familia monoparental y adopción

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Los marginados

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The outcast, de Richard Redgrave (1851). Representa la reacción de una familia después de que su hija dé a luz a un hijo ilegítimo.

La voz de los niños tutelados

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La voz de los invisibles, los niños nadie, los sin voz. No os lo perdáis.

Podéis escucharlo aquí.

Y saber más del documental aquí.

Tu primer día en un CRAE

(CRAE: Centro Residencial de Acción Educativa. Así se llaman los centros de menores en Catalunya).

Hay quien dice que es un error llamar “Tríada” a los componentes de la adopción; en primer lugar, porque las tres patas (niños, familia biológica, adoptantes) no forman un triángulo equilátero, sino que son (somos) los adoptantes los que dominamos la situación y el discurso; y en segundo lugar, porque el mueble queda cojo si no tenemos en cuenta otras patas del asunto: los niños que crecen en centros, que no llegan nunca a ser adoptados, pero tampoco se crían en sus familias; la Administración Pública; y los profesionales que integran esta Administración: psicólogos, trabajadores sociales, educadores, funcionarios, jueces…

Hace unos días cayó en mis manos este texto que da voz, precisamente, a dos de estas figuras: el educador empatizando, mirando, al niño que llega al centro. Me he tomado la libertad de traducirlo y compartirlo aquí.

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Ayer llegaste a nuestro CRAE. Tienes 5 años y vienes acompañado de tu hermano de 3, de quien no te separas en ningún momento. Llegasteis a mediodía, cuando todos tus (futuros) compañeros estaban comiendo en el piso. Te acogimos de la mejor manera posible, no se puede hacer de otra manera en esta profesión.

Nunca te acabas de acostumbrar a hacer una acogida a un menor cuando ingresa en un centro. Casi no hay tiempo para que puedas digerir que te han separado de tu núcleo familiar. Ha sido todo tan rápido que ni nosotros mismos sabemos de dónde vienes, con quien vivías y por qué estás aquí.

En concreto, en tu caso, la retirada no ha sido nada fácil. De hecho nunca es fácil pero hay maneras y maneras. Vosotros, aunque lleváis meses con una trabajadora familiar en casa, estabais en el colegio cuando os vinieron a buscar. Sin deciros por qué, cómo y donde, os han traído a nuestro centro. Habéis llegado sin más ropa que la que mamá os ha puesto para ir a clase; tampoco ninguna pertenencia personal, pero sobretodo sin ningún tipo de información sobre qué pasaba.

La primera tarde ha sido muy dura. Os han separado a ti y a tu hermano y estáis en pisos distintos. Tú no te separas de la educadora que ha comido contigo y ahora tienes que estar conmigo toda la tarde. Cambio de turno. Traspaso de información. No entiendes por qué ella tiene que marcharse a casa cuando lleva todo el mediodía contigo y ahora te quedas conmigo, otro desconocido que a pesar del afecto con el que te habla es esto, un desconocido.

Poco a poco vas entrando en la dinámica del piso. A través del juego te vamos conociendo poco a poco. Ya sabemos que te encantan los dinosaurios y los coches de Rayo McQueen. Y gracias a esto, hoy te contaremos un cuento para añadir la primera piedra de la que seguramente sea la herramienta más importante que tiene un educador social en un CRAE: el vínculo. Espero que juntos podamos lograrlo con el paso del tiempo.

La acogida por parte de los otros niños ha sido espectacular, especialmente de los más pequeños. Incluso hay uno menor que tú que explica a su tutora que el niño nuevo “llora porque echa de menos a su madre”. Añade que “pronto la verás y que aquí estarás bien”. En cambio, los que llevan más tiempo y son mayores que tú, se muestran resignados. Ellos también vivieron una situación similar y se suman a la conversación diciendo “mi EAIA me dijo que estaría aquí un año y ya llevo tres. No le queda nada”. Efectos de la institucionalización, supongo.

Llega la cena y empezamos a ver algunas cositas. Con 5 años tienes dificultades para coger el tenedor, la fruta y la verdura te cuestan, hábitos no adquiridos, etc. Un rato de recreo y vamos a dormir. “Es muy pronto”, dices. Y tienes razón, mucha razón. Pero ahora convives con 9 niños más en el piso y 39 en todo el centro. Es por esto que tenemos unos horarios muy distintos a los que hay en las casas “normales”. De hecho, yo, que te tengo que contar un cuento, también me iré pronto.

Pero hoy no tengo prisa. Es tu primer día y me quedo tranquilo cuando después del cuento te duermes enseguida. Mañana nos volveremos a ver. A mí y a todo el equipo educativo que te atenderá y acogerá “hasta que papá y  mamá hagan los deberes”.

Nos vemos mañana, pequeño.

No habrá curación

Leer a los adoptados adultos es una de las cosas que más me han enseñado. Y entre los adoptados adultos que he encontrado en los últimos tiempos, destaca la voz de Maline Caroll. Su blog, So life goes on, no tiene desperdicio. Nos muestra lo poliédricas que pueden ser las emociones, las vivencias más duras, y la forma de gestionarlas.

Me dio permiso para traducir la última de sus entradas y aquí está:

(Otras entradas de Maline Caroll publicadas en este blog son: Mi familia de nacimiento espera de mí y Salí del armario como negra y me siento rara)

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No habrá curación.

¿Cómo es que en lo más profundo, aunque estas personas te hirieran, aún sientes algún tipo de amor por ellos?

No me puedo imaginar volviendo a ser parte de su familia. No es nada que jamás querría. No es nada que necesite. Sin embargo, les echo de menos.

Echo de menos a la gente que permitió que tanto dolor llegara a mi vida. Echo de menos a la gente que me negó la comida, echo de menos a la gente que permitió que estaba bien que yo sufriera abusos.

Echo de menos a las personas que abusaron unas de otras, que se hicieron daño, que vivieron una mentira. La gente que usó el porno de la pobreza para obtener financiación para construirse una mansión. Sí… ellos. Me encuentro, en lo más profundo, echándoles de menos.

Echando de menos su voz aunque lo que dijeran fuera tan mezquino, negativo, racista, vulgar, sexual, abusivo.

Echo de menos el calor que me daban cuando me abrazaban incluso aunque su aliento oliera a alcohol, su abrazo fuera demasiado estrecho, su tacto se demorara unos segundos de más.

Como una persona que regresa a una relación de maltrato, echo de menos los “Siento que te sintieras así, pero…” que me hacían sentir tan insignificante… como si fuera mi culpa que la familia se desmoronara.

Echo de menos sentarme en el regazo de mi padre adoptivo mientras él me degradaba al decirme que no podía ir a casa de mis amigos porque seguía mojando la cama.

Echo de menos esa cama que olía tan intensamente porque cuatro días por semana se saturaba en miedo líquido que nunca cedió hasta el final de mi adolescencia.

Esa cama que contenía tantos recuerdos de abuso, saturación y ansiedad. La cama en la que deseaba dormir pero en la que temía despertar a la 1 de la madrugada, cuando mi padre adoptivo entraría a echarnos un vistazo. Siempre se me acercaba porque sabía que me habría hecho pis. Esa cama rosa con cajones que encajaban en ella.

Me despertaría, me llevaría al baño más cercano y me sentaría en el wáter y esperaría a que hiciera pis para que no se me volviera a escapar. Entonces me buscaría algunas ropas secas, pondría algunas toallas en la parte mojada de mi cama, y me volvería a acostar diciendo “Te quiero”. Siempre estaba muy dormida, los ojos cerrados, y aún así muy consciente de que me despertaba porque había vuelto a mojar la cama.

Odiaba no saber, o no comprender, por qué mojaba la cama. Mojar la cama era para bebés. Siempre me llenaba de vergüenza. Llegó al punto que cuando mis hermanos más pequeños mojaban la cama, me ponía contenta de no ser “la única”.

A veces, incluso, cuando mojaba la cama, me metía en la cama de mi hermana después de ponerme unas bragas secas. Me metía bajo las mantas, temblando, tenía tanto frío, y estaba pegajosa. Ella siempre se hacía a un lado para que pudiera dormir junto a ella.

Creció para ser una supremacista.

Y no lo entendí hasta más tarde. No entendería mi síndrome “de mojar la cama” hasta que estuve en los veintitantos. No me golpeó hasta ser consciente del abuso que había experimentado en manos de mis hermanos de acogida. Pero tardó tanto… todos esos años para entenderlo mejor.

Y aún así, les echo de menos. Echo de menos a la familia que me crió. Echo de menos a mis dos hermanos blancos y sé que nadan en el privilegio y no hacen nada para mitigar las diferencias. Echo de menos oírles hablar aunque su discurso sea tan tóxico. Echo de menos oírles hablar tan afectuosamente de su madre biológica, de cómo esta mujer no podía estar equivocada.

¿Por qué debería echarles de menos? ¿Cómo puedo echar de menos a personas que fueron tan dañinas, tan… equivocadas?

Quizás echarles de menos es parte de un proceso de curación que puede abarcar toda una vida y solo estoy en esta fase en concreto. O quizás echarles de menos significa que estoy enferma, como dijeron que estoy / estaba / estaría siempre.

¿Cómo puedes echar de menos a alguien que te hiere tanto? ¿Cómo puede alguien echar de menos a quien solo te causó dolor? ¿Cómo una victima de maltrato se queda con su maltratador?

Creo que es como lo que pasa cuando tienes hijos. Se vuelven dependientes de ti y no tienen realmente una salida. No saben qué otras opciones hay. Se ven obligados a confiar en sus agresores para sobrevivir.

Me maltrataron en muchos sentidos pero el maltrato que se ha quedado grabado en mi mente, más que cualquier otro, es la alienación que experimento como adulta. La falta de deseo de hablar del maltrato, hablar del tratamiento y hablar de las maneras en las que la sanación puede encararse es probablemente la peor forma de maltrato. Porque no quieren reconocer el elefante en la habitación… ni siquiera cuando se lo señalo. Ni siquiera cuando apunto lo obvio, no quieren mostrar que les preocupa, que es importante para ellos. Esto me afecta en lo más profundo.

¿No soy lo bastante importante para tener también la oportunidad de hallar sanación? Pero quiero que sanemos como familia. Quiero que no volvamos a lo que solía ser, porque lo que solía ser era horrible… quiero que vivamos y existamos en lo que puede ser ahora. Quiero que haya una esperanza y un futuro para mí y para la gente que me crió. 

Pero si soy completamente honesta conmigo mismo, debo admitir que no hay posibilidad de que consiga mi deseo. Nunca lo conseguí de niña, ¿por qué debería hacerlo ahora como adulta? No sucederá. Se necesitan dos para bailar el tango y a menos que el otro lado quiera que suceda, no sucederá. 

No he tenido contacto con mi madre adoptiva durante los últimos 5 años. He tenido un contacto de baja intensidad con mi padre adoptivo y he tenido un contacto aún más escaso con los dos hermanos que son sus hijos biológicos. Las mejores decisiones que he tomado son mantener poco o ningún contacto. Pero solo porque no nos relacionemos, no quiere decir que no pensemos en qué podría y qué debería haber sido. 

Muchos de mis seguidores me preguntan si me pondría triste si murieran. Hubo un momento hace bastantes años donde podría haber respondido honestamente que no. Podría decir que si hubieran muerto en ese momento no me habría importado ni un ápice. Pero ahora, después de muchos años llevando la carga en mis hombros, que murieran sería solo más carga para los que quedan atrás. No he compartido esta carga y no la ha sufrido nadie más en la familia. Es una carga que me pertenece. 

Que estén vivos me da la esperanza de que un día querrán compartir parte de esta carga. Sé que estoy siendo ilusa con esta esperanza… pero tiene que haber alguna razón por la que siguen vivos. 

Lamento no haber tenido infancia. Lamento haber sido traficada cuando era niña. Lamento no haber sido jamás una niña. Recuerdo esconder un biberón bajo mi almohada cuando era pequeña porque por la noche, necesitaba tener ese biberón. Algo tranquilizador tenía que suceder. Tener el biberón me recordaba que una vez fui un bebé, que no salí de la barriga de mi madre como una niña de siete años. Ese biberón me suponía un consuelo enorme. Me hacía sentir que las fases que me perdí, las podía revivir. 

Ahora como adulta, miro atrás y me doy cuenta de cuánto de mi vida fue impuesto por dos personas que me traficaron y controlaron cada aspecto de mi vida. Veo que ahora como adulta necesito centrarme en las cosas que puedo controlar. Hay mucho sobre lo que no tengo control, pero hay mucho que controlo. 

Escribí un post unos meses atrás sobre el suicidio. El suicidio es una realidad para muchas personas y lo es sin duda para mí. Cuando uno se suicida, uno toma el control de algo en su vida. Se suicidan porque o bien han perdido el control de ciertas áreas de sus vidas, o bien no lo han tenido nunca. 

Para mí, cuando me marche, será a través del suicidio. Será a través del suicidio porque nadie me dirá cómo debo dejar esta tierra. No me dieron la oportunidad cuando llegué ni cuando crecí… por Dios nadie me va a decir cómo debo dejar este mundo. 

Creo en el suicidio porque para mí, es la cosa más constante en mi mente. No me lo puedo quitar de la cabeza. No puedo hacer ver que estas ideas no existen. No puedo ignorar el deseo de estar en un sitio distinto. No tengo miedo del otro mundo. No creo en el Cielo ni el Infierno. Creo en lo que hacemos de nuestra vida aquí en la tierra. Algunos días la convierto en paraíso, y otros días la convierto en un infierno. Hay tanto que podemos controlar. 

Así que… no creo que haya curación. Creo que que podemos avanzar para mejorar nuestra vida en la tierra. Pero sanar sin dejar una costra que nos vamos arrancando… curarnos está lejos de lo real. 

Un amigo me dijo una vez que necesitaba mejorar el anuncio de un curso que iba a impartir a un grupo de gente. No le dije que la sanación podría no llegar nunca. No podemos sanar del trauma de la adopción, pero podemos aprender a hacerle frente. Así que quizás la sanación es algo que sucede después de que tomemos control de nuestras vida y lo transmitamos… o quizás no sucederá jamás. No habrá curación… solo formas de hacerle frente. 

5 años

Comparto hoy este recuerdo de N., madre de 2 niños adoptados, que me ha removido muchas cosas.

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5 años, ya 5 años… De ese jersey marrón de cuello vuelto a 30 grados, y “la entrega” en el juzgado (una suerte conocernos hacía ya 9 meses para que no tuvieras miedo). Ya no volviste al orfanato, al pasillo, al griterío y la locura por la comida, al orden militar… Se abrió un mundo nuevo con más opciones, pero mucho más duro y costoso (para todos). Aún hoy paga(mo)s con creces esos 1000 primeros días que el monstruo de la institucionalización devoró despacito y profundo… Celebremos lo celebrable. 

Dejemos de hablar de mochilas

La de la mochila es una de las primeras metáforas que aprendemos los adoptantes. Nuestros niños no son niños como los demás, a diferencia de los otros, no son páginas en blanco, sino niños con un pasado, con unas vivencias que les lastran el paso: con mochila.

En la entrada anterior, Nuria, lectora y madre de dos hijos adoptados, reivindicaba los errores que subyacen tras esta metáfora. ¿Podemos llamar “mochila” a algo que uno no puede quitarse?

 

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Nunca podré entender que alguien quiera “deshacer ” una adopción. No se puede. No se despare, no se desadopta.

Pero entiendo a la fuerza que las dificultades que tiene un niño o niña adoptados no son una mochila que se cura con amor. son el resultado de ver truncados todos los procesos de maduración emocional y desarrollo. Y desde luego que mejoran con la atención y el cariño , pero algunos daños son irreversibles.

La gente te pregunta ¿y los dos tienen dificultades? ¡qué mala suerte! No, no es mala suerte. Tener dos hijos adoptados con dificultades varias no es mala suerte, es realidad.

Es lo que hay. Lo normal no es pasar un abandono, un orfanato o un cuidado negligente sin secuelas. No es una mochila, porque las mochilas se quitan y no son parte de ti. Tus carencias, tu fragilidad, el no saber modular las emociones, las dificultades en el vínculo…están y son parte de ti y una parte que no se cura, que se lima como se puede si se puede…Y estas secuelas son muy variables, pero no se curan mejor o peor en función de la cantidad de amor que podamos dar ni desaparecen al año de “tener una familia que te quiere”.

¿Dónde quedan mis derechos?

Hace algunos días descubrí un blog de una adoptada adulta que me pareció muy interesante. No he dejado de seguirlo desde entonces… Ayer publicó una entrada donde, a través de su propia historia, nos interpela sobre dónde queda este bien superior del menor del que tanto y tanto hablamos. Con su permiso, lo comparto aquí. No soy capaz de añadir nada más.

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Estamos todos perplejos ante el último caso conocido de negligencia por parte de los servicios sociales, el caso de Joan, como le llaman sus padres de acogida, o Juan, como le llama su familia biológica, arrancado de los brazos de su madre y entregado en pre-adopción de forma prematura, y teniendo que ser devuelvo pocos años mas tarde, causando con todo el proceso un daño irreparable en su madre, que ha tenido que vivir sin él, a sus padres pre-adoptivos, que ahora pierden al que sienten su hijo, y sobre todo a él, a Juan, a Joan, al niño, que no ha podido crecer junto a su madre y que ahora tiene que decir adiós a todo lo que conoce, a quien él considera sus padres, a sus amigos, a todo su entorno, y todo por errores en la administración.

Este es un caso que se ha mediatizado, que se ha hecho público, creando un gran debate, poniendo y exponiendo a ambas partes a la opinión pública y al juicio de todo el que quiera juzgar, pero no podemos olvidar que solo es un caso más, uno de muchos, porque por desgracia, somos muchos, demasiados, los que hemos tenido que sufrir las consecuencias de un sistema que no piensa en los niños, no podemos olvidar que muchos somos o en otro tiempo, hemos sido un Joan, o un Juan.

Hace ya muchos años de mi caso, que fue muy mal gestionado desde el principio. Antes ya de mi nacimiento constan episodios de malos tratos hacia mi hermana mayor, en los que servicios médicos y vecinos denunciaron el caso en múltiples ocasiones, sin embargo, nadie hizo nada por cortarlo o evitarlo. Tras mi nacimiento ambas sufrimos abusos, y tras el de mi hermano también. Durante años sufrimos golpes, palizas y agresiones, pasábamos hambre y abandono, y nadie hizo nada. Poco después de nacer mi hermano se abrió el primer expediente por presuntos malos tratos, y me horroriza pensar que se calificó de presuntos, cuando durante años los informes médicos y diversas denuncias los estaban alertando, y aún así, pasó otro año hasta que alguien movió un dedo, dejándonos mientras tantos en manos de una mujer adicta y prostituta que seguía maltratándonos diariamente.

Con 2 años y medio aproximadamente, fui ingresada de urgencia por una hemorragia interna ocasionada por otra paliza más, una de tantas, pasé una temporada en la UCI y mi hermano tuvo que ser tratado por una grave desnutrición, el hospital denunció el caso, y aún así, cuando me dieron el alta volvimos una vez más con mi madre biológica, porque a la persona que le correspondiera tomar la decisión, pensó que donde íbamos a estar mejor que con nuestra propia madre. Pasó un tiempo hasta que alguien decidió llevarnos a un centro de acogida.

De entrada nos separaron de mi hermano pequeño, algo que nunca voy a terminar de entender. Lo llevaron a otro centro por la corta edad que tenía entonces, y a mi hermana y a mi nos metieron en un internado masificado, donde convivíamos, o mejor dicho, sobrevivíamos diariamente, niños desde los 3 años hasta los 18. Los pequeños allí éramos carne de cañón, y nadie controlaba lo que pasaba en aquel lugar. Durante 5 largos años vivimos allí, 5 años en los que yo sufrí de nuevo agresiones, palizas y violaciones por parte de otros menores. Era fácil ocultar estos hechos porque era un centro muy grande, con varias plantas, muchísimos menores para controlar entre poca gente. Las personas responsables de nosotros, las que se supone que tenían que protegernos, hacían la vista gorda cuando te decidías a contar algo de lo que pasaba, minimizaban lo que ellas consideraban “peleas de críos”, y prácticamente nos dejaban a nuestra suerte en una jungla en la que  solo sobrevivía el más fuerte.

Para seguir complicando las cosas para nosotros, cada determinado tiempo la asistenta social decidía que teníamos que volver unos días con mi madre para intentar hacer algún tipo de adaptación a la vida con ella con intención de que volviéramos bajo su custodia, porque por algún motivo que desconozco pensó que mi madre se rehabilitaría, y se obcecaba en devolvernos con ella, para volver de nuevo a un infierno. Durante esas visitas seguíamos siendo maltratados, y mi hermana y yo en más de una ocasión fuimos violadas por clientes de mi madre, que nos ofrecía a ellos, supongo que pagarían más… Como es evidente, volvíamos de nuevo al internado.

Mi madre tampoco nos dejaba ser libres de ser adoptados. La asistenta o alguien determinó que tenía que hacernos visitas cada cierto tiempo y alguna llamada, para así demostrar su buena fe, que ella se quería hacer cargo de nosotros, y por lo tanto no lo consideraran abandono. Mi madre hacía lo mínimo, pero lo estrictamente necesario para que no lo considerasen como tal, mostrando así una supuesta muestra de intención de una supuesta rehabilitación que era evidente que nunca llegaría, y que efectivamente, nunca llegó, pero mientras tanto, yo me fui pudriendo allí encerrada, sin saber lo que era el amor, el cariño de una familia, sin saber lo que era sentirse parte de algo, sin demasiadas cosas que a nadie le deberían faltar, menos aún a un niño.

Pasados 5 años mi hermano y yo fuimos adoptados por separado, mi hermana mayor tardó más tiempo aún. Yo tenía 9 años. 9 años de abusos, de humillaciones, de violaciones, de abandono, de hambre que se podían haber evitado de una forma muy sencilla, porque era un caso excesivamente claro como para no ver que no había más solución, y aun así nadie lo hizo. 9 años de mi infancia y de mi vida perdidos por una madre ausente, que le importaban más sus vicios que yo. Perdidos por una administración negligente incapaz de ver los errores internos que condenan a niños a una infancia de absoluta soledad. Perdidos una institución carente de medios ni ganas de hacer nada que permitió todo tipo de aberraciones contra niños indefensos. 9 años de golpes y de situaciones anormales que han dejado dañada mi salud de por vida, y lo peor es que se podía haber evitado.

Y ahora yo me pregunto, si lo que tiene que prevalecer en estos casos es el bien al menor, el bienestar del niño, ¿Quien veló por mi? ¿Donde estaban esas personas que debían protegerme? ¿Donde quedaron mis derechos? ¿Porque se tardó tanto en ver que mi madre no tenia intención de rehabilitarse? ¿Es tan complicado tener unas pautas en las que si un niño esta siendo maltratado, dirijan al mismo hacia una adopción sin tanta dilatación? Y lo más importante de todo, ¿Donde está la protección del menor?

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