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Canción Dulce / Tiempos de swing

Hace más de 20 años, un compañero de trabajo que tenía entonces un niño de dos o tres años me dijo que, desde que era padre, era incapaz de leer nada donde salieran niños que sufren algún daño. A mí no me pasaba, y siguió sin pasarme cuando llegaron mis hijos, así que, a pesar de lo duro del asunto, cogí con ganas “Canción Dulce”, de Leila Slimani.

 

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No hay nada oculto en el tema del libro, se conoce desde la primera línea: es la historia del asesinato de dos criaturas en manos de su cuidadora.

Una historia que entronca con el mito de “La mano que mece la cuna”, este miedo supongo que ancestral que tenemos todas las madres y padres por la seguridad de nuestros hijos cuando los dejamos en manos ajenas. Yo recuerdo que en una ocasión, hace años, abandoné el trabajo y regresé para despedir a una canguro que no me generaba confianza después de leer la noticia del juicio a una cuidadora por asesinar al niño del que se ocupaba. Pero es también una novela sobre muchas de las contradicciones de la vida moderna: las contradicciones de las madres (casi siempre ajenas a los padres) de echar de menos el trabajo y la vida fuera de los niños cuando estamos cuidando pero sentir que no atendemos bien a nuestros hijos cuando no estamos a su lado; la contradicción entre querer a nuestros hijos más a nuestras vidas pero acabar agotadas de ellos; las contradicciones entre integrar en la familia a una persona que se ocupa de los niños, de la casa, y la distancia que marcamos con ellas; las contradicciones de la cuidadora que entrega a sus niños, a su familia, todo lo que es sabiendo que en cualquier momento puede perderles; la invisibilidad del trabajo doméstico y la contradicción de conseguir la liberación de la mujer de este trabajo a partir, muchas veces, del trabajo mal pagado de otras mujeres.

De Zadie Smith leí primero “Sobre la belleza” y solo después su reconocidísima primera novela, “Dientes blancos”. Me parecieron interesantes, pero un poco faltas de naturalidad, algo rígidas. Muy distintas a lo que me ha parecido “Tiempos de Swing”, que como indica su título, fluye:

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“Tiempos de swing” es la historia de dos amigas biraciales que crecen en un barrio obrero de Londres en los 90. Aparentemente, lo único que tienen en común son las clases de baile (que afrontan con muy desigual desempeño) y el color de piel. Pero han pasado los años, y aunque han llegado a sitios muy distintos, siguen siendo las únicas que se conocen una a la otra como nadie. Una novela sobre crecer en una ciudad europea siendo biracial, sobre los sueños y las concesiones, sobre cómo lo personal es siempre político y sobre el peso de la amistad.

 

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Odio, condena, miedo

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Mucho se ha hablado en estos días del asesinato de Gabriel Cruz a manos (presuntamente) de la pareja de su padre. Una mujer racializada, negra, migrante. Estos elementos han estado en el epicentro de muchos debates, y de muchos despropósitos, y han hecho aflorar la parte más turbia de nuestra sociedad. La que grita el racismo, la que condena a las mujeres porque si no son puras, solo pueden ser putas, la que manda a la gente a su país a la primera de cambio. La que nos conecta con el paradigma de la madrastra. La que clama por la cadena perpetua, por la pena de muerte, por el linchamiento público. Esa paradoja de pedir el asesinato, la crueldad y el sadismo para combatir el asesinato, la crueldad y el sadismo.

Esa paradoja de gente que se siente virtuosa pidiendo lapidaciones en plazas públicas.

La caza del monstruo despertando monstruos.

Esta punta del iceberg que solo aflora a veces y que da tanto miedo.

Y es bueno, que dé miedo. Es bueno porque las cosas peligrosas tienen que dar miedo.

Es bueno que se caigan las caretas, aunque duela, aunque parezca que hace más difícil de transitar la calle o el Facebook o el bar de la esquina.

 

La infanticida

Hace muchos años, me impresionó un cuento de Caterina Albert/ Víctor Català llamado “La infanticida”, un monólogo desde la cárcel de una mujer condenada por matar a su hijo neonato.

No lo he vuelto a leer, pero me acuerdo de él cada vez que leo sobre madres que matan o abandonan en sitios donde tienen pocas probabilidades de vivir a sus hijos recién nacidos; si es que lo hacen ellas: cuando se encuentra un bebé, no se puede saber de entrada si ha sido la madre quien lo ha dejado u otra persona de su entorno.

M. me ha pasado esta versión teatral de “La infanticida”. Uno de los pocos textos que me han permitido entender y empatizar con las circunstancias que pueden llevar a una madre a hacer las cosas más terribles.

 

Después del atentado

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El atentado nos encontró en Barcelona, lejos del lugar de los hechos (si es que se puede estar lejos en una ciudad como Barcelona), pero igual nos golpeó.

La calle en la que he trabajado 20 años, el trayecto por el que volvía a casa, la hora de salir a recoger a los niños.

Primero fueron las llamadas y los Whatsapps, la búsqueda de noticias, las preguntas. El silencio de la piscina mientras la gente iba marchándose a sus casas. Después, las sirenas de ambulancia a lo largo y ancho del barrio. Y el helicóptero sobrevolando nuestra terraza toda la noche.

¿Podemos dormir contigo?

Y luego llegó el momento de hablar. La conversación que siempre hay que tener con los niños, qué ha pasado, por qué, quiénes eran, qué querían, qué pasará ahora.

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Pero también otra conversación que tenemos que tener cuando nuestros hijos tienen un origen que les conecta con los terroristas: la de las burradas que van a oír a partir de este momento, más todavía. El “puto moro”, “vete a tu país”, “es que no se integran”…

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Pero hay una tercera conversación de la que no he sido consciente hasta que han ido pasando los días y goteando las informaciones, y hemos sabido que los terroristas son chavales, niños en algunos casos, muy parecidos a los nuestros: niños que iban al colegio y jugaban al fútbol, y se encontraban en un casal en el que nadie imaginó siquiera que algo así fuera a pasarles por la cabeza… ¿Hasta qué punto pueden convertirse nuestros hijos en el caldo de cultivo de los radicales que puedan querer aprovecharse de sus dudas identitarias y sus arraigos inseguros para sembrar en sus cabezas la ilusión de pertenecer a algo o alguien?

Si no quieres tener hijos…

Si no quieres hijos, no los tengas, pero si los tienes hay que educarlos. Eso de querer ser padres pero resistirse a que cambien tu vida me sorprende, porque es imposible y porque cambiar está bien. Esta obsesión por lo práctico… No tener hijos es muy práctico. Tener hijos no es práctico, es apasionante, maravilloso, divertido, aventura fantástica.

Esto lo dijo Carles Capdevila, periodista, padre de 4 hijos, y según quienes le conocían, buena persona, y autor de esta desternillante – y atinada – ponencia sobre lo que es educar hijos.

Hoy ha muerto, con 51 años, de cáncer. Que sus enseñanzas ayuden a los que deja atrás a sobrellevarlo.

La muerte y los perros

Recuerdo nuestra primera conversación, en la cafetería de la cadena de televisión donde se emitía el programa en el que ambas trabajábamos. Ella tenía 38 años y hacía dos que se había quedado viuda. Me lo contó este día y me pareció que aún estaba en shock.

Luego vinieron otras conversaciones, cines, cenas, tardes en la terraza de su casa (más de una insolación de invierno), copas de vino, amigos compartidos, confidencias, discos de Sabina, conciertos, libros, desacuerdos, risas, complicidades. Y un futuro que parecía desplegarse delante nuestro, infinito.

Tardes y noches respirando el olor a pinos mientras sus perros, Pirus y Atka, nos rondaban.

Y ese viaje Barcelona-Marsella-Lago di Garda-Mostar-Sarajevo-Dalmacia-Dubrovnik-Split-Ancona-Bologna-Arlès-Barcelona que hicimos con X., los tres pasábamos una época extraña, con duelos sin resolver y sin saber qué queríamos ser cuando fuéramos mayores, y fue un viaje extraño, intenso, a la vez hacia el mundo y hacia dentro.

Un paisaje después de la batalla para tres personas que nos recuperábamos de nuestras guerras.

La última vez que hablamos dijimos de volver dentro de 10 años.

Luego vino la distancia, los desencuentros, los malentendidos, los silencios. El tiempo que pasa y el ya la llamaré mañana, hoy se me hizo tarde, los saludos a través de amigos.

Fue la enfermedad quién me devolvió a C.

Alguien me dijo que se había encontrado mal y había ido al hospital, que allí habían encontrado que estaba llena de tumores. Que le cortaron trozos de pulmón, hígado, intestino, y le dieron una quimio que la dejó agotada y sin pelo.

Los correos para ponernos al día, la nostalgia y los planes de futuro, los niños, los perros (que ya eran otros), los amigos. Los libros.

¿Quieres que me ponga peluca? ¿Se asustarán los niños?, no, los niños no se asustarán, si lo hacen nos lo dirán, y así pasamos otra tarde en esa casa de piedra que yo no conocía, con chocolate y perros y sol.

Hace una semana me escribió para decirme que estaba ingresada, que los tumores habían crecido, la quimio era inviable, y que quizás era mejor que habláramos de 10 días que de 10 años.

Tuve la suerte de poder ir a verla, hablar con ella por última vez. De que la muerte no le daba miedo pero le parecía rara, de qué pasaría con los que quedarían, de que todo era tan distinto a cómo había imaginado, del libro de Murakami que no iba a terminar.

Era festivo y en ningún lugar encontramos las flores blancas que tanto le gustaban.

Ayer por la mañana me dijeron que había pedido que la sedaran. A mediodía me dijeron que “se había ido”.

Que difícil de creer que ya no exista.

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Hace unos meses leí (y guardé) este fragmento en el libro de Guillermo Arriaga “El Salvaje”.

De acuerdo con la mitología náhuatl, una persona al fallecer debe migrar al Mictlán – el lugar de los muertos – situado en lo más profundo de la Tierra. El trayecto es prolongado y se necesitan cuatro años para recorrerlo. Durante el viaje se requiere salvar varias pruebas en completa oscuridad:

Remontar dos sierras.

Vadear un río custodiado por una serpiente.

Pasar por un lugar protegido por un lagarto.

Atravesar un cerro de pedernales.

Ascender ocho páramos donde el viento corta como navajas.

Surcar ocho collados donde no cesa de nevar.

Cruzar el río Chiconahuapan.

Este último es un río caudaloso y difícil de cruzar en la impenetrable noche de la muerte. AL llegar a la ribera, los muertos descubren que les aguardan sus perros. Los perros, al reconocer a su dueño, menean sus colas, felices por el reencuentro. El amo entra al agua y se sostiene del lomo de su perro que con sabiduría canina lo guía por entre los rápidos para atravesar sanos y salvos. Una vez que arriban a la otra orilla, perro y amo continúan juntos hasta la último morada: el Mictlán.

Aquellos que en vida maltrataron a su perro no tendrán su auxilio para cruzar el río y deambularán perdidos en los laberínticos territorios de la oscuridad eterna.

No tengo ninguna duda de que Pirus y Atka la esperaban para atravesar con ella este último río.

Guárdanos sitio donde quiera que estés.

Tiempo de duelo

No conocía a Bimba Bosé, ni siquiera me interesaba especialmente su trabajo, pero, como tanta gente, ayer me conmocionó la muerte de esa mujer joven, madre de dos hijas pequeñas.

Y llevo desde entonces dando vueltas al mensaje de su hija: “No es un día de tristeza, a mi madre es lo que menos le gustaba, la tristeza”… ¿Estamos en una sociedad, en una época, en la que nos negamos la posibilidad de estar tristes? ¿Nos damos tiempo para hacer los duelos por las pérdidas que sufrimos?

¿No nos piden enseguida que “lo superemos” “tiremos adelante”, volvamos a nuestra “normalidad”…?

Me doy cuenta de que he tardado años en recuperarme de algunas pérdidas… y que en pocos meses se me pedía que hubiera dejado de hablar de ello, incluso de pensar en ello. Los tiempos sociales son unos y los tiempos personales son otros, y la sociedad es muy poco permisiva con esto. 

 Yo perdí a mi abuela con esta edad, fue durísimo… casi inabarcable. Recuerdo el dolor antes, durante, después, la certeza de que la vida no volvería a ser igual… la necesidad de parar el tiempo.

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