familia monoparental y adopción

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Cuando una madre adoptiva dice… a mi hija no le interesa buscar

A mi hijo no le interesa buscar. No quiere saber nada de su vida antes de la adopción. Sus padres somos nosotros. No muestra ninguna curiosidad.

¿Quién no ha oído estas frases alguna vez de boca de padres adoptivos? La autora de este texto, una madre que entregó en adopción a su hija, lo ha hecho… y tiene respuesta para ellos.

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¿Qué le dices a alguien con quien te encuentras para almorzar que te dice que tiene una hija adoptada que “no tiene interés en buscar” tan pronto como oye el tema de último libro? Su hija tiene veintimuchos.

Le dije que muchos adoptados no buscan hasta que sus padres son muy mayores o han muerto, porque es cuando se sienten libres para hacerlo. Le dije que los adoptados no buscan porque inconscientemente tú (madre adoptiva) has dejado claro que hacerlo te heriría mucho. Lo entendió. Y añadió que siempre pensó que su hija buscaría algún día. Me di cuenta de que mi nueva conocida instintivamente entendió que el deseo de conocer la propia historia y reconectar con la familia en algún nivel era instintivo, y no inusual. No estaba siendo agresiva; creo que simplemente estaba sorprendida de conocer a una madre biológica en la vida real, en el almuerzo de Año  Nuevo del estudio de una artista.

Lo que pensaba es que no importa cuánto tratemos de mostrar nuestra realidad – esto es, la de los adoptados y las madres naturales – nuestras voces no llegan a suficiente gente para marcar la diferencia necesaria. La película ocasional en Lifetime – ni siquiera la película “Philomena” – no ha penetrado lo suficiente en nuestra consciencia social. Son vistas como “historias de mujeres”, aunque los chicos también son adoptados y los padres de nacimiento y adopción están por todas partes. Yo he intentado llegar con mis escritos, pero me quedé allí pensando en el camino que queda por recorrer.

La adopción, para toda la gente implicada – incluidos los abuelos de la gente que adopta – es un tema tan delicado. La racionalidad salta por la ventana, y entran la emoción, sentimientos fuertes y apasionados. Incluso los amigos pueden extrañarse cuando una madre natural cambia de idea y decide quedarse con su hijo. En vez de comprensión por la mujer que está incluso valorando la entrega de su hijo, es probable que oigan lo horrible que es para la madre adoptiva en espera. Cómo ha batallado con la infertilidad, cuánto tiempo, dinero y emoción le ha costado llegar hasta allí– ¿qué le pasa a la madre de nacimiento??! O digamos que eres un editor que escogió una adopción cerrada cuando era posible una adopción abierta;  probablemente no estarás dispuesto a publicar una historia sobre por qué las adopciones cerradas no son positivas, cuánto conflicto sienten los adoptados o qué sucede a las madres naturales, quizá como la que gestó a tu hijo… no quieres ni pensar en ella porque… ¿qué puedes hacer en cualquier caso?

La conversación continua: rápidamente averiguo que la mujer que me habla al lado de la mesa con una selección de quiches, conocía la adopción abierta en 1989 cuando adoptó –y sabía que cada vez era más habitual – pero se decidió contra esta opción porque “no sentía que pudiera gestionarlo”. Dijo que podía sentirse demasiado implicada con la madre natural. La mujer no es agresiva ni maleducada, simplemente honesta. Me gusta su honestidad, pero pensé: ella no podía gestionar la idea de compartir a su hija con otra mujer, porque esto es lo que significa una verdadera adopción abierta es – y debería ser. Ella tuvo que borrar el capítulo de la madre natural en su historia de adopción.

Respondí con tacto pero de forma directa, pero no señalé lo obvio, que cuando adoptó pensó en lo que podría gestionar ella, no en lo que su hija perdía, y en el impacto de ser arrancada de su madre natural y su familia. Aunque era obviamente inteligente y leída, dejaba de lado estos asuntos; no habían entrado en su pensamiento cuando adoptó. Sabía que sí seguíamos hablando, no importa cómo escogía mis palabras, parecía que la confrontaba si desafiaba sus ideas. Es rara la situación donde puedo discutir sobre adopción y el abanico de problemas relacionados – especialmente con un padre adoptivo – sin una reacción emocional y seguramente esta no era una excepción. Había tanto que quería decir. Terminé la conversación antes de que mi corazón se disparara. Ya lo sentía latir.

Cuando se fue, me dio su tarjeta, y me dijo que iba a comprar mi libro. Tenemos que educar, uno a uno, siempre y dónde podemos. Hablar nos ayuda a todos.

Idea tardía: la próxima vez que alguien me diga “mi hij@ no está interesado en buscar”… (a menudo precedido por “le pregunté”… supuestamente telegrafiando la idea de que preguntar en algún momento les exonera), voy a decir: ¿No te parece extraño?

Porque las personas no adoptadas entienden por qué la reacción normal es tener interés en la historia de tu propio nacimiento y familia, y en ¿Quién? ¿Dónde? ¿Por qué no me crió mi madre??? Los padres adoptivos deben reconocer que la falta de interés en la historia propia es atípica, pero no quieren reconocerlo. La respuesta de “falta de interés” no desafía su posición como padres únicos que merecen amor e interés.

La persona que “no está interesada” en su paternidad/ maternidad ha aprendido que la respuesta apropiada a sus preguntas es expresar este no-interés, y así han asumido este no-interés. Saber que expresar interés por su propia historia de nacimiento va a ser interpretada como “¿No somos suficiente para ti?” y así herirán a sus padres, a los que presumiblemente quieren. Finalmente, si sabes que nunca puedes tener algo, ¿para qué seguir anhelándolo? ¿Especialmente cuando expresar esta curiosidad herirá a alguien a quien quieres?

Sí, la próxima vez que oiga lo de “falta de interés” de alguien,, diré: ¿No es extraño? ¿Por qué crees que sucede esto? ¿Puedes imaginar no estar interesado en quién eres o de dónde vienes?

Es la respuesta más honesta, y pone la pelota en el tejado de quién pregunta. En el pasado, me he puesto a la defensiva cuando alguien me dice de la falta de interés de su hij@ en alguien como yo, pero quizás esto cambiará emocionalmente para mí.

Los padres adoptivos deberían ponerse a la defensiva si sus hijos expresan falta de interés en su propia vida. ¿Qué hicieron los adoptantes, o el sistema, para capar la curiosidad natural sobre las propias raíces? Como otros han dicho, la curiosidad en cualquier otra área es vista como un signo de inteligencia. En adopción, en cambio, esta curiosidad se ve como una patología. Es hora de cambiar las tornas y ver la falta de interés, no como una patología, pero al menos como una pista que nos haga saltar las alarmas.

La hija de Joni Mitchell

Conocí a Joni Mitchell (como cantautora, claro) por allá en los años 80, cuando como todas las adolescentes pensaba que estaba inventando el mundo y cuando, mientras mis compañeros de generación se deleitaban con Bruce Springsteen o los Dire Straits, yo prefería escuchar los viejos discos de mi padre y aprenderme a base de machacarlos las letras protesta de los años 60.

I am a woman of heart and mind, with time in my hands, no children to raise…

No ha sido hasta hace muy poco que he sabido que, cuando era ella misma una adolescente, Joni Mitchell dio a una hija en adopción, ni siquiera había escuchado “Little Green”, la canción en la que habla de ella.

En este artículo habla de su historia:

En 1965, Joni Mitchell era Roberta Joan Anderson, una estudiante sin un centavo de la Escuela de Arte de Alberta en Calgary, Canadá. Su padre era gerente de un almacén y su madre, maestra en Saskatoon, Saskatchewan.

“Dí a luz cuando estaba en la escuela de arte, a los 20 años, cerca del final del período. Lo principal en ese momento era ocultarlo. El escándalo era tan intenso. Un hijo no podía ser algo más desdichado. Socialmente te arruinaba. El estigma era increíble. Era como haber asesinado a alguien.” No quería que sus padres lo supieran, así que no podía pedirles ayuda. El padre de la niña, un compañero de la escuela, no estaba preparado para formar una familia. El aborto no era una alternativa. Y Mitchell no se sentía preparada para hacer de padre y madre a la vez. “Una madre infeliz no cría un niño feliz”, dice.

Complicaciones del nacimiento la mantuvieron en el hospital otros 10 días, lo cual significó que vio y tuvo en sus brazos al bebé al que había llamado Kelly Dale Anderson. “No tenía dinero. No tenía hogar. No tenía trabajo. Pero intenté encontrar algún tipo de solución que me permitiera quedarme con ella sin lastimarla. Ni a ella ni a mí misma.” Pensó rápidamente en “un matrimonio por conveniencia” con el cantante folk norteamericano Chuck Mitchell, con la intención de conservar a la niña. También estaba la promesa de un trabajo en Detroit. Pero aparte de un nuevo apellido, no quedó nada. “Un mes de matrimonio y se fue. Huyó despavorido. El matrimonio no tenía ninguna base, excepto que me servía para darle un hogar a la niña.” La agencia de adopción estaba apurando a Mitchell. Le decían que cuanto más esperara, más difícil sería ubicar a la niña. En el segundo mes de matrimonio, Mitchell entregó a Kelly Dale en adopción. “Dice en los papeles que en la audiencia me puse muy emotiva, y seguramente fue así. No recuerdo nada. Es algo que tengo bloqueado”. En retrospectiva, Mitchell siente que hizo lo correcto. “Hice una apuesta”, dice. “Aposté a que la gente que venía a llevarse a esta niña la quería y sentía que había un agujero en su vida sin ella”.

Unos tres años después, la carrera de Mitchell comenzó a despegar. Kelly Dale sería la única hija de Mitchell. “Parecía que nunca era buen momento para tener un hijo. Pienso que parte de la dificultad era encontrar un hombre que quisiera un hijo. Era un tiempo muy irresponsable en general para esa generación. Todos teníamos el síndrome Peter Pan.” Mitchell había intentado buscar a su hija, pero tuvo mala suerte. La naturaleza de la búsqueda cambió hace cuatro años cuando una de las compañeras de cuarto de la escuela de arte de Mitchell en los 60 vendió la historia de la adopción a un diario de supermercado. En ese momento, Mitchell dice “me dolió en el alma” que alguien que debería haber sido comprensivo hiciera algo así. Pero la traición trajo aparejada una publicidad enorme. Afortunadamente para Mitchell, Kelly Dale Anderson -ahora Kilauren Gibb- estaba buscando a su madre biológica.

Hace unos cinco años, Gibb, de 27 años, supo por sus padres que era adoptada. Estaba embarazada y quiso conocer a sus padres biológicos. Llamó a Childrens Aid en Canadá, donde la pusieron en una lista de espera. Recién el 31 de enero de este año llegó un paquete con el material biográfico sobre sus padres de nacimiento. Pero sólo era información general. Había “fechas, alturas, que tenían talentos musicales”, dice Gibb por teléfono desde Toronto. “Era el tipo de descripciones breves que se dan para los personajes en una obra de teatro.” Gibb fue a una biblioteca y no encontró nada sobre la cantante. Como era alumna de una escuela de computación, buscó en Internet, donde hay una página de Joni Mitchell.

“Estaba leyendo esto cuando apareció en la pantalla y pensé Dios mío, todos estos datos coinciden. Mamá tuvo polio a los nueve años, el abuelo estaba a cargo de un almacén, la abuela era una maestra… Saskatchewan… novio en la escuela de arte. Había como 14 o 15 coincidencias.” Gibb llamó a la oficina del manager de Mitchell, que la había mantenido al margen por la cantidad de llamados que recibían. Pero la información que Gibb poseía parecía prometedora, de modo que Mitchell le pidió a su manager que llamara y escuchara su voz.

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Su manager habló con Gibb. “Regresó y dijo que estaba totalmente azorado. Dijo que era como hablar con la misma persona.” Gibb vino a Los Angeles con su hijo de 4 años, Marlin. Mitchell ahora tenía una hija y un nieto. “Kilauren dijo que ahora tenía que verlo crecer”, dice Mitchell.

Descubrieron similitudes y diferencias -a Mitchell le gusta el hígado frito con cebollas y Gibb no toca la carne roja-. Gibb no tenía ninguno de los álbumes de su madre, pero le gustaba el dúo que hacía en If I Could. Ambas se casaron con músicos. Mitchell se divorció dos veces. Gibb está separada del padre de Merlin, un baterista de Toronto. Mitchell piensa que su hija se parece a su propia madre. Gibb está segura de que ella y su madre “estaban en Studio 54 en los 80 bailando juntas sin saberlo. Yo vivía en Nueva York cuando ella tenía un departamento allí”.

Gibb tenía una carrera de 13 años como modelo internacional. (La Gibb de 16 años aparece en el catálogo de Danskin de 1981 con Denise Brown, hermana de Nicole Brown Simpson.) Gibb dice que le fue bien en avisos impresos, videos de rock, comerciales de televisión y papeles cortos en películas, incluyendo The Freshman.

Todavía había muchas cuestiones por resolver. Tal vez un encuentro con su padre. Mitchell está preocupada porque los padres adoptivos “sientan que esto interfiere en su relación con Kilauren. Es una relación diferente. Yo les debo mucho a ellos. Les estoy profundamente agradecida por todo. Había estado acertada. La criaron muy bien.” Gibb dice: “Hay un cordón umbilical que nunca se cortó”.

 

Cuenta sus razones en esta entrevista:

 

Dice que no renunció a su hija por su carrera, como se ha dicho, porque entonces no tenía carrera ni ambición, cantaba en locales para sacar algún dinero para sus gastos. Dice: Ni siquiera veías a tu hija. Lo correcto para proteger a tus padres era irte de la ciudad, entrar en un hogar. Muchas chicas cayeron porque todo estaba cambiando respecto al sexo, era muy confuso ser un mujer joven entonces. La píldora no estaba disponible, nacieron muchos niños no deseados, en 1965, más de los que podían ser adoptados. No había sitio donde llevarla, no tenía trabajo. Entró en acogida, yo intenté encontrar trabajo y establecerme para recuperarla. No encontré trabajo, la gente se aprovechó de mí, yo era una criminal, una mujer caída, era todo muy difícil.

Unas palabras que me devuelven el convencimiento de que un porcentaje importante de las madres que renunciaron a sus hijos no lo habrían hecho si hubieran tenido apoyo.

Y me resulta sangrante la frase “lo correcto para proteger a tus padres”… ¿no somos los padres los que tenemos que proteger a nuestros hijos, más aún si están en una situación difícil?

 

La luz entre océanos

Anoche vimos “La luz entre océanos”, una película que habla en cierta manera de adopción, o de la peor cara de la adopción.

Una pareja vive en un faro, en una isla entre dos océanos, aislados del mundo. La mujer, que tiene un gran deseo de ser madre, ha tenido dos abortos, cuando aparece un bote con un hombre muerto y una bebé. A pesar de ciertas resistencias de él, deciden quedársela. Pero esta niña, claro está, tiene una madre…

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La película me pareció un buen retrato de  la posición de muchos adoptantes: la falta de ética, el mirar hacia otro lado, los argumentos, “la niña está mejor con nosotros”, el no querer saber, la mala consciencia…

 OJO: a partir de aquí hay spoilers.

La escena en la que la “madre adoptiva” (apropiadora) se tiene que separar de la niña me recordó tremendamente a la escena de la familia de Sueca, padres preadoptivos de Juan Francisco: que difícil se lo ponen a la criatura, que poco piensan en ella.

Y me llamó la atención otra vez lo doloroso que es el retrato de esta separación y pérdida de la niña de todo lo que conoce… lo que te afecta cuando la ves… y el poco valor que damos los adoptantes a la misma separación cuando es para ser adoptado.

Lion

Vimos, finalmente, Lion, la película basada en la búsqueda de Saroo, un niño indio que se perdió con 5 años, fue llevado a un orfanato y adoptado por una familia australiana.

Pasan 20 años, ha crecido como australiano, la India es una referencia exótica para él… y de repente, el color, el olor y el sabor de un plato de su infancia le regresa a sus primeros 5 años perdidos. Y este chico, tan australiano, tan integrado, tan equilibrado… lo deja todo para obsesionarse con esa búsqueda que no dará resultados hasta 10 años más tarde.

Una historia tan compleja, con tantas cosas, contadas, a veces, con secuencias muy simples: la conversación entre Saroo y su madre adoptiva sobre por qué fueron adoptados; la llegada de Mantosh, hermano adoptivo cargado de secuelas de un pasado que se intuye durísimo; la conversación con los amigos de la universidad en los que él muestra su desapego de su país de origen; y, sobretodo, la comida en la que la madre adoptiva se niega a retirar los cubiertos para el hijo ausente: Que forma más sencilla, gráfica y profunda de explicar lo que es la incondicionalidad. Seguir esperando, siempre, pase lo que pase. Pagues el precio que pagues.

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C., adoptada adulta que lleva años buscando sus orígenes también, ha hecho esta crítica personal e intransferible:

Algunas de las razones por las que me gustó mucho: porque muestra a las claras que el deseo de saber e interesarse por la familia biológica no es incompatible con tener una excelente relación con los padres adoptivos; porque muestra también que reencontrarse con los orígenes da paz y no menoscaba en nada el amor de los adoptados por sus padres adoptivos; porque muestra que la adopción es la mejor reparación posible ante una desgracia, ante una pérdida inmensa, y no un cuento color de rosa; porque muestra que el amor no lo puede todo, que hay heridas demasiado profundas (pienso en el personaje del hermano adoptivo); porque muestra que sí, que es posible amar a dos madres; porque muestra el dolor inmenso de una madre que no pudo estar junto a su hijo tantos años y en medio de ese dolor, su amor es inmenso también y acepta que la madre adoptiva es tan madre como ella; porque demuestra, en suma, la incondicionalidad del amor. Me parece que es una película que va a hacer mucho bien, sobre todo va a hacer pensar a los padres adoptivos que el silencio (mi hijo no quiere saber) no siempre refleja lo que en realidad siente su hijo adoptado, que el silencio puede ocultar sufrimientos secretos. Algo que llama la atención es que a padres tan empáticos como los de la película no se les ocurriera que el comportamiento extraño de su hijo pudiera tener algo que ver con su búsqueda de orígenes, con su conflicto de identidad; nunca sacan el tema. Por otro lado, es una actitud muy habitual; en ese sentido, creo que la película hace un aporte muy positivo. En cuanto a la búsqueda, acierta en mostrar las sucesivas oleadas de obsesión, desmoronamiento, depresión, conflicto, etc. Me pareció muy realista. Así buscamos: por momentos, obsesivamente; luego, nos preguntamos para qué y abandonamos un año, volvemos a obsesionarnos, etc. Y en el camino, nos desconectamos de quienes tenemos al lado: pareja, familia, etc. La diferencia también es que el protagonista sabía que su madre se alegraría de verlo; la mayoría de nosotros, no tiene esa certeza.

Yo me sentí muy identificada, sobre todo con la angustia que provoca el proceso de búsqueda, que me parece especialmente bien mostrado en la película. Esa mezcla de sentimientos cruzados y contradictorios, esa doble culpa (sentimientos de traición hacia los padres adoptivos y sentimientos de culpa con los biológicos, por haber vivido una vida más cómoda y privilegiada que ellos, por “olvidarlos”) y sobre todo, una enorme soledad (la sensación de que nadie de nuestro entorno nos termina de entender).

En resumen: ¡vayan a verla!

 

 

Adopción, donación, subrogación

Hemos hablado en bastantes ocasiones de semejanzas y diferencias entre adopción, donación, subrogación… Hoy quería compartir algunas reflexiones que B., adoptada adulta, L., adoptante y M, también adoptante, han compartido en una discusión virtual a partir de este reportaje sobre vientres de alquiler (recomiendo verlo… es muy revelador).

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B: Para mi es casi lo mismo, haciendo un símil muy simplista en adopción se entrega y se recibe el bollo horneado, sin denominación de origen y sin control de calidad; en donación de gametos se adoptan todos o parte de los ingredientes del bollo y a veces se mezclan los de origen anónimo con ingredientes con denominación de origen; en gestación subrogada a veces se adoptan algunos ingredientes en unas ocasiones con denominación de origen en otras de origen anónimo y casi siempre con control de calidad a veces se ponen los ingredientes propios y siempre se usa un horno ajeno para que salga el bollo

M: Las familias no tienen en cuenta la herida primaria porque no ven las pérdidas. En la adopción ya está la criatura en el mundo…la adoptas y pierde cosas. Había un padre, había una madre. En todo esto de la donación y subrogación, está todo tan milimétricamente calculado por la familia que hace el encargo para crear esa criatura tal y como la quieren, que no sienten que pierda nada porque nada ha tenido. La crean con o sin donantes, pero la crean a su gusto. Tienen el poder de todo. Crean algo y pagan por eso. Fijaos que no se utilizan las palabras madre ni padre…Hablan de ovodonantes, de bioprogenitoras, de donantes de esperma, de gametos…. Todo deshumanizado con palabras raras con la intención de que no quede rastro de nada. Antes la misma que donaba gestaba, ahora ya ni eso. Una dona, otra gesta y otra cría. Tres mujeres sin relación entre ellas, donde la que dona ni sabe dónde fue su óvulo. Y si es el esperma el anónimo, ídem. Es todo tan perverso!

L: Si no todo el mundo es idóneo para adoptar, ¿por qué todo el mundo es idóneo para la adopción de gametos? Querer sin condiciones, aceptar las diferencias, ajustar las expectativas, acompañar en el dolor, validar sentimientos, prepararse para reproches y aceptar la responsabilidad, aceptar el privilegio de haber tomado la decisión, apoyar en la búsqueda de orígenes, aceptar la familia de origen biológico como parte de tu familia… ¿nadie se para a pensar en todo eso?

Si la donación en lugar de ser un un bote fuese “in situ”, es decir, que la madre gestante tuviese relaciones sexuales con el hombre donante (conservando el anonimato)… cambiaría un poco la perspectiva, ¿no es cierto? ¿El botecito deshumaniza el concepto padre/madre?

Cuando nace una criatura de la que no has aportado el óvulo/esperma o por subrogación con donación, inscribes a esta criatura como biológico. ¿No es eso apropiación?

Cielos de buenos aires

No debiera arrancarse a la gente de su tierra o país, no a la fuerza. La gente queda dolorida, la tierra queda dolorida.

Nacemos y nos cortan el cordón umbilical. Nos destierran y nadie nos corta la memoria, la lengua, las calores. Tenemos que aprender a vivir como el clavel del aire, propiamente del aire.

Soy una planta monstruosa. Mis raíces están a miles de kilómetros de mí y no nos ata un tallo, nos separan dos mares y un océano. El sol me mira cuando ellas respiran en la noche, duelen de noche bajo el sol.

Juan Gelman

Una luz nueva: cómo el embarazo de mi hija me hizo repensar la adopción.

Hace poco cayó en mis manos esta historia tan interesante que narra toda una vida como madre adoptiva y cómo las cosas que van pasando nos cambian. No tiene desperdicio.

La imagen puede contener: una o varias personas y personas sentadas

En primavera del 2006, Aselefech, mi  hija de 17 años, estudiante de instituto, se acercó a mí y me dijo – llorosa, casi desafiante – que estaba embarazada. Entré en shock, triste, asustada por ella. Pensé que habíamos hecho todo lo que hay que hacer para evitar que sucediera eso. Había hablado con ella y sus hermanos sobre sexo, les había llevado a planificación familiar, y había discutido los riesgos del sexo sin protección. ¿Cómo pudo suceder?

Aselefech y su hermana melliza, Adanech, tenían 6 años en 1994 cuando mi marido de entonces y yo las adoptamos en Etiopía. Nuestros dos hijos, que habían nacido en los Estados Unidos, habían sido adoptados de bebés, y tenían 5 y 7 años cuando las niñas llegaron. La documentación que recibimos de la agencia de adopción aseguraba que los padres de las niñas habían muerto. Desde el principio, tuve claro que Adanech y Aselefech habían sido queridas en Etiopía. Estaban acostumbradas al caos de familia y niños; se adaptaron bien a la escuela, incluso aunque hablaban muy poco inglés. A Aselefech, en particular, le gustaba hacer cosas conmigo: cocinar, limpiar, leer, cuidar el jardín. Tenía que haber estado unida a su madre, recuerdo que pensé, porque fácilmente se acercó a mí.

La escuela secundaria fue un desafío – mis hijos exploraban relaciones, experimentaban una  presión mayor por parte de sus iguales, confiaban menos en mí. En el instituto continuó la era de poner los ojos en blanco, portazos ocasionales, y la intensa lógica adolescente. La mayor parte del tiempo, Aselefech y yo nos llevábamos bien. Ella hablaba conmigo de chicos, aunque mucho más con su hermana, y yo trabajé duramente para mantener la comunicación abierta.

Cuando me dijo que estaba embarazada, no pude evitar enfadarme al principio – ¿no se daba cuenta de que esto le cerraba muchas puertas? ¿Terminaría el instituto? ¿iría a la universidad? ¿Cómo superaría el dolor que le infligirían los que la verían como un estereotipo, la joven madre soltera negra?

Nuestra familia conocía al novio de Aselefech, el padre del bebé, desde hacía años. Miguel iba un curso por encima en el instituto. Aunque participó en las conversaciones referentes al bebé, él y Aselefech no estaban preparados para casarse. Y mientras él contemplaba esta posibilidad, Asefelech decidió no abortar. Así que fui yo quien la acompañé a las citas ginecológicas, a veces de mal humor. El embarazo de Aselefech empezaba a notarse y sus profesores sacudían la cabeza. Mi mente se tambaleaba cuando pensaba en las realidades de criar a un bebé: las emociones, los gastos, las decisiones – todo parecía demasiado para mi hija adolescente.

“No sé si puedo hacerlo, mamá”, me confesó una noche. Yo tampoco lo sabía. No porque fuera imposible, sino porque era tan joven. Nuestra familia tenía los recursos económicos para ayudarla, y yo sabía que su padre, sus hermanos, sus amigos y yo le daríamos apoyo. Aún así – ¿quedarse al bebé y criarlo era realmente una buena elección?

Cuando Aselefech y Adanech tenían 7 años, recuerdo ir a una revisión médica con una doctora nueva. Revisó mi historial mientras charlábamos de mis hijos, y vio que nunca había estado embarazada. Se extrañó hasta que le conté que habían sido todos adoptados. “Una opción donde todos salen ganando, ¿no?”, dijo. “Una criatura necesitaba una familia y vosotros queríais una criatura”.

En ese momento, estuve de acuerdo. Veía la adopción como una situación donde todos ganaban. Siempre había creído en la adopción, cuando se gestionaba con integridad y transparencia; incluso había trabajado para una agencia de adopción una temporada.

Mi comprensión del asunto – y todas sus alegrías y penas – es mucho más profundo ahora de lo que era cuando me convertí en madre. Gracias a mi hija, he visto de primera mano cómo puede ser un embarazo vulnerable: una madre joven con un futuro incierto, para quien el bebé traerá cargas y demandas desconocidas, emoción y energía y sueños pospuestos. A pesar de esto, cuando hablamos de adopción con Aselefech durante su embarazo, se paró y dijo: “No. No puedo imaginarme estar en el mundo, sabiendo que mi hija está en otra parte, no conmigo. Es demasiado triste para siquiera pensarlo”.

Como madre adoptiva, vi que esto con lo que había estado intelectualmente de acuerdo – la madre biológica de mis hijos tomando una decisión dura, amorosa, desinteresada – es una elección muy diferente cuando estás en el otro lado. En verdad, me sentí como se sentía Aselefech: no podía imaginar a mi nieta entregada en adopción. No podía imaginarme a mi hija entregando a su bebé a otra persona.

Cuando vi al bebé en la ecografía de Aselefech, empecé a entender lo que esta criatura podría aportar al mundo. Para mí, la ecografía fue un punto de equilibrio, el punto de inflexión tangible de la ira a la esperanza.

¿Quién sabe en qué se mete cuando se convierte en padre o madre, especialmente a los 17 años? Aselefech tenía pocas amigas con hijos. “Es la parte más dura”, dijo; “soy una extraña entre mis amigas”. Pero para entonces, ella tenía ya confianza en que la apoyaríamos, económica y emocionalmente. “Sé que necesitaré algo de ayuda, pero me puedo hacer cargo de esta criatura”, me dijo. Tuvimos una fiesta de bienvenida del bebé, con amigos y familia, con juegos y regalos. Aselefech tuvo su celebración, y la niña se convirtió en algo más real para ella, mientras saltaba alegremente entre ropas y libros y biberones.

El nacimiento de Zariyah, el 2 de octubre de 2006, fue la primera vez que estuve en un parto. Aselefech rompió aguas a las 2 de la madrugada. Subimos al coche y fuimos al hospital mientras su padre iba a recoger a Miguel. Aselefech recibió la epidural sobre las 4, y dio a luz 4 horas más tarde. Su embarazo había sido remarcablemente fácil, seguido por un parto fácil. Al final, solo sentíamos alegría al recibir a la preciosa, maravillosa, niña a la que mi hija dio a luz.

El nacimiento de Zariyah tuvo efectos de largo alcance en todos nosotros. Para Aselefech y su hermana Adanech, fue un recordatorio de sus propios nacimientos y de su madre etíope. Sabían que las habían entregado juntas en adopción cuando tenían 5 años y medio. “Entregadas en adopción” -una frase tan aséptica, que no mostraba el dolor de la decisión. ¿Cómo habían sido sus nacimientos? ¿Quién estaba con su madre cuando nacieron? ¿Quién se ocupó de ellas tres después?

En ese momento, no teníamos respuestas para estas preguntas. Sacamos a la luz algunas de las dudas mientras Zariyah se convertía de bebé en niña, y guardamos otras muchas en nuestros corazones. Nos pusimos en contacto con la agencia de adopción que ofrecía servicios post-adopción en Etiopía, y nos mandaron a una trabajadora social del pueblo que se mencionaba en los papeles de adopción de las niñas. La trabajadora social encontró a alguien que conocía a alguien cuyas gemelas habían sido adoptadas desde los Estados Unidos.

Dos años después del nacimiento de Zariyah, en 2008, viajé a Etiopía a petición de Adanech y Aselefech, que no se sentían preparadas para ir ellas – estaban asustadas de que la muerte u otras pérdidas pudieran haber ocurrido en el tiempo transcurrido desde su adopción. Viajé dos horas desde Addis Abeba hasta el pueblo donde mis hijas habían pasado los primeros 5 años, y allí me encontré con la otra madre de mis hijas.

Encontrarme cara a cara con Desta fue una de las experiencias más poderosas de mi vida. La acompañaba su marido (el padre de las niñas), muchos de sus hijos (los hermanos de mis hijas), y dos de sus nietos (los sobrinos de mis hijas). Estábamos apretujados en una habitación pequeña y oscura, algunos sentados, otros de pie. Como la cultura etíope da mucho peso a la cortesía y la deferencia, me dieron la mejor silla, y me ofrecieron café en primer lugar. Hubo muchas oraciones, ofrecidas por los hombres, y que me tradujeron someramente: “La familia está muy agradecida. Dan gracias a Dios”. Sonreímos mucho, asentimos con la cabeza, nos limpiamos lágrimas de los ojos.

Le di a Desta, cuyo nombre significa alegría en amariña, un álbum de fotos que mis hijas y yo habíamos preparado para ella. Ella murmuró “amaseganallo”, gracias, y miró lentamente el álbum mientras yo charlaba sobre las fotos: “Esto es cuando estaban en un equipo de fútbol grande. Esta era su foto escolar. Estos son mis hijos, sus hermanos, adoptados en Estados Unidos. Esta es nuestra casa”. No sé que le dijo el traductor. Desta tocó cada pintura, hablando suavemente con sus hijos, que también miraban las fotos de sus hermanas y lloraban silenciosamente. Dí a Desta algunas fotos enmarcadas, primeros planos de Aselefech y Adanech. Recuerdo como acarició sus mejillas, sus caras capturadas en las fotografías.

Las hijas trajeron injera y doro wat, el tradicional pan esponjoso y estofado de pollo, con batallas de Fanta y Coca-cola. Alguien le quitó los álbums y las fotos a Desta, que los había estado sujetando con fuerza, y los guardó en otra habitación. Vi un punto de tristeza en sus ojos en ese instante, seguidas por una aceptación resignada, anhelante. Cuando fue el momento de irme, le dije, muchas veces, “Amaseganallo”. Ella dijo “Gracias”, mucha veces. Nos abrazamos, y nos hicimos fotos, y entonces me marché.

Sé lo que significa ser una madre adoptiva, querer tan profundamente a mis hijos. Conozco el dolor de la infertilidad, de querer desesperadamente una criatura a la que amar. Pero no conozco cómo es ser madre biológica, estar embarazada y dar a luz, tener esta conexión innegable. Cuando me encontré con Desta, finalmente empecé a entender el dolor de una madre de nacimiento. Desta y yo amábamos ambas a Adanech y Aselefech más de lo que las palabras pueden decir, pero ella tuvo que perderlas para que yo pudiera quererlas.

Traje de vuelta fotos e historias para compartir con nuestras hijas. Poco después, Aselefech – por primera vez desde que salió de Etiopía – habló con ella por teléfono. Había olvidado el amariña de su infancia y necesitó la ayuda de un traductor.

En 2011, cuando Zariyah cumplió 5 – la edad en la que mis hijas fueron llevadas al orfanato de Addis Ababa – Aselefech y yo volvimos a hablar del dolor que su madre tuvo que sentir cuando perdió a sus gemelas de 5 años. No podíamos imaginar perder a Zariyah, enviarle al otro lado del mundo, quizás nunca volver a verla. El día del cumpleaños de mi nieta, las dos lloramos por una pérdida que ambas imaginamos siendo inimaginable.

Ese verano, Aselefech y yo viajamos juntas a Etiopía, y se encontró con su familia: madre, padre, hermanas, hermanos, cuñados, sobrinos, sobrinas, tíos, tías, y primos. Hubo muchas lágrimas, abrazos, besos, oraciones, y traducciones. Varios de los hombres hablaron al grupo. Las traducciones a menudo parecían cortas, dada la extensión del amariña. En un momento raro, tranquilo, Aselefech preguntó a su madre por qué ella y su hermana habían sido entregadas en adopción.

Su padre respondió: en 1988, la hambruna y la guerra les dejaron sin comida suficiente. Los trabajos eran escasos. Teníamos otros 5 hijos. Aselefech preguntó quién las llevó al orfanato. Su padre respondió que fue él, con el hermano mayor de las niñas.

Desta parecía hablar y entender poco inglés, mientras que sus hijos – especialmente los chicos – comprendían un poco y a menudo respondían por ella, no siempre traduciendo nuestras preguntas. Hacia el final de nuestra visita, Desta habló directamente con Aselefech. “Tu madre dice que no estaba en casa el día que os llevaron al orfanato”, dijo el traductor. “Ella no quería que os marcharais”.

No poder hablar sin la ayuda de un traductor añadió un punto de tristeza. Nos llevaría muchas más visitas y muchas conversaciones cruzar las diferencias culturales y gestionar todas las emociones del reencuentro. A pesar de esto, fuimos capaces de hablar, compartir fotos, hacer preguntas. Y por primera vez desde que era una niña, Aselefech pudo mirarse en rostros que reflejaban su historia.

Sé que Aselefech y Adanech nos aman profundamente a sus padres adoptivos. Son conscientes de cómo habrían sido de distintas sus vidas si se hubieran quedado en Etiopía. Ciertamente, han tenido algunas ventajas económicas y oportunidades gracias a la vida que han tenido aquí. ¿Qué peso tiene esto, sin embargo, respecto a perder a su padre, madre, hermanos de origen – a su país, lengua, herencia, cultura? Estas pérdidas son imposibles de medir, y no pueden ser ninguneadas.

Si uno de mis hijos muriera, no sé si me podría recuperar jamás. Incluso teclear estas palabras me asusta. Pero, ¿cómo más puedo intentar empatizar con lo que han pasado cientos de miles de madres en todo el mundo, las que perdieron a sus hijos en adopción porque no tuvieron otra oportunidad? ¿Como podemos cualquiera de los implicados en adopción, los que nos hemos beneficiado de ella, no hablar en nombre de los incontables padres y familias que han perdido a sus hijos por esta vía? ¿Cómo podemos pensar que no les duele profundamente?

Es difícil para muchos padres adoptivos aceptar que el precio de nuestra alegría ha sido un dolor enorme. Gracias a mi propio privilegio, he tenido el luxo de ver a mi hija rechazar este dolor y quedarse con su hija, aunque era joven y su embarazo inesperado. Aselefech es una madre fantástica, y se graduó en Sociología en la Universidad. Zariyah es una niña brillante, sana, activa, que toma clases de ballet y va a una escuela maravillosa.

En 2014, Aselefech, Zariyah y yo fuimos a Etiopía juntas, y Zariyah, que tenía 7 años, conoció a su abuela etíope por primera vez. La visitamos en la habitación delantera de su modesta casa, nos sentamos juntas en un sofá bajo. Otra vez, había mucha gente presente – familiares, vecinos, gente de la Iglesia, y amigos. Zariyah se sintió comprensiblemente desbordada por la gente y las emociones que había en la habitación. Se sentó en silencio, escuchando, y tardamos un rato en darnos cuenta de que las lágrimas le caían por el rostro. Nos los dijo después. “No conozco a esta gente, y no sabía que estaban diciendo. Y son mi familia, pero son extraños. No sabía qué hacer. Creo que se suponía que tenía que estar contenta. Pero me sentí triste”.

Desta conoce y ha besado a Zariyah, una de sus muchas nietas. Nunca olvidaré verla hablar suavemente a su nieta americana, acercándose a acariciar gentilmente la mejilla de Zariyah. Después de perder a sus hijas queridas en adopción durante 20 años, Desta ahora las tiene de vuelta – en algún sentido – pero hay 8.000 millas entre ellas.

Aselefech y Adanech están en contacto con su familia etíope, les mandan fotos y noticias; habrá más visitas. La suya es una conexión biológica que yo no comparto, pero que ahora reconozco como importante e intensamente potente. No tengo conexión biológica con mis queridos hijos y nieta, pero están cerca de mí. Vivimos todos con el conocimiento de que muchas cosas podrían haber sido distintas, y todos compartimos la esperanza y la alegría que nos ha traído Zariyah.

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