familia monoparental, diversidad familiar y adopción

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Diario del año de la peste, entrega 250

Me hace llegar esto M. Hay que grabárselo con cincel:

Cuando debates con alguien un tema que les afecta más que a ti, recuerda que implica mucho mayor peaje emocional para ellos que para ti. Para ti puede ser como un ejercicio académico, para ellos es poner al descubierto su dolor, solo para que hagas de menos su experiencia e incluso su humanidad. El hecho de que tú seas capaz de conservar la calma bajo esas circunstancias, es consecuencia de tu privilegio, no una muestra de tu objetividad. Sé humilde.

Diario del año de la peste, entrega 79

Cuando B. era pequeño, convertimos el parque de la esquina en nuestra segunda casa. Estaba en la acera central de un bulevard con grandes árboles que daban sombra a unas y otras zonas del parque, según la hora que fuera, y la época del año. Llegué a pensar que se podría haber un estudio de cómo se mueve el sol según avanzan las estaciones por las zonas de sombra de ese parque, pero nunca lo hice. Sin embargo, sí me aprendí cuáles eran las mejores horas para bajar según fuera primavera, verano, otoño o invierno.

Ahora frecuentamos los parques con menos asiduidad, pero en nuestro patio sucede lo mismo; por la mañanas, el sol baña nuestra mesa, así que es una buena hora para tender y para comer en invierno; cuando hace calor, se puede salir a desayunar si no se ha hecho muy tarde y es ideal para cenar, pero a mediodía es impracticable; y las noches de verano es el lugar más maravilloso del mundo.

Oh, these summer nights, que cantaban Travolta y Olivia Newton John.

Ayer fue nuestra primera noche de patio. Como la iluminación de esa zona sigue siendo tarea pendiente, sacamos por la ventana de la cocina y por la habitación de P. unas lámparas de estudio que tenemos infrautilizadas y cuando las criaturas se fueron a la cama, N. sacó su punto y yo mi libro y nos quedamos en el exterior hasta que nos caímos de sueño.

Oh, these summer nights.

Y la paz y la alegría de esas noches de patio contrastan con lo que leemos en la prensa, en las redes.

Del otro lado del Atlántico llegan dos historias que se han convertido en portada – y que pronto caerán en el olvido – y que son tratadas como acontecimientos aislados aunque ambas responden a un patrón clarísimo.

Por un lado, tenemos la muerte, mejor dicho, el homicidio, de George Floyd, un hombre afroamericano que fue detenido, sospechoso de haber pagado con un billete falso, inmovilizado por un policía contra el suelo con una rodilla en su garganta durante 8 minutos, que no soltó su presa a pesar de sus gritos de que no podía respirar.

Y las manifestaciones, y los disturbios, y Black Lives Matter, y los edificios incendiados, y titulares como “Detenido el policía que presionó con la rodilla el cuello de George Floyd, quien perdió la conciencia y murió minutos después”.

Como nos pasa a las mujeres, a las personas racializadas no las matan: se mueren solitas, no se sabe bien por qué.

No solo en Estados Unidos: en nuestras tierras también.

No puedo respirar.

La otra noticia es la del abandono por parte de una pareja norteamericana – youtuber ella, y por esa razón en el ojo del huracán, aunque su marido participó igualmente – de uno de sus 5 hijos, el único adoptado, un niño de origen chino con necesidades especiales. Después de años mostrando – y monetarizando – la intimidad de su hijo, de abogar por la adopción de criaturas con dificultades, de fotos de familia con toda la prole conjuntada, de repente el niño desapareció de su canal, y quedaron solo las cuatro criaturas rubias gestadas en su vientre, engendradas por ellos. Finalmente, un vídeo en el que con ojos llorosos contaban que habían sido engañados, que el niño tenía más dificultades de las que podían gestionar y que ahora estaba en su “nueva familia para siempre”. No se pierdan el oximoron.

Otra vez los mismos patrones repetidos, y las mismas justificaciones por parte de las familias adoptivas, “no se puede juzgar, nadie sabe por lo que ha pasado esta familia”. Otra vez la misma empatía peligrosísima con las familias que reabandonan a los hijos que prometieron cuidar y proteger. Curiosamente, muchos son a la vez incapaces de empatizar con las familias biológicas que abandonaron a sus criaturas; y lo que es más grave, tampoco empatizan con los niños y niñas, que ya han sufrido como mínimo una pérdida y que no tomaron ninguna decisión; pero nunca dejan de intentar comprender y justificar a los adoptantes que les han convertido en mercancía de usar y tirar. 
No puedo respirar.

Más sobre el control de calidad

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La entrada anterior encendió el debate en la página de Facebook de este blog. Algunos de los comentarios eran testimonios de familias que habían aceptado asignaciones que sobre el papel no habían previsto, y que habían asumido las consecuencias, en forma de terapias, gastos, peleas con la escuela, rebaja de expectativas.

Otros, en cambio, cuestionaban lo que se decía en la entrada. Algunos de los cuestionamientos creo que merecen una reflexión larga.

Cuando yo me inicié en el camino de la adopción, decía muchas de las cosas que he leído en esos comentarios. Decía que quería una criatura sana, como la querría si estuviera embarazada; que igual que si estuviera embarazada, me haría las pruebas pertinentes para descartar determinadas discapacidades o síndromes, perfilaba mi certificado de idoneidad para ser la madre normal de una criatura normal.

Quería garantías.

Garantías que llegaron, o ese pensé, en forma de un certificado médico que describía someramente a mi primer hijo, y que descartaba algunas enfermedades graves.

Han sido los años y el camino que he transitado desde esa maternidad soñada e imaginada (e idealizada) las que me han hecho cuestionarme y replantearme muchas cosas.

Por ejemplo, que no es lo mismo un aborto que un rechazo. Que no es lo mismo que una criatura no llegue a formarse y nacer que rechazar y abandonar a una criatura que, hagas lo que hagas, seguirá en este mundo.

Por ejemplo, que no hay garantías. Que las criaturas sanas enferman, que las cosas que no se detectan en la primera infancia, dan la cara después, que es difícil distinguir entre los efectos de la institucionalización – y de la separación de la madre – de síndromes y condiciones que afectan a la criatura y a la familia en muchos sentidos.

Por ejemplo, que mucha gente asume los argumentos que te pueden llevar a rechazar la adopción de criaturas con discapacidades gravísimas y necesidades enormes para justificar el rechazo de patologías menores. Como la sordera de la niña que no se convirtió en la hija de M; o los anticuerpos de hepatitis de la niña que no se convirtió en la hija de R; o la psoriasis del pequeño que compartía crèche con A. y que decidió dejar allí la familia que viajó después que yo; o la discapacidad visual que tenía la que sí fue la hija de D. O la pluridiscapacidad de la segunda hija de Z, que ahora es una adolescente funcional y feliz. Situaciones que lógicamente precisan de una intervención y dan más trabajo del que daría tener hijxs sin estas circunstancias. Pero que, a mi entender, no justifican un rechazo.

Por ejemplo, que la adopción es buscar familias a las criaturas que lo necesitan. Mi opinión personal es que algunas negativas y rechazos te hacen poco idóneo para adoptar, no solo a las criaturas con determinadas características, sino a cualquier criatura.

Es de rigor que te informen de qué le pasa a la criatura que te vas a ahijar. Pero para saberlo y afrontarlo, no para rechazarlo. Las personas que paren criaturas con discapacidad, síndromes o enfermedades (o que adquieren estas en enfermedades o discapacidades a posteriori) tampoco están preparadas para ello. No es ser un padre o madre mejor, es simplemente, lo que hay. Te atas los machos y sigues adelante.

No es lo mismo asumir en tu certificado de idoneidad determinadas situaciones que rechazar una asignación de una criatura concreta, a la que conoces, a la que pones cara y nombre.

Volvimos a ver “La Adopción” y me volvió a revolver cada expediente apartado, algunos con cosas muy difíciles de asumir, otros que habrían merecido una segunda mirada; me volvió a revolver que haya familias que sean capaces de someter a exámenes médicos a criaturas a las que ya han abrazado, y en función de lo que salga, seguir adelante o buscar otra criatura que les convenza más. Como quien escoge cabezas de ganado.

Los niños dormían mientras vimos la película. Y pensé en cómo les explicaría a ellos una historia como de la película, si hubiera pasado por ella; cómo les explicaría cómo les seleccioné para que pasaran el control de calidad.

Y sí, sé que no tiene que ser una decisión fácil rechazar una asignación. Que tiene que generar dudas profundas y sentimientos encontrados.

Pero también sé que para las criaturas que son rechazadas esto implica mucho más daño. Porque en algunos casos, serán asignados a otra familia, quizás mejor, más preparada, más adecuada; pero en otros, permanecerán más tiempo en orfanatos que agravarán su condición y su desconexión, y en algunos casos, les obligará a permanecer en él.

Quizás podría empatizar con las familias que han tenido que tomar esas decisiones, si no quisiera a criaturas que consideran tan legítimo rechazar. Y si no conviviera con las consecuencias de esos rechazos.

Es difícil saber qué haríamos si nos encontráramos en esta situación, dicen. Quizás reaccionaríamos mucho peor de lo que deseamos imaginar, quizás mucho mejor de lo que habríamos pensado. Son las decisiones que tomamos en circunstancias difíciles las que dan la medida de lo que somos. Si tenemos suerte, no viviremos guerras ni dictaduras que nos pongan a prueba. Solo nos ponen a prueba este tipo de tomas de decisiones.

Niños que no pasan el control de calidad

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Me llega esta historia durísima sobre una madre que pensaba dar a su hija en adopción pero se quedó con ella después de que los “padres” adoptivos desparecieran al descubrir que la niña nació con un problema de salud. Obviamente, la niña no respondía a sus expectativas… La madre biológica también debía tener la expectativa de tener una hija sana… pero la madre adoptiva (y el padre) creen que pueden desentenderse de la niña. Que no es nada suyo.

¿Qué opinión nos merecen estos “padres” adoptivos que se largaron al ver que la niña no respondía a sus expectativas? ¿Les veis mucha diferencia con las madres y padres que no aceptan según qué asignaciones?

Es algo que en adopción pasa mucho y se “tapa”. ¿Qué es el rechazo de una asignación o la elección de una criatura como vimos en la película “La adopción”? ¿Qué es el rechazo de un niño con una patología leve bajo el argumento de que “yo quiero ser madre, no hacer caridad”? ¿O el de una patología menos leve bajo el argumento de “no estoy preparada, estará mejor con una familia que sí lo esté”? 

Hay rechazos por problemas de salud graves y los hay por problemas de salud leves. Ambos existen… y ambos se justifican.

Se justifican desde la necesidad de evitar confundir adopción con caridad. Se justifican desde la idea de que el bien superior de este menor es estar con una familia más preparada.

Se justifican desde el hecho de que también hay familias biológicas que rechazan a sus hijos con problemas de salud o con discapacidades.

Pero para mí hay dos diferencias:

1. Yo he visto rechazos en adopción que estoy segura que no se habrían dado de ser sus hijos biológicos. Niños sordos, con pie zambo, con hepatitis b, con una enfermedad parecida a la psoriasis… niños “demasiado grandes” o del sexo “equivocado”. Cosas que no habrían hecho que sus madres abortaran, y mucho menos que se negaran a aceptarlos de manos del obstetra.

2. La consideración social que reciben no es la misma. Una madre que abandona a un recién nacido enfermo o discapacitado es una mala madre, un monstruo, antinatura… una madre o un padre que rechaza una asignación recibe la comprensión de muchos.

Pero para el niño no hay ninguna diferencia. Es el niño el que se queda abandonado, el que no ve cubiertas sus necesidades, el que crece en un orfanato de mierda.

Es muy duro rechazar una asignación, me dicen los que lo han hecho, los que conocen a gente que lo ha hecho.

Y sí, seguro que lo es.

Pero puedes escoger ponerte en el lugar de los adoptantes que rechazan o del niño que es rechazado. Y el lugar que escoges te define.

Tone policing

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De un tiempo a esta parte, se oye mucho hablar del “Tone Policing”, traducido al español como “Fiscalización del Tono”

Es un argumento que intenta restar valor a una declaración atacando el tono (airado, faltón, poco educado) en el que se presenta en lugar de responder al mensaje en sí.  Es pues una herramienta para desviar la atención sobre las injusticias. Un cuestionamiento que se hace desde el privilegio.

Y es que la Fiscalización del Tono suele usarse para silenciar a las mujeres o a otros interlocutores que están más abajo en la “escala de privilegios”: las personas racializadas, las que pertenecen al colectivo LGTBI, las que tienen discapacidades, las de una clase social inferior.

“Eres una histérica”, “si no hablas con calma no te escucho”, “modera el tono”.

Mientras ellos, desde su privilegio, con buenas palabras y sin alzar la voz, desde la condescendencia, el paternalismo, el desprecio, la superioridad moral, son capaces de decir cosas tremendamente insultantes, irrespetuosas y desvalorizadoras

En su Carta desde la cárcel de Birmingham, el Dr. Martin Luther King Jr. condenó este modelo de enjuiciamiento, argumentando que se sentía decepcionado con el blanco moderado, más devoto al ‘orden’ que a la justicia.​

¿Y es que, cómo se puede responder a injusticias tan deshumanizantes como el racismo, el sexismo, el capacitismo, la LGTBIfobia, sin alzar la voz ni romper cosas?

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Así lo explicaba Audre Lorde:

Las mujeres racializadas de EE.UU. han crecido inmersas en una sinfonía de ira, la ira de quienes son silenciadas, de quienes son rechazadas, de quienes saben que cuando sobrevivimos, lo logramos a pesar de un mundo que da por sentada nuestra falta de humanidad y que detesta nuestra existencia misma cuando no está a su servicio. Y digo sinfonía en lugar de cacofonía porque hemos tenido que aprender a armonizar la rabia para que no nos destrozara. Hemos tenido que aprender a movernos en ella, a sacar de ella fortaleza, resistencia y comprensión para nuestra vida cotidiana. Aquéllas de nosotras que no aprendieron esta lección, no han sobrevivido. Y una parte de mi ira es siempre una ofrenda por mis hermanas caídas.

La ira es la reacción apropiada ante las actitudes racistas, tal como lo es la rabia cuando los hechos derivados de dichas actitudes no cambian. A las mujeres que temen más la ira de las mujeres racializadas que sus propias actitudes racistas no analizadas, les pregunto: ¿Es más amenazadora la ira de las mujeres racializadas que el odio a la mujer que tiñe todos los aspectos de nuestras vidas?

Yo no puedo ocultar mi ira para evitaros el sentimiento de culpa, la susceptibilidad herida, la ira que desencadeno en vosotras: ocultarla sería menospreciar y trivializar nuestros esfuerzos. El sentimiento de culpa no es una respuesta a la ira; es una respuesta a la propia manera de actuar o de no actuar. En la medida en que conduzca a un cambio puede ser útil, puesto que en ese caso deja de ser culpabilidad y se convierte en punto de arranque del conocimiento. Pero muchas veces el sentimiento de culpa no es más que el nombre que se le da a la impotencia, a la actitud defensiva que destruye la comunicación; entonces se convierte en instrumento para preservar la ignorancia y la continuidad de la situación, en instrumento fundamental para preservar el inmovilismo.

Sin embargo, hay veces en las que se le intenta dar la vuelta y usar el argumento del tone policing para poder seguir insultando.

Por ejemplo, alguien utiliza un insulto capacitista, homófobo, machista, racista, y cuando se le llama la atención, se le señala que es doloroso y por qué, no solo se minimiza este dolor sino que se ahonda en el uso. “Es que ya no se puede hablar de nada”, “ya han salido lxs ofendiditxs”, “no me fiscalices el tono”…

Dice Brigitte Vasallo que el humor tiene que ser siempre hacia dentro y hacia arriba, de lo contrario es opresión; lo mismo se puede aplicar al tone policing, algo que se utiliza para  silenciar las voces de colectivos oprimidos. Usar este concepto para defender el derecho de los grupos privilegiados a negar el derecho a los grupos oprimidos a quejarse cuando son oprimidos, lo pervierte

La estructura y los síntomas

Cuando leí “¿Todo niño viene con un pan bajo el brazo?”, de José Luis Gonzalo Marrodán, me iluminó la metáfora que hace sobre las criaturas y las casas: Un niño, nos dice, es como una casa: los cimientos se ponen los primeros años. Si los cimientos no están bien puestos, fácilmente saldrán grietas en los pisos superiores… o se hundirán. A no ser que tengan otras casas a su alrededor que le ayuden a sostenerse. Y este es el papel de los que rodeamos a los niños cuyos cimientos no fueron puestos en su día: actuar como sostén, como contención externa, para que los pisos, y las ventanas, y el tejado, puedan cumplir su labor.

Me acordé de esta metáfora cuando hace nos días, A. hacía esta comparación entre su trabajo de arquitecta y la estructura de nuestrxs hijxs, e, igual de importante, la nuestra propia:

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Cada vez que leo un informe de algún psicólogx pienso lo mismo: no están escritos pensando en quien lo tiene que leer, una  familia sin conocimientos de psicología. Es como si yo le mando a mi abuela un informe donde sólo salen cálculos. Y se explican los síntomas, cómo si los síntomas no los sufriéramos cada día y no los conociéramos.

Pocas veces llegan a la patología de origen…. Básicamente se exponen más síntomas y se explican de una forma de manual. 

Los trastornos de apego son un síntoma.

Es como cuando se inspeccionan edificios: grietas, humedades, etc .. sí, pero eso son solo síntomas, no son el problema. El problema es una mala cimentación, la presencia de termitas, una estructura mal dimensionada.

Y nosotros nos encontramos con una cimentación de mierda, tanto en nuestros hijxs como en nosotrxs.

Yo personalmente soy una estructura mal dimensionada y estoy al límite del colapso. Siempre. 

Independientemente de las criaturas.

Lo estaba antes. Pensaba que era algo puntual por problemas sentimentales, porque en el trabajo no me estaban valorando…. Pero no, soy yo.

Y todos tenemos nuestras cosas.

Los síntomas se reparan, sabemos cómo hacerlo, el albañil del pueblo sabe cómo hacerlo.

Pero lo que hay detrás seguirá generando más síntomas.

Y la reparación nunca es fácil, nunca es barata y siempre implica técnicos especializados.

Tanto para detectarla cómo para arreglarla.

Y además puede que no funcione al 100%.

Si yo no puedo emitir un informe estructural con un 100% de seguridad, ¿cómo pueden emitirlo ellos de estas formas tan categóricas cuando los humanos somos mil veces más complicados que un edificio?

En buenas manos

Anoche tuve ocasión de ver “En buena manos”, una película que se estrenará la semana que viene, en un pase especial organizado por CORA , Federación de Asociaciones de Familias Adoptivas y Acogedoras. Es francesa y narra los entresijos del proceso de adopción de un bebé, desde el punto de vista de los profesionales que lo gestionan. Desde el personal sanitario que en el hospital recibe a la madre que llega de parto diciendo que no quiere quedarse con su hijo, a la trabajadora social que la acompaña y gestiona la información que ella decide dejar, la familia que acoge al niño y los técnicos que le apoyan, la psicóloga que da el Certificado de Idoneidad a la futura madre adoptiva (una adoptante monoparental que, por primera vez, según cuentan, va a ser considerada en igualdad a las familias biparentales), el consejo que toma la decisión de asignarle a esta criatura y los profesionales que hacen todo el seguimiento.

No sé si narra lo que sucede… o lo que debería suceder: este respeto exquisito por la madre biológica, esta meticulosidad a la hora de decidir sobre la idoneidad, este cuidado escrupuloso sobre todos los tránsitos que vive el bebé: de la madre biológica al padre de acogida, del padre de acogida, a la madre adoptiva.

Aunque mis asignaciones y procesos de acoplamiento no tuvieron nada que ver con lo que muestra la película, el proceso de idoneidad fue curiosamente parecido al mío, y el tono del certificado de idoneidad, prácticamente idéntico.

En general me pareció una buena película, muy interesante, no tanto quizás como retrato (creo que la realidad está muchas veces lejos del ideal que muestra el film) sino como objetivo a conseguir. Pero hubo dos cosas que me chirriaron: la primera, cuando la madre biológica está decidiendo qué datos dejar por si su hijo quiere encontrarle algún día, le dicen que “la mayoría de los adoptados nunca buscan”. No es la impresión que tengo: creo que muchos buscan, muchos buscarían y que incluso los que deciden no buscar, se preguntan. La otra, cuando le preguntan a la madre adoptiva qué nombre le va a poner al bebé, y ella dice que el niño ya tiene nombre y la convencen de que se lo cambie, porque es “su derecho como madre”.

La persona que hizo la presentación de la película dijo que lo más importante de lo que habla esta película es de aprender a mirar, a mirar a la criatura que es, o debería estar, en el centro de todo. Buscar su mirada y mirarle para entender qué necesita, para que pueda ser tenido en cuenta. Pero yo creo que otra cosa importante que enseña es lo importante que es la palabra: hablarle a la criatura desde el primer momento, tenerla en cuenta, explicarle cada parte del proceso aunque parezca que no entienda, contar con él aunque él no pueda expresar lo que quiere.

Es la palabra lo que sana las heridas.

 

La caperucita roja y la censura

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Tenemos a todo el personal en pie de guerra por una noticia con un titular espectacular: “Vetada la caperucita roja por sexista”. Un titular llamativo, creado para levantar expectación y que le demos al enlace y leamos la noticia… pero parece que no ha funcionado y mucha gente no ha pasado del titular.

Si leemos la noticia, nos damos cuenta de que habla de cómo algunas escuelas están analizando y revisando sus bibliotecas escolares para que los fondos que contienen sean menos sexistas. Esto implica eliminar algunos libros, sobretodo en las primeras etapas, y adquirir otros que sí tengan perspectiva de género. Es decir, que ofrezcan modelos a las niñas (¡y niños!) que van a leerlos más allá de la clásica princesa de pelo largo y rubio que espera que la salven.

A mí me parece que se han quedado cortos. Que deberían revisar las bibliotecas, además, desde el punto de vista de la raza, de la orientación sexual, de la diversidad familiar y de las capacidades diversas.

En una biblioteca escolar cabe un número limitado de libros, y cuidar qué tiene -y qué no- es importante, para evitar estereotipos y para que todas las realidades estén representadas. Tanto en lo que se refiere a los libros clásicos como a los nuevos. Más, teniendo en cuenta que en otros entornos es posible que nadie lo cuide.

El trabajo fundamental de las bibliotecarias es hacer una buena selección de lo que hay en una biblioteca, teniendo en cuenta los criterios que consideren apropiados. Yo a mis hijos les he contado y comprado todos los cuentos clásicos, pero tengo en cuenta cosas como que en su biblioteca los personajes femeninos sean activos o que estén representadas las personas racializadas, o que huyan de estereotipos… y cuando no es así, le aplicamos una mirada crítica. Como hicieron con nosotras nuestros padres, lo que nos permitió ver desde muy pequeñas lo chirriante que era que en las aventuras de Tintín o Astérix las mujeres brillaran por su ausencia – y tuvieran un papel bastante penoso en las pocas ocasiones en las que salían – o lo llamativo que era que la niña valiente de “Los 5” quisiera ser nombrada en masculino mientras que la otra se ocupara de la limpieza y la intendencia de toda la pandilla.

Igual que para mi biblioteca busco libros de personas racializadas, de mujeres, que traten temas cercanas a la sensibilidad LGTBI, que hablen de y desde las distintas capacidades… lo mismo busco para las bibliotecas de mis criaturas.

Echo mucho de menos esto en las bibliotecas de las escuelas de mis hijos –han traído a veces libros a casa que son de juzgado de guardia-, y agradezco que haya centros que se plantean este tipo de cosas.

He oído y leído todo tipo de barbaridades respecto al hecho de que, ¡por fin!, haya bibliotecas escolares en las que se revisan los fondos desde lo coeducativo (insisto: ojalá pronto se consideren otras variables igual de importantes).

Por ejemplo, he leído la expresión “Fascismo de género”… y no, con esto no se refieren al hecho de que casi todos los libros de las bibliotecas de las escuelas tengan una gran mayoría de protagonistas masculinos, ni que estos sean valientes y activos, o que las madres que salgan se dediquen a los trabajos domésticos, mientras que los hombres conserven el  papel de salvadores. Y claro, es mucho mejor decir que el feminismo censura a los clásicos que plantearnos por qué aceptamos que las bibliotecas de las escuelas de nuestros hijos estén llenos de libros cuajados de estereotipos de todo tipo, que les llegan sin ningún acompañamiento ni valoración crítica por parte de sus maestras y maestros.

También he leído que esta medida es fomentar la ignorancia, y me llama la atención que consideremos ignorancia al hecho de que falten libros machistas, racistas, homófobos o capacitistas, pero no que falten libros que muestren niñas y mujeres fuertes, protagonistas racializados, familias y personas diversas.

Por supuesto, he oído la palabra censura. Y me parece muy curioso que con la cantidad de censura que hay en nuestro entorno – raperos condenados, titiriteros presos, autores de documentales sobre la pervivencia del Franquismo con penas de cárcel … – en vez de hablar de ellos arremetamos contra un colectivo que hace un trabajo de coeducación para nuestras criaturas. No me parece inocente en absoluto.

Interseccionalidad

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Yo no sé cuál es la receta de la interseccionalidad, pero sé que un primer paso es tomar conciencia no solo de las opresiones que me atraviesan sino también de los privilegios, reconocer las experiencias de personas que me dicen que es otra la opresión que a ellas más les afecta, y preguntarme qué me moviliza y qué no, con quién me identifico y con quién no. No me canso de recordar unas palabras de Brigitte Vasallo inspiradas en Boaventura de Sousa Santos: la violencia que yo vivo tendría que servirme para entender todas las violencias. Sufrir acoso machista debería servirme para entender el acoso racista. Nunca es verdad que el eje de poder que me oprime a mí o a ti sea el más grave o el más sistémico. No puede ser verdad porque, como han explicado Angela Davis o Bertha Cáceres o tantas otras, el poder heteropatriarcal, capitalista y colonial es uno solo, que muestra caras distintas. Si nos grabamos esto a fuego, partir de ahí igual podemos empezar a hablar de sororidad.

June Fernández (leed el artículo completo aquí, no tiene desperdicio).

 

Sobre los límites del humor, la libertad de expresión, los colectivos discriminados, la corrección política y los ofendiditos.

Hace tiempo que le doy vueltas a escribir algo sobre los límites del humor, la corrección política, la moda de los “ofendiditos”, la libertad de expresión… Un artículo sobre el spot de Campofrío (que había evitado ver porque me imaginaba por donde iban los tiros) me ha ahorrado el trabajo. En el análisis pormenorizadísimo y muy elocuente del anuncio, dice todo lo que yo pienso sobre el asunto. Comparto algunos extractos (pero os recomiendo que leáis el artículo completo porque no tiene desperdicio):

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En un tiempo en el que la libertad de expresión y el sentido del humor están constantemente en tela de juicio, la campaña de Campofrío viene a recordarnos que el humor es humor y no hay que ofenderse por un chiste. Pero el anuncio olvida dos cosas importantísimas: que sí hay chistes que son ofensivos (porque no todo el humor surge de la buena intención y porque hay chistes que solo sirven para perpetuar estereotipos negativos) y que el mundo no gira alrededor del hombre blanco cis-hetero. Que parece es el único al que debemos escuchar para saber qué tiene gracia y qué no.

(…)

Es un anuncio vergonzoso y cobarde, porque tienen los santos cojones de contratar a Rober Bodegas (y pagarle lo suyo) para hacer un gag sobre lo caro que le salió el monólogo sobre los gitanos. ¡Pobre Bodegas! ¡Dejadle vivir! ¡Solo era un chiste! Pero yo no he visto que a Rober Bodegas le haya salido caro el chiste: sigue haciendo su trabajo, sigue yendo a televisión y protagoniza campañas de publicidad. 

(…)

El anuncio tiene algunos momentos brillantes, como que sean las Azúcar Moreno las que vayan a comprar un chiste de payos y se ofrezcan a pagar (en oro) el chiste de Bodegas. Pero ese gag dentro de este contexto no va a hacer que Rober Bodegas se plantee por qué es ofensivo que él haga chistes sobre gitanos; lo que hace es decirle al público que hay gitanos de bien (las Azúcar Moreno) que se ríen de las ofensas (¡porque son chistes!) y hay otros gitanos malos que piden que se les trate con el mismo respeto con el que se trata a los demás. Y ese discurso es peligrosísimo, porque de repente cualquier reivindicación que surja de una minoría será considerada la queja de turno de los ofendiditos, que nos tomaremos en broma y que nadie se atreva a llevarnos la contraria. 

(…)

¿Crees que exagero? ¿Crees que ese alegato al humor hecho por Campofrío no está tirando por tierra las protestas de los colectivos minoritarios? Hay un momento en que alguien tira un huevo a la puerta de la joyería en la que se venden los tan preciados y amenazados chistes y alguien dice: “No les hagas caso, son los ofendiditos“. ¿Y cómo son esos ofendiditos?: Una mayoría de mujeres, alguna vestida casi como una sufragista del siglo XIX, acompañadas por señores muy serios, con pancartas que reducen al absurdo cualquier reivindicación que cualquier grupo minoritario pueda realizar. Porque ahí está la gran cagada del anuncio: no está diciendo que el humor sea algo precioso que debemos conservar entre todos, está diciendo que el humor es lo que la clase privilegiada diga que es y que cualquiera que proteste frente a ello es un ofendidito. Nadie en el anuncio hace amago por saber exactamente por qué se han ofendido, por qué protestan, qué les parece mal. Al ofendidito no se le hace caso, al ofendidito se le menosprecia, porque el ofendidito es un ser malvado que ha venido a amargarnos la fiesta, a jodernos el país y a quitarnos las preciosas costumbres (como reírse de los maricones) que hacen de España un país maravilloso.

(…)

Valiente sería, por ejemplo, reírse de los que llevaron a juicio a Cassandra por un chiste de Carrero Blanco. Valiente sería reírse del ridículo internacional que está haciendo España con el Procés por culpa de un gobierno y un juez que se han inventado una causa penal. Valiente sería, por ejemplo, reírse de la Asociación de Abogados Cristianos que aprovechan que en este país seguimos legislando los sentimientos religiosos (algo de lo que podríamos reírnos todos) y llevaron a juicio a la Drag Sethlas y a Willy Toledo (imagínate que sale de la tienda, llueve y exclama un “¡Me cago en Dios!“). Valiente sería, como leí por Twitter, sacar a Dani Mateo con un constipado. Valiente sería reírse de los empresarios que joden a las mujeres trabajadoras, reírse de la justicia que deja en libertad a violadores, reírse de los policías que hacen mal su trabajo y dejan sin protección a mujeres maltratadas. Valiente sería si, por una puta vez, los que tienen el poder de hacer estos anuncios entendieran que el humor, si no va de abajo hacia arriba, no es humor: es opresión. ¿O eres tan simple que no entiendes que un chiste, al igual que cualquier  obra de ficción, puede contener un mensaje?

Pero no. En Campofrío han decidido tirar por lo fácil: señalar como culpables de todos los males a los colectivos minoritarios que piden que su realidad (bastante dura en ocasiones) deje de ser considerada un chiste. Y lo hacen poniendo a representantes de esos colectivos para validar ese mensaje, como cuando en los años 50 las señoras de EE.UU. decían que no eran racistas porque tenían una sirvienta negra o como cuando tu amigo te dice que no es homófobo porque tiene amigos gais. ¿Cómo van a ser ofensivos los chistes sobre discapacitados si sale el Langui? Al que, por cierto, los chistes sobre personas con discapacidad le salen gratis porque él forma parte de ese colectivo; en una escena que provoca todo el repelús del mundo porque se nota que lo que está diciéndote el anuncio es lo de “¿Por qué tú puedes llamar maricón a tus amigos y yo no puedo cantar ‘matarile al maricón’, a ver?“

(…)

He leído a alguien decir que en Campofrío se han sacado el pito y han hecho una radiografía mordaz sobre la sociedad actual. Y estoy de acuerdo. En lo primero. Los señores blancos cis-hetero muy españoles y mucho españoles se han sacado el pito para restregarnos por la cara su derecho a hacer humor aunque nos ofenda, su derecho a cantar “Maricón el que no bote“, su derecho a hacer humor negro sobre la violencia machista, su derecho a reírse de los inmigrantes, de los discapacitados, de las feministas… Y, por supuesto, su derecho a pasarse cualquier reivindicación social que no le afecta por los santos cojones. 

(…)

Ni uno solo de los chistes que venden en la tienda del anuncio de Campofrío se ríe del machista. Del homófobo. Del neonazi. Del franquista. Del político mentiroso. Del corrupto. De Villarejo. De los periodistas vendidos al poder. De las mentiras de Susanna Griso. Del machismo de Pablo Motos. De la intoxicación en los medios de comunicación. De las fuerzas de seguridad que muelen a palos a un menor musulmán en Melilla o se meten en una pelea de bar en la que hasta el camarero acaba acusado de terrorismo. Ningún chiste se ríe de la falta de empatía de tantos españoles de bien que en lugar de pararse a escuchar al colectivo que explica que decir “mariconez” es ofensivo (porque se utiliza una orientación sexual como algo negativo) prefieren seguir diciéndolo porque lo hemos dicho toda la vida.

Porque para Campofrío el problema no es ése, el problema es que hay gente que se ofende por chistes de mierda. Pero, en realidad, el problema es que hay cómicos mediocres que no saben hacer humor sin reírse de alguien, sin señalar al diferente y sin ridiculizarlo delante del resto de privilegiados. Y Campofrío, en lugar de exigir un humor inteligente y respetuoso (que se puede hacer, no es tan complicado) y reírse de los cómicos que solo triunfan a base de perpetuar chistes cargados de prejuicios, ha decidido convertirse en ese profesor de colegio que cuando ve que en el patio están pegando al afeminado de la clase prefiere no entrometerse porque son cosas de chavales. Porque para Campofrío, los chistes son solo eso, chistes. Y puedes reírte de todo.

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