familia monoparental y adopción

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Adopción e Internet

Este fin de semana tuve el privilegio de participar en el Segundo Congreso Galego de Adopción, titulado “De expectativas y realidades”. Me invitaron para hablar de Adopción e Internet (lo cual demuestra el pobre nivel de la blogosfera adoptiva española, dicho sea todo), compartiendo mesa con la autora del blog Una adoptada más.

La primera cosa que me dijeron cuando, hace ya más de una década, firmé con la ecai que me iba a llevar hasta B., fue “No leas nada en Internet”. Internet estaba lleno de bulos, mentiras, rumores y noticias sin fundamentar, esto dijeron, y era mejor que cualquier pregunta se la hiciera  a ellos.

Obviamente, empecé a buscar en Internet, y descubrí, entre otras cosas, que la información que se manejaba en foros y webs era casi siempre mejor, más fiable, más completa y más rápida que la que te llegaba por los canales oficiales, las ecais y la Administración.

Y que cuando alguien te dice que no mires algo, es porque tiene algo que ocultar.

Entonces eran los foros, algunos privados, otros abiertos (mención especial merecen los hace mucho desaparecidos “La Pizarra” y sobretodo, “Adoptiva”, donde primero fui lectora, después empecé a responder preguntas y finalmente vertí mis primeras reflexiones sobre adopción: este blog le debe mucho a aquel foro). Foros donde se intercambiaba información, opinión y reflexión, donde se generaban redes-  y de donde nacieron relaciones de amistad. Foros donde las relaciones eran horizontales, algo parecido a lo que ahora llamamos Economía Colaborativa: todos pedíamos lo que necesitábamos y dábamos lo que teníamos, sin esperar nada a cambio. Y nada nos podría haber enriquecido más.

Los foros de aquella época, dijo alguien, eran como un iceberg: sólo un 10% estaba en la superficie, pero fuera de la vista, otro 90% de intercambio, correos, relaciones bipersonales… formaban el entramado que aguantaba la estructura.

Después de los foros llegaron los blogs, que después han sido sustituidos por los grupos de Facebook. Algo más inmediato, aunque también por ello, que se desvanece antes. Todos estos formatos nos han permitido a los que adoptamos a encontrar iguales– personas que vivían lo mismo que nosotros y que a menudo no era fácil encontrar en nuestro entorno, pero también a encontrar algo más difícil e importante: adoptados adultos. Gente que nos dice aquello que nuestros hijos quizás nos dirían pero que no se atreven, no saben, o no quieren compartir con nosotros.

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Internet, además, ha abierto una puerta que no fuimos capaces de imaginar: la del encuentro. Es tan fácil poner un nombre y unos apellidos y, si hay suerte, encontrar a alguien al otro lado… y hoy hay padres y madres de niños adoptados en Nacional que atesoran fotos de la madre y los hermanos de sus hijos, chicos que quizás en casa no hablan siquiera de su familia biológica pero que rastrean el ciberespacio en busca de pistas,… y familias biológicas que hacen el camino a la inversa. Porque si Internet nos permite buscar, también nos permite ser buscados.

A este respecto, no os perdáis el documental “Twinsters”, la historia de dos gemelas, nacidas en Corea, separadas al nacer, adoptadas por familias separadas por un océano… y a las que la casualidad e Internet las volvió a unir.

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El lenguaje de la adopción (2)

Buscando información sobre otra cosa, encontré esta entrada, en el texto atribuyen el magnífico blog Rarezas de la adopción (que me he alegrado de ver que vuelve a estar en marcha), aunque en realidad es del no menos magnífico Cuaderno de Retazos. Copio un fragmento que me sigue haciendo darle vueltas a la cosa de la adopción y el lenguaje

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El niño adoptado no es un niño emigrante. El niño emigrante,  cuando llega al nuevo país con su familia, aprende la lengua del país (proceso aditivo). Este  niño  sigue utilizando su lengua materna en su hogar y el nuevo idioma lo adquiere de una forma gradual y  sólida. Y les sirve de idioma funcional para comunicarse y también para el  aprendizaje.El niño adoptado sufre un proceso diferente. Su mundo desaparece  y es sustituido por un nuevo universo (nuevo tipo de alimentación, rutinas, formas de relación, sobrecarga emocional y de estímulos…)  donde, entre otras muchas cosas,  su idioma no le sirve…  ni le entienden…  ni  entiende. En ningún momento se puede considerar a estos niños bilingües. El niño adoptado se ve obligado a olvidar muy rápido su lengua original (de forma brusca y total, modelo privativo). Comprenden y aprenden muy deprisa  la nueva lengua  de sus padres (necesitan de  uno a tres meses ). ¡Increíble! Pero ¡qué pasa en el interior de nuestros niños!. Según parece se produce una especie de barrido psicológico en el que olvidan su lengua materna, proceso  inconsciente que  es necesario para que el niño pueda adaptarse a una nueva realidad. Entre olvidar un lengua y aprender otra hay  una etapa intermedia de privación de  competencias cognoscitivas  en las dos lenguas (Lambert 1977). Es decir, se quedan sin idioma en el que pensar y aprender, en el que recoger sus emociones y el enorme cambio que están viviendo. Viven en una especie de limbo lingüístico y educativo. Recordemos que nuestra lengua materna es el idioma que usamos para pensar, soñar y sentir las emociones y que su aprendizaje se inicia en el seno materno. Adquieren la nueva… pero tan solo les sirve para una comunicación instrumental. No la llegan a adquirir y consolidar de forma que les sirva de lengua de aprendizaje. Esto provoca en ellos graves desajustes, porque el lenguaje es imprescindible para las construcciones mentales y procesamiento de nuevos conocimientos. El resultado es que tienen una buena competencia verbal pero muchos déficits para aprender y adquirir conocimientos en la nueva lengua. Dicho de otro modo  sus dificultades para aprender son grandes y además, acumulativas. Se da casos de niños que al principio se van desenvolviendo bien, pero a medida que van creciendo y se complican los contenidos académicos que les dan, su rendimiento va cada a vez a peor. Incluso retroceden y olvidan cosas que parecía que habían aprendido.

El lenguaje de la adopción

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Como madre de niños que perdieron su primera lengua cuando aún no la hablaban, o no la hablaban correctamente, que empezaron a hablar su nuevo idioma calcando estructuras de otro que en teoría no era el que habían escuchado, y que luego volvieron a cambiar de lengua vehicular y decidieron abandonar la que hablaban por otra distinta, hace tiempo que vengo dándole vueltas al tema del idioma y la adopción.

A lo largo de los años he ido leyendo cosas dispersas: que el primer idioma queda en algún lugar del cerebro y que hay adoptados (¿todos? ¿algunos? ¿muchos?) que son capaces de recuperar la lengua materna cuando se vuelven a acercar a ella por años que hayan pasado y por olvidada que la tuvieran; que el tiempo que pasa entre la pérdida del primer lenguaje y la consolidación del segundo crea un vacío que tiene consecuencias en el uso sofisticado del lenguaje, más allá de lo coloquial, y en los aprendizajes; que entre los hijos de inmigrantes españoles en Francia, tenían mejor nivel de francés los niños cuyos padres les habían hablado en español (o en sus lenguas maternas) que los que les habían hablado en francés, porque educar a tus hijos en una lengua que no es la primera les hace poco competentes en cualquier idioma; o que los niños adoptados tienen tal instinto de supervivencia que tienden a abandonar los idiomas que no precisan en su nueva vida, porque han aprendido a adaptarse como camaleones a cada nuevo medio.

Sigue siendo mucho menos lo que sé que lo que me pregunto, de hecho, en ocasiones ni siquiera sé bien qué tengo que preguntar para conseguir sacar alguna luz de este tema que me trae de cabeza.

Unos días atrás cayó en mis manos – a mis oídos – esta historia de adopción. La historia de Peter, un niño adoptado en Rusia por una familia norteamericana con la que no conseguía entenderse. Los padres llamaron a un intérprete de ruso, y este les dijo que el niño no hablaba ruso; quizás checo. Llamaron a un intérprete de checo, pero tampoco hablaba checo. Ni polaco, ni búlgaro, ni ninguna de las lenguas que, una a una, fueron descartando. Finalmente, un lingüista les desveló el misterio: Peter hablaba un idioma único en el mundo, que solo hablaba él y 59 niños más: sus compañeros en la habitación de su orfanato en Rusia.

Recuerdos de un orfanato

Conocer a mis hijos puso a prueba todo lo que yo pensaba y creía comprender sobre la memoria, y esto que yo también tengo recuerdos sin duda anteriores a los dos años. Al menos uno clarísimo, en el que estoy sentada en el mármol de la cocina de mi abuela mientras mi madre pega un caballito adhesivo a la baldosa. Ella fecha este recuerdo en el momento en el que yo tenía 10 meses.

M. me pasó el otro día este texto, de nuestro admiradísimo Hernán Casciari (pocas cosas me han producido dosis tan grandes de risa como su libro “España, perdiste”), que me ha llevado de regreso a conversaciones inverosímiles con B. y A. sobre su pasado y, sobretodo, al primer abrazo que A. se dio con su amigo Af. cuando ambos se reencontraron después de dejar la crèche y que hizo que R., su madre (adoptiva), dijera “Parece que se conocieran de toda la vida”. Y luego rectificara: es que se conocen de toda la vida.

 

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Si hacemos un esfuerzo podemos acordarnos de cosas que nos pasaron antes de los tres años. Incluso antes de los dos. Lo pensé el otro día, cuando Quique (un oyente de la radio) me contó su anécdota por mail, y me quiso convencer de esto contándome sus propios recuerdos de infancia, pero no me hizo falta: yo le creo porque también tengo recuerdos anteriores a mis dos años.

Mi recuerdo más antiguo quizás sea este: una noche oscura, en la que estábamos con mi amigo Chiri y mi primo William drogados y desnudos corriendo por una playa de San Clemente, me metí al mar yo solo y ahí, buceando completamente ciego y en silencio, tuve una especie de deja vu:

«Alguna otra vez hice esto», pensé.

Y descubrí en mi cabeza el recuerdo de haber buceado en la panza materna. Lo supe; lo recordé.

Por eso sé que recordamos nuestra vida antes de los tres años. No son recuerdos fáciles, siempre ayudan los olores y las texturas, más que las formas o las ideas. Hay que hacer el esfuerzo de cerrar los ojos, de oler velas, mamaderas o almohadones de la infancia (como una vez me lo recordó mi hija Nina en un audio que por suerte pude grabar).

Casi siempre los recuerdos de la infancia son muy petisos: el tercer cajón de la cocina, la forma de los pies de algún abuelo, imágenes que están a la altura de la gente que gatea.

Quique, este oyente del que hablaba, se acuerda de una cantidad de detalles increíbles del orfanato tucumano donde creció. No recuerda la cara de su madre biológica, por ejemplo, ni tampoco por qué lo abandonó en aquel lugar, pero todavía hoy el olor a chipá lo angustia y lo hace llorar. (Más tarde le dijeron que llegó a ese orfanato envuelto en una manta con olor a chipá.)

Quique no estuvo mucho en el orfanato tucumano, porque antes de los tres años lo adoptó una buena familia santafesina. Pero se acuerda de los mosaicos ajedrezados del salón principal. Y de los ojos celestes de una celadora a la que nunca más vio. Según me cuenta, Quique llegó a ese instituto de adopción a finales de 1990. El orfanato quedaba a dos cuadras de la casa histórica de San Miguel de Tucumán.

En su correo me dice: «Esa mañana empecé a vivir mi vida junto a muchos otros chicos». Escribe corto, Quique. Cuando lo llamé por teléfono le pedí más datos. Entonces descubrí que se acuerda de todo. Me dijo:

—El lugar donde estábamos era enorme y las habitaciones se dividían por edades. En la mía, las cunas estaban una al lado de la otra. Eran de madera. Yo iba creciendo y los chicos que estaban a mi alrededor también. El tiempo pasaba y yo ya podía pararme y jugar con los chicos de las cunas de al lado.

Me imaginé que Quique cerraba los ojos para contarme esto, del otro lado del teléfono. Me contó incluso cómo recuerda las caras de algunos chicos. Y de qué manera se formaban lazos y amistades entre ellos, a pesar de la edad muy corta.

—Cuando te abandonan —me dijo— te aferrás mucho a los que tenés al lado.

Había un chico, al principio, con el que jugaba siempre. Quique me contó cómo eran sus ojos, me dijo que se reía con mucha fuerza, siempre de un solo lado de la cara, y que tenía los dedos como salchichas. Ese chico estaba en la cuna de al lado y era su mejor amigo. Hablaban a media lengua. Antes de los dos años ambos habían sido rechazados por dos familias adoptantes. Y eso los unió un poco más.

Un día vinieron dos futuros padres y se llevaron al amigo de Quique. «Yo tendría que haberme sentido feliz», me cuenta Quique, «pero antes de los tres años no sabés a dónde se llevan a tu amigo».

Él aprendió (después de sufrir su primera pérdida) que no tenía que hacerse demasiado amigo de nadie. Me cuenta que sufrió mucho esa pérdida, y que se acuerda de todo ese sufrimiento. Me dice que sintió como un segundo abandono, y que cada vez que volvía un nuevo chico al orfanato él buscaba la sonrisa ladeada de su amigo. Para ver si lo habían devuelto.

Sentía cada día su ausencia. Y aprendió a no encariñarse con otros chicos, a no hacer amistades de cuna a cuna, ni de cama a cama.

Se hizo algo más huraño, y cree —me dice— que es su característica actual ser retraído con las personas que no conoce mucho. Le da miedo involucrarse. Porque se acuerda de aquel primer nene con el que hizo amistad.

Y yo le creo, porque me acuerdo de muchas cosas de antes de los dos años.

Después empezó para Quique una vida más feliz, y eso también ayuda a recordar con cariño la infancia. Una mañana de finales de 1992 llegó al orfanato una pareja. Se llamaban Rubén y Beatriz, me cuenta Quique. Y lo eligieron sin dudarlo. Él dice «nos elegimos». Y entonces Quique dejó el orfanato de Tucumán para siempre. Después de trece horas en tren, llegó al que todavía hoy es su hogar, en Casilda, un pueblo de treinta mil habitantes al sur de Santa Fe.

Le pregunté a Quique por teléfono si alguna vez había vuelto al orfanato y me dijo que no. Y yo le creo. Todo lo que recuerda está grabado en su cabeza. También le creo algo mucho más extraño que pasó uno o dos años después.

Una tarde los padres adoptivos de Quique fueron a almorzar con Mario y Alicia. Mario era un nuevo compañero de trabajo de Rubén. Cuando entraron a aquella casa desconocida Quique, que ya tenía cuatro años, sintió un desasosiego, como un precipicio en la barriga.

Mario y Alicia eran adorables y se notaba que en la casa había un niño, porque había juguetes por todas partes. Quique lo notó.

—Mirá qué suerte, vas a poder jugar con alguien —escuchó decir a Beatriz, su madre adoptiva.

Entonces apareció, por la puerta de la habitación, el hijo de la pareja. Se notaba que salía de una siesta larga, porque tenía los ojos enrojecidos. «Ya está grande para usar chupete», pensó Quique, que había dejado el chupete dos meses antes. Y reconoció enseguida los pies chuecos. Y después se encontraron las miradas y fue instantáneo. La sonrisa ladeada del otro nene. Los dedos como salchichas.

Los cuatro padres adoptivos cuentan que los chicos cruzaron la habitación y se abrazaron como si hubieran pasado cien años. Como si hubiera pasado una guerra. Como si hubiera pasado un tornado.

El otro se llamaba Ricardo. Los dos tenían la misma edad. Quique cuenta ahora que cuando lo vio supo que era él. Ricardo cuenta hoy que, cuando vio a su amigo, también supo que era el chico de la cuna de al lado.

Habían crecido juntos. En Tucumán sus cunas estaban separadas por unos centímetros y ahora, por azar, los separaban siete cuadras en un pueblo remoto de Santa Fe.

Cuando leí el mail, lo primero que hice fue buscarlos en Facebook. Vi fotos de los dos, fotos actuales, y me di cuenta que es cierto lo que pone Quique cuando termina el mail.

Me dice: «Creéme Hernán: ya pasaron veinticinco años y no nos separa nadie».

Cuando una madre adoptiva dice… a mi hija no le interesa buscar

A mi hijo no le interesa buscar. No quiere saber nada de su vida antes de la adopción. Sus padres somos nosotros. No muestra ninguna curiosidad.

¿Quién no ha oído estas frases alguna vez de boca de padres adoptivos? La autora de este texto, una madre que entregó en adopción a su hija, lo ha hecho… y tiene respuesta para ellos.

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¿Qué le dices a alguien con quien te encuentras para almorzar que te dice que tiene una hija adoptada que “no tiene interés en buscar” tan pronto como oye el tema de último libro? Su hija tiene veintimuchos.

Le dije que muchos adoptados no buscan hasta que sus padres son muy mayores o han muerto, porque es cuando se sienten libres para hacerlo. Le dije que los adoptados no buscan porque inconscientemente tú (madre adoptiva) has dejado claro que hacerlo te heriría mucho. Lo entendió. Y añadió que siempre pensó que su hija buscaría algún día. Me di cuenta de que mi nueva conocida instintivamente entendió que el deseo de conocer la propia historia y reconectar con la familia en algún nivel era instintivo, y no inusual. No estaba siendo agresiva; creo que simplemente estaba sorprendida de conocer a una madre biológica en la vida real, en el almuerzo de Año  Nuevo del estudio de una artista.

Lo que pensaba es que no importa cuánto tratemos de mostrar nuestra realidad – esto es, la de los adoptados y las madres naturales – nuestras voces no llegan a suficiente gente para marcar la diferencia necesaria. La película ocasional en Lifetime – ni siquiera la película “Philomena” – no ha penetrado lo suficiente en nuestra consciencia social. Son vistas como “historias de mujeres”, aunque los chicos también son adoptados y los padres de nacimiento y adopción están por todas partes. Yo he intentado llegar con mis escritos, pero me quedé allí pensando en el camino que queda por recorrer.

La adopción, para toda la gente implicada – incluidos los abuelos de la gente que adopta – es un tema tan delicado. La racionalidad salta por la ventana, y entran la emoción, sentimientos fuertes y apasionados. Incluso los amigos pueden extrañarse cuando una madre natural cambia de idea y decide quedarse con su hijo. En vez de comprensión por la mujer que está incluso valorando la entrega de su hijo, es probable que oigan lo horrible que es para la madre adoptiva en espera. Cómo ha batallado con la infertilidad, cuánto tiempo, dinero y emoción le ha costado llegar hasta allí– ¿qué le pasa a la madre de nacimiento??! O digamos que eres un editor que escogió una adopción cerrada cuando era posible una adopción abierta;  probablemente no estarás dispuesto a publicar una historia sobre por qué las adopciones cerradas no son positivas, cuánto conflicto sienten los adoptados o qué sucede a las madres naturales, quizá como la que gestó a tu hijo… no quieres ni pensar en ella porque… ¿qué puedes hacer en cualquier caso?

La conversación continua: rápidamente averiguo que la mujer que me habla al lado de la mesa con una selección de quiches, conocía la adopción abierta en 1989 cuando adoptó –y sabía que cada vez era más habitual – pero se decidió contra esta opción porque “no sentía que pudiera gestionarlo”. Dijo que podía sentirse demasiado implicada con la madre natural. La mujer no es agresiva ni maleducada, simplemente honesta. Me gusta su honestidad, pero pensé: ella no podía gestionar la idea de compartir a su hija con otra mujer, porque esto es lo que significa una verdadera adopción abierta es – y debería ser. Ella tuvo que borrar el capítulo de la madre natural en su historia de adopción.

Respondí con tacto pero de forma directa, pero no señalé lo obvio, que cuando adoptó pensó en lo que podría gestionar ella, no en lo que su hija perdía, y en el impacto de ser arrancada de su madre natural y su familia. Aunque era obviamente inteligente y leída, dejaba de lado estos asuntos; no habían entrado en su pensamiento cuando adoptó. Sabía que sí seguíamos hablando, no importa cómo escogía mis palabras, parecía que la confrontaba si desafiaba sus ideas. Es rara la situación donde puedo discutir sobre adopción y el abanico de problemas relacionados – especialmente con un padre adoptivo – sin una reacción emocional y seguramente esta no era una excepción. Había tanto que quería decir. Terminé la conversación antes de que mi corazón se disparara. Ya lo sentía latir.

Cuando se fue, me dio su tarjeta, y me dijo que iba a comprar mi libro. Tenemos que educar, uno a uno, siempre y dónde podemos. Hablar nos ayuda a todos.

Idea tardía: la próxima vez que alguien me diga “mi hij@ no está interesado en buscar”… (a menudo precedido por “le pregunté”… supuestamente telegrafiando la idea de que preguntar en algún momento les exonera), voy a decir: ¿No te parece extraño?

Porque las personas no adoptadas entienden por qué la reacción normal es tener interés en la historia de tu propio nacimiento y familia, y en ¿Quién? ¿Dónde? ¿Por qué no me crió mi madre??? Los padres adoptivos deben reconocer que la falta de interés en la historia propia es atípica, pero no quieren reconocerlo. La respuesta de “falta de interés” no desafía su posición como padres únicos que merecen amor e interés.

La persona que “no está interesada” en su paternidad/ maternidad ha aprendido que la respuesta apropiada a sus preguntas es expresar este no-interés, y así han asumido este no-interés. Saber que expresar interés por su propia historia de nacimiento va a ser interpretada como “¿No somos suficiente para ti?” y así herirán a sus padres, a los que presumiblemente quieren. Finalmente, si sabes que nunca puedes tener algo, ¿para qué seguir anhelándolo? ¿Especialmente cuando expresar esta curiosidad herirá a alguien a quien quieres?

Sí, la próxima vez que oiga lo de “falta de interés” de alguien,, diré: ¿No es extraño? ¿Por qué crees que sucede esto? ¿Puedes imaginar no estar interesado en quién eres o de dónde vienes?

Es la respuesta más honesta, y pone la pelota en el tejado de quién pregunta. En el pasado, me he puesto a la defensiva cuando alguien me dice de la falta de interés de su hij@ en alguien como yo, pero quizás esto cambiará emocionalmente para mí.

Los padres adoptivos deberían ponerse a la defensiva si sus hijos expresan falta de interés en su propia vida. ¿Qué hicieron los adoptantes, o el sistema, para capar la curiosidad natural sobre las propias raíces? Como otros han dicho, la curiosidad en cualquier otra área es vista como un signo de inteligencia. En adopción, en cambio, esta curiosidad se ve como una patología. Es hora de cambiar las tornas y ver la falta de interés, no como una patología, pero al menos como una pista que nos haga saltar las alarmas.

La hija de Joni Mitchell

Conocí a Joni Mitchell (como cantautora, claro) por allá en los años 80, cuando como todas las adolescentes pensaba que estaba inventando el mundo y cuando, mientras mis compañeros de generación se deleitaban con Bruce Springsteen o los Dire Straits, yo prefería escuchar los viejos discos de mi padre y aprenderme a base de machacarlos las letras protesta de los años 60.

I am a woman of heart and mind, with time in my hands, no children to raise…

No ha sido hasta hace muy poco que he sabido que, cuando era ella misma una adolescente, Joni Mitchell dio a una hija en adopción, ni siquiera había escuchado “Little Green”, la canción en la que habla de ella.

En este artículo habla de su historia:

En 1965, Joni Mitchell era Roberta Joan Anderson, una estudiante sin un centavo de la Escuela de Arte de Alberta en Calgary, Canadá. Su padre era gerente de un almacén y su madre, maestra en Saskatoon, Saskatchewan.

“Dí a luz cuando estaba en la escuela de arte, a los 20 años, cerca del final del período. Lo principal en ese momento era ocultarlo. El escándalo era tan intenso. Un hijo no podía ser algo más desdichado. Socialmente te arruinaba. El estigma era increíble. Era como haber asesinado a alguien.” No quería que sus padres lo supieran, así que no podía pedirles ayuda. El padre de la niña, un compañero de la escuela, no estaba preparado para formar una familia. El aborto no era una alternativa. Y Mitchell no se sentía preparada para hacer de padre y madre a la vez. “Una madre infeliz no cría un niño feliz”, dice.

Complicaciones del nacimiento la mantuvieron en el hospital otros 10 días, lo cual significó que vio y tuvo en sus brazos al bebé al que había llamado Kelly Dale Anderson. “No tenía dinero. No tenía hogar. No tenía trabajo. Pero intenté encontrar algún tipo de solución que me permitiera quedarme con ella sin lastimarla. Ni a ella ni a mí misma.” Pensó rápidamente en “un matrimonio por conveniencia” con el cantante folk norteamericano Chuck Mitchell, con la intención de conservar a la niña. También estaba la promesa de un trabajo en Detroit. Pero aparte de un nuevo apellido, no quedó nada. “Un mes de matrimonio y se fue. Huyó despavorido. El matrimonio no tenía ninguna base, excepto que me servía para darle un hogar a la niña.” La agencia de adopción estaba apurando a Mitchell. Le decían que cuanto más esperara, más difícil sería ubicar a la niña. En el segundo mes de matrimonio, Mitchell entregó a Kelly Dale en adopción. “Dice en los papeles que en la audiencia me puse muy emotiva, y seguramente fue así. No recuerdo nada. Es algo que tengo bloqueado”. En retrospectiva, Mitchell siente que hizo lo correcto. “Hice una apuesta”, dice. “Aposté a que la gente que venía a llevarse a esta niña la quería y sentía que había un agujero en su vida sin ella”.

Unos tres años después, la carrera de Mitchell comenzó a despegar. Kelly Dale sería la única hija de Mitchell. “Parecía que nunca era buen momento para tener un hijo. Pienso que parte de la dificultad era encontrar un hombre que quisiera un hijo. Era un tiempo muy irresponsable en general para esa generación. Todos teníamos el síndrome Peter Pan.” Mitchell había intentado buscar a su hija, pero tuvo mala suerte. La naturaleza de la búsqueda cambió hace cuatro años cuando una de las compañeras de cuarto de la escuela de arte de Mitchell en los 60 vendió la historia de la adopción a un diario de supermercado. En ese momento, Mitchell dice “me dolió en el alma” que alguien que debería haber sido comprensivo hiciera algo así. Pero la traición trajo aparejada una publicidad enorme. Afortunadamente para Mitchell, Kelly Dale Anderson -ahora Kilauren Gibb- estaba buscando a su madre biológica.

Hace unos cinco años, Gibb, de 27 años, supo por sus padres que era adoptada. Estaba embarazada y quiso conocer a sus padres biológicos. Llamó a Childrens Aid en Canadá, donde la pusieron en una lista de espera. Recién el 31 de enero de este año llegó un paquete con el material biográfico sobre sus padres de nacimiento. Pero sólo era información general. Había “fechas, alturas, que tenían talentos musicales”, dice Gibb por teléfono desde Toronto. “Era el tipo de descripciones breves que se dan para los personajes en una obra de teatro.” Gibb fue a una biblioteca y no encontró nada sobre la cantante. Como era alumna de una escuela de computación, buscó en Internet, donde hay una página de Joni Mitchell.

“Estaba leyendo esto cuando apareció en la pantalla y pensé Dios mío, todos estos datos coinciden. Mamá tuvo polio a los nueve años, el abuelo estaba a cargo de un almacén, la abuela era una maestra… Saskatchewan… novio en la escuela de arte. Había como 14 o 15 coincidencias.” Gibb llamó a la oficina del manager de Mitchell, que la había mantenido al margen por la cantidad de llamados que recibían. Pero la información que Gibb poseía parecía prometedora, de modo que Mitchell le pidió a su manager que llamara y escuchara su voz.

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Su manager habló con Gibb. “Regresó y dijo que estaba totalmente azorado. Dijo que era como hablar con la misma persona.” Gibb vino a Los Angeles con su hijo de 4 años, Marlin. Mitchell ahora tenía una hija y un nieto. “Kilauren dijo que ahora tenía que verlo crecer”, dice Mitchell.

Descubrieron similitudes y diferencias -a Mitchell le gusta el hígado frito con cebollas y Gibb no toca la carne roja-. Gibb no tenía ninguno de los álbumes de su madre, pero le gustaba el dúo que hacía en If I Could. Ambas se casaron con músicos. Mitchell se divorció dos veces. Gibb está separada del padre de Merlin, un baterista de Toronto. Mitchell piensa que su hija se parece a su propia madre. Gibb está segura de que ella y su madre “estaban en Studio 54 en los 80 bailando juntas sin saberlo. Yo vivía en Nueva York cuando ella tenía un departamento allí”.

Gibb tenía una carrera de 13 años como modelo internacional. (La Gibb de 16 años aparece en el catálogo de Danskin de 1981 con Denise Brown, hermana de Nicole Brown Simpson.) Gibb dice que le fue bien en avisos impresos, videos de rock, comerciales de televisión y papeles cortos en películas, incluyendo The Freshman.

Todavía había muchas cuestiones por resolver. Tal vez un encuentro con su padre. Mitchell está preocupada porque los padres adoptivos “sientan que esto interfiere en su relación con Kilauren. Es una relación diferente. Yo les debo mucho a ellos. Les estoy profundamente agradecida por todo. Había estado acertada. La criaron muy bien.” Gibb dice: “Hay un cordón umbilical que nunca se cortó”.

 

Cuenta sus razones en esta entrevista:

 

Dice que no renunció a su hija por su carrera, como se ha dicho, porque entonces no tenía carrera ni ambición, cantaba en locales para sacar algún dinero para sus gastos. Dice: Ni siquiera veías a tu hija. Lo correcto para proteger a tus padres era irte de la ciudad, entrar en un hogar. Muchas chicas cayeron porque todo estaba cambiando respecto al sexo, era muy confuso ser un mujer joven entonces. La píldora no estaba disponible, nacieron muchos niños no deseados, en 1965, más de los que podían ser adoptados. No había sitio donde llevarla, no tenía trabajo. Entró en acogida, yo intenté encontrar trabajo y establecerme para recuperarla. No encontré trabajo, la gente se aprovechó de mí, yo era una criminal, una mujer caída, era todo muy difícil.

Unas palabras que me devuelven el convencimiento de que un porcentaje importante de las madres que renunciaron a sus hijos no lo habrían hecho si hubieran tenido apoyo.

Y me resulta sangrante la frase “lo correcto para proteger a tus padres”… ¿no somos los padres los que tenemos que proteger a nuestros hijos, más aún si están en una situación difícil?

 

La luz entre océanos

Anoche vimos “La luz entre océanos”, una película que habla en cierta manera de adopción, o de la peor cara de la adopción.

Una pareja vive en un faro, en una isla entre dos océanos, aislados del mundo. La mujer, que tiene un gran deseo de ser madre, ha tenido dos abortos, cuando aparece un bote con un hombre muerto y una bebé. A pesar de ciertas resistencias de él, deciden quedársela. Pero esta niña, claro está, tiene una madre…

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La película me pareció un buen retrato de  la posición de muchos adoptantes: la falta de ética, el mirar hacia otro lado, los argumentos, “la niña está mejor con nosotros”, el no querer saber, la mala consciencia…

 OJO: a partir de aquí hay spoilers.

La escena en la que la “madre adoptiva” (apropiadora) se tiene que separar de la niña me recordó tremendamente a la escena de la familia de Sueca, padres preadoptivos de Juan Francisco: que difícil se lo ponen a la criatura, que poco piensan en ella.

Y me llamó la atención otra vez lo doloroso que es el retrato de esta separación y pérdida de la niña de todo lo que conoce… lo que te afecta cuando la ves… y el poco valor que damos los adoptantes a la misma separación cuando es para ser adoptado.

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