familia monoparental y adopción

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Homosexualidad y adopción

Cuando se habla de adopción y homosexualidad, a menudo nos quedamos solo en el derecho de los gays a adoptar, en las dificultades que afrontarán las familias homoparentales por adopción, a las capas de complejidad que esto añade a las vidas ya muy complejas de los hijos… La gestión de la diferencia, la necesidad de pertenencia, la visibilidad de la familia (doble en el caso de adoptados transraciales).

Pero hay más:

¿Cómo ven, o cómo verían, los países de origen que haya niños que son adoptados por familias homoparentales, incluso cuando la legislación lo prohíbe? A nadie se nos escapa que las restricciones para adoptar que se ponen a las (Y sobretodo los) monoparentales tiene en muchos casos que ver con esto: con que bajo el perfil de “monoparental” hay muchas veces una persona o una pareja gay que no tiene otra forma de adoptar.

¿Cómo ven o cómo verían, las familias de origen de nuestros hijos, que ellos hubieran terminado en una familia homosexual?

¿Qué relación podemos mantener con el país de origen de nuestros hijos si es un país donde la homofobia está generalizada, donde incluso es peligroso? ¿Cómo viajamos y cómo nos movemos por lugares donde la sociedad y la ley no aceptan lo que somos?

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¿Y qué pasa si son nuestros hijos los que son gays? ¿Cómo pueden relacionarse  personas criadas en un país “tolerante”, con un país de origen donde su opción sexual no existe oficialmente o está perseguida? O si son transexuales, ¿cómo entran como mujeres al lugar del que salieron como hombres – o viceversa?

Mucho que pensar.

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Una luz nueva: cómo el embarazo de mi hija me hizo repensar la adopción.

Hace poco cayó en mis manos esta historia tan interesante que narra toda una vida como madre adoptiva y cómo las cosas que van pasando nos cambian. No tiene desperdicio.

La imagen puede contener: una o varias personas y personas sentadas

En primavera del 2006, Aselefech, mi  hija de 17 años, estudiante de instituto, se acercó a mí y me dijo – llorosa, casi desafiante – que estaba embarazada. Entré en shock, triste, asustada por ella. Pensé que habíamos hecho todo lo que hay que hacer para evitar que sucediera eso. Había hablado con ella y sus hermanos sobre sexo, les había llevado a planificación familiar, y había discutido los riesgos del sexo sin protección. ¿Cómo pudo suceder?

Aselefech y su hermana melliza, Adanech, tenían 6 años en 1994 cuando mi marido de entonces y yo las adoptamos en Etiopía. Nuestros dos hijos, que habían nacido en los Estados Unidos, habían sido adoptados de bebés, y tenían 5 y 7 años cuando las niñas llegaron. La documentación que recibimos de la agencia de adopción aseguraba que los padres de las niñas habían muerto. Desde el principio, tuve claro que Adanech y Aselefech habían sido queridas en Etiopía. Estaban acostumbradas al caos de familia y niños; se adaptaron bien a la escuela, incluso aunque hablaban muy poco inglés. A Aselefech, en particular, le gustaba hacer cosas conmigo: cocinar, limpiar, leer, cuidar el jardín. Tenía que haber estado unida a su madre, recuerdo que pensé, porque fácilmente se acercó a mí.

La escuela secundaria fue un desafío – mis hijos exploraban relaciones, experimentaban una  presión mayor por parte de sus iguales, confiaban menos en mí. En el instituto continuó la era de poner los ojos en blanco, portazos ocasionales, y la intensa lógica adolescente. La mayor parte del tiempo, Aselefech y yo nos llevábamos bien. Ella hablaba conmigo de chicos, aunque mucho más con su hermana, y yo trabajé duramente para mantener la comunicación abierta.

Cuando me dijo que estaba embarazada, no pude evitar enfadarme al principio – ¿no se daba cuenta de que esto le cerraba muchas puertas? ¿Terminaría el instituto? ¿iría a la universidad? ¿Cómo superaría el dolor que le infligirían los que la verían como un estereotipo, la joven madre soltera negra?

Nuestra familia conocía al novio de Aselefech, el padre del bebé, desde hacía años. Miguel iba un curso por encima en el instituto. Aunque participó en las conversaciones referentes al bebé, él y Aselefech no estaban preparados para casarse. Y mientras él contemplaba esta posibilidad, Asefelech decidió no abortar. Así que fui yo quien la acompañé a las citas ginecológicas, a veces de mal humor. El embarazo de Aselefech empezaba a notarse y sus profesores sacudían la cabeza. Mi mente se tambaleaba cuando pensaba en las realidades de criar a un bebé: las emociones, los gastos, las decisiones – todo parecía demasiado para mi hija adolescente.

“No sé si puedo hacerlo, mamá”, me confesó una noche. Yo tampoco lo sabía. No porque fuera imposible, sino porque era tan joven. Nuestra familia tenía los recursos económicos para ayudarla, y yo sabía que su padre, sus hermanos, sus amigos y yo le daríamos apoyo. Aún así – ¿quedarse al bebé y criarlo era realmente una buena elección?

Cuando Aselefech y Adanech tenían 7 años, recuerdo ir a una revisión médica con una doctora nueva. Revisó mi historial mientras charlábamos de mis hijos, y vio que nunca había estado embarazada. Se extrañó hasta que le conté que habían sido todos adoptados. “Una opción donde todos salen ganando, ¿no?”, dijo. “Una criatura necesitaba una familia y vosotros queríais una criatura”.

En ese momento, estuve de acuerdo. Veía la adopción como una situación donde todos ganaban. Siempre había creído en la adopción, cuando se gestionaba con integridad y transparencia; incluso había trabajado para una agencia de adopción una temporada.

Mi comprensión del asunto – y todas sus alegrías y penas – es mucho más profundo ahora de lo que era cuando me convertí en madre. Gracias a mi hija, he visto de primera mano cómo puede ser un embarazo vulnerable: una madre joven con un futuro incierto, para quien el bebé traerá cargas y demandas desconocidas, emoción y energía y sueños pospuestos. A pesar de esto, cuando hablamos de adopción con Aselefech durante su embarazo, se paró y dijo: “No. No puedo imaginarme estar en el mundo, sabiendo que mi hija está en otra parte, no conmigo. Es demasiado triste para siquiera pensarlo”.

Como madre adoptiva, vi que esto con lo que había estado intelectualmente de acuerdo – la madre biológica de mis hijos tomando una decisión dura, amorosa, desinteresada – es una elección muy diferente cuando estás en el otro lado. En verdad, me sentí como se sentía Aselefech: no podía imaginar a mi nieta entregada en adopción. No podía imaginarme a mi hija entregando a su bebé a otra persona.

Cuando vi al bebé en la ecografía de Aselefech, empecé a entender lo que esta criatura podría aportar al mundo. Para mí, la ecografía fue un punto de equilibrio, el punto de inflexión tangible de la ira a la esperanza.

¿Quién sabe en qué se mete cuando se convierte en padre o madre, especialmente a los 17 años? Aselefech tenía pocas amigas con hijos. “Es la parte más dura”, dijo; “soy una extraña entre mis amigas”. Pero para entonces, ella tenía ya confianza en que la apoyaríamos, económica y emocionalmente. “Sé que necesitaré algo de ayuda, pero me puedo hacer cargo de esta criatura”, me dijo. Tuvimos una fiesta de bienvenida del bebé, con amigos y familia, con juegos y regalos. Aselefech tuvo su celebración, y la niña se convirtió en algo más real para ella, mientras saltaba alegremente entre ropas y libros y biberones.

El nacimiento de Zariyah, el 2 de octubre de 2006, fue la primera vez que estuve en un parto. Aselefech rompió aguas a las 2 de la madrugada. Subimos al coche y fuimos al hospital mientras su padre iba a recoger a Miguel. Aselefech recibió la epidural sobre las 4, y dio a luz 4 horas más tarde. Su embarazo había sido remarcablemente fácil, seguido por un parto fácil. Al final, solo sentíamos alegría al recibir a la preciosa, maravillosa, niña a la que mi hija dio a luz.

El nacimiento de Zariyah tuvo efectos de largo alcance en todos nosotros. Para Aselefech y su hermana Adanech, fue un recordatorio de sus propios nacimientos y de su madre etíope. Sabían que las habían entregado juntas en adopción cuando tenían 5 años y medio. “Entregadas en adopción” -una frase tan aséptica, que no mostraba el dolor de la decisión. ¿Cómo habían sido sus nacimientos? ¿Quién estaba con su madre cuando nacieron? ¿Quién se ocupó de ellas tres después?

En ese momento, no teníamos respuestas para estas preguntas. Sacamos a la luz algunas de las dudas mientras Zariyah se convertía de bebé en niña, y guardamos otras muchas en nuestros corazones. Nos pusimos en contacto con la agencia de adopción que ofrecía servicios post-adopción en Etiopía, y nos mandaron a una trabajadora social del pueblo que se mencionaba en los papeles de adopción de las niñas. La trabajadora social encontró a alguien que conocía a alguien cuyas gemelas habían sido adoptadas desde los Estados Unidos.

Dos años después del nacimiento de Zariyah, en 2008, viajé a Etiopía a petición de Adanech y Aselefech, que no se sentían preparadas para ir ellas – estaban asustadas de que la muerte u otras pérdidas pudieran haber ocurrido en el tiempo transcurrido desde su adopción. Viajé dos horas desde Addis Abeba hasta el pueblo donde mis hijas habían pasado los primeros 5 años, y allí me encontré con la otra madre de mis hijas.

Encontrarme cara a cara con Desta fue una de las experiencias más poderosas de mi vida. La acompañaba su marido (el padre de las niñas), muchos de sus hijos (los hermanos de mis hijas), y dos de sus nietos (los sobrinos de mis hijas). Estábamos apretujados en una habitación pequeña y oscura, algunos sentados, otros de pie. Como la cultura etíope da mucho peso a la cortesía y la deferencia, me dieron la mejor silla, y me ofrecieron café en primer lugar. Hubo muchas oraciones, ofrecidas por los hombres, y que me tradujeron someramente: “La familia está muy agradecida. Dan gracias a Dios”. Sonreímos mucho, asentimos con la cabeza, nos limpiamos lágrimas de los ojos.

Le di a Desta, cuyo nombre significa alegría en amariña, un álbum de fotos que mis hijas y yo habíamos preparado para ella. Ella murmuró “amaseganallo”, gracias, y miró lentamente el álbum mientras yo charlaba sobre las fotos: “Esto es cuando estaban en un equipo de fútbol grande. Esta era su foto escolar. Estos son mis hijos, sus hermanos, adoptados en Estados Unidos. Esta es nuestra casa”. No sé que le dijo el traductor. Desta tocó cada pintura, hablando suavemente con sus hijos, que también miraban las fotos de sus hermanas y lloraban silenciosamente. Dí a Desta algunas fotos enmarcadas, primeros planos de Aselefech y Adanech. Recuerdo como acarició sus mejillas, sus caras capturadas en las fotografías.

Las hijas trajeron injera y doro wat, el tradicional pan esponjoso y estofado de pollo, con batallas de Fanta y Coca-cola. Alguien le quitó los álbums y las fotos a Desta, que los había estado sujetando con fuerza, y los guardó en otra habitación. Vi un punto de tristeza en sus ojos en ese instante, seguidas por una aceptación resignada, anhelante. Cuando fue el momento de irme, le dije, muchas veces, “Amaseganallo”. Ella dijo “Gracias”, mucha veces. Nos abrazamos, y nos hicimos fotos, y entonces me marché.

Sé lo que significa ser una madre adoptiva, querer tan profundamente a mis hijos. Conozco el dolor de la infertilidad, de querer desesperadamente una criatura a la que amar. Pero no conozco cómo es ser madre biológica, estar embarazada y dar a luz, tener esta conexión innegable. Cuando me encontré con Desta, finalmente empecé a entender el dolor de una madre de nacimiento. Desta y yo amábamos ambas a Adanech y Aselefech más de lo que las palabras pueden decir, pero ella tuvo que perderlas para que yo pudiera quererlas.

Traje de vuelta fotos e historias para compartir con nuestras hijas. Poco después, Aselefech – por primera vez desde que salió de Etiopía – habló con ella por teléfono. Había olvidado el amariña de su infancia y necesitó la ayuda de un traductor.

En 2011, cuando Zariyah cumplió 5 – la edad en la que mis hijas fueron llevadas al orfanato de Addis Ababa – Aselefech y yo volvimos a hablar del dolor que su madre tuvo que sentir cuando perdió a sus gemelas de 5 años. No podíamos imaginar perder a Zariyah, enviarle al otro lado del mundo, quizás nunca volver a verla. El día del cumpleaños de mi nieta, las dos lloramos por una pérdida que ambas imaginamos siendo inimaginable.

Ese verano, Aselefech y yo viajamos juntas a Etiopía, y se encontró con su familia: madre, padre, hermanas, hermanos, cuñados, sobrinos, sobrinas, tíos, tías, y primos. Hubo muchas lágrimas, abrazos, besos, oraciones, y traducciones. Varios de los hombres hablaron al grupo. Las traducciones a menudo parecían cortas, dada la extensión del amariña. En un momento raro, tranquilo, Aselefech preguntó a su madre por qué ella y su hermana habían sido entregadas en adopción.

Su padre respondió: en 1988, la hambruna y la guerra les dejaron sin comida suficiente. Los trabajos eran escasos. Teníamos otros 5 hijos. Aselefech preguntó quién las llevó al orfanato. Su padre respondió que fue él, con el hermano mayor de las niñas.

Desta parecía hablar y entender poco inglés, mientras que sus hijos – especialmente los chicos – comprendían un poco y a menudo respondían por ella, no siempre traduciendo nuestras preguntas. Hacia el final de nuestra visita, Desta habló directamente con Aselefech. “Tu madre dice que no estaba en casa el día que os llevaron al orfanato”, dijo el traductor. “Ella no quería que os marcharais”.

No poder hablar sin la ayuda de un traductor añadió un punto de tristeza. Nos llevaría muchas más visitas y muchas conversaciones cruzar las diferencias culturales y gestionar todas las emociones del reencuentro. A pesar de esto, fuimos capaces de hablar, compartir fotos, hacer preguntas. Y por primera vez desde que era una niña, Aselefech pudo mirarse en rostros que reflejaban su historia.

Sé que Aselefech y Adanech nos aman profundamente a sus padres adoptivos. Son conscientes de cómo habrían sido de distintas sus vidas si se hubieran quedado en Etiopía. Ciertamente, han tenido algunas ventajas económicas y oportunidades gracias a la vida que han tenido aquí. ¿Qué peso tiene esto, sin embargo, respecto a perder a su padre, madre, hermanos de origen – a su país, lengua, herencia, cultura? Estas pérdidas son imposibles de medir, y no pueden ser ninguneadas.

Si uno de mis hijos muriera, no sé si me podría recuperar jamás. Incluso teclear estas palabras me asusta. Pero, ¿cómo más puedo intentar empatizar con lo que han pasado cientos de miles de madres en todo el mundo, las que perdieron a sus hijos en adopción porque no tuvieron otra oportunidad? ¿Como podemos cualquiera de los implicados en adopción, los que nos hemos beneficiado de ella, no hablar en nombre de los incontables padres y familias que han perdido a sus hijos por esta vía? ¿Cómo podemos pensar que no les duele profundamente?

Es difícil para muchos padres adoptivos aceptar que el precio de nuestra alegría ha sido un dolor enorme. Gracias a mi propio privilegio, he tenido el luxo de ver a mi hija rechazar este dolor y quedarse con su hija, aunque era joven y su embarazo inesperado. Aselefech es una madre fantástica, y se graduó en Sociología en la Universidad. Zariyah es una niña brillante, sana, activa, que toma clases de ballet y va a una escuela maravillosa.

En 2014, Aselefech, Zariyah y yo fuimos a Etiopía juntas, y Zariyah, que tenía 7 años, conoció a su abuela etíope por primera vez. La visitamos en la habitación delantera de su modesta casa, nos sentamos juntas en un sofá bajo. Otra vez, había mucha gente presente – familiares, vecinos, gente de la Iglesia, y amigos. Zariyah se sintió comprensiblemente desbordada por la gente y las emociones que había en la habitación. Se sentó en silencio, escuchando, y tardamos un rato en darnos cuenta de que las lágrimas le caían por el rostro. Nos los dijo después. “No conozco a esta gente, y no sabía que estaban diciendo. Y son mi familia, pero son extraños. No sabía qué hacer. Creo que se suponía que tenía que estar contenta. Pero me sentí triste”.

Desta conoce y ha besado a Zariyah, una de sus muchas nietas. Nunca olvidaré verla hablar suavemente a su nieta americana, acercándose a acariciar gentilmente la mejilla de Zariyah. Después de perder a sus hijas queridas en adopción durante 20 años, Desta ahora las tiene de vuelta – en algún sentido – pero hay 8.000 millas entre ellas.

Aselefech y Adanech están en contacto con su familia etíope, les mandan fotos y noticias; habrá más visitas. La suya es una conexión biológica que yo no comparto, pero que ahora reconozco como importante e intensamente potente. No tengo conexión biológica con mis queridos hijos y nieta, pero están cerca de mí. Vivimos todos con el conocimiento de que muchas cosas podrían haber sido distintas, y todos compartimos la esperanza y la alegría que nos ha traído Zariyah.

Mi caída del caballo

Como tantos adoptantes, fui ingenua, creí que la adopción miraba por el bien superior del menor, estuve convencida de que si hacía las cosas bien, habría garantías… hasta que me caí del caballo.

Fue hace exactamente 8 años, este texto lo escribí entonces… y lo había perdido hasta que M. me lo volvió a hacer llegar.

No hay mucho que añadir… aunque ahora sería menos ponderada,  pondría menos quizás,

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Llegué a la adopción por el deseo, egoísta, de un hijo, pero creía que, como a mi no me importaba que mis hijos no llevaran mis genes, y habiendo tantos niños en el mundo, la adopción era la mejor opción. También pillé el cierre del protocolo público, aunque yo, desde el principio, pensaba ir por ecai. Quizás porque no soy muy valiente, y también porque pensé que las agencias controladas por la administración pública me ofrecían más garantías que facilitadores que no estaban sujetos a nuestra legislación. Y tomé esta decisión a pesar de que me suponía 2 años más de espera, y cuando se empezaron a conocer las barbaridades que fueron ligadas a algunos casos de adopción por protocolo público, pensé que había escogido bien. 

Mi experiencia personal con mi ecai fue buena en todos los sentidos, y, aunque no había oído hablar de corrupción de ningún tipo, me alegré de poder comprobar que la historia de mi hijo era exactamente como me la habían contado. Me alegré de poder localizar a la madre biológica de mi hijo y me alegré mucho (aunque también lloré) cuando ella me escribió explicándome las razones por las que le había dado en adopción. 

Tiempo después, empecé a leer historias tremendas de la adopción en Etiopía por ecai. Creo que la primera que leí fue la de V. Lógicamente, no tuve ninguna duda de que era cierta, pero entonces pensé que era una excepción, un error del sistema, por decirlo de alguna manera: alguien había hecho algo mal, estaba claro, pero la adopción, en general, funcionaba. Luego leí sobre otros casos, ya eran muchas excepciones… pero seguí pensando que eran errores, desviaciones. Que la adopción no era eso. Que eran desviaciones a la norma. Tremendas, pero excepcionales. Esto es lo que he pensado durante mucho tiempo… a pesar de todas las evidencias. 

Hasta que el otro día, hablé por teléfono con una familia que me explicó su historia. No sé si fue oírla de viva voz en vez de leerla; o los detalles; o los nombres propios, algunos bien conocidos por mí. El caso es que de repente lo vi todo desde otro prisma. Como San Pablo cuando se cayó del caballo en el camino de Damasco, pero en vez de ver la luz vi la negrura más absoluta. 

Mis conclusiones, a las que otros han llegado antes que yo, es que la adopción internacional, que en si no tiene nada de malo, es en Etiopía (y también en otros países, no en todos) un gran negocio para las ecais, que han encontrado en este país un campo de cultivo de niños sanos y pequeños para nosotros, las familias blancas, que llegamos a la adopción desde la inocencia más absoluta, convencidos de hacer un bien dando familias a niños que las necesitan. Con esto no quiero decir que todos los casos sean niños arrancados (no por la fuerza, sino después de convencerles) de las familias, a las que se les explica lo bien que les irá a sus niños entre los farengi; ni siquiera sé si son así la mayoría de los casos: seguro que también hay niños huérfanos o abandonados. El problema es que es imposible discernir si estás en uno u otro caso hasta que ya es demasiado tarde. El problema es que nuestra demanda es la que genera la oferta. 

¿Sabéis lo peor? Lo peor es que yo estaba dispuesta a hacer una segunda adopción en Etiopía, que la habría hecho si no me hubieran expulsado del país, convencida de que podía controlar el proceso. Y si todo hubiera salido bien, habría dicho: ¿Veis como se puede hacer bien? Y si hubiera salido mal… no habría podido decir que no me habían avisado antes. 

Alguien decía que este no es el foro en el que denunciar estos temas. Yo discrepo: creo que es precisamente aquí donde tenemos que hablar de esto (además de denunciarlo ante las autoridades pertinentes y ante los medios de comunicación si se dejan). Otras voces reclaman, cada vez que sale el tema, el nombre de las ecais. Al margen de que TODAS las personas que han denunciado el asunto han nombrado sus ecais , yo creo que esto es irrelevante. Que se conocen los casos que se conocen, porque ha habido un puñado de padres, pocos que han ido más allá de lo que les vendían. Que debe haber muchos casos como estos que no han sido descubiertos ni denunciados. Y que firmar con una ecai que no tenga (todavía) denuncias no es garantía de nada. 

En fin. Que estoy muy, muy tocada. Que me siento muy idiota. Que de repente, una serie de cosas que no me cuadraban, han tomado sentido.

Que tengo mucho que digerir, y ninguna de estas cosas son ni siquiera fáciles de masticar. 

5 años

Comparto hoy este recuerdo de N., madre de 2 niños adoptados, que me ha removido muchas cosas.

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5 años, ya 5 años… De ese jersey marrón de cuello vuelto a 30 grados, y “la entrega” en el juzgado (una suerte conocernos hacía ya 9 meses para que no tuvieras miedo). Ya no volviste al orfanato, al pasillo, al griterío y la locura por la comida, al orden militar… Se abrió un mundo nuevo con más opciones, pero mucho más duro y costoso (para todos). Aún hoy paga(mo)s con creces esos 1000 primeros días que el monstruo de la institucionalización devoró despacito y profundo… Celebremos lo celebrable. 

En la peluquería

M. es una mujer blanca, su marido es blanco aunque de piel más oscura, y su hijo, procedente de un país africano, es biracial (blanco y negro). Como muchas personas blancas, es la llegada de su hijo la que le ha hecho reflexionar sobre la raza… y generar un radar para detectar el racismo de baja intensidad. Que duele todavía más cuando toca a los nuestros. Como lo que le pasó un día cuando estaba en la peluquería.

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Mi marido siempre se ha considerado blanco. Pero desde que tenemos a nuestro hijo ha sido consciente de que en muchos contextos no es identificado como tal, por su color de piel, sus rasgos…no lo se.

Un día venían él y mi hijo a buscarme a la peluquería. La peluquera no los había visto antes. La puerta era de cristal y te la abren cuando llamas.

Llamaron y la peluquera y su ayudante miraron y les vieron a los dos. La ayudante pregunto: ¿qué hago? Yo no entendía, pero antes de que pudiera contestar, la peluquera dijo: haz como siempre, diles que no tenemos horas libres. (Cuando yo sabía que no había nadie después de mí).

Cuando vio mi cara reflejada en el espejo se dio cuenta de la cagada (ella sabía que tengo un hijo adoptivo de origen africano). Y en seguida dijo: ai! Que son tus… ohh! Disculpa!. Y les abrió la puerta.

Y eso en una peluquería tope cosmopolita, que siempre están viajando a Londres para reciclarse.

Que decir tiene que ya no volví más.

Pero me quedó claro la imagen que mi familia da cuando no les acompaño yo. Aunque mi marido no tiene familiares cercanos de otras etnias hasta donde ellos recuerdan.

Familia biológica busca…

Hemos hablado mucho de búsqueda de orígenes, pero a veces es al revés: son los orígenes los que nos buscan a nosotros (a vosotros, los adoptados).

No sé si conocéis esta página: http://ethiopianadoptionconnection.org/

Es una página donde las familias biológicas de adoptados etíopes buscan a sus hijos dados en adopción… no sé si también al revés (si los adoptados o sus familias adoptivas pueden buscar a las familias de origen).

En grupos de adopción voy viendo como cuelgan de vez en cuando los enlaces de búsquedas de niños adoptados en España. He sabido que algunas familias adoptivas están preocupadas porque circulen fotos de sus hijos (adoptivos) sin su permiso, y porque algunas de estas fotos son las que ellos han enviado para los seguimientos, que están, por tanto, circulando por el ciberespacio.

Como adoptante, me puedo poner en el lugar de estas familias,… pero creo que el ejercicio interesante es ponerse en el de los niños. Si el día de mañana encuentran (y encontrarán) la información de que sus familias biológicas les buscaban… y lo que sus padres adoptivos hicimos con esta información.

(La fotografía es una de las que ha hecho en Etiopía el magnífico fotógrafo Eric Lafforgue).

 

El precio de la adopción (3)

He hablado en otras ocasiones del documental “Adoptionens pris” (“El precio de la adopción”), que narraba la tremenda historia de Masho, una niña adoptada en Etiopía junto a su hermano pequeño a pesar de tener familia allí, una familia que ha sido informada por médicos de que tienen SIDA. Para asegurar el futuro de sus hijos más pequeños deciden ponerlos en adopción antes de que alguno de ellos muera. Los niños son adoptados por una pareja de Dinamarca. Debido a varios malentendidos, los padres etíopes piensan que seguirán en contacto con sus hijos, pero la familia adoptiva piensa que será una adopción cerrada y rompe los lazos con la familia biológica. De los dos niños adoptados, la niña mayor, Masho tiene problemas para adaptarse a la nueva familia y sufre terriblemente. Los nuevos padres se sienten sobrepasados por la situación y ya que carecen de experiencia buscan ayuda con profesionales de la adopción. Pero todo sale mal, y en lugar de ayudar a la niña, quien debería ser la mayor preocupación, finalmente la remueven de la familia y entra en el sistema de acogida de Dinamarca soportando un nuevo abandono en su vida y sufriendo probablemente daños irreversibles. En Etiopia, los padres biológicos en lugar de la muerte predecida, siguen vivos y bien, pero con sus corazones completamente destrozados.

En su día, a muchos nos conmocionó, nos asqueó, esta historia, que a mi parecer, es paradigmática de lo que es la adopción internacional en Etiopía: familias biológicas que quieren y cuidan pero que renuncian a sus hijos después de ser convencidas o engañadas, o con la esperanza de darles una vida con más oportunidades; diferencias en las legislaciones y la cultura que hacen que la familia biológica y la adoptiva tengan un concepto de la adopción diametralmente opuesta; las dificultades de adaptación a una realidad totalmente distinta de la esperada tanto por los adoptantes como por los adoptados. El fracaso de la adopción, y en este caso, la ruptura.

Pero esa historia tiene un capítulo más:

Un tribunal etíope ha anulado la adopción de Masho, así como la de Amy Steen, otra niña también adoptada en Dinamarca con una historia similar. Adoptada igualmente junto a una hermana menor, sus padres adoptivos la reabandonaron, pasó a una familia de acogida y su caso se hizo famoso (en Dinamarca) cuando se hizo público el vídeo en el que se veía cómo se la arrancaba a la fuerza de su hogar de acogida para llevarla a una institución. Y no solo en Dinamarca suceden estas cosas: también en Holanda hay una historia similar, la de Betty Demoze, que fue adoptada junto a una hermana pequeña y maltratada durante dos años, hasta que una de sus maestras la ayudó a salir de casa y se convirtió en su acogedora. También su adopción ha sido revocada por un tribunal etíope.

Estos tres son los primeros casos que conozco de adopciones internacionales revocadas por los tribunales, pero estoy convencida de que no serán los únicos. ¿Cuántas Mashos, Amys y Bettys hay en el mundo? ¿Cuántas niñas arrancadas de una familia competente para ser emplazadas en un entorno de maltrato e incomprensión? ¿Cuántas de ellas conseguirán salir, buscar ayuda, y reencontrarse con sus familias biológicas – sus familias? ¿Podrán reintegrarse a sus familias después de años de ausencia, de vivir en un país distinto, de crecer en una cultura distinta, de olvidar su primer idioma, su idioma materno? ¿Hay alguna manera de recuperar el tiempo perdido? ¿Quién, o qué, las compensará del precio que han pagado por su adopción?

P.D. ¿Y qué sucede con los hermanos pequeños que había en los tres casos, que también fueron adoptados y a los que la familia adoptiva no renunció como si fueran mercancía dañada? ¿Si una adopción es revocada por ilegal, no deberían serlo también las otras?

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