familia monoparental y adopción

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Después del atentado

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El atentado nos encontró en Barcelona, lejos del lugar de los hechos (si es que se puede estar lejos en una ciudad como Barcelona), pero igual nos golpeó.

La calle en la que he trabajado 20 años, el trayecto por el que volvía a casa, la hora de salir a recoger a los niños.

Primero fueron las llamadas y los Whatsapps, la búsqueda de noticias, las preguntas. El silencio de la piscina mientras la gente iba marchándose a sus casas. Después, las sirenas de ambulancia a lo largo y ancho del barrio. Y el helicóptero sobrevolando nuestra terraza toda la noche.

¿Podemos dormir contigo?

Y luego llegó el momento de hablar. La conversación que siempre hay que tener con los niños, qué ha pasado, por qué, quiénes eran, qué querían, qué pasará ahora.

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Pero también otra conversación que tenemos que tener cuando nuestros hijos tienen un origen que les conecta con los terroristas: la de las burradas que van a oír a partir de este momento, más todavía. El “puto moro”, “vete a tu país”, “es que no se integran”…

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Pero hay una tercera conversación de la que no he sido consciente hasta que han ido pasando los días y goteando las informaciones, y hemos sabido que los terroristas son chavales, niños en algunos casos, muy parecidos a los nuestros: niños que iban al colegio y jugaban al fútbol, y se encontraban en un casal en el que nadie imaginó siquiera que algo así fuera a pasarles por la cabeza… ¿Hasta qué punto pueden convertirse nuestros hijos en el caldo de cultivo de los radicales que puedan querer aprovecharse de sus dudas identitarias y sus arraigos inseguros para sembrar en sus cabezas la ilusión de pertenecer a algo o alguien?

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Si no quieres tener hijos…

Si no quieres hijos, no los tengas, pero si los tienes hay que educarlos. Eso de querer ser padres pero resistirse a que cambien tu vida me sorprende, porque es imposible y porque cambiar está bien. Esta obsesión por lo práctico… No tener hijos es muy práctico. Tener hijos no es práctico, es apasionante, maravilloso, divertido, aventura fantástica.

Esto lo dijo Carles Capdevila, periodista, padre de 4 hijos, y según quienes le conocían, buena persona, y autor de esta desternillante – y atinada – ponencia sobre lo que es educar hijos.

Hoy ha muerto, con 51 años, de cáncer. Que sus enseñanzas ayuden a los que deja atrás a sobrellevarlo.

La muerte y los perros

Recuerdo nuestra primera conversación, en la cafetería de la cadena de televisión donde se emitía el programa en el que ambas trabajábamos. Ella tenía 38 años y hacía dos que se había quedado viuda. Me lo contó este día y me pareció que aún estaba en shock.

Luego vinieron otras conversaciones, cines, cenas, tardes en la terraza de su casa (más de una insolación de invierno), copas de vino, amigos compartidos, confidencias, discos de Sabina, conciertos, libros, desacuerdos, risas, complicidades. Y un futuro que parecía desplegarse delante nuestro, infinito.

Tardes y noches respirando el olor a pinos mientras sus perros, Pirus y Atka, nos rondaban.

Y ese viaje Barcelona-Marsella-Lago di Garda-Mostar-Sarajevo-Dalmacia-Dubrovnik-Split-Ancona-Bologna-Arlès-Barcelona que hicimos con X., los tres pasábamos una época extraña, con duelos sin resolver y sin saber qué queríamos ser cuando fuéramos mayores, y fue un viaje extraño, intenso, a la vez hacia el mundo y hacia dentro.

Un paisaje después de la batalla para tres personas que nos recuperábamos de nuestras guerras.

La última vez que hablamos dijimos de volver dentro de 10 años.

Luego vino la distancia, los desencuentros, los malentendidos, los silencios. El tiempo que pasa y el ya la llamaré mañana, hoy se me hizo tarde, los saludos a través de amigos.

Fue la enfermedad quién me devolvió a C.

Alguien me dijo que se había encontrado mal y había ido al hospital, que allí habían encontrado que estaba llena de tumores. Que le cortaron trozos de pulmón, hígado, intestino, y le dieron una quimio que la dejó agotada y sin pelo.

Los correos para ponernos al día, la nostalgia y los planes de futuro, los niños, los perros (que ya eran otros), los amigos. Los libros.

¿Quieres que me ponga peluca? ¿Se asustarán los niños?, no, los niños no se asustarán, si lo hacen nos lo dirán, y así pasamos otra tarde en esa casa de piedra que yo no conocía, con chocolate y perros y sol.

Hace una semana me escribió para decirme que estaba ingresada, que los tumores habían crecido, la quimio era inviable, y que quizás era mejor que habláramos de 10 días que de 10 años.

Tuve la suerte de poder ir a verla, hablar con ella por última vez. De que la muerte no le daba miedo pero le parecía rara, de qué pasaría con los que quedarían, de que todo era tan distinto a cómo había imaginado, del libro de Murakami que no iba a terminar.

Era festivo y en ningún lugar encontramos las flores blancas que tanto le gustaban.

Ayer por la mañana me dijeron que había pedido que la sedaran. A mediodía me dijeron que “se había ido”.

Que difícil de creer que ya no exista.

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Hace unos meses leí (y guardé) este fragmento en el libro de Guillermo Arriaga “El Salvaje”.

De acuerdo con la mitología náhuatl, una persona al fallecer debe migrar al Mictlán – el lugar de los muertos – situado en lo más profundo de la Tierra. El trayecto es prolongado y se necesitan cuatro años para recorrerlo. Durante el viaje se requiere salvar varias pruebas en completa oscuridad:

Remontar dos sierras.

Vadear un río custodiado por una serpiente.

Pasar por un lugar protegido por un lagarto.

Atravesar un cerro de pedernales.

Ascender ocho páramos donde el viento corta como navajas.

Surcar ocho collados donde no cesa de nevar.

Cruzar el río Chiconahuapan.

Este último es un río caudaloso y difícil de cruzar en la impenetrable noche de la muerte. AL llegar a la ribera, los muertos descubren que les aguardan sus perros. Los perros, al reconocer a su dueño, menean sus colas, felices por el reencuentro. El amo entra al agua y se sostiene del lomo de su perro que con sabiduría canina lo guía por entre los rápidos para atravesar sanos y salvos. Una vez que arriban a la otra orilla, perro y amo continúan juntos hasta la último morada: el Mictlán.

Aquellos que en vida maltrataron a su perro no tendrán su auxilio para cruzar el río y deambularán perdidos en los laberínticos territorios de la oscuridad eterna.

No tengo ninguna duda de que Pirus y Atka la esperaban para atravesar con ella este último río.

Guárdanos sitio donde quiera que estés.

Tiempo de duelo

No conocía a Bimba Bosé, ni siquiera me interesaba especialmente su trabajo, pero, como tanta gente, ayer me conmocionó la muerte de esa mujer joven, madre de dos hijas pequeñas.

Y llevo desde entonces dando vueltas al mensaje de su hija: “No es un día de tristeza, a mi madre es lo que menos le gustaba, la tristeza”… ¿Estamos en una sociedad, en una época, en la que nos negamos la posibilidad de estar tristes? ¿Nos damos tiempo para hacer los duelos por las pérdidas que sufrimos?

¿No nos piden enseguida que “lo superemos” “tiremos adelante”, volvamos a nuestra “normalidad”…?

Me doy cuenta de que he tardado años en recuperarme de algunas pérdidas… y que en pocos meses se me pedía que hubiera dejado de hablar de ello, incluso de pensar en ello. Los tiempos sociales son unos y los tiempos personales son otros, y la sociedad es muy poco permisiva con esto. 

 Yo perdí a mi abuela con esta edad, fue durísimo… casi inabarcable. Recuerdo el dolor antes, durante, después, la certeza de que la vida no volvería a ser igual… la necesidad de parar el tiempo.

Karyn Purvis

Todos necesitamos lo mismo: necesitamos saber que importamos, que estamos conectados, que estamos a salvo, que alguien oye nuestro llanto. Esta es la materia de la que está hecha la humanidad.

Ha muerto Karyn Purvis, de cuyo libro “El niño adoptado” hablamos aquí .

C., madre adoptiva de una niña nacida en Rusia y seguidora de esta autora, ha querido compartir una de las lecciones que aprendió en una conferencia suya.

El concepto de la REGULACIÓN en un concepto relativamente nuevo que se utiliza para definir la capacidad que tiene una persona para responder a las exigencias de experimentar la gama de emociones de una forma socialmente tolerable y suficientemente flexible para permitir tanto reacciones espontáneas como para demorar reacciones espontáneas cuando es necesario. Llamamos desregulación a la respuesta pobremente modulada a esas mismas exigencias.

Hemos aprendido con la Dra. Purvis los conceptos de REGULACIÓn POR MEDIO DE OTROS, CO-REGULACIÓN Y AUTOREGULACIÓN. Por dar unos ejemplos diremos que:

LA REGULACIÓN POR MEDIO DE OTROS: cuando un bebé llora, los adultos acuden para regularle. Le acunamos, le alimentamos, le cambiamos el pañal. El bebé no tiene que ayudar en la regulación, nosotros lo regulamos.

LA CO-REGULACIÓN: cuando un niño pequeño dice que tiene hambre, está comunicando su necesidad y la llenamos dándole algo para comer. Si dice que tiene frío, le cubrimos con una manta, si tiene miedo le aseguramos que no está en peligro. La regulación se logra con nuestra ayuda, el peque inicia el proceso de regulación y nosotros le ayudamos a que culmine.

LA AUTOREGULACIÓN: Un niño más grande o un adulto tiene frío o hambre y busca una abrigo y se lo pone o va a la refrigeradora y se hace un bocadillo. Está enojado, o frustrado, o asustado y lo habla con alguien o aprieta los puños, o respira hondo para calmarse. Acude a un amigo o a su madre y le cuenta sus problemas, oye consejos, sopesa las opciones.

Muchas veces lo que intentamos es enseñarle a nuestros hijos a autoregularse. Les damos diferentes técnicas, ideas o estrategias para que lo puedan lograr. El problema es que muchos de nuestros hijos, niños que vienen de pasados traumáticos nunca pasaron por estas etapas!! No fueron regulados por otros y no saben co-regularse….. menos aun pueden autoregularse aunque les demos miles de estrategias. Aquellos nenes que pasan de 1 a 100 en la escala del enojo en dos segundos, que explotan sin que sepamos por qué, que una vez que están desregulados tienen muchísima dificultad para volver a un estado de regulación, lo que realmente necesitan estos peques es regresar emocionalmente al estado de REGULACIÓN POR MEDIO DE OTROS y de CO-REGULACIÓN. Muchos ni siquiera pueden verbalizar qué les ocurre, no saben por qué están desregulados.

Si volvemos a llenar esas necesidades que no se llenaron en su primera infancia y empezamos a regularles NOSOTROS hasta que puedan avanzar hacia la co-regulación podremos lograr que lleguen a desarrollar la capacidad autoregularse más adelante.

Azcona

El primer adoptado adulto al que “conocí”, al que “escuché”, al que leí, fue David Azcona. Entonces se llamaba David, era el presidente de “La Voz de los Adoptados”, y tenía un blog que creo recordar que se llamaba Soy Adoptado en el que leí algunos textos que me emocionaron.

Como este poema que recuperé algún tiempo atrás.

En algún momento, el blog desapareció y yo dejé de oír hablar de y a David Azcona.

Y un tiempo más tarde, lo volví a descubrir convertido en Abel Azcona. Un artista polémico, desgarrador, incómodo, que provoca emociones fuertes, que pone a prueba a la gente que ve y participa en su obra, en sus performances. Que se pone a prueba a si mismo en cada paso que da, o al menos esta es la impresión que me da. 

Hace unos días, alguien me pasó este vídeo donde habla de su obra y su vida.

 Es alucinante la contradicción entre la forma y el contenido: las cosas tremendas que cuenta (que ha vivido), y la calma, con las que las cuenta.

Los detalles escabrosos y sangrantes. La tortura que vivió en su infancia. Los intentos de suicidio. Las dificultades para vincularse. La reivindicación de su derecho a no haber nacido.

 

Todo aquello que los adoptantes no queremos oír de los adoptados.

 Pero también la manera en la que crea algo con su dolor, su historia, su vacío. Que no deja de ser una forma de resiliencia.

P.D. También me ha parecido muy interesante para conocer mejor al personaje, esta entrevista en dos partes.

Sobre derechos, decisiones y libertades

Debatimos estos días sobre la historia de una mujer alemana que a los 65 años se ha quedado embarazada de cuatrillizos. Ya tiene 13 hijos y 7 meses y la decisión de volverse a embarazar la tomó porque su hija de 9 años (es decir, nacida cuando ella debía tener 55), le pedía un hermano más pequeño.

Del debate me sorprende sobretodo que hay personas que argumentan que ella es libre para hacer lo que le plazca, que es su decisión, que nadie tiene derecho a juzgarla, que nadie tiene el monopolio de la buena parentalidad…

Me parece interesante el debate, pero niego la mayor: no tenemos derecho a hacer lo que nos plazca, no podemos tomar cualquier decisión. Hay leyes, normas, consensos sociales… Nadie puede decidir, por ejemplo, moler sus hijos a palos, no alimentarlos, ni siquiera no escolarizarlos (mejor dicho, no educarlos). O mutilarlos o provocarles enfermedades o negarles medicaciones que necesiten.

¿El derecho de una mujer a ser madre a los 65 está por encima del derecho de los niños a criarse con una madre (y padre si fuera el caso) que pueda ocuparse de ellos hasta una edad razonable? ¿El derecho de una mujer de ser madre a los 65 está por encima al de sus hijos a nacer sanos, a tener una calidad de vida razonable?

Es verdad que todos podemos enfermar o morir, incluso los jóvenes. Pero el riesgo no es el mismo a los 30 que a los 60 (menos aún después de un embarazo de riesgo a los 65). Es verdad que todos los niños pueden nacer con enfermedades o discapacidades; pero en el caso de cuatrillizos (y de un embarazo a los 65), estas probabilidades se multiplican por mucho. No es lo mismo asumir los problemas de salud que pueden llegar con cualquier hijo que crear hijos que tienen muchas probabilidades de sufrir estos problemas de salud. No es lo mismo asumir los riesgos inherentes a estar vivo que crear hijos para convertirles en huérfanos a una edad temprana.

Uno de los argumentos es que con la cantidad de familia que hay no se quedaran solos. Y sí me parece importante la tribu, la garantía de que tus hijos recibirán cuidados, y amor, aunque te pase algo… pero también sé que los niños no son de goma, que su psique, su parte emocional, no es de goma, y que perder a tu madre a una edad temprana (o convivir con una madre enferma o dependiente) deja secuelas que hay que tener en cuenta.

Algunas leyes y consensos sociales son injustas y han ido cambiando con el tiempo (hace no tantos años, ser madre soltera, o divorciada, no digamos ya ser homosexual, podía ser motivo para que te quitaran la custodia de un hijo, lo que ahora parece absurdo a la mayoría de la gente), y quizás suceda esto con la edad a la que tenemos los hijos… De hecho, hace unos años, una mujer que era madre después de los 40 era una “madre mayor” y hoy parece muy normal, y quizás cuando vivamos hasta los 120 (y tengamos buena calidad de vida hasta los 120) nos parecerá normal parir a los 60… pero esto, por ahora, no es así: la esperanza de vida en España está por debajo de los 83 años, y la calidad de vida de la gente de esta edad es a menudo incompatible con las exigencias de la crianza de un hijo, no digamos ya de 4…

Aunque el límite de edad pueda ser flexible, ¿no tendrá que haber siempre un límite? Si ha podido ser madre a los 65 para complacer a su hija de 9, ¿nos parecerá igualmente razonable (a los que la defienden) que lo vuelva a ser a los 75 para darle hermanos a los hijos que nacen ahora? ¿A los 85? ¿A los 90?

(Discusión colateral: ¿Se debe tener un hijo para complacer al que ya tenemos, una criatura que difícilmente puede prever las implicaciones de esta decisión? ¿No sería más razonable explicar a su hija que se va a quedar de hermana pequeña y enseñarla a disfrutar de hermanos mayores y sobrinos de edades cercanas a las suyas? ¿Seguirá pareciéndole buena idea lo de los hermanos pequeños si pierde su niñez cambiando pañales a 4 bebés, cuando descubra lo diferentes que son los hermanos de los juguetes?).

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