familia monoparental y adopción

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¿Casualidad?

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Fiesta final de curso en el cole de B. Mucha gente de pie. Se acerca una señora y le pide a B. que le deje su sitio. ¿Casualidad que de toda la gente de la sala vaya a pedirle que se levante al niño negro?

Estoy en el metro. A mi lado se sienta un chico negro de unos 20 años. Al otro lado se sienta un señor mayor. El señor empieza a hacer aspavientos y quejarse de que el chico negro ocupa “demasiado” espacio. El chico le dice que hay un montón de asientos libres. El señor contrata a gritos que él no se va. El chico se marcha y el señor se arrepapa, con las piernas abiertas, ocupando asiento y medio.

Estoy en la cola del banco. Me da la vez una mujer asiática. Al cabo del rato entran unas señoras mayores. Piden la vez. Un poco después le preguntan a la mujer asiática si ella ya estaba cuando han entrado. Solo se calman cuando yo (mujer blanca) les confirmo que es así.

¿Casualidad o microracismo? … ¿O racismo?

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Make America Great Again

A pocas fotos se puede aplicar mejor que a esta aquello de “Una imagen vale más que mil palabras”

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Es uno de los niños hispanos enjaulado por el Gobierno de Trump después de ser separado de sus padres tras cruzar ilegalmente la frontera.

Es una instalación de Texas conocida como Úrsula, aunque los inmigrantes la llaman “La Perrera”. Más de 2.000 niños y niñas ya están en campos de concentración infantiles (llamados “centros de detención”, y comparados, por algunos de sus defensores, con “campamentos de verano”) y Trump ha asegurado que las familias separadas “no son familias”. Probablemente, tampoco le parecen del todo humanos. La la retórica que usan parece sacada directamente de la Alemania Nazi: “animales”, “plaga”, “se reproducen”, “infestación”…

Cierto que en Europa tampoco tratamos bien a los inmigrantes. Las noticias de estos días son una pequeña muestra de ello: censos de población gitana, negativa a dejar atracar un barco con refugiados, auge de la extrema derecha en muchos países… incluso en España, con lo bien que nos sentimos por haber acogido a los refugiados del Acuarios, buena parte de la población ve con indiferencia (sino con buenos ojos) las concertinas en las vallas de Ceuta y Melilla, los CIES y las repatriaciones de menores no acompañados.

Pero lo que muestra esta foto va un paso más allá.

La separación de criaturas pequeñas de sus padres y madres es maltrato, que deja secuelas imborrables, como bien sabemos las personas que criamos criaturas que fueron separadas de sus (primeras) madres. Pero el uso de jaulas supera lo imaginable: Es humillación. Animalización. Deshumanización.

Aunque los que se deshumanizan son los que toman estas medidas. Los que las permiten. Los que las justifican. Y los que callan.

P.D.: Me escribe un lector para explicarme que esta foto no corresponde a la política migratoria de Trump, como aclara este enlace. Aún así, la política migratoria es la que es y ha separado de sus familias a más de 2.000 criaturas. He buscado otras fotos para sustituir esta, y lo cierto es que aunque las hay, ninguna es así de impactante, al menos las que muestran las jaulas. Por esta razón supongo que está circulando tanto.

Aquí otras imágenes de la política migratoria de Trump.

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Y la impresionante portada de Time:

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El problema con el que vivimos

He utilizado muchas veces en este blog esta ilustración llamada “The problem we live with”, el problema con el que vivimos. El problema es el racismo, y el dibujo lo hizo Norman Rockwell en 1964 para ilustrar la llegada de la primera niña negra a una escuela racialmente mixta en Estados Unidos. Protegida por policías y agredida verbal y físicamente por las familias de sus compañeros y compañeras.

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Ahora, la diversidad racial en las escuelas no es algo insólito y las criaturas racializadas ya no necesitan protección policial para acceder a los centros. Pero el racismo es un problema con el que seguimos conviviendo. Como ilustra este texto que M., madre de una niña negra de 11 años, me ha permitido compartir aquí:

Quiero compartir algo curioso que me pasó hace unos meses con mi hija pequeña. Como parte del proyecto de fin de curso tienen que hacer un trabajo sobre un tema que les apasione y lo tienen que presentar en diferentes formatos y plataformas. Ella tenía en mente tratar la brecha salarial entre mujeres y hombres. Como había bastantes criaturas tratando temas similares se me ocurrió que algo totalmente diferente y mejor para tratar ella era el tema de la alergia al cacahuete. Desafortunadamente, ella la sufre. Así que un día le digo… ¿sabes que he pensado un tema realmente único que nadie mejor que tú para presentar? A ver si lo adivinas… y le fui dando pistas… Es uno que te afecta a ti directamente, que por la ignorancia, la inconsciencia involuntaria y la irresponsabilidad voluntaria de la gente te puede costar la vida a ti, que se necesita todavía mucha educación…

Se quedó pensado y me dice… mamá, el racismo.

Íbamos en el coche y quede como si me hubiera caído una losa de hormigón.

Me pregunta… ¿es ese? Yo le conté el que había pensado y me dice que el mío era bueno pero que el de ella era el que realmente enfermaba y mataba. Yo le pedí perdón y me dice… no te preocupes, mamá, eres una madre blanca, maja, ¡pero blanca!

Ese impuesto emocional agota y enferma…

Hizo el trabajo sobre el racismo en la gimnasia. Y lo presentó como una campeona. Lo hizo sola, todo… Como si de alguna forma hubiera estado toda su vida esperando esta oportunidad de ir a las clases de los grados 5º y 6º a hablarles sobre racismo, y entrevistar a estudiantes racializadxs y sentirse acompañada…

Hubo varias madres negras que vinieron a decirme lo increíblemente valiente que era en tratar el racismo, semejante bestia, con tan solo 11 años… Y de repente te cuentan historias que les pasan, un goteo diario, un agotamiento diario, un solo hay una raza la humana, un here we go again, miedo a no saber si sus hijxs van a estar segurxs jugando en la casa de Fulanito o Menganita, soledad de no poder hablar sobre esto más allá de tu círculo de amigxs negrxs… y lo más triste de todo… no sentirse nunca libres de decir como realmente se sienten para no ofendernos. Y se hacen silencios y nudos en la garganta cuando ves que somos parte del problema, somos el problema.

Por eso no entiendo que cuando alguien lo cuenta desde su propia experiencia todavía tenga, encima, que medir sus palabras para evitar que un grupo de no afectadxs se ofendan.  ¡Encima!

Evolución humana

Tener hijos e hijas en edad escolar es estar siempre con la antena puesta. La antena al racismo, al sexismo, a la manera de explicar la Historia… corregir cuando nuestras criaturas nos hablan de “descubrimiento de América”, señalar cuando los carteles colgados en la clase sobre la Prehistoria muestran hombres con garrotes y mujeres con agujas de costura, sustituir cada “hombre” por “ser humano”, discutir la invariabilidad del “color carne”… Buscar libros de texto y de lectura con diversidad familiar, variedad racial, protagonistas femeninas y que rompan estereotipos.

Recibo una iniciativa muy interesante para mostrar la evolución humana a partir de imágenes que no sean solo del sexo masculino… lástima del sesgo de raza. No sé si me convencen menos los dibujos en los que las primeras homínidas son blancas o los otros en los que, indefectiblemente, la evolución es convertirse en personas de raza blanca.

 

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¿Existe el racismo anticatalán o antiespañol?

Estos últimos tiempos hemos oído un montón de veces la palabra “racismo”, aplicada indistintamente a los catalanes o a los españoles, según si nos referimos a políticos adheridos a un nacionalismo o al otro. Me preocupa cómo se está banalizando el racismo, algo muy serio y muy alejado de lo que sufrimos catalanes y españoles (a no ser que sean catalanes y españoles racializados, claro).

Las diferencias y conflictos entre catalanes y españoles NO tienen nada que ver con el racismo. El racismo es otra cosa, es un sistema estructural de privilegios que sitúa a las personas blancas arriba y a las personas racializadas debajo.

Hay otros problemas en el mundo, algunos gravísimos; otras opresiones, igualmente graves y estructurales, pero que no tienen nada que ver con el racismo. Si las opresiones, discriminaciones y prejuicios se asientan sobre otros ejes, no son racismo, tienen otro nombre. Y dárselo no es quitar importancia a estas discriminaciones, es situarlas en el lugar que les corresponde sin necesidad de banalizar el concepto racismo ni vaciarlo de significado.

A este respecto, me parece de lectura imprescindible la reflexión de L, madre de una niña nacida en Malí y mujer sabia.

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Están saliendo textos racistas de ideologías fascistas de hace casi un siglo para tildar de racista y supremacista al Gobierno catalán respecto a los españoles. Y yo observo con indignación como tanto unos como otros utilizan el término racistas como arma letal mientras ninguno de ellos reconoce el racismo estructural e institucional real que hay en nuestra sociedad contra la gente no blanca, tanto en Catalunya como en España. De hecho, en sus discursos, invisibilizan totalmente esta parte importante de la sociedad catalana. Se olvidan de las víctimas reales, pero se apropian de sus lemas y sus luchas. La palabra Racismo es dura de escuchar, imaginad cómo debe ser sufrirla. Empecemos a pensar qué es y qué debemos hacer para combatirlo.

Cuando las personas racializadas denuncian el racismo que los encierra en centros que son como cárceles sin haber delinquido, que les deporta sin posibilidad de despedirse de sus seres queridos después de años viviendo aquí, que sufren violencia policial continuada, que trabajan recogiendo la fruta tan guay de proximidad que comemos bajo condiciones de extrema dureza y malviviendo en pésimas condiciones, denuncian que sus hijos e hijas están en escuelas segregadas y que en estas escuelas en vez de activar protocolos para la prevención y detección del acoso por motivos raciales los activan para la detección del extremismo islámico basándose en estereotipos y prejuicios, que están sometidas a una Ley de Extranjería injusta e ineficaz que condena a las personas a la irregularidad y que mata, que son parados por la policía diariamente, que no tienen derecho a voto, que ven como no hay medidas que sancionen a aquellos que no les alquilan una vivienda o que les niegan la entrada en locales de ocio, que se les excluyen de la Sanidad Pública a la que contribuyen igual que todo el mundo. Cuando las personas racializadas denuncian que tienen problemas para acceder a puestos de trabajo, que hay un techo de cristal difícil de traspasar por una deficiente orientación profesional de sus jóvenes, que muchas de las fiestas tradicionales hacen una representación injusta de su persona, que en los contenidos curriculares de educación no se explica la verdadera historia, que se continúa manteniendo en las ciudades símbolos de nuestro pasado esclavista y colonial, que en los medios de comunicación y en el arte no se ven representadas, y si están, es de forma estereotipada, que la sociedad no deja jamás sentirse de aquí porque siempre son los otros, que acaban siendo denunciadas por haberse quejado, que están sometidas a asedios constantes en redes sociales y ven como las denuncias caen en terreno baldío.

Cuando las personas racializadas denuncian todo esto y más, son unas exageradas y ven racismo en todas partes.

Pensemos ahora si lo que sufrimos los catalanes o españoles blancos es racismo.

Los niños negros y la policía

Hemos devorado, robándole horas al sueño, la serie “7 seconds”. Arranca con un policía blanco que atropella, accidentalmente, a un adolescente negro. Sus compañeros le convencen de que, para evitar conflictos raciales, se marche del lugar sin reconocer la culpa. A partir de ahí arranca una intensa y tensa investigación policial, llevada a término por una fiscal negra adicta a la ginebra y al karaoke, y un policía que afronta un divorcio difícil, que luchan contra viento y marea (y contra sus propios compañeros y jefes) para que la verdad salga a la luz. Una verdad que confrontará a los protagonistas de la serie con el prejuicio, el racismo y el distinto valor que damos a las vidas humanas según qué color tengan en la piel.

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Las madres y padres blancos que criamos a niños racializados no siempre somos conscientes del riesgo que la policía representará para ellos cuando crezcan. Mientras son pequeños, les hablamos de la policía con respeto, les devolvemos que están para ayudarnos y protegernos, les decimos que pueden pedirles ayuda si se pierden o tienen algún problema. Y muchas veces, nos olvidamos de educarlos para que sepan que cuando sean mayores, hay muchas probabilidades de que los policías no sean amables con ellos, simplemente por su color; no solo esto, sino que acercarse a la policía tal y como les hemos enseñado, o les hemos permitido, o nos han visto hacer puede ponerles en serio riesgo. Que las actitudes que pueden parecerles adorables en niños incluso racializados (sobretodo si son pequeños y más si su familia es blanca) les pueden parecer amenazadoras cuando este niño sea un adolescente.

Como le sucedió a Alex Landau, y a su madre blanca:

De repente, tu bebé precioso y encantador al que nunca le habría hecho daño ningún policía, por racista que sea, se ha  convertido en un adolescente negro frente al que hay señoras que agarran fuerte el bolso. Y el cambio de discurso, el paso del “qué simpático es el señor a policía” a “protégete porque tienes todas las papeletas de que golpeen primero y pregunten después” es muy difícil de dar. Y está cargado de contradicciones. 

Hace pocas semanas, cuando hubo las movilizaciones de manteros en Lavapies, pudimos ver un vídeo en el que unos policías se acercan a un hombre negro que está tranquilamente apoyado en una farola liándose un cigarrillo, ajeno a los acontecimientos, y le empiezan a pegar. Lo tiran al suelo, y le siguen pegando. Porque es negro.

Esto les puede pasar a nuestros hijos. Cuando vayan por la calle, en el metro. Especialmente si, como Alex Landau, pretenden hacer valer los derechos que les hemos enseñado que tienen.

Pero hay policías que no son racistas, nos dicen, como si el racismo fuera una opción individual y no una construcción social, algo sistémico. Y sí, podemos aceptar que #NotAllCops como #NotAllMen, pero esto no quita que tengamos que enseñar a nuestros hijos negros a protegerse de la violencia policial racista, como tendremos que enseñar a nuestras hijas a protegerse de la violencia de las manadas.

Así nos comemos los rumores

¿Por qué somos menos exigentes y selectivos con los rumores que con los alimentos? No os perdáis la campaña de la Xarxa Antirumors de Barcelona.

 

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