familia monoparental y adopción

Archivo para julio, 2012

Empiezan las vacaciones

Los últimos días antes de que empiecen las vacaciones son los más difíciles del año (al menos, ¡hasta que llega el síndrome de la vuelta al trabajo!). Parece que las fuerzas nos han alcanzado justo para llegar al último día y nos vamos poniendo al ralentí. Cada hora parece una montaña.

¡¡¡¡Pero ha llegado por fin!!!!

En las próximas semanas seguiré asomándome por aquí, pero lo haré menos a menudo. Entiéndanme… tengo muchas cosas que hacer.

Pasear. Ir a la playa. Comer helados. Dormir la siesta. Ir a la piscina. Pintar piedras. Andar por el campo. Beber mojitos. Escuchar los pájaros. Besar. Recoger piñas. Pelar piñones. Pintar las piñas. Recoger moras. Hacer  mermelada. Preparar bocadillos. Escuchar música. Sacar fotos. No hacer nada. Contar historias. Mirar los árboles. Leer. Regar las plantas. Subir montañas. Imaginar. Montarnos en los autos de choque. Pintarnos la cara. Montar en tren. Dar abrazos. Sentarnos a la sombra. Perder el tiempo. Mojarnos con la manguera. Aburrirnos. Explorar. Pintarnos las uñas. Mirar las hormigas. Hacer planes. Sacar la lengua. Trasnochar. Escribir postales. Oler el mar. Cantar. Mirar fuegos artificiales. Reírnos mucho.

Famosos

X. y Z. son una pareja de mi barrio, actores bastante conocidos y reconocidos en nuestra comunidad, a los que yo conocí por casualidad en el parque. Teníamos amigos comunes, niños de la misma edad, una manera de ver la vida parecida… y poco a poco nos fuimos haciendo, no exactamente amigos, pero tampoco meros conocidos.

X. y Z. estaban pendientes de una asignación en Etiopía. El día que la recibieron, X. salió a la calle y se recorrió varios parques hasta que me encontró para enseñarme la foto. Era una criatura diminuta, con un problema grave de salud (que se solucionó bien pero que podría haber dejado secuelas graves), y por supuesto, preciosa…

Me sorprendió que les hubieran asignado una niña tan pequeña. Ellos deseaban adoptar a una criatura más grande, de una edad cercana a la del hijo que ya tenían, de hecho, intentaron (sin éxito) que les dieran el CI para un niño mayor que el que había en casa, y cuando no lo consiguieron, hablaron con la ECAI para que les asignara un niño lo mayor posible.

Lo habíamos hablado unas cuantas veces, así que le pregunté.

Me contó la situación de salud de la niña, y que no habían encontrado a ninguna otra familia de las que estaban esperando que aceptara la asignación.

Poco tiempo más tarde, A., una conocida que también vive en el barrio me contó la versión de la historia… de su novio.

“Dice A. que no han tenido que esperar nada… que se han saltado la lista de espera por ser quién son. Dice A. que han pagado para que les asignen un bebé recién nacido… ¡y niña!”…

En este caso, yo conocía la historia de primera mano… no sólo me la habían contado, sino que casi la había vivido. Recordaba cuando hicieron el CI, cuando firmaron con la ECAI… es decir, tenía constancia de que habían esperado tanto tiempo como cualquiera. Y recordaba cómo se habían peleado por adoptar un niño mayor…

…pero, ¿qué pasa cuando no tenemos estos datos?

Estos días, leo en foros de adopción muchas críticas al tratamiento que se da a los problemas familiares que hay en la casa de Ortega Cano. Se habla del daño que hacen algunos comentarios a la adopción, al resto de niños adoptados y también a los propios protagonistas de la historia… pero en estos mismos foros, no se cortan en cuestionar si esta familia debió recibir el CI o si se saltaron algunos trámites, o en valorar si el afecto y el trato que se dio a los hijos fue el más adecuado.

Y, la verdad, me sorprende.

(Carros de) Fuego

Mi abuela no iba jamás al cine.

Tenía sus razones: estando embarazada de su primer hijo, fue a un cine con mi abuelo, y como la falda le apretaba, se la desabrochó. Se olvidó… y cuando se levantó para salir del cine, la falda se quedó en la silla y ella salió en combinación.

Su marido, en vez de decírselo, se fue rápidamente hacia afuera… y tuvo que ser un desconocido quién le llamara la atención hacia su indumentaria indecorosa.

Podría haber escogido no volver a llevar falda – o dejar al marido – pero no, decidió abandonar el cine.

Sólo muy de vez en cuando, cuando una película tenía muy buenas críticas y le llegaban varias recomendaciones efusivas de personas a quien ella consideraba moralmente intachables… iba al cine.

Y en una de esas ocasiones, fue a ver “Carros de Fuego”.

Le gustó tanto, que unos días más tarde repitió. Y lo hizo llevando a sus nietas adolescentes, es decir, mi hermana y yo.

El día que fuimos a ver “Carros de Fuego”, la costa catalana estaba ardiendo. Recuerdo la sensación de ahogo al salir del aire acondicionado del cine, recuerdo la ceniza cayendo sobre nuestras cabezas, como si fuera el fin del mundo.

Esa noche volvimos a ir al cine, con unas amigas (vimos “West Side Story”) y luego fuimos a dormir a su casa… hacía tanto calor que las duchas no nos aliviaban, y terminamos sacando los colchones al balcón.

Me acordaba de todo esto ayer por la mañana, cuando A. me llamó porque “olía mal”. Primero miré enchufes, si tenía algo en el fuego… luego salí al balcón, el olor a plástico quemado venía de la calle. Y lo que parecía niebla, era humo: humo llegado de un incendio a más de 200 km…

…exactamente en el lugar donde estos días, B. está pasando la semana con su abuelo.

Los llamé cuando supe del incendio, y estaban bien, más tranquilos que yo. Su pueblo queda entre los dos focos del incendio, y el viento les era favorable. Aunque estaban impresionados por saber que pocos quilómetros más allá se estaban quemando bosques, campos, casas y animales.

Entre aquel incendio del año que se estrenó “Carros de Fuego” y este ha pasado un cuarto de siglo. ¿Hemos aprendido algo? ¿De verdad hay alguien que no sepa lo peligroso que es arrojar una colilla por la ventana? ¿Por qué no se mantienen los bosques limpios, desbrozados? ¿Por qué no hemos entendido que si invertir en medio ambiente en caro… probemos a no hacerlo?

Los largos veranos

 Cuando yo tenía 8 años, las vacaciones empezaban en Sant Joan y terminaban el 11 de septiembre (dos de las fiestas más celebradas en Catalunya). Buena parte del verano lo pasábamos en el pueblo, con los abuelos. Desayunábamos enormes tazones de leche con colacao y pan con tomate; las migas se las tirábamos a los pajaritos del jardín. Por la mañana nos llevaban a la piscina municipal, aunque nunca antes de que pasaran las preceptivas dos horas de la digestión; a mediodía nos encerrábamos en la casa, con las persianas bajadas, y jugábamos a la oca o al parchís, y mi abuela hacía trampas para que ganáramos; o les mirábamos a ellos, a los abuelos, jugar a las cartas y aprendíamos aquellas expresiones tan curiosas: ¡escombra!, ¡¡butifarra!! Cuando refrescaba, salíamos al jardín, buscábamos fresas y recogíamos margaritas con las que hacíamos ramos diminutos que mi abuela metía en vasitos de vino (¿aún se usan aquellos vasos pequeños para beber vino?). A veces salíamos a pasear, o mirábamos con envidia a los niños cuyos padres, menos prudentes, dejaban andar solos en bicicleta por las calles.

Cuando tenía 10 años, los veranos los pasábamos en Menorca. Salíamos a principios de julio, y mi padre, que aún trabajaba, nos venía a despedir al barco: tirábamos rollos de papel de w.c., como serpentinas gigantes. A menudo nos acompañaban R. y M., dos amigas cuya madre trabajaba en julio y agosto. Nos levantábamos tarde por la mañana, organizábamos juegos en la casa, leíamos, bajábamos al huerto a recoger tomates o cebollas y a subirnos a la higuera, con ese olor tan dulce. A mediodía nos íbamos a la playa, de pie en el asiento de atrás de nuestro Dyane 6 descapotado, cantando a gritos, con los bocatas y la fruta y una botella de agua que enterrábamos en la orilla para que se mantuviera fresca, y allí nos quedábamos hasta que anochecía. A veces íbamos a ver las taules, que recorríamos como si fuera nuestro terreno, jugando a ser “hombres primitivos”. Por la noche, después de la ducha y la cena, salíamos a la plaza del pueblo a tomar un helado. Y algunos días, preparábamos una obra de teatro para los amigos.

Cuando tenía 12 años, veraneábamos en un pueblo de Castellón. Pasábamos la mañana en la piscina, donde te permitían hasta ducharte con jabón y suavizante y donde vendían unos polos con dos palos que podíamos compartir con alguna amiga. Comíamos en el jardín, directamente de la paella arroces preparados con leña de romero, después de horas discutiendo si había que poner el chorizo en medio o en un lado, si las bajocas o los garrofones… por la tarde, íbamos a pelearnos con las otras pandillas de niños… nos repartíamos los chicos y nos imaginábamos lo que sería tener novio. Luego volvíamos a casa a buscar la cena, (“¿en plato o en bocadillo?” en bocadillo, ¡siempre en bocadillo!) y corríamos otra vez a la plaza a ver pasar gente hasta las 2 de la madrugada.

Y las tardes leyendo sin descanso.

A veces, cuando miro el pasado, tengo la sensación de que las partes suman más que el todo.

Recuerdo con añoranza los largos veranos sin obligaciones ni horario que yo viví. Cuando las colonias, los casales, eran algo exótico que no estaba al alcance de la mayoría de los niños. Y me da mucha rabia, y mucha pena, que mis hijos se estén perdiendo este tiempo de no hacer nada, de descubrir y explorar, de aburrirse y relacionarse con los amigos, de buscar cosas que hacer. Sin agenda, sin planes, sin objetivos. Y por supuesto, sin deberes.

Aquellos veranos interminables.

Estaban todos menos tú…

Ayer, salimos a la calle.

Nosotros también.

Porque lo peor no es que nos recorten: lo peor es el discurso con el que nos venden los recortes: fue culpa vuestra, tenéis lo que os merecéis, lo hacemos por vuestro bien. Y si no os comportáis, será peor.

(Payaso de circo sin empleo. Por favor, ayudadme a entrar en el Congreso, que es donde pertenezco).

 

Enfado pegado al corazón

B. es la madre de una niña de 4 años nacida en Etiopía. Esta semana han mantenido esta conversación que me ha dado permiso para compartir aquí.

Hoy he discutido con la niña y despues de hacer las paces le digo venga: y ahora rompemos en pedazos lo que ha pasado esta tarde y lo tiramos a la basura, que ya no nos sirve. Hacemos como que rompemos un papel y lo tiramos y cuando terminamos me dice:

– Mamá, todavía me queda.

– Todavía te queda ¿qué?

– Pues que yo tengo un enfado que tengo siempre pegado al corazón.

Que bien que pueda decirlo, que bien que quiera decirlo.

Se van

Hoy, H., su marido, y sus hijas S. y P. han cogido el avión para irse a Singapur.

La empresa donde él trabaja tiene una sucursal allí y ha pedido el traslado; H. ya se ha puesto en contacto con varias empresas para buscar trabajo de lo suyo. Y las expectativas son buenas.

Seguro que les irá bien: la suerte está del lado de los valientes, o eso quiero creer. Llevan empuje y ganas de salir adelante.

No es la única: esta semana, un padre del casal de mis hijos me decía que ellos también están pensándose irse a Francia, o a Alemania, donde él estudió algunos años atrás. M. lleva ya una buena temporada en Australia (desde dónde advierte a los amigos que puede pasarles información a los que quieren irse, pero que NO les buscará piso y NO les buscará trabajo). J. ya está en Londres y su esposa, N., le seguirá en breve, en cuanto él se instale. O quizás volverán a su Colombia natal.

Y es recurrente entre los amigos en Face Book el comentario de ¿emigramos?, aunque yo no sé si tendría el arrojo de hacerlo. Al menos, por ahora.

En muy pocas décadas, España pasó de ser un país que fabricaba emigrantes a ser un país que recibía inmigrantes. La llegada de gente de todos los países del mundo cambió el paisaje de nuestras calles, que se empezaron a parecer al Londres que yo admiraba cuando lo veía en las películas.

En mucho menos tiempo, hemos pasado a ser un país que vuelve a emigrar.

La bonanza nos hizo olvidar muy rápido lo que era ser emigrante. Parece mentira que un país que una generación atrás tuvo que buscarse la vida en Alemania, en Suiza… fuera tan poco generoso con los que llegaron de otros lugares buscando lo mejor que buscaban ellos: una vida mejor. Una vida digna.

¿Nos olvidaremos con la misma facilidad de esa etapa en la que hemos estado entre los ricos del mundo?

(El último que salga… que apague la luz).

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