familia monoparental y adopción

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Encuentro con la generación perdida de los Donantes de Esperma

Muchas conversaciones con madres solas por donación de gametos y con adoptantes convencidos de que a sus hijos e hijas no les interesa demasiado su origen, me han hecho llegar a dos conclusiones: la primera, que cuando en casa se habla abiertamente de los orígenes (las familias biológicas, el país de nacimiento, los donantes), las criaturas hablan de ello, preguntan y demandan más información (o se duelen por no poder conseguirla); y la segunda, que intentar preservarles de la posibilidad de conocer en esta época de análisis de ADN y redes sociales es como intentar poner puertas al campo.

En esta línea, me ha parecido interesantísimo este artículo, que comparto aquí en traducción casera.

A photo illustration of two young women embracing against a background of DNA strands

El pasado enero, en una zona de oficinas en Phoenix, Arizona, dos mujeres con barbillas y sonrisas parecidas se encontraron por primera vez. Se reconocieron la una a la otra y se abrazaron inmediatamente: “Cuando empezamos a hablar, era como hablar con alguien a quien conocía desde hacía mucho”, recuerda Courtney McKinney, una mujer de 28 años que creció con una madre soltera en Sacramento, California.

La serie de acontecimientos que llevaron a McKinney hasta Alexandra Sánchez – que también tiene 28 años y creció en Colorado y Arizona con una madre cuya compañera de vida era ambiguamente conocida como una “tía” – empezó décadas atrás, antes de que ambas mujeres nacieran. Tanto McKinney como Sanchez supieron en su adolescencia que habían sido concebidas a través de donación de esperma, pero ninguna de las dos sabía quién era su padre. La madre de Sánchez es hispana, la de McKinney es negra, y ambas siempre pensaron que se parecían a ellas. Este día de enero, se encontraron para hacerse un test de ADN que más tarde confirmaría lo que habían intuido solo con verse.

Personas como McKinney y Sanchez que fueron concebidas a través de donación de esperma, alcanzaron la mayoría de edad en un momento curioso. Nacidas casi tres décadas atrás, son miembros de una generación intermedia: las criaturas concebidas con gametos de donante que nacieron antes que ellas tienden a no saber de sus padres o de ningún “hermano de donante”. Y mientras los donantes de los 80 y los 90 mayoritariamente planearon permanecer en el anonimato, en el tiempo pasado desde que McKinney y Sanchez nacieron, el crecimiento de los tests de ADN han hecho este anonimato más incierto. Mientras, la práctica de la industria y el consenso de los psicólogos están alejándose de las donaciones anónimas, así que la época en la que el anonimato era lo previsto parece haber terminado.

McKinney, Sanchez y decenas de miles de otros están en un grupo distinto: más jóvenes que los que nunca conocieron a sus donantes (o ni siquiera supieron que los tenían), pero mayores que aquellos cuyos donantes entienden que algún día pueden tener noticias de su descendencia. Las revelaciones y relaciones que resultan de descubrir esto cuando son adultos – con donantes, con medio hermanos – pueden cambiar lo que creen de ellos mismos, y en algunos sentidos, quiénes son.

Para McKinney, las preguntas sobre su historia empezaron en la adolescencia, después de conocer su origen. “Recuerdo llorar cuando lo supe”, dice McKinney. “No estaba nada feliz. Recuerdo decir “me siento como un experimento científico. Ni siquiera fui concebida gracias al amor entre dos personas”. Pronto, sin embargo, empezó a especular sobre la otra mitad de su línea genética. ¿Qué aspecto tendría su donante? ¿Se parecería su personalidad a la de ella?

Hay un nombre para este sentimiento – esta curiosidad, esta sensación de que te falta una pieza, esta ansiedad de que algún aspecto latente de ti mismo pueda aparecer algún día y no haya una raíz donde rastrearlo. En 1964, los psicólogos Erich Wellisch y H.J. Sants, que estudiaron y trataron adoptados con problemas, comprendieron que la falta de conocimiento de la herencia genética induce un estado que calificaron como “desconcierto genealógico”. Wellisch y Sants argumentaban que no conocer los ancestros podría impedir desarrollar una imagen mental clara del propio cuerpo, algo que consideraban necesario para desarrollar un sentido de la identidad. También creían que el “desconcierto genealógico” podía atrofiar el desarrollo de los sentimientos de pertenencia.

Los adoptados son, claro, distintos de las criaturas concebidas a través de gametos de donante; para empezar, los adoptados a menudo tienen que lidiar con sentimientos de rechazo de sus padres biológicos, mientras que los niños concebidos con donante saben que sus misma existencia nace del profundo deseo de parentalidad de al menos uno de sus padres. Pero la idea entonces era (y hasta el punto, sigue siendo) que ambas situaciones hacen a las criaturas preguntarse sobre su familia de una manera similar.

La donación de esperma – un hombre que aporta su esperma para concebir una criatura que para todos los efectos pertenece a padres a distintos a él – ha existido durante siglos. Uno de los primeros casos registrados de donación de esperma en el mundo occidental fue en 1884, cuando un doctor en Filadelfia inseminó a una mujer con semen donado por su estudiante en prácticas “más atractivo”. La práctica ganó popularidad durante los años del Baby Boom después de la II Guerra Mundial, aunque a menudo se mantuvo en secreto para las criaturas y el mundo “tanto para proteger al hombre del estigma de la infertilidad como para proteger a la criatura del estigma de la ilegitimidad”, según un artículo de 2008 en la revista “The New Atlantis”. En general, el secreto fue la norma hasta el cambio de milenio.

Cuando Wellisch y Sants estaban haciendo su investigación, las donaciones de esperma se destinaban abrumadoramente a parejas heterosexuales, y la práctica se volvió más habitual en los años 70; se estimó en 1979 que entre 6.000 y 10.000 criaturas nacían cada año en Estados Unidos vía donación de esperma. Por entonces, “muchos médicos no se habrían ni siquiera planteado inseminar a ninguna mujer que no estuviera casada”, dice Scott Brown, el director de Servicios al Cliente y Comunicación de Cryobank, en Los Angeles, California, que posibilitó la concepción de Courtney McKinney. “La mayoría de gente no pensaba contar a sus hijos que habían sido concebidos con esperma de donante”.

Las directrices para la donación de esperma y otros métodos de reproducción asistida durante la mayoría del siglo XX reflejaban esta actitud, priorizando la confidencialidad de padres y donantes por encima del deseo de las criaturas de saber. Una encuesta ampliamente citada entre “médicos que podrían practicar la inseminación con esperma de donante” reveló que solo el 30% de 471 mantenía registros permanentes de los donantes, y más de 4 de cada 5 encuestados se oponían a cualquier legislación que les obligara a conservar estos registros – su preocupación por proteger la privacidad de los donantes y el riesgo de cualquier confusión estaban por encima de los derechos y responsabilidades. El mismo estudio revelaba que, en contra de lo que sucede hoy, los receptores de esperma raramente tenían parte en la elección del donante. Casi todos los médicos encuestados en aquella época escogían los emparejamientos, generalmente seleccionando a los donantes de grupos de médicos, graduados o estudiantes que habían cobrado por sus muestras de semen.

La situación de la donación de esperma es hoy en día muy diferente. “Hablamos de una industria que va dirigida en un 75 u 80% a parejas de mujeres o madres solteras por elección a través de la donación de esperma”, dice Brown. “Las criaturas son muy conscientes de cómo han sido concebidas. Incluso muchas parejas heterosexuales comparten con sus hijos que han sido concebidos con gametos de donante, como las familias adoptivas explican a los niños que son adoptados desde muy pronto”. (Aunque las estadísticas son difíciles de encontrar, en 2010, un estudio estimó que entre 30.000 y 60.000 criaturas son concebidas cada año en los Estados Unidos a través de donación de esperma, de unos 4 millones de nacimientos. Hacia el año 2000, por otra parte, unos 136.000 niños – de todas las edades – eran adoptados en los Estados Unidos).

Cada vez se pone más el foco en cómo afecta a las criaturas ser producto de una donación. En un estudio del 2011, los psicólogos descubrieron que no hay diferencias en el bienestar psicológico de la calidad de la cualidad de la relación madre-hijo de criaturas de 7 años a los que se había contado sus orígenes con gametos de donante y criaturas que habían sido concebidas naturalmente; los investigadores solo encontraron un vínculo ligeramente más frágil entre criaturas de 7 años que habían sido concebidas con gametos donados pero no eran conscientes de ello.

Dicho esto, un estudio de 2010 que comparaba niños concebidos con donante, niños adoptados y niños concebidos de forma natural, hecho por un think tank llamado Commission on Parenthood’s Future, encontró algunas evidencias de que la descendencia de donantes tenían más probabilidades de luchar con adicciones, delincuencia, depresión u otras enfermedades mentales que los niños adoptados y biológicos, y que la descendencia de donante tenían el doble de probabilidades que los niños criados por ambos padres biológicos de tener problemas con la ley y con abuso de sustancias (es importante, en todo caso, señalar que el estudio no hace distinción entre los niños concebidos con donante que crecieron conociendo sus orígenes los que descubrieron inesperadamente que sus padres habían estado ocultándoles la verdad).

La cosa es que los datos no son concluyentes, y en última instancia no dejan claro que el anonimato sea preferible. Y a falta de un argumento de peso contra el descubrimiento, la curiosidad ganará.

En efecto, hay una curiosidad extendida entre los descendientes de donante de esperma sobre su procedencia. Un estudio del 2011 en la revista Human Reproduction concluyó que el 82% de los niños concebidos con donante tenían la esperanza de poder contactar algún día con su donante, la mayoría porque tenían curiosidad sobre su apariencia física. Un estudio similar de 2010 reveló que el 92% de los concebidos por donante encuestados estaban buscando activamente a su donante, sus hermanos de donante , o ambos.

Mientras muchos expertos concuerdan en que los descendientes de donante suelen preferir saber quién son sus donantes, muchos padres que han hecho uso de la donación de esperma se enfadan ante la idea de que un donante hasta el momento anónimo pudiera aparecer en la vida de sus hijos, y algunos donantes también preferirían no ser contactados. Pero como argumenta Susan Crockin, abogada y profesora adjunta en Georgetown Law, es razonable que una criatura diga “si para ti como padre o madre fue tan importante al escoger el donante tener en cuenta ciertas características, ¿cómo puedes no comprender que es importante para mí saber de dónde vengo?”

Esta mirada, compartida por Crockin y otras personas, ha inspirado en los últimos años las políticas que administran la donación de esperma (igual que la adopción), tendiendo cada vez más a la apertura. Hoy, a los padres de todo el mundo se les recomienda tajantemente que informen a sus hijos de sus orígenes tan pronto como se pueda. En los 90 y 2000, en gran parte debido a la mayor aceptación entre las parejas de lesbianas y madres solteras (cuyos hijos concebidos con donante pueden sumar dos y dos y preguntarse qué parte adicional ayudó a crearlos), muchos países, incluidos Suecia, el Reino Unidos y Alemania, promulgaron legislaciones para ilegalizar las donaciones en las que el nombre del donante no pueda ser desvelado bajo ninguna circunstancia (la donación de óvulos también también se ampara en gran medida bajo el ámbito de esta legislación, aunque vale la pena señalar que el proceso es mucho más exigente para la donante, lo que significa que los óvulos donados son más baratos que los espermatozoides donados).

En el Reino Unidos, en 2005 la ley posibilitó a todos los británicos concebidos por donante el derecho a solicitar y recibir información no identificativa como la altura, el peso, el color del pelo o los ojos, el país de nacimiento y el año, la etnia, el estado civil y parental en el momento de la donación, cualquier cosa relevante en la historia médica o personal y cualquier información adicional que el donante hubiera querido aportar, como el trabajo, la religión, los intereses y las razones para donar. Información identificativa como el nombre completo y la última dirección conocida puede ser requerida por las autoridades cuando una persona llega a los 18; los donantes pueden incluso escribir un mensaje de buena voluntad para su futura descendencia al que se puede acceder cuando cumplen 16, una vez se compruebe que no contiene información identificativa. En cambio, otros países, como España, solo permiten la donación de esperma anónima; en estos lugares, los donantes conocidos son ilegales y los equipos médicos escogen a los donantes anónimos en base al tipo de sangre y las rasgos fenotípicos de la madre o padres en ciernes.

En los Estados Unidos, la donación de esperma está muy poco regulada, y las leyes que la regulan varían en cada estado – en 2011, Washington se convirtió en el primer estado en promulgar una legislación que convertía la donación en “abierta” por defecto, que requiere que los donantes especifiquen la demanda de anonimato si así lo desean (Washington es el único estado con esta ley).

A falta de una marco legal integral, muchos bancos de esperma imponen sus propias normas y regulaciones. Muchos, como el Fairfax Cryobank (que tiene 7 localizaciones a lo largo de Estados Unidos), ofrece múltiples niveles de privacidad a los donantes. Esto incluye desde “Identidad abierta”, en la que el donante y la receptora se ponen de acuerdo antes de la inseminación en que el banco facilitará los detalles identificativos del donante a los hijos si estos lo solicitan después de los 18. También incluye la opción “anónima”, que promete mantener el nombre del donante y su información de contacto privada pero permite a las familias receptoras conocer alguna información personal y médica no identificativa, como la etnia, las características físicas y un historial médico familiar actualizado.

Otros, sin embargo, como el California Cryobank, donde trabaja Scott Brown, tienen políticas que alejan la posibilidad de que un donante permanezca en la sombra y desconocido para siempre. Durante el tiempo en el que ha funcionado CCB, ha garantizado que si alguien contacta con el banco después de los 18 años, reclamando localizar al donante, ellos se pondrán en contacto con el donante. Y si ambas partes están de acuerdo, el banco mismo facilitará comunicación anónima entre ambas partes hasta que decidan identificarse y comunicarse libremente o una de las partes decida cortar la comunicación. El año pasado, sin embargo, el CCB puso en marcha una política según la cual todos los donantes nuevos deben acceder a facilitar a los descendientes acceso al nombre de donante, la localidad donde se hizo la donación, la última dirección y el correo electrónico, cuando cumplan los 18.

“Los psicólogos pronto estarán de acuerdo en que es lo mejor”, dice Brown. “E intentamos proveer este nivel de contacto lo mejor que podemos”. Es el cambio más importante respecto a cómo se hacían las cosas en los 70 cuando, dice Brown”, “no se había pensado mucho en las ramificaciones a largo plazo de estas cosas”.

Para Alexandra Sanchez, encontrar a Courtney McKinney fue una bonita sorpresa. Sanchez hacía poco que había empezado a tener curiosidad sobre la otra mitad de su familia biológica: ni ella ni su marido habían conocido a sus padres, y cuando la pareja empezó a hablar de tener familia, se preguntó si sus futuros hijos saldrían a personas que nadie en su familia conocía.

Para McKinney, en cambio, encontrarse con Sanchez fue un descubrimiento largamente deseado. Cuando McKinney tenía 16 años, su madre le puso un vídeo casero, grabado poco antes de su nacimiento, que había guardado para ella. En el vídeo, su madre le explicaba – a la cámara, a su futura hija – que había sido concebida por donación de esperma. Así McKinney descubrió que no era de hecho el resultado de un corto romance entre su madre y una figura brumosa llamada “Charles” (que resultó ser una ficción), sino el producto de una transacción entre su madre y el hombre que había escogido en un catálogo.

McKinney quería conocer al hombre del catálogo, así que cuando tenía 19 años, pidió información al California Cryobank. Una empleada llamó a su donante, pero no hubo suerte. “La empleada  me dijo que él se quedó en shock, pero que tenía familia. Nunca se lo había contado a su esposa”, dijo McKinney, “así que no quería ningún contacto”.

Lo volvió a intentar a los 22, después de graduarse en Yale. “Fue como, igual le preocupa si soy lista. Igual esto le hará cambiar de idea”. No fue así. Lo volvió a intentar a los 26, “para ver si podía conseguir información médica”. Esta vez, pudo conseguir 4 páginas con descripciones físicas y algo de historia médica – “el color de los ojos y pelo de los abuelos, de qué habían muerto, y de qué habían muerto sus padres”.

Comprensiblemente, McKinney quería más. Así, más de una década después de descubrir de donde salía, se dirigió a un recurso que había empezado a ser popular en los 2000 entre los adoptados y los hijos de donante: las empresas de genealogía online. McKinney se apuntó a MyHeritage, 23andMe y Ancestry (una compañía que ha hecho un anuncio en el que ella sale) y en noviembre del año pasado, coincidió con Sanchez en MyHeritage.

Estas empresas hacen que encuentros como el de Sanchez y McKinney sean cada vez más habituales. Como han señalado psicólogos como Andrea Braverman, de la Thomas Jefferson University, es una victoria para la apertura, pero  la facilidad y conveniencia con la que los humanos pueden encontrar ahora otros humanos con los que comparten ADN son una amenaza a las frágiles barreras que los donantes y los bancos de esperma acordaron décadas atrás para mantener la confidencialidad.

“Creo que el anonimato es un mito”, dice la abogada de familia Crockin, “y se lo he estado diciendo a mis clientes durante casi 10 años”. Gracias a la proliferación de los tests genéticos, que notifican a los usuarios cuando una persona genéticamente relacionada entra en la base de datos, estoy totalmente segura” (A pesar de esto, Sanchez y McKinney no han identificado a su donante).

Lo que aumenta la probabilidad de que las identidades de los donantes finalmente se revelen,  es que no es necesario que su propio ADN forme parte de las bases de datos para que los descendientes los encuentren. A mitad de los 2000, un adolescente pudo rastrear con éxito su donante hasta el momento anónimo usando una web de genealogía para determinar el último nombre que estaba conectado con la Y de su propio cromosoma. Y, más recientemente, las autoridades en California identificaron a un presunto asesino en serio introduciendo ADN de la escena del crimen en bases de datos online, a pesar de que la base de datos solo tenía información sobre familiares del hombre.

La dificultad de preservar el anonimato es una realidad que los bancos de esperma deberán confrontar. Scott Brown dice que estos días, el CCB se enorgullece de ser directo con los donantes. “Consideramos el anonimato del donante es un acuerdo legal entre nosotros y los donantes. No vamos a desvelar sus identidades o información de contacto a nadie, sean los descendientes (mientras son menores), los medios o los clientes”, dice, “pero esto no quiere decir que los clientes o la descendencia no puedan descubrirlo por ellos mismos”.

Incluso la promesa de un modelo de donación de esperma más abierto, no es suficiente para algunos. Un especialista en fertilidad recientemente sugirió a Alexandra Sanchez y su marido que, después de experimentar algunas dificultades para concebir, podrían considerar la donación de esperma.

“Fue algo que rechazamos tajantemente”, dice, y ella y su marido prefirieron intentar una Fecundación in Vitro. Dice que no podría resistir mirar a sus futuros hijos sabiendo que siempre tendrán curiosidad, como ella dice, “por cómo es la otra mitad”.

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Yo quisiera

Sin duda lo más interesante de este blog son los testimonios, impagables, de los adoptados adultos que generosamente comparten sus vivencias y sus emociones y que nos permiten abrir una ventanita sobre lo que nuestros hijos pueden sentir y quizás no saben expresar – o quizás no quieran compartir con nosotros. Como este texto, precioso, de M. Gracias por permitirme publicarlo aquí.

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Yo quisiera explicaros mis sentimientos, hoy, que estoy en casa de mi madre, con mis hijos, invadida de recuerdos.

Yo quisiera explicaros por qué a veces no concuerdo con muchos de los relatos o experiencias de otros adoptados, que sin embargo leo con respeto, aprendiendo, siempre aprendiendo.

Yo quisiera explicaros que cuando mi padre murió, estuve como un año oliendo su silla de trabajo, que en la parte donde él posaba la cabeza, olía a él, una mezcla de colonia y su olor personal: olor a mi padre.

Yo quisiera explicaros que entro simplemente en el cuarto de baño de casa de mi madre a lavarme los dientes, y me invade la nostalgia pensando en esas mañanas cuando me sentaba a hacer el primer pipí del día, con la inmensa pereza de las 8 de la mañana, antes de ir al colegio, y mi padre, lavándose la cara, me salpicaba en broma, y cómo yo lo sabía y lo esperaba, y gritaba como si fuera sorpresa.

Yo quisiera explicaros tantas cosas de mi infancia pero temo no ser comprendida… quisiera que supierais que el día que mi madre muera, hoy que es viuda desde hace 16 años, morirá la última persona que representa mi infancia y adolescencia, mi único anclaje a esa etapa de mi vida.

Yo quisiera hablaros también de abuelos, de yayos, de tortugas curadas en brazos de mi yayo, de gestos de mi abuelo comiendo membrillo, de caricias de mi abuela y platos especiales cuando mis padres salían de vez en cuando y ella me hacía la cena…

Yo quisiera explicaros que todo ese amor, esos recuerdos, esos veranos (no empiezo con los recuerdos de los veranos, porque no podría acabar), no son un desprecio a mi familia biológica. Quisiera que supierais que el día de mi cumpleaños es SÓLO de mi madre biológica, que ese día le pertenece a ella y a nadie más. Que ese día me ancla a ella de manera poderosa y que sé que estamos conectadas.

Quisiera que entendierais que ni siquiera en mis embarazos pensaba de manera especial en mi madre biológica, sino en la inmensa pena de que mi padre nunca pudiera conocer a mis hijos, ni saber que me había casado, nada. Aún miro a mi hijo mayor, serio, circunspecto y pienso en cómo le querría mi padre. Miro a mi hijo pequeño, travieso, y pienso cómo divertiría a mi padre.

Pero aún mi madre biológica está en mi corazón, en un trozo que le pertenece, que es solo SUYO.

Quisiera que entendierais. Quisiera explicaros todas estas cosas y más… Y que por ello a veces me encuentro lejana a muchos de vosotros y sin embargo estoy aquí, compañera de vosotros del mismo barco.

¿Por qué buscamos los padres adoptivos?

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En otras entradas hemos discutido si los padres adoptivos tenemos derecho a empezar la búsqueda de los orígenes – de las primeras familias – de nuestros hijos o si esta búsqueda les corresponde solo a ellos. No es mi intención volver a hacerlo aquí. Pero alguien me preguntó hace poco por qué buscamos los padres adoptivos… y esta es mi respuesta:

La mayoría de personas que conozco que han buscado a la familia biológica de sus hijos adoptados lo han hecho por una de estas dos razones: porque tenían dudas de la certeza de los datos que les daban (y en algunos casos se han confirmado, pero en otros han salido a la luz historias muy distintas) o bien porque tenían dudas de que si dejaban de buscar ahora se pudieran conservar estos datos en el futuro.

Si se tiene sospechas de que hay mentiras, irregularidades, información manipulada… antes de la adopción es inadmisible no hacer lo que sea (parar el proceso, denunciar, renunciar, etc) en ese momento, aunque lo cierto es que mucha gente no lo hace y usa todo tipo de coartadas morales. Pero también es cierto que muchas veces estas sospechas – o informaciones – llegan después. Yo he conocido muchos casos en los que han sido los propios adoptados, que no eran bebés sino niños de cierta edad, los que han proporcionado esta información, y los padres, si tienen consciencia y respeto por sus hijos, se ven en la obligación de contrastar y comprobar lo que estos les dicen (aunque algunos hacen todo lo contrario y les cuentan a sus hijos la historia que les han contado, como si la versión oficial tuviera más peso que las vivencias y recuerdos de sus hijos).

Y esto me lleva a una tercera razón para buscar que me he encontrado en los años que llevo buceando en el mundo adoptivo: la demanda de los hijos, que muchas veces quieren saber, y otras, recuperar lo que no deberían haber perdido.

Cambios y consecuencias

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Una adopción implica muchos cambios para las principales personas interesadas, los adoptados. El lugar donde viven, la familia, los usos y costumbres, la nacionalidad, la filiación, el sabor de lo que comen, las canciones con las que se duermen, la ropa que llevan, sus apellidos, el idioma en el que piensan, la religión en la que serían criados… algunas son inevitables, o difícilmente evitables, pero otras son optativas: forman parte del privilegio de los padres y las madres que adoptamos.

Pienso en cosas como el nombre o el lugar de nacimiento en la documentación, que se puede optar por mantener o por cambiar.

Cuando te empiezas a plantear la adopción, y preguntas e investigas sobre la conveniencia o no de hacer este tipo de cambios, obtienes respuestas dispares. Igual te dicen que hay que mantener el nombre “porque ya pierden bastantes cosas” como que “ponerles un nombre es una forma de ahijarlos”… Que mantenerlo es una muestra de respeto o que darle un nombre, una muestra de interés y cariño. Supongo que al final te quedas con lo que te dé una excusa para mantener tu postura.

Entre los argumentos para cambiar el nombre y el lugar de nacimiento están, inevitablemente, los que hablan de racismo, discriminación y hacer la vida más fácil.

Pero, ¿sufrirían menos racismo y xenofobia si en vez de Addis Abeba pusiera Barcelona? ¿Los “inmigrantes de segunda generación” sufren menos discriminación? ¿Las familias inmigrantes no llaman Jordi a sus hijos?

¿No es mejor luchar para terminar con una discriminación como esta – y visibilizarla y denunciarla con la fuerza que da nuestro privilegio blanco – que cambiarles el lugar de nacimiento y el nombre y no preocuparnos de que otros niños sufran esa discriminación?

¿Cómo les protegemos más: blanqueando/españolizando su lugar de nacimiento y su nombre o manteniendo los originales? ¿Visibilizando o disimulando el hecho de que son adoptados?

El que es racista, rechaza al inquilino o empleado por el nombre o el lugar de nacimiento…. o lo hace por el color de piel cuando conoce al Jordi de Barcelona negro. Y si es así, ver a un racista antes o verle cuando lo es de una forma más sutil, también es una forma de protegernos… ¿Lo que hacemos para protegerles quizás sirve para algunas cosas pero les hace más vulnerables en otros sentidos? ¿A veces, queriendo proteger, desprotegemos?

¿Qué mensaje les transmitimos cuando les decimos que es más seguro para ellos ser “menos africanos”, “menos musulmanes”- y qué mensaje les transmitimos si no cambiamos estas cosas y les dejamos más expuestos?

No dejo de darle vueltas a la contradicción que supone elegir adoptar a niños negros, con nombre Vietnamita, nacidos en Cali, en un lugar donde la religión es omnipresente… para cambiar este nombre, lugar de nacimiento, vivencia de la religión. Contradicciones en las que todos caemos y que gestionamos como podemos.

Y sabiendo siempre que, tomemos las decisiones que tomemos, toca reflexionar sobre ellas, antes, durante y después.

Reflexiones en torno al hijo de un donante

La entrada anterior generó en algunos grupos de las redes sociales bastante feedback. Sobretodo en los grupos de MSPE (madres solas por elección) que se sintieron en muchos casos cuestionadas por algunas cosas de las que el autor del texto decía. Volvieron a salir temas recurrentes de discusión, como la necesidad o conveniencia del anonimato del donante, la distinción entre donante y padre o cómo se puede transmitir a nuestros hijos nuestro modelo de familia y nuestras decisiones para que no se sientan mal con ello.

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Estas son mis reflexiones al respecto (aplicables igualmente a la adopción, aunque caso, en este caso no hablaríamos de “donantes”:

Después de leer montones de mensajes, me llama la atención que muchos de ellos (no todos pero tampoco pocos), se centran en las madres: qué quieren, qué piensan, qué opinan, qué desean, qué esperan, qué temen… Me parece normal, sobretodo cuando nos planteamos la maternidad, y también cuando los niños son pequeños. Pero creo que es necesario dar un paso más y empezar a centrar el asunto en los hijos. En lo que ellos desean, piensan, quieren, esperan, temen, buscan… Muchas explican lo que le van a transmitir a sus hijos sobre su decisión, modelo de familia, etc, y es fundamental tener esto pensado. Pero creo que hay un momento en el que es necesario cambiar el punto de vista y dejar de pensar en lo que vamos a decir para pensar en cómo vamos a escuchar. Escuchar a nuestros hijos, darles espacio para que compartan con nosotras sus reflexiones, dudas, preguntas, miedos, emociones, que no son siempre las previstas… sin miedo, sin reticencias, sin pensar que van a dañarnos si sienten cosas distintas a las que hemos previsto.

Puede ser que nuestros hijos no tengan interés en sus donantes, aunque sinceramente, creo que es extraño no tener curiosidad por de dónde procede el 50% (¡o el 100%!) de tu genética, que determina muchas cosas. Pero también puede ser que lo tengan, pero que les hayamos transmitido que es un tema del que no se puede hablar. Porque nos hemos pasado la vida quitándole importancia, porque hemos cambiado de tema cada vez que ha salido, porque hemos convertido en tabú la palabra “padre” (que saldrá, saldrá montones de veces, y que tiene una acepción puramente genética que sí corresponde al donante de nuestros hijos). Y puede ser que busquen en secreto, o renuncien a buscar aunque quieran hacerlo porque tienen miedo a hacernos daño, o que lo hagan cuando hayamos muerto.

Ahora mismo la donación es anónima. Esto quiere decir que ni los donantes pueden acceder a la información sobre los hijos concebidos (aunque muchos puedan tener interés en ello), ni pueden los hijos. Tampoco las madres si son ellas quienes tienen esta curiosidad. Es posible que las leyes cambien, es posible que no. O que cambien y no sean retroactivas. Pero de lo que no hay duda es de que la realidad, la sociedad, cambia. Hay dos elementos que hace unos años era inconcebible hasta dónde nos podrían llevar: el ADN y las redes sociales. En todo el mundo, personas adoptadas desconocedoras de sus orígenes, están encontrando a sus familias de origen a través de análisis de ADN. Hay grandes bancos de ADN en los que uno se inscribe y no solo puede conocer su origen genético sino también encontrar a parientes más o menos lejanos que les permitan terminar triangulando a sus progenitores… Después, solo es cuestión de googlear nombres, lugares de origen, buscar en Facebook… y voilà. Esto también pasará con los niños concebidos por donante, nos guste más o nos guste menos. Y no vamos a poder decidir que nuestros hijos recurran o no a estas cosas… lo único que podremos decidir es acompañarles o no.

Hay muchos mensajes señalando que un donante no es un padre. Es cierto solo parcialmente: un donante es un padre en una acepción fundamental: un padre biológico; aunque no sea el padre social, con el que compartes el día a día. Ni el padre legal (que como vimos en el post anterior, puede coincidir o no). Pero que no sea un padre, que nuestros hijos estén de acuerdo con nosotras en esta distinción (con la que pueden estar de acuerdo o no), no quita que sean mucho más que alguien que dona sangre o incluso un riñón (un paralelismo al que suelen recurrir las madres de personas concebidas con gametos de donante): son los que han aportado el 50% de su genética (el 100% en algunos casos) y han hecho posible su existencia. Es normal que tengan curiosidad por saber quiénes son estas personas. Para ver si se parecen a ellos. Para conocer sus motivaciones. Para conocer el riesgo de enfermedades. Aunque no busquen un padre. Y si lo buscan, tampoco es tan grave.

Por último, muchas remachan con la frase “pues no haber tomado la decisión de tener un hijo con donante”. No estoy de acuerdo. Creo que ver claroscuros en nuestra decisión no es un impedimento para tomarla (otra cosa sería no verlo claro en absoluto…) sino que tiene que servir para tomarla sabiendo que nos tocará gestionar cosas muy complejas. Que tendremos pocos referentes. Que tendremos que investigar, preguntar, preguntarnos, observar y escuchar a nuestros hijos y procurar prepararnos para dar respuesta a sus necesidades. Que pueden ser necesidades que no previéramos al tomar la decisión. Que vamos a tener que acompañarles en momentos muy complejos y que para esto vamos a necesitar tener la mente abierta. Estar decididas a mirar las cosas desde otros puntos de vista, a cambiar de perspectiva, a salir de nuestra zona de confort. Y que esto no es malo. Que cambiar de opinión, aprender, crecer… no tiene nada de malo.

Hijo de un donante

Hace algunos días, un hombre concebido por donación de esperma hizo un comentario en el blog. Le pregunté si le apetecería compartir aquí su experiencia, sus emociones, sus reflexiones sobre el asunto y, generosamente, accedió.

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He estado varios minutos delante de la pantalla del ordenador releyendo tu respuesta invitándome a publicar mi testimonio como hijo de un donante anónimo de esperma, sin saber qué responder. No había previsto el ofrecimiento.

Ésta mañana de manera un poco impulsiva he comentado un post sobre Damian Adams del 2013 en tu portal. Se trata de las reflexiones de otro nacido por inseminación artificial en Australia, también con el esperma de un donante. He dado con el artículo después de buscar por la red cualquier novedad sobre el tema u otros nacidos como yo en España o quién sabe si hasta algún hermano. Pero solo doy con webs extranjeras en inglés o como mucha alguna traducción, como ha sido el caso. Como sé lo difícil que es conocer testimonios de primera mano en España, finalmente me he decidido a dar el mio y te agradezco la oportunidad. Para es una oportunidad de expresar la historia de mi concepción, como me siento y como lo vivo, o quizás para contactar, inclusive, con algún otro nacido/a como yo…

Es ya media noche. Mi hijo menor, de 19 meses reposa su cabecita en mi abdomen mientras escribo. Le miro y pienso que en él está también la genética de mi padre donante y que estar junto él es estar lo más cerca que he estado nunca de mi padre donante. Me pregunto qué rasgos serán suyos mientras observo su rostro plácidamente dormido. Para muchos, ejercer de padre y estar presente en la vida y el desarrollo de sus hijos será lo más natural y corriente del mundo, pero para mi el poder vivenciar día a día el vínculo paterno-filial es algo aún nuevo que me emociona e incluso me sana.

Nací en  1982, 4 años después de la primera inseminación artificial en España y 6 años antes de la regulación que supuso la ley de 1988 sobre reproducción asistida que limitaba a 12 el número de donaciones por donante, a la vez que protegía con el anonimato al mismo. Por lo tanto es muy probable que tenga muchos más hermanos y hermanas repartidos por el mundo que los que fueron concebidos por inseminación de donante después del 1988.

Considero que tengo 3 padres y que gracias a los tres soy quien soy. Uno me dio la vida a través de una donación, el otro me dio el nombre –su mismo nombre de hecho- y el tercero, es y sigue siendo mi padre en funciones, que ha ejercido y ejerce con amor y esmero las funciones de padre desde que tengo tres años. Ahora ejerce también de abuelo con la misma entrega y dedicación.

El padre que me dio el nombre murió de una enfermedad neuro-degenerativa, – una ataxia espinocerebelosa de tipo 1, ATC1- después de años de padecer una pérdida paulatina de sus funciones motoras; andar, hablar, escribir, masticar,… Corrió la misma suerte su padre y sus dos hermanos, o sea que es hereditaria. Cuando murió yo tenía nueve años y mi relación con él no había sido del día a día puesto que se separaron con mi madre a mis dos años. Yo vivía con mi madre -y su pareja, mi papá en funciones-.  Iba a visitarlo algunos fines de semana o durante las vacaciones. Le recuerdo siempre enfermo con su movilidad reducida, mirando la tele, distante e incluso a veces de mal humor y hasta un punto como molesto conmigo. Su situación no sería nada fácil y creo que merecería un capítulo aparte el efecto que tiene en una pareja que ella se vincule con otro hombre a pesar de que no haya relación, llevando su hijo, su sangre, su ADN y su hijo dentro. A nivel inconsciente hay por fuerza algún tipo de distanciamiento. A pesar de todo, cuando él murió a sus 39 años yo no sabía nada acerca de mi concepción,  le creía y sentía mi padre y sufrí su pérdida como tal.

Me enteré de cómo había sido concebido a los 15 años. Fue en el coche de vuelta de visitar a quien yo creía mi abuela paterna, después de ir atando cabos sobre la enfermedad presente en la familia “paterna”.

Ese día en un punto inconcreto de la carretera hice la pregunta por la que mi madre se debería haber estado preparando -o temiendo- durante años; ¿Si todos en la familia de mi “padre” tienen la enfermedad, la tendré yo también?- Le pregunté a mi madre.

Tal como iban saliendo esas palabras de mi boca se me iba parando el tiempo y mi corazón pareció dejar de latir con el silencio que les siguió. Me sentía como precipitándose por un pozo oscuro que no acababa nunca y con el aliento frío de la muerte pegado a mí por acompañante. Mi madre me respondía que no había posibilidad de que yo tuviera esa enfermedad. Pero esa respuesta vaga no hacía más que acelerar mi sensación de caída, mi sangre seguía helada y le seguía preguntando por qué no, que cómo podía saber que era imposible. Y al fin me lo dijo; “Eres hijo de un donante”. Me relajé al acto, volví a sentir mi corazón latir. Lo primero que recuerdo es haber sentido una profunda compasión, agradecimiento y reconocimiento por el desinteresado acto de amor que hizo mi padre enfermo, el que me dio su nombre – eso creí yo en ese momento, con el tiempo he entendido que su objetivo no era tanto la paternidad en sí misma como la relación con mi madre y su deseo de ser madre-. Sentí a su vez y con la misma intensidad una sombra eclipsando todo. La persona más importante en mi vida, con la que no había secretos y hablábamos de todo, en cierta manera me había “engañado”.

Para mí ella lo era todo y la relación entre nosotros era muy fluida y comunicativa, fue un impacto para mi saber que hubo un “secreto” de ese peso. A pesar de todo yo creí haberlo aceptado y comprendido, me sentía agradecido porque podría vivir y estar sano. Me dije a mi mismo que yo había sido fruto de un gran acto de amor y quizás, aún por una fidelidad infantil no quería cuestionarme nada más. Pero con la distancia, veo muy claramente que una bomba así en plena adolescencia hizo que mi mundo hasta aquel entonces estable, con el deporte, mis actividades de ocio, estudios y familia, se viniera abajo. La adolescencia es de por sí una “destrucción” de la identidad infantil, una confrontación con el clan familiar para construir una nueva identidad adulta buscando referentes fuera de él. Es una crisis de identidad necesaria, que en mi caso se vio agravada. Sin saber muy bien porqué me reboté con los estudios, me vinculé a ciertas tribus urbanas y me fui a una casa ocupada, dejé el deporte, empecé a fumar mucho a beber e incluso a drogar-me. Recuerdo sentirme muy rebelde, muy enfadado con todo hasta el punto no importarme mi vida y desafiar a la muerte.

El posterior período de 10 años, de mis 16 a los 26 aproximadamente,  a pesar de estudiar, trabajar y tener relaciones  con normalidad, estuvo marcado por grandes altibajos e inestabilidad emocional, a veces debido al consumo y la nocturnidad. Gracias a una buena relación con mi madre y mi padre en funciones, mis abuelos maternos, e incluso mis relaciones por el trabajo conté siempre con una estabilidad, un modelo y apoyo a los que recurrir en mis momentos bajos. Desde los 18 años, me interesé mucho por las terapias alternativas, quizás fuera una manera inconsciente de buscar soluciones y compensar  mis bajadas y mis malos hábitos. También de una manera u otra, era una forma de buscar algo intangible, oculto, mágico que me llenara un vacío que se lo tragaba todo. Jamás durante esa época pensé que el vacío que yo sentía pudiera estar relacionado con mi concepción. Tal era mi ceguera. A veces me venía la mente con tristeza, pero no pensaba en hermanos o un padre al que no conocía. No había claridad ni orden en mi mente ni en mis emociones. Por consiguiente tampoco mucho en mis acciones.

Un día leí acerca de las constelaciones familiares. Me acerqué a ese mundo y acabé haciendo una formación de cuatro para ser constelador. Durante el proceso pude ordenar muchísimos aspectos de mi vida. Comprender mejor mi historia y la relación con mi madre. Creo que ella superó muchos de sus miedos a que yo quisiera encontrar a mi padre o me sintiera mal con ella o conmigo mismo. La verdad es que mi adolescencia fue muy dura, todos la sufrimos. Dar una noticia de éste tipo a las puertas de una etapa ya complicada de por sí y caracterizada por una crisis de identidad solo agrava el proceso, creo que es un error.

A mis 26 años y en plena formación de constelaciones empecé a encontrar mucha más estabilidad. Justo acababa mis estudios y trabajaba de lo mío. Cambié también mis noches de farra por una formación en técnicas de circo y cumplí un sueño que era ir a vivir al campo con huerto y gallinas. Eso me dio mucha más estabilidad y madurez.

Pero la vida me tenía reservado otro meneo porque el proceso con mi concepción aún no estaba zanjado –de hecho no creo que nunca lo esté del todo-. Tuve unos breves encuentros sexuales, sin mucha más implicación –lo más parecido a un donante- con una chica 6 años más joven que se quedó embarazada y no estaba dispuesta a abortar bajo ningún concepto. Ella comprendía que yo no quisiera hacer de padre ni me lo iba exigir ni me pediría pensión de ningún tipo, ni me privaría ver a mi hija o hacer de padre si quería.  ¡Me ofrecían ser un donante! No podía aceptarlo de ninguna manera, no quería ser un donante más, ni un padre ausente o a medias. Todo mi dolor por mi concepción se me removió. Tuvimos muchas luchas verbales, tantas que nos acostumbramos a la presencia del otro y decidimos tirar hacia delante juntos cuando nuestra hija ya había nacido. El momento de su nacimiento ha sido lo más bonito que me he ha ocurrido en mi vida, lejos de ser un tópico, ser padre significa mucho para mí. Tenerla entre mis brazos ha sido de las pocas cosas que han logrado que mi corazón -que a menudo aún siente el frío de la nevera donde guardan el esperma, o de la jeringa y la sala donde sin contacto ni amor me concibieron- vibrara de verdad.

No me fue nada fácil darme el permiso de estar presente y no hacer como un donante durante el embarazo y no se lo puse nada fácil a la mujer que la trajo al mundo tampoco. Le agradezco infinitamente que hubiera seguido su instinto. Hoy tenemos otro hijo. Un niño que me recuerda físicamente a mí de pequeño y no puedo evitar verme en él. Al verle, tocarle, mirarle y cuidarlo siento un agradecimiento enorme porque es como si me ocurriera a mi con mi padre biológico. Es un sentimiento muy intenso.

En gran parte siento enfado por el hecho de que una ley me prohíba a mí a mis hijos conocer sobre mi familia paterna. No deseo nada de esa persona, ni abrazos, ni aprobación, nada. Pero tengo derecho a saber quién fue, qué hizo, qué cara tiene. Veo muy injusta la prohibición de hacerlo por ley y muy ciega ante los principales afectados, nosotros, a quien nadie se ha dignado a preguntar.

Hay estudios, como el libro “My daddy’s donnor” – tristemente sin traducción al castellano, en el que dan su testimonio muchos adultos en EUA nacidos por inseminación artificial. Las estadísticas sobre éste grupo corroboran lo que yo mismo siento; confusión sobre mi pasado y mi estructura familiar, mayor probabilidad que los adoptados para caer en depresión, drogadicción,  delincuencia o problemas con las autoridades. Reitero que es una pena que no esté traducido. De ese libro me impactaron mucho algunas preguntas que se me repiten también y que con mucha vergüenza creía solo mías. ¿Pagaron por mi? ¿Me escogieron como si fuera una barra de pan? ¿Consumió pornografía mi padre biológico? ¿Estuve congelado? O pensar que si te enamoras de alguien puede ser tu hermana entre otras. En mi opinión eso condiciona en gran parte nuestra relación de amor-rechazo con el dinero, el sexo, el amor propio e incluso nuestra propia paternidad.

A mi personalmente concebir de manera asistida no me parece la mejor opción y menos aún si es protegiendo al donante con el anonimato. La información sobre nuestro sistema nos pertenece por derecho y nadie nos la debería negar. Me duele ver la industria que hay alrededor del deseo de ser madre por el negocio que significa.

Creo que a veces hay que aceptar la realidad y la naturaleza de las cosas. Creo que cada vez hay más hombres estériles y no invertimos en estudiar las causas y cambiar hábitos poco saludables; ponemos parches y lo forzamos en un laboratorio. Si no hay compatibilidad genética la forzamos. Quizás la naturaleza está evitando enfermedades y la burlamos. Hay muchas parejas que no pueden tener hijos que después de adoptar se quedan embarazadas. Y no veo estudios al respecto de cómo afectan las emociones en nuestra fertilidad. En Alemania se subvencionan constelaciones familiares a las parejas que buscan hijos y no consiguen quedarse antes de recurrir a la reproducción asistida Yo mismo conozco casos de embarazos en parejas que no lo conseguían después de realizar una constelación. Pero parece que cierta parte de la medicina o la ciencia no está al servicio de comprender mejor nuestra naturaleza sino del negocio, la industria, el mercado. Da igual, no importa traer al mundo hijos con la salud más delicada, con problemas mentales o emocionales o privarlos de la mitad de su propia vida. La cuestión, parece ser,  que en el deseo de la maternidad hay un jugoso nicho de mercado. Me resulta muy doloroso.

Para mí, para nosotros, es muy duro levantar la voz y cuestionar estos sistemas de reproducción ARTIFICIALES porque al hacerlo cuestionamos a nuestras madres, a nuestra propia vida y eso es doloroso, es una pesada losa de contradicción.. ¿Cómo voy a poder quererme y estar bien conmigo mismo si no me acepto, si no agradezco lo más preciado que tengo, mi vida? Nuestra herencia es esta contradicción y no es fácil lidiar con ella cada día. En mi opinión nadie lo merece como precio por la vida, pero como todo el mundo nos toca aceptarla y agradecerla tal y como se nos ha dado sin que ésto suponga dejar de decir lo que pensamos y sentimos desde el respeto y la comprensión.

Yo confieso que aún me siento aún en éste aprendizaje de aceptar las condiciones de mi nacimiento y abrazar y agradecer mi vida junto a mi familia. Tratando de comprender con amor pero sin dejar de tener muy clara mi opinión al respecto por incompatible que pueda parecer. Para muchos será difícil de comprender, pero como ya dije anteriormente tan solo entre nosotros podemos comprendernos realmente, al menos por lo que he podido ir leyendo de otros testimonios de otros países. Espero que el mío, les pueda ser útil a otr@s que desean conocer nuestra opinión. Y también me gustaría  que sirva para poder contactar con más adultos nacidos como yo en España, para poder apoyarnos unos a otros. Justamente ayer, poco antes de empezar a escribirte, leí el testimonio de otro chico nacido por inseminación unos 10 años menor que yo y también metido en el mundo de la terapia sistémica. La psicóloga que gestiona el portal de internet en cuestión ha respondido ésta mañana -mientras finalizo éste escrito- a mi petición y me ha facilitado su contacto. ¡Estoy muy emocionado! Cuando he imaginado que podría ir a su encuentro y darle un abrazo se me han saltado las lágrimas.  No había sido consciente de lo solo que me he sentido con esto hasta éste momento.  Somos un colectivo creciente y en su mayoría aún muy joven, pero a tener muy en cuenta desde ya y con mucho que decir.

Gracias de nuevo por tu labor informativa y por darme –darnos- voz.

La infanticida

Hace muchos años, me impresionó un cuento de Caterina Albert/ Víctor Català llamado “La infanticida”, un monólogo desde la cárcel de una mujer condenada por matar a su hijo neonato.

No lo he vuelto a leer, pero me acuerdo de él cada vez que leo sobre madres que matan o abandonan en sitios donde tienen pocas probabilidades de vivir a sus hijos recién nacidos; si es que lo hacen ellas: cuando se encuentra un bebé, no se puede saber de entrada si ha sido la madre quien lo ha dejado u otra persona de su entorno.

M. me ha pasado esta versión teatral de “La infanticida”. Uno de los pocos textos que me han permitido entender y empatizar con las circunstancias que pueden llevar a una madre a hacer las cosas más terribles.

 

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