familia monoparental y adopción

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Yo iba a ser la mejor madre del mundo

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Nunca me iba a cansar de jugar con mis hijos.

Nunca iba a perder la paciencia.

Iba a resolverlo todo mediante el diálogo y la negociación.

Jamás gritaría.

No me quedaría sin respuestas.

El agotamiento y la tensión no me harían explotar jamás.

Sería justa cuando dirimiera sus diferencias.

Tendría tiempo para todos.

No les diría cosas de las que después me arrepentiría.

Nunca dudaría.

Llevaría siempre encima una botella de agua, galletas, un jersey, lápices de colores.

Organizaría los cumpleaños más detallistas, con regalos hechos a mano, les dejaría mensajes misteriosos en la pizarra, buscaría escondites maravillosos para los regalos de Reyes.

Jamás los aparcaría delante de la televisión.

Les daría cenas caseras todas las noches.

No los mandaría a la cama para disfrutar de dos horas de silencio y soledad.

No olvidaría en ningún momento que un día tuve 13 años.

Nunca me sobrarían sus amigos en mi casa.

Les levantaría de buen humor, comprensiva ante sus lentitud y su torpeza mañanera.

No me comería de noche el último trozo de chocolate, ni vería el último capítulo de Stranger Things sin esperarles.

No les diría jamás porque sí o porque yo lo digo.

Les contaría un cuento todas las noches.

Y siempre, siempre, siempre, tendría claro cuando lo estoy haciendo bien y cuando lo estoy haciendo mal.

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Desencajada

Al hilo de la última entrada, sobre diversidad familiar, publico esta reflexión de A., madre en una familia que no podría contener más diversidad.

Todos queremos encajar en algún sitio, encontrar nuestro lugar en el mundo. Pero a veces no es fácil. A veces es muy, muy difícil.

 

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En el grupo de Familias de Niñ@s Transexuales soy la única madre de una niña trans fluida no binaria y no blanca; en el grupo de Altas Capacidades soy la única con hijos adoptados, con una hija trans, con hijos negros; en el grupo de Homeschooling, la única monoparental y con una hija trans; en el grupo de Feministas soy la única monoparental por decisión propia y la única adoptiva, la única con hijos negros.

Si vas con familias adoptivas te dicen cosas como: ¿y le ha cogido muy fuerte esto de ser una niña? Ya se le pasará… y cuando estás con familias trans que entienden, tienes que aguantar comentarios del tipo: Siempre he querido adoptar pero… Qué buena acción, te has ganado el cielo, qué suerte han tenido… y cuando no, piensas que quizás has encontrado el lugar, entonces se cuestiona por qué se tiene que hacer diferencia con las familias monoparentales si hay biparentales que tienen solo un sueldo.

Hay una insensibilidad general hacia aquello que no te afecta

Y ya no entro cuando  en un grupo, para defender al colectivo LGTBI, hay comentarios racistas; o en cuando en otro, para defender a las personas racializadas, son contra los colectivos LGTBI; o cuando en todos hay contra quien no cumple los estándares o que no siguen un modelo concreto. Y esto cuando no es insensibilidad sino fobia, porque el grupo no va de eso, y por tanto, se puede expresar tranquilamente.

Estas líneas, sorprendentemente, nadie tiene problemas en traspasarlas.

La mentira de la maternidad

Hace años que descubrí este blog delicioso que sigo intermitentemente, sobre las zozobras y las maravillas de una maternidad rebelde en tiempo complejos. Este post me ha hecho sentirme tan identificada que no he podido resistirme a compartirlo.

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cuando seas madre comerás huevos

y sabrás hacer huevos fritos, con puntilla y sin que te dé miedo que salten

sabrás también hacer croquetas

te acordarás de decirles que se laven las manos

y coser botones

y no lloraras sin ton ni son, no empezarás a hacer manualidades imposibles cerca de la crítica hora del sueñohambre

te acordarás de la dosis de apiretal sin mirar internet

guardarás las medicinas con orden y tendrás el termómetro en un sitio fácil de encontrar

mentiras todas

y sobre todo mentira que llegarás a un lugar diferente, como desbloquear el nivel último del Mario Bros

serás la misma que has sido siempre

pero ahora cuidarás a una persona o a varias, ahora tus recuerdos se grabarán de otros colores y tus preocupaciones se medirán por esas caras.

a veces me descubro tan igual que siempre, tan parecida a una elena de 6 años que inventaba historias, tan parecida a la que con 10 le quiso fabricar un vestido a mi madre (con retales, to desigual y absolutamente sobrevalorado), tan igual a mi yo de 22, cuando me independicé y al volver de noche a casa me entraba llorera, y no era de pena (o no siempre) era que me emocionaban muchas cosas…

aquí estoy, incapaz de controlar el caos, con los dedos llenos de pegamento y dos niñes destrozándome la cocina (J le da una gelatina a Y, la gelatina llevaba viviendo en la nevera un tiempo difuso, así destapada y a medio comer, Y alterna la gelatina con trozos de queso y J me grita “que se come lo negroooo”)

esta mañana en urgencias mientras le miraban el oído a Y, parecía yo una madre de verdad…de esas súper resueltas, de las que no se ponen las lentillas caducadas …

es todo mentira

menos el amor

¡No dejéis de trabajar!

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A pesar de las teorías imperantes sobre “el reciente acceso de las mujeres al mundo laboral” en mi cole de los años 70 los niños y niñas nos dividíamos en dos grupos: los que teníamos madres que trabajaban fuera de casa y los que tenían madres que solo trabajaban en el hogar. Los del segundo grupo comían en casa, llevaban disfraces primorosamente cosidos y alargaban las bajas por resfriado hasta que no quedaba ni rastro de tos; los del segundo nos encontrábamos con que a veces no aparecía ninguno de nuestros padres al Festival de turno y que nuestras entregas y recogidas (no había ni acogida matinal ni extraescolares en mi colegio) dependían de una red heterogénea formada por otras madres y padres, hermanos mayores y los omnipresentes abuelos. Pero no creo que hubiera grandes diferencias a largo plazo entre los que tuvieron una madre permanentemente presente y los que la compartíamos con sus obligaciones laborales, no creo que unos fueran / fuéramos más felices que los otros o tuviéramos traumas o dificultades reseñables.

Cuando fui madre, daba por hecho que todas las demás madres serían mujeres trabajadoras como yo. Mujeres que compartirían la crianza con sus parejas (si las tenían), que contarían con la ayuda de los abuelos, que tirarían de acogida matinal y extraescolares y canguro.

Me sorprendió la cantidad de mujeres que habían dejado de trabajar, que se habían quedado en el paro y “para gastarme en la canguro lo que yo gano me quedo en casa”, que trabajaban a media jornada o echaban unas horas en la empresa de su marido.

No eran mayoría, pero tampoco eran pocas.

Y esto por no hablar de la corriente que en esa época se convirtió en tendencia: la crianza con apego, que exigía la presencia constante de – y solo de – la madre, al menos los primeros 3 años de la crianza.

Este verano cayó en mis manos este artículo de Adela Muñoz Páez, Catedrática de Química Inorgánica de la Universidad de Sevilla, del que quiero compartir algunos párrafos:

“Nunca fui la chacha de mis hijos. Su padre y yo éramos quienes tomábamos las decisiones que les afectaban y los que nos ocupábamos no sólo de que sus necesidades estuvieran cubiertas, sino de que se sintieran queridos y protegidos.

Para ello contamos con la ayuda de cuidadoras, guarderías y abuelos, que permitieron que ambos pudiéramos desarrollar nuestras exigentes carreras científicas sin que a nuestros hijos les faltara quien los recogiera en el colegio, cocinara para ellos y los arropara cada noche aunque nosotros estuviéramos en el otro extremo del mundo.

Pero hubo momentos especialmente duros, como cuando al finalizar mi tesis doctoral a finales de los 80, tuve que hacer una estancia postdoctoral en el extranjero dejando atrás un niño de tres años. Me llevé la pena de no tenerlo cerca y la angustia al pensar si mi ausencia afectaría negativamente a su desarrollo”.

Aunque yo no me fui (ni me habría ido) a estudiar en el extranjero cuando mis hijos tenían 3 años ni tampoco más adelante, aunque me sentí culpable de todas las horas que no pasé con ellos, sobretodo en la primera infancia, aunque me dolió delegar… nunca pude dejar de trabajar ni  tampoco lo habría hecho. Porque veo a mi alrededor a mujeres formadas y capaces volverse dependientes económicamente de su pareja y dejar de poder tomar decisiones – algunas, anecdóticas; otras, fundamentales – sobre sus propias vidas. Porque las veo bajarse del carro y verle alejarse y no poderse subir nunca más, a pesar de haber dedicado la primera mitad de su vida a estudiar y labrarse una carrera profesional que nunca podrán retomar donde la dejaron. Porque me parece un desperdicio que la contribución que podrían hacer a la sociedad – más allá de su propia familia – se pierda para siempre. Porque sé que aunque haya una época en la que cada minuto alejada de los niños es una tortura, los niños crecen y hacen su vida. Una vida que no merece llevar el lastre de saber que tu madre sacrificó su vida por la tuya.

La crianza es breve, pero la vida es larga.

Y si alguna vez flaqueo, siempre recuerdo a mi abuela diciendo a cualquier mujer joven (hija, sobrinas, nueras, nietas) que estuviera a punto o acabara de tener un hijo:

Pase lo que pase, ¡no dejéis de trabajar!

Después del atentado

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El atentado nos encontró en Barcelona, lejos del lugar de los hechos (si es que se puede estar lejos en una ciudad como Barcelona), pero igual nos golpeó.

La calle en la que he trabajado 20 años, el trayecto por el que volvía a casa, la hora de salir a recoger a los niños.

Primero fueron las llamadas y los Whatsapps, la búsqueda de noticias, las preguntas. El silencio de la piscina mientras la gente iba marchándose a sus casas. Después, las sirenas de ambulancia a lo largo y ancho del barrio. Y el helicóptero sobrevolando nuestra terraza toda la noche.

¿Podemos dormir contigo?

Y luego llegó el momento de hablar. La conversación que siempre hay que tener con los niños, qué ha pasado, por qué, quiénes eran, qué querían, qué pasará ahora.

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Pero también otra conversación que tenemos que tener cuando nuestros hijos tienen un origen que les conecta con los terroristas: la de las burradas que van a oír a partir de este momento, más todavía. El “puto moro”, “vete a tu país”, “es que no se integran”…

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Pero hay una tercera conversación de la que no he sido consciente hasta que han ido pasando los días y goteando las informaciones, y hemos sabido que los terroristas son chavales, niños en algunos casos, muy parecidos a los nuestros: niños que iban al colegio y jugaban al fútbol, y se encontraban en un casal en el que nadie imaginó siquiera que algo así fuera a pasarles por la cabeza… ¿Hasta qué punto pueden convertirse nuestros hijos en el caldo de cultivo de los radicales que puedan querer aprovecharse de sus dudas identitarias y sus arraigos inseguros para sembrar en sus cabezas la ilusión de pertenecer a algo o alguien?

El amor

foto de Estrategias Educativas.

Cuando empecé a aproximarme a la adopción, creía que el amor era la respuesta. Que los niños que necesitaban ser adoptados eran niños que no habían recibido amor y que el afecto era lo único que necesitaban para estar en el mundo como cualquier otra persona.

Yo les querría más que a mi vida, y esto sería suficiente.

No me planteaba que muchos de los niños que entraban en adopción ya habían sido queridos: por sus primeras madres, incluso en casos en los que no habían sido capaces de cuidar de ellos; por sus primeras familias; por sus madres y padres de acogida, por sus cuidadoras en los orfanatos. Por sus compañeros de habitación.

Luego descubrimos que además de amor, hacían falta terapias, libros, capacidad de contención, capacidades parentales especializadas, una paciencia infinita, la capacidad de ver al niño real que habíamos convertido en nuestro hijo, a veces tan distinto del que habíamos imaginado.

Que el amor no lo cura todo, no lo puede todo.

Que a veces no es suficiente.

Han pasado los años y he descubierto que sí, es cierto, el amor no siempre es suficiente. Hacen falta otras cosas, y a veces no somos capaces de encontrarlas o darlas.

Sin embargo, me he dado cuenta también de que haber sido o no haber sido querido hay una diferencia sustancial, que marca una diferencia abismal en la manera en la que estamos en el mundo.

Como dice I.,  el amor no lo es todo: solo los cimientos donde se ha de sostener toda una vida.

R. sentada en una plaza

 

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R. se sienta en un banco de la plaza, el carrito del bebé junto a ella, las chancletas del segundo. Le pega un par de gritos sin mucho convencimiento, no se puede ir descalzo, hay cristales, está sucio.

El niño se ríe desde los columpios, a 10 o 15 metros de la madre, pero no se acerca a ponerse los zapatos.

Cuando ella se gira, corre hasta el carrito y desata al bebé, lo coge en brazos, se lo lleva a los columpios, “él quiere estar conmigo, ¿ves?”

Este niño es malo, es malo, los otros no, pero este es malo, siempre problemas, ahora toma un jarabe, ella también toma un jarabe para los nervios, todos los días llaman del cole, la orientadora, la profesora, todos los días, la policía.

Antes hablaba mejor español, era joven, trabajaba, tenía amigos, compañeros, jefes. Ahora no, en la casa todo el día, encerrada con el bebé, y se me olvida cómo se habla.

30 años aquí, 20 años en Galapagar, en la misma casa.

Hasta hace dos semanas.

R. sonríe al bebé, que también sonríe, fue un embarazo muy malo, los otros fueron bien, pero con el cuarto no podía más, se paró en una cafetería a la hora del desayuno, no podía hablar, no podía caminar, llamaron a una ambulancia, le preguntaban cosas y ella no respondía. La ingresaron y ella estaba preocupada por sus chicos, ¿qué iba a pasar con ellos, quién los iba a cuidar?

La trabajadora social es muy buena, le dijo a su marido que tenía que ayudarla más y ahora él ayuda con los niños, los viste, los prepara, les da el desayuno. La trabajadora social es muy buena, le dijo que buscarían plaza para los niños en un colegio cerca de donde trabaja su marido, muy lejos de su casa, y llevan un año yendo a ese colegio.

Viven en la residencia, los tres mayores, los viernes por la noche su marido los recoge cuando sale a las 9 de la tienda donde trabaja, los mete en el autobús y se van hasta Galapagar, llegan pasadas las 11, casi siempre dormidos, el lunes por la mañana se los lleva otra vez, y así pasan las semanas.

Finalmente han encontrado un piso en el barrio, uno que pueden pagar, su marido ha dicho que sí, que quiere vivir con ella, y un amigo les ha alquilado un piso con dos habitaciones, una para ella y otra para los niños, lleva aquí dos semanas, dice, mientras mira alrededor tomándole la medida al barrio, señalando hacia las cosas que empieza a conocer, el centro de salud, el supermercado, la residencia, el colegio.

Un piso muy bonito, recién pintado y con el baño nuevo.

Tiene que comprar muebles, no tiene armario, deja la ropa de los niños plegada y amontonada en una esquina. Y le vendría bien una litera.

Los niños siguen en la residencia, pero espera que el curso que viene ya estarán en casa, porque en la residencia aprenden muchas palabrotas.

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