familia monoparental y adopción

Archivo para octubre, 2011

Edades

Cuando empecé el primer proceso de adopción, alguien me dijo que la mayor diferencia entre adoptar niños pequeños y niños mayores no está tanto en los niños (dificultades de adaptación pueden existir en niños de todas las edades; y cada momento tiene sus ventajas y sus inconvenientes) como en los padres: familias que tienen una paciencia infinita con los bebés, que aguantarían cualquier cosa, noches sin dormir, llantos sin explicación, vómitos día sí y día también, cargarles todo el día en brazos… pretenden que sus hijos llegados de mayores se adapten en pocos meses, que aprendan el idioma, se comporten como si hubieran vivido (y sido educados) toda la vida por nosotros y ¡¡hasta saquen buenas notas!!

Creo que tenía mucha razón. Con los niños adoptados puede suceder que tengan una edad física distinta a la edad intelectual, que a su vez es distinta a la edad emocional, y aún diferente a la edad que tiene el vínculo con nosotros.

R., madre de dos niñas llegadas a su vida con 10 años, y de 2 niños que llegaron de bebés, dice siempre que es mucho más difícil apegarse a un niño mayor que a un bebé. Los bebés están diseñados genéticamente para gustarnos, para que cuidemos de ellos, para que no podamos resistirnos… A los mayores esto no les pasa, y si llegan a edades tan tardías como los 10 años de sus hijas, se añade además que tienen que empezar a separarse de sus padres, como todo adolescente, cuando probablemente aún no se han apegado lo suficiente. A mí me ha pasado con mis hijos (¡y nos perdimos menos de 2 años de convivencia!), que durante años pensé que el tiempo pasado juntos no había sido suficiente… La ventaja que tenemos nosotros es que tenemos mucha infancia por delante…

¿Y cómo afrontar todas esta diacronías? Yo cuando no entiendo a mis hijos, aplico un sistema que me recomendó B., madre de una niña llegada de Haití, y que me ha venido como Mano de Santo: les trato como si tuvieran la mitad de sus años.

PD. Desde el blog Al Kafala me han puesto sobre la pista del último editorial de la revista Niños de Hoy, que efectivamente, podría haber firmado yo.

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El padre de verdad

B: ¿Sabes que P. tiene dos padres?

Yo: ¿Ah sí? ¿Y eso?

B: uno es el padre que vive con su madre… este que le lleva en moto por las mañanas… el otro es ese señor de pelo blanco que le viene a buscar a veces.

(Los padres de P. están separados y su madre convive, desde que él era muy pequeño, con otro señor que efectivamente, le lleva al colegio y se ocupa de otros aspectos de su día a día; el padre se lo lleva un fin de semana de cada dos).

B.: ¿Y quién es el padre de verdad?

Yo: ¿Qué es, ser padre de verdad?

B.: (piensa)… Mmmmhh… El que le cuida, ¿no?

¿Contar o no contar?

Cuando uno se convierte en padre adoptivo, parece que su vida y su familia se convierta en un espectáculo público sobre el que todo el mundo tiene derecho a preguntar.

Hay gente muy discreta: recuerdo padres del parque que jamás me preguntaron si mi hijo mayor era adoptado o tenía un padre negro, y pasaron meses antes de que saliera el tema, pero también hay gente muy cotilla. Y las preguntas van desde el simple: ¿es adoptado (acompañado a menudo de la coletilla “o tuyo”)? o ¿de qué país es?…

…hasta preguntas mucho más indiscretas como ¿por qué lo abandonaron? o ¿tenía un montón de hermanitos en África, no?

Ante el primer tipo de preguntas, siempre tuve claro que había que contestar con transparencia. No porque me importe lo que piense la gente que pregunta (a menudo desconocidos con los que me cruzaba por la calle), sino porque no quería que mis hijos vieran como algo raro, anormal o a esconder, ninguna de las circunstancias “poco habituales” de su vida: ni ser adoptado, ni ser de otro color, ni no tener padre.

…sobre el segundo tipo de preguntas… tuve siempre un dilema. ¿Dónde está la frontera entre guardar la intimidad de la historia de mis hijos y no convertir su historia en tabú? ¿Por qué contar sin problema otras cosas de su vida y ocultar estas?

Así que durante años fui escapándome como pude… hasta que pude contestar: “pregúntaselo a ellos”…

Y resulta que ellos han decidido contar.

A veces me asaltan padres del colegio para preguntarme si algunas de las cosas que cuenta B. sobre su primera familia son ciertas. Yo siempre respondo: ¿No le crees?

 

 

Hay familias que instruyen a sus hijos en que algunas cosas, aunque no sean malas, no hace falta contarlas en público. A mí siempre me ha dado miedo hacer esto, porque, ¿qué van a pensar nuestros hijos de que las cosas que no haya que contar sean precisamente las relacionadas con su adopción? ¿No es esto señal de que hay algo malo ahí, algo vergonzante? Lógicamente, el problema es el uso que otras personas harán de esta información, pero, ¿no pueden hacer mal uso también de la información que no se les da – de lo que sospechan? Y sobretodo, ¿no les hará más daño a nuestros hijos si les hemos enseñado que esto es algo de lo que no se habla?

Me contaba M. que su hija de 9 años, adoptada al nacer, ha decidido contar toda su historia en el colegio, Incluído el dato de que su madre biológica, que la dio en adopción el primer día, se quedó con sus otros hermanos. M. está preocupada por si el resto de niños le echan en cara que algo malo debía tener cuando su madre se quedó con los otros dos y la abandonó a ella…

Pero yo pienso que, desde el momento en el que ha decidido contarlo, probablemente ella misma ya piensa algo parecido… Y quizás (es una niña muy inteligente), necesita ver cómo reaccionan los demás a esta información para ser capaz de procesarla.

¿Saber o no saber?

Cuando empecé el proceso de adopción de mi primer hijo, lo que más me preocupaba era cómo explicarle a él si descubría algo realmente truculento en su pasado. Que hubiera sido engendrado en una violación. Peor aún, en un incesto. Que su madre fuera prostituta y no hubiera ni amor ni siquiera deseo en su concepción. El maltrato, el abuso, que pudiera haber sufrido. O que hubiera sido abandonado en un cubo de basura, por ejemplo.

“Es mejor no saber. Si no lo sabes, no te ves obligada a contárselo”. Esta es una frase que he oído más de una vez a familias adoptivas. ¡¡Si hasta hay familias que escogen determinados países precisamente por la dificultad de encontrar información!!

Yo no estoy de acuerdo con ello. Estoy convencida de que, incluso cuando las historias son duras, es mejor saber que no saber.  Porque por duro que sea, les ha sucedido, y no saberlo no hace que no haya sucedido ni que las secuelas que deja desaparezcan. Sólo te impide conectarlas, saber qué es lo que hay que sanar.

Saber te permite recolocarlo. No saber te mantiene inmerso en un mundo de fantasías y dudas. Saber te permite coger el toro por los cuernos.

Cerrar el círculo y pasar a otra cosa.

Freaks

Hace algún tiempo, M., una amiga que tiene (en pareja) 2 hijas, me comentó que “salir con otras madres monoparentales es muy freak, no? No ser monoparental, esto me parece bien. Pero juntarse con otras familias monoparentales…”

 

Me he acordado de ella este fin de semana, porque 8 madres (casi) monoparentales (dos de ellas son separadas, con ex que ejercen de padre en mayor o menor medida) nos hemos ido con nuestros 9 churumbeles a pasar dos días en la montaña.

Ha sido un fin de semana muy chulo. Hemos visto cómo nace un río, hemos descubierto que los árboles, además de verdes, pueden ser marrones, amarillos, rojos, naranjas, morados, granates y lilas, hemos respirado el aire frío y limpio de la montaña… Los mayores reclamaron (y consiguieron) su cuota de autonomía y se largaban a la que podían a la plaza a jugar a pelota o a investigar el pueblo; los pequeños han empezado a cogerle el tranquillo a relacionarse los unos con los otros; y las madres hemos compartido tiempo, responsabilidades y trabajo doméstico, hemos vigilado críos a cuatro manos y hemos echado unas risas cuando por fin cayeron rendidas todas las criaturas.

 Estas 8 familias (y otro puñado que no estuvo en esta excursión) no pertenecemos a ninguna asociación o agrupación, somos simplemente familias que hemos ido coincidiendo en distintos momentos y que, además de la monoparentalidad y la adopción, hemos descubierto que compartimos otras muchas cosas.

Nunca me ha parecido que ninguna de nosotros sea más “freak” que las muchas personas en pareja que conozco. Que la misma M….

Y a pesar de algunos comentarios que hemos oído (“Son niños que están de colonias”… “Deben pertenecer a una comunidad”… “¿Dónde habéis dejado a los maridos?”),  tampoco me ha parecido nada freak este fin de semana.

¿Os imagináis que yo le dijera a M. cuando sale con otras parejas con hijos que “juntarse con parejas es freak”?

Cromos

Mi hijo A. empezó a tener rabietas en P3.

Un día la maestra me llamó, muy preocupada porque “ningún otro niño hace esto”. Me echó una charla explicando como tenía que educar a mi hijo, y yo en vez de contarle que hay muchos metodos de crianza y los míos no tienen que coincidir necesariamente con los suyos, le dije que lo que le pasaba a mi hijo es que estaba pasando una fase de 2 años con 3.

Que ella no conocía a “ningún niño” que actuara así, porque los niños lo hacen antes de llegar al colegio, en la guardería. Y porque mi hijo hacia esto con la fuerza, el cerebro, y la autonomía de un niño de 3 años largos en vez de los 2 en los que le habría tocado, por esto asustaba más.

A mí, en vez de preocuparme, me tranquilizó. Me pareció que eran deberes hechos.

A., madre de un niño de 7 años nacido en Siberia, dice siempre que a nuestros hijos les faltan cromos. Que se han saltado etapas cruciales para crecer, y en su colección hay muchos espacios vacíos.

A mi hijo A. le faltaba el cromo de los Terrible Twos. Esta etapa de probar límites y reafirmarse. Porque los 2 años fueron para él un período de apatía, miedo y hacer la pipa.

Y tal y como le pronostiqué a la maestra, le dejamos vivir esta etapa y se ha convertido en un niño de 4 años de lo más normal.

Familia

Una de estas mañanas, recién salida de la ducha, escuchaba a mis hijos jugar en su cuarto.

A: Cuida a los bebés, que yo voy a hacer pipi.

Entra en el cuarto de baño: Toma, sujétame estos globos.

Yo: ¿Estás jugando con B.?

A: Sí.

Yo: ¿Y a qué jugáis?

A: A cosas.

Yo: ¿Estos globos son tus bebés?

A: No, los bebés los está vigilando B…. son el Doraimon y mi jirafa. Esto son bombas que se las tiraremos a los malos cuando vengan.

¿Qué demonios pensarán que es una familia?

P.D. Este episodio sucedió antes de saber que mis hijos van a crecer en un mundo en el que ETA y sus bombas no van a tener ningún papel.

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