familia monoparental y adopción

Archivo para marzo, 2012

Primos

Los jueves de mi infancia eran días de primos.

Nos venía a buscar mi abuelo en coche al colegio y nos llevaba a su casa, donde todas las tardes del mundo mi abuela y su hermana, que vivía dos pisos más arriba, se sentaban en el salón a coser y charlar.

Mientras, los primos merendábamos, jugábamos en el jardín, hacíamos los deberes, leíamos la revista Cavall Fort (¡¡qué batalla por ser los primeros, el día que llegaba!!), mirábamos la tele, nos peleábamos…

Le escribíamos cartas a P. el año que se fue a trabajar a Estados Unidos.

Nos sentábamos debajo de la mesa a escuchar las fascinantes conversaciones de los mayores.

Crecíamos.

Mis primos fueron una parte importante de mi infancia. No sólo de las tardes de los jueves, también de las vacaciones y los fines de semana, que a menudo compartíamos en casa de los abuelos. Primos, y primos segundos, y hasta algún tío joven, porque la clasificación se hacía por edades y no por el parentesco estricto.

Una de las cosas que más tristeza me producen es que mis hijos (por ahora) no tengan primos.

 Mis primos y yo nos perdimos de vista cuando la abuela murió. El abuelo vivió muchos años más, y todos los nietos seguimos manteniendo relación con él, pero el pegamento que nos aglutinaba desapareció con la muerte de la abuela.

Las primeras Navidades, una de mis tías intentó heredar la tradición de reunirnos en su casa, pero fue la última vez que sucedió. Al año siguiente cada familia nuclear comió en su casa, en petit comité.

Los hermanos, la generación de mi padre, siguieron en contacto: sabían unos de otros, se pedían consejos y ayuda, se veían de vez en cuando. Pero cada uno hacía su vida y pasaron muchos años sin que viera a mis primos.

Hace dos años, mi prima C. se casó. Y nos invitó a todos a la boda. Nos sorprendió que prefiriera invitarnos a nosotros, después de 20 años sin saber unos de otros, en vez de a sus amigos. Pero nos gustó reencontrarnos y reconocernos, poder hablar como si el tiempo no hubiera pasado, ver en los demás gestos y rasgos de los abuelos, gustarnos.

Porque nos caímos bien.

Y decidimos organizar, como mínimo, una calçotada anual.

Así que, una vez al año, los primos, que nos seguimos los unos a los otros por Facebook, proponemos una cita y organizamos a tres generaciones de la familia (nuestros padres y nuestros hijos… que de momento son solo 3, mis dos enanos y el hijo de 2 años de mi prima pequeña), hacemos un excel para repartir responsabilidades, intercambiamos recetas y rutas… y finalmente, después de unas semanas muy intensas de epístolas cibernéticas…

…nos encontramos.

El fin de semana pasado fue la calçotada. No estábamos todos, porque a alguno le tocó trabajar, pero sí éramos la mayoría y había representantes de todas las ramas familiares. Me sorprendió ver a las tías casi iguales que hace 20 años, y a los tíos, los hermanos, convertidos en abuelos, y casi idénticos entre si: las canas y las décadas les han hecho ganar en similitudes y ahora son copias de su padre. Los primos no cambiamos mucho de año en año, pero aún así, siempre descubres cosas nuevas: trabajos, aficiones, parejas, gustos.

Somos muy distintos los unos de los otros. 8 primos de entre 20 y 40 años, desde la fashion victim al perro flauta, desde el becario de ciencias al parado,  desde la madre de familia al soltero de oro… pero, ¡¡que parecidos somos a la vez!!

Cuando terminó la calçotada familiar, les pregunté a mis hijos qué les había gustado más del día. A. me dijo que jugar al pilla con sus (mis) primos mayores y el fuego. B. me dijo que el partido de futbol que jugaron representantes de las 3 generaciones, los calçots con la salsa de su tía H. y…

…y tener un primo pequeño.

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Historia de mi gente (post 29-M)

Me acabo de leer un libro de Edoardo Nesi, “La historia de mi gente”, que me ha parecido muy interesante.   Es la historia de su familia y de la empresa familiar, cuenta cómo sus abuelos levantaron una empresa de tejidos en la Italia de la posguerra, y cómo él tuvo que cerrarla porque no podía hacer frente a la competencia de la industria china.

Explica los efectos de la globalización, que nos vendieron que iba a ser magnífica porque todos los chinos comprarían nuestros productos… sin que nos avisaran, o fuéramos capaces de imaginar, que terminarían produciendo los mismos productos a mitad de precio para vendérnoslos a nosotros.

Vivimos en una sociedad y una economía muy contradictorias, y la mayor de estas contradicciones está en la disparidad entre lo que queremos recibir y lo que queremos pagar. Queremos buenos sueldos, pero precios bajos… y esto no es posible: una cosa va con la otra, son dos caras de la misma moneda. El dinero que dejamos de pagar cuando compramos productos baratos,  es el mismo que dejamos de cobrar cuando somos empleados.

Lo mismo sucede con la inmigración ilegal: nos molesta que nos quiten el trabajo, o que revienten los sueldos (¿quién nos va a contratar a 10 si hay un rumano o un marroquí que lo hace a 3?), pero no renunciamos a los beneficios de tener trabajadores con sueldos y situaciones laborales precarias. ¿Cuántas mujeres pueden trabajar porque tienen canguros que están el día entero en casa por 4 duros? O cuando queremos comprar las fresas baratas, o contratar a un lampista que no nos deje en números rojos…

…o con los impuestos… nos revienta pagarlos, pero exigimos buenos servicios públicos.

En el mismo libro de Edoardo Nesi se habla de los Ludditas. Son ese movimiento que en el siglo XIX rompía las máquinas porque estaban terminando con el trabajo manual, rompían las hilaturas porque las mujeres ya no podían ganarse la vida cosiendo o tejiendo… No es tan distinto de lo que pasa con los que oponen resistencia a los cambios económicos que vienen: igual que entonces, no se pueden poner puertas al campo. Los cambios económicos nos pasarán por encima, y los que no nos adaptemos a ellos, nos quedaremos en el intento.
 
¿Para qué hacer huelga, entonces? ¿Cambia algo? No, no cambia nada. Para mí la huelga no es más que una pataleta. No es más que decir “eh, que nos hemos dado cuenta de lo que estáis haciendo; que cuando nos decís que es por nuestro bien, no cuela. Que no nos gusta”. Un gesto inútil, romántico, si quieren… pero, ¿no es igualmente necesario?

¿No son esos gestos los que nos hacen humanos?

Parece claro que estamos en el final de un ciclo (y que este final está yendo mucho más rápido de lo que pensábamos), pero no, ¿hacia dónde nos encaminamos? ¿Vamos hacia una sociedad que lucha por los recursos escasos, donde pocos tendrán mucho y la mayoría no tendrá nada? Así ha sido en los últimos años, aunque nosotros estuviéramos en la parte de arriba de la pirámide. Y no nos ha importado que en el Congo se maten a puñados si nosotros podemos tener el móvil de última generación, o que poder poner en marcha los coches cueste vidas en Irak… ¿Va a seguir este modelo económicoy social, aunque quizás nos toque estar en el otro extremo, en la base, en los que curran a destajo para simplemente sobrevivir?

¿O seremos capaces de crear una sociedad más igualitaria, mejor repartida, más austera, menos consumista? O al menos… ¿pequeñas aldeas galas que resistan?

29-m

Del revés

P.D. Hace algún tiempo escribí sobre la proyección de Hobo-Dyers, que le daba la vuelta al mapamundi. Como pueden ver, Mafalda, y Libertad, lo habían hecho muuuuucho antes.

Infancia secuestrada

Sé que el título del post puede inducir a error, pero quiero hablar de algo muy banal (en comparación con las palabras elegidas): los deberes escolares.

En Francia, ese país donde no olvidan que son hijos de una revolución, la principal Asociación de padres ha convocado una huelga de deberes. Los deberes, afirman, son inútiles y fomentan la desigualdad entre los niños que reciben ayuda en casa, y los que no. “Los niños deben enseñar en casa lo que han hecho en el colegio, no enseñar en el colegio lo que han hecho en casa”.

El debate entre “deberes sí – deberes no”, es viejo. Yo me posiciono claramente a favor del NO. ¿Por qué? Porque me parece que no sirven para mucho. Y porque a mí me fue muy bien en un colegio donde no había deberes. Donde se consideraba que el tiempo que pasábamos en la escuela tenía que ser suficiente para aprender, trabajar en equipo y de forma individual, memorizar, entender y dejar el trabajo terminado, es decir, todos los objetivos que alegan los defensores de los deberes.

En mi vida adulta, no me siento en desventaja respecto a mis compañeros de trabajo, de facultad, amigos, que sí tuvieron deberes. Al contrario, no tenerlos me permitió leer por el placer de leer, dedicar horas a cosas que me gustaban, explorar por mi cuenta…

Por circunstancias de la vida, nos hemos tenido que adaptar a un colegio en el que sí los hay.

Ahora es una hoja de lengua o matemáticas un día a la semana… que a menudo nos lleva (sí, NOS lleva. Porque aunque B. haga los deberes él solo, hay que estar ahí, apoyar, explicar, aclarar) una hora. Más el rato que hay que dedicar a las tareas atrasadas, que algunos fines de semana son inabarcables. Recuerdo una vez que puse una nota a la maestra en este sentido… si en una semana de clases diaria no había conseguido acabar todo aquello, ¿no era absurdo pensar que lo podría hacer en un fin de semana?

Pero dicen que a partir de 3º, la cosa se complica. Varios padres del colegio con los que he hablado aseguran que hay deberes todos los días, y el fin de semana. Y que algunas tardes, a niños que no tienen dificultades de aprendizaje, las tareas les ocupan una hora y media.

Y entonces… ¿cuándo hacemos todo lo demás? ¿cuándo juega? ¿cuándo jugamos? ¿cuándo paseamos? ¿podrá hacer un puzzle o jugar al lego? ¿ver un rato de tele? ¿escuchar música? ¿leer por el placer de leer? ¿ayudar en la cocina, hacer croquetas que le encanta, o pasteles?  ¿pelearse con su hermano? ¿hablar de cualquier cosa? ¿vivir?

¿Qué precio tendremos que pagar por el hecho de que los deberes tengan a los niños secuestrados?

Fuera de temporada

M. es una mujer que hace 5 años tuvo las vacaciones en marzo.

Ninguno de sus amigos tenía vacaciones y le apetecía viajar, así que se apuntó a un viaje de cooperación: se fue a plantar árboles en una Selva centroamericana.

Allí le propusieron apadrinar a una niña indígena, dijo que sí, y además de contribuir a su educación, cuando la madre de la niña enfermó y tuvieron que operarla, se quedó en su casa para cuidarla a ella y a su hermana mientras la madre estaba en el Hospital.

Y allí conoció a S.

S. era una niña que vivía en la casa de al lado, una niña abandonada y maltratada. Y M. empezó a ocuparse de ella.

Primero la acogió de forma temporal, después empezó a tramitar un expediente de adopción. Un expediente de adopción que tardó 4 años y un montón de trabas burocráticas en resolverse. S. fue creciendo mientras su madre se buscaba la vida en ese país al que había ido de vacaciones, donde trabajó en los oficios más variados, donde hizo amigos y enemigos, donde se peleó con funcionarios y burócratas, donde la visitó su familia puesto que ella no podía marcharse sin dejar desamparada S., donde quedó embarazada y tuvo un hijo…

Finalmente, consiguió la adopción. El pasaporte. El visado. Y volvió a España.

La semana pasada cené con M. y sus hijos, en una noche muy especial donde nos reunimos personas nacidas en todos los extremos del mundo.

M. nos contó lo raro que había sido volver, las veces que había dudado de si habría sido mejor quedarse, cómo si hubiera sabido lo que implicaba probablemente no habría empezado la adopción, cómo no podía imaginarse su vida sin esta parte de su vida.

Qué curiosos los efectos que puede tener viajar fuera de temporada.

En martes

En martes fueron varias de las fechas claves de la adopción de A. Fue un martes el día que nos marchamos a Marruecos, y llegamos, y le di a la abogada el visto bueno para empezar la adopción; fue un martes el día que me dieron la kafala; y fue otro martes, 2 semanas más tarde, cuando me entregaron a mi hijo.

Entre medio se sucedieron días festivos, ausencias de actores implicados en el proceso, burocracia y alguna huelga que fueron retrasando la fecha.

La abogada me había explicado como iría el trámite: tenía que estar a las 10 de la mañana en el juzgado, sin mi hijo mayor, y esperar a que alguien de la crèche trajera al niño. Allí, en presencia del juez y la asistente social, me harían la entrega, que yo imaginé como un momento solemne.

Me puse la mejor ropa que había llevado, zapatos negros, una falda larga, dejé a mi hijo con mi amiga H., que se ocuparía de él durante aquel día, y me fui al juzgado acompañada de mi otra amiga, S., que aquel día no trabajaba y se ofreció a hacerme compañía.

El Juzgado estaba en el edificio contiguo al de mi apartamento. Cuando llegábamos a casa, la calle, un callejón con suelo de tierra y con cubos de basura por todas partes, solía estar llena de mujeres y niños que esperaban en la puerta de atrás que sacaran a sus familiares detenidos. A menudo era la única manera que tenían de enterarse si iban a parar a la cárcel o quedaban libres, y allí esperaban, charlando y comiendo, hasta que se abría la puerta y tenían noticias.

Ese martes, conocí la otra puerta del juzgado y la primera sorpresa fue reconocer en el guardia al chico amabilísimo que el primer martes, 4 semanas atrás, nos había ayudado a encontrar el despacho de la abogada. La segunda sorpresa, que me dijeran que teníamos para rato y que me fuera a desayunar… la tercera, cuando volví de desayunar, que la abogada me echara la bronca por llegar tarde.

Pero no fui la que más tarde llegó ni la última sorpresa de la mañana.

Nos dijeron que la cuidadora que tenía que traer a A. no venía porque alguien le había dicho que no hacía falta. Tampoco se presentó la asistente social. Así que allí estábamos, de pie en los pasillos de aquel juzgado, sin poder hacer lo que habíamos ido a hacer. Yo oía a la abogada hablar con tono de enfado con unos y otros, y después de varias horas me dijo: Ha dicho el juez que vayamos a la crèche a buscar al niño.

Llegamos a la crèche, A. dormía, yo lo cogí en brazos, las cuidadoras me felicitaron… pero la asistente social seguía sin aparecer.

Y entonces, el juez se puso a gritar. Como un energúmeno. En árabe, pero se le entendía todo: que a él no le tomaban el pelo, que había ido hasta allí, que qué falta de respeto… Varias de las cuidadoras se pusieron a correr, y pocos minutos más tarde, aparecieron con el ayudante de la asistente social.

Afortunadamente, al juez ya le pareció bien.

El ayudante firmó los papeles y me felicitó.

Nos fuimos en el coche de la abogada, el juez en el asiento del copiloto, y yo detrás con una de las cuidadoras y A., que no paraba de llorar, como si quisiera despedirse de todo lo que conocía. Yo sólo pensaba que no me lo dejarían llevar, y le abrazaba y le decía bajito “safi, safi, safi”.

En el juzgado firmamos varios papeles, el juez me encargó muy serio que cuidara bien de A. y nos dejaron marchar.

Salimos a la calle, la cuidadora de A., A. y yo, dimos la vuelta a la manzana y subimos los dos pisos que había hasta el apartamento. Me dolía la espalda tremendamente y estaba agotada, pero no quise que ella lo llevara en brazos. Me parecía un gesto simbólico que tenía que hacer yo.

Se acababa de marchar la cuidadora cuando llamaron al interfono y era B., mi hijo mayor, borracho de coca-cola y cargado de regalos, y pasamos el resto de la tarde en casa. Por la noche vinieron mis amigas H. y S. a cenar y mucho más tarde, cuando los niños ya dormían, llegó mi padre desde España.

Aún nos quedaban por delante un par de semanas de trámites que parecieron interminables, legalizaciones, traducciones, el pasaporte, la revisión médica, el visado… hasta que por fin pudimos coger un avión e irnos a casa.

En martes, claro.

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