familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Archivo para la Categoría "Muerte"

Diario del año de la peste, entrega 207

Ya hemos puesto el Belén, con las figuras desconchadas de la infancia de N., y el árbol con sus luces, una guirnalda de estrellas de cartulina en la puerta de casa y hemos sacado el tió del armario.

Yo nunca he sido muy partidaria de los excesos decorativos navideños, pero a las criaturas les apasiona y lo sacan y cuelgan todo. Hay que perseguirles para que no cambien las cosas tanto de sitio que no las encuentres.

Nos acercamos a la Navidad más extraña de nuestras vidas, una Navidad enmascarada y distanciada, sin comidas familiares inacabables, chistes de cuñados, primos achispados y abuelas derrengadas después de cocinar esos platos exquisitos y laboriosos, poner la casa a punto, planchar el mantel de las fiestas, volver a guardar las copas y las tazas de porcelana. Sin que nadie grite en el brindis esto de “para que el año que viene seamos más y no menos”, no sea que.

Per Nadal, cada ovella al seu corral (por Navidad, cada oveja en su corral) dice el refranero, y esto es lo que tocará hacer: recogerse con los propios, mirar hacia adentro, posponer la intersección de burbujas familiares, con cancionero navideño y aguinaldo.

Volver a la esencia de esta festividad cuyo cariz comercial, escandaloso y excesivo tanto he aborrecido, pero que ahora añoro.

Ha muerto John Le Carré, a quien tanto leí hace 30 años. Probablemente hay pocas radiografías de la condición humana tan certeras como algunas de sus novelas. Este mundo hostil que él tan bien retrató es hoy un poco más inhóspito.

(La imagen es uno de los dioramas de la Iglesia de Betlem, en las Ramblas de Barcelona, a la que nuestra abuela nos llevaba puntualmente todas las Navidades. El año pasado fue mi madre la que llevó a las criaturas).

Diario del año de la peste, entrega 205

Esta semana hemos tenido reunión del programa. Las que estamos en Madrid hemos entrado por Zoom, pero los compañeros de Barcelona se han reunido presencialmente, aprovechando que por el festivo la redacción estaba vacía. Les veíamos al otro lado de la pantalla, con sus mascarillas y sus dos metros de distancia.

Luego hablo con B. para preguntarle cómo se ha sentido después de tantos meses sola en casa. Me dice que entiende que el programa no necesite que ella esté en la Redacción, pero que ella sí lo necesita: se pasa los días sola en casa, después de que su familia se descompusiera: primero murió su hijo de 16 años, un día de Sant Jordi en el que ella se encontraba a 600 km de casa; un par de años más tarde, su marido se marchó de casa y no han vuelto a hablar.

Que necesita la comunicación cotidiana, salir de casa, ir al trabajo, hablar de cosas sin importancia, regresar.

La escucho mientras me cuenta que su vida no tiene mucho sentido, que la gente cambia de tema cuando intenta hablar de sus pérdidas, que se siente tan sola, que a veces piensa que solo quiere meterse en la cama y ya, pero que sabe que otros lo pasan peor, ella tiene trabajo y viajes en su agenda futura, una familia que le arropa aunque viva en otra ciudad.

Y me siento tan afortunada del caos y el ruido de casa.

Diario del año de la peste, entrega 185

Ayer murió la madre de M.

Durante los últimos 5 años, y hasta que llegó marzo del 2020, nos hemos sentado una al lado de la otra en la redacción. Hemos compartido el trabajo, nos hemos interpelado y hemos confrontado temas, nos hemos pedido y ofrecido ayuda. Pero también hemos compartido charlas, logísticas domésticas, fotos y anécdotas de las criaturas, que tienen edades similares, opiniones políticas y recomendaciones de películas, libros y series.

Hemos visto como crecían sus hijas y los míos, y también como su madre se iba haciendo mayor, empezaba a perder memoria, su salud se deterioraba, M. tenía que reorganizar sus prioridades y sus tiempos para ayudarla. A veces sonaba el teléfono y volvía a ser la madre de M., que le volvía a preguntar algo a lo que ya había respondido varias veces; en otras ocasiones, era alguien que la reclamaba: un médico, su cuidadora, la farmacéutica, alguien del centro cultural donde todavía hacía cursos.

En estos 8 meses, el deterioro de la madre de M. ha seguido avanzando, pero no ha formado parte de mi día a día.

Ayer murió.

Nonagenaria y hasta hace 3 semanas, aún tocaba el piano. No se puede desear una vida mejor.

En la puerta del tanatorio había un hombre con mascarilla y traje que te pregunta a qué sala vas; tiene un papel donde apunta a boli cuánta gente ha subido y cuánta ha vuelto a bajar, para que nunca sean más de los 10 de aforo máximo.

¿Nos abrazamos? Nos abrazamos.

Veo a M. entera. Ayer, me dice, se quedó en shock, pero ya ha empezado a digerir la nueva normalidad que a partir de ahora empieza en su casa. La burocracia, complicadísima par quien nunca se ha enfrentado a ella, pero por suerte unos familiares enterraron a su madre hace poco y la han guiado.

Me cuenta que en estas últimas semanas, su madre estaba ya muy mal, pero que esta vulnerabilidad le hizo quitarse la coraza que ha llevado toda la vida y que se sintió más cerca de ella que nunca.

Me cuenta cómo le duele que en el momento de morir, había salido a comprar unas esponjas.

Que llamaron ayer a la doctora porque la veían mal y les dijo que le dieran analgésicos y que hoy les llamaría. Como se ha compadecido de la doctora cuando le ha tenido que decir que su paciente había muerto.

Hablamos de lo frío que es morirse y lo extraño que se nos hace todo y lo horribles que son los tanatorios, “fábricas de muertos”, les llamaba mi abuela.

Parece que lo haya decorado Donald Trump, dice el marido de M. y pienso que es verdad: estas paredes azules, las tapicerías, las cortinas, el terciopelo.

De vez en cuando pasa una chica con un carro, ofreciendo cafés, infusiones, aguas.

No va a haber funeral: el aforo máximo, también de 10 personas, hace que no tenga sentido. Irán con los primos al crematorio y mañana será otro día.

Diario del año de la peste, entrega 160

Cuando éramos pequeñas, mi hermana era la que se ponía enferma y yo la que no enfermaba nunca.

Siempre he pensado que ambas cosas tenían que ver con la extraña – y enfermiza- relación que tenía mi madre con la enfermedad, que la hacía regañarnos y ponerse de mal humor cada vez que vomitábamos, o nos subía la fiebre, como si la culpa en vez de los virus o de las bacterias, fuera nuestra. Mi subconsciente optó por no pillar ni un mal resfriado; el de mi hermana, por ir a por todas las cosas de gravedad posibles, desde neumonía a hepatitis vírica, pasando por cólicos nefríticos. Cosas que fuera imposible pasar por alto.

De mayor he seguido resistiéndome a ponerme enferma, y he seguido haciendo vida normal cuando enfermaba, sin pisar prácticamente nunca el médico; pero, quizás para compensar, he desarrollado una hipocondría digna de mejor causa. Cuando trabajo sobre temas médicos, me angustio, siempre me parece que tengo los síntomas de todas las enfermedades, especialmente, de cáncer.

Hasta que llegó el Covid-19. Fue leve, no tuvo más complicaciones que una otitis que durante unos días fue muy dolorosa y luego algo molesta, y no parece haber dejado secuelas. Pero durante meses, cada cosa que me pasaba: si se me caía algo más de cabello, el día que amanecí con los tobillos hinchados, los dolores de barriga, el cansancio… todo me parecía que era Covid-persistente, el nombre que se le ha dado a esa continuidad de lo que no está claro si son síntomas o secuelas, y que tiene a algunas personas colgadas de la angustia y la amargura meses después de pasar la enfermedad.

Hasta que esta semana he leído la historia de la mujer que ha muerto de cáncer sin que la viera el médico, que ha conseguido que tenga la hipocondría disparada: de repente, el cansancio, el dolor de espalda, la indigestión, me parecen síntomas inapelables de una enfermedad mortal.

Debe ser lo que llaman nueva normalidad.

Diario del año de la peste, entrega 127

En estos últimos meses he pensado mucho en H. Una de las últimas veces que nos vimos, hace ya toda una vida, me dijo que había que vivir al día, disfrutar de las cosas, gastar todo lo que ganas, porque, total, mañana podemos estar muertos.

Y yo le dije, sí, pero también podemos estar vivos, y entonces, ¿qué hacemos si lo hemos dilapidado todo?

Ha llegado la pandemia y todos los planes de futuro han saltado por los aires. O si no tanto, al menos han quedado en stand by. ¿Cuál es la mejor opción ahora que la vida es tan imprevisible, guardar para mañana o vivir como si no hubiera un mañana?

Conocí a H. cuando tenía 19 años y empecé a salir con su hermano pequeño. Todavía compartían habitación en casa de su madre, un dormitorio con dos camas gemelas como las de Epi y Blas, y también compartían amigos, noches, gustos musicales. Con sus diferencias y a veces incluso conflictos, eran una de esas díadas de hermanos a los que unen tantas complicidades y referencias compartidas.

Dejé de ver a H. hace 3 décadas, cuando lo dejé con su hermano; en esos últimos años, alguna vez he sabido algo de él a través de amigos comunes, de cosas compartidas en Facebook. Seguía igual: las mismas patillas, la misma parka, la misma sonrisa socarrona.

El otro día leí que había muerto: enfermó de cáncer, aguantó los tratamientos, pero finalmente, falleció. Valiente hasta el último momento, dando ánimos a los que le rodeaban.

No me esperaba que una noticia como esta me afectara tanto, tanto tiempo después. Tuvo que morir para que fuera consciente del cariño que le tuve.

También ha muerto el hermano de G. No le conocí, pero hace algunos meses, en una de las primeras salidas al parque que compartimos cuando empezó a aliviarse el confinamiento, G. me comentó que había ido al médico y estaba lleno de metástasis: más de 70 focos distintos de cáncer en distintos órganos. Ayer volví a hablar con él y me dijo que estaba bien, tranquilo, conforme, porque su hermano murió como quería, sin sufrimientos innecesarios.

Que sean los hermanos de los amigos y no ya sus madres, sus padres, lo que empiezan a fallecer, es una de las medidas más implacables del paso del tiempo.

Y además:

Dice Gabriel Rufián:

Al alba del 18 de agosto de 1936 fusilaron a Federico García Lorca por ‘comunista, homosexual y masón’. El fascista que le asesinó dijo: ‘le metí dos tiros por el culo por maricón’.

84 años después, sus restos aún se buscan y los del fascismo que le fusiló aún se votan.

Diario del año de la peste, entrega 90

Aunque Xavier Sardà es conocido básicamente por su trabajo en radio y televisión, a mi me dejó una huella profunda su libro “Mierda de infancia”, que empieza con la muerte de su madre, a los 8 años, y termina con la de su hermano pequeño, a los 30, de una enfermedad entonces misteriosa y amenazadora, letal. Un trayecto que hizo siempre de la mano de su hermana mayor, su segunda madre, de la que decía: “Rosa es paciente con el destino. Ser la mayor de cinco hermanos y la única mujer no es precisamente un obsequio de los dioses”.

La Navidad pasada, Rosa Maria Sardà publicaba, a los 78 años, su primer libro: “Un incidente sin importancia”, historias muy íntimas con los “cuarenta años de dictadura de un asesino” como trasfondo siniestro. La infancia de extrarradio (“Mi Macondo es Moncada i Reixach”) y posguerra, sus hermanos a los que crió, la madre que murió después de intentar “adiestrarla para la vida de una manera inocente, romántica y equivocada”, los abuelos, de los que dice “todo lo aprendí de ellos, todo lo que me gusta, el teatro, reír, leer, ¡Vivir!”, la amistad, que “es lo único que no me ha engañado, que no me ha traicionado, que alimenta mi vida y me da alegría”, la clandestinidad, la tristeza por hacerse mayor, la impresión de que todas sus luchas habían sido en balde, el miedo a la muerte, que ya la rondaba.

Decía Joan Margarit en uno de sus poemas: “Ser viejo es que la guerra ha terminado. /Es saber dónde están los refugios, hoy inútiles”.

Murió Rosa María Sardà, dejando a sus hermanos supervivientes un poco más huérfanos. Ojalá haya refugios, donde quiera que vaya.

Diario del año de la peste, entrega 89

Hoy hace exactamente 3 meses que se cerraron las escuelas, aunque nuestras criaturas ya no fueron el día anterior. ¿Para qué, pensamos, someterlos al riesgo de contagiarse o contagiar si se pueden quedar en casa? Así que se fueron sin despedirse de sus compañeros, sin recoger los libros ni los compases ni las batas de pinturas, convencidos que sería cosa de unos días.

Este curso ya no regresarán, ninguno de los cuatro; el curso que viene, C. y B. cambiarán de etapa, profesorado y compañerxs; A. cambiará también de escuela, horario y rutinas. Sin haber podido hacer el cierre correspondiente, sin graduación, ni viaje de final de curso, ni lágrimas del último día.

Es curioso como, a pesar de los avisos que teníamos, nos pilló de improviso. Como un terremoto o un tsunami que lo arrasa todo y luego llegan los arqueólogos y te encuentras las casas con los platos servidos de la cena que nunca se llegaron a tomar, las zapatillas al lado de la cama, los libros a medio leer.

Tres meses en los que hemos vivido muchas cosas, muy intensas, que deberían haber representado un revulsivo para un cambio radical,, para darnos cuenta, esta vez sí, de que esta sociedad no funciona, es más: camina hacia el abismo.

Pero en vez de esto penamos por recuperar esto que llamamos normalidad y que consiste en consumir, agotar, destruir, usar y tirar, extraer, aniquilar. Hasta que quede solo el abismo.

En estos tres meses se ha producido un crimen que no se ha juzgado (aún) pero que tien nombre: Gerontocidio. Miles de personas mayores han muerto, no solo porque el virus les afecte de manera más severa, no solo porque les hacinemos en residencias de mayores convertidas en morideros, donde les encerramos para que no haga falta cuidarlos y ni siquiera pensar demasiado en ellos, sino porque deliberadamente se ha dado la orden de no trasladarlos a los hospitales ni darles la atención que merecen.

Esos mismos políticos que se llevan las manos a la cabeza cuando se les reclama el derecho a la eutanasia, a disponer de nuestra propia muerte, los mismos que llevaron a los tribunales al Doctor Montes del Hospital de Leganés por no dejar sufrir a los enfermos terminales acusándole de nazi, cuando ha llegado el momento han dictado la orden de dejar morir a nuestros mayores.

Esto que cuando lo hacen las sociedades cazadoras recolectoras en tiempos de extrema escasez, nos escandaliza por su inhumanidad.

En nuestro caso, el gerontocidio no ha tenido la dignidad de las ancianas esquimales alejándose sobre la nieve para dejar la escasa comida a las generaciones siguientes: nos hemos limitado a mirar hacia otro lado mientras se ahogaban en sus camas.

Y los que llevan 3 meses solos en casa… sin salir, sin relacionarse, sin las rutinas que sostienen los días.

Dicen que las sociedades donde llegar a viejx es difícil, ponen en lugar de privilegio a las personas mayores, cuya sabiduría se escucha; mientras que las sociedades en los que hay pocas criaturas, pone en lugar de privilegio a la infancia.

Nosotros no cuidamos ni a unos ni a otros: hemos puesto en el centro a los que producimos incansablemente y consumimos más incansablemente aún.

Diario del año de la peste, entrega 79

Cuando B. era pequeño, convertimos el parque de la esquina en nuestra segunda casa. Estaba en la acera central de un bulevard con grandes árboles que daban sombra a unas y otras zonas del parque, según la hora que fuera, y la época del año. Llegué a pensar que se podría haber un estudio de cómo se mueve el sol según avanzan las estaciones por las zonas de sombra de ese parque, pero nunca lo hice. Sin embargo, sí me aprendí cuáles eran las mejores horas para bajar según fuera primavera, verano, otoño o invierno.

Ahora frecuentamos los parques con menos asiduidad, pero en nuestro patio sucede lo mismo; por la mañanas, el sol baña nuestra mesa, así que es una buena hora para tender y para comer en invierno; cuando hace calor, se puede salir a desayunar si no se ha hecho muy tarde y es ideal para cenar, pero a mediodía es impracticable; y las noches de verano es el lugar más maravilloso del mundo.

Oh, these summer nights, que cantaban Travolta y Olivia Newton John.

Ayer fue nuestra primera noche de patio. Como la iluminación de esa zona sigue siendo tarea pendiente, sacamos por la ventana de la cocina y por la habitación de P. unas lámparas de estudio que tenemos infrautilizadas y cuando las criaturas se fueron a la cama, N. sacó su punto y yo mi libro y nos quedamos en el exterior hasta que nos caímos de sueño.

Oh, these summer nights.

Y la paz y la alegría de esas noches de patio contrastan con lo que leemos en la prensa, en las redes.

Del otro lado del Atlántico llegan dos historias que se han convertido en portada – y que pronto caerán en el olvido – y que son tratadas como acontecimientos aislados aunque ambas responden a un patrón clarísimo.

Por un lado, tenemos la muerte, mejor dicho, el homicidio, de George Floyd, un hombre afroamericano que fue detenido, sospechoso de haber pagado con un billete falso, inmovilizado por un policía contra el suelo con una rodilla en su garganta durante 8 minutos, que no soltó su presa a pesar de sus gritos de que no podía respirar.

Y las manifestaciones, y los disturbios, y Black Lives Matter, y los edificios incendiados, y titulares como “Detenido el policía que presionó con la rodilla el cuello de George Floyd, quien perdió la conciencia y murió minutos después”.

Como nos pasa a las mujeres, a las personas racializadas no las matan: se mueren solitas, no se sabe bien por qué.

No solo en Estados Unidos: en nuestras tierras también.

No puedo respirar.

La otra noticia es la del abandono por parte de una pareja norteamericana – youtuber ella, y por esa razón en el ojo del huracán, aunque su marido participó igualmente – de uno de sus 5 hijos, el único adoptado, un niño de origen chino con necesidades especiales. Después de años mostrando – y monetarizando – la intimidad de su hijo, de abogar por la adopción de criaturas con dificultades, de fotos de familia con toda la prole conjuntada, de repente el niño desapareció de su canal, y quedaron solo las cuatro criaturas rubias gestadas en su vientre, engendradas por ellos. Finalmente, un vídeo en el que con ojos llorosos contaban que habían sido engañados, que el niño tenía más dificultades de las que podían gestionar y que ahora estaba en su “nueva familia para siempre”. No se pierdan el oximoron.

Otra vez los mismos patrones repetidos, y las mismas justificaciones por parte de las familias adoptivas, “no se puede juzgar, nadie sabe por lo que ha pasado esta familia”. Otra vez la misma empatía peligrosísima con las familias que reabandonan a los hijos que prometieron cuidar y proteger. Curiosamente, muchos son a la vez incapaces de empatizar con las familias biológicas que abandonaron a sus criaturas; y lo que es más grave, tampoco empatizan con los niños y niñas, que ya han sufrido como mínimo una pérdida y que no tomaron ninguna decisión; pero nunca dejan de intentar comprender y justificar a los adoptantes que les han convertido en mercancía de usar y tirar. 
No puedo respirar.

Diario del año de la peste, entrega 76

Esta ha sido la semana de lxs abuelxs. O de lxs nietxs, según donde pongamos el punto de vista. Miles de abuelos y nietas, abuelas y nietos, que no se habían visto en dos meses más que por videolllamada o desde el balcón, han podido reencontrarse. ¡Que alegría oír las voces de los nietos de la vecina de arriba, a los que A. d. C. ella llevaba al colegio por las mañanas y daba de comer a mediodía!

En casa pudimos hacer el primer reencuentro con abuela el lunes: la madre de N. y su pareja vinieron a cenar en el patio, después de haber visitado a lxs nietxs del otro lado, y conocer a la nieta que acaba de nacer. Nos saludamos con el codo, mantuvimos las distancias.

Ver al resto de abuelos, a mi madre y a mi padre y su compañera, todavía queda lejos.

También hemos arrancado la vida social con amigxs. Con nuestro pequeño cluster de familias cercanas: el lunes C. bajó a tomar un helado con L., que había quedado, más tarde, con otros cuatro amigos. A C. le habría encantado verse con toda la pandilla, pero nos pareció que encontrarse 6 chavalxs de 6 familias distintas ampliaba demasiado el riesgo, así que lo ha tenido que dejar para más adelante, a su pesar.

Ayer vinieron a cenar E. y lxs niñxs. Nos hemos mantenido en contacto estas semanas, por teléfono primero, coincidiendo en el parque algunas veces cuando ya pudimos salir. Ayer compartimos una rato en el patio de charla y cena, con un ramen que a C. le llevó todo el día preparar y que estaba delicioso. Lo hizo pensando en los pequeños, fans de varias series japonesas, pero no tuvo mucho éxito, así que nos lo comimos con gusto las mayores. E. trajo un bizcocho salado delicioso también y P. hizo otro de chocolate; B. preparó masa para tortitas que al final no hicimos y que serán la merienda de hoy.

E. nos puso al día de los avatares de algunas familias conocidas. De N., que perdió a su madre y a su padre en las primeras semanas caóticas y dolientes del coronavirus; y de L., que también en esos primeros días vio morir a su pareja de toda una vida. Sus hijos son compañeros y amigos de P. y alguna vez les hemos videollamado para ver cómo están; lo que no sabíamos es que L., la madre, también enfermó, y querían ingresarla, las criaturas desesperadas de pensar que si entraba en un hospital le pasaría como al padre, que enfermaría y no la podrían volver a ver. Al final se quedó en casa, encerrada en la habitación, solo salía al baño y volvía. Las criaturas, de 10 años, cocinándose y autogestionándose, sin nadie que se atreviera a entrar en la casa.

Los abuelos viven en el edificio de enfrente, y se saludaban desde la ventana.

Sé que en muchos lugares y muchas épocas los críos de 10 años se han hecho cargo de muchas cosas, pero aún así me impresionó.

Todas esas historias parecen haberse evaporado en la euforia de los pases de fase, en la nueva normalidad. Todos esos duelos habrá que hacerlos en la clandestinidad mientras el mundo exterior grita que todo irá bien y ya es hora de volver a las terrazas y el turismo.

P.D.: las fotos las he visto compartidas en el FB con este texto:  Estas dos fotos pertenecen a unos abuelos que me han llegado al alma. En el barrio de Zarzaquemada, Leganés. Una de las zonas más afectadas por el Covid19. Un barrio humilde donde seguimos aplaudiendo a los sanitarios. Aquí la mayoría de nuestros hijos van a colegios públicos y la mayoría de los vecinos acuden a la Sanidad Pública. Aquí el patriotismo lo llevamos en el corazón. Somos un barrio obrero sin grandes lujos pero lleno de empatía. Rogaría que lo compartieras para hacer un homenaje a todas las personas que siguen luchando por el bien común, por todos aquellos que ven más allá de sus propios intereses. Orgullosa de vivir en mi barrio. Orgullosa de mis vecinos.

Diario del año de la peste, entrega 46

 

Este fin de semana vimos “Contagio”, una película de hace 9 años que anticipa la pandemia. Lo tiene todo: empieza en China, hay un murciélago implicado, el vector de transmisión es una ejecutiva occidental, se propaga rápidamente por el mundo, no se sabe cómo funciona, la gente muere a mansalva, habilitan hospitales de campaña, hay investigación, intereses farmacéuticos, imprevisión, bulos… pero hubo una cosa que me parece que no se resolverá tan fácilmente: de repente, como por arte de magia, aparecía una vacuna y el peligro pasaba.

Ya podían volver a vivir como si no fueran mortales.

Hace muchos años, a un conocido le diagnosticaron una enfermedad que era como una espada de Damocles: podía morir en cualquier momento.

Cuando comenté la angustia que debía generar esto, P., una amiga de mi madre, me dijo que al fin y al cabo era lo que nos pasa a todos: podemos morir en cualquier momento.

Todos. Siempre.

Solo que vivimos como si fuéramos inmortales.

Le di muchas vueltas cuando estábamos enfermas. No pensaba que fuéramos a morir, pero había ahí un Pepito Grillo recordándome que la gente muere a paladas de esto todos los días, y no solo la gente mayor. Y llegué a la conclusión de que, aunque me quedan muchas cosas por hacer, si muero ahora, mi vida ha sido estupenda: no cambiaría nada. Lo único que me dolería es dejar solos a los niños tan pronto, pienso que les costaría mucho recuperarse de algo así.

Quizás esta bien ser conscientes de que no tenemos el control. Quizás nos viene bien esa cura de humildad. No sé, igual podría hacernos hasta mejores.

Bueno, igual tanto no.

Ayer volvieron a salir los pequeños, esta vez con N. A las 5:30 de la tarde, y fueron hacia la Universidad, ahora sin clases ni estudiantes ni personal: estaba desierta y pudieron correr arriba y abajo con los patinetes. Regresaron eufóricos.

Seguimos sin palomitas, pero N. consiguió ayer un saco de harina de 4 kilos.

Luego colgó cortinas en las ventanas que no tenían todavía, entre ellas, la de la ventana frente a la que trabajo. Ya no me ven los vecinos. Pero ahora tampoco yo veo lo que pasa fuera.

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