familia monoparental y adopción

Archivo para octubre, 2015

El oficio más esclavo del mundo

Sin duda

O como escribí hace un tiempo:

El secuestro de la infancia

Los profes nos dicen…

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El hombre blanco de la foto

The white man in that photo

Yo no había nacido en 1968, y debía tener 17 0 18 años cuando vi esta foto por primera vez. Me fascinó la fuerza, la dignidad, de sus protagonistas.

La potencia.

La verdad en el tópico de que una imagen vale más que mil palabras.

Cómo el autor de este artículo, yo tampoco me pregunté quién era el tipo blanco de la foto.

Solemos hablar del silencio de los hombres buenos, que permiten que los malos ejerzan su poder sin trabas. Pero no es tan habitual hablar del valor de estos hombres buenos, igual de silenciosos, y que también cambian el mundo. De a poquitos.

A veces las fotografías decepcionan. Toma esta, por ejemplo. Representa el gesto de rebelión de John Carlos y Tommie Smith el día que ganaron las medallas en los 200 metros en los JJOO de 1968 en Ciudad de México, y ciertamente me decepcionó durante mucho tiempo.

Siempre vi la foto como una imagen poderosa de dos hombres negros descalzos, con sus cabezas gachas, sus puños enguantados en el aire mientras el himno nacional “La bandera de barras y estrellas”, sonaba. Era un gesto simbólico fuerte – posicionarse por los Derechos Civiles Americanos en un año de tragedias que incluían la muerte de Martin Luther King y de Bobby Kennedy.

Es una foto histórica de dos hombres negros. Por esta razón, nunca me fijé realmente en el otro hombre, blanco, como yo, inmóvil en el segundo escalón del podio. Le consideré una presencia aleatoria, un extra en el momento de Carlos y Smith, o una especie de intruso. De hecho, incluso pensé que este tipo – que parecía un inglés bobo – representaba, en su inmovilidad congelada, la voluntad de resistir el cambio que Smith y Carlos invocaban con su protesta silenciosa. Pero me equivocaba.

Gracias a un viejo artículo de Gianni Mura, acabo de descubrir la verdad: que el hombre blanco de la foto es, quizás, el héroe más grande de esa noche de 1968. Se llamaba Peter Norman, era un australiano que llegó a las finales de 200 metros después de conseguir un asombroso 20.22 en las semifinales. Solo los dos americanos, Tommie “The Jet” Smith y John Carlos lo habían hecho mejor: 20.14 y 20.12, respectivamente.

Parecía que la victoria se fuera a decidir entre los dos americanos. Norman era un corredor desconocido, que parecía haber tenido un buen par de series. John Carlos, años después, dijo que le preguntaron qué sucedió con el blanco bajito – que medía apenas 1,70 – y que corría tanto como él y Smith, ambos por encima del 1.90.

Llegan las finales y el outsider Peter NormaN corre la carrera de su vida, mejorando otra vez su tiempo. Termina la carrera a los 20.06, su mejor marca jamás, un récord australiano que no se ha superado hoy, 47 años después.

Pero este récord no era suficiente, porque Tommie Smith era realmente “el Jet” , y respondió al récord australiano de Norma con su propio récord mundial. En resumen, fue una gran carrera.

Aún así la carrera no sería nunca tan memorable como lo que siguió en la entrega de premios.

No hizo falta que pasara mucho tiempo después de la carrera para darse cuenta de que algo grande, sin precedentes, iba a suceder en el podio. Smith y Carlos habían decidido que querían mostrar al mundo entero cómo era su lucha por los derechos humanos, y la noticia se propagó entre los atletas.

Norman era un blanco de Australia, un país que tenía estrictas leyes de apartheid, casi tan estrictas como las de Suráfrica. Había tensión y protestas en las calles de Australia contra las duras restricciones a la inmigración no blanca y las leyes discriminatorios contra los aborígenes, entre ellas las adopciones forzadas de niños nativos en familias blancas.

Los dos americanos le preguntaron a Norman si creía en los Derechos Humanos. Norman dijo que sí. Le preguntaron si creía en Dios y él, que había estado en el Ejército de Salvación, dijo que tenía fuertes creencias. “Sabíamos que lo que íbamos a hacer era mucho más grande que ninguna marca atlética, y él dijo: Voy a estar con ustedes”. – recuerda John Carlos – “Esperaba ver miedo en los ojos de Norman, pero en vez de esto, vimos amor”.

Smith y Carlos habían decidido levantarse en el estadio llevando la medalla del Proyecto Olímpico por los Derechos Humanos, un movimiento de atletas que apoyaban la batalla por la igualdad.

Recibirían sus medallas descalzos, representando la pobreza de los negros. Llevarían los famosos guantes negros, un símbolo de la causa de las Panteras Negras. Pero antes de ir hacia el pódium, se dieron cuenta de que solo llevaban un par. “Poneros uno cada uno”, sugirió Norman. Smith y Carlos le hicieron caso.

Pero Norman aún hizo algo más: “Creo en lo que vosotros creéis. ¿Tenéis otra de estas para mí?”, preguntó apuntando a la medalla del Proyecto Olímpico por los Derechos Humanos que llevaban en el pecho. “Así pudo mostrar mi apoyo a vuestra causa”. Smith admitió quedarse asombrado, rumiando: “¿Quién es este australiano blanco? Ha ganado su medalla de plata, no puede llevársela y punto!”

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Smith dijo que no tenía, también porque no quería renunciar a su medalla. Resultó que había un remero americano blanco con ellos, Paul Hoffman, un activista del Proyecto Olímpico por los Derechos Humanos. Después de oírlo todo, pensó: “Si un australiano blanco pide una medalla del Proyecto Olímpico por los Derechos Humanos, por Dios que debe tenerla!”. Hoffman no dudó: “Le di la única que tenía: la mía”.

Los tres salieron al campo y subieron al podio: el resto es historia, preservada en la fuerza de la foto. “No podía ver qué sucedía”, recuerda Norman, “(pero) supe que habían seguido con sus planes cuando una voz en la multitud cantó el himno estadounidense pero se desvaneció. El estadio se quedó en silencio”.

El jefe de la delegación americana prometió que estos atletas pagarían el precio por su gesto el resto de sus vidas, un gesto que no había tenido nada que ver con el deporte. Smith y Carlos fueron suspendidos inmediatamente por el Equipo olímpico americano y expulsados de la Villa Olímpica, mientras que el remero Hoffman fue acusado de conspiración.

Cuando llegaron a casa, los dos hombres más rápidos del mundo encararon repercusiones importantes y amenazas de muerte.

Pero el tiempo, al final, probó que tenían razón y se convirtieron en campeones de la lucha por los derechos humanos. Con su imagen restaurada colaboraron con el equipo americano de Atletismo y se erigió una estatua de ellos en la Universidad del Estado de San José.

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Peter Norman es el ausente en esta estatua. Su ausencia en el pódium parece un epitafio para un héroe que nadie percibió. Un atleta olvidado, borrado de la historia, incluso en Australia, su propio país.

Cuatro años más tarde, en los JJOO de 1972 en Munich, Norman no formó parte de l equipo australiano de atletismo, a pesar de haberse calificado 13 veces por los 200 metros y 5 por los 100.

Norman dejó el atletismo de competición después de esta decepción, y siguió corriendo a nivel amateur.

Cuando volvió a la Australia blanca, resistente a los cambios, le trataron como a un forastero, a su familia como parias, y le fue imposible encontrar trabajo. Durante un tiempo trabajó como profesor de gimnasia, y siguió luchando contra las desigualdades como sindicalista y ocasionalmente trabajó en una carnicería. Una herida le hizo contraer gangrena, lo que acabó llevándole a la depresión y el alcoholismo.

Como dijo John Carlos, “Si nosotros estábamos recibiendo una paliza, Peter se enfrentaba a un país entero y sufriendo solo”. Durante años, Norman tuvo solo una oportunidad de salvarse: le invitaron a condenar el gesto de sus compañaeros a cambio de perdón por el sistema que le había condenado al ostracismo.

El perdón que le habría permitido encontrar un trabajo estable a través del Comité Olímpico Australiano y formar parte de la organización de los JJOO del 2000 en Sydney. Norman nunca cedió y nunca condenó la elección de los dos americanos. Era el corredor más grande de la historia de Australia y el titular del récord de los 200 metros, y aún así ni siquiera le invitaron a los JJOO de Sydney. Fue el Comité Olímpico Americano que, al conocer la situación, le pidió que se uniera a ellos y le invitó al cumpleaños del Campeón Olímpico Michael Johnson, para quien Peter Norman era un modelo y un héroe.

Norman murió inesperadamente de un ataque al corazón en 2006, sin que su país jamás se hubiera disculpado por cómo le había tratado. En su funeral Tommie Smith y John Carlos, sus amigos desde aquel día en 1968, fueron los portadores de su ataúd, despidiéndole como un héroe.

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“Peter era un soldado solitario. Eligió conscientemente ser un cordero sacrifical en nombre de los derechos humanos. A nadie más que a él debería Australia honrar, reconocer y apreciar”, dijo John Carlos.

“Pagó el precio por su elección”, explicó Tommie Smith, “No era un gesto simple para ayudarnos, era SU lucha. Era un hombre blanco, un australiano blanco entre dos hombres negros, de pie en el momento de la victoria, todos en el nombre de lo mismo”.

Solo en 2012 el Parlamento Australiano aprobó una moción para disculparse formalmente con Peter Normal y reescribir su papel dentro de la historia con este texto:

“Esta causa reconoce los extraordinarios logros atléticos de Peter Norman, que ganó la medalla de plata en la carrera de 200 metros en los JJOO de México en 1968, con un tiempo de 20.06 segundos, que es todavía el récord australiano”.

“Reconoce el valor de Peter Normal al colocarse una medalla del Proyecto Olímpico por los Derechos Humanos en el pódium, en solidaridad con los atletas afro-americanos Tommie Smith y John Carlos, que hicieron el saludo “black power””.

Se disculpa con Peter Norman por el daño hecho por Australia cuando se negó a enviarle a los JJOO de Munich en 1972, a pesar de estar sobradamente calificado; y tardíamente reconoce el poderoso papel que Peter Norman jugó en el fomento de la igualdad racial”.

Sin embargo, quizás las palabras que mejor nos definen a Peter Norman son las suyas propias cuando describió las razones de su gesto, en el documental “Salute”, escrito, dirigido y producido por su sobrino Matt.

“No podía entender por qué un hombre negro no podía beber la misma agua de una fuente, coger el mismo autobús o ir a la misma escuela que un hombre blanco.

Había una injusticia social contra la que no podía hacer nada desde donde estaba, pero ciertamente la odiaba.

Se ha dicho que compartir mi medalla de plata con este incidente la tarima de la victoria fue en detrimento de mi actuación.

Al contrario.

Debo confesar que estuve más bien orgulloso de ser parte de ello”.

Cuando incluso hoy parece que la lucha por los Derechos Humanos y la igualdad es inacabable, y vidas inocentes se pierden, tenemos que recordar a la gente que han hecho sacrificios como el de Peter Norman, y tratar de emular su ejemplo. La igualdad y la justicia no es la lucha de una sola comunidad, es de todos.

 

Cuando recibes un diagnóstico

El mundo se parte por la mitad.

Te sientes aliviada porque por fin esto que le pasa a tu hijo tiene nombre.

Te sientes desmoralizada porque sientes que no hay solución, que no madurará, no crecerá.

Te preocupas por su futuro, su autoestima, su relación con los iguales.

Dejas de ser capaz de imaginar un futuro.

Aprendes que hay días de todos los colores.

Sientes rabia. Miedo. Angustia. Dolor.

Culpa.

Buscas los porqués, aunque no los haya.

Te preguntas por qué no lo viste antes, por qué nadie te dijo nada.

Te preguntas si habría servido de algo saberlo antes.

Se borra el futuro.

Sientes que eres víctima de una injusticia.

Sientes envidia de las otras madres, de sus preocupaciones.

Escuchas sus problemas pensando “te lo cambiaría”. Sin poder decirlo.

Hablas con alguien un día que estás hecha una mierda y te dicen “tranqui, ya mejorará”.

Descubres que mucha gente cambia de tema cuando tú necesitas hablar y hablar y hablar.

No sabes  a quién preguntar, qué preguntar.

No sabes a quién contárselo y a quién no.

Tienes miedo a que le traten distinto, a que te traten distinto.

Te preguntas cómo hablarlo con él, si hablarlo con él.

Necesitas tiempo para digerirlo.

5 años

En 1582, se hizo la reforma del calendario que adelantó 10 días: el 5 de octubre se convirtió en 15. En 1783, por primera vez seres humanos subieron en los globos de los hermanos Montgolfier. En 1815, Napoleón desembarcó en Santa Helena. En 1917, fue ejecutada Matahari. En 1924, un pueblo de Alicante convierte a una mujer en la primera alcaldesa de España. En 1940, fue fusilado el presidente de la Generalitat de Catalunya, Lluís Companys. En 1951 un estudiante mexicano de química sintetizó el compuesto activo base del primer anticonceptivo oral. En 1952, se clausuró la conferencia sobre el Tratado Antártico que acordó preservar el continente para el estudio científico. En 1990 le dieron a Gorbachov el Nobel de la Paz.

Nacieron Virgilio, Nietzsche, Jardiel Poncela, Foucault.

Todas esas cosas sucedieron un 15 de octubre.

Años antes del 15 de octubre que elegí para arrancar este blog.

Sí, volvemos a estar de aniversario. ¡Felicidades!

Pan

Este fin de semana me quedé sola con los dos pequeños y decidimos darnos un homenaje e ir al cine. No había muchas opciones infantiles en la cartelera… así que, a pesar de que el trailer me había puesto en alerta, terminamos viendo “Pan”. Una película que es una precuela de Peter Pan y narra sus desventuras hasta que llegó a la isla de Nunca Jamás.

¡Ojo!, en el próximo párrafo hay spoilers.

Peter Pan es un niño que vive en un orfanato sórdido, donde los niños son maltratados por las monjas y “desaparecen” (los niños sospechan que son vendidos). Buscando la comida que les niegan, Peter encuentra su expediente y en él, una carta que dejó su madre biológica… en ella le dice que es un niño especial y que volverán a verse algún día, aunque la monja se la arrebata, se la rompe, y le dice que “todos los huérfanos se creen que son especiales… y no lo son, solo son huérfanos asquerosos”. Un día, aparece un barco pirata que se los lleva a todos al País de Nunca Jamás, donde les hacen trabajar de sol a sol en una mina a cielo abierto. Peter consigue escapar y el resto de la película combina aventuras para liberarse del malvado pirata Barbanegra (en esta película, Garfio es bueno…) y para conseguir descubrir sus orígenes.

Estamos habituados a ver películas que tienen que ver con adopciones, abandonos, reencuentros… pero esta juega en otra liga. El orfanato escabroso, la presencia del abandono, la necesidad de buscar a la madre biológica, el descubrimiento final… Aparte del tono sombrío de toda la película… me pareció más desasosegante que otras, como “Gru” o “Kung Fu Panda II”, por citar solo un par de recientes. No sé si fue peor la sordidez del orfanato o el desasosiego del niño con su búsqueda de orígenes. 

Salí del cine  revuelta y con sensación de haberme equivocado. 

Ellos, en cambio, dijeron que les había gustado la película. A pesar de los sustos (tanto P. como A. pasaron buena parte de la sesión en mi regazo), y a pesar de todo.

A. dijo que le había gustado, aunque le había puesto triste… “Yo también pienso en mi madre biológica muchas veces. Me imagino que se parece a mí… me gustaría preguntarle por qué me abandonó”.

 

12-0

Expuesta

Los grupos de familias adoptivas están que arden con esta portada de la revista Lecturas, en la que sale la madre biológica de Isa Pantoja (antes conocida como Chabelita, a su vez hija adoptiva de Isabel Pantoja), con el titular: “Su madre biológica habla por primera vez. Sólo quiero verla y darle un abrazo antes de morir”.

No he leído el contenido ni conozco al detalle la historia de esta muchacha, pero sé que es una chica joven, probablemente vulnerable, que tiene derecho a resolver su historia en la intimidad. Algo que no han respetado ninguna de sus familias, ni la adoptiva ni la biológica…

Y que tampoco ha respetado el que ha decidido sacar una portada como esta. Me parece inadmisible hacer algo así sabiendo que va a reportar ventas, dinero… y sin pensar siquiera en que están trabajando con material altamente sensible: seres humanos. Seres humanos, además, en muchos casos muy frágiles.

Hay cosas imposibles de gestionar si tienen una dimensión pública. Sucede con los amores, los desamores, los divorcios, y sobre todo, las infidelidades; y sucede también con todo lo relacionado con las adopciones.

A un nivel más cercano, sucede también con nuestros hijos cuando se encuentran con que tienen que enfrentarse en la escuela a preguntas, trabajos, contenidos… que les obligan a exponer su historia personal, a pensar en el día en el que nacieron, en la genética de la familia que les abandonó, en lo que les diferencia de la mayoría de sus compañeros. Que les duelen.

Y sí, es un dolor que van a tener que afrontar. Pero no al ritmo que se marca desde fuera (desde la escuela, desde los medios de comunicación) y desnudos ante el mundo.

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