familia monoparental y adopción

Archivo para diciembre, 2016

Y el 2017…

Que como el 2015 y el 2016

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Queráis y os quieran

Encontréis espacios para la resistencia

Aprendáis de vuestros errores. Que algunas cosas no las aprendáis jamás

Que no os callen la boca

Que encontréis siempre alguien dispuesto a poner el hombro o echar unas risas

Que nos os falten abrazos ni caricias

Que no os dé miedo decir no. Ni decir sí

Que empecéis muchos proyectos nuevos. Que terminéis algunos

Que os sorprendan

Que no os duelan las derrotas, que no os emborrachen los éxitos

Que encontréis rendijas para la alegría

Que veamos cambios, que hagamos cambios

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Feliz Navidad donde quiera que estéis

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Adoptada, inmigrante

En más de una ocasión hemos buscado los puntos de conexión entre la inmigración y la adopción. Aunque los adoptados lleguen en avión y no en patera.

Hoy quiero añadir el punto de vista de C., adoptada adulta e inmigrante, que me ha permitido compartir aquí.

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¿Es la adopción parte de la identidad? Quisiera decir que no, pero me temo que sí, aunque sea algo adquirido, fruto de las circunstancias, y no inherente a uno. Como ser inmigrante. Nunca se deja de serlo.

Soy adoptada e inmigrante. El inmigrante, si vuelve, no vuelve al mismo lugar del que se fue. El adoptado, supongo, tampoco (no me he reencontrado con mis padres biológicos, así que no se qué sentiría, pero no creo que se puedan recuperar décadas de separación).

Estas circunstancias, en mi vida, se dieron totalmente separadas y sin relación una con la otra.

Me adoptaron al nacer, en Argentina, padres argentinos. Crecí en Argentina y ahí me hubiera quedado para siempre, de no ser porque me surgió una oferta de trabajo en otro país.

Cuando yo comparo estas experiencias, pienso en sensaciones: en ambos casos, uno acaba por habitar un espacio intermedio, es como estar siempre en un puente, eso de ser de dos lugares pero no ser del todo de ningún lugar. Creo que no en vano se habla de “país por adopción” cuando se hace referencia al nuevo país de un inmigrante. El paralelismo con la adopción viene por esa doble pertenencia que es a su vez una no pertenencia, o una pertenencia a un tercer lugar, al puente, un puente que nunca se termina de cruzar ni hacia un lado ni hacia el otro.

Repito: es mi vivencia, mi experiencia y de ningún modo pretendo representar el sentir de otros adoptados que quizás estén totalmente en desacuerdo con esta imagen.

Esto para mí es mucho más claro en la experiencia de mis hijos que en la mía, porque definitivamente yo soy mucho más argentina, aunque por momentos me sienta desconectada con la realidad de allá. Pero en mis hijos, por ejemplo, veo muy clara la comparación: uno de ellos me decía que los amigos le dicen que no entienden por qué se dice argentino si nació y vive aquí y es igual que ellos y habla igual que ellos, pero él me dice: “sí, pero es que ellos no entienden que esa no es toda la historia, no es toda la verdad: yo también soy argentino, y cuando voy a Argentina, siento que es mi tierra también, que entiendo los códigos, pero no todos, tampoco, y hay un momento en el que estoy allá pero extraño este país, y cuando vuelvo aquí, extraño a Argentina, y así estoy, soy de los dos lados y no soy de ninguno”.

Agrego algo: más que a la migración, la adopción (cerrada) se parece al exilio, porque se está en el puente, pero a uno de los dos lados, no se puede regresar. El puente está roto en un extremo. Y, al escuchar hace poco a algunos refugiados, pensaba que el paralelismo es aún más fuerte entre adopción y refugio. Los refugiados, igual que muchos adoptados, al ser entrevistados, se apresuran a decir lo agradecidos que están con el país de acogida, lo bien que se han acostumbrado a la nueva comida, etc. Se espera de ellos que digan que están agradecidos, igual que en general se espera que un adoptado lo esté y lo diga. Otra expectativa de quien entrevista y, en general de la sociedad, tanto respecto de los refugiados como de los adoptados, es que estén felices con la nueva realidad y que sólo hablen de lo positivo. Si el refugiado habla mucho de su nostalgia por el país que dejó atrás, genera incomodidad, y por eso rara vez lo hacen; con los adoptados pasa lo mismo. De lo que hay que hablar es de los horrores de la guerra o de los malos padres o de la pobreza de la que se han librado y han sido salvados, no de nostalgias ni de pérdidas, pues esto podría ser visto como una traición, como desagradecimiento. Y tanto refugiados como adoptados si de algo saben es de lo que hay que hacer y decir para sobrevivir y ser aceptados.

Así me siento yo como adoptada. No sé si es claro, pero creo que la dualidad es una característica de la adopción, como lo es de la inmigración, voluntaria o no. En última instancia, quizás la clave de la adopción sea aceptarse como ser dual.”

 

La voz de los niños tutelados

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La voz de los invisibles, los niños nadie, los sin voz. No os lo perdáis.

Podéis escucharlo aquí.

Y saber más del documental aquí.

Concebido con donante

La mayoría de niños que conozco que han sido concebidos son aún muy pequeños… sus madres relatan casi siempre que están conformes con su historia, que no le dan muchas vueltas a la genética que les falta, que están contentos… y no lo dudo. Pero pienso que van a crecer e igual las cosas dejan de ser tan fáciles. Por esto me ha gustado mucho esta entrevista con Damian Adams, biólogo australiano, concebido con semen de donante y luchador por los derechos de las personas concebidas a partir de gametos donados.

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Como adolescente, estaba bastante orgulloso de haber sido concebido con donante y feliz sobre todo el asunto. Incluso pensé en hacerme donante yo también y estaba de acuerdo en que fuera anónimo si esto significaba que más familias podrían tener hijos. Pero mis puntos de vista dieron un giro de 180 grados cuando tuve mis propios hijos. Cuando sostuve a mi primera hija en brazos, me di cuenta de que ella era yo y yo era ella. Fue una extraña epifanía, porque, a la vez, me sentía devastado por la idea de que podría haber crecido sin saber quién soy. Siento que la sociedad lo siente igual. Si me matara en un accidente de tráfico, la sociedad consideraría una tragedia que ella creciera sin conocer a su padre.

En este escenario, mi papel en su vida habría sido limitado – podría haber cambiado algunos pañales – pero incluso aunque su madre volviera a casarse y otra persona criara a mi hija, siempre se reconocería que yo era su padre, no esta otra persona. Parece que lo que consideramos importante en la estructura de una familia depende de la situación. En algunos casos el padre biológico es importante, en otros no. Cuando mi hija nació, me golpeó que esto fuera lo que había ocurrido en mi vida. Se me negó conocer quién es mi padre biológico. Crecí mirándome en el espejo y viendo sólo media persona. No sabía de dónde venían la mitad de mis habilidades y gustos. Luché para formar mi identidad y descubrí exactamente por qué.

Ver a mis propios hijos actuar de determinadas maneras que definitivamente no eran aprendidas sino obviamente genéticas me dio un sentido más claro de cómo estoy conectado con mi padre biológico. Y, siendo un científico, soy consciente de cómo el ADN afecta este tipo de comportamientos. Entendí de manera mucho más concreta qué me había ocurrido y no pude seguir estando de acuerdo. Desde mi propia perspectiva, creo que donar habría sido el error más grande de mi vida. No creo que hubiera sido apropiado permitir que mis hijos no conocieran a sus hermanos.

Es irónico que la gente tenga hijos a través de un donante porque sienten que es importante que al menos uno de los padres sea padre biológico, pero aún así, el otro padre biológico es desechable. Es contradictorio. Para muchos concebidos con donante, la otra mitad de la conexión biológica es igual de importante.

Adoptados, criados, hijos

Leo esta historia de Fernando Tejero, una historia muy común un par de generaciones atrás… las de los niños que se criaban, temporal o definitivamente, en su familia extensa:

Foto familiar de Fernando Tejero

El actor, miembro de una numerosa familia de seis hermanos, confesó que, a diferencia del resto, “me crié con una tía mía. Mi madre vestía a todos iguales, y yo como vivía con mi tía iba de diferente forma. Mi madre enfermó cuando tenía yo 9 meses de edad y me llevó un tiempo con mi tía, y al final estuve viviendo 14 años. Luego volví porque mi tía enfermó de cáncer, y tuve que volver con mis padres”.

Recordé de inmediato la historia de la abuela de M., cuyos padres la regalaron a una tía con más dinero que no había podido tener hijos, situación a la que M. atribuía su frialdad extrema; la de S., una niña que fue conmigo a unos campamentos, cuando teníamos 13 años, y que se criaba con su maestra aunque legalmente seguía siendo hija de sus padres; o la de M., que cuando sus hermanos pequeños fueron dados en adopción en Etiopía, ella fue acogida por unos tíos que le daban peor comida que a sus hijos, la tenían trabajando como una mula de sol a sol y la hacían dormir fuera de la casa. O lo que retrataba la película Pa Negre.

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Y de esto va esta historia, donde la realizadora, ella misma “Waliden” o niña ajena,  se interroga sobre la práctica de las adopciones tradicionales y el interés superior del niño en la adopción tradicional.

“En Malí, como en muchos países de África, la adopción tradicional, confiar una criatura a los miembros de la familia cercana o extensa, tenía por objeto consolidar los vínculos familiares y garantizar la paz. Hoy, las actitudes y las creencias han cambiado. La adopción puede convertirse en una pesadilla para el niño como lo ha sido durante casi 10 años para Awa Traore, que realizó este documental. La película pone de relieve lo que se ha mantenido durante mucho tiempo silenciado: la experiencia de las waliden, víctimas de malos tratos a raíz de una adopción tradicional. En términos más generales, esta película plantea la cuestión de la universalidad de los derechos del menor cuando se enfrentan a las prácticas ancestrales. ¿Debe prohibirse, regular o permitir?” 

Lo mismo sucede con la Kafala, una palabra que sirve en los países árabes igualmente para definir la adopción o un sistema de trabajo doméstico. Algo que puede ser diametralmente opuesto o perfectamente compatible… como sucedía en España si nos atenemos a la etimología de la palabra criado/a.

Hace tiempo que leo a adoptados adultos reclamar la kafala como forma ideal de adopción: no corta los lazos con la familia de origen, no cambia el nombre ni el apellido de la criatura (al menos en teoría), no intenta “suplantar” una realidad biológica.

Yo también soy muy crítica con el hecho de que la adopción borre los orígenes, rompa lazos con la familia de origen, niegue la historia de la criatura… pero creo que a veces se nos olvida que esta legislación adoptiva fue pensada no para perjudicar al menor, sino para protegerle: para convertirle en un miembro de pleno derecho de su nueva familia, no como sucedía antes, que los adoptados eran “recogidos” o “criados” (en el doble sentido que tiene la palabra en español: alimentados por la familia en la que viven pero también sirvientes de esta), que no eran considerados iguales en derechos ni en afecto a los otros hijos (si los había) o a los hijos naturales, que no tenían derecho a herencia… que nunca eran parte de la familia.

 

Lo que no vemos

Otra vez, un vídeo que vale más que mil palabras, aunque de palabras va el juego. Y de amor, adolescencia, bullying, y consecuencias inesperadas. No dejéis de verlo (es en inglés y está subtitulado en catalán, pero se entiende. Vaya si se entiende).

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