familia monoparental y adopción

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Adopción e Internet

Este fin de semana tuve el privilegio de participar en el Segundo Congreso Galego de Adopción, titulado “De expectativas y realidades”. Me invitaron para hablar de Adopción e Internet (lo cual demuestra el pobre nivel de la blogosfera adoptiva española, dicho sea todo), compartiendo mesa con la autora del blog Una adoptada más.

La primera cosa que me dijeron cuando, hace ya más de una década, firmé con la ecai que me iba a llevar hasta B., fue “No leas nada en Internet”. Internet estaba lleno de bulos, mentiras, rumores y noticias sin fundamentar, esto dijeron, y era mejor que cualquier pregunta se la hiciera  a ellos.

Obviamente, empecé a buscar en Internet, y descubrí, entre otras cosas, que la información que se manejaba en foros y webs era casi siempre mejor, más fiable, más completa y más rápida que la que te llegaba por los canales oficiales, las ecais y la Administración.

Y que cuando alguien te dice que no mires algo, es porque tiene algo que ocultar.

Entonces eran los foros, algunos privados, otros abiertos (mención especial merecen los hace mucho desaparecidos “La Pizarra” y sobretodo, “Adoptiva”, donde primero fui lectora, después empecé a responder preguntas y finalmente vertí mis primeras reflexiones sobre adopción: este blog le debe mucho a aquel foro). Foros donde se intercambiaba información, opinión y reflexión, donde se generaban redes-  y de donde nacieron relaciones de amistad. Foros donde las relaciones eran horizontales, algo parecido a lo que ahora llamamos Economía Colaborativa: todos pedíamos lo que necesitábamos y dábamos lo que teníamos, sin esperar nada a cambio. Y nada nos podría haber enriquecido más.

Los foros de aquella época, dijo alguien, eran como un iceberg: sólo un 10% estaba en la superficie, pero fuera de la vista, otro 90% de intercambio, correos, relaciones bipersonales… formaban el entramado que aguantaba la estructura.

Después de los foros llegaron los blogs, que después han sido sustituidos por los grupos de Facebook. Algo más inmediato, aunque también por ello, que se desvanece antes. Todos estos formatos nos han permitido a los que adoptamos a encontrar iguales– personas que vivían lo mismo que nosotros y que a menudo no era fácil encontrar en nuestro entorno, pero también a encontrar algo más difícil e importante: adoptados adultos. Gente que nos dice aquello que nuestros hijos quizás nos dirían pero que no se atreven, no saben, o no quieren compartir con nosotros.

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Internet, además, ha abierto una puerta que no fuimos capaces de imaginar: la del encuentro. Es tan fácil poner un nombre y unos apellidos y, si hay suerte, encontrar a alguien al otro lado… y hoy hay padres y madres de niños adoptados en Nacional que atesoran fotos de la madre y los hermanos de sus hijos, chicos que quizás en casa no hablan siquiera de su familia biológica pero que rastrean el ciberespacio en busca de pistas,… y familias biológicas que hacen el camino a la inversa. Porque si Internet nos permite buscar, también nos permite ser buscados.

A este respecto, no os perdáis el documental “Twinsters”, la historia de dos gemelas, nacidas en Corea, separadas al nacer, adoptadas por familias separadas por un océano… y a las que la casualidad e Internet las volvió a unir.

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Mientras pueda pensarte

Acabo de leerme “Mientras pueda pensarte”, de Inma Chacón, una novela sobre el robo de criaturas en España de hace unas cuantas décadas (en la historia, los niños robados lo son a mitades de los años 60).

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Es una historia bien escrita, bien estructurada, que muestra todos los puntos de vista (aunque los narradores son la madre a quien se ha robado un hijo y el hijo que ha sido robado, están también muy bien dibujados la familia adoptiva, el entorno, y los que trafican con niños, desde el ginecólogo a la monja, pasando por los militares y los taxistas). Pero también me ha parecido especialmente atinado todo el subtexto, la explicación de cómo la pérdida, la separación, la adopción, lo que se cuenta, lo que se calla, los duelos sin resolver, las preguntas que se prefiere que sigan sin respuesta… afectan a todas las partes implicadas. En los adoptantes, en los adoptados, y en las madres biológicas he leído cosas que los adoptantes, adoptados y madres biológicas de mi entorno manifiestan cuando hablan de adopción.

Merece la pena.

 

El poder de las palabras

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Hace unos días alguien colgó este vídeo en un grupo de adopción que sigo.

En él se ve a una madre que desposita a su hijo, un bebé, en un rincón de un párking en algún lugar de China, y luego se va.

Le abandona.

Es sobrecogedor. Lo ves y lo primero que te viene a la cabeza es ¿cómo puede haber hecho algo así? ¿No ve que es peligroso? ¿No tiene sentimientos?

Pero…

También podemos ver otra cosa.  Una madre que arropa al niño, que lo acomoda encima de la manta… que tal vez lo deja en un garaje para protegerlo de las inclemencias del tiempo. Que puede estar muerta de miedo, considerar que no tiene otra opción, pensar que es lo mejor para el niño. ¿Cómo saberlo? ¿Cómo juzgar sin conocer las circunstancias de la madre?

Si no quería ponerlo a salvo, ¿por qué tomarse la molestia de entrar en el párking, buscar un rincón, dejarle bien colocado sobre una manta?

¿Os habéis fijado en el poder de las palabras? Donde unos pueden ver una madre que se preocupó en abrigar a su hijo, otros verán que la manta estaba sucia… nos parece terrible (y lo es, que duda cabe) abandonar en la calle a un bebé, pero en determinados lugares y circunstancias puede ser una forma de protegerle, aunque nos parezca increíble… y en función de lo capaces que seamos de abrir la mente y ver las cosas desde uno u otro lado, les transmitiremos a nuestros hijos…

Los marginados

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The outcast, de Richard Redgrave (1851). Representa la reacción de una familia después de que su hija dé a luz a un hijo ilegítimo.

Cuando una madre adoptiva dice… a mi hija no le interesa buscar

A mi hijo no le interesa buscar. No quiere saber nada de su vida antes de la adopción. Sus padres somos nosotros. No muestra ninguna curiosidad.

¿Quién no ha oído estas frases alguna vez de boca de padres adoptivos? La autora de este texto, una madre que entregó en adopción a su hija, lo ha hecho… y tiene respuesta para ellos.

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¿Qué le dices a alguien con quien te encuentras para almorzar que te dice que tiene una hija adoptada que “no tiene interés en buscar” tan pronto como oye el tema de último libro? Su hija tiene veintimuchos.

Le dije que muchos adoptados no buscan hasta que sus padres son muy mayores o han muerto, porque es cuando se sienten libres para hacerlo. Le dije que los adoptados no buscan porque inconscientemente tú (madre adoptiva) has dejado claro que hacerlo te heriría mucho. Lo entendió. Y añadió que siempre pensó que su hija buscaría algún día. Me di cuenta de que mi nueva conocida instintivamente entendió que el deseo de conocer la propia historia y reconectar con la familia en algún nivel era instintivo, y no inusual. No estaba siendo agresiva; creo que simplemente estaba sorprendida de conocer a una madre biológica en la vida real, en el almuerzo de Año  Nuevo del estudio de una artista.

Lo que pensaba es que no importa cuánto tratemos de mostrar nuestra realidad – esto es, la de los adoptados y las madres naturales – nuestras voces no llegan a suficiente gente para marcar la diferencia necesaria. La película ocasional en Lifetime – ni siquiera la película “Philomena” – no ha penetrado lo suficiente en nuestra consciencia social. Son vistas como “historias de mujeres”, aunque los chicos también son adoptados y los padres de nacimiento y adopción están por todas partes. Yo he intentado llegar con mis escritos, pero me quedé allí pensando en el camino que queda por recorrer.

La adopción, para toda la gente implicada – incluidos los abuelos de la gente que adopta – es un tema tan delicado. La racionalidad salta por la ventana, y entran la emoción, sentimientos fuertes y apasionados. Incluso los amigos pueden extrañarse cuando una madre natural cambia de idea y decide quedarse con su hijo. En vez de comprensión por la mujer que está incluso valorando la entrega de su hijo, es probable que oigan lo horrible que es para la madre adoptiva en espera. Cómo ha batallado con la infertilidad, cuánto tiempo, dinero y emoción le ha costado llegar hasta allí– ¿qué le pasa a la madre de nacimiento??! O digamos que eres un editor que escogió una adopción cerrada cuando era posible una adopción abierta;  probablemente no estarás dispuesto a publicar una historia sobre por qué las adopciones cerradas no son positivas, cuánto conflicto sienten los adoptados o qué sucede a las madres naturales, quizá como la que gestó a tu hijo… no quieres ni pensar en ella porque… ¿qué puedes hacer en cualquier caso?

La conversación continua: rápidamente averiguo que la mujer que me habla al lado de la mesa con una selección de quiches, conocía la adopción abierta en 1989 cuando adoptó –y sabía que cada vez era más habitual – pero se decidió contra esta opción porque “no sentía que pudiera gestionarlo”. Dijo que podía sentirse demasiado implicada con la madre natural. La mujer no es agresiva ni maleducada, simplemente honesta. Me gusta su honestidad, pero pensé: ella no podía gestionar la idea de compartir a su hija con otra mujer, porque esto es lo que significa una verdadera adopción abierta es – y debería ser. Ella tuvo que borrar el capítulo de la madre natural en su historia de adopción.

Respondí con tacto pero de forma directa, pero no señalé lo obvio, que cuando adoptó pensó en lo que podría gestionar ella, no en lo que su hija perdía, y en el impacto de ser arrancada de su madre natural y su familia. Aunque era obviamente inteligente y leída, dejaba de lado estos asuntos; no habían entrado en su pensamiento cuando adoptó. Sabía que sí seguíamos hablando, no importa cómo escogía mis palabras, parecía que la confrontaba si desafiaba sus ideas. Es rara la situación donde puedo discutir sobre adopción y el abanico de problemas relacionados – especialmente con un padre adoptivo – sin una reacción emocional y seguramente esta no era una excepción. Había tanto que quería decir. Terminé la conversación antes de que mi corazón se disparara. Ya lo sentía latir.

Cuando se fue, me dio su tarjeta, y me dijo que iba a comprar mi libro. Tenemos que educar, uno a uno, siempre y dónde podemos. Hablar nos ayuda a todos.

Idea tardía: la próxima vez que alguien me diga “mi hij@ no está interesado en buscar”… (a menudo precedido por “le pregunté”… supuestamente telegrafiando la idea de que preguntar en algún momento les exonera), voy a decir: ¿No te parece extraño?

Porque las personas no adoptadas entienden por qué la reacción normal es tener interés en la historia de tu propio nacimiento y familia, y en ¿Quién? ¿Dónde? ¿Por qué no me crió mi madre??? Los padres adoptivos deben reconocer que la falta de interés en la historia propia es atípica, pero no quieren reconocerlo. La respuesta de “falta de interés” no desafía su posición como padres únicos que merecen amor e interés.

La persona que “no está interesada” en su paternidad/ maternidad ha aprendido que la respuesta apropiada a sus preguntas es expresar este no-interés, y así han asumido este no-interés. Saber que expresar interés por su propia historia de nacimiento va a ser interpretada como “¿No somos suficiente para ti?” y así herirán a sus padres, a los que presumiblemente quieren. Finalmente, si sabes que nunca puedes tener algo, ¿para qué seguir anhelándolo? ¿Especialmente cuando expresar esta curiosidad herirá a alguien a quien quieres?

Sí, la próxima vez que oiga lo de “falta de interés” de alguien,, diré: ¿No es extraño? ¿Por qué crees que sucede esto? ¿Puedes imaginar no estar interesado en quién eres o de dónde vienes?

Es la respuesta más honesta, y pone la pelota en el tejado de quién pregunta. En el pasado, me he puesto a la defensiva cuando alguien me dice de la falta de interés de su hij@ en alguien como yo, pero quizás esto cambiará emocionalmente para mí.

Los padres adoptivos deberían ponerse a la defensiva si sus hijos expresan falta de interés en su propia vida. ¿Qué hicieron los adoptantes, o el sistema, para capar la curiosidad natural sobre las propias raíces? Como otros han dicho, la curiosidad en cualquier otra área es vista como un signo de inteligencia. En adopción, en cambio, esta curiosidad se ve como una patología. Es hora de cambiar las tornas y ver la falta de interés, no como una patología, pero al menos como una pista que nos haga saltar las alarmas.

La hija de Joni Mitchell

Conocí a Joni Mitchell (como cantautora, claro) por allá en los años 80, cuando como todas las adolescentes pensaba que estaba inventando el mundo y cuando, mientras mis compañeros de generación se deleitaban con Bruce Springsteen o los Dire Straits, yo prefería escuchar los viejos discos de mi padre y aprenderme a base de machacarlos las letras protesta de los años 60.

I am a woman of heart and mind, with time in my hands, no children to raise…

No ha sido hasta hace muy poco que he sabido que, cuando era ella misma una adolescente, Joni Mitchell dio a una hija en adopción, ni siquiera había escuchado “Little Green”, la canción en la que habla de ella.

En este artículo habla de su historia:

En 1965, Joni Mitchell era Roberta Joan Anderson, una estudiante sin un centavo de la Escuela de Arte de Alberta en Calgary, Canadá. Su padre era gerente de un almacén y su madre, maestra en Saskatoon, Saskatchewan.

“Dí a luz cuando estaba en la escuela de arte, a los 20 años, cerca del final del período. Lo principal en ese momento era ocultarlo. El escándalo era tan intenso. Un hijo no podía ser algo más desdichado. Socialmente te arruinaba. El estigma era increíble. Era como haber asesinado a alguien.” No quería que sus padres lo supieran, así que no podía pedirles ayuda. El padre de la niña, un compañero de la escuela, no estaba preparado para formar una familia. El aborto no era una alternativa. Y Mitchell no se sentía preparada para hacer de padre y madre a la vez. “Una madre infeliz no cría un niño feliz”, dice.

Complicaciones del nacimiento la mantuvieron en el hospital otros 10 días, lo cual significó que vio y tuvo en sus brazos al bebé al que había llamado Kelly Dale Anderson. “No tenía dinero. No tenía hogar. No tenía trabajo. Pero intenté encontrar algún tipo de solución que me permitiera quedarme con ella sin lastimarla. Ni a ella ni a mí misma.” Pensó rápidamente en “un matrimonio por conveniencia” con el cantante folk norteamericano Chuck Mitchell, con la intención de conservar a la niña. También estaba la promesa de un trabajo en Detroit. Pero aparte de un nuevo apellido, no quedó nada. “Un mes de matrimonio y se fue. Huyó despavorido. El matrimonio no tenía ninguna base, excepto que me servía para darle un hogar a la niña.” La agencia de adopción estaba apurando a Mitchell. Le decían que cuanto más esperara, más difícil sería ubicar a la niña. En el segundo mes de matrimonio, Mitchell entregó a Kelly Dale en adopción. “Dice en los papeles que en la audiencia me puse muy emotiva, y seguramente fue así. No recuerdo nada. Es algo que tengo bloqueado”. En retrospectiva, Mitchell siente que hizo lo correcto. “Hice una apuesta”, dice. “Aposté a que la gente que venía a llevarse a esta niña la quería y sentía que había un agujero en su vida sin ella”.

Unos tres años después, la carrera de Mitchell comenzó a despegar. Kelly Dale sería la única hija de Mitchell. “Parecía que nunca era buen momento para tener un hijo. Pienso que parte de la dificultad era encontrar un hombre que quisiera un hijo. Era un tiempo muy irresponsable en general para esa generación. Todos teníamos el síndrome Peter Pan.” Mitchell había intentado buscar a su hija, pero tuvo mala suerte. La naturaleza de la búsqueda cambió hace cuatro años cuando una de las compañeras de cuarto de la escuela de arte de Mitchell en los 60 vendió la historia de la adopción a un diario de supermercado. En ese momento, Mitchell dice “me dolió en el alma” que alguien que debería haber sido comprensivo hiciera algo así. Pero la traición trajo aparejada una publicidad enorme. Afortunadamente para Mitchell, Kelly Dale Anderson -ahora Kilauren Gibb- estaba buscando a su madre biológica.

Hace unos cinco años, Gibb, de 27 años, supo por sus padres que era adoptada. Estaba embarazada y quiso conocer a sus padres biológicos. Llamó a Childrens Aid en Canadá, donde la pusieron en una lista de espera. Recién el 31 de enero de este año llegó un paquete con el material biográfico sobre sus padres de nacimiento. Pero sólo era información general. Había “fechas, alturas, que tenían talentos musicales”, dice Gibb por teléfono desde Toronto. “Era el tipo de descripciones breves que se dan para los personajes en una obra de teatro.” Gibb fue a una biblioteca y no encontró nada sobre la cantante. Como era alumna de una escuela de computación, buscó en Internet, donde hay una página de Joni Mitchell.

“Estaba leyendo esto cuando apareció en la pantalla y pensé Dios mío, todos estos datos coinciden. Mamá tuvo polio a los nueve años, el abuelo estaba a cargo de un almacén, la abuela era una maestra… Saskatchewan… novio en la escuela de arte. Había como 14 o 15 coincidencias.” Gibb llamó a la oficina del manager de Mitchell, que la había mantenido al margen por la cantidad de llamados que recibían. Pero la información que Gibb poseía parecía prometedora, de modo que Mitchell le pidió a su manager que llamara y escuchara su voz.

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Su manager habló con Gibb. “Regresó y dijo que estaba totalmente azorado. Dijo que era como hablar con la misma persona.” Gibb vino a Los Angeles con su hijo de 4 años, Marlin. Mitchell ahora tenía una hija y un nieto. “Kilauren dijo que ahora tenía que verlo crecer”, dice Mitchell.

Descubrieron similitudes y diferencias -a Mitchell le gusta el hígado frito con cebollas y Gibb no toca la carne roja-. Gibb no tenía ninguno de los álbumes de su madre, pero le gustaba el dúo que hacía en If I Could. Ambas se casaron con músicos. Mitchell se divorció dos veces. Gibb está separada del padre de Merlin, un baterista de Toronto. Mitchell piensa que su hija se parece a su propia madre. Gibb está segura de que ella y su madre “estaban en Studio 54 en los 80 bailando juntas sin saberlo. Yo vivía en Nueva York cuando ella tenía un departamento allí”.

Gibb tenía una carrera de 13 años como modelo internacional. (La Gibb de 16 años aparece en el catálogo de Danskin de 1981 con Denise Brown, hermana de Nicole Brown Simpson.) Gibb dice que le fue bien en avisos impresos, videos de rock, comerciales de televisión y papeles cortos en películas, incluyendo The Freshman.

Todavía había muchas cuestiones por resolver. Tal vez un encuentro con su padre. Mitchell está preocupada porque los padres adoptivos “sientan que esto interfiere en su relación con Kilauren. Es una relación diferente. Yo les debo mucho a ellos. Les estoy profundamente agradecida por todo. Había estado acertada. La criaron muy bien.” Gibb dice: “Hay un cordón umbilical que nunca se cortó”.

 

Cuenta sus razones en esta entrevista:

 

Dice que no renunció a su hija por su carrera, como se ha dicho, porque entonces no tenía carrera ni ambición, cantaba en locales para sacar algún dinero para sus gastos. Dice: Ni siquiera veías a tu hija. Lo correcto para proteger a tus padres era irte de la ciudad, entrar en un hogar. Muchas chicas cayeron porque todo estaba cambiando respecto al sexo, era muy confuso ser un mujer joven entonces. La píldora no estaba disponible, nacieron muchos niños no deseados, en 1965, más de los que podían ser adoptados. No había sitio donde llevarla, no tenía trabajo. Entró en acogida, yo intenté encontrar trabajo y establecerme para recuperarla. No encontré trabajo, la gente se aprovechó de mí, yo era una criminal, una mujer caída, era todo muy difícil.

Unas palabras que me devuelven el convencimiento de que un porcentaje importante de las madres que renunciaron a sus hijos no lo habrían hecho si hubieran tenido apoyo.

Y me resulta sangrante la frase “lo correcto para proteger a tus padres”… ¿no somos los padres los que tenemos que proteger a nuestros hijos, más aún si están en una situación difícil?

 

Homosexualidad y adopción

Cuando se habla de adopción y homosexualidad, a menudo nos quedamos solo en el derecho de los gays a adoptar, en las dificultades que afrontarán las familias homoparentales por adopción, a las capas de complejidad que esto añade a las vidas ya muy complejas de los hijos… La gestión de la diferencia, la necesidad de pertenencia, la visibilidad de la familia (doble en el caso de adoptados transraciales).

Pero hay más:

¿Cómo ven, o cómo verían, los países de origen que haya niños que son adoptados por familias homoparentales, incluso cuando la legislación lo prohíbe? A nadie se nos escapa que las restricciones para adoptar que se ponen a las (Y sobretodo los) monoparentales tiene en muchos casos que ver con esto: con que bajo el perfil de “monoparental” hay muchas veces una persona o una pareja gay que no tiene otra forma de adoptar.

¿Cómo ven o cómo verían, las familias de origen de nuestros hijos, que ellos hubieran terminado en una familia homosexual?

¿Qué relación podemos mantener con el país de origen de nuestros hijos si es un país donde la homofobia está generalizada, donde incluso es peligroso? ¿Cómo viajamos y cómo nos movemos por lugares donde la sociedad y la ley no aceptan lo que somos?

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¿Y qué pasa si son nuestros hijos los que son gays? ¿Cómo pueden relacionarse  personas criadas en un país “tolerante”, con un país de origen donde su opción sexual no existe oficialmente o está perseguida? O si son transexuales, ¿cómo entran como mujeres al lugar del que salieron como hombres – o viceversa?

Mucho que pensar.

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