familia monoparental y adopción

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Me recuerda el FB

Que un día como hoy, hace 4 años, colgaba una foto en la que comenté “En Madrid en buena compañía”.

A la izquierda del sofá está C., con la vista puesta en la tele y un vaso de leche en la mano, tranquila y ajena al bullicio que a su derecha hacen B., medio tumbado en ese sofá negro que ahora está en nuestra casa, A., que detrás de él saluda a la cámara, y P., que no se sienta ni por equivocación y no deja de tocarlo todo. Todos en pijama a la hora del desayuno.

Han pasado cuatro años, sí, y ellos han crecido… pero qué fácil es reconocerles en esos niños que se estaban conociendo y que no podían ni imaginar que algún día se llamarían hermanos.

 

¿Qué nos convierte en familia?

¿Qué nos convierte en familia?

En casa, siendo una familia tan poco convencional, debatimos a menudo sobre este asunto.

¿Es la genética?

La genética es un factor importante en la constitución de una familia. Es una de las cosas que nos hace familia: la genética nos une (casi siempre) a padres, hermanos, hijos, primos, tíos… Aunque no tengas relación con ellos, incluso aunque no les conozcas, la familia (biológica) siempre es familia. Yo tengo en Facebook a primos que no he visto en 30 años… no estarían allí si no fueran mis primos. Es una de las diferencias fundamentales con los amigos, por cercanos que sean… que es un vínculo que no se rompe, ni siquiera si se rompe la relación.

¿Es familia la familia biológica de los adoptados? Como mínimo, es familia biológica. Y, ¿por qué iban a ser menos familia de mis hijos sus familiares biológicos, aún desconocidos, que son familia mía los tíos de mi madre con los que no he tenido relación?

Como dice A. un adoptado adulto, que alguien que no ha visto cortados sus lazos genéticos le diga a un adoptado que la genética no importa, es como un rico diciendo que el dinero no hace la felicidad.

Pero… si bien la genética es una de las bases de la familia, no es necesaria la genética para convertirse en familia.

Y no hablo solo de adopción: mis hijos, que a veces cuestionan si soy su “madre de verdad”, jamás cuestionan si el marido de mi hermana es su tío o la pareja de mi padre es familia suya.

Son mi familia personas con las que no comparto genética: mis cuñados, mis suegros… mi pareja. De hecho, hay unos lazos familiares que se sustentan, precisamente, en no compartir genética (siempre y cuando no hablemos de incesto,… uno de los mayores tabús de nuestra sociedad).

¿Es el vínculo legal?

El vínculo legal es otro de los factores que nos convierten en familia: adoptar o casarnos, por ejemplo. Pero en un momento histórico en el que el 40% de los bebés nacen en parejas no casadas, tampoco es imprescindible. Podemos ser familia sin que un juez lo rubrique si hay convivencia, compromiso, proyecto en común.

Sin embargo, tampoco es la convivencia lo que nos convierte en familia. No son parientes los compañeros de piso. Ni el afecto: queremos a personas que no son de nuestra familia, y también podemos cuidarlas.

Obviamente, en nuestro caso, es absurdo apelar a los parecidos, ni siquiera a la historia compartida.

Y nos encontramos con contradicciones tan grandes como que es familia aquellos a quienes elegimos para serlo (la pareja) y los que no hemos podido elegir (la familia en la que nos ha tocado nacer).

Así pues, ¿qué nos convierte en familia?

Un poco de todo lo anterior, seguramente. Y sobretodo, una decisión.

Como dice A., con 8 años, el mediano de casa. Somos familia porque queremos serlo.

Hijastros e inversiones

Hace algún tiempo, M. (desde hace poco, ya abuelo), me advertía de que no hiciera caso a los que quisieran asustarme con la inminencia de la adolescencia. Los hijos, decía él, son cada vez más interesantes, y la relación con ellos también. ¡Imagínate cuando puedes empezar a compartir con ellos lecturas, películas, música!

 

Hace unos días, Elvira Lindo escribía precisamente sobre esto en el artículo “La maternidad, años más tarde”, donde hablaba del ”mágico momento en que percibes que tienes que conversar con los hijos ya de igual a igual, sin atribuirte a ti misma mayor sabiduría. Un capítulo liberador de la vida en el que la razón no está por sistema de tu parte”.

Esto todavía nos queda lejos, pero no negaré que lo espero como agua de mayo… aunque espero no dejar de disfrutar del mientras tanto.

Pero lo que me interesó del artículo no es tanto lo que dice de la relación con los hijos adultos, aún lejana, como la reflexión sobre los hijos del otro, de la otra, los hijos de nuestras parejas: los hijastros.

“Es muy satisfactoria esa paternidad o maternidad en la que no intervienen los lazos biológicos. No se suele hablar de ella, salvo cuando los niños son adoptados, pero está presente en muchas de nuestras familias. Nuestros hijos tienen madre y padre, pero también disfrutan de unas segundas madres y unos segundos padres que velan por ellos con tanto celo como lo harían por aquellos que son de su sangre. La sangre sigue pesando más de lo que debería, pero yo me resisto a que me seduzca su influjo: son míos los hijos que no parí pero a los que tuve que educar, alimentar y querer desde que eran muy chicos. No es fácil: a los niños hay que seducirlos aún cuando se resistan a quererte, o aún cuando están predispuestos a no quererte, pero esa conquista hace más valiosa la relación futura. Ese futuro, en nuestro caso, ha llegado. Tenemos cuatro hijos. Esos cuatro hijos tienen a su vez otros hogares en los que refugiarse. Al principio, esta segunda realidad al margen de la que una controla se hacía dura, nadie está a salvo de la mezquindad de la competencia afectiva, pero de la experiencia se aprende. Hay gente que se instala en el rencor hasta la muerte e infecta de rencor a los hijos y a los nietos. Vidas feas y estériles.

Comprendo que las dificultades de la adopción hayan convertido esta particular forma de paternidad y maternidad en algo más reseñable, pero no son menores las dificultades de los que hemos tenido que compartir la condición de madre o padre con otros.

Unos días más tarde, quiso la casualidad que escuchara en la radio una tertulia con la propia Elvira Lindo a propósito de este artículo y las relaciones entre madrastras (y padrastros) e hijastros.

En ella contaba que el papel de la madrastras no está muy definido y te tienes que inventar la relación con estos “nuevos” hijos”. Te haces preguntas como. ¿Qué papel tengo? ¿Los voy a querer o no? ¿Cuándo entro en competencia con la pareja?

“Te los tienes que ganar cuando son pequeños y empezar a recibir cuando son mayores”.

Todas las familias que somos

Una familia numerosa, caótica y organizada a la vez, con momentos muy divertidos y otros de desparrame, con dificultades para encontrar tiempo para el piel a piel con cada uno de los hijos, que se convierte en una piña ante las adversidades, con un coche grande que enseguida se queda pequeño, y un patio grande en el que siempre es bienvenida gente de fuera.

Una familia reconstituida, con dos adultas que se han conocido estando ya de vuelta de muchas cosas y con las ideas claras, que luchan para que no se pierdan las familias monoparentales que eran antes y con niños que ponen a prueba los vínculos para ir encontrando su lugar.

Una familia homoparental, que suscita comentarios y miradas no siempre fáciles de digerir, pero también respuestas cargadas de empatía, que coloca a nuestros hijos a veces en un lugar difícil desde el cual, en muchos sentidos, no tienen más remedio que crecer.

Una familia adoptiva, que convive con las figuras ausentes y en ocasiones desconocidas de otros padres y madres, que tiene sus raíces en cuatro ciudades distintas, que necesita responder a preguntas complejas que muchas veces se plantean no con palabras sino con comportamientos disruptivos y explosiones emocionales.

Una familia interracial, con distintos colores de piel, pelo y ojos, con la percepción del racismo a flor de piel, que despierta la curiosidad de propios y extraños y que nos impide pasar desapercibidos vayamos donde vayamos.

Una familia en construcción. Siempre.

Primer día de colegio

C., una de las primeras madres adoptivas que conocí, me dijo una vez que no se podía hablar de adaptación hasta pasado un año. Al cabo de un año, me dijo, las cosas empiezan a repetirse y esto da seguridad a los niños, como cuando te pidan que les leas el mismo cuento una y otra vez. Ya saben qué vendrá, y esto les permite relajarse.

Ha pasado un año y otra vez empezamos el colegio, también en martes.

El primer y último año que estarán los cuatro en primaria. Cosa que le hace especial ilusión a P.

-¡¡Estaremos los cuatro en el mismo patio!!

Ayer fue un día de nervios y carreras, de preparar mochilas y estuches, de poner el nombre en las tarteras y recordar a todos qué iba a pasar a partir de hoy.

-P., sabes que empezarás primaria, ¿verdad?, que tendrás una profesora nueva y también nuevos compañeros, porque van a mezclar las dos clases…

-Pero… ¡¡yo quiero ir con todos mis compañeros!!

B: Mamá, mañana cuando me acompañes al cole, entraré yo solo, vale? No me acompañes hasta la fila.

Yo: Os acompañaré a ti y a C. de la mano… os llevaré en brazos hasta vuestro profesor o profesora y os daré muchos besos delante de vuestros compañeros…

B: ¡¡¡¡Mamá!!!!

Hoy no nos ha costado madrugar. B. ha sido, como no, el primero: estaba vestido antes de que los demás saltaran de la cama. Desayuno, preparar las tarteras, comprobar que las caras estén lavadas y las cabezas peinadas. ¿Lleváis todos chaqueta?

Excepcionalmente hemos salido pronto y hemos llegado antes de que abrieran la puerta. Hemos ido viendo llegar a los compañeros mientras oíamos las pruebas de sonido de la bienvenida.

La entrada ha vuelto a ser un poco caótica. C. y B. se han ido (sin acompañamiento maternal) a sus filas, A. ha visto a su profesor y le ha preguntado dónde tenía que ponerse, y P. se ha quedado con sus compañeros, sin saber aún con cuáles de ellos compartiría aula.

Y luego, la presentación, el lema de este curso, que tiene que ver con viajar, el discurso del director, los maestros bailando al ritmo de la Orquestra Mondragón y su Viaje con nosotros, y todos para su clase…

Al primer día de escuela.

Barrio(s)

Mi barrio de antes tiene calles estrechas y edificios de finales del siglo XIX sin ascensor, tiendas de diseño y cines en versión original.

Mi barrio de ahora tiene aceras anchas y tiendas de las de toda la vida, de las que en otras ciudades han sido sustituidas por franquicias idénticas; una Iglesia Barroca y algunas casas de cuando era un pueblo, apenas un par de calles, como si fueran un decorado del Far West.

En mi barrio de antes hay plazas con terrazas, en mi barrio de ahora hay un paseo por el que caminar cuando cae el sol.

Mi barrio de antes está en medio de la ciudad, a medio camino entre la montaña y el mar.

Mi barrio de ahora está en el límite donde la ciudad termina y las autopistas se convierten en campos.

Mi barrio de antes tiene tradición libertaria, hay plazas con nombre de revoluciones y bancos okupados.

Mi barrio de ahora ha sido un abanderado de la lucha obrera y el 15-m, siempre hay quien se apunta a parar un deshaucio, y tiene un local donde los punkis de la zona organizan movidas para todos.

Vive buena gente, en mis barrios.

Tanto mi barrio de antes como el de ahora tienen un grupo de Facebook donde la gente recuerda cómo eran las cosas hace 6 o 7 décadas, se conocen por los apodos familiares y hacen faltas de ortografía increíbles.

Desde mi balcón de antes oía los coches pasar a toda velocidad, las voces de los que volvían de fiesta en la madrugada, el afilador, los pájaros y, algunos mediodías, a un violinista que se paraba en la calle.

Desde mi ventana de ahora oigo grillos por la noche y pájaros al despertar, las conversaciones de los chavales que se sientan en la plaza por la noche y las campanas de la Iglesia que me recuerdan que esto era un pueblo.

Mi barrio de antes tiene 4 paradas de metro. Mi barrio de ahora tiene 11, y 3 estaciones de cercanías. Y tanto en mi barrio de ahora como en el de antes se dice “bajar a la ciudad” cuando uno decide ir al centro.

Y terminó el curso

El colegio nuevo ha dejado de ser nuevo, las calles del barrio ya no son ajenas. Los rostros desconocidos en el patio de la escuela tienen ya nombre y en algunos casos se han convertido en contactos en el teléfono móvil. Las novedades empiezan a convertirse en rutinas.

Llegó el invierno, resistimos al frío, el sol tímido de marzo nos permitió volver a tender en el patio, empezaron a brotar las flores en las tomateras, y ya estamos otra vez defendiéndonos del calor inclemente que nos tiene con las persianas bajadas y puestos a remojo.

Fuimos gestionando añoranzas y distancias, negociando las intersecciones entre el aquí y el allí, usando ingredientes nuevos para sazonar las recetas de siempre.

Vamos aprendiendo a conocernos, a lidiar con las manías de cada uno de nosotros, a compaginar los ritmos y asumir los desórdenes. Sorprendiéndonos cada día.

Descubriéndonos.

Ajustando el paso a ser seis.

Pasamos nuestros duelos, empezamos a ajustar los mecanismos, aprendimos a decodificar los mensajes que nos mandan nuestros hijos y a anticiparnos a sus necesidades, resolvimos las primeras dudas que dejaron paso a las siguientes.

Descubrimos que salir de la zona de confort duele pero también hace crecer.

Y sobre todo, que merece la pena.

Termina un curso lleno de risas, abrazos, preguntas sin respuesta, respuestas que dan paso a nuevas preguntas, noches en vela, veladas con amigos, discusiones, semillas que se convierten en plantas que florecen y dan fruto, días de sol, tardes de sofá, deberes escolares, olor a pan casero, broncas, cuentos, cuentas, caos, fiebres, canciones, sueños.

La vida, vaya.

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