familia monoparental y adopción

Archivo para enero, 2014

Las cosas que, como padres, nos da miedo contar

Hace 3 años, cuando este blog acababa de arrancar, fue noticia muy comentada en foros de adopción la de unos padres españoles a los que les habían quitado la custodia de sus hijos recién adoptados en Colombia por darle a uno de ellos varios bofetones (delante de la cámara de un ascensor).

Era casi imposible no empatizar con los niños… pero yo también me sentí identificada con los padres. Porque sí, yo también he perdido los nervios a veces, me he sentido injustificadamente rabiosa o agredida por los comportamientos de mis hijos, se me ha ido a la mano o les he gritado, ante las miradas perplejas y censuradoras de los testigos…

Por esto me ha parecido tan valiente y necesario este artículo: porque habla de algo de lo que nunca hablamos.

De vez en cuando, sale un post en el que el autor describe la regañina de una madre hacia su(s) hijo(s) en un lugar público. Puede que la madre reaccionara de forma exagerada ante ante un fallo del pequeño o ante un llanto incesante. Quizás ocurrió en el momento de pasar por caja. O en los aparcamientos. O en una cafetería o en un autobús. Quizás ella le cogió el brazo con demasiada fuerza en un gesto de rabia, o incluso le abofeteó. El niño se avergonzó. Ella pudo haberle amenazado con pegarle.

Todo el mundo lo vio. La reacción fue desmesurada. Alguien debería haber ido al rescate del niño. Todo el mundo que lo lee está de acuerdo. Todos los comentarios de estos posts coinciden en condenar al progenitor. No se merece a sus hijos. Habiendo tanta gente buena que quiere y no puede tener niños, es una vergüenza que esa mujer pueda tenerlos.

Personalmente, no conozco a ninguna madre de las que esos posts describen. No conozco su historia, y no sé lo que ocurre en su casa. También me entristece y horroriza la manera en que algunos padres gritan a sus pequeños por cosas aparentemente insignificantes.

Pero también he sido una de esas madres que actúan así en público. He chillado a mis tres hijos con una voz con la que no me reconozco. Les he gritado, y he atraído la cruel atención de los extraños que pasaban por allí. He arrastrado a mi hijo de 4 años por el pasillo hasta el ascensor mientras gritaba para que su hermana se metiera en el baño. A todo esto, las mujeres mayores del portal, se asomaban a la puerta para observar el espectáculo de una mujer que pierde el control con sus hijos.

He agarrado con fuerza sus bracitos para cruzar la calle en mitad del colapso de la gente, mientras alguien me gritaba “¡cálmate!”. En esos momentos, lo único que puedes hacer es continuar tu camino de la mano de los niños intentando evitar que no los atropellen y girarte para mandar a la mierda a esa persona. Resulta que cuando somos testigos de estas escenas no vemos lo que hay detrás de ellas.

La ira de los padres no es algo de lo que la gente habla. No produce empatía, sino tristeza o apatía. No es algo pasivo, y su objetivo suele ser una personita inocente. Hay malos padres y buenos padres, aunque con ciertos matices. Los buenos tienen malos momentos, pero no se salen de lo que comúnmente se considera normal. Nadie es perfecto. Todos perdemos los nervios a veces. Pero, ¿qué sucede cuando al perder los nervios cruzamos la línea de la frustración y pasamos a la ira?

No estoy hablando de maltratar a los niños (si sabemos que un menor está siendo maltratado, debemos actuar sin dudarlo dos veces); me refiero a los enfados y a la crispación que muchas madres normales experimentan. Parece que no se puede hablar de ello; resulta demasiado incómodo y arriesgado. ¿Qué pensarían mis amigos si supieran cómo son mis enfados? Si se lo cuento, dirán que no soy una buena madre.

Muchos de nosotros, ante la carga y las preocupaciones por la familia, el trabajo y los hogares (y a menudo sin contar con la ayuda que necesitamos), huimos de la presión sin resolver la situación. Huimos de nuestro pasado caótico y a veces reaccionamos de tal manera que ni siquiera nos reconocemos a nosotros mismos. Nos odiamos por no ser perfectos, por no llegarle a los demás ni a la suela de los zapatos, por no ser como las otras madres.

Y tratamos de sobrellevarlo bebiendo más, comiendo más y durmiendo menos. Hay pocas salidas aceptables para esta sinceridad que no encaja. Montamos el numerito delante de toda la gente, pero el problema nos lo tragamos nosotras solitas. He pasado muchas noches sufriendo por mi comportamiento, por haber perdido el control con mis hijos, y prometiéndome que lo arreglaríamos al día siguiente. Sentía que no merecía ni los hijos ni la vida que tenía.

Empecé a sentir esa ira cuando mi primer hijo nació. Me sorprendían esos enfados irracionales con un bebé al que quería más de lo que nunca había podido imaginar. Y me convencí de que era una mala madre. Pero cuando tuve gemelos 19 meses después, sentí de verdad que esto se salía de lo normal.

Aunque ya había sufrido depresiones antes y después de tener hijos, esas manifestaciones de ira seguían confundiéndome y avergonzándome. Me horrorizaba la forma en que apretaba la mandíbula y cerraba los puños como respuesta al llanto, a los gemidos y a las continuas exigencias de tres bebés. Mis amigas también contaban sus episodios y momentos difíciles, pero el miedo desagradable de que mi situación era distinta pesaba en mi estómago.

A medida que mis hijas y mi hijo van haciéndose mayores (ya van a la escuela), me doy cuenta de que, afortunadamente, soy capaz de hablar de la rabia parental, pues siento que es algo intrínseco al hecho de ser madre. No es por crueldad ni maldad. Quiero ser una madre mejor; no la mejor madre, y ni siquiera una madre que nunca diga palabrotas. Pero me esfuerzo por comprender que la crianza consiste en ofrecer a nuestros hijos lo que nos damos a nosotros mismos.

Cuando hablo sobre la ira, la depresión y las formas de ser padres, la gente a veces me lanza miradas incómodas o de incomprensión. Pero la mayoría de las veces, veo caras de alivio, que incluso me dicen: “Sí, sé de lo que hablas”.

Carta

En la anterior entrada (una de las que más movimiento ha tenido en este blog), una lectora, Ingrid, dejó la carta que ha escrito a sus hijas respecto a su madre biológica. Le pedí permiso para traducirla (era en catalán) y publicarla aquí, y accedió.

Aunque la historia de mis hijos es muy distinta en muchos sentidos, y el acceso a la información no depende de decisiones burocráticas, me siento reconocida en muchas de las emociones, dudas, zozobras, que ella expresa.

No sabes cómo me gustaría poder encontrar una foto de tu madre, las ganas que tengo de ir al ICAA y gritarles que yo soy tu madre, que te adoro, que para mí eres la vida y que no te quiero hacer ningún daño. Que tener detalles de tu vida, para ti sería un descanso y la respuesta a muchos enigmas que te torturan.

Sé que tu historia, P., es difícil, y que ahora no te lo puedo explicar todo de “sopetón”, pero también sé que eres la parte que menos culpa tiene de todo y a quien más le toca sufrir. ME DA RABIA, MUCHA RABIA, gritaría pero no sé cómo arreglarlo, no sé por donde empezar… He revuelto por Internet y nada, todo lo que he encontrado son edictos haciendo referencia a la madre de P. y creo entender, a algún hermano/a que está o estaba tutelado. Ahora mismo tampoco tienes grandes preguntas, lo único que quieres es ponerle cara y saber que está bien.

Creo que deberíais tener derecho a una foto y un nombre, y no a los 18, sino de siempre, igual que sabes que eres adoptada, deberías poder saber qué cara tienen tus padres bio. No pido que te den ninguna explicación, sólo una foto donde agarrarse. Tu padre y yo poco a poco os vamos dando más detalles de vuestra historia, pero la historia es dura y lo hacemos poco a poco.

Creo que tengo la obligación de montar algo, una asociación, algo, para que ningún niño/a dado en adopción pueda tener algo tan sencillo como la foto de quien les engendró!!!

Y tú, O., qué probabilidad tienes de encontrar alguna pista… es tan pequeña que me da vértigo pensarlo, tu historia es corta y basada en lo que nos dicen que dijo tu madre, en un momento de pánico y tristeza absoluta (creo yo).. Ojalá el tiempo nos dé alguna pista de un pueblo una ciudad un lugar un algo…

La relación que tengo con vuestras madres es extraña. Me siento unida a las dos de una manera extraña que no sé explicar con palabras, las quiero y las respeto. A una le agradezco que no te cuidara y tuviera la sensatez de dejarte, ella se ha destrozado la vida y te la habría destrozado a ti. Te mereces ser feliz, y por duro que parezca, la oportunidad la tienes sin ella haciéndote de madre (que no quiero decir sin conocerla). Ella no sabe cuidarse, y por tanto, no habría podido cuidarte a ti. Estoy segura de que nada ha sido fácil para ella, y que por esto está cómo está. La otra me duele, me duele porque creo que hizo un esfuerzo brutal dejándote y que fue algo meditado y muy valiente, que se vio en un pozo sin salida, y la única opción para las dos era separarse de ti. Me gustaría enviarles una foto, darles las gracias por haberos traído al mundo y poderles decir que sois felices y que, para mí, siempre serán importantes, muy importantes.

Niñas sed felices os lo merecéis. Sé que ser adoptado no tiene que ser fácil y que las incógnitas duelen más que las verdades, por dolorosas que sean. Siempre, siempre, podréis contar con nuestra ayuda para buscarlas y entiendo que pueda ser una parte importante en vuestras vidas, pero no dejéis que os ocupe la vida y disfrutadla, porque la vida es para vivirla, reírla y ser feliz.

Te quiere / no te quiere

Hay un tema recurrente entre las familias adoptivas, con enfoques a veces diametralmente opuestos, y es el de si debemos decir a nuestros hijos que sus madres biológicas les querían o no.

Hay quien sostiene que sí, siempre, sin duda, sean cuales sean las circunstancias, por dura que haya sido su historia, por riesgos que haya corrido su vida. Aseguran que lo peor que puede sentir un niño es no haber sido querido en su inicio, que decirles esto (o dejarles que lo piensen) es un ataque en la línea de flotación de su autoestima.

(Deberíamos preguntarnos si que se sientan queridos en su origen depende de lo que les contemos; o si ellos sabrán, o decidirán cómo sentirse, más allá de la historia que elaboremos para ellos).

Otros sostienen que no, que alguien que abandona a sus hijos no puede quererles, que no hay atenuantes, que por muy duras que sean las circunstancias que vivieran, otras madres, en las mismas circunstancias, sí se quedaron con sus hijos. Que decirles que les querían puede hacerles pensar que el amor equivale al abandono, y que si les querían, y aún así, les abandonaron, algo malo hay en ellos. Y es, por tanto, un ataque en la línea de flotación de su autoestima.

Me parecen peligrosas ambas posturas, cuando se ejercen sin tener en cuenta la historia particular, las circunstancias y el contexto.

Creo que hay que decir la verdad si la sabemos. Pero, ¿qué es la verdad? ¿De los mismos datos, se infiere siempre la misma historia, o hay distintas maneras de interpretarla? Hay padres adoptivos que dan una pátina positiva al abandono (“te dejaron donde pudieran encontrarte”) , donde otros leen dejadez, indiferencia, falta de cariño. Hay familias que asumen sin dudar (a veces sin datos) que la persona que abandonó o maltrató a su hijo antes de que llegara a ellos fue necesariamente la madre.

Tan grave me parece asumir que todas las madres quieren a sus hijos, por sistema, por instinto, por defecto… como asumir lo contrario, que ninguna madre que ha dado a su hijo en adopción puede quererlo, de ninguna manera, nunca, en ninguna circunstancia.

Hay casos en los que dar en adopción puede ser una forma de proteger. En el caso de que otra persona de tu entorno maltrate al niño, o de que tus recursos, tus habilidades parentales, no te permitan cuidarlo bien (y seas consciente de ello). Hay casos en los que no es la madre quien decide abandonar al niño, situaciones en la que la presión del entorno es insuperable. Pienso en países donde la mujer es un cero a la izquierda, donde tener hijos soltera es una condena a muerte…

Y también hay, claro que sí, madres que no quieren a sus hijos.

¿Podemos juzgar a las madres biológicas de nuestros hijos si nuestras circunstancias (realidad, momento histórico, país) no son comparables a las suyas?

Otras madres biológicas en las mismas circunstancias sí se quedaron con sus hijos. ¿Cómo saber si fueron las mismas circunstancias? ¿Si el apoyo familiar, los recursos personales, su autoestima, etc., eran parecidos?

¿Podemos juzgar a las madres biológicas según nuestras emociones? Es decir, como yo quiero a mi hijo con locura, no puedo concebir que no le quisiera; o como yo no le abandonaría bajo ninguna circunstancia, no puedo concebir que alguien que le quisiera lo haya hecho…

¿Es quedarse o no con el niño lo que determina si hubo amor? ¿O el deseo de habérselo quedado? Si seguimos este silogismo hasta el final, ¿todas las madres que conservan a sus hijos les quieren, siempre? ¿No puede ser el valor, o la inconsciencia, o la tozudez, o la determinación, o el miedo, o la vergüenza… la razón por las que unas madres se han quedado con sus hijos y otras no?

¿Puede ser la entrega en adopción un acto de amor mayor que conservar al niño, en determinadas circunstancias? ¿Puede ser una manera de proteger y proveer? ¿Una apuesta de futuro?

¿Hay mayor riesgo en que idealicen a su madre biológica o en que la demonicen? ¿Cuál de las dos cosas les puede hacer más daño? ¿Cómo podemos colaborar a humanizarla?

Como nos posicionamos los padres adoptivos en este asunto, ¿nos retrata más a nosotros que los padres biológicos?

¿Y qué sucede cuando, por la información que nos ha llegado, tenemos a la vez el convencimiento de que fueron queridos pero no fueron bien cuidados? ¿Cómo resolvemos esta contradicción?

Faros

Los padres y las madres podemos nutrirnos de la imagen del faro. De hecho, somos faros más que bomberos o gendarmes. El faro no va hacia el navegante para socorrerlo de la noche; le ofrece, sin embargo, su luz, para que ese navegante, a partir de su propia capacidad, encuentre el rumbo, sostenido en ese punto luminoso en medio de la oscuridad.

Miguel Espeche

(Por cierto: el faro es uno de mis lugares favoritos en el mundo entero: el Cap Cavalleria, en Menorca).

Mierda de colegio

Dándole vueltas al tema del colegio, me encuentro con esta entrada en el blog Dando Vueltas sobre Vueltas, que me parece muy interesante

En nuestro caso, se dan las dos situaciones que recoge el artículo: uno de mis hijos, el que tiene dificultades más evidentes, ha tenido la suerte de encontrar buenos profesores (buenas profesoras, de hecho) que han sabido darle el tiempo y el espacio suficientes para que pueda avanzar a su ritmo y según sus posibilidades, sin aislarle de sus compañeros ni dejarle atrás, pero sin exigirle cosas que no es capaz de dar. El otro ha arrancado este curso con una maestra que no parece encontrar la manera de conectar con él, pero que, a diferencia de lo que explica el artículo, no le exige igual que a los demás: no le exige en absoluto. Parece conformarse con que “no moleste” y esto ha hecho que él desconecte… y, paradójicamente, que se agrave el problema que pretendía evitar, porque en su desconexión (y en la consecuente baja autoestima), se dedica a rebentar la clase. Y la bola se va haciendo más grande.

(…)

Profesores que son potenciadores y otros limitadores. La diferencia una vez más está en en cómo se sitúan ante el chaval. Todos tenemos claro que a un alumno con una limitación física por haber pasado la poliomielitis no se le puede pedir que corra los 1500 mts. ¡Vaya la que se montaría! Pero sí podemos exigir a un niño de 10 años con problemas de atención y memoria que haga un examen de 10 divisiones entre dos números de manera autónoma. ¿Le llamaríamos vago al primer caso por no querer correr? Pues yo he escuchado la palabra jeta, no querer y vago en el segundo.

El problema viene dado porque en la escuela pasan mucho tiempo, y cuando son pequeños, las diferencias escolares son pequeñas, pero según pasan los cursos son cada vez mayores y más sangrantes. Es lo que se conoce como déficit cognitivo acumulativo.

Poco a poco se van quedando rezagados, y con el paso de los años los problemas son más serios. Es decir, cuando realmente hay que poner en práctica las funciones ejecutivas superiores como la memoria, planificación, secuenciación, análisis,… muestran realmente el daño que tienen dentro. Muestran las carencias evolutivas del pasado. Aquí es donde juega un papel fundamental el profesor y consultor del colegio. Cuando se posicionan como en el caso de la poliomielitis detectando y teniendo una sensibilidad para ver que algo no funciona, o por contra valorar el rendimiento escolar desde “lo que se ve”. El segundo caso, muy habitual con los niños con los que trabajamos (niños que han sufrido deprivación temprana, malos tratos,…), se intenta corregir con castigos, “apretándoles más”, clases de refuerzo,… pero no dan resultados. Sus funciones cognitivas evolucionan más lentas que sus iguales, lo que unido a una falta de desmotivación progresiva se concreta en un fracaso escolar. Y en este sentido yo me pregunto…¿Cómo va a querer ir alguien a un sitio donde le juzgan todos los días, le corrigen, donde no sabe contestar a las preguntas que le hacen, donde le recuerdan lo mal que hace las cosas, donde no tiene ninguna motivación por estar porque nadie se lo ha puesto en valor, donde por mucho que se esfuerce se le olvidan las cosas,…? Lo que no sé es porque hay todavía chavales que se levantan todos los días para ir al colegio donde se va a sentir avergonzado, donde se va a aburrir,…

(…)

Así pues lo primero que hay que hacer es como en el caso del niño que padeció “la polio”: ver qué particularidades tiene, en qué se diferencia de los demás, qué necesita, cómo le podemos ayudar, y esto pasa por ser conocedores de que un niño puede tener un desarrollo muy diferente de sus compañeros. Por ejemplo Lorenzo es un pre adolescente de 14 años. Físicamente puede parecer un niño de 12, pero emocionalmente uno de 5, sexualmente de 12, mentalmente de 10, y socialmente de 8. Con este análisis vemos que hay una descompensación abismal entre su edad cronológica y su nivel de desarrollo madurativo. Así pues, cuando a comienzos de curso, tras cambiar de centro y de educación primaria a secundaria le mandan hacer un dictado y se bloquea en la tercera palabra, podemos mandárselo a casa para que lo copie 10 veces o buscar una alternativa que esté dentro de sus capacidades. Lorenzo sabía hacer perfectamente el dictado. Lo que no sabía era cómo resolver el problema de que se había retrasado por una palabra, lo que le había bloqueado y ya no tenía herramientas para seguir. Era un problema emocional no académico.

Estas diferencias se constatan en el día a día. Estamos hablando de niños que tienen poco autocontrol, que son disruptivos, que se les olvidan los deberes, las tablas de multiplicar de un día para otro, que son depredadores de atención, pero con unas faltas de atención y concentración muy altas. Pues este mismo diagnóstico nos tiene que valer como cambio de estrategia hacia ellos. No se trata de cambiar de cuchara pequeña a cuchara más grande, sino de medicamento. Así pues ¿qué podemos cambiar? ¿Cómo podemos conseguir que un niño de estas características se vuelva a ilusionar y recuperar la motivación por seguir creciendo en el aula? Haciéndole sentir bien. Os pondré un ejemplo del centro en el que trabajo.

Joseba hace un año fue tutor de Anabel. Desde el comienzo vio a una niña, no a un proyecto de estudiante. Quería que cada día acabase lo que empezaba. Daba igual el qué. Se molestaba para que llevase el material, le evaluaba en torno a sus capacidades y necesidades, le trataba diferente a los demás (lo que nunca fue problema ni para ella ni para los demás),… Se preocupó de aspectos no escolares como la agenda, que tuviese su mesa de trabajo bien ordenada para que pudiera ordenar los contenidos en su cabeza, etc. Hoy martes día 14 de enero ha traído un 9 en matemáticas y un 7 en euskera. Tiene seguridad en lo que hace, es muchísimo más autónoma. Le encanta ir al colegio. Lo que era un claro caso de ACI hace un año, hoy con apoyos sigue para adelante con el curriculum ordinario . Lo único falso de esta historia es el nombre de Anabel y Joseba.

Así pues hay que hacer un esfuerzo por convertir las situaciones de desconfianza, rabia, vergüenza, indefensión,… por situaciones en las que experimenten pequeños logros, alegría, confianza en sí mismos, desde el que puedan anclarse a algo porque cuando el barco va a la deriva nos encontramos con chavales con pensamientos del tipo “antes macarra que tonto”. Es decir encuentro mi identidad y mi tabla de salvación en las tonterías, en el enfrentamiento, en las conductas de riesgo, en el miedo antes de que me etiqueten de “margi”, tonto o paleto. Es la manera de verse aceptado.

Está claro que un niño relajado en la escuela, necesita un adulto de referencia que esté tranquilo, seguro de sí mismo, descansado, firme y coherente. Pues un niño dañado necesita lo mismo multiplicado por cuatro. Esas carencias las tiene que cubrir el profesor. (…) “Los niños necesitan más atención, cuando menos lo merecen sus actos”. Es una regla de tres inversa. A mayor descontrol, provocación, agresividad, pasividad,… menos ansiedad, menor vulnerabilidad emocional, menor descontrol tiene que tener el adulto. ¡Ojo! No estamos hablando de paternalismos. Lo cortés no quita lo valiente. Se puede tener una sensibilidad especial y conectar con las necesidades de cada niño y a la vez ser firme, capaz de pautar y establecer límites.

Así pues, estamos ante chavales que son capaces… pero de otra manera. No desde la tabla rasa. Así que cuando escucho a profesores que dicen que ya no saben que hacer con estos chavales, que entorpecen el ritmo de la clase, que por mucho que se invierta en ellos no van a cambiar,… o al mismo ministro Wert la semana pasada en “el objetivo” en televisión hablando de la reforma y sus reválidas, sólo me entran ganas de decir ¡mierda de Colegio!

La adolescencia en los tiempos del consenso

Soy lectora habitual del blog Buenos Tratos, considero que, a diferencia de lo que hacen tantos libros, blogs o profesionales, no sólo nos explica qué les pasa a nuestros hijos (que es importante pero no suficiente), sino que también nos cuenta qué podemos hacer con ello. Una ayuda inestimable para padres y madres que a menudo nos sentimos perdidos e impotentes…

Hoy traigo a colación su blog por una reflexiones (publicadas bastante tiempo atrás) que no son suyas, sino de la psicoterapeuta Loretta Cornejo, y, aunque no comparto todo lo que dice,  me parece un análisis muy interesante de la adolescencia contemporánea, más al hilo de lo que comentábamos en la entrada anterior.

Todo adolescente tiene que romper normas, es parte de su crecimiento, de su separación del mundo de sus padres. El mundo y la sociedad han cambiado, el niño crece con la sensación de que es un adulto más, al cual se piden sus opiniones desde muy pequeños y además se les escucha. Y no sólo eso, sino que incluso se les tiene en cuenta lo que dicen. Esto está bien en parte pero este niño va creciendo con la sensación de que es mejor que sus padres, que se lo merece todo y que además tiene derecho a no agradecerlo.

Este niño va creciendo y va llegando a la adolescencia, en la que por etapas evolutivas tanto físicas como psí­quicas, tiene que empezar a discutir con sus padres acerca de los patrones familiares, los permisos, las costumbres. Pero este joven se encuentra con que no hay mucho que discutir, el clima en casa ha sido generalmente de dejarle hacer lo que desea, muchas veces para evitar las peleas, y de demasiada permisividad con la electrónica, la “game boy”, Internet, la televisión. Por otro lado, en algunos casos existe, una ayuda exagerada de los padres en los estudios de los hijos (…)

Lo que empieza a establecerse actualmente en los jóvenes -de modo inconsciente- es que ya no quedan áreas en las que plantear la pelea. Es por esto que se usan los estudios, el rendimiento académico, la conducta en el colegio, como baluartes o iconos para establecer el conflicto entre padres e hijos, entre adultos y jóvenes.

Al mismo tiempo, esta generación ha crecido, como ya hemos dicho antes, teniendo la sensación de que lo saben todo (su gran capacidad espacial y el manejo de ordenadores de modo autodidacta y con más rapidez que sus padres, por ejemplo, les refuerza esta sensación) Además cuentan con una generación de padres que ha facilitado casi todo a sus hijos, al revés que la generación anterior que fomentaba el esfuerzo para así­ poder crecer. Por lo tanto, todo aprendizaje que ellos no dominan, simplemente lo rechazan.

Antiguamente, los hijos admiraban a los padres hasta la adolescencia, además de profesarles respeto y obediencia, en la que se planteaban la desidealización de sus padres. Pero ahora estos niños ya se creen muchas veces superiores desde la niñez, con padres que los admiran por su inteligencia, su vocabulario, sus ocurrencias. De alguna manera el niño se siente poderoso ante sus padres y muchas veces, dada la problemática actual, logra serlo en fuerza en peleas de poder.

Todo eso llevado a la adolescencia se convierte en una bomba de relojerí­a, donde realmente el adolescente se cree lo que es, pero no sabe lo que es ni hacia dónde quiere ir. Es la etapa en la que tiene que demostrar o empezar a demostrar lo que dice que es y muchas veces la realidad le demuestra que no es así­, que no vale tanto como cree o que tiene que hacer un esfuerzo mayor para demostrarlo. Y es aquí­ donde se quiebra, algunos desde la agresión, la indiferencia, el consumo de drogas o el desmadre y en otros desde la negación del problema, de que las capacidades no se inventan sino que se desarrollan, se enriquecen.

Regalemos las reglas de convivencia

De vez en cuando, me gusta compartir las cosas que publican en el grupo de Facebook Estrategias Educativas.

Es el caso del texto de hoy, un disparo a la línea de flotación de algunas teorías educativas que se reivindican como “naturales” y que defienden la espontaneidad de los niños en la relación con los demás, su derecho al egoismo, a no acatar las normas sociales, la nula necesidad de educarles en el compartir, el respeto por la idiosincrasia de los niños… a veces, sin ver la necesidad de enseñarles a su vez el respeto por los demás.

¿Qué separa un niño espontáneo de un niño maleducado? ¿Como les enseñamos, sin coartarles, que su libertad y sus derechos limitan con la libertad y los derechos de los demás? ¿Qué lugar ocuparán en el mundo niños que viven en su infancia que, ante sus deseos, todo se para?

 

Desde el punto de vista de la ecología humana el primer hábitat, el primordial es la familia. Allí­ los niños reciben el alimento y el cobijo que les damos porque es nuestra obligación de padres. También en el hogar los chicos deberí­an recibir la guí­a o si preferimos los lí­mites que derivan de una responsabilidad ligada a nuestro amor por ellos.

La palabra limitar es poco simpática pues nos remite a frustraciones o a severidad desconsiderada con los chicos, la podrí­amos suplantar por la palabra guiar, que alude a la luz que orienta, al amor que protege y que sin embargo también necesitará de la reprimenda para manifestarse.

A pesar de las dudas y de las dificultades, mostrar a nuestros hijos que “el reinado del recién nacido” terminó y que el respeto por el otro es esencial, constituye una tarea debe ser abordada cuando antes. Un ejercicio cotidiano muy útil es regalarles, brindarles a nuestros chicos las reglas básicas de convivencia: enseñar a saludar, a pedir por favor, a decir gracias en el seno de la familia.

El saludo señala la primera aproximación al otro en muestra de paz, de ser humano que percibe a otro ser humano. Me ha tocado ver a padres que, al ingresar a una reunión de amigos o de familia extendida, anuncian casi orgullosos que a su pequeño “no le gusta saludar”.  ¿Qué ha sucedido con esos papás que en ese simple y trascendente detalle nos revelan un renunciamiento a guiar a su niño? Somos seres sociales, considerar ciertas actitudes antisociales de los chicos como muestras de su singularidad es un error en el que algunos papás y mamás caen. A pesar de la buena intención, del deseo de satisfacer la supuesta originalidad de su hijo lo empobrecen y, lo que es peor, avalan una desconsideración al otro.
Pedir por favor significa “te respeto, no te impongo”, dar la mano o saludar es un gesto de paz que arrastramos desde los romanos que así mostraban que no tení­an armas y, los maravillosos “buen dí­a, buenas tardes o buenas noches”, son una expresión de reconocimiento y de buen deseo.

Guiemos a los chicos y protejámoslos con nuestra enseñanza. Si no los educamos nosotros lo hará más tarde y sin nuestro amor y paciencia, la insobornable realidad.

Nube de etiquetas

A %d blogueros les gusta esto: