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Canción Dulce / Tiempos de swing

Hace más de 20 años, un compañero de trabajo que tenía entonces un niño de dos o tres años me dijo que, desde que era padre, era incapaz de leer nada donde salieran niños que sufren algún daño. A mí no me pasaba, y siguió sin pasarme cuando llegaron mis hijos, así que, a pesar de lo duro del asunto, cogí con ganas “Canción Dulce”, de Leila Slimani.

 

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No hay nada oculto en el tema del libro, se conoce desde la primera línea: es la historia del asesinato de dos criaturas en manos de su cuidadora.

Una historia que entronca con el mito de “La mano que mece la cuna”, este miedo supongo que ancestral que tenemos todas las madres y padres por la seguridad de nuestros hijos cuando los dejamos en manos ajenas. Yo recuerdo que en una ocasión, hace años, abandoné el trabajo y regresé para despedir a una canguro que no me generaba confianza después de leer la noticia del juicio a una cuidadora por asesinar al niño del que se ocupaba. Pero es también una novela sobre muchas de las contradicciones de la vida moderna: las contradicciones de las madres (casi siempre ajenas a los padres) de echar de menos el trabajo y la vida fuera de los niños cuando estamos cuidando pero sentir que no atendemos bien a nuestros hijos cuando no estamos a su lado; la contradicción entre querer a nuestros hijos más a nuestras vidas pero acabar agotadas de ellos; las contradicciones entre integrar en la familia a una persona que se ocupa de los niños, de la casa, y la distancia que marcamos con ellas; las contradicciones de la cuidadora que entrega a sus niños, a su familia, todo lo que es sabiendo que en cualquier momento puede perderles; la invisibilidad del trabajo doméstico y la contradicción de conseguir la liberación de la mujer de este trabajo a partir, muchas veces, del trabajo mal pagado de otras mujeres.

De Zadie Smith leí primero “Sobre la belleza” y solo después su reconocidísima primera novela, “Dientes blancos”. Me parecieron interesantes, pero un poco faltas de naturalidad, algo rígidas. Muy distintas a lo que me ha parecido “Tiempos de Swing”, que como indica su título, fluye:

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“Tiempos de swing” es la historia de dos amigas biraciales que crecen en un barrio obrero de Londres en los 90. Aparentemente, lo único que tienen en común son las clases de baile (que afrontan con muy desigual desempeño) y el color de piel. Pero han pasado los años, y aunque han llegado a sitios muy distintos, siguen siendo las únicas que se conocen una a la otra como nadie. Una novela sobre crecer en una ciudad europea siendo biracial, sobre los sueños y las concesiones, sobre cómo lo personal es siempre político y sobre el peso de la amistad.

 

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Los niños negros y la policía

Hemos devorado, robándole horas al sueño, la serie “7 seconds”. Arranca con un policía blanco que atropella, accidentalmente, a un adolescente negro. Sus compañeros le convencen de que, para evitar conflictos raciales, se marche del lugar sin reconocer la culpa. A partir de ahí arranca una intensa y tensa investigación policial, llevada a término por una fiscal negra adicta a la ginebra y al karaoke, y un policía que afronta un divorcio difícil, que luchan contra viento y marea (y contra sus propios compañeros y jefes) para que la verdad salga a la luz. Una verdad que confrontará a los protagonistas de la serie con el prejuicio, el racismo y el distinto valor que damos a las vidas humanas según qué color tengan en la piel.

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Las madres y padres blancos que criamos a niños racializados no siempre somos conscientes del riesgo que la policía representará para ellos cuando crezcan. Mientras son pequeños, les hablamos de la policía con respeto, les devolvemos que están para ayudarnos y protegernos, les decimos que pueden pedirles ayuda si se pierden o tienen algún problema. Y muchas veces, nos olvidamos de educarlos para que sepan que cuando sean mayores, hay muchas probabilidades de que los policías no sean amables con ellos, simplemente por su color; no solo esto, sino que acercarse a la policía tal y como les hemos enseñado, o les hemos permitido, o nos han visto hacer puede ponerles en serio riesgo. Que las actitudes que pueden parecerles adorables en niños incluso racializados (sobretodo si son pequeños y más si su familia es blanca) les pueden parecer amenazadoras cuando este niño sea un adolescente.

Como le sucedió a Alex Landau, y a su madre blanca:

De repente, tu bebé precioso y encantador al que nunca le habría hecho daño ningún policía, por racista que sea, se ha  convertido en un adolescente negro frente al que hay señoras que agarran fuerte el bolso. Y el cambio de discurso, el paso del “qué simpático es el señor a policía” a “protégete porque tienes todas las papeletas de que golpeen primero y pregunten después” es muy difícil de dar. Y está cargado de contradicciones. 

Hace pocas semanas, cuando hubo las movilizaciones de manteros en Lavapies, pudimos ver un vídeo en el que unos policías se acercan a un hombre negro que está tranquilamente apoyado en una farola liándose un cigarrillo, ajeno a los acontecimientos, y le empiezan a pegar. Lo tiran al suelo, y le siguen pegando. Porque es negro.

Esto les puede pasar a nuestros hijos. Cuando vayan por la calle, en el metro. Especialmente si, como Alex Landau, pretenden hacer valer los derechos que les hemos enseñado que tienen.

Pero hay policías que no son racistas, nos dicen, como si el racismo fuera una opción individual y no una construcción social, algo sistémico. Y sí, podemos aceptar que #NotAllCops como #NotAllMen, pero esto no quita que tengamos que enseñar a nuestros hijos negros a protegerse de la violencia policial racista, como tendremos que enseñar a nuestras hijas a protegerse de la violencia de las manadas.

Negociar sexo con vida

Al hilo de lo que pasó ayer y que tanto estamos comentando, he recordado un artículo del blog Antropóloga en la luna sobre lo que parece y lo que es realmente una violación.

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“En general, en una violación sexual pasa poco y nada de lo que se imagina vulgarmente. Son muy pocas las ocasiones en las que un desconocido sale de las sombras en un callejón sombrío y ataca a una mujer, cuchillo en mano, sin prolegómeno alguno, su brutalidad haciendo prescindible toda palabra o acción de la víctima. Igualmente inusuales son las violaciones en las que la mujer atacada ofrece la resistencia heroica que, hasta hace poco tiempo, solían demandarle los códigos penales. Tan inusuales como aquellas en que la víctima queda reducida a una cosa inerte, ya sea por el miedo o por una supuesta condición pasiva forjada en siglos de sometimiento a la dictadura patriarcal. ¿Qué diferencia, entonces, una violación sexual de cualquier otra relación sexual?” se preguntó Inés Hercovich, socióloga y psicóloga social que desde hace décadas se ocupa de investigar temas relacionados con las diferentes formas de discriminación de la mujer. Es pionera en el estudio de la violencia sexual contra las mujeres y en 1990 fundó el primer servicio de asistencia a víctimas de agresiones sexuales.

Esta es la transcripción del vídeo de una de sus charlas:

“Hoy, en este lugar, somos aproximadamente 5000 mujeres. 1250 de nosotras sufrió o va a sufrir en algún momento de su vida un ataque sexual. 1 de cada 4. Solo el 10 % va a hacer la denuncia. El 90% restante se refugia en el silencio. Una mitad, porque el hecho ocurre en el seno mismo de la familia o con alguien conocido, y eso lo hace mucho más difícil de vivir y de contar. La otra mitad no habla porque temen que no les crean. Y tienen razón, porque no les creemos.

Hoy quiero contarles por qué pienso yo que no les creemos. No les creemos porque cuando una mujer cuenta lo que le pasó, dice cosas que no imaginamos, que nos perturban, que no esperamos escuchar, que nos asombran. Nosotros esperamos escuchar historias como esta. “Joven violada en las vías del Ferrocarril Mitre. Ocurrió en la medianoche cuando volvía a su casa. La joven contó que un sujeto la asaltó por la espalda, le dijo que no gritara, que tenía un arma, que se quedara quieta. La violó y luego huyó”. Cuando escuchamos o leemos una noticia así, inmediatamente se nos representa una imagen: el violador, un depravado de clase baja; la víctima, una mujer joven, atractiva. La imagen no dura más de 10 o 20 segundos y es oscura, es plana; no hay movimientos, no hay sonidos, es como si no hubiera personas. Pero cuando una mujer cuenta lo que le pasó, su historia no cabe en 10 o 20 segundos. El siguiente es el testimonio de una mujer a la que vamos a llamar Ana. Una de las 85 mujeres que yo entrevisté en el transcurso de una investigación que hice sobre la violación sexual.

Dice Ana:

“Habíamos ido con las chicas de la oficina al mismo pub que vamos siempre. Conocimos unos pibes y yo me enganché con un flaco re piola. Hablamos un montón… A eso de las 4 les dije a mis amigas que nos fuéramos; ellas quisieron quedarse. Entonces, el flaco me preguntó dónde vivía y me dijo que si me parecía bien, él me acercaba. Acepté y nos fuimos. En un semáforo me dijo que yo le gustaba y me tocó la pierna. A mí no me gusta que un tipo avance así, pero había sido amoroso toda la noche. Pensé: “No puedo ser tan paranoica, por ahí le digo algo y el tipo nada que ver y lo ofendo”. Cuando tenía que doblar, siguió de largo. Pensé que se había equivocado y le dije, ‘¡Te pasaste!’, pero algo feo sentí. Ahora pienso, ¿por qué no presté atención a lo que sentí? Cuando paró el auto cerca de la autopista, ahí sí tuve miedo. Pero me dijo que me quedara tranquila, que yo le gustaba, que no iba a pasar nada si yo no quería; me hablaba bien. Yo no le decía nada porque me daba miedo que se enojara y todo fuera peor. Pensé que podía tener un arma en la guantera. De repente se me tiró encima y me quiso besar. Le dije: ‘¡No!’; quería empujarlo, pero me tenía los brazos. Cuando me solté traté de abrir la puerta, pero estaba trabada. Igual, si salía del auto, ¿a dónde iba? Le dije que él no era la clase de tipo que necesita hacer eso para estar con una mina; que él también me gustaba, pero no de esa manera. Trataba de calmarlo, le decía cosas lindas de él. Le hablaba como si yo fuera su hermana mayor. De repente me tapó la boca con una mano y con la otra se desabrochó el cinturón. En ese momento pensé que me podía matar, ahorcar, ¿sabés? Nunca me sentí tan sola, como secuestrada. Le pedí que acabara rápido y me llevara a mi casa”.

¿Qué les pasó escuchando esta historia? Seguramente, les aparecieron varias preguntas. Por ejemplo, ¿por qué no bajó la ventanilla y pidió auxilio? ¿Por qué no se bajó del auto cuando presintió que algo feo podría pasar? ¿Cómo pudo pedirle que la lleve a la casa? Ahora, cuando no estamos frente a una noticia en los medios, frente a una historia que alguien como yo les cuenta desde un escenario como este; cuando estamos frente a alguien que conocemos y que nos eligió para confiarnos su historia, lo que le pasó, vamos a tener que escucharla. Y vamos a escuchar cosas que no vamos a poder entender, ni aceptar. Entonces nos van a aparecer dudas, preguntas, sospechas, y eso nos va a hacer sentir muy mal, culpables. Entonces para defendernos de esa incomodidad, tenemos un recurso. Le subimos el volumen  a todas esas cosas de la historia que esperábamos escuchar: el revólver en la guantera, las puertas trabadas, el aislamiento del lugar. Y le bajamos el volumen a todas esas cosas  que no esperábamos escuchar y que no queremos escuchar: como por ejemplo cuando ella le dice que él también le gustaba, o cuando nos cuenta que le hablaba como si fuera la hermana mayor, o que le pidió que la llevara a la casa.

¿Para qué sirve hacer esto? Para creerle, para poder confiar en que realmente ella fue una víctima. Yo llamo a esto victimización de las víctimas. Victimización porque para creer que es inocente y que es una víctima, necesitamos pensarlas inermes, paralizadas, mudas. Pero hay otro camino para deshacernos de la incomodidad, y que es exactamente el inverso: le subimos el volumen a las cosas que no esperábamos escuchar, como: “Yo le hablé bien”, “Le pedí que me lleve a mi casa”, “Le pedí que acabara rápido”, y se lo bajamos a las cosas que sí esperábamos escuchar, el revólver en la guantera, el aislamiento.

¿Esto para qué sirve? Sirve para que podamos agarrarnos de las dudas, y sentirnos más cómodos con las dudas. Entonces aparecen nuevas preguntas, por ejemplo: ¿Quién la manda a ir a esos boliches? ¿Viste cómo se viste ella y las amigas, las minis, los escotes? ¿Qué esperás? Preguntas que, no son ciertamente preguntas, son más bien juicios y juicios que terminan en una sentencia: ella se la buscó. La sentencia se vería corroborada por el hecho de que ella después no cuenta que haya peleado para evitar la violación. Entonces quiere decir que no resistió, quiere decir que consintió. Si se la buscó y consintió, ¿de qué violación me hablan? Llamo a esto culpabilización de las víctimas.

Tanto los argumentos que nos sirven para culpabilizar como para victimizar, los tenemos todos, todos en la cabeza, muy a mano, incluidos víctimas y victimarios. Tanto es así que cuando Ana llegó a mí, me dijo que no sabía si el testimonio de ella me iba a servir, porque no estaba segura de que lo que le había pasado hubiera sido una violación. Ana, al igual que la mayoría de nosotros, también creía que una violación se parece más a un robo a mano armada, un trámite violento que dura 4 o 5 minutos, y no al chamuyo de un joven agradable que dura toda una noche y que termina en un secuestro. Cuando sintió miedo a que la maten, sintió miedo a que le dejen marcas, y tuvo que entregar su cuerpo para evitarlo, ahí supo que la violación era otra cosa.

Ana no había hablado de esto nunca con nadie. Podría haber recurrido a la familia, pero no lo hizo. No lo hizo porque tuvo miedo. Tuvo miedo de que a la persona que ella hubiera elegido para contarle, le pasara lo mismo que nos pasa a todos, y que es que surgen dudas y sospechas, esas preguntas, cada vez que se habla de un tema como este. Y si eso hubiera pasado, hubiera sido tal vez, peor que la violación misma. Podría haber hablado con a una amiga, con una hermana, muy difícilmente con la pareja: el menor atisbo de duda en su rostro o en su voz  hubiera sido devastador para ella, y probablemente el final de la relación.

Ana se mantiene en silencio porque íntimamente sabe que nadie, ni todos nosotros, ni su familia, ni los terapeutas, mucho menos la policía o los magistrados, estamos dispuestos a escuchar lo que Ana SÍ hizo en ese momento. Primero y principal, Ana dijo “no”. Cuando vio que su no era inútil, le habló bien, trató de no exacerbar su violencia, de no darle ideas. Le habló como si todo lo que estaba pasando en ese momento fuera normal, para no despertar en él el miedo a que ella después lo pudiera denunciar. Ahora, yo me pregunto y les pregunto: ¿todo eso que hizo ella no es resistir? No, no lo es para todos o casi todos nosotros, probablemente, porque no lo es para la ley.

En la mayoría de los países, los códigos siguen pidiendo que la víctima, para probar su inocencia, digo bien, la víctima para probar su inocencia, presente marcas en el cuerpo que atestigüen que ella sostuvo una lucha “tenaz y constante” con su agresor. Yo les puedo asegurar que en la mayoría de los casos judiciales, no hay marcas que alcancen.

Yo escuché a muchas mujeres. Y no escuché a ninguna hablar de sí misma como que hubiera quedado reducida a una cosa, sometida totalmente a la voluntad del otro.  Más bien, las escuché como asombradas y hasta un poco orgullosas de reconocer lo lúcidas que habían estado en ese momento, lo atentas a cada detalle, como si eso les permitiera tener algún control sobre lo que estaba pasando. Entonces yo pensé: “Claro, lo que las mujeres hacen en estas situaciones es negociar”. Negocian sexo por vida. Le piden al agresor que termine rápido, para que todo termine lo antes posible y con el menor costo. Se someten a la penetración, porque aunque no puedan creerlo, la penetración es lo que más lejos las mantiene de una escena sexual o afectiva. Se someten a la penetración, porque la penetración duele menos que los besos, las caricias, las palabras suaves. Ahora, si vamos a seguir esperando que las violaciones sean lo que muy rara vez son: un violador que es un depravado de clase baja, y no un joven universitario o un empresario que salen de levante un viernes o un sábado; si vamos a seguir esperando que las víctimas sean mujeres modositas, recatadas, que se desmayan en la escena, y no mujeres seguras de sí mismas, vamos a seguir sin poder escuchar.

Las mujeres van a seguir sin poder hablar,

y vamos a seguir siendo todos responsables de ese silencio y de su soledad.

Odio, condena, miedo

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Mucho se ha hablado en estos días del asesinato de Gabriel Cruz a manos (presuntamente) de la pareja de su padre. Una mujer racializada, negra, migrante. Estos elementos han estado en el epicentro de muchos debates, y de muchos despropósitos, y han hecho aflorar la parte más turbia de nuestra sociedad. La que grita el racismo, la que condena a las mujeres porque si no son puras, solo pueden ser putas, la que manda a la gente a su país a la primera de cambio. La que nos conecta con el paradigma de la madrastra. La que clama por la cadena perpetua, por la pena de muerte, por el linchamiento público. Esa paradoja de pedir el asesinato, la crueldad y el sadismo para combatir el asesinato, la crueldad y el sadismo.

Esa paradoja de gente que se siente virtuosa pidiendo lapidaciones en plazas públicas.

La caza del monstruo despertando monstruos.

Esta punta del iceberg que solo aflora a veces y que da tanto miedo.

Y es bueno, que dé miedo. Es bueno porque las cosas peligrosas tienen que dar miedo.

Es bueno que se caigan las caretas, aunque duela, aunque parezca que hace más difícil de transitar la calle o el Facebook o el bar de la esquina.

 

Cuando la ansiedad se presente como ira, no te asustes

Tanto en nosotros mismos como en nuestros hijos, a veces se presentan emociones que no resultan fáciles de identificar y menos aún de gestionar. Unos días atrás encontré este texto, que me pareció muy revelador.

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He sido ansiosa desde que tengo uso de razón. Pasé de ser una niña ansiosa y torpe a ser una adulta ansiosa y torpe. Cuando era adolescente me diagnosticaron de ansiedad y depresión, pero fue más de adulta que aprendí lo que realmente significa ser ansiosa de mejor forma.

Tener ansiedad no sólo significa estar nerviosa o preocupada. Cuando mi mente empieza a correr y no puedo decidir en qué me debo concentrar, eso es ansiedad. Cuando siento que el pecho me va a explotar por la presión, eso es ansiedad. Cuando le contesto mal a un compañero de trabajo sin motivo alguno, o estoy de mal talante sin explicación, eso es ansiedad. Cuando me paso todo el fin de semana preguntándome si me despedirán por algo que dije el viernes, eso es ansiedad. Cuando me echo a llorar en cualquier momento, o a reír, o a saltar, eso es ansiedad. Cuando me zafo a último minuto de los planes que he hecho con otros, créeme: es ansiedad.

La ansiedad se presenta de muchas formas diferentes que quizás no sean obvias. Desafortunadamente para mí, la mayor parte del tiempo mi ansiedad se manifiesta como ira. ¿Qué significa eso? Significa que cuando me siento ansiosa internamente, externamente se manifiesta como que estoy enfadada. Cuando era niña y a mi hermana la consolaban cuando estaba agobiada, a mi me regañaban por estar de mal humor. No culpo a mis padres, porque realmente me comportaba como una niña odiosa. En esa época mi enojo-ansiedad se veía como que estaba de mal humor todo el tiempo. Cuando perdía en un videojuego, lanzaba el mando al suelo. Cuando mi hermana me molestaba, le pegaba. Pequeños detonantes eran grandes detonantes y mi nivel de enojo-ansiedad era cambiante momento a momento.

Hoy en día, con la ayuda de medicamentos, mi enojo-ansiedad es más sutil, pero sigue siendo debilitadora en ocasiones. La ansiedad me hace responder bruscamente sin pensar y lo que digo suena completamente diferente en mi cabeza a lo que sale de mi boca, me paso pensando en ello días enteros, pero soy demasiado ansiosa cómo para corregir lo que dije al principio. Es un efecto “bola de nieve” que se puede salir de control. Cuando hablo de forma negativa, me quejo o despotrico, eso es generalmente ansiedad. Inclusive al escribir esto, siento el pecho como si alguien me lo estuviese pisando con tacones de aguja. Eso es ansiedad.

No quiero ser irritable, ni mala, ni malhumorada. Hago lo que puedo para controlarlo, pero a veces no es suficiente. A veces todavía me duermo, sin razón aparente. La razón es la ansiedad. Por favor, intentad ser pacientes. 

Yo también

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La primera vez debía tener 12 años y nunca estuve segura de si había pasado. Regresaba a casa y tuve la impresión de que aquel tipo me seguía. Me cambié de acera varias veces, corrí, y finalmente le perdí de vista.

A los 16 no tuve ninguna duda: el hombre cuarentón que me miraba fijamente, de pie a mi lado del autobús, tenía el pene, fláccido, fuera del pantalón y se frotaba con la mano en la que yo sujetaba la carpeta. ¿Por qué no grité? ¿Por qué no pedí ayuda? Fui adentrándome en silencio en aquel autobús abarrotado mientras el tipo me seguía, y finalmente, me preguntó: ¿Bajas? Dije que no con la cabeza. ¿De verdad creía que yo podría querer acompañarle a algún sitio? ¿No se daba cuenta de que lo que estaba haciendo era una agresión?

Corrí al bajar del autobús (una parada después de la de aquel tipo) y cuando llegué a casa de mi amiga C. me derrumbé. Lloré mientras sus hermanas mayores me abrazaban, pero aún así me dejaron volver sola a casa (“coge un taxi”, me dijeron; pero no encontré ninguno). Me crucé por el camino con una pareja amiga y les conté también qué me había pasado. “Que fuerte”, dijeron. Y me dejaron seguir.

Ese día pensé por primera vez que si a muchas mujeres no nos ha pasado nada grave, es porque la primera vez hemos tenido suerte.

Cuando aún éramos confiadas e inocentes. Cuando pensábamos que estas cosas no pasaban.

A pesar de las advertencias y las recomendaciones, los no vuelvas sola, no salgas vestida así, mejor si te quedas a dormir en casa de tu amiga, vigila con quien hablas, no pases por callejones oscuros, no te fíes de nadie.

Y sí, yo tuve suerte.

Tuve suerte porque unos días más tarde también conseguí escapar del tipo que me persiguió en el metro. Tuve suerte porque los chavales en cuyo coche nos montamos N. y yo en un bar de Castelldefels no tenían ninguna intención de hacernos daño. Tuve suerte porque el señor mayor de mi trabajo que cada vez que pasaba vestida con minifalda gritaba “¡¡y luego se quejan de que las violan!!”, nunca fue más allá. De que el desconocido que me intentó besar a las tres de la madrugada cuando regresaba de una fiesta me soltara cuando le grité “¡Déjame en paz!”

De no estar en el lugar equivocado en el momento equivocado.

Porque no intentó acostarse conmigo el cristalero que subió a arreglar la ventana, como le sucedió a A. cuando tenía 14 años ese día en el que su madre no estaba; porque no me metió mano uno de los autores a los que su editorial publicaba, como le sucedió a E. durante una cena de empresa; porque no tuve que lanzarme de un coche en marcha, como les sucedió a J. y M. la noche que aquellos chicos que parecían tan majos giraron por un camino de tierra al volver a casa; porque el taxista que me llevó a casa no me preguntó si quería pagar en carne, como le sucedió a O.; porque no tuve que encerrarme en un baño hasta que a mi hermano mayor se le pasara el subidón de ácido, como le pasó a V.;  porque no tuve que cambiar de número de teléfono para evitar el acoso de un ex, como le sucedió a B.; porque un veterano de la radio no me hizo proposiciones mientras me acorralaba en la Asamblea de Madrid y cuando me quejé de que me hacía sentir incómoda, me amenazó diciéndome que sabía dónde vivía, como le sucedió a una de las becarias que trabajó con nosotros. Y no tuve que ver cómo a pesar de la denuncia y la condena, el veterano de la radio seguía en su trabajo sin que (prácticamente) nadie dejara de hablarle y reírle las gracias mientras que a mí no volvían a llamarme.

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Ahora que todas estas cosas que siempre han permanecido invisibles empiezan a gritarse, toca decir que, a pesar de que tuve suerte, yo también. A mí también

La infanticida

Hace muchos años, me impresionó un cuento de Caterina Albert/ Víctor Català llamado “La infanticida”, un monólogo desde la cárcel de una mujer condenada por matar a su hijo neonato.

No lo he vuelto a leer, pero me acuerdo de él cada vez que leo sobre madres que matan o abandonan en sitios donde tienen pocas probabilidades de vivir a sus hijos recién nacidos; si es que lo hacen ellas: cuando se encuentra un bebé, no se puede saber de entrada si ha sido la madre quien lo ha dejado u otra persona de su entorno.

M. me ha pasado esta versión teatral de “La infanticida”. Uno de los pocos textos que me han permitido entender y empatizar con las circunstancias que pueden llevar a una madre a hacer las cosas más terribles.

 

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