familia monoparental, diversidad familiar y adopción

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Diario del año de la peste, entrega 250

Me hace llegar esto M. Hay que grabárselo con cincel:

Cuando debates con alguien un tema que les afecta más que a ti, recuerda que implica mucho mayor peaje emocional para ellos que para ti. Para ti puede ser como un ejercicio académico, para ellos es poner al descubierto su dolor, solo para que hagas de menos su experiencia e incluso su humanidad. El hecho de que tú seas capaz de conservar la calma bajo esas circunstancias, es consecuencia de tu privilegio, no una muestra de tu objetividad. Sé humilde.

Diario del año de la peste, entrega 79

Cuando B. era pequeño, convertimos el parque de la esquina en nuestra segunda casa. Estaba en la acera central de un bulevard con grandes árboles que daban sombra a unas y otras zonas del parque, según la hora que fuera, y la época del año. Llegué a pensar que se podría haber un estudio de cómo se mueve el sol según avanzan las estaciones por las zonas de sombra de ese parque, pero nunca lo hice. Sin embargo, sí me aprendí cuáles eran las mejores horas para bajar según fuera primavera, verano, otoño o invierno.

Ahora frecuentamos los parques con menos asiduidad, pero en nuestro patio sucede lo mismo; por la mañanas, el sol baña nuestra mesa, así que es una buena hora para tender y para comer en invierno; cuando hace calor, se puede salir a desayunar si no se ha hecho muy tarde y es ideal para cenar, pero a mediodía es impracticable; y las noches de verano es el lugar más maravilloso del mundo.

Oh, these summer nights, que cantaban Travolta y Olivia Newton John.

Ayer fue nuestra primera noche de patio. Como la iluminación de esa zona sigue siendo tarea pendiente, sacamos por la ventana de la cocina y por la habitación de P. unas lámparas de estudio que tenemos infrautilizadas y cuando las criaturas se fueron a la cama, N. sacó su punto y yo mi libro y nos quedamos en el exterior hasta que nos caímos de sueño.

Oh, these summer nights.

Y la paz y la alegría de esas noches de patio contrastan con lo que leemos en la prensa, en las redes.

Del otro lado del Atlántico llegan dos historias que se han convertido en portada – y que pronto caerán en el olvido – y que son tratadas como acontecimientos aislados aunque ambas responden a un patrón clarísimo.

Por un lado, tenemos la muerte, mejor dicho, el homicidio, de George Floyd, un hombre afroamericano que fue detenido, sospechoso de haber pagado con un billete falso, inmovilizado por un policía contra el suelo con una rodilla en su garganta durante 8 minutos, que no soltó su presa a pesar de sus gritos de que no podía respirar.

Y las manifestaciones, y los disturbios, y Black Lives Matter, y los edificios incendiados, y titulares como “Detenido el policía que presionó con la rodilla el cuello de George Floyd, quien perdió la conciencia y murió minutos después”.

Como nos pasa a las mujeres, a las personas racializadas no las matan: se mueren solitas, no se sabe bien por qué.

No solo en Estados Unidos: en nuestras tierras también.

No puedo respirar.

La otra noticia es la del abandono por parte de una pareja norteamericana – youtuber ella, y por esa razón en el ojo del huracán, aunque su marido participó igualmente – de uno de sus 5 hijos, el único adoptado, un niño de origen chino con necesidades especiales. Después de años mostrando – y monetarizando – la intimidad de su hijo, de abogar por la adopción de criaturas con dificultades, de fotos de familia con toda la prole conjuntada, de repente el niño desapareció de su canal, y quedaron solo las cuatro criaturas rubias gestadas en su vientre, engendradas por ellos. Finalmente, un vídeo en el que con ojos llorosos contaban que habían sido engañados, que el niño tenía más dificultades de las que podían gestionar y que ahora estaba en su “nueva familia para siempre”. No se pierdan el oximoron.

Otra vez los mismos patrones repetidos, y las mismas justificaciones por parte de las familias adoptivas, “no se puede juzgar, nadie sabe por lo que ha pasado esta familia”. Otra vez la misma empatía peligrosísima con las familias que reabandonan a los hijos que prometieron cuidar y proteger. Curiosamente, muchos son a la vez incapaces de empatizar con las familias biológicas que abandonaron a sus criaturas; y lo que es más grave, tampoco empatizan con los niños y niñas, que ya han sufrido como mínimo una pérdida y que no tomaron ninguna decisión; pero nunca dejan de intentar comprender y justificar a los adoptantes que les han convertido en mercancía de usar y tirar. 
No puedo respirar.

Carnaval

En la escuela a la que yo fui, el Carnaval era fiesta grande. Empezaba el jueves lardero con una excursión para comer los bocadillos de tortilla y butifarra de huevo, y terminaba el miércoles siguiente con el entierro de la sardina y  la llegada de la Señora Cuaresma. Entre medias, días de disfraces hechos a mano, bailes, jolgorio y “transgresión obligatoria”.

Entonces no nos planteábamos que disfrazarnos de “chino” o de “negro” (de la forma más estereotipada posible, claro), fuera racista.

Han pasado muchas décadas y hay muchas voces que nos cuentan por qué es estigmatizador, estereotipante, reduccionista, doloroso… racista, vamos, usar la piel de otros como disfraz.

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Coronavirus

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Me dice Z:

Los 2 afectados por ahora en España por el coronavirus son extranjeros ,un alemán y un inglés. No he oído a nadie de quejarse y decirles que se vayan a sus país, que vienen a pegarnos enfermedades. 

Añado:

Y no se han cerrado fronteras ni cancelado vuelos ni organizado cuarentenas hacia las personas originarias de esos países.

Y nadie desconfía de todas las personas blancas ni se justifica esa desconfianza con nuestras bárbaras costumbres de viajar por el mundo. 

Choque cultural y confusión identitaria

Mi necesidad de aprender – y sobretodo de desaprender – sobre el racismo, me ha llevado a hablar mucho con y leer mucho a personas racializadas. Una de las más interesantes es la activista antiracista y feminista Yousra El Mansouri, autora de este texto que explica tantas cosas:

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Cuando nacemos, lo hacemos abrazadas por unos quehaceres y cuando los años transcurren, los entornos se diversifican.

El primer par de lustros los recuerdo con voz. Respondiendo mi nombre, sin adaptar la forma de pronunciarlo, diciendo el de mis familiares, feliz del nacimiento de mis hermanos gemelos.

Pienso y pienso… No consigo recapitular a cuál fue el primer día que dejé de sentir admiración por las telas de los vestidos marroquíes, por la henna, por las comidas de mama África norteña… No consigo recordarlo. Pero sé que llegó un punto en el que mi cabeza estaba a punto de estallar.

Las noches en vela con una libreta y un bolígrafo, garabateando libertad, a pesar de tener mi conciencia enjaulada en la duda.

Había recibido tanto rechazo por mi nombre, que lo cambié por Yus. Había obtenido tanta burla por tener dos hermanos y una hermana, que dejé de mencionarlas. Había cogido tanto miedo a mis pertenencias moras, que abandoné mi sentir africano.

Ropajes ajustados al cuerpo, plancha en mano recorriendo mi pelo, omisión a mis viajes a Marruecos (aunque una vez allí fueran de lo más feliz que me pasaba), ignorancia a las preguntas sobre mi origen, YUS, YUS Y MÁS YUS.

Incluso recuerdo, y sé que son palabras graves las que escribo, sentir vergüenza de caminar con mi madre, no era bochorno hacia su persona (eso jamás), sino aversión a su hiyab, delator de nuestra “no integración”. O así lo percibía en su momento. Cada día y con cada beso pido disculpas a mama, me avergüenzo y no pretendo justificarme.

Pero, en un entorno que devalúa tus raíces, en un contexto que señala y apunta con el índice tu diferencia… ¿Cuántas adolescentes no han querido subirse al velero de la homogeneización? Aún sabiendo que este solo te permite montarte si eliminas tu esencia.

Aquí quiero llegar, a la necesidad pedagógica que tenemos como sujetos de acompañar las voces confundidas. De comprender que hay vida más allá de la polaridad, que cada persona puede navegar por sus corrientes, que existen las identidades múltiples, que fluyen y confluyen.

 

No soy un virus

Está comunmente extendida la idea de que las comunidades asiáticas no sufren racismo, o es un racismo de baja intensidad que apenas merece reseñarse. Incluso entre muchas familias de criaturas adoptadas en China, Vietnam o Corea, se piensa que sus vidas estarán mucho menos tocadas por la discriminación, los estereotipos, los prejuicios o las agresiones.

La última alarma sanitaria, la del coronavirus originado en Wuhan, China, alimentada por la voracidad de las farmacéuticas y el racismo, ha vuelto a dinamitar esta creencia.

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Las muestras de racismo que se extienden por el mundo han hecho que también se extienda una campaña que arrancó en Francia y que ha hecho que el artista y activista Chenta Tsai (Putochinomaricón) haya desfilado de esta guisa en la pasarela del Madrid Fashion Week.

Así de bien lo explica Quan Zhou Wu, la autora del Gazpacho Agridulce:

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Corona(xenofobia)virus

Estos días me han enviado muchas noticias y publicaciones sobre como el coronavirus ha desatado xenofobia y discriminación contra la población china en distintos países del mundo: niños que han sido acosados en la escuela, noticias y programas con lenguaje sinofóbico, altercados en transportes públicos, negación de entrada a bares y restaurantes… etc. Paranoia nivel altísimo, sí. (Os doy un dato, la gripe estacional tiene más mortandad que el coronavirus)

Afortunadamente, yo ni tengo el coronavirus (todavía, que luego, quién sabe, y yo soy extremadamente hipocondríaca) ni he sufrido ninguna agresión racista (todavía, que luego, quién sabe). Os contaré mis recuerdos sobre el brote de SARS en el 2002. Tenía 13 años más o menos. Recuerdo que de repente no venía nadie a comer al restaurante chino familiar y que mi madre puso carteles en la puerta sobre la procedencia de alimentos: La carne que servimos en el restaurante es de mercados locales. Luego, el tiempo fue pasando y poco a poco, la gente se fue olvidando y volviendo a comer.

Lo mismo pasó con las vacas locas.

Y la gripe A.

Y así…. Sí, nos dejamos llevar por el miedo. Y yo puedo entender la alarma por una tos o una fiebre. Pero el resto… no. Que haya personas que utilicen ese “miedo” para deshumanizar. Como si ese miedo les diera legitimidad para desatar la xeno(sino)fobia, el racismo y la discriminación. Y me pregunto ¿hasta donde vamos a llegar? (hello, hitler 2?) En serio, vamos a calmarnos, porque si por tener miedo, perdemos nuestra humanidad, ¿qué nos queda?. Es momento de ser solidarios y aliados, no verdugos.

#stopchineseshaming #nosoyunvirus

Gracias a ALIADES por participar!!

Antigitanismo

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Hace muchos años descubrí que la prueba de fuego para separar el grano de la paja es sacar al debate el tema de los gitanos.

Incluso en los grupos más progres, incluso entre personas que se consideran antirracistas, siempre surge quien

no es racista pero

los gitanos tienen comportamientos que, abusan de, se aprovechan de

no se integran

tienen una cultura hermética y no respetan las leyes ni la convivencia

hay gitanos buenos pero también gitanos malos

la culpa del rechazo a los gitanos es de un “grupo bastante extenso que explota ese prejuicio para beneficiarse” (¿no os recuerda peligrosamente al discurso de Vox sobre las mujeres?).

La gitanofobia es el racismo más extendido, más impune y más aceptado.

Identificamos con “lo gitano” los comportamientos que cuadran con el prejuicio racista y el estereotipo; nadie piensa en lo gitano cuando se habla de Chaplin o de Cristiano Ronaldo (por cierto, para los que dicen que “no es racismo, es clasismo”… si no odiáramos a los gitanos ricos, todos sabríamos, porque no tendría sentido ocultarlo, que Cristiano Ronaldo es gitano).

Y por supuesto, tomamos la parte por el todo: si tenemos un conflicto con una persona blanca/paya, no odiamos a todos los blancos/payos ni nadie nos valida que lo hagamos. Con los gitanos, en cambio, (casi) nadie lo discute.

Y a esto se le llama racismo. Podemos maquillarlo como queramos, pero es racismo.

Deconstruir el racismo es dificílisimo. Si alguien nos lo señala, saltamos inmediatamente: nos sentimos atacados en nuestro yo más íntimo, porque nosotros NO SOMOS RACISTAS. Son nuestras experiencias, como si las experiencias no se enmarcaran en un entorno de prejuicios racistas contra los gitanos, incluso si en tu casa no son racistas o creen no serlo. Estos prejuicios están en todo, en la mirada, en el tono de voz con el que les habla el profesorado a unxs y otrxs, en las frases hechas, en los personajes de las series de televisión, en las canciones populares, en los chistes. En todo. El racismo no es algo de ahí fuera, de los de VOX, de los skin heads con bates de béisbol: es un sistema de privilegios y opresiones que lo impregna todo.

Cuando alguien nos señala el racismo en nuestro ojo, siempre buscamos viga en ojo ajeno. La primera reacción es dar un puñetazo sobre la mesa. Nadie queremos ser racistas, ni ser vistos como racistas.

Pero no podemos quedarnos ahí.

Que importante, y que difícil, revisar y deconstruir todo esto.

Racismo inverso

Cuando era muy joven (nosotras, las de entonces, ya no somos las mismas), alguien preguntó en este mismo blog por el racismo inverso… y no supe que contestar. Ahora que he leído mucho más, he escuchado mucho más, he pensado mucho más… he encontrado la respuesta en esta charla de Aamer Rahman, comediante australiano de ascendencia bangladesí.

 

Palimpsesto

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Esta mañana he terminado de leerme “Palimpsesto”, la novela gráfica en la que Lisa Wool-Rim Sjöblom, coreana adoptada por una familia sueca, narra la odisea que para ella supuso la búsqueda de sus orígenes, y toda la suciedad que descubrió respecto a la adopción internacional.

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Los secretos, las mentiras, las omisiones, los tachones, las contradicciones, los papeles que han desaparecido (como en una pesadilla recurrente, en las historias de los adoptados se repiten los documentos destruidos en incendios, inundaciones, mudanzas). Los que no saben, los que no quieren saber, los que saben pero se niegan a hablar.

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Y cómo ella y su pareja se abren camino a contracorriente en esta riada de negaciones, de silencios, de llamadas no devueltas, de informaciones contradictorias, siguiendo los rastros como miguitas de pan que han sobrevivido a los picotazos de los pájaros, buscando su propio relato. Una lucha contra el tiempo, dice, pero también contra la desinformación, la burocracia, la mala praxis y la mala fe que intentan ocultar debajo de una tonelada de papeles y errores de traducción lo que solo se puede calificar como tráfico de criaturas.

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“La metáfora del palimpsesto funciona a varios niveles con muchos adoptados. Por un lado, reconoce a los huérfanos de papel. Es decir, a todos aquellos adoptados que han visto borrados y blanqueados sus orígenes, reemplazados con información falsa o manipulada sobre sus antecedentes, desde las fechas de sus cumpleaños hasta cómo llegaron a ser adoptados. Por otro lado, también sirve para visibilizar la forma en que las personas tratan a los adoptados y sus orígenes. Nuestras adopciones a menudo se ven como una especie de nacimiento y, a través de él, se nos cambia el nombre, se nos da una nueva ciudadanía, una nueva lengua materna y una cultura completamente nueva, de forma que a través de la adopción nuestras historias de origen se borran y la historia de la adopción se escribe por encima, haciendo que todo lo que sucedió antes sea irrelevante o de menor valor”, cuenta.

No dejen de leerlo.

Tone policing

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De un tiempo a esta parte, se oye mucho hablar del “Tone Policing”, traducido al español como “Fiscalización del Tono”

Es un argumento que intenta restar valor a una declaración atacando el tono (airado, faltón, poco educado) en el que se presenta en lugar de responder al mensaje en sí.  Es pues una herramienta para desviar la atención sobre las injusticias. Un cuestionamiento que se hace desde el privilegio.

Y es que la Fiscalización del Tono suele usarse para silenciar a las mujeres o a otros interlocutores que están más abajo en la “escala de privilegios”: las personas racializadas, las que pertenecen al colectivo LGTBI, las que tienen discapacidades, las de una clase social inferior.

“Eres una histérica”, “si no hablas con calma no te escucho”, “modera el tono”.

Mientras ellos, desde su privilegio, con buenas palabras y sin alzar la voz, desde la condescendencia, el paternalismo, el desprecio, la superioridad moral, son capaces de decir cosas tremendamente insultantes, irrespetuosas y desvalorizadoras

En su Carta desde la cárcel de Birmingham, el Dr. Martin Luther King Jr. condenó este modelo de enjuiciamiento, argumentando que se sentía decepcionado con el blanco moderado, más devoto al ‘orden’ que a la justicia.​

¿Y es que, cómo se puede responder a injusticias tan deshumanizantes como el racismo, el sexismo, el capacitismo, la LGTBIfobia, sin alzar la voz ni romper cosas?

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Así lo explicaba Audre Lorde:

Las mujeres racializadas de EE.UU. han crecido inmersas en una sinfonía de ira, la ira de quienes son silenciadas, de quienes son rechazadas, de quienes saben que cuando sobrevivimos, lo logramos a pesar de un mundo que da por sentada nuestra falta de humanidad y que detesta nuestra existencia misma cuando no está a su servicio. Y digo sinfonía en lugar de cacofonía porque hemos tenido que aprender a armonizar la rabia para que no nos destrozara. Hemos tenido que aprender a movernos en ella, a sacar de ella fortaleza, resistencia y comprensión para nuestra vida cotidiana. Aquéllas de nosotras que no aprendieron esta lección, no han sobrevivido. Y una parte de mi ira es siempre una ofrenda por mis hermanas caídas.

La ira es la reacción apropiada ante las actitudes racistas, tal como lo es la rabia cuando los hechos derivados de dichas actitudes no cambian. A las mujeres que temen más la ira de las mujeres racializadas que sus propias actitudes racistas no analizadas, les pregunto: ¿Es más amenazadora la ira de las mujeres racializadas que el odio a la mujer que tiñe todos los aspectos de nuestras vidas?

Yo no puedo ocultar mi ira para evitaros el sentimiento de culpa, la susceptibilidad herida, la ira que desencadeno en vosotras: ocultarla sería menospreciar y trivializar nuestros esfuerzos. El sentimiento de culpa no es una respuesta a la ira; es una respuesta a la propia manera de actuar o de no actuar. En la medida en que conduzca a un cambio puede ser útil, puesto que en ese caso deja de ser culpabilidad y se convierte en punto de arranque del conocimiento. Pero muchas veces el sentimiento de culpa no es más que el nombre que se le da a la impotencia, a la actitud defensiva que destruye la comunicación; entonces se convierte en instrumento para preservar la ignorancia y la continuidad de la situación, en instrumento fundamental para preservar el inmovilismo.

Sin embargo, hay veces en las que se le intenta dar la vuelta y usar el argumento del tone policing para poder seguir insultando.

Por ejemplo, alguien utiliza un insulto capacitista, homófobo, machista, racista, y cuando se le llama la atención, se le señala que es doloroso y por qué, no solo se minimiza este dolor sino que se ahonda en el uso. “Es que ya no se puede hablar de nada”, “ya han salido lxs ofendiditxs”, “no me fiscalices el tono”…

Dice Brigitte Vasallo que el humor tiene que ser siempre hacia dentro y hacia arriba, de lo contrario es opresión; lo mismo se puede aplicar al tone policing, algo que se utiliza para  silenciar las voces de colectivos oprimidos. Usar este concepto para defender el derecho de los grupos privilegiados a negar el derecho a los grupos oprimidos a quejarse cuando son oprimidos, lo pervierte

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