familia monoparental y adopción

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¡No dejéis de trabajar!

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A pesar de las teorías imperantes sobre “el reciente acceso de las mujeres al mundo laboral” en mi cole de los años 70 los niños y niñas nos dividíamos en dos grupos: los que teníamos madres que trabajaban fuera de casa y los que tenían madres que solo trabajaban en el hogar. Los del segundo grupo comían en casa, llevaban disfraces primorosamente cosidos y alargaban las bajas por resfriado hasta que no quedaba ni rastro de tos; los del segundo nos encontrábamos con que a veces no aparecía ninguno de nuestros padres al Festival de turno y que nuestras entregas y recogidas (no había ni acogida matinal ni extraescolares en mi colegio) dependían de una red heterogénea formada por otras madres y padres, hermanos mayores y los omnipresentes abuelos. Pero no creo que hubiera grandes diferencias a largo plazo entre los que tuvieron una madre permanentemente presente y los que la compartíamos con sus obligaciones laborales, no creo que unos fueran / fuéramos más felices que los otros o tuviéramos traumas o dificultades reseñables.

Cuando fui madre, daba por hecho que todas las demás madres serían mujeres trabajadoras como yo. Mujeres que compartirían la crianza con sus parejas (si las tenían), que contarían con la ayuda de los abuelos, que tirarían de acogida matinal y extraescolares y canguro.

Me sorprendió la cantidad de mujeres que habían dejado de trabajar, que se habían quedado en el paro y “para gastarme en la canguro lo que yo gano me quedo en casa”, que trabajaban a media jornada o echaban unas horas en la empresa de su marido.

No eran mayoría, pero tampoco eran pocas.

Y esto por no hablar de la corriente que en esa época se convirtió en tendencia: la crianza con apego, que exigía la presencia constante de – y solo de – la madre, al menos los primeros 3 años de la crianza.

Este verano cayó en mis manos este artículo de Adela Muñoz Páez, Catedrática de Química Inorgánica de la Universidad de Sevilla, del que quiero compartir algunos párrafos:

“Nunca fui la chacha de mis hijos. Su padre y yo éramos quienes tomábamos las decisiones que les afectaban y los que nos ocupábamos no sólo de que sus necesidades estuvieran cubiertas, sino de que se sintieran queridos y protegidos.

Para ello contamos con la ayuda de cuidadoras, guarderías y abuelos, que permitieron que ambos pudiéramos desarrollar nuestras exigentes carreras científicas sin que a nuestros hijos les faltara quien los recogiera en el colegio, cocinara para ellos y los arropara cada noche aunque nosotros estuviéramos en el otro extremo del mundo.

Pero hubo momentos especialmente duros, como cuando al finalizar mi tesis doctoral a finales de los 80, tuve que hacer una estancia postdoctoral en el extranjero dejando atrás un niño de tres años. Me llevé la pena de no tenerlo cerca y la angustia al pensar si mi ausencia afectaría negativamente a su desarrollo”.

Aunque yo no me fui (ni me habría ido) a estudiar en el extranjero cuando mis hijos tenían 3 años ni tampoco más adelante, aunque me sentí culpable de todas las horas que no pasé con ellos, sobretodo en la primera infancia, aunque me dolió delegar… nunca pude dejar de trabajar ni  tampoco lo habría hecho. Porque veo a mi alrededor a mujeres formadas y capaces volverse dependientes económicamente de su pareja y dejar de poder tomar decisiones – algunas, anecdóticas; otras, fundamentales – sobre sus propias vidas. Porque las veo bajarse del carro y verle alejarse y no poderse subir nunca más, a pesar de haber dedicado la primera mitad de su vida a estudiar y labrarse una carrera profesional que nunca podrán retomar donde la dejaron. Porque me parece un desperdicio que la contribución que podrían hacer a la sociedad – más allá de su propia familia – se pierda para siempre. Porque sé que aunque haya una época en la que cada minuto alejada de los niños es una tortura, los niños crecen y hacen su vida. Una vida que no merece llevar el lastre de saber que tu madre sacrificó su vida por la tuya.

La crianza es breve, pero la vida es larga.

Y si alguna vez flaqueo, siempre recuerdo a mi abuela diciendo a cualquier mujer joven (hija, sobrinas, nueras, nietas) que estuviera a punto o acabara de tener un hijo:

Pase lo que pase, ¡no dejéis de trabajar!

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Después del atentado

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El atentado nos encontró en Barcelona, lejos del lugar de los hechos (si es que se puede estar lejos en una ciudad como Barcelona), pero igual nos golpeó.

La calle en la que he trabajado 20 años, el trayecto por el que volvía a casa, la hora de salir a recoger a los niños.

Primero fueron las llamadas y los Whatsapps, la búsqueda de noticias, las preguntas. El silencio de la piscina mientras la gente iba marchándose a sus casas. Después, las sirenas de ambulancia a lo largo y ancho del barrio. Y el helicóptero sobrevolando nuestra terraza toda la noche.

¿Podemos dormir contigo?

Y luego llegó el momento de hablar. La conversación que siempre hay que tener con los niños, qué ha pasado, por qué, quiénes eran, qué querían, qué pasará ahora.

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Pero también otra conversación que tenemos que tener cuando nuestros hijos tienen un origen que les conecta con los terroristas: la de las burradas que van a oír a partir de este momento, más todavía. El “puto moro”, “vete a tu país”, “es que no se integran”…

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Pero hay una tercera conversación de la que no he sido consciente hasta que han ido pasando los días y goteando las informaciones, y hemos sabido que los terroristas son chavales, niños en algunos casos, muy parecidos a los nuestros: niños que iban al colegio y jugaban al fútbol, y se encontraban en un casal en el que nadie imaginó siquiera que algo así fuera a pasarles por la cabeza… ¿Hasta qué punto pueden convertirse nuestros hijos en el caldo de cultivo de los radicales que puedan querer aprovecharse de sus dudas identitarias y sus arraigos inseguros para sembrar en sus cabezas la ilusión de pertenecer a algo o alguien?

El amor

foto de Estrategias Educativas.

Cuando empecé a aproximarme a la adopción, creía que el amor era la respuesta. Que los niños que necesitaban ser adoptados eran niños que no habían recibido amor y que el afecto era lo único que necesitaban para estar en el mundo como cualquier otra persona.

Yo les querría más que a mi vida, y esto sería suficiente.

No me planteaba que muchos de los niños que entraban en adopción ya habían sido queridos: por sus primeras madres, incluso en casos en los que no habían sido capaces de cuidar de ellos; por sus primeras familias; por sus madres y padres de acogida, por sus cuidadoras en los orfanatos. Por sus compañeros de habitación.

Luego descubrimos que además de amor, hacían falta terapias, libros, capacidad de contención, capacidades parentales especializadas, una paciencia infinita, la capacidad de ver al niño real que habíamos convertido en nuestro hijo, a veces tan distinto del que habíamos imaginado.

Que el amor no lo cura todo, no lo puede todo.

Que a veces no es suficiente.

Han pasado los años y he descubierto que sí, es cierto, el amor no siempre es suficiente. Hacen falta otras cosas, y a veces no somos capaces de encontrarlas o darlas.

Sin embargo, me he dado cuenta también de que haber sido o no haber sido querido hay una diferencia sustancial, que marca una diferencia abismal en la manera en la que estamos en el mundo.

Como dice I.,  el amor no lo es todo: solo los cimientos donde se ha de sostener toda una vida.

R. sentada en una plaza

 

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R. se sienta en un banco de la plaza, el carrito del bebé junto a ella, las chancletas del segundo. Le pega un par de gritos sin mucho convencimiento, no se puede ir descalzo, hay cristales, está sucio.

El niño se ríe desde los columpios, a 10 o 15 metros de la madre, pero no se acerca a ponerse los zapatos.

Cuando ella se gira, corre hasta el carrito y desata al bebé, lo coge en brazos, se lo lleva a los columpios, “él quiere estar conmigo, ¿ves?”

Este niño es malo, es malo, los otros no, pero este es malo, siempre problemas, ahora toma un jarabe, ella también toma un jarabe para los nervios, todos los días llaman del cole, la orientadora, la profesora, todos los días, la policía.

Antes hablaba mejor español, era joven, trabajaba, tenía amigos, compañeros, jefes. Ahora no, en la casa todo el día, encerrada con el bebé, y se me olvida cómo se habla.

30 años aquí, 20 años en Galapagar, en la misma casa.

Hasta hace dos semanas.

R. sonríe al bebé, que también sonríe, fue un embarazo muy malo, los otros fueron bien, pero con el cuarto no podía más, se paró en una cafetería a la hora del desayuno, no podía hablar, no podía caminar, llamaron a una ambulancia, le preguntaban cosas y ella no respondía. La ingresaron y ella estaba preocupada por sus chicos, ¿qué iba a pasar con ellos, quién los iba a cuidar?

La trabajadora social es muy buena, le dijo a su marido que tenía que ayudarla más y ahora él ayuda con los niños, los viste, los prepara, les da el desayuno. La trabajadora social es muy buena, le dijo que buscarían plaza para los niños en un colegio cerca de donde trabaja su marido, muy lejos de su casa, y llevan un año yendo a ese colegio.

Viven en la residencia, los tres mayores, los viernes por la noche su marido los recoge cuando sale a las 9 de la tienda donde trabaja, los mete en el autobús y se van hasta Galapagar, llegan pasadas las 11, casi siempre dormidos, el lunes por la mañana se los lleva otra vez, y así pasan las semanas.

Finalmente han encontrado un piso en el barrio, uno que pueden pagar, su marido ha dicho que sí, que quiere vivir con ella, y un amigo les ha alquilado un piso con dos habitaciones, una para ella y otra para los niños, lleva aquí dos semanas, dice, mientras mira alrededor tomándole la medida al barrio, señalando hacia las cosas que empieza a conocer, el centro de salud, el supermercado, la residencia, el colegio.

Un piso muy bonito, recién pintado y con el baño nuevo.

Tiene que comprar muebles, no tiene armario, deja la ropa de los niños plegada y amontonada en una esquina. Y le vendría bien una litera.

Los niños siguen en la residencia, pero espera que el curso que viene ya estarán en casa, porque en la residencia aprenden muchas palabrotas.

Olor a verano

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El olor a limpio de las sábanas blancas lavadas con lejía colgadas a secar en el jardín.

El alquitrán pegado a las aletas de la nariz mientras tiras papel de water desde la barandilla del barco y te despides de tu ciudad y los que quedan en ella.

La goma de las gafas de bucear y las aletas nuevas.

El olor a polvo y peladillas de los libros viejos que redescubres tras un año fuera.

Los melocotones dulces y dorados.

La higuera en la que anidaron los sueños de nuestra infancia. Ese aroma dulce y espeso de fruta madura, y el zumbar de las avispas.

La intensidad de los pinos a lado y lado de la carretera mientras te vas acercando a la playa.

El tomillo sobreviviendo en caminos polvorientos mientras las cigarras te ensordecen.

La cocacola chisporroteando en un vaso con hielo y limón.

Las berenjenas dorándose en la sartén para la tortilla de la cena.

Los tomates, la albahaca, el aceite de oliva.

La paella de R., con el socarrat justo.

El aftersun secándose en la piel después de la ducha al regreso de la playa.

El aire impregnado de sal cuando paseas al atardecer y escuchas los sonidos de las cocinas donde se está preparando la cena.

Los jazmines que se abren por la noche y perfuman el camino de regreso a casa después del cine, mientras la música suena de fondo.

Si no quieres tener hijos…

Si no quieres hijos, no los tengas, pero si los tienes hay que educarlos. Eso de querer ser padres pero resistirse a que cambien tu vida me sorprende, porque es imposible y porque cambiar está bien. Esta obsesión por lo práctico… No tener hijos es muy práctico. Tener hijos no es práctico, es apasionante, maravilloso, divertido, aventura fantástica.

Esto lo dijo Carles Capdevila, periodista, padre de 4 hijos, y según quienes le conocían, buena persona, y autor de esta desternillante – y atinada – ponencia sobre lo que es educar hijos.

Hoy ha muerto, con 51 años, de cáncer. Que sus enseñanzas ayuden a los que deja atrás a sobrellevarlo.

Mi isla

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En invierno es impracticable. Hace frío y las plantas se secan y parece que nunca más van a reverdecer. De octubre a febrero prácticamente no lo pisamos, una vez se nos ocurrió traspasar la verja exterior y al otro lado se abría Narnia: aunque en la calle hacía sol, del otro lado había un paisaje blanco por la escarcha helada.

En marzo asoman los primeros rayos de sol, justo en el tendedero y con la primavera puedes empezar a colgar la ropa. Las plantas que parecían muertas empiezan a brotar hojas y algunas flores, y es entonces cuando limpiamos la mesa y empezamos a tender fuera.

Este fin de semana barrimos el patio y arreglamos las plantas: cortamos las hojas secas de los geranios, que ya han estallado en rojo  y blanco, plantamos claveles, lavanda y una buganvilia y vimos como la yerbabuena se había empezado a multiplicar y en el naranjo asomaban las primeras flores. Y la planta que había empezado a crecer espontáneamente no era una mala yerba sino una tomatera superviviente del verano anterior.

Hicimos plantones con tomates, calabacines, cebollino, melón, calabaza, zanahorias, judías, lentejas, maíz. Esperamos verlas brotar en las próximas semanas, algunas las pondremos en las jardineras, aunque la mayoría acabarán en el huerto del cole.

Desayunamos, comimos y cenamos fuera, buscando el sol por la mañana  y la sombra a mediodía, escuchando el canto de los pájaros y el de las voces de los niños del vecindario.

Y después reestrené la hamaca, con una taza de te y un libro.

Teniendo un patio como el mío, ¿a quién le hace falta una isla desierta?

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