familia monoparental y adopción

Archivo para agosto, 2013

Regresamos…

…de un verano mágico donde ha habido espacio para muchas cosas.

…para la ruta y la aventura, para el tiempo doméstico y las rutinas…

…para los juegos, las risas, la playa, la montaña, el río, el barrio, el viaje, el regreso…

…para los besos, las noches largas, las siestas y las cenas a dos…

…para que los niños se conozcan y se peleen y se reconcilien y se extrañen y empiecen a jugar a llamarse hermanos

…para que nos tomen la medida a las madres y empiecen a considerarnos familia…

…para las cosquillas, la bici, el cine, los helados, los bocatas, las duchas, las cervezas, las noches de meigas frente al fuego, los madrugones, el billar y los primeros largos en la piscina…

…para el cámping, las casas de los amigos y la cocina propia…

…para los días de sol y los de lluvia, para las noches con luna llena…

…para las expectativas cumplidas con creces.

Y ahora, aunque 623 kilómetros nos separen, la misma lluvia pone melodía a nuestra nostalgia.

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De etiquetas

Cuando B. le contó a sus amigos que su madre (yo) tenía novia, uno de ellos me preguntó si era gay. Me quedé parada, dudando… y le contesté: “No especialmente”.

Sí, estoy enamorada de una mujer. Sí, me acuesto con ella. Sí, quiero pasar con ella el resto de mi vida. Pero, ¿soy gay?

Durante 25 años de mi vida, he salido, con mayor o menor éxito, con varios hombres. Me he acostado con otro puñado. Me he enamorado, a veces como una boba, de un par o tres de ellos. Con uno conviví y tuve un proyecto de familia. Otros me rompieron el corazón.

Ahora, he conocido a la mujer de mi vida, al amor de mi vida. Es cierto.

Pero también es cierto que lo que siento ahora y lo que espero sentir en las próximas décadas, no invalida estos 25 años de heterosexualidad. No me siento distinta. No he visto la luz y he descubierto que todo lo anterior era mentira. Y sí, me siguen pareciendo atractivos los hombres.

Al menos algunos.

¿Soy heterosexual? ¿Soy gay? ¿Soy bisexual? ¿Por qué no me convencen estas etiquetas?

Intentando clarificar las cosas, N. me envió esta entrada de un blog de la que me gustan los matices:

De ahí mi grata sorpresa al contestar una de las preguntas de la encuesta sobre fantasías sexuales que lleva adelante una investigadora de la Universidad Complutense de Madrid. La pregunta a la que me refiero tiene como opciones de respuesta estas dos: “predominantemente heterosexual” o “predominantemente homosexual”. Me parece que, por fin, algo se aproxima a la falta de certezas eróticas que, seamos conscientes o no, padecemos y/o disfrutamos los seres humanos.

No dudo que haya mucha gente que es 100% heterosexual u homosexual. Pero también creo que un porcentaje no desdeñable de la gente no es nada 100%. A mí me sorprendió, hace años, que de una pandilla de amigos en los que había bastantes gays, varios de ellos tuvieran (no antes de salir del armario ni cuando estaban descubriendo qué les gustaba, sino cuando habían aceptado y vivían con mucha alegría su orientación sexual) ocasionalmente relaciones con mujeres. Igualmente, he salido con chicos que aunque básicamente son heterosexuales, han tenido una o dos o tres relaciones puntuales con chicos… creo que es menos inhabitual de lo que creemos. Y que, como dice el artículo, “somos muchos los que mejor nos quedamos en este carril de sentido único porque nos gusta y porque… para qué probar algo diverso, “raro”, que nos pueda hacer un lío en la cabeza, el cuore y las emociones”.

Y yo, ¿con qué etiqueta me quedo? Si me fijo en mi historial, en lo vivido, si juzgo por la cantidad… soy “predominantemente heterosexual”. Si me quedo con la intensidad, con el hoy y con los proyectos de futuro… soy sin duda “predominantemente homosexual”.

No sé si “bisexual” es la etiqueta que cuadra con ambas definiciones. Voy a tratar de averiguarlo…

Aunque lo que más me gusta es lo que dice A., una amiga muy sabia: que la gente se enamora de gente. Personas de personas. Que lo bueno sería que no hiciera falta etiquetar, poner nombre a todo. Que estar con alguien de un sexo u otro no fuera relevante. Que lo importante fuera el respeto, el amor, la complicidad que una pareja se profesa. No lo que hacen o como lo hacen en la cama. ¿No sería todo mucho más sencillo?

Mi padre es un donante

Cuando debatíamos sobre padres biológicos, un tiempo atrás, saltó la discusión sobre si los donantes pueden ser llamados padres. Recordaba un texto escrito por N. tiempo atrás al respecto que me parece de lo más lúcido que he leído sobre el tema… y le he pedido permiso para traerlo aquí:

 

El otro día estuve dándole vueltas a las palabras, antes de conocer a la Asociación de MSPE siempre había utilizado el término “padre biológico” – en mi caso el donante o padre biológico es conocido- y tomé esta decisión en primer lugar porque tenía la suerte de poder tomarla , y porque le daba vueltas a las preguntas que se harán ellos al crecer. Dos años antes de tomar la decisión conocí a la hija biológica de una persona de mi familia que la había dado en adopción y ya de adulta la había buscado, encontrado y nos habíamos conocido. Parece una historia sacada de una peli…pero en mi familia había pasado antes de que tomara esta decisión y sin duda influyó.

Después me convencieron los argumentos de las que preferían utilizar el término donante…pero le sigo dando vueltas al asunto.

Los argumentos que me convencieron eran estos, vamos no es que me convenciera nadie, es que en aquel momento me pareció que resumían exactamente lo que pensaba:

– es muy distinto,

– ser padre biológico no es ser padre, ser donante no es ser padre…

– ser padre es otra cosa, es implicarse, es ver crecer, es estar cuando están malitos, etc……

…seguro que conocéis estas frases ¿verdad?

Pero después de pensar en una familia con las que trabajo en la que el “padre” antes de desaparecer -afortunadamente- le había dado una paliza a la madre embarazada, él que ni siquiera ha conocido a su hijo y además le ha hecho daño SÍ ES PADRE? Para el mundo no hay duda:

Un padre que naturalmente no tendrá derechos, un padre despreciable, un padre que no lo ha reconocido y todos los calificativos del mundo.

Yo misma pregunté por “el padre” de la criatura porque no tenemos otro término.

Ser padre puede ser muchas cosas, hay padres buenos, buenísimos, malos, despreciables y ausentes ¡incluso hay padres solteros!. Hay padres biológicos. También padres que no saben que lo son. Siempre los ha habido. Pero las palabras sirven para nombrar lo que nos rodea para entendernos con el mundo y para que nuestros hijos entiendan el mundo, si todo el mundo llama PADRE al dueño del esperma, aunque sea en un sentido restringido del término (padre 1. Varón o macho que ha engendrado), ¿por qué nos “empeñamos” en negar el término? Esta pregunta me la hago a mí misma…y si me soy sincera respondo que porque eso le pone al mismo nivel que yo, que me estoy dejando las fuerzas criando y él (donante o padre biológico) no ha hecho nada…

Donante es el que dona, se desprende altruistamente de algo sin esperar nada a cambio y sin generar relación ninguna con quien recibe la donación. También es una palabra que aporta mucha información en cuanto a nuestros hijos.

No quiero renunciar a ninguna de las dos palabras. Y creo que es perfectamente posible unirlas. Y da mucha información ¿quién es tu padre? mi padre es un donante. Para nuestros hijos puede ser claro, y probablemente para su entorno sea fácil de entender porque responde literalmente a la pregunta.

Carta abierta a una ministra

Me pasa R. este texto, una carta abierta escrita por un ciudadano sueco, Jonas Hassen Khemiri, hijo de madre sueca y padre argelino, dirigida a Beatrice Ask, la ministra de Justicia de su país, La carta es un alegato contra el racismo y un rosario de experiencias que sin duda les resultarán próximas a muchos de nuestros hijos cuando tengan la edad de este chico.

Querida Beatrice Ask,

Hay muchas cosas que nos diferencian. Naciste a mediados de los cincuenta; yo a finales de los setenta. Eres mujer; yo soy hombre. Trabajas como política; yo como escritor. Pero tenemos algunas cosas en común. Ambos estudiamos economía internacional (sin llegar a graduarnos). Tenemos casi el mismo corte de pelo (aunque nuestro color de pelo es diferente).

Y ambos somos ciudadanos de pleno derecho de nuestro país, nacidos dentro de sus fronteras, unidos por una lengua, una bandera, una historia, una infraestructura. Ambos somos iguales ante la ley.

Por todo ello me sorprendió cuando, el pasado jueves, en el programa de radio P1 Morgon te preguntaron si, como ministra de justicia, te preocupaba que la gente (ciudadanos, contribuyentes, votantes) se quejasen de haber sido parados por la policía y requeridos de mostrar sus documentos de identidad simplemente por sus apariencias (morenos, no rubios, de pelo castaño). Respondiste:

“La experiencia propia de “por qué alguien me está cuestionando” puede, por supuesto, ser muy personal. Algunos de los que han sido previamente condenados sienten que se les cuestiona en todo momento, incluso cuando, sólo mirándolos a la cara, no se puede saber si han cometido un crimen […] Para poder juzgar si la policía está actuando conforme a las leyes, uno debe tener en cuenta una perspectiva global”.

Interesante elección de palabras: “previamente condenados”. Porque esto es exactamente lo que somos. Todos nosotros somos culpables hasta que se demuestre lo contrario. ¿Cuándo una experiencia personal se convierte en una estructura racista? ¿cuándo se convierte en discriminación, opresión, violencia? Y ¿cómo el tener en cuenta una “perspectiva global” excluye tantas experiencias personales de ciudadanos?

Te escribo, Beatrice Ask, con una simple petición; quiero que intercambiemos nuestras pieles y nuestras experiencias. Vamos. No hay más que hacerlo. Jamás te opusiste a ideas ligeramente extravagantes (aún recuerdo tu controvertida sugerencia de que cada persona que pagase por tener sexo debería recibir una notificación en un sobre de lavanda). Durante 24 horas nos intercambiaremos los cuerpos. Primero me meteré yo en el tuyo para entender qué significa ser una mujer en el mundo patriarcal de la política. Después tomarás tú prestada mi piel para entender que, cuando bajas a la calle, te metes en el metro, vas al centro comercial y ves a un agente de policía allí parado, con la ley de su parte, con el derecho de acercarse y pedirte que demuestres tu identidad, te vienen recuerdos a la cabeza. Otros abusos, otros uniformes, otras apariencias. Y no, no necesitamos retrotraernos a la Alemania de la Segunda Guerra Mundial o a Sudáfrica en los años ochenta. Es suficiente nuestra historia sueca reciente; una serie de experiencias aleatorias que nuestro cuerpo mutuo recuerda de repente.

Tener seis años y aterrizar en Arlanda; en nuestra patria común. Caminar hacia las aduanas con un padre de manos sudorosas que se aclaró la garganta, se arregló el pelo y limpió sus zapatos sobre sus rodillas. Comprobó dos veces que su pasaporte sueco se hallaba en el bolsillo interior correcto. Todos aquellos con carnación rosada habían pasado ya. Pero a nuestro padre lo pararon. Y nosotros reflexionamos. Quizás fue cuestión del azar. Tener diez años y ver cómo se repetía la misma escena. Quizás era su acento. Tener doce años y asistir a la misma escena. Quizás era su bolsa carcomida con la cremallera rota. Tener catorce, dieciséis, dieciocho años.

Tener siete años, empezar en el colegio y verse introducido en la sociedad por un padre que, todavía entonces, estaba aterrorizado de que su cualidad de forastero fuese heredada por sus hijos. Dice: “cuando tu apariencia es como la nuestra, debes ser mil veces mejor que los demás si no quieres que te rechacen”.

“¿Por qué?”

“Porque todo el mundo es racista”.

“¿Eres racista?”

“Todos menos yo”.

Porque exactamente así es cómo funciona el racismo. Nunca es parte de nuestra culpa, de nuestra historia, de nuestro ADN. Se encuentra siempre en otro lugar, nunca aquí, en mí, en nosotros.

Tener ocho años y ver películas de acción en las que hombres oscuros violaban, soltaban palabrotas guturalmente, golpeaban a sus mujeres, secuestraban a sus hijos, manipulaban y mentían y robaban y abusaban. Tener dieciséis, diecinueve, veinte, treinta y dos años, viendo siempre el mismo personaje unidimensional usado una y otra vez.

Tener nueve años y decidir convertirse en el ratón de biblioteca más estudioso de la clase, en el mayor lameculos del mundo. Todo va según el plan, y tan sólo cuando nos ponen a un profesor substituto, alguien automáticamente asume que somos el alborotador de la clase.

Tener diez años y ser perseguido por los skins por primera, que no última, vez. Ven nuestro cuerpo compartido cerca del banco de los borrachines en Högalidskyrkan; rugen, corremos, nos escondemos en un portal con el sabor de la sangre en nuestra boca, nuestro corazón común latiendo como un conejo durante todo el trayecto de vuelta a casa.

Tener once años y leer cómics donde los orientales son místicamente exóticos, de bellos ojos oscuros, sensuales (aunque también poco de fiar).

Tener doce años e ir al Mega Skivakademien para escuchar CDs y, cada vez, que los guardias de seguridad nos rodeen como tiburones, hablando con sus walkie-talkies, siguiéndonos a distancia de apenas unos metros. E intentamos actuar normal, tratando que nuestro lenguaje corporal sea no criminal al máximo. Caminamos con normalidad, Beatrice. Respiramos como de costumbre. Nos acercamos a la estantería de los CDs y alcanzamos un álbum de Tupac de tal modo que indica que no estamos planeando robarlo. Pero los guardas de seguridad siguen espiando y, en algún lugar aquí dentro, en lo más profundo de nuestro cuerpo compartido, se encuentra probablemente un placer cargado de vergüenza al saborear brevemente un poco de la estructura que atrapó a nuestros padres, al buscar la explicación de por qué nuestros padres nunca tuvieron éxito aquí, por qué sus sueños murieron en el mar que devolvía sus cartas de solicitud.

Tener trece años y empezar a salir en el centro juvenil y escuchar historias. Sobre el hermano mayor de un amigo que respondió a la policía de Norrmalm, fue lanzada después al interior de un furgón de policía y, más tarde, abandonado en Nacka con la nariz ensangrentada. Sobre el amigo de un primo que fue arrastrado a la fuerza por los de seguridad a una pequeña habitación en la plataforma del metro de Slussen, donde le golpearon (con guías teléfono en los muslos para que no producir moretones). Sobre N, el amigo de papá, que fue encontrado por una patrulla de policía farfullando y por esa causa pasó la noche en la comisaría por ebriedad, y la policía no se dio cuenta de que algo iba mal hasta el día siguiente, y en urgencias le encontraron un aneurisma, y en el funeral su novia dijo: “Si tan sólo me hubiesen llamado, les habría dicho que no bebía alcohol”.

Tener trece años y medio y vivir en una ciudad sitiada por un hombre con un rifle con mirilla láser integrada, una persona que dispara a once hombres de pelo castaño en siete meses sin que la policía interfiera. Y nuestro cerebro compartido empieza a pensar que es siempre el musulmán el que peor lo tiene; esos con nombres árabes y menos poder (y reprime completamente aquellos tiempos en los que otras estructuras detentaban el poder –como cuando aquel chico en el colegio al que todos llamaban “el judío” fue encadenado a una verja por sus pantalones, con un candado enganchado al cinturón, y todo el mundo se reía cuando intentaba liberarse; él también rió, trató de reír; ¿reímos nosotros?).

Tener catorce años, estar saliendo de un McDonald en Hornsgatan y que dos policías te pidan el DNI. Tener quince años y estar sentado fuera de una tienda Expert cuando llega un furgón de policía de la que salen dos agentes que piden el DNI y preguntan qué pasa esa noche. Acto seguido, se montaron en el furgón.

Y, durante todo ese tiempo, la lucha interior. Una voz que dice: no tienen puto derecho a prejuzgarnos. ¡Joder!, no pueden acordonar la ciudad con sus uniformes. Nos están impidiendo sentirnos seguros en nuestros propios barrios.

Pero otra voz dice: ¿y si fuese nuestra culpa? Probablemente estábamos hablando demasiado alto. Llevábamos sudaderas y zapatillas de deporte. Nuestros pantalones vaqueros eran demasiado grandes y tenían un número sospechoso de bolsillos. Cometimos el error de tener un color de pelo malvado. Podríamos haber elegido tener menos melanina en nuestra piel. Casualmente teníamos apellidos que recordaban a este pequeño país que es parte de un mundo mucho más grande. Éramos jóvenes. Todo sería definitivamente distinto cuando nos hiciésemos mayores.

Y nuestro cuerpo común creció, Beatrice Ask. Dejamos de salir por el centro juvenil, cambiamos la sudadera por un abrigo negro; la gorra por una bufanda. Dejamos de jugar basket y empezamos a estudiar Económicas en la Handelshögskolan de Estocolmo. Un día estábamos de pie fuera de la Estación Central de Estocolmo, garabateando algo en un cuaderno (porque incluso cuando estábamos estudiando Económicas albergábamos el sueño secreto de convertirnos en escritor).

De repente, alguien llegó desde nuestra derecha, un hombre fornido con un auricular. “¿Qué tal va todo?” Nos pidió el DNI y luego nos levantó los brazos con una llave que nos inmovilizó para llevarnos a un furgón de policía, donde supuestamente teníamos que sentarnos hasta que éste recibiese confirmación de que éramos quienes decíamos ser. Aparentemente coincidíamos con la descripción. Aparentemente nos parecíamos a alguien. Estuvimos sentados en el furgón durante veinte minutos. Solos. Aunque no realmente solos. Porque cientos de personas pasaban caminando ante nosotros. Y nos miraban de una forma que susurraba: “ahí. Uno más. Otro que actúa en perfecta sintonía con nuestros prejuicios”.

Desearía que hubieses estado conmigo en el furgón de policía, Beatrice Ask. Pero no estabas. Estuve sentado solo. Y me encontré con todos los ojos que caminaban e intenté demostrarles que no era culpable, que tan sólo me encontraba parado en un lugar y tenía una apariencia determinada. Pero es duro sostener tu inocencia en el asiento trasero de un furgón de policía. Y es imposible ser parte de una comunidad cuando el Poder continuamente asume que tú eres el Otro.

Tras veinte minutos nos dejaron marcharnos del furgón, sin disculpas, sin explicación. En vez de eso: “Ya te puedes marchar”. Y nuestro cuerpo bombeando adrenalina se fue del lugar y nuestro cerebro pensó: “tengo que escribir sobre esto”. Pero nuestros dedos sabían que no sucedería. Porque nuestras experiencias, Beatrice Ask, no son nada en comparación con lo que les pasa a los otros; nuestro cuerpo creció a este lado de las aduanas, nuestra madre es de Suecia, nuestra realidad es como una habitación cómoda llena de cojines en comparación con lo que le pasa a aquellos que realmente carecen de poder, de recursos, de papeles. No nos amenazan con la deportación. No arriesgamos ir a la cárcel si regresamos. Y sabiendo que otros lo tienen muchísimo peor, elegimos silencio en vez de palabras, y los años pasaron y mucho más tarde llegó la introducción de la REVA; “el legítimo y efectivo proyecto de aplicación”. La policía empezó a buscar en centros comerciales y se apostó delante de las clínicas que ayudan a los sin papeles, y familias de niños nacidos en Suecia fueron deportados a países que aquellos niños nunca habían visto, y los ciudadanos suecos se vieron forzados a mostrar sus pasaportes para demostrar su origen, y una cierta Ministra de Justicia explicó que no tenía nada que ver con perfiles raciales sino con “experiencias personales”. Las rutinas del poder. Las prácticas de la violencia. Cada uno está, simplemente, haciendo su trabajo. Los guardias de seguridad, la policía, los oficiales de las aduanas, los políticos, la gente.

Y aquí me interrumpes para decir: “pero, ¿por qué es tan difícil de entender? Todo el mundo tiene que seguir la ley”. Y nosotros respondemos: “Pero, ¿qué sucede si la ley es ilegal?”

Y respondes: “Es cuestión de prioridades y no tenemos suficientes recursos”. Y nosotros respondemos: “¿Cómo es que siempre hay dinero cuando aquellos con menos recursos tienen que ser perseguidos, pero nunca cuando aquellos con pocos recursos han de ser defendidos?”

Y dices: “Pero, ¿cómo podemos simultáneamente combinar un estado del bienestar amplio con dar la bienvenida a todo el mundo?” Y nosotros arrastramos los pies y aclaramos nuestras gargantas porque, para ser completamente honestos, no tenemos una respuesta clara en este caso. Pero sabemos que una persona nunca puede ser ilegal y que algo se debe hacer cuando los uniformes diseminan inseguridad y la ley se vuelve contra sus propios ciudadanos, y ahora que has tenido suficiente, Beatrice Ask, trata de salir de nuestro cuerpo, igual que los lectores que piensen que esto ha durado demasiado, se trata de mucha repetición, no está realmente dando en el clavo, y tienes razón; nunca hay un final, no hay solución, no hay salida de emergencia, todo se sigue repitiendo una y otra vez, porque las estructuras no van a desaparecer porque rechacemos REVA; REVA es la extensión lógica de una opresión constante de baja intensidad; REVA vive en nuestra incapacidad para reformular el conjunto de nuestra imagen nacional, y esta noche en la cola de un bar cercano, la gente que no sea blanca sistemáticamente se diseminarán para no ser parados por el segurata, y mañana en la cola de la Oficina de la Vivienda aquellos con nombres extranjeros utilizarán los apellidos de sus parejas para no ser rechazados, y justo ahora, en una solicitud de empleo, una sueca corriente ha escrito “NACIDA Y CRIADA EN SUECIA” en letras mayúsculas porque sabe lo que pasará de no hacerlo así. Todo el mundo sabe lo que pasará de no hacerlo así. Pero nadie hace nada. En vez de ello, nos centramos en aquellas personas que se han trasladado aquí en búsqueda de una seguridad de la que (algunos de) nuestros ciudadanos nos sentimos tan orgullosos de poder ofrecer. Y escribo “nos” porque somos parte de este todo, este cuerpo social, este nosotros.

Ya te puedes marchar.

El juego libre

Debatíamos unos días atrás sobre lo divino y lo humano, cuando una lectora de este blog, futura educadora, decía esto a propósito del juego libre: “hay veces que nos conformamos con lo fácil,que se ponga a jugar a lo que quiera y ya está”.

Me pareció que esta definición ilustra uno de los grandes errores con los que encaramos hoy en día la vivencia de la infancia: como si “que jueguen a lo que quieran” fuera algo banal e innecesario. O por lo menos, secundario. Residual.

El juego libre, sin adultos, sin dirección, sin una supervisión más allá de los peligros físicos (o incluso sin esta, en ocasiones), sin un tiempo estrictamente acotado, en espacios no controlados por adultos… es algo fundamental en la infancia. De hecho, es jugando que los niños aprenden: sin la base que da el juego libre es imposible consolidar aprendizajes posteriores (y así nos va).

A propósito de esto, tenía guardado este texto sacado de la página de Facebook Experiencias Educativas:

Viendo a nuestros niños tan bien vestidos, bien alimentados y capaces de manipular aparatos tan complejos, que hablan idiomas extranjeros de un modo tan precoz, que practican un deporte en serio, respetando las reglas y aprendiendo los trucos desde los primeros años, a los adultos a menudo se nos ocurre pensar que realmente han tenido suerte. Y en cambio, cada vez se da menos importancia a la experiencia más importante de la vida del hombre y de la mujer: el juego. El juego que, para ser juego, debe ser libre, sin control del adulto, con otros niños, en lugares libres y accesibles.

Del mismo modo que existe un largo debate entre antropólogos y filósofos que plantea la hipótesis de que el juego es anterior y un elemento constituyente de la cultura humana, se puede afirmar con certeza que el juego está en la base del desarrollo individual de todo el hombre o mujer.

El niño vive con el juego una experiencia poco frecuente en la vida …del hombre, la de enfrentarse a solas a la complejidad del mundo: él, con toda su curiosidad, con todo lo que sabe y lo que sabe hacer, ante el mundo, con todos sus estímulos, sus novedades, sus atracciones. Y jugar significa quedarse cada vez con un trocito de este mundo: un trocito que puede componerse de un amigo, de objetos, de reglas, de un espacio que ocupar, de un tiempo que administrar, de riesgos que correr. Y ningún adulto podrá prever o medir la cantidad de cosas que aprende un niño jugando. Nadie podrá programar o acelerar este proceso, ni impedirlo o empobrecerlo. Y el motor que lo impulsa es el más potente que conoce el hombre: el placer. El juego libre y espontáneo del niño guarda parecido con las experiencias más elevadas y extraordinarias del adulto, como la de la investigación científica, la exploración, el arte o la mística, en las que el hombre se enfrenta a la complejidad y vive la experiencia del placer.

Francesco Tonucci

7 años atrás

Empieza a ser una tradición recordar aquí el primer encuentro con mi primer hijo.

7 años atrás.

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