familia monoparental y adopción

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Tiempo de duelo

No conocía a Bimba Bosé, ni siquiera me interesaba especialmente su trabajo, pero, como tanta gente, ayer me conmocionó la muerte de esa mujer joven, madre de dos hijas pequeñas.

Y llevo desde entonces dando vueltas al mensaje de su hija: “No es un día de tristeza, a mi madre es lo que menos le gustaba, la tristeza”… ¿Estamos en una sociedad, en una época, en la que nos negamos la posibilidad de estar tristes? ¿Nos damos tiempo para hacer los duelos por las pérdidas que sufrimos?

¿No nos piden enseguida que “lo superemos” “tiremos adelante”, volvamos a nuestra “normalidad”…?

Me doy cuenta de que he tardado años en recuperarme de algunas pérdidas… y que en pocos meses se me pedía que hubiera dejado de hablar de ello, incluso de pensar en ello. Los tiempos sociales son unos y los tiempos personales son otros, y la sociedad es muy poco permisiva con esto. 

 Yo perdí a mi abuela con esta edad, fue durísimo… casi inabarcable. Recuerdo el dolor antes, durante, después, la certeza de que la vida no volvería a ser igual… la necesidad de parar el tiempo.

Karyn Purvis

Todos necesitamos lo mismo: necesitamos saber que importamos, que estamos conectados, que estamos a salvo, que alguien oye nuestro llanto. Esta es la materia de la que está hecha la humanidad.

Ha muerto Karyn Purvis, de cuyo libro “El niño adoptado” hablamos aquí .

C., madre adoptiva de una niña nacida en Rusia y seguidora de esta autora, ha querido compartir una de las lecciones que aprendió en una conferencia suya.

El concepto de la REGULACIÓN en un concepto relativamente nuevo que se utiliza para definir la capacidad que tiene una persona para responder a las exigencias de experimentar la gama de emociones de una forma socialmente tolerable y suficientemente flexible para permitir tanto reacciones espontáneas como para demorar reacciones espontáneas cuando es necesario. Llamamos desregulación a la respuesta pobremente modulada a esas mismas exigencias.

Hemos aprendido con la Dra. Purvis los conceptos de REGULACIÓn POR MEDIO DE OTROS, CO-REGULACIÓN Y AUTOREGULACIÓN. Por dar unos ejemplos diremos que:

LA REGULACIÓN POR MEDIO DE OTROS: cuando un bebé llora, los adultos acuden para regularle. Le acunamos, le alimentamos, le cambiamos el pañal. El bebé no tiene que ayudar en la regulación, nosotros lo regulamos.

LA CO-REGULACIÓN: cuando un niño pequeño dice que tiene hambre, está comunicando su necesidad y la llenamos dándole algo para comer. Si dice que tiene frío, le cubrimos con una manta, si tiene miedo le aseguramos que no está en peligro. La regulación se logra con nuestra ayuda, el peque inicia el proceso de regulación y nosotros le ayudamos a que culmine.

LA AUTOREGULACIÓN: Un niño más grande o un adulto tiene frío o hambre y busca una abrigo y se lo pone o va a la refrigeradora y se hace un bocadillo. Está enojado, o frustrado, o asustado y lo habla con alguien o aprieta los puños, o respira hondo para calmarse. Acude a un amigo o a su madre y le cuenta sus problemas, oye consejos, sopesa las opciones.

Muchas veces lo que intentamos es enseñarle a nuestros hijos a autoregularse. Les damos diferentes técnicas, ideas o estrategias para que lo puedan lograr. El problema es que muchos de nuestros hijos, niños que vienen de pasados traumáticos nunca pasaron por estas etapas!! No fueron regulados por otros y no saben co-regularse….. menos aun pueden autoregularse aunque les demos miles de estrategias. Aquellos nenes que pasan de 1 a 100 en la escala del enojo en dos segundos, que explotan sin que sepamos por qué, que una vez que están desregulados tienen muchísima dificultad para volver a un estado de regulación, lo que realmente necesitan estos peques es regresar emocionalmente al estado de REGULACIÓN POR MEDIO DE OTROS y de CO-REGULACIÓN. Muchos ni siquiera pueden verbalizar qué les ocurre, no saben por qué están desregulados.

Si volvemos a llenar esas necesidades que no se llenaron en su primera infancia y empezamos a regularles NOSOTROS hasta que puedan avanzar hacia la co-regulación podremos lograr que lleguen a desarrollar la capacidad autoregularse más adelante.

Azcona

El primer adoptado adulto al que “conocí”, al que “escuché”, al que leí, fue David Azcona. Entonces se llamaba David, era el presidente de “La Voz de los Adoptados”, y tenía un blog que creo recordar que se llamaba Soy Adoptado en el que leí algunos textos que me emocionaron.

Como este poema que recuperé algún tiempo atrás.

En algún momento, el blog desapareció y yo dejé de oír hablar de y a David Azcona.

Y un tiempo más tarde, lo volví a descubrir convertido en Abel Azcona. Un artista polémico, desgarrador, incómodo, que provoca emociones fuertes, que pone a prueba a la gente que ve y participa en su obra, en sus performances. Que se pone a prueba a si mismo en cada paso que da, o al menos esta es la impresión que me da. 

Hace unos días, alguien me pasó este vídeo donde habla de su obra y su vida.

 Es alucinante la contradicción entre la forma y el contenido: las cosas tremendas que cuenta (que ha vivido), y la calma, con las que las cuenta.

Los detalles escabrosos y sangrantes. La tortura que vivió en su infancia. Los intentos de suicidio. Las dificultades para vincularse. La reivindicación de su derecho a no haber nacido.

 

Todo aquello que los adoptantes no queremos oír de los adoptados.

 Pero también la manera en la que crea algo con su dolor, su historia, su vacío. Que no deja de ser una forma de resiliencia.

P.D. También me ha parecido muy interesante para conocer mejor al personaje, esta entrevista en dos partes.

Sobre derechos, decisiones y libertades

Debatimos estos días sobre la historia de una mujer alemana que a los 65 años se ha quedado embarazada de cuatrillizos. Ya tiene 13 hijos y 7 meses y la decisión de volverse a embarazar la tomó porque su hija de 9 años (es decir, nacida cuando ella debía tener 55), le pedía un hermano más pequeño.

Del debate me sorprende sobretodo que hay personas que argumentan que ella es libre para hacer lo que le plazca, que es su decisión, que nadie tiene derecho a juzgarla, que nadie tiene el monopolio de la buena parentalidad…

Me parece interesante el debate, pero niego la mayor: no tenemos derecho a hacer lo que nos plazca, no podemos tomar cualquier decisión. Hay leyes, normas, consensos sociales… Nadie puede decidir, por ejemplo, moler sus hijos a palos, no alimentarlos, ni siquiera no escolarizarlos (mejor dicho, no educarlos). O mutilarlos o provocarles enfermedades o negarles medicaciones que necesiten.

¿El derecho de una mujer a ser madre a los 65 está por encima del derecho de los niños a criarse con una madre (y padre si fuera el caso) que pueda ocuparse de ellos hasta una edad razonable? ¿El derecho de una mujer de ser madre a los 65 está por encima al de sus hijos a nacer sanos, a tener una calidad de vida razonable?

Es verdad que todos podemos enfermar o morir, incluso los jóvenes. Pero el riesgo no es el mismo a los 30 que a los 60 (menos aún después de un embarazo de riesgo a los 65). Es verdad que todos los niños pueden nacer con enfermedades o discapacidades; pero en el caso de cuatrillizos (y de un embarazo a los 65), estas probabilidades se multiplican por mucho. No es lo mismo asumir los problemas de salud que pueden llegar con cualquier hijo que crear hijos que tienen muchas probabilidades de sufrir estos problemas de salud. No es lo mismo asumir los riesgos inherentes a estar vivo que crear hijos para convertirles en huérfanos a una edad temprana.

Uno de los argumentos es que con la cantidad de familia que hay no se quedaran solos. Y sí me parece importante la tribu, la garantía de que tus hijos recibirán cuidados, y amor, aunque te pase algo… pero también sé que los niños no son de goma, que su psique, su parte emocional, no es de goma, y que perder a tu madre a una edad temprana (o convivir con una madre enferma o dependiente) deja secuelas que hay que tener en cuenta.

Algunas leyes y consensos sociales son injustas y han ido cambiando con el tiempo (hace no tantos años, ser madre soltera, o divorciada, no digamos ya ser homosexual, podía ser motivo para que te quitaran la custodia de un hijo, lo que ahora parece absurdo a la mayoría de la gente), y quizás suceda esto con la edad a la que tenemos los hijos… De hecho, hace unos años, una mujer que era madre después de los 40 era una “madre mayor” y hoy parece muy normal, y quizás cuando vivamos hasta los 120 (y tengamos buena calidad de vida hasta los 120) nos parecerá normal parir a los 60… pero esto, por ahora, no es así: la esperanza de vida en España está por debajo de los 83 años, y la calidad de vida de la gente de esta edad es a menudo incompatible con las exigencias de la crianza de un hijo, no digamos ya de 4…

Aunque el límite de edad pueda ser flexible, ¿no tendrá que haber siempre un límite? Si ha podido ser madre a los 65 para complacer a su hija de 9, ¿nos parecerá igualmente razonable (a los que la defienden) que lo vuelva a ser a los 75 para darle hermanos a los hijos que nacen ahora? ¿A los 85? ¿A los 90?

(Discusión colateral: ¿Se debe tener un hijo para complacer al que ya tenemos, una criatura que difícilmente puede prever las implicaciones de esta decisión? ¿No sería más razonable explicar a su hija que se va a quedar de hermana pequeña y enseñarla a disfrutar de hermanos mayores y sobrinos de edades cercanas a las suyas? ¿Seguirá pareciéndole buena idea lo de los hermanos pequeños si pierde su niñez cambiando pañales a 4 bebés, cuando descubra lo diferentes que son los hermanos de los juguetes?).

Los bomboncitos crecen

El asesinato en Ferguson (Missouri, Estados Unidos) de un joven negro, y la posterior absolución del policía que le disparó, han levantado a la población de la ciudad y han generado un debate en la blogsfera de la adopción transracial americana, que se preguntan cómo proteger a los niños adoptados negros en un país donde llevar una sudadera con capucha puede hacer que les disparen.

Esto es un extracto de las reflexiones de la madre adoptiva de dos niños negros, originarios de Haití, que han cumplido 10 años.

Gemelos de 10 años. Ya estamos. Son energía pura todo el tiempo. Son más grandes que la vida. Son ASOMBROSOS. Están empezando a tomarle la medida al mundo. Y, como sabíamos que sucedería, el mundo les está empezando a tomar la medida a ellos.

Es duro, esto. Sabíamos que llegaría, pero esto no ayuda. Es como una tormenta que sabes que se acerca. Primero la oyes de fondo (y quizás te preguntes si va a llegar), luego la hueles en el aire (y sabes que se acerca), después la ves con tus propios ojos (el cielo se vuelve gris, las nubes se cierran, el viento empieza a soplar). Puedes prepararte, si eres afortunado (o privilegiado, si es el caso), incluso puedes ponerte a cubierto (somos privilegiados; trabajamos duro para conseguir todo el refugio que nos proporcione cada recurso que nos podamos permitir). Puedes atrincherarte y puedes hacerlo todo bien. Pero esto no evita que la tormenta llegue. Llega igualmente. Es más grande que nosotros. Es más poderosa que nosotros. Estamos allí, relativamente indefensos ante su potencia, intentando hacerle frente lo mejor que podemos. Esperando seguir en pie cuando se aleje.

Así es como se siente ahora, a los 10.

Ahora, solo espero, rezo, deseo, que seamos de alguna manera los afortunados – los padres de chicos negros que son lo bastante afortunados para verles crecer y avanzar. Me asusta esperar tanto, pero quizás algún día hablaremos con ellos de los desafíos de críar a sus hijos, nuestros nietos.

Pero ahora, hoy, solo intentamos superar esto. Este periodo en el que observamos a nuestros preciosos hijos crecer para dejar de ser negritos encantadores a los ojos del mundo. Crecen para convertirse en hombres negros. Creedme, es duro observarlo.

En muchos sentidos, como todos los niños de 10 años, son aún tan pequeños.

Excepto que no lo son.

Encima de tener 10, Kyle y Owen son grandes. Son tan altos como yo y sus pies son mayores que los míos. Llevan ropa de talla catorce y sus músculos fuertes y atléticos destacan.

Hemos llegado al momento crucial. Lo he visto suceder. He sido testigo de primera mano. En los últimos meses, mis dulces y adorables bebés han dejado de ser percibidos como tales para ser vistos como siempre he temido.

Ha empezado.

He estado en la tienda y he visto de cerca como les seguían. (Sí, ya).

He oído por el sistema de megafonía: “Alerta de Seguridad. Sección C. Alerta de Seguridad”. (Sí, ya).

Me he parado detrás de ellos cuando estaban en una fila, perfectamente obedientes, pero siendo cuestionados. (Sí, ya).

He visto como les acusaban equivocadamente. Como lo peor ha sido erróneamente asumido. Como se les ha culpado injustamente.

Las miradas. La vacilación. Las siempre sutiles expresiones facials. La velocidad en juzgarles.

Sólo acaba de empezar.

No importa que vayan a una escuela privada de élite.

No importa que sean alumnos de sobresaliente.

No importa que tengan padres blancos.

No importa que sean viajados, mundanos, bien vestidos, educados, pulidos, listos. No importa que su vocabulario sea increíble, que hayan comido en los mejores restaurantes, hayan conocido a escritores famosos, hayan visto espectáculos de primera línea, sean los nombres de los compositores y filósofos clásicos, sepan cómo encajar la mano y mirara los ojos de la gente y usar sus mejores modales cuando sea necesario. No importa que hayan crecido con privilegios de clase y las ventajas que esto conlleva.

No importa que sean guapos y encantadores y tengan carisma natural. No importa que sean dotados y talentosos y tengan coeficientes intelectuales por encima de la media y que el mundo debería rendirse ante ellos. No importa. A pesar de ello, les siguen, sospechan de ellos, les cuestionan, les acusan, les juzgan y – sí, ya – temen. Son negros. Tienen 10 años.

Quizás pensais que estoy loca por decir esto. Quizás. Quizás deberíais intentar ser la madre de niños negros de 10 años durante un rato, y ver qué pensáis entonces.

Estas son las reflexiones de una mujer que fue adoptada transracialmente y que escribe, entre otros lugares, en The Lost Daughters, uno de los más interesantes sitios regentados por adoptados adultos (y de los que seguro que compartiremos más cosas aquí). Parte de esta traducción ha sido hecha por el blog de Adoptivanet.

No puedo recordar ahora cuantas conversaciones he tenido con futuros padres adoptivos blancos que me dice: “Me encantaría adoptar un niño pequeño negro, ¡son los más guapos!”. Siempre me he preguntado si se dan cuenta que ese pequeño niño negro que desean con tanto amor en unos años será un adolescente y que, durante los años que van de su infancia hacia su adolescencia, se convertirá en un “criminal andante”. ¿Dirían esos mismos padres tan alegremente “me encantaría ser el padre de un adolescente negro que está siendo seguido por la policía”? No es muy probable- aunque estos dos sentimientos son uno solo en estos momentos. Entre Michael Brown, Trayvon Martin, Renisha McBride, Eric Garner y Ezell Ford está claro que en el clima actual de los Estados Unidos ser negro es sinónimo de ser un criminal.

¿Cómo pueden unos padres adoptivos blancos dar lecciones de seguridad a los hijos negros que están criando? ¿Cómo les pueden enseñar que otras personas pueden insultar durante un partido de fútbol, pero que ellos no pueden? ¿Cómo pueden explicar que su papá puede ir a hacer un recado entre las 7 y las 11 con una sudadera con capucha, pero que si ellos quieren ir a medianoche a la tienda a comprar deben ir silbando Vivaldi y con las manos a la vista para intentar reducir el miedo de los extraños que los perciben, automáticamente, como si fueran una amenaza? ¿Cómo va un chico negro a aprender el comportamiento adecuado en una ciudad como Ferguson si creció en una cultura en la que siempre sus profesores le han tratado como a un estereotipo y sus compañeros lo han escogido siempre el primero en su equipo de básquet porque suponen que por ser negro será un buen atleta? ¿Cómo va a crear un chico negro adoptado transracialmente una identidad saludable cuando el mundo que han creado en su hogar o comunidad no coincide con el mundo en el que vivimos, donde a la policía, a los congresistas Steve King, Cliven Bundy, Janelle Ambrosia, Donald Sterling (¿tengo que seguir?) no les importa si se criaron en una familia adoptiva estable y amorosa? Su piel sigue siendo negra y según algunos eso es por si mismo un delito.

Muchos padres adoptivos me han pedido amablemente mi opinión sobre cuál es el momento de tratar esos asuntos con sus hijos. Mis tripas me dicen que no hay edad “correcta” para ser adoptados, ni momento correcto para introducir la realidad del mundo en el que vivimos. Estoy segura de que los padres de los niños que viven en Ferguson preferirían no tener que explicar a sus hijos por qué los policías están matando gente, cuando antes les han enseñado que esta gente uniformada son las personas a las que llamamos cuando necesitamos ayuda. Si tienes la gran suerte de vivir en un área donde no hay disturbios, quizás esta realidad es difícil de creer y posponer la conversación es factible. Pero los tiempos en los que vivimos son reales, dan miedo y son peligrosos y tu hijo es parte de la guerra racial y estos asuntos deberían hablarse. Quizás podéis sentir los hechos de Ferguson más cercanos y menos descartables si pensáis en los padres de nacimiento de vuestros hijos. ¿Qué pasa si los padres biológicos viven en Ferguson ahora mismo? ¿Cómo hablaríais de este asunto entonces?

Siendo una familia transracial, vuestros hijos no pueden conseguir comprender su identidad simplemente imitando vuestro modelo de conducta, porque las reglas son diferentes para los Blancos ahora mismo. Si vuestros hijos se inspiran en vuestro comportamiento (como los niños hacen), pueden encontrarse en un serio peligro.

 

Creciendo

R. es madre de 3 hijos, de 6, 4 y 2 años, el mayor, E., adoptado. Esta es una escena de cotidianedad familiar que vivieron hace unos días y que me ha permitido compartir aquí.

 

Hoy cenamos viendo “Lilo y sticht”, la película.

Como la mayoria de protagonistas infantiles de cine, Lilo es huérfana.

E. se concentra en los tiroteos, sin prestar mucha atención a los vínculos de los protagonistas (¡Mira mamá! ¡La nave espacial tiene rayos laser! ¡Uhalaaaaa!). M. se regodea en el lenguaje (¿Qué quiere decir aloha? ¿cuál era la palabra que significaba eso de somos una familia para siempre? ¿Qué son los servicios sociales?).
L., por su parte, se limita a comer el arroz en silencio mirando a la pantalla.

Al acabar la película pises, pijamas, dientes, cama, luz apagada.

Discusiones habituales antes de dormir: ¡Yo en este lado! ¡No, me toca a mí, tú estuviste ayer! ¡Mamá me duele el pié! E., no me des patadas. Mamá, ¡me dejé la moneda en el pantalón!. Mamá, que no se me olviden mañana las invitaciones de mi cumpleaños. ¡E.! ¡Échate para allá, que no quepo!. ¡M.! ¡no me quites la manta!. Mamá, ¿sabes que unas niñas el otro día se llevaron dinero a clase?…

Voy contestando a E. y a M. e intento poner orden. Termino todas mis intervenciones con un “Cerrad los ojos ya, que es tarde y mañana hay cole. Dejad dormir a la hermana”.

L. está en silencio tumbada a mi lado, como cada noche. Una mano bajo su mejilla y otra en mi cara. De vez en cuando presiona mi rostro y recibe un beso en la frente, a demanda.

Los mayores van espaciado sus intervenciones, según aumenta la irritación en mi tono de voz. Baja también la frecuencia de los besos poco a poco. Quedan apenas unos minutos para que todos por fin se duerman…

De repente un sollozo intempestivo. L. angustiada levanta la cabeza de mi hombro y pega su frente a mis labios. Sube un poco más y se abraza con fuerza a mi cuello.

– ¿Qué pasa, hija, te duele algo, has tenido una pesadilla?

-¡Mamáaaaa, no quiedo que te muedas!

…………………

Y así, mi bebé de dos años y medio, se ha hecho un poquito más mayor esta noche.

Y aún así, me levanto

Ayer murió la poeta y activista afroamericana Maya Angelou. También bailarina, actriz y la primera directora de cine negra de Estados Unidos.  La autora de este poema:

 

Tú puedes escribirme en la historia

con tus amargas, torcidas mentiras,

puedes arrojarme al fango

y aún así, como el polvo… yo me levanto.

 

¿Mi descaro te molesta?

¿Por qué estás ahí quieto, apesadumbrado?

Porque camino

como si fuera dueña de pozos petroleros,

bombeando en la sala de mi casa.

Como lunas y como soles,

con la certeza de las mareas,

como las esperanzas brincando alto.

Así, yo me levanto.

 

¿Me quieres ver destrozada?

Con la cabeza agachada y los ojos bajos,

los hombros caídos como lágrimas,

debilitados por mi llanto desconsolado.

¿Mi arrogancia te ofende?

No te tomes tan a pecho

que yo ría como si tuviera minas de oro,

excavándose en el mismo patio de mi casa.

Puedes dispararme con tus palabras,

puedes herirme con tus ojos,

puedes matarme con tu odio,

y aún así, como el aire, yo me levanto.

 

¿Mi sensualidad te molesta?

¿Surge como una sorpresa

que yo baile como si tuviera diamantes

ahí, donde se encuentran mis muslos?

De las barracas de la vergüenza de la historia,

yo me levanto.

 

Desde el pasado enraizado en dolor,

yo me levanto.

 

Soy un océano negro, amplio e inquieto,

manando,

me extiendo, sobre la marea,

dejando atrás noches de temor, de terror.

 

Me levanto,

a un amanecer maravillosamente claro,

me levanto,

brindado los regalos, legados por mis ancestros.

 

Yo soy el sueño y la esperanza del esclavo.

Me levanto.

Me levanto.

Me levanto.

 

(Traducción impunemente robada de este blog)

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