familia monoparental y adopción

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Llegará un día

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Llegará un día en el que volarán y la casa se nos hará grande y silenciosa y tendremos que rebuscar en nuestra memoria para hacer todos los planes que su infancia nos ha hecho posponer. Llegará un día en el que entraremos y saldremos sin dar explicaciones ni ocuparnos de la logística, y los días volverán a ser largos y estaremos pendientes de un teléfono que usaremos más para llamar que para recibir llamadas. Llegará un día en el que haremos tupperwares con las comidas que más les gustan y se los meteremos en bolsas de tela para que al menos hagan algunas cenas decentes hasta que otro domingo vengan a comer. Llegará un día en el que dejaremos de plegar ropa pequeña y pondremos solo una lavadora a la semana o dos. Llegará un día en el que se estresarán cuando les digamos que vamos de visita y recogerán de forma precipitada los trastos esparcidos por el comedor, nos sentaremos en el sofá apartando con delicadeza un calcetín desaparejado para que no se den cuenta de que lo hemos visto. Llegará un día en el que llamarán para pedir que les vayamos a regar las plantas y dar de comer al gato y aprovecharemos estas visitas para recuperar los tuppers que han ido acumulando. Llegará un día en el que volverá a ser más barato y cómodo coger el metro, en el que volveremos a pasear por el centro de la ciudad y a meternos en cines o bares sin pensar que en casa nos esperan. Llegará un día en el que podremos escoger la música en el coche y dejaremos de ver dibujos en la tele y el mando siempre estará donde lo hemos dejado. Llegará un día en el que tendremos que hacer malabarismos con la agenda para conseguir que estén los cuatro al mismo tiempo y en el mismo lugar y nos enteraremos de las cosas de unos porque nos las contarán los otros, con los que habrán hablado antes y con más confianza. Llegará un día en el que repasaremos nuestra vida y nos preguntaremos cómo ha pasado todo tan rápido.

Aún falta. Pero esta historia tan tierna me ha hecho pensar que para nosotras también llegará un día.

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Extraescolares

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Hace unos días llegaba a mis manos (mis ojos), esta viñeta, tan acorde con el tópico de que las familias pasamos cada vez “menos tiempo con los hijos” (tópico que intenté desmontar en esta entrada de hace un par de meses).

¿No es curioso que toque demonizar las extraescolares? ¿No es curioso que toque demonizar las extraescolares cuando estas actividades, que siempre han aportado un plus a las clases altas – cuyos hijos aprendían música, deporte, arte, idiomas…- llega al grueso de la población? ¿No es curioso que en esa viñeta, los deberes, que colonizan las tarde y los fines de semana de nuestros hijos, brillen por su ausencia? ¿Y que las extraescolares que se dibujan sean refuerzo e inglés, algo más relacionado con la inoperancia de las escuelas que de las familias? 

¿Qué tiene de malo que nuestros hijos, que se pasan casi todo el día sentados, dediquen algunas horas por las tardes a hacer ejercicio? ¿Qué tiene de malo que nuestros hijos, a los que se enseña a competir individualmente, aprendan a ser un equipo? ¿Qué tiene de malo que nuestros hijos, cuyas horas de plástica y musica han quedado reducidas a la mínima expresión, cultiven estas disciplinas en sus horas libres?

¿Por qué las extraescolares son peor opción que otras, como quedarse solos en casa… o aunque estén acompañados, estén enganchados a alguna pantalla – mientras sus madres y padres hacemos lo mismo?

¿Han pensado que cuando tienes varios hijos, este rato en el que haces de chófer de ida y vuelta a alguna extraescolar es una de las pocas ocasiones que tienes para pasar tiempo a solas con cada uno de ellos?

¿No les cansa que siempre se nos juzgue a las familias por las decisiones de crianza que tomamos?

 

Canción Dulce / Tiempos de swing

Hace más de 20 años, un compañero de trabajo que tenía entonces un niño de dos o tres años me dijo que, desde que era padre, era incapaz de leer nada donde salieran niños que sufren algún daño. A mí no me pasaba, y siguió sin pasarme cuando llegaron mis hijos, así que, a pesar de lo duro del asunto, cogí con ganas “Canción Dulce”, de Leila Slimani.

 

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No hay nada oculto en el tema del libro, se conoce desde la primera línea: es la historia del asesinato de dos criaturas en manos de su cuidadora.

Una historia que entronca con el mito de “La mano que mece la cuna”, este miedo supongo que ancestral que tenemos todas las madres y padres por la seguridad de nuestros hijos cuando los dejamos en manos ajenas. Yo recuerdo que en una ocasión, hace años, abandoné el trabajo y regresé para despedir a una canguro que no me generaba confianza después de leer la noticia del juicio a una cuidadora por asesinar al niño del que se ocupaba. Pero es también una novela sobre muchas de las contradicciones de la vida moderna: las contradicciones de las madres (casi siempre ajenas a los padres) de echar de menos el trabajo y la vida fuera de los niños cuando estamos cuidando pero sentir que no atendemos bien a nuestros hijos cuando no estamos a su lado; la contradicción entre querer a nuestros hijos más a nuestras vidas pero acabar agotadas de ellos; las contradicciones entre integrar en la familia a una persona que se ocupa de los niños, de la casa, y la distancia que marcamos con ellas; las contradicciones de la cuidadora que entrega a sus niños, a su familia, todo lo que es sabiendo que en cualquier momento puede perderles; la invisibilidad del trabajo doméstico y la contradicción de conseguir la liberación de la mujer de este trabajo a partir, muchas veces, del trabajo mal pagado de otras mujeres.

De Zadie Smith leí primero “Sobre la belleza” y solo después su reconocidísima primera novela, “Dientes blancos”. Me parecieron interesantes, pero un poco faltas de naturalidad, algo rígidas. Muy distintas a lo que me ha parecido “Tiempos de Swing”, que como indica su título, fluye:

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“Tiempos de swing” es la historia de dos amigas biraciales que crecen en un barrio obrero de Londres en los 90. Aparentemente, lo único que tienen en común son las clases de baile (que afrontan con muy desigual desempeño) y el color de piel. Pero han pasado los años, y aunque han llegado a sitios muy distintos, siguen siendo las únicas que se conocen una a la otra como nadie. Una novela sobre crecer en una ciudad europea siendo biracial, sobre los sueños y las concesiones, sobre cómo lo personal es siempre político y sobre el peso de la amistad.

 

Día de la Familia

Como todos los 15 de mayo, mi Facebook se llena de memes celebrando el Día de la Familia… y la diversidad familiar.

Y como todos los 15 de mayo, me llama la atención lo poco diversas que son estas familias retratadas desde el punto de vista racial, o de capacidades…

¿Por qué si nos es tan fácil ver las discriminaciones que nos afectan podemos ser ciegos a las que no nos tocan de cerca?

En cualquier caso, feliz día, familias.

O como dijo alguien, “grupo de personas organizadas alrededor de una nevera”.

 

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Criar adolescentes

Desde que tenemos adolescentes en casa (y prevemos que en algún momento serán cuatro los que estarán a la vez en esta etapa), leo con más atención los artículos relacionados con la adolescencia. Y me doy cuenta de que pocos me conectan con la adolescencia que pasé en su momento, ni tampoco con la de mis cachorros… que sí, contestan algo peor, y se empeñan en tomar decisiones propias que no siempre compartimos, que cuestionan nuestras opiniones y que se las ingenian para pasar lo más lejos de casa todo el tiempo posible… pero que también son personas interesantes de las que aprendemos cosas, con quienes compartimos series y películas, que se ofrecen a cocinar y se ocupan de sus hermanos.

De momento, la adolescencia está trayendo a casa más cosas buenas que malas.

Y si llegan los desafíos y los desapegos, procuraré no perder de vista lo que cuenta este artículo.

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Ser adolescente es duro – tener hijos adolescentes puede ser más duro todavía. Todos los padres de adolescentes conocen el dolor de ser rechazados, negligidos o ingeniosamente criticados por su adolescente. Pero ser apartado es solo la mitad del asunto. Criar adolescentes se convierte en algo mucho más estresante y confuso cuando los adolescentes interrumpen semanas de frialdad con momentos de intensa calidez y proximidad.

La cosa va así. Tu hija ha estado tan ocupada con sus amigos, deberes y actividades que apenas la has visto desde hace días. Cuando conectas, es solo porque la acorralas para aclarar algún aspecto logístico de la vida familiar o ella ha reclutado tu ayuda para una tarea ingrata. Entonces, algo la descoloca – un encuentro con un amigo, una derrota inesperada – y ella se acerca. Como una nadadora agarrándose al bordo de la piscina después de un largo duro, se aferra a ti para coger aliento. La conexión sustituye los ojos en blanco, y ella te da detalles sobre su día de prueba en vez del usual informe de una sola palabra. Escucha tu consejo y puede que incluso se acurruque a tu lado en el sofá. Has estado soñando con este día: el día en el que tu hija quiere volver a ser tu amiga, escuchar tu sabiduría y sacar confort de tu presencia física.

Luego te aparta. Duramente. Vuelve a tener aliento y quiere regresar al agua, a su mundo alejado de ti, y se lanza a él impulsándose desde el borde de la piscina. Puede tomar la forma de la pelea más tonta de todos los tiempos, de criticarte de manera tan mezquina como dolorosa (“No te ofendas, pero tu aliente huele raro”), o alejándose abruptamente. Podrías haberte quedado en comunión todo el día, pero tu hija necesita apartarte tan pronto como se siente nueva. Continuar es infantil, que es precisamente lo último que cualquier adolescente normal quiere sentir.

Algunos padres, sintiéndose demasiado heridos por el alejamiento o tomándose el rechazo de su adolescente de forma demasiado personal, escogen volverse inaccesibles. En ciertos sentidos, hace sentir mejor evitar algunos episodios de latigazo emocional. Pero ser inaccesible tiene un coste. Los padres inaccesibles se pierden momentos maravillosos, aunque sean breves, con sus adolescentes. Pero aún, sus adolescentes se quedan sin pared hacia la que nadar y deben navegar por aguas procelosas sin apoyo. Los padres que se mantiene en su sitio pueden protegerse preparándose para la patada que sin duda llegarán. Cuando lo haga, pueden decir “Ey, esto no es amable” o “De hecho, esto es molesto”, o cualquier otra cosa que les permita defenderse a la vez que comunica que no se van a ningún lado.

He oído padres exasperados que se refieren a sus adolescentes como “lactantes con hormonas” o “Lactantes con tarjetas de transporte”. Vuelven a vivir el tira y afloja – desairar y aferrarse – que acompaña a la crianza de un bebé. Aunque en esta ocasión, han cambiado los encantadores arrumacos de la hora del cuento por la monotonía de la implantación del toque de queda. Anna Freud, la hija de Sigmund y una figura de peso por derecho propio, anotó tiernamente “Hay pocas situaciones en la vida más difíciles que lidiar con un hijo o una hija adolescente durante el tiempo en el que intenta liberarse”. Criar adolescentes pone a prueba a los adultos más fuertes, incluso – quizás sobretodo – en los días buenos.

Primavera

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La primera luz del día que entra por la ventana antes de que suene el despertador. El canto de los pájaros. Salir a la calle sin bufanda. Ver como la nieve en la sierra retrocede unos metros cada día, al fondo de mi parabrisas. Dejar el abrigo en el coche. Sentarnos a comer en una terraza y notar el sol en la cara. Buscar la sombra para charlar con otras madres a la salida del cole. Las primeras mangas cortas y las peleas todas las mañanas para seguir posponiendo los pantalones cortos, y hasta el 40 de mayo. Los solares del barrio inundados de amarillo, azul y violeta. Los chubascos. La marca de la camiseta en la nuca de P. Las jarras de agua que nos olvidamos devolver a la nevera. La ropa tendida al sol. La hamaca. Limpiar las malas hierbas y volver a regar. El cambio de armario. Las barbacoas en el patio. El día que se alarga. Bajar al anochecer a tomar una cerveza al paseo. Las ventanas abiertas por las que entra el sonido de la calle. Y la mantita en el sofá por las noches.

Tiempo con los hijos

En otras ocasiones hemos hablado del gurú de la crianza natural, o crianza con apego, Carlos González (como si la crianza pudiera ser 100% natural en alguna sociedad humana, como si se pudiera criar sin apego). Un señor cuyos argumentos se acogen con devoción (o con rechazo) por parte de madres ansiosas de criar “bien” a sus cachorros. Que vende su modelo de crianza como algo radicalmente moderno… aunque es curiosamente parecido a los argumentos que se impusieron en los años 50, lo enriquecedora que es la familia y lo imprescindibles que somos las madres (y sola y exclusivamente las madres) para los niños. ¿Es casualidad que este tipo de discursos nazcan en momentos de empoderamiento de las mujeres y lucha por la igualdad de derechos?

Regularmente leo titulares de Carlos González, pero acaba de llegarme uno que me ha golpeado como una patada en la espinilla:

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“Es la generación en toda la historia de la humanidad que menos han estado con sus padres”.

Yo niego la mayor. ¿Todos los niños, en todos los tiempos, se han criado con sus padres? Esto es privilegio de clase. Las mujeres humildes han trabajado muchísimas horas y en condiciones deplorables durante siglos. Han muerto jóvenes, si no en el parto. Han tenido hijos sin padre presente o con padres que morían en la guerra o que trabajaban chorrocientas horas, y que no les molestaran los churumbeles. Teniendo muchísimos más hijos que ahora y con tareas domésticas mucho más difíciles de atender. Los niños se han criado con abuelas, tías, hermanos y hermanas, otros niños en la calle, trabajando en fábricas o en el campo o en el servicio doméstico a partir de los 6 años. Siendo maltratados y negligidos y “cuando seas padre comerás huevos”.

Y los niños de clase alta, con nodrizas, nannys y creciendo en las cocinas y las zonas de servicio de las casas, educados por institutrices o en internados, hasta que fueron lo bastante mayores para ser considerados personas.

Y haciendo esto que parece un invento moderno: clases de piano y de idiomas, equitación y tenis, cosas que les distinguieran de las personas de clases más bajas.

Incluso en nuestra infancia, este paréntesis en el que muchas madres de clase media dejaron el trabajo al casarse y se pasaban el día en casa con los hijos (no fue mi caso), muchos de nosotros recordamos que su presencia era muy poco activa. Fines de semana y  vacaciones con los abuelos, tardes en la calle con niños y niñas del barrio, o en casa, entreteniéndonos con nuestros hermanos o por nuestra cuenta. Íbamos y regresábamos solos del colegio a edades en los que ahora aún les llevamos de la mano, y nuestras familias solo pisaban las escuelas en contadas ocasiones. Las madres, porque muchos padres, ni esto. Llegaban a casa tarde, no molestes a papá, que está cansado, y “cuando seas padre comerás huevos”.

Y mis padres, cuyas madres dejaron de trabajar al casarse, menos aún. Mi abuela materna cuidaba de una casa enorme, una madre inválida, un tío soltero, un marido y dos hijos… que pasaban más horas con la chica de servicio que con ella. Era a la chica a la que llamaban cuando se despertaban asustados por la noche (para indignación de mi abuela). Mi abuela paterna tuvo cuatro hijos jovencísima y las criaturas y la casa le sobrepasaban y agobiaban, así que los niños pasaban muchísimas horas al otro lado de la calle, en casa de sus abuelos, que a su vez tenía hijos no mucho mayores que sus nietos; y cuando tuvieron edad para salir a la calle, con los tíos, hermanos y primos arriba y abajo todo el día.

Y luego en el colegio, muchas más horas que hoy.

Yo paso mucho más tiempo con mis hijos que mis padres conmigo y con mi hermana, y nosotras pasamos mucho más tiempo con ellos que el que mis abuelos pasaron con mis padres. En cantidad y en calidad. Y es lo que percibo en mi entorno. 

Los datos lo avalan: ninguna generación ha pasado tanto tiempo con los hijos, les ha dedicado tanto tiempo y atención, como nosotros con nuestros niños.

Muchas de nosotras sentimos que pasamos muy poco tiempo con nuestros hijos, que les hacemos falta, que no estamos todo el rato que querríamos ni tan presentes como nos gustaría…  pero esto no quita la realidad sea que los niños y niñas nunca han pasado más tiempo y de más calidad con sus padres y madres en ningún otro momento de la Historia, al contrario de esta imagen de Arcadia Feliz que muchos quieren vendernos.  Así que ya está bien de culpabilizarnos y flagelarnos.

P.S. Es curioso como este discurso culpabilizador conviven con el contrario,… igualmente culpabilizador. El que nos considera nocivos (¿nocivas?) no por exceso, sino por defecto, y nos cuelga las etiquetas de “padres helicóptero” o “Hiperpadres“.

 

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