familia monoparental y adopción

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Lo escolar (1)

La escuela es el principal caballo de batalla para los niños y niñas adoptadas (y para sus familias). Dificultades de aprendizaje, conflictos, ritmos distintos a los de otras criaturas, otras formas de aprender, peleas, racismo, bullying…

Seguro que no pocas familias se sentirán identificadas con este texto publicado en el blog En este preciso instante.

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Mi hija es alegre.
Mi hija es hermosa.
Mi hija es cariñosa.
Mi hija es empática.
Mi hija es ordenada.
Mi hija es trabajadora.
Mi hija es graciosa.
Mi hija es ingeniosa.
 
Sin embargo…
 
Mi hija se siente triste.
Mi hija cree que es muy fea.
Mi hija se muestra arisca.
Mi hija se aleja de los demás.
Mi hija pierde en interés en sus cosas.
Mi hija se rinde antes las dificultades.
Mi hija se ofende con las bromas.
Mi hija está a la defensiva.
 
En medio de esas dos listas hay algo muy simple. Tan simple como un colegio.
 
Un lugar en el que la convencieron de que no era capaz ni de hacer la fila y la llevaban de la mano la primera. A ella, que es la primera que se levanta de la cama y se viste, eso sí, después de combinar cuidadosamente el modelito del día (“mamá, tú no entiendes de moda”).
 
Un lugar en el que un día, la profesora de PT, en medio de una conversación en la que yo mencionaba lo bonita que iba a ser de mayor me corrigió y me dijo “bueno…atractiva” y los niños la llamaban fea sin cesar, por sus ojos de almendra.
 
Un lugar en el que nadie la invitaba a los cumpleaños, incluso si, por compromiso acudían a suyo.
 
Un lugar en el que la convencieron de que no sabía recoger su material y hacían que otros niños lo hicieran por ella. A ella, que se hace la cama cada mañana y que recoge todos sus juguetes. A ella que conserva las mismas ceras desde hace tres años.
 
Un lugar en el que nunca le dieron alas para aprender y donde, cuando yo les contaba los grandes avances que observaba trabajando con ella en casa me contestaban…”bueno, bueno…con los pies en el suelo” y la ponían a colorear en un rincón.
 
Un lugar en el que una niña la acosó durante dos años sin que nadie en el colegio pusiera remedio. A ella, que deseaba más que nada en el mundo tener amigas.
 
Un lugar en el que el castigo cuando según ellos se lo merecía, era llamarla bebé y llevarla a la clase de los más pequeños del colegio.
  
¿Porqué lo aguantamos? Porque a veces no ves lo que tienes delante de tus narices hasta que te alejas un poco. Porque la vida no nos permitía escoger en ese momento. Porque  estábamos abrumados y nos convencían de que no había otra manera de hacer las cosas. Porque hasta en esto, hay que aprender y nosotros éramos ignorantes en este territorio.
 
Mi hija se enfrenta ahora a un gran desafío. Un colegio nuevo en el que, por ahora (tengo demasiadas heridas como para confiar completamente) le han abierto los brazos. Es un macrocolegio con cientos de niños de todas las edades. Y muchos, muchos de ellos, son niños especiales en inclusión. O sea, en un aula normalizada.
 
Yo tenía tanto miedo…un colegio tan grande y mi niña tan pequeña. ¿Y si realmente no sabia hacer la fila? ¿Y si, como me decían, no era capaz de estar sentada ante su pupitre como los demás? ¿Y si, y si, y si…?
 
El primer día la acompañé hasta el patio donde hacen la fila, ya dentro del recinto escolar. Esperé a que entrase y le tiré un montón de besos. Ella se fue tan feliz.
 
Al día siguiente, antes de salir para el colegio, me dijo muy seria: “Mamá, haz el favor de no acompañarme hasta dentro, que me dejas en ridículo. Y no me mandes besos. Ya me los darás luego.” La dejé en la puerta envuelta en una marabunta de niños que entraban al colegio. Y la vi alejarse, con su mochila al hombro, camino al patio en el que se colocó en su lugar en la fila. Una niña más.
 
Ni más ni menos lo que es.
 
Sin embargo aún nos queda mucho camino por andar antes de que ella vuelva a sentirse igual que las demás. Su autoestima está muy dañada. Y su confianza en los demás también. Y ese es el primer escalón que hay que superar para afrontar cualquier tipo de aprendizaje. Tan convencida está de que no puede aprender que cuando se enfrenta a un reto se bloquea, se frustra y abandona. Es  una actitud de supervivencia. Si tu experiencia se basa en el fracaso huirás de las circunstancias que históricamente te lo han proporcionado. Un ejemplo: está aprendiendo a leer y jugando, lee las palabras por separado sin ninguna dificultad. Hasta que, de pronto, se percata de lo que está haciendo. En ese momento, deja de ser algo divertido para ser algo angustioso y quiere dejar de hacerlo.
 
La confianza en las propias posibilidades es imprescindible para aprender. Corregir demasiado, exigir de forma impaciente, no valorar los pequeños pasos, despreciar la iniciativa, dar más importancia al error que al acierto, comparar con otras personas y sobre todo, no aceptar la forma de aprender de cada niño son errores que pueden herir de forma grave la capacidad de nuestros hijos de sentirse capaces.
 

Ahora mi reto es conseguir que sepa cuánto vale y que crea, igual que nosotros sabemos, que es una niña maravillosa.

Su nuevo profesor en la primera reunión del aula nos dijo una sencilla frase: “Ella es, sin ninguna diferencia con el resto de sus compañeros, una niña más en el aula”.

Qué pedazo de frase. Creo que me la voy a enmarcar…

Futbol

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Nunca me gustó el fútbol.

En mi cole de izquierdas, casi todos los niños y casi ninguna niña jugaban al fútbol. Pero cuando jugábamos partidos contra otros colegios (algo que hacíamos un par de veces cada curso), nos repartíamos el tiempo estrictamente entre todos los jugadores. Los mismos minutos para los niños que no se despegaban del balón (fuera de cuero o de papel de aluminio de los desayunos), que para los que nos tapábamos la cara con las manos si veíamos acercarse una pelota.

Siempre perdíamos, claro.

Menos una vez que ganamos al colegio vecino 7 a 1 y se sorprendieron y cabrearon tanto que nos despidieron a pedradas.

Nosotros, muy dignos, nos fuimos comentando entre nosotros que no sabían perder, y eso.

No como nosotros, que habíamos aprendido a fuerza de derrotas.

Nunca me gustó el fútbol.

A mi abuelo le gustaba, a mi madre le gustaba, a mi hermana le gustaba.

Yo odiaba las costellades familiares donde el evento estrella era el partido posterior.

Odiaba correr y me tapaba la cara con las manos cuando se acercaba un balón.

Nunca me gustó el fútbol.

No tuve novios futboleros, tuve novios a los que les gusta el cine y la literatura y los cómics, y las jornadas de final de Liga las aprovechábamos para ir a cines vacíos o salir a cenar a restaurantes en los que no había nadie.

Nunca me gustó el fútbol.

Y de repente me encontré con un niño que vivía pegado a un balón, que hacía girar su vida alrededor del fútbol, que ansiaba jugar en ligas infantiles, que peloteaba en cualquier rincón, que se acercaba (y se metía) en todos los partidos en todas las plazas.

Y de repente descubrí que él tenía algo que yo no tendría nunca.

Que el fútbol puede ser (también) algo fascinante. Una herramienta de socialización e inclusión (también de exclusión de los que no juegan, claro).

Un lenguaje.

Me di cuenta en una playa de Marruecos, cuando B. se acercó a un niño con el que no podría haber cruzado dos palabras, le chutó el balón y pasaron una hora jugando.

Como decía Eduardo Sacheri: Si chutas el balón y te lo devuelven, estás dentro.

8 de marzo

He decidido que cada vez que alguien me diga que estamos involucionando en lo que a derechos de las mujeres, violencia doméstica, machismo, etc, se refiere… le pondré esta canción, que hace medio siglo cantaba una mujer de izquierdas sin sonrojo ni crítica (y que yo escuché en el disco que mis padres de izquierda tenían en su colección).

 

 

 

This is us

Hemos empezado a ver la serie “This is us”, muy recomendada por personas del entorno adoptivo.

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Es la historia de tres hermanos, desde el día de su nacimiento hasta los 36 años. Un trío de hermanos peculiar, porque los padres, que esperaba trillizos, perdieron a uno de los chicos al nacer y decidieron adoptar a un recién nacido negro cuya madre había muerto en el parto y que compartía nursery con sus hijos.

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Los “Big Three” crecen como hermanos en una familia transracial, adoptiva, numerosa, caótica… y afrontan muchas de las situaciones que vivimos en nuestras familias. Los duelos sin resolver, la vuelta que da la vida al convertirnos en padres y madres, la complejidad de criar a niños con realidades y necesidades muy distintas, los falsos gemelos la falta de referentes raciales, las dificultades para peinar el pelo afro, las dificultades para vincularse, la (no) relación con la familia de origen, los secretos, las mentiras y los silencios, el racismo de baja intensidad (y el de alta), la necesidad del adoptado de ser aceptado, su fragilidad,  las dificultades de crianza numerosa, los celos, el buscar espacios para cada uno, el agotamiento, las peleas entre los chicos…

Llevamos 8 capítulo, y subiendo.

No dejen de verla.

Nosotras, las de entonces…

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Me recuerdo desde mi infancia queriendo ser madre. Imaginando, esperando, previsualizando, cómo serían mis hijos, cómo sería mi vida. Añorando algo que no había vivido.

Sabía exactamente la clase de madre que sería.

Paciente, abierta, incansable, siempre dispuesta al diálogo y el pacto, preparada para tirarme en cualquier momento a jugar sobre la alfombra, leerles cuentos, cantar nanas hasta que se durmieran.

En algún lugar, el diablo aún se ríe de mis planes.

Nada me preparó para una realidad mucho más compleja, más demandante, con muchas más aristas… de lo que yo había podido imaginar.

¿Soy más feliz que antes de ser madre? ¿Me ha completado de alguna manera? ¿Ha respondido a alguna de mis preguntas?

Como decía Benedetti, cuando ya tenía todas las respuestas me cambiaron todas las preguntas. Y tuve que aprenderlo todo.

Nada me ha hecho crecer, pensar, aprender… evolucionar, como tener a mis hijos.

Es como haber entrado en otra dimensión.

No soy más feliz, ni me siento menos vacía.

Soy otra persona.

Tiempo de duelo

No conocía a Bimba Bosé, ni siquiera me interesaba especialmente su trabajo, pero, como tanta gente, ayer me conmocionó la muerte de esa mujer joven, madre de dos hijas pequeñas.

Y llevo desde entonces dando vueltas al mensaje de su hija: “No es un día de tristeza, a mi madre es lo que menos le gustaba, la tristeza”… ¿Estamos en una sociedad, en una época, en la que nos negamos la posibilidad de estar tristes? ¿Nos damos tiempo para hacer los duelos por las pérdidas que sufrimos?

¿No nos piden enseguida que “lo superemos” “tiremos adelante”, volvamos a nuestra “normalidad”…?

Me doy cuenta de que he tardado años en recuperarme de algunas pérdidas… y que en pocos meses se me pedía que hubiera dejado de hablar de ello, incluso de pensar en ello. Los tiempos sociales son unos y los tiempos personales son otros, y la sociedad es muy poco permisiva con esto. 

 Yo perdí a mi abuela con esta edad, fue durísimo… casi inabarcable. Recuerdo el dolor antes, durante, después, la certeza de que la vida no volvería a ser igual… la necesidad de parar el tiempo.

La crianza

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La CRIANZA supone un grupo de personas que viven en común, dan seguridad, sentido de pertenencia, identidad, y le prestan toda la atención que necesita. Un grupo de personas que comparten los avatares de la vida y comprometen su futuro en común, viven experiencias similares en una convivencia duradera que origina recuerdos y biografía en común. La CRIANZA filtra las influencias del exterior, hace partícipes de un mismo proyecto y de expectativas similares que posibilitan el tránsito de la dependencia a la autonomía, libertad y responsabilidad.
ENRIQUE MARTÍNEZ REGUERA. Filósofo, psicólogo, pedagogo. Ha tenido más de 15 niños acogidos y 40 años trabajando en casas de tutela.

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