porque, como decíamos ayer, el problema de la diversidad no es que no la respetemos, no la permitamos, la demonicemos o la discriminemos; el problema fundamental es que no la imaginemos,  no la pongamos encima de la mesa como posible.

Desencajada

Al hilo de la última entrada, sobre diversidad familiar, publico esta reflexión de A., madre en una familia que no podría contener más diversidad.

Todos queremos encajar en algún sitio, encontrar nuestro lugar en el mundo. Pero a veces no es fácil. A veces es muy, muy difícil.

 

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En el grupo de Familias de Niñ@s Transexuales soy la única madre de una niña trans fluida no binaria y no blanca; en el grupo de Altas Capacidades soy la única con hijos adoptados, con una hija trans, con hijos negros; en el grupo de Homeschooling, la única monoparental y con una hija trans; en el grupo de Feministas soy la única monoparental por decisión propia y la única adoptiva, la única con hijos negros.

Si vas con familias adoptivas te dicen cosas como: ¿y le ha cogido muy fuerte esto de ser una niña? Ya se le pasará… y cuando estás con familias trans que entienden, tienes que aguantar comentarios del tipo: Siempre he querido adoptar pero… Qué buena acción, te has ganado el cielo, qué suerte han tenido… y cuando no, piensas que quizás has encontrado el lugar, entonces se cuestiona por qué se tiene que hacer diferencia con las familias monoparentales si hay biparentales que tienen solo un sueldo.

Hay una insensibilidad general hacia aquello que no te afecta

Y ya no entro cuando  en un grupo, para defender al colectivo LGTBI, hay comentarios racistas; o en cuando en otro, para defender a las personas racializadas, son contra los colectivos LGTBI; o cuando en todos hay contra quien no cumple los estándares o que no siguen un modelo concreto. Y esto cuando no es insensibilidad sino fobia, porque el grupo no va de eso, y por tanto, se puede expresar tranquilamente.

Estas líneas, sorprendentemente, nadie tiene problemas en traspasarlas.

¿Qué es la diversidad familiar?

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Hace unos meses leí un artículo que llevaba el concepto “diversidad familiar” en su titular. Como es uno de mis focos de interés, me lancé a leerlo… cuál fue mi sorpresa cuando la única familia de la que hablaba era una familia numerosa recompuesta, es decir, una familia integrada por dos adultos (hombre y mujer heterosexuales) y cuatro hijos de relaciones previas de ambos.

Una familia blanca, heteroparental, con hijos biológicos sin ningún rasgo distintivo.

Pero más me sorprendió cuando, al comentar lo “poco diversa” que me parecía esta familia ejemplo de diversidad familiar, otras personas me respondieron que cualquier cosa que se salga de la familia compuesta por hombre y mujer, casados antes de procrear, con hijos comunes, biológicos, y concretamente dos (a poder ser niño y niña) lo consideraban diversidad familiar.

Por ejemplo, una familia formada por un matrimonio heterosexual blanco con tres hijos biológicos.

O una familia formada por un matrimonio heterosexual blanco con gemelos, biológicos también.

O una familia formada por un matrimonio heterosexual blanco separado con dos hijos biológicos (niño y niña).

Sin negar las peculiaridades de estas familias, si estos casos son ejemplo de diversidad familiar, ¿dónde quedan la homoparentalidad, la monoparentalidad, la adopción, la discapacidad (de padres o hijos), la transracialidad, la transexualidad, la reproducción asistida, la donación de gametos…? ¿Qué pasa con las familias donde son los abuelos o los tíos los que crían?  ¿O los hermanos mayores? Por no hablar de situaciones más divergentes aún, como la crianza en colectivo el acuerdo entre más de dos personas para sacar hijos adelante.

Nadie es quien (y menos yo) para repartir carnés de diversidad familiar, pero si cualquier cosa que se salga de la foto fija de padre+madre casados con la parejita de niño y niña, biológicos, de la misma raza (a poder ser blanca) y heterosexuales todos nos parece que entra en el concepto “diversidad familiar”, ¿no lo estamos banalizando?

 

Cuerdas y marionetas

En una discusión sobre el tema que debatimos en el post anterior, una docente bienintencionada me recomendó ver el cortometraje Cuerdas. No sé si lo recuerdan: ganó un Goya hace unos años, y fue noticia, entre otras cosas, porque el autor pidió repetidamente que no se compartiera por Internet.

La petición debió surtir efecto porque he estado buscando y solamente he encontrado trailers.

No sé qué opciones hay ahora mismo de verlo completo. Yo lo vi en su momento (pirateado, sorry) y recuerdo la historia de ese niño con parálisis cerebral que llegaba a un orfanato y que entablaba amistad con una de las niñas que había allí…

…y recuerdo también las críticas que desde Asociaciones de personas con discapacidad se hicieron, y me ha parecido interesante compartirlas aquí.

Esta es de Rocío Molpeceres, autora de un blog en el que da a conocer la parálisis cerebral desde la perspectiva de los propios afectados. Dice así.

Este corto  se desarrolla bajo el paradigma médico-rehabilitador.

La madre dice que sabe que no es el centro adecuado para él y no se preocupa de buscar los apoyos necesarios para que el niño pueda participar en la clase. Simplemente deja informes y medicinas, ¿por qué no nos fijamos en las capacidades que tiene una persona y no solo en sus problemas?

En cuanto a la profesora, lo presenta como un niño especial y ni siquiera le pone una mesa o un libro y sigue la clase normal con el resto de los niños y cuando le saca al patio solo pretende que le dé el sol.

Solamente hay una niña que se acerca a él y ella pretende que hable y que juegue al balón de la misma forma que los demás.

Esto cambiaría si en lugar de solo atender al niño, se le proporcionasen los medios para mejorar realmente su calidad de vida. Lo primero, con un sistema de comunicación adecuado para él o la adaptación de juegos; para esto habría que contratar a una persona que le apoyase o que ciertas entidades especializadas ayudasen, tanto al colegio como a la familia a normalizar la diferencia.

Por otro lado, es muy importante educar a los niños en el valor de la diversidad, es decir, hay gente que se mueve de forma diferente o habla de forma diferente: no somos enfermos, simplemente funcionamos de forma diferente. Por ejemplo, se puede bailar desde la silla.

Aunque es cierto que se habla de términos como normalización e inclusión, todavía queda mucho camino por recorrer y muchas mentalidades que cambiar. Es importante que existan leyes, pero también hay que quitar miedos, quizá algunos profesores no hayan trabajado nunca con personas con diversidad funcional.

Sin olvidarnos tampoco de las familias que a veces se centran en los problemas, sin saber buscar las capacidades. De hecho creo que aún se da demasiada importancia a la recuperación y no tanto a la calidad de vida, que es lo realmente importante.

Esta otra es de Ignacio Calderón Almendros,  Profesor de Teoría de la Educación, interesado en la experiencia de exclusión e inclusión educativa de personas situadas en los márgenes, desde la discapacidad y la desventaja sociocultural. Empeñado en que la escuela sea un lugar donde todas las personas podamos crear sentido”. Aquí algunos extractos:

En el film se asimila parálisis cerebral con enfermedad (debido al desenlace), pero tener parálisis cerebral no es una enfermedad, es una condición. Es evidente que si no se genera reflexión, se tiende a consolidar el estereotipo de que las personas con discapacidad están enfermas. También se alimentan otros estereotipos, por ejemplo, al quitarle al niño cualquier capacidad, incluso la comunicativa (y no me refiero únicamente al lenguaje). Bonita, pero…

Por todo esto, mientras la mayoría de los comentarios que he tenido la oportunidad de leer hacían alusión a “la integración”, yo lo que fundamentalmente veo es una evidente historia de exclusión educativa. Un niño tratado por las instituciones como un mueble, que tampoco tiene lugar, lo cual no hace otra cosa que reflejar la cruda realidad.

(…)

El corto se asienta en muchas cosas demasiado cuestionables, y no se ofrece una posibilidad de crítica, sino una normalización de la sangrante situación institucional que viven como si fuera neutral. Los niños con discapacidad estorban y no tienen lugar en las escuelas ordinarias, se podría leer. Las personas con discapacidad son objetos hasta el punto de que el ¿protagonista? no tiene ni nombre, lo cual obliga a quien ve la película a llamarle por la etiqueta: “el niño malito”.

Así se había mostrado en la inexistente relación del resto de niños, niñas y docentes con el chico: nadie en toda la película le hace caso. Por otra parte, es evidente que estaba allí para cualquier cosa menos para aprender, hasta el punto de ¡no tener ni mesa! Estaba en la escuela del orfanato, pero en realidad no era una escuela para él, sino un lugar desolado en el que un niño “raro” y una niña “rara” se relacionan mientras son marginados por menores y adultos.

Lo mejor, a mi juicio, es la hermosa relación que comienza a establecerse entre la niña y el niño, y la metáfora de la cuerda, como el vínculo que les une. Pero incluso en esto el niño es convertido en objeto, que nunca es preguntado por lo que desea hacer. Y la cuidadora es una niña, como no podía ser de otro modo… con lo que reproducimos los roles de género, mientras eliminamos la responsabilidad de las administraciones públicas en establecer relaciones de cuidado justas.

Las cuerdas. La hermosa metáfora inicial comienza a chirriar cuando las cuerdas parecen hilos de una marioneta, y se revela con el mensaje final: la cuerda en la muñeca de una María (que sí tiene nombre) adulta comenzando su función como maestra en una escuela de educación especial… Es evidente que hay que segregar al alumnado con discapacidad.  Y esto ocurre porque en realidad nunca se valoró al niño como tal, sino como lo que no era: como si él fuera una enfermedad, como si él quisiera la voluntad de la niña, como si su valor estuviera (incluso en los sueños) en el niño que puede bailar. ¡Qué daño hizo que la bestia se convirtiera en príncipe al encontrar el amor de la bella!

Por eso genera tantas lágrimas, porque no dejamos a las personas ser ellas. Entonces da pena la persona discriminada, en lugar de darnos pena nosotros mismos, y lo que hacemos con los demás. Creemos que vive atenazado por su condición, en lugar de cuestionar las relaciones y nuestro sistema social que lo excluye.

En cualquier caso, toda película permite pensar y sentir, y es evidente que ésta lo hace. Eso sí, necesitamos desplazar nuestra mirada hacia lo que hay en los márgenes de “Cuerdas”, para poder ver las cuerdas que también a nosotros nos mueven como marionetas, que se compadecen por personas cuyos problemas los constituimos nosotros mismos.

 

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