familia monoparental, diversidad familiar y adopción

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Donantes y anonimato

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La recomendación del Comité de Bioética de que las donaciones de gametos dejen de ser anónimas, ha vuelto a levantar todas las alarmas en los grupos de MSPE, compuestos mayoritariamente por mujeres que tienen criaturas concebidas con donante de esperma y en algunos casos, también de óvulos (o de embriones).

Las preocupaciones son las mismas de siempre:

A ver si los donantes adquirirán a partir a de ahora derechos y deberes hacia nuestras criaturas, si dejará de haber donaciones, o si subirá el precio que se paga a los donantes…

Todas las regulaciones que afectan a las donaciones en Reproducción Asistida distinguen perfectamente entre derechos y deberes de los padres y madres (que los tienen) y de los donantes (que no los tienen en ningún caso). Sea la donación anónima o no lo sea.

En los países donde se ha eliminado el anonimato, las donaciones han bajado… temporalmente. Después han vuelto a subir, aunque haya cambiado el perfil: son más conscientes y solidarios, dicen. En cuánto a apelar a que encarecerá el proceso, y que esto lo pondrá fuera del alcance de las personas menos pudientes, me parece una muestra de cinismo, teniendo en cuenta que dentro de la Reproducción Asistida, los gametos son casi el chocolate del loro.

Y en todo caso, si eso sucede, ¿qué? Es como decir que si no se legalizan los vientres de alquiler, habrá familias que se quedaran sin hijos; o que sin el trabajo esclavo, no tendremos fresas baratas. O lo que pasaba cuando los adoptantes empezaron a hacer las primeras denuncias de irregularidades en los procesos adoptivos y otras familias en proceso de adopción se les lanzaban a la yugular porque se iban a quedar sin sus niños. Si eran criaturas robadas, o lo que sea, ya si eso.

El fin nunca, nunca, justifica los medios.

A mí no me importa, yo no quiero saber, si el donante no hubiera sido anónimo no habría optado por este sistema…

Es comprensible, pero también lo es que para muchas personas concebidas con gametos de donante sí es importante; es comprensible que se pregunten sobre parecidos, tomas de decisiones o enfermedades familiares. O que lo puedan hacer en algún momento de sus vidas.

Mi hijo no preguntará, yo le explicaré bien las cosas, yo le educaré para que sepa que no tiene importancia, si yo no le doy importancia, él tampoco se la dará

Y nos olvidamos de que las criaturas, sobretodo cuando crecen, tienen el curioso vicio de pensar por sí mismas y preguntarse cosas, que muchas veces van más allá de lo que se preguntan sus familias. Y la naturalidad, la normalidad y la positividad no están reñidas con acompañarles en ese proceso.

Querer saber no implica que se haya explicado mal, que se busque una familia alternativa, o que haya ningún trauma. Nuestros hijos pueden querer saber / buscar sin que esto implique que tengan carencias.

No es un padre, es un donante

Son nuestros hijos los que, en muchas ocasiones, deciden llamarles “padres”, y esto no quiere decir que confundan su función, saben muy bien la diferencia entre los que parentamos y los que han aportado la genética. Como define el diccionario de la RAE en su primera acepción, padre es el “varón que ha engendrado uno o más hijos”. Y esta función, la biológica, está ahí por más que queramos negarla.

La sociedad no está preparada para afrontar este cambio.

En solo medio siglo hemos pasado de ocultar la adopción a exponerla abiertamente. El ADN y las redes sociales hacen que el anonimato sea cada vez más una falacia.

Seguramente la sociedad está tan preparada para la desaparición del anonimato como lo estaba una sociedad de raíces católicas para la eclosión de la Reproducción Asistida, las donaciones de gametos, la aparición de los colectivos de MSPE, las adopciones transraciales… y esto no nos frenó, ¿no?

Los cambios sociales van muy rápido, sobretodo si hay diálogo sobre ello.

Es la decisión que tomé en su momento, no me arrepiento de ella.

Puedes contarle a tus criaturas por qué tomaste la decisión y cómo comprendes que le duelan los límites de la misma, o bien transmitirle que te alegras de que no pueda conocer esta información o que no es lícito que tenga ese interés. Tomamos decisiones con la información que tenemos en el momento, pero cómo las gestionamos marca diferencias.

Igual que sucede en adopción: las familias que adoptaron creyendo que hacían algo que cumplía todos los requisitos legales y éticos y luego han descubierto que no era así, puede tirar balones fuera o bien acompañar a sus hijos en sus duelos y búsquedas e intentar cambiar el sistema que tiene cosas imperfectas.

¿Qué pensarán los donantes, que tomaron esa decisión sabiendo que no serían encontrados, si de repente llaman a la puerta unos chavales contándoles que son sus hijos (biológicos)?

Es posible que nos sorprenda que a muchos no les parezca mal. Aunque no tengan ningún interés en parentar a nuestras criaturas, quizás tienen curiosidad por saber cuántas nacieron y cómo son, qué ha sido de ellas. Quizás no les parezca mal darles un lugar en sus vidas.

Y si no es así, tampoco pasa nada: a diferencia de lo que pasa en adopción, donde la búsqueda puede representar un riesgo para las madres que renunciaron a sus criaturas en determinadas circunstancias o lugares, y donde se pueden encontrar con historias muy duras, es prácticamente imposible que para un donante, que su entorno conozca esta información sea mucho más que una molestia.

Por otra parte, no siempre es muy importante que el donante quiera o no ser encontrado o contactado, porque encontrar respuestas sin entablar contacto puede ser suficiente.

Si hubiera querido que mis hijos tuvieran padre, no habría optado por tenerlos mediante donante

Si no querías que te preguntaran por el donante, ¿por qué usaste esta figura para concebir a tus criaturas?

Si el proyecto de familia incluye un o unos donantes, ¿cuál es el problema de incorporarle(s) a nuestras vidas?

Si se elige una familia creada a partir de las aportaciones de donante(s), se construye una familia en la que esta figura existirá (a nivel simbólico), y existirán las preguntas y las curiosidades hacia esta(s) persona(s).

No es un padre, de acuerdo. Pero tampoco hace falta ser tan taxativo, o padre o nada. Llámale de otra manera. Llámalo cómo quieras, pero nómbralo. Dale un lugar simbólico en tu vida, y sobretodo, en la de tus criaturas.

 

Choque cultural y confusión identitaria

Mi necesidad de aprender – y sobretodo de desaprender – sobre el racismo, me ha llevado a hablar mucho con y leer mucho a personas racializadas. Una de las más interesantes es la activista antiracista y feminista Yousra El Mansouri, autora de este texto que explica tantas cosas:

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Cuando nacemos, lo hacemos abrazadas por unos quehaceres y cuando los años transcurren, los entornos se diversifican.

El primer par de lustros los recuerdo con voz. Respondiendo mi nombre, sin adaptar la forma de pronunciarlo, diciendo el de mis familiares, feliz del nacimiento de mis hermanos gemelos.

Pienso y pienso… No consigo recapitular a cuál fue el primer día que dejé de sentir admiración por las telas de los vestidos marroquíes, por la henna, por las comidas de mama África norteña… No consigo recordarlo. Pero sé que llegó un punto en el que mi cabeza estaba a punto de estallar.

Las noches en vela con una libreta y un bolígrafo, garabateando libertad, a pesar de tener mi conciencia enjaulada en la duda.

Había recibido tanto rechazo por mi nombre, que lo cambié por Yus. Había obtenido tanta burla por tener dos hermanos y una hermana, que dejé de mencionarlas. Había cogido tanto miedo a mis pertenencias moras, que abandoné mi sentir africano.

Ropajes ajustados al cuerpo, plancha en mano recorriendo mi pelo, omisión a mis viajes a Marruecos (aunque una vez allí fueran de lo más feliz que me pasaba), ignorancia a las preguntas sobre mi origen, YUS, YUS Y MÁS YUS.

Incluso recuerdo, y sé que son palabras graves las que escribo, sentir vergüenza de caminar con mi madre, no era bochorno hacia su persona (eso jamás), sino aversión a su hiyab, delator de nuestra “no integración”. O así lo percibía en su momento. Cada día y con cada beso pido disculpas a mama, me avergüenzo y no pretendo justificarme.

Pero, en un entorno que devalúa tus raíces, en un contexto que señala y apunta con el índice tu diferencia… ¿Cuántas adolescentes no han querido subirse al velero de la homogeneización? Aún sabiendo que este solo te permite montarte si eliminas tu esencia.

Aquí quiero llegar, a la necesidad pedagógica que tenemos como sujetos de acompañar las voces confundidas. De comprender que hay vida más allá de la polaridad, que cada persona puede navegar por sus corrientes, que existen las identidades múltiples, que fluyen y confluyen.

 

Palimpsesto

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Esta mañana he terminado de leerme “Palimpsesto”, la novela gráfica en la que Lisa Wool-Rim Sjöblom, coreana adoptada por una familia sueca, narra la odisea que para ella supuso la búsqueda de sus orígenes, y toda la suciedad que descubrió respecto a la adopción internacional.

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Los secretos, las mentiras, las omisiones, los tachones, las contradicciones, los papeles que han desaparecido (como en una pesadilla recurrente, en las historias de los adoptados se repiten los documentos destruidos en incendios, inundaciones, mudanzas). Los que no saben, los que no quieren saber, los que saben pero se niegan a hablar.

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Y cómo ella y su pareja se abren camino a contracorriente en esta riada de negaciones, de silencios, de llamadas no devueltas, de informaciones contradictorias, siguiendo los rastros como miguitas de pan que han sobrevivido a los picotazos de los pájaros, buscando su propio relato. Una lucha contra el tiempo, dice, pero también contra la desinformación, la burocracia, la mala praxis y la mala fe que intentan ocultar debajo de una tonelada de papeles y errores de traducción lo que solo se puede calificar como tráfico de criaturas.

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“La metáfora del palimpsesto funciona a varios niveles con muchos adoptados. Por un lado, reconoce a los huérfanos de papel. Es decir, a todos aquellos adoptados que han visto borrados y blanqueados sus orígenes, reemplazados con información falsa o manipulada sobre sus antecedentes, desde las fechas de sus cumpleaños hasta cómo llegaron a ser adoptados. Por otro lado, también sirve para visibilizar la forma en que las personas tratan a los adoptados y sus orígenes. Nuestras adopciones a menudo se ven como una especie de nacimiento y, a través de él, se nos cambia el nombre, se nos da una nueva ciudadanía, una nueva lengua materna y una cultura completamente nueva, de forma que a través de la adopción nuestras historias de origen se borran y la historia de la adopción se escribe por encima, haciendo que todo lo que sucedió antes sea irrelevante o de menor valor”, cuenta.

No dejen de leerlo.

Porno del reencuentro

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Porno del reencuentro: compartir momentos de buen rollo de las historias de reencuentro de los adoptados como un medio de defender la fantasía de que todo lo que se ha roto puede y de hecho será reparado mágicamente como si nunca hubiera ocurrido.

No pienses que no pasa nada

“Mi hijo no pregunta nada”; “no tiene ningún interés en su historia”; “cuando yo le digo algo, cambia de tema”; “cuando quiera saber preguntará”; “le iré contando a medida que pregunte”…

He oído estas frases en boca de muchas familias adoptivas. No se me ocurre mejor respuesta que la que Patri Holmes, bloguera y adoptada argentina en busca de sus orígenes desde hace muchos años, escribió en este texto:

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No pienses que no pasa nada porque tu hijo adoptivo, o de crianza no pregunta…

No pienses que no pasa nada.

A veces, la revolución se siente adentro.

La necesidad de saber es un remolino que da a lugar a emociones inesperadas. A inquietudes que se acallan cada vez que tu hijo te escucha decir: “no, ella no necesita saber, siempre me dice que es feliz de que yo sea su mamá”, “no, él ni piensa en eso”.

Y tal vez piensa… pero el temor a lastimarte es tan grande, o el miedo a serte desleal… Porque le han dicho, con y sin palabras, que “sólo hay una madre”, que “ni los animales abandonan a sus crías”, que “debería estar agradecido por lo que le tocó”.

¿Qué fue lo que le tocó?

Perder a su mamá. A quien lo gestó. De quien heredó células y de quien escuchó su voz. Perder sus raíces.

Nació perdiendo.

¿Te parece poco?

Es muchísimo.

Entonces… no pienses que no pasa nada.

Pudo haber llegado a una familia hermosa pero esa herida estará siempre y dependerá de su entorno y de la empatía de quienes lo rodean que pueda cicatrizar.

Amá, acompañá, abrazá y entendé la enorme magnitud de lo que sucedió para que tu hijo pueda preguntar, hablar, decir… y sanar.

Otro mensaje en una botella

Les hablaba hace unos días de esos mensajes en botellas que son las pruebas de ADN. Algo que aprendí de los adoptados adultos y en particular de dos mujeres nacidas en Argentina que llevan muchos años buscando sus orígenes. Una de ellas aún no tiene respuestas. La otra, sin embargo, sí. Y esta Navidad ha podido reencontrarse con parte de su familia de origen. Así lo cuenta:

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Hace pocos días, abracé a mi padre, hermanos y sobrinos biológicos por primera vez. Tengo 50 años. Me siento como recién nacida. Mi familia se agrandó. Ahora tengo: dos padres, uno vivo y el otro vivo en mi memoria para siempre; cuatro hermanos: el de siempre y estos tres nuevos que me sonríen con los gestos de mis hijos y se maravillan cuando yo los miro con los ojos de su (mi) padre. Mis hijos tienen un abuelo, 3 tíos y dos primos más. Sueño con que un día no muy lejano mi padre biológico se abrace con mi mamá de siempre (la adoptiva) y mi hermano con mis nuevos hermanos. Y que ese encuentro hermoso de hace unos días se repita cuando mi madre biológica esté preparada para conocerme, y así también pueda abrazar a los otros tres hermanos que todavía no saben que existo. Sería importante tener en cuenta que cuando se adopta, no se adopta solo a un niño o niña, sino a toda su familia biológica también. Siento mucha paz. Ojalá todas las personas adoptadas puedan sumar e integrar a todas sus familias

Yo creo que, en la vida de una persona adoptada, nadie reemplaza a nadie. La familia adoptiva no reemplaza a la biológica aunque cumpla su función y, de la misma manera, cuando se produce el encuentro con la familia de origen, tampoco pasa a reemplazar a la adoptiva, que ya está afianzada en los afectos, sino que se añade. No hay reemplazo sino suma. Nadie debería ser forzado a tener que elegir entre una u otra familia cuando las circunstancias de la vida le han puesto en la situación de tener más de un padre, más de una madre, más de 4 abuelos, etc. No elegimos eso. Nos tocó. 

Mensaje en una botella

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Imaginad un adolescente  que fue adoptado de bebé. Que procede de un país donde el embarazo fuera del matrimonio es no solo una vergüenza sino también un riesgo. Que no tiene ningún dato sobre su origen o su familia biológica. Que se encuentra con que los registros son opacos. Que no sabe dónde empezar a buscar.

Imaginad que ese adolescente descubre que puede hacerse una prueba de ADN que le ayudará a rastrear no solo su origen étnico, sino también si tiene alguna conexión genética con alguien que se haya hecho la misma prueba y haya dejado sus datos en el banco de ADN.

Imaginad que decide hacerse esta prueba.

“Las probabilidades de que encuentres son muy pequeñas”, le dicen. “En tu país de origen no hay mucha gente que se haya hecho estas pruebas, pero ¿quién sabe? Quizás más adelante alguien cercano a tus padres biológicos, a ti, se la haga. Es como lanzar un mensaje en una botella al mar y esperar que llegue a alguien algún día”.

Imaginad que llegan los resultados, y hay varias personas que tienen parentesco con ese adolescente. No un parentesco cercano: sus bisabuelos, o sus tatarabuelos, quizás eran hermanos. Imaginad que de estas personas que están emparentadas con él, algunas también están emparentadas entre sí. Y no solo eso: además, nacieron en el mismo pueblo donde estaba el orfanato en el que él pasó los primeros meses de vida.

Imaginad que una de esas personas responde a los mensajes; primero, con suspicacia. Luego con curiosidad. Finalmente, con interés y ganas de ayudar. Analiza a qué rama de su familia podría pertenecer al adolescente, especula cuáles pudieron ser las razones por las que renunció a su hijo. Promete investigar.

“El próximo mes”, dice, “volveré al pueblo, de vacaciones. Me van a hacer una entrevista en un medio local sobre mi experiencia con el banco de ADN. ¿Qué te parecería si digo que una de las cosas más sorprendentes que he encontrado es un adolescente adoptado en Europa que busca sus orígenes?”

Adelante, dice él. Otro mensaje en una botella.

Finales y principios

En estos días, como es lógico, le damos muchas vueltas a los reencuentros con la familia biológica. Casualmente ha caído en mis manos esta entrevista a tres bandas sobre el tema: con dos mujeres adoptadas, Laia Muñoz y Chandra Clemente, que han viajado respectivamente a Guinea y al Nepal para reencontrarse con sus familiares y con un mediador, Jaime Ledesma.

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Merece la pena verlo entero (más de una vez), pero me quedo con una frase de Jaime Ledesma que es para reflexionar al respecto: El encuentro, para los adoptados es casi siempre el final del camino, pero para las familias biológicas puede ser el principio. Ojo con cómo gestionamos esta contradicción.

 

 

 

En un cubo de basura

Cuando una criatura es encontrada – viva o muerta – en un cubo de basura, o abandonada en la calle, siempre, indefectiblemente, se acusa automáticamente a la madre. La madre monstruo, la madre desnaturalizada, la madre que no hizo ni los mínimos que se esperaban de ella.

Todas esas ideas, sin duda, se transparentan cuando hablamos con nuestros hijos adoptados de sus primeras madres.

Pero, ¿cómo sabemos que fue la madre?

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Hoy se ha publicado la explicación de una noticia terrible que conocimos hace unos meses: la de una criatura recién nacida arrojada al Río Besós.

La historia es la siguiente: una adolescente de 16 años, embarazada, pidió ayuda para abortar, pero le dijeron que para hacerlo necesitaba el permiso de sus padres. No dijo nada a nadie más y siguió adelante con su embarazo, escondiéndolo bajo ropas amplias. Cuando llegó el momento del parto, parió sola, sin más ayuda que la del padre de la criatura, que fue quien se ocupó de asistirla, de limpiar la habitación de la pensión donde lo hicieron, de alimentarla… y de la criatura. Le dijo que se la llevaba para darla en adopción, pero, posiblemente preso de la desesperación y el miedo – no olvidemos que también es un niño-, sin saber cómo hacerlo, acabó arrojándolo al río.

Hay mucho que reflexionar respecto a esta noticia, desde la indefensión de las adolescentes que se quedan embarazadas, la dicotomía aborto-adopción, el hecho de que las considere maduras para ser madres pero no para decidir no tener a sus hijos… pero para mí una reflexión importante es sobre el hecho de que cuando una criatura aparece abandonada, tirada en un cubo de basura, o muerta, siempre se acusa automáticamente a la madre. Y a veces, como se demuestra en este caso, la madre ni fue ni sabía.

Reencuentros

Esta ha sido la Navidad en la que, después de 14 años, hemos vuelto a Etiopía.

Por múltiples razones, hicimos el viaje solamente B. y yo, aunque en principio planeamos ir con otras familias con criaturas originarias de Etiopía y aunque nos habría gustado poder desplazarnos toda la familia.

Ha sido un viaje intenso y complejo, con muchas emociones que no siempre han sido fáciles de gestionar, que han requerido tiempo y palabras y mimos. Con expectativas que ha habido que poner en su sitio y momentos de shock ante una realidad tan diferente.

Hubo reencuentro con la familia biológica, intenso, rápido y confuso, emotivo pero también con tensiones, sentimientos inesperados, preguntas sin respuesta y otras que quedaron pendientes, momentos de desbordamiento y otros de reconciliación con su propia historia, de incomodidad y de conexión. Muchas cosas que digerir, muchas emociones que colocar, mucha información que gestionar.

También hicimos una ruta por lugares preciosos, que nos permitió conocer algo del país, de su cultura, su historia y su importancia, pero también de la manera de vivir de su gente, y de las diferencias con nuestra forma de ver las cosas.

Las dificultades de no hablar ni entender el idioma y la distancia cultural que va mucho más allá de la religión o la comida, que tiene que ver con maneras de relacionarnos y de ver la vida. Pero también la cercanía de las emociones.

Y los aprendizajes que nos llevamos, claro.

B. pudo imaginar cómo habría podido ser su vida de haber crecido allí, pudo verse reflejado en los niños que fuimos conociendo. Dijo que estaba contento de haber crecido donde lo hizo, con su realidad… pero también que si hubiera crecido allí no lo sabría y le parecería lo normal.

Ha podido conectar con su país de origen, pero también con su país de acogida. Y de alguna manera, también con sus dos familias.

Hemos echado de menos a la familia y conectado con la gente que hemos conocido, hemos querido volver y quedarnos más días, ha sido tan intenso todo que ha parecido que durara semanas, pero a la vez ha pasado tan rápido. Estuvimos felices cuando llegamos pero también llegamos con ganas de volver a ir. Más días, más gente, más todo.

 

 

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