familia monoparental y adopción

Archivo para septiembre, 2015

Di a mi hija en adopción y luego intenté ser su madre

Que un hijo adoptado encuentre a su familia biológica y decida irse con ellos. Este es uno de los mayores miedos de las familias adoptivas. Es lo que pasó en la historia que narramos a continuación, escrita por la madre biológica que recuperó a su hija y la volvió a perder… y que nos recuerda que la realidad es siempre mucho más compleja. Y que las madres biológicas no son tan distintas a las adoptivas, ni lo son sus sentires.

La primera vez que mi hija mayor me llamó “mamá”, tenía 17 años.

Íbamos en coche hacia la tumba de mi bisabuela, una idea suya. En algún punto del último tramo, nos encontramos con un viejo edificio de ladrillo con un enorme agujero en su fachada. A través de él, pudimos ver todo el interior. Cautivadas, nos detuvimos.

“Mamá”, dijo, “Uau”.

Tragué saliva.

Había entregado a Eli en adopción el día de su nacimiento. La decisión me persiguió durante años. Entonces, milagrosamente, regresamos la una a la vida de la otra. Lo que empezó con un par de visitas rápidamente se convirtió en un contacto regular e íntimo. Pero gestionar nuestra relación ha resultado ser algo dolorosamente complicado. Di a luz a Eli, pero también la abandoné. Cuando reconectamos, pensé que podríamos volver a convertirnos en una familia. Pero no pudimos, al menos de la forma que yo esperaba.

No pensaba en todo esto cuando volvíamos hacia el coche, sin embargo. En este momento, yo era “mamá”. Eli me estaba pidiendo que entrara. Quería merecérmelo. Pero tenía miedo de volver a fallarle. A veces, no puedes recuperar el tiempo perdido.

Cuando me descubrí embarazada a los 16, me sentí regocijada. Había perdido a mi madre a los 12 y mi padre y yo no teníamos buena relación. Un bebé, pensé, podría curar mi soledad.

Mi novio tenía otras ideas. No se sentía preparado para casarse y ser padre. Y yo no estaba preparada para ser madre soltera. Así que tomé la dolorosa decisión de dar a mi hija en adopción. Un amigo de la familia que habló de una pareja que no podía concebir; les conocí, me gustaron sus sonrisas y les elegí.

En los meses que siguieron al nacimiento de Eli, intenté no pensar mucho en ella. Me mudé de Nueva York a Carolina del Norte y después a Pennsylvania, en un intento de empezar una nueva vida. Pero cada año, cuando recibía una carta de los padres de mi hija, llena de fotos y noticias, mis heridas se abrían de par en par. Leía que a mi hija le gustaban los Teletubbies, las joyas y el maquillaje. Que cada noche rezaba por mí con sus padres. Que la llevaban a misa todos los domingos. Hacía fiestas de pijamas y veía “Las chicas Cheetah”.

Me aferraba a cada palabra de esas cartas, leyéndolas una y otra vez. Las semanas siguientes, anhelaba ver a Eli. Un año, mi hermana y yo incluso condujimos hacia su casa en Nueva York. Aparcamos al otro lado de la calle, agachamos la cabeza tras el salpicadero y vimos una furgoneta naranja aparcar en la entrada del garaje. La madre de mi hija saltó del asiento delantero, luego sacó a mi niñita del coche. Ella saltó, sus rizos marrones bailaron, sujetaba las instrucciones de un juego de construcción en una mano.

Reí y lloré mientras Eli entraba en casa. Pero verla en vivo, saber que era real y feliz, me tranquilizó por una buena temporada.

Cinco años más tarde, recibí una llamada. Mi hija de 10 años quería conocerme. Dije que sí inmediatamente. Pero mientras conducía las tres horas hacia el norte desde mi nueva casa en Pennsylvania, me sentí asustada. ¿Sería capaz de esconder el enfado, el reproche y la tristeza que sentía? ¿Me odiaría mi hija?

Cuando llegué al parque donde habíamos quedado, estaba temblando. Pero Eli calmó mis nervios cuando me saludó con la mano. Una hora más tarde, la seguía en la bici demasiado pequeña que me había prestado hacia los bancos de Susquehanna. “Es mi lugar favorito”, me dijo, pedaleando en círculo. Allí era donde iba a pensar, jugar y vadear el río, fuertemente agarrada a un sauce.

Esa tarde estuve bastante callada. Ella se reía nerviosamente, hablando intermitentemente sobre su bici, sus hobbies y sus amigos del colegio. Cuando fue la hora de marcharme, me preguntó si volveríamos a vernos.

No estaba segura. Aunque había deseado conocer a Eli, me sentía como una desconocida cuando interactuábamos en persona. Era un sentimiento incómodo. Aún así, no podía mirarla a los ojos sin querer complacerla. Por esto, cuando sus padres llamaron un par de semanas más tarde para pedirme otra visita, accedí.

Con el tiempo, nuestras visitas se hicieron habituales. Me encontré con ella y con su madre para comer en el Olive Garden, o con su familia y su mejor amiga en el Chuck E. Cheese’s. Ocasionalmente, Eli empezó a venir a mi apartamento en Reading. Cociné para mi hija, di largos paseos con ella, se quedó a dormir. Cuando me casé, fue mi dama de honor más joven. Cuando nos compramos una casa, nos ayudó en la mudanza.

A pesar de ello, nunca me sentí lo bastante cómoda para besarla en la mejilla, decirle qué colores le quedaban mejor o compartir la bebida con ella. Parecía menos una hija que una sobrina o una buena amiga de la familia.

Entonces tuve una bebé, Sophia. Sophia cambió las cosas para Eli y para mí. Criar a Sophia me sirvió para ver qué me había perdido con Eli. Y Eli pudo ver de primera mano qué le había sido negado. Se volvió hosca, dejó de visitarme tan a menudo.

Pronto, la rabia la consumió. Cuando tenía 13 años, su madre a menudo me llamaba llorando, diciendo que el enfado de Eli era demasiado difícil de soportar. Otra veces, me llamaba Eli llorando, diciendo que odiaba a su familia y que nunca pertenecería allí.

Cuando su madre se fue, dijo que se sintió todavía más sola.

Durante años, luchó con sus sentimientos de abandono y enfado. Después, cuando se graduó en el instituto, tuvo una idea: ¿Podía venir a vivir conmigo? Quizás, pensó Eli, podría entender finalmente cómo era no ser una adoptada sino una hija. Cuatro meses después de cumplir los 18, Eli se mudó con nosotros. Encontró un trabajo de camarera en el restaurante de nuestra calle y se inscribió en la Universidad donde yo enseñaba.La llevé de tiendas y se compró una colcha nueva, sábanas a juego y una lamparilla. Encontró una esquina en la cocina para guardar sus tazas de te favoritas.

Una noche, bajé de puntillas y vi a mi hija Sophia, de 6 años, y a Eli, sentadas en la mesa, sorbiendo te. Sonreí, volví a deslizarme escaleras arriba para escuchar sus voces juntas. Por primera vez en 18 años, me sentí en paz. Mis hijas estaban juntas; éramos como una familia.

Pero no podía durar. Eli estaba demasiado herida y necesitaba más de mí de lo que yo había previsto. Unas semanas más tarde, llegué a casa y me la encontré sentada en el suelo de la habitación, llorando. Cuando le pregunté qué pasaba, me acercó un viejo álbum que su madre le había hecho y miró una foto de ellas juntas, una niñita radiante.

Me di cuenta de que hiciera lo que hiciera, mi casa nunca sería un hogar para Eli. El hogar había estado en otro lugar, con otra persona. Quería creer que podía librarla del dolor, darle suficiente amor para llenar sus vacíos. Pero me había perdido demasiadas cosas.

Dos semanas más tarde, Eli se marchó, diciendo que no podía ser parte de mi familia. Estaba confundida y necesitaba espacio, tiempo lejos de mí. Dejó la universidad, empaquetó sus cosas, y condujo de vuelta al norte, a casa de su padre adoptivo y con sus amigos.

Después de que se fuera, me quedé plantada en su habitación vacía, mirando dentro de su armario. Aunque estaba segura de que no sería lo último que vería de ella, sabía que nunca sería su madre, no de la manera en la que ambas esperábamos que lo fuera. Esta oportunidad, me di cuenta entonces, se había perdido 18 años antes. Nuestros genes compartidos, deseo compartido y amor compartido no podía devolvernos los años que habíamos estado separadas.

Volveré a tener la esperanza de ocupar un lugar en su vida, aprendiendo cómo dejar espacio a su dolor mientras me perdono a mis misma por mi papel en ese dolor, y aprendiendo cómo quererla al a vez que la dejo libre. Quizás esto es de lo que trata la maternidad después de todo.

De insomnio

La semana pasada, después de 6 años de larguísima espera, R. y D. recibieron la asignación de su segundo hijo, al que podrían conocer (y llevarse a casa) el lunes.

Todas las asignaciones son una alegría, y me hacen revivir las emociones de las mías, del día en el que supe el nombre, la edad de mis hijos, en los que vi sus fotos por primera vez. Pero en algunos casos, como este, hemos compartido tanta espera y esperanza, tantos sinsabores, dudas, miedos, expectativas… que la siento como algo muy mío.

Esto lo escribió R. la madrugada de ayer, mientras esperaba que se hiciera la hora de ir a conocer a su segundo hijo.

De insomnio, A. vino a dormir en medio … Las horas pasan muy lentas.
Pensando en mis padres, en mis abuelos… Pensando en mi niño A. mañana en el cole ¿qué pensará?, ¿qué sentirá ?… Pensando en mi bebé, en cómo será y en sí notará los cambios, el olor, las voces… De insomnio.

Frágiles

Las familias adoptivas nos preguntamos muchas veces qué es este plus que tienen nuestros niños. Este no sé qué que les hace diferentes. Que (les) hace más difícil gestionar cualquier cosa.

Hace algún tiempo, hablando con R., madre adoptiva y biológica, me decía que la que era realmente compleja era su hija biológica, que le da muchas vueltas a todo; y C., que la que le resulta difícil gestionar es su hija no adoptada, con Altas Capacidades.

Y sí… hasta que piensas en niños que dan muchas vueltas a las cosas, o que tienen Altas Capacidades y también son adoptados… y ves que tienen este plus que les convierte en pequeñas bombas de relojería andantes.

Y me dio por pensar que lo que distingue a nuestros hijos es la fragilidad. Que es esto lo que diferencia a los niños que han sufrido trauma de los que no lo han sufrido. Sean más o menos complejos, inteligentes, introvertidos…

Es como si les faltara una capa de piel. Y por esto, algunos saltan por cualquier cosa, porque todo roce les hiere… y a otros parece no afectarles nada, como si llevaran una coraza.

 

Otra vez el abandono

Entre las familias adoptivas (también entre los adoptados adultos) es recurrente la discusión sobre el abandono. En este blog la hemos tenido en varias ocasiones. Aquí, aquí y aquí.

Hace unos días, en un foro de familias adoptivas, volvimos sobre este tema. Sobre si se debe o no usar esta palabra; si es estigmatizadora para madres biológicas e hijos adoptivos, o valida sus emociones; si el lenguaje crea la realidad o la refleja; si el abandono es un sentimiento o un hecho; y si cuando una criatura ha sido efectivamente abanadonada (en la calle, para entendernos) sí es lícito usar esta palabra.

Una de las integrantes en el debate compartió este texto, escrito por una madre adoptiva, que podéis leer en el blog de Adoptivanet.

A uno de mi hijos lo dejaron con 24 horas de vida dentro de algo (no sé si una caja o un pañuelo o no sé) en un río que se usa de basurero con un barranco de unos cuantos metros, el rio no tiene agua, solo tiene el nombre de río. Un hombre que iba con un carro y un burro a tirar las basuras lo oyó llorar y la policía lo sacó. Yo cuando le cuento la historia de su vida no la empiezo en yo te fui a buscar sino que la empiezo antes de aparecer yo. Evidentemente no le he contado como le dejaron, de hecho cuando lea los papeles puede ser triste, puede llorar, pero parece un poco la historia de Moisés… si no has estado en ese río pues hasta parece que podían haberse inspirado allí… yo cuando fui pensaba encontrar un sitio bucólico cerca de algo que llevara a la gente allí, un sitio donde fuera fácil encontrarle… como lo que decían en las formaciones “no debéis juzgar a las madres por donde los dejan, los dejan en sitios que aunque no nos lo parezca los pueden encontrar fácil, aunque sea al calle, un mercado”. Pues no, no era un sitio para encontrarle.

Tampoco uso la palabra abandono, uso lo de te dejaron en un sitio, y el pregunta ¿solo? Sí, solo ¿pero yo era un bebé? Sí, un bebé ¿solo? Sí, solo, pero no sabemos qué pasó ¿me podría haber muerto? los bebés necesitan que los cuiden pero por eso te cogieron enseguida… Él si usa la palabra abandonado, no cuando habla conmigo pero cuando de vez en cuando se le va la pinza y le explica a un desconocido su vida dice “mi madre me abandonó”. No es el único niño adoptado de nuestro entorno con una historia así, algunos en panadería, algunos en la puerta del orfanato, otros en otras partes…

He de decir que no pienso demasiado en la madre biológica de mi hijo, no siento resentimiento ni nada, de hecho seguramente ni fuera ella quien lo dejó allí, quizás sí pero puede que no, podría tener algún problema mental en ese momento… Pero el hecho es que el niño estuvo en un centro esperando que le reclamaran 18 meses y no lo reclamó nadie. Claro, podemos pensar que en su país es duro ser madre soltera (no sé si lo era) hay mucha presión social, pocos recursos económicos, etc… y es verdad, pero claro, en esos 18 meses hubo madres que volvieron. En la misma situación hay madres que no renuncian o abandonan a sus hijos, exactamente en las mismas situaciones. Y también en ese tiempo hubo madres que abandonaron a sus hijos y no volvieron más, y resultó que ninguna era el prototipo de madre del que me hablaba todo el mundo, unas eran de clase bastante acomodada aunque eran jóvenes, otras no eran tan jóvenes y estaban casadas… la verdad es que pocas eran madres solteras adolescentes y sin recursos… creo que conocí a una (e iba cada mes a ver al niño hasta que por fin pudo llevárselo). Quizás me cueste más explicarle a mi hijo que su madre decidió abandonarlo y de esta forma concreta que abandonarle en sí, que le puedo contar mil especulaciones, que explicarle por qué otras madres (con algunas tengo contacto) no lo hicieron. Es verdad que quizás no fue ella personalmente pero quien fuera era una persona de su entorno, si se lo confió sabía qué podía hacer con él… quizás se lo quitaron, sí, también, pero entonces podría haberlo reclamado. Las circunstancias pudieron ser las que sea pero fue un abandono, no solo por parte de la madre, también por parte del padre, de los abuelos, de la sociedad.

Sigo sin usar la palabra abandono pero no lo hago para que pueda elaborar su historia y usar él su propias palabras, él usó abandono mucho antes que alguien se hubiera referido a su historia con esa palabra, pero no he dejado de usarla porque crea que no fue un abandono, independientemente de las circunstancias de la madre, de la familia, del país…

Madre (de) acogida

Entre la biología y la adopción hay una figura muy desconocida: la de la acogida. Consiste en compartir la vida, la casa, … y ser familia… de un niño o una niña que no se convierte en tu hijo, porque ya tiene otra familia, aunque le quieras, le trates y le sientas como si fuera tu hijo. Consiste en ahijarte a un niño que no pierde la relación con su primera familia… que, de alguna manera, puede convertirse también en parte e tu familia. O esto es lo que pensé cuando S., madre de acogida, contó esta historia.

“A” llegó a casa cuando apenas tenía 22 meses. A día de hoy, lleva más de cinco años con nosotros, y desde su llegada, tiene visitas con sus padres biológicos cada mes.
El pasado lunes, de forma natural y casi espontánea conocí a la mamá biológica de “A”. Han pasado varios días, y permanece en mi cabeza su saludo inicial, dándome las gracias, como nos miraba a “A” y a mí cuando caminábamos de la mano acompañándola al Metro, y como intentó aguantar las lágrimas cuando se despedía hasta la próxima visita, como en ese momento no pude hacer otra cosa que sin soltar a “A” de la mano, acercarme a abrazarla, y cómo sentí que en ese instante, ella también se sentía “acogida”…

Calles

Entre las novedades del curso está el trayecto en coche hasta el trabajo.

Leo (mucho) menos pero gano dos horas que me cunden un montón, en el trabajo y (sobretodo) en casa.

Voy cogiéndole el tranquillo al coche, a la ruta, escucho la radio mientras resuelvo mentalmente cosas pendientes.

Y luego aparco.

A veces no encuentro sitio cerca del trabajo y aparco a cierta distancia; prefiero caminar estos 10 minutos que pasarlos dando vueltas con el coche.

Rosa Chacel, Clara Campoamor, María Moliner, Rosalía de Castro…

Voy leyendo los nombres de las travesías a medida que avanzo.

Y pienso que las cosas han cambiado mucho más de lo que a veces nos atrevemos a pensar.

10 cosas que odio de ser madre de nacimiento

Las madres biológicas (o madres de nacimiento o primeras madres) son las grandes ausentes en la triada adoptiva. Pocas veces tienen voz… ni siquiera en este blog. Esta es una de estas ocasiones. Me ha parecido muy interesante el punto de vista expuesto en este artículo, del que os ofrezco la traducción casera.

1. Odio no poder hablar de ello con la mayoría de la gente.

Los pocos amigos con los que he hablado de ello me han puesto la cara lastimosa de “cáncer”. No sabéis como odio esta jodida cara de lástima. Lo entiendo, la mayoría de la gente no saben qué decir y por esto optan por defecto por “la cara”. ¿Qué sería mejor que “la cara”? Es tan duro para mí hablar de mi experiencia que si la saco, por favor, hazme preguntas. No duele menos si no hablo de ello.

2. Odio que la mayoría de la gente crea que somos drogadictas, maltratadoras, negligentes, analfabetas e ignorantes.

En mi experiencia, la mayoría de la gente asume una de estas cosas sobre nosotras, si no todas. Vale, es cierto en algunos casos, pero apostaría que no en la mayoría. Estos estereotipos hacen incluso más duro hablar de mi dolor. No me puedo sentir cómoda discutiendo asuntos que tienen que ver con la adopción si soy vista como una mamá adicta a las ayudas sociales. En algunos casos, es más fácil para la gente etiquetarnos en este sentido para no tener que enfrentarse al hecho de que somos iguales a los padres adoptivos en muchos sentidos.

3. Odio haber construido estos muros emocionales debido al dolor de dar en adopción a mi hijo.

Dar en adopción a mi hijo mayor ha permeado cada faceta de mi vida. El trauma de no traer a mi bebé a casa hizo cambiar mi cerebro. Mi cerebro está intentando protegerme de la posibilidad de sentir este dolor alguna otra vez. No puedo derribar estos muros. Quiero a mis hijos y a mi marido más de lo que puedo explicar, pero sé que hay una parte de mí que espera que me abandonen. Ser una madre de nacimiento me ha convertido en una pesimista eterna, siempre esperando que caiga la otra zapatilla. Soy incapaz de aceptar y experimentar plenamente momentos felices en mi vida porque siempre estoy buscando “el problema”. Sigo esperando que suceda algoque haga volver el dolor. Vivir así es un horror.

4. Odio que otra persona esté criando a mi hijo.

Egoísta, ¿verdad? Experimentar la alegría de ver crecer a mis otros tres hijos me ha hecho consciente de todo lo que me he perdido con mi hijo mayor. Cuando le di en adopción pensé que cuando tuviera “mis propios hijos” no le echaría tanto de menos. Al menos, esto me hicieron creer. Puedo contaros que es exactamente lo contrario. Tener “mis propios hijos” me ha hecho añorarlo más.

5. Odio no saber si mi hijo es feliz.

Realmente no tengo ni idea. Sólo he tenido contacto con su madre una vez en 14 años desde que renuncié a él. Sólo conozco el punto de vista y la perspectiva de ella. Si él no es feliz, dudo que ella me lo contara. Y cuando digo feliz, no quiero decir “la la la que día tan bonito y me encanta jugar fuera”. Quiero decir en un nivel primario. Feliz con su vida hasta ahora. Feliz de estar vivo. Suena tan fuera de lugar no saber qué siente la carne de mi carne sobre su propia vida.

6. Odio que mi hijo no conozca su historia de nacimiento.

No tengo ni idea de qué le han contado a mi hijo sobre cómo llegó al mundo. Cómo llegué al mundo es una parte tan importante de quién soy. Sé por mi propia madre cómo fue su parto, cómo me quiso y se sintió apegada a mí instantáneamente, y lo agradecida que estuvo de tenerme. ¿Cómo puede ser para mi hijo? ¿Sabe que yo me sentí apegada a él desde que nació? ¿Sabe que le cogí y le mantuve conmigo hasta dos días después de nacer? ¿Sabe que le quise? ¿Le importa? ¿O es algo que no le concierne en absoluto? ¿La única historia pertinente para él es la de cómo sus padres llegaron a criarle? No lo sé.

7. Odio que ser una madre de nacimiento haya hecho tan imposible para mí expresar mis emociones.

Esto es lo que sucede: algo en mi vida es difícil, una situación o una relación. En vez de enfrentarme a mis sentimientos en el momento en el que sucede, los meto tan al fondo de mi alma y me niego a aceptar que tengo alguna emoción al respecto. Estas cosas pueden ser pequeñas o grandes, la forma en la que me relaciono con ellas es la misma. Sigo adelante y ¡BUUM!, un derrame explosivo de rabia y emoción estalla hacia los que me rodean, que no tienen ni idea de por qué estoy tan afectada. La manera cómo gestiono mis emociones tiene relación directa con ser una madre de nacimiento.

8. Odio ser incapaz de encontrar un terapeuta calificado que me pueda ayudar a gestionar estos asuntos.

La pérdida de la adopción no es la misma que otras pérdidas. No digo que sea peor o más fácil pero no es lo mismo que ver morir a un hijo. Es un tipo especial de dolor relacionado con una experiencia increíblemente dolorosa e interminable. No se cierra nunca. Mi hijo aún camina por algún lugar. Hasta hoy, aún no he sido capaz de encontrar un terapeuta especializado en postadopción. Sí, he recibido asesoramiento post-adoptivo (si se le puede llamar así) justo después del parto. Pero este asesoramiento sólo funciona a corto plazo. Los efectos a largo plazo están enormemente indocumentados y se deben estudiar muchísimo más. He tenido terapeutas que me han dicho que tengo que superarlo y seguir con mi vida, como si fuera un hecho aislado que me hubiera sucedido en el pasado y necesitara básicamente pasar página. Perder a mi hijo al darlo en adopción no fue un hecho aislado , es una cadena continua de emociones que el tiempo solo parece amplificar.

9. Odio oír a los amigos exagerar la pérdida de los padres cuando una adopción “no se culmina”.

Siento empatía por la gente que no puede tener hijos. Pero cuando oigo a la gente decir que su proyecto de adopción ha fracasado, mi mente va hacia la madre que decidió criar a su hijo, y sólo quiero gritar ¡Yuju! Por supuesto, no soy una completa gilipollas y no lo hago. Pero honestamente, no puedo ignorar la manera cómo estos amigos hablan de sus adopciones potenciales. ¿Por qué no se dan cuenta de que insertándose en el embarazo de una madre que espera sólo se están buscando un infarto? ¿Por qué no ven que involucrarse tanto antes de la firma de los papeles sólo es una forma de coaccionar a la madre? No puedo decir estas cosas porque si lo hago, me dicen que hablo sólo desde mi propia experiencia y ¿por qué estoy tan enfadada, en cualquier caso? Bueno, yo no veo por qué VOSOTROS estáis tan enfadados por no poder criar al niño de otra persona.

10. Odio odiarme a mi misma.

Me odio por no tener fuerza de carácter. Me odio por ser una persona tan complaciente que renuncié a mi propio hijo. Me odio por haber creído tanto tiempo las mentiras sobre la adopción. Me odio por haber creído que otras personas serían mejores padres para mi hijo. Me odio por no haber creído en mi misma. Me odio por no haber explorado cada opción disponible para convertirme en madre. Me odio por haber abandonado a mi hijo.

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