familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Archivo para la Categoría "Abusos"

Diario del año de la peste, entrega 251

Bajamos a dar un paseo por el barrio. En el paseo, el mural que las compañeras han pintado con los rostros de mujeres que han dejado huella imborrable en el barrio: las que arrancaron las asociaciones vecinales, las maestras que se arremangaron para que nadie quedara atrás.

Vuelve el 8 de marzo, con el ruido de fondo habitual: los que se llenan la boca de libertad de expresión cuando la cosa se refiere a quejarse del gobierno, los que no han condenado las manifestaciones de cayetanos, hosteleros o fascistas, cuestionan, cómo no, la necesidad de manifestarse el 8 de marzo.

Vemos The Assistant, una película sobre los abusos en la industria cinematográfica que dieron el pistoletazo de salida al movimiento #MeToo; mientras la vemos, me parece que no pasa nada, pero cuando termina, me doy cuenta de que lo que no pasa, lo que no dice, es lo que importa en estos casos en los que nadie ve nada, y si alguien ve algo, es la cabeza que hay que cortar.

Lo mismo pasa en otra serie que hemos visto estos días, la noruega Caza de brujas.

Y en ambas, todo este machismo tan estructural que a veces hasta es difícil verlo.

Se cumplen 20 años del caso Nevenka Fernández, la concejala del PP que denunció al alcalde de Ponferrada y que se vio abandonada por los suyos por traidora; y por la izquierda, por no ser de los suyos. Ganó, a pesar del juez, de los adversarios y los compañeros de partido, que como decía Churchill, suelen ser los peores; él fue condenado e inhabilitado. Pero fue ella quien tuvo que dejar su trabajo, su ciudad y su familia, porque su denuncia hizo que su vida tal y como era fuera invivible.

Cuántas veces he pensado en esta historia, este caso, esa mujer.

20 años después, y también gracias a ella, denunciar es un poco más fácil. Las víctimas son un poco más escuchadas, un poco más creídas.

Y aún así.

Estábamos comentando el tema de los abusos de los profesores del Institut del Teatre a sus alumnas en un grupo de Whatsapp donde somos 12  personas. Dos mujeres del grupo explican que han vivido situaciones parecidas, que llegaron a juicio. En un caso ganaron el juicio, e inhabilitaron al depredador, y en el otro, lo perdieron y les obligaron a pagar las costas. En ambos casos, estos depredadores siguen / han vuelto a trabajar con menores. Con toda seguridad, siguen haciendo lo mismo, aunque con técnicas más depuradas.

Dos casos en un grupo de 12 personas. Así de extendido está. Así de impune.

Diario del año de la peste, entrega 250

Me hace llegar esto M. Hay que grabárselo con cincel:

Cuando debates con alguien un tema que les afecta más que a ti, recuerda que implica mucho mayor peaje emocional para ellos que para ti. Para ti puede ser como un ejercicio académico, para ellos es poner al descubierto su dolor, solo para que hagas de menos su experiencia e incluso su humanidad. El hecho de que tú seas capaz de conservar la calma bajo esas circunstancias, es consecuencia de tu privilegio, no una muestra de tu objetividad. Sé humilde.

Diario del año de la peste, entrega 237

 

“Aún conservo sin merma la furia que me enfrentó y me enfrenta a la idiotez, a la violencia y al hierro que imponen los hombres sobre los hombres y contra las mujeres”

“Fingen imbrinadas leyes sobre ritos y mitos cuando en realidad se trata de los cuerpos. La propiedad de los cuerpos”.

“Un profeta es un ser humano que tiene tiempo. ¿Qué mujer tendría tiempo entre parto y teta para intentar elucubraciones que para mayor gravedad no suponen alimento alguno para la prole?”

“Aquellos hombres predicaban el amor, como el propio Nazareno, y me pregunto qué pensaban que significa el amor. ¿De qué se trataba amar, según ellos, si no se alimenta, se cría y se teje, si no se cuida la higiene y la enfermedad?”

“No existe sobre esta tierra arma más poderosa que un pensamiento contrario al poder, a la injusticia. Contra el poderoso basta armar con una sola idea al oprimido, la esperanza y la posibilidad de participar en la lucha”

El Evangelio según María Magdalena, Cristina Fallarás

Diario del año de la peste, entrega 152

Circula un meme estos días que dice que, como están prohibidas las reuniones de más de 6 personas (en casa hacemos pleno), he decidido celebrar mi cumpleaños en el metro. Siempre abarrotado y sin distancias de seguridad que valgan.

Me acordé del meme ayer cuando le cantamos el cumpleaños feliz a R., que cumplía 44, y con quien nos encontramos en la manifestación que se hizo frente al Centro de Salud del barrio para protestar por la segregación, la falta de recursos, la mala gestión de la pandemia y la división del barrio en dos zonas.

El lugar escogido era especialmente simbólico: es la línea fronteriza entre nuestra zona ghettificada y la zona vecina, la de las urbas con piscina, que no ha sufrido restricciones. Nos pusimos a lado y lado de la calle, como frente a un muro de Berlín simbólico, con pancartas y cánticos.

Ahí estaban todos los de siempre, los que bajan a todas las movilizaciones, los que participan en las agrupaciones y asociaciones vecinales, los que han montado el grupo de cuidados del barrio, los que nunca descansan. R. con su hijo M., cansado y lloroso, P. con A., que correteaba con otra niña, C. con sus comentarios sarcásticos pero que no se pierde una, I., que esta ve fue sin bici, L., incansable a sus 64 años, con sus hijas y su nieto, madres del ampa, vecinos del barrio, sanitarias en la puerta del centro de salud recibiendo aplausos y devolviéndolos.

De vez en cuando uno de los coches que pasaba a lo largo de esa frontera simbólica pitaban solidarizándose.

En el distrito vecino, la misma reunión acabó en cargas policiales y detenciones. Sin previa provocación, aseguran los que estuvieron (y los vídeos que han compartido).

Veo esta mañana los vídeos, las fotos, leo la indignación de los que ahí estaban.

Es como el 1-O, me dicen A., F. y otros amigos.

Como el 1-O de barrio, pienso yo. La misma violencia, la misma indefensión.

Y como entonces, el silencio del resto del mundo.

Diario del año de la peste, entrega 148

Luego confinaron a mis vecinxs. Pero como yo vivía en una urba con piscina, no me importó

 

Diario del año de la peste, entrega 79

Cuando B. era pequeño, convertimos el parque de la esquina en nuestra segunda casa. Estaba en la acera central de un bulevard con grandes árboles que daban sombra a unas y otras zonas del parque, según la hora que fuera, y la época del año. Llegué a pensar que se podría haber un estudio de cómo se mueve el sol según avanzan las estaciones por las zonas de sombra de ese parque, pero nunca lo hice. Sin embargo, sí me aprendí cuáles eran las mejores horas para bajar según fuera primavera, verano, otoño o invierno.

Ahora frecuentamos los parques con menos asiduidad, pero en nuestro patio sucede lo mismo; por la mañanas, el sol baña nuestra mesa, así que es una buena hora para tender y para comer en invierno; cuando hace calor, se puede salir a desayunar si no se ha hecho muy tarde y es ideal para cenar, pero a mediodía es impracticable; y las noches de verano es el lugar más maravilloso del mundo.

Oh, these summer nights, que cantaban Travolta y Olivia Newton John.

Ayer fue nuestra primera noche de patio. Como la iluminación de esa zona sigue siendo tarea pendiente, sacamos por la ventana de la cocina y por la habitación de P. unas lámparas de estudio que tenemos infrautilizadas y cuando las criaturas se fueron a la cama, N. sacó su punto y yo mi libro y nos quedamos en el exterior hasta que nos caímos de sueño.

Oh, these summer nights.

Y la paz y la alegría de esas noches de patio contrastan con lo que leemos en la prensa, en las redes.

Del otro lado del Atlántico llegan dos historias que se han convertido en portada – y que pronto caerán en el olvido – y que son tratadas como acontecimientos aislados aunque ambas responden a un patrón clarísimo.

Por un lado, tenemos la muerte, mejor dicho, el homicidio, de George Floyd, un hombre afroamericano que fue detenido, sospechoso de haber pagado con un billete falso, inmovilizado por un policía contra el suelo con una rodilla en su garganta durante 8 minutos, que no soltó su presa a pesar de sus gritos de que no podía respirar.

Y las manifestaciones, y los disturbios, y Black Lives Matter, y los edificios incendiados, y titulares como “Detenido el policía que presionó con la rodilla el cuello de George Floyd, quien perdió la conciencia y murió minutos después”.

Como nos pasa a las mujeres, a las personas racializadas no las matan: se mueren solitas, no se sabe bien por qué.

No solo en Estados Unidos: en nuestras tierras también.

No puedo respirar.

La otra noticia es la del abandono por parte de una pareja norteamericana – youtuber ella, y por esa razón en el ojo del huracán, aunque su marido participó igualmente – de uno de sus 5 hijos, el único adoptado, un niño de origen chino con necesidades especiales. Después de años mostrando – y monetarizando – la intimidad de su hijo, de abogar por la adopción de criaturas con dificultades, de fotos de familia con toda la prole conjuntada, de repente el niño desapareció de su canal, y quedaron solo las cuatro criaturas rubias gestadas en su vientre, engendradas por ellos. Finalmente, un vídeo en el que con ojos llorosos contaban que habían sido engañados, que el niño tenía más dificultades de las que podían gestionar y que ahora estaba en su “nueva familia para siempre”. No se pierdan el oximoron.

Otra vez los mismos patrones repetidos, y las mismas justificaciones por parte de las familias adoptivas, “no se puede juzgar, nadie sabe por lo que ha pasado esta familia”. Otra vez la misma empatía peligrosísima con las familias que reabandonan a los hijos que prometieron cuidar y proteger. Curiosamente, muchos son a la vez incapaces de empatizar con las familias biológicas que abandonaron a sus criaturas; y lo que es más grave, tampoco empatizan con los niños y niñas, que ya han sufrido como mínimo una pérdida y que no tomaron ninguna decisión; pero nunca dejan de intentar comprender y justificar a los adoptantes que les han convertido en mercancía de usar y tirar. 
No puedo respirar.

Más sobre el control de calidad

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La entrada anterior encendió el debate en la página de Facebook de este blog. Algunos de los comentarios eran testimonios de familias que habían aceptado asignaciones que sobre el papel no habían previsto, y que habían asumido las consecuencias, en forma de terapias, gastos, peleas con la escuela, rebaja de expectativas.

Otros, en cambio, cuestionaban lo que se decía en la entrada. Algunos de los cuestionamientos creo que merecen una reflexión larga.

Cuando yo me inicié en el camino de la adopción, decía muchas de las cosas que he leído en esos comentarios. Decía que quería una criatura sana, como la querría si estuviera embarazada; que igual que si estuviera embarazada, me haría las pruebas pertinentes para descartar determinadas discapacidades o síndromes, perfilaba mi certificado de idoneidad para ser la madre normal de una criatura normal.

Quería garantías.

Garantías que llegaron, o ese pensé, en forma de un certificado médico que describía someramente a mi primer hijo, y que descartaba algunas enfermedades graves.

Han sido los años y el camino que he transitado desde esa maternidad soñada e imaginada (e idealizada) las que me han hecho cuestionarme y replantearme muchas cosas.

Por ejemplo, que no es lo mismo un aborto que un rechazo. Que no es lo mismo que una criatura no llegue a formarse y nacer que rechazar y abandonar a una criatura que, hagas lo que hagas, seguirá en este mundo.

Por ejemplo, que no hay garantías. Que las criaturas sanas enferman, que las cosas que no se detectan en la primera infancia, dan la cara después, que es difícil distinguir entre los efectos de la institucionalización – y de la separación de la madre – de síndromes y condiciones que afectan a la criatura y a la familia en muchos sentidos.

Por ejemplo, que mucha gente asume los argumentos que te pueden llevar a rechazar la adopción de criaturas con discapacidades gravísimas y necesidades enormes para justificar el rechazo de patologías menores. Como la sordera de la niña que no se convirtió en la hija de M; o los anticuerpos de hepatitis de la niña que no se convirtió en la hija de R; o la psoriasis del pequeño que compartía crèche con A. y que decidió dejar allí la familia que viajó después que yo; o la discapacidad visual que tenía la que sí fue la hija de D. O la pluridiscapacidad de la segunda hija de Z, que ahora es una adolescente funcional y feliz. Situaciones que lógicamente precisan de una intervención y dan más trabajo del que daría tener hijxs sin estas circunstancias. Pero que, a mi entender, no justifican un rechazo.

Por ejemplo, que la adopción es buscar familias a las criaturas que lo necesitan. Mi opinión personal es que algunas negativas y rechazos te hacen poco idóneo para adoptar, no solo a las criaturas con determinadas características, sino a cualquier criatura.

Es de rigor que te informen de qué le pasa a la criatura que te vas a ahijar. Pero para saberlo y afrontarlo, no para rechazarlo. Las personas que paren criaturas con discapacidad, síndromes o enfermedades (o que adquieren estas en enfermedades o discapacidades a posteriori) tampoco están preparadas para ello. No es ser un padre o madre mejor, es simplemente, lo que hay. Te atas los machos y sigues adelante.

No es lo mismo asumir en tu certificado de idoneidad determinadas situaciones que rechazar una asignación de una criatura concreta, a la que conoces, a la que pones cara y nombre.

Volvimos a ver “La Adopción” y me volvió a revolver cada expediente apartado, algunos con cosas muy difíciles de asumir, otros que habrían merecido una segunda mirada; me volvió a revolver que haya familias que sean capaces de someter a exámenes médicos a criaturas a las que ya han abrazado, y en función de lo que salga, seguir adelante o buscar otra criatura que les convenza más. Como quien escoge cabezas de ganado.

Los niños dormían mientras vimos la película. Y pensé en cómo les explicaría a ellos una historia como de la película, si hubiera pasado por ella; cómo les explicaría cómo les seleccioné para que pasaran el control de calidad.

Y sí, sé que no tiene que ser una decisión fácil rechazar una asignación. Que tiene que generar dudas profundas y sentimientos encontrados.

Pero también sé que para las criaturas que son rechazadas esto implica mucho más daño. Porque en algunos casos, serán asignados a otra familia, quizás mejor, más preparada, más adecuada; pero en otros, permanecerán más tiempo en orfanatos que agravarán su condición y su desconexión, y en algunos casos, les obligará a permanecer en él.

Quizás podría empatizar con las familias que han tenido que tomar esas decisiones, si no quisiera a criaturas que consideran tan legítimo rechazar. Y si no conviviera con las consecuencias de esos rechazos.

Es difícil saber qué haríamos si nos encontráramos en esta situación, dicen. Quizás reaccionaríamos mucho peor de lo que deseamos imaginar, quizás mucho mejor de lo que habríamos pensado. Son las decisiones que tomamos en circunstancias difíciles las que dan la medida de lo que somos. Si tenemos suerte, no viviremos guerras ni dictaduras que nos pongan a prueba. Solo nos ponen a prueba este tipo de tomas de decisiones.

Tone policing

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De un tiempo a esta parte, se oye mucho hablar del “Tone Policing”, traducido al español como “Fiscalización del Tono”

Es un argumento que intenta restar valor a una declaración atacando el tono (airado, faltón, poco educado) en el que se presenta en lugar de responder al mensaje en sí.  Es pues una herramienta para desviar la atención sobre las injusticias. Un cuestionamiento que se hace desde el privilegio.

Y es que la Fiscalización del Tono suele usarse para silenciar a las mujeres o a otros interlocutores que están más abajo en la “escala de privilegios”: las personas racializadas, las que pertenecen al colectivo LGTBI, las que tienen discapacidades, las de una clase social inferior.

“Eres una histérica”, “si no hablas con calma no te escucho”, “modera el tono”.

Mientras ellos, desde su privilegio, con buenas palabras y sin alzar la voz, desde la condescendencia, el paternalismo, el desprecio, la superioridad moral, son capaces de decir cosas tremendamente insultantes, irrespetuosas y desvalorizadoras

En su Carta desde la cárcel de Birmingham, el Dr. Martin Luther King Jr. condenó este modelo de enjuiciamiento, argumentando que se sentía decepcionado con el blanco moderado, más devoto al ‘orden’ que a la justicia.​

¿Y es que, cómo se puede responder a injusticias tan deshumanizantes como el racismo, el sexismo, el capacitismo, la LGTBIfobia, sin alzar la voz ni romper cosas?

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Así lo explicaba Audre Lorde:

Las mujeres racializadas de EE.UU. han crecido inmersas en una sinfonía de ira, la ira de quienes son silenciadas, de quienes son rechazadas, de quienes saben que cuando sobrevivimos, lo logramos a pesar de un mundo que da por sentada nuestra falta de humanidad y que detesta nuestra existencia misma cuando no está a su servicio. Y digo sinfonía en lugar de cacofonía porque hemos tenido que aprender a armonizar la rabia para que no nos destrozara. Hemos tenido que aprender a movernos en ella, a sacar de ella fortaleza, resistencia y comprensión para nuestra vida cotidiana. Aquéllas de nosotras que no aprendieron esta lección, no han sobrevivido. Y una parte de mi ira es siempre una ofrenda por mis hermanas caídas.

La ira es la reacción apropiada ante las actitudes racistas, tal como lo es la rabia cuando los hechos derivados de dichas actitudes no cambian. A las mujeres que temen más la ira de las mujeres racializadas que sus propias actitudes racistas no analizadas, les pregunto: ¿Es más amenazadora la ira de las mujeres racializadas que el odio a la mujer que tiñe todos los aspectos de nuestras vidas?

Yo no puedo ocultar mi ira para evitaros el sentimiento de culpa, la susceptibilidad herida, la ira que desencadeno en vosotras: ocultarla sería menospreciar y trivializar nuestros esfuerzos. El sentimiento de culpa no es una respuesta a la ira; es una respuesta a la propia manera de actuar o de no actuar. En la medida en que conduzca a un cambio puede ser útil, puesto que en ese caso deja de ser culpabilidad y se convierte en punto de arranque del conocimiento. Pero muchas veces el sentimiento de culpa no es más que el nombre que se le da a la impotencia, a la actitud defensiva que destruye la comunicación; entonces se convierte en instrumento para preservar la ignorancia y la continuidad de la situación, en instrumento fundamental para preservar el inmovilismo.

Sin embargo, hay veces en las que se le intenta dar la vuelta y usar el argumento del tone policing para poder seguir insultando.

Por ejemplo, alguien utiliza un insulto capacitista, homófobo, machista, racista, y cuando se le llama la atención, se le señala que es doloroso y por qué, no solo se minimiza este dolor sino que se ahonda en el uso. “Es que ya no se puede hablar de nada”, “ya han salido lxs ofendiditxs”, “no me fiscalices el tono”…

Dice Brigitte Vasallo que el humor tiene que ser siempre hacia dentro y hacia arriba, de lo contrario es opresión; lo mismo se puede aplicar al tone policing, algo que se utiliza para  silenciar las voces de colectivos oprimidos. Usar este concepto para defender el derecho de los grupos privilegiados a negar el derecho a los grupos oprimidos a quejarse cuando son oprimidos, lo pervierte

En el metro

Tenía 14 años la primera vez que me siguió un tipo en el metro. Me asusté. Intenté ralentizar mi paso, pensando que esto me serviría para alejarme, pero él empezó a andar más lentamente. Casi pensé que se relamía: la otra gente que había bajado del metro se iba alejando. Me vi sola en el andén, acorralada, incapaz de moverme. Entonces reaccioné, apreté el paso, subí corriendo las escaleras mecánicas, salí por el torno… y allí, junto a las taquillas, me esperaban dos amigos, C. y S. Me lancé a sus brazos y empecé a llorar.

Y el tipo que me estaba siguiendo me miró de reojo y salió del metro y se perdió en las calles de Gracia.

En el Punto de Atención de TMB hay una pared con este texto: “Desventurados los que divisaron a una muchacha en el metro / y se enamoraron de golpe / y la siguieron enloquecidos/ y la perdieron para siempre entre la multitud”.

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Feliz Navidad, donde quiera que estés

Cerramos por vacaciones de Navidad con estas imágenes del Belén de la Iglesia Metodista Unitaria de Claremont, que tan bien ilustra que los 2020 años que han pasado no han cambiado mucho las cosas.

 

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